sábado, 28 de abril de 2012

Adiós abuela, hasta siempre


En estos últimos dos meses de sobresaltos emocionales, donde todo el mundo me invita a no ser como soy, he llegado a tener ingresadas a la limón, en distintos hospitales, a mi madre y a mi abuela. La madre que me parió y la abuela que me crió. Después mi abuelita, salió del hospital y regresó a su casa, mientras que mi madre ingresaba en otro hospital para realizarse una operación que, en principio, le iba a ocupar quince días y que, a la postre, casi la borra del mapa.
Llegué a pensar, en algún momento, que me quedaría sin las dos. Luego, de manera increíble, vi como mi abuela con 98 años comenzaba a mejorar y mi madre con 68, empeoraba. Unos pocos días más tarde, las tornas cambiaron, bruscamente, y mi madre comenzó a mejorar y mi abuela nos ha dicho adiós.
Ella ha muerto, en realidad, por haberse cansado de vivir. Con su muerte he descubierto que, llegado un momento, el cuerpo humano rechaza seguir viviendo, como rechaza, en ocasiones, seguir comiendo, seguir corriendo, o seguir siendo uno mismo. Las personas, antes o después, nos encontramos con nuestras limitaciones físicas o mentales y, sobre todo, al final, nos topamos de frente con los principios elementales de la teoría de la relatividad: las energías -las personas somos energía- no se crean ni se destruyen, tan sólo se transforman. Mi abuela, de ser así, se habrá transformado en otro tipo de energía.
Curiosamente, siempre que los humanos nos enfrentamos intelectualmente al hecho irreversible de la muerte, en el sentido biológico, traspasamos una débil línea que nos conduce, de lleno, al eterno enfrentamiento científico-religioso.
Ayer el cura, en la misa de réquiem, dijo que mi abuela sigue viva, pese a su muerte física, y que está en el cielo a la espera de su resurrección. Otras religiones, incluso, hablan de reencarnaciones en otros seres vivos, o en otros cuerpos. Dependiendo si te has portado bien o mal, te puedes reencarnar en una ladilla sobaquera o una lombriz. Si te has portado regular, en un erizo campestre o un murciélago. Y, por el contrario, si has sido buena persona te puedes reencarnar en un atleta olímpico, o en una modelo de alta costura. De ser eso posible, me gustaría que mi abuela se reencarnara, otra vez, en ella misma, de ese modo, el mundo podría volver a disfrutar de una mujer con la sabiduría, el carácter y la bondad que ella siempre profesó hacía los demás.
Si ahora mi abuela sólo es energía es muy probable que se convierta en una estrella o en un planeta nuevo que algún científico loco descubrirá, en los próximos días, mirando a través de su telescopio, mientras le recortan el sueldo, o le privatizan el observatorio para que lo visiten turistas chinos.
Mi abuela era una enamorada de Pep Guardiola y del Barsa. Curiosamente, cuando hace unas dos semanas mi abuela le dijo a mi tía Carmen -que es una de sus hijas y gran candidata a ser tan gran mujer como lo fue su madre- que lo único que le hacía ilusión para seguir viviendo era el Barsa, es muy de entender el fatídico desenlace que ha tenido todo. Al final, de manera inconsciente, mi abuela y Pep Guardiola se han ido de la mano. Ella de una forma y él otro de otra, los dos esperan, en cierto sentido, su resurrección.
Mi abuela no ha muerto sola, en realidad, en mi familia, hemos muerto un poco todos. Algo de todos nosotros se ha ido con ella y mucho de ella se ha quedado aquí.
Gracias por todo cuanto nos diste, abuela. Ayer, no atiné a decírtelo cuando me asomé a verte en la urna de cristal, cuando estabas acostadita, descansando en tu caja, rodeada de flores entre las que sólo destacabas tú. Qué pena que te hayas marchado ahora que asomaba, por fin, la primavera.

jueves, 26 de abril de 2012

Días de hospital XXI


Cuando llegamos al box mi madre levanta la mirada y nos sonríe, primero a mi hermano y después a mí. Su mirada se ilumina tras los cristales de sus gafas, que, al mediodía, por fin ha querido que se las pongamos y que aún, en el pase de la tarde, conserva puestas. Esta más guapa que cuando entró al hospital. Los nervios que tenía al despertar se le han ido transformando en resignación. Le hablamos de todo para ponerla al día y se ha alegrado mucho al saber que mí abuela, pese a sus 98 años, se está recuperando muy bien tras su neumonía. Se ríe cuando le decimos que la abuela, sin dientes, pide bocadillos y que se ha cabreado mucho por la derrota del Barsa. A mi madre eso le da igual porque ella siempre ha sido del Bilbao.
Que una madre vuelva a nacer es algo maravilloso. Llegamos a pensar en lo peor, sobre todo cuando, estando en planta el último día, antes de ingresar en la UCI, la familia recién llegada a su habitación nos aconsejó, al verla, que pidiéramos la presencia de un cura para darle la extremaunción. Después de sufrir las cuatro paradas cardíacas, mi padre y yo, nos temimos lo peor. Comentamos que todo estaba  al corriente y los recibos de Santa Lucía, la compañía aseguradora de decesos, pagados. Todo en regla por si el teléfono, que por aquellos días nos aterraba su sonido y quemaba en las manos, trasmitía la fatídica noticia. 
Hemos visto, durante este tiempo, a varias familias que perdían a algún familiar y sus consiguientes escenas de dolor. Nosotros estábamos preparados para lo que pudiera venir, si es que para una cosa así se puede estar preparado en algún momento. Pero mí madre no quería irse a ninguna parte y, ahora, espera sentadita en su cama a que lleguen las horas de visita para vernos y disfrutar de todos nosotros.
Nos reímos mucho con ella cuando intenta hablarnos y no nos enteramos. Se cabrea con nosotros, dice que parecemos tontos. Hoy nos ha comentado, con su voz muda, que los enfermeros parecen japoneses y al preguntarle el motivo nos ha respondido: ¡por la ropa que llevan!. Nos pregunta por todo el mundo. Dice que, hoy, el fisioterapeuta no le ha hecho daño y que es un chico muy guapo, a lo que su amiga Carmen a respondido que le pida el teléfono para a ver si ha ella le hace también un buen masaje, que falta le va haciendo.
Está y estamos deseando que le quiten la traqueostomía, aunque somos conscientes de que su respiración espontánea es aún insuficiente.
Ahora, cuando voy al hospital siento una alegría tremenda y cuando me marcho también. En tan poquito tiempo cómo ha cambiado el cuento. En estos templos de la salud, la vida y la muerte van de la mano, en una inquietante convivencia. Estoy convencido de que mi madre al sentir la mano fría de la muerte la soltó de golpe. Cuando pueda hablar, y esté de buen humor, se lo pienso preguntar, aunque dicen los médicos que la mayoría de los enfermos que pasan tanto tiempo en cuidados intensivos al salir no recuerdan casi nada.
Sería precioso que ella no se acordara de nada. Hay cosas en la vida que no merecen la pena recordarse.

martes, 24 de abril de 2012

¿Se dijo lucha o ducha?



Hace unos días solicité a mis responsables de zona un informe para poder analizar mejor los resultados cosechados, por los diferentes equipos de trabajo, durante este primer trimestre del año, y la verdad sea dicha, algunos de estos informes desinforman más que informan. Parece que están escritos para despistar más que para aportar.
Conforme iban llegando a mi correo me fui aprovisionando de kleenex, ya que soy muy propenso a moquear y tengo la lágrima fácil. 
Aún a riesgo de generalizar, la mayoría de los informes me resultaron tan monótonos y tan vacíos de contenidos y de sensaciones como la pintura de  Sean Scully que estos días se expone en el palacio imperial de Carlos V de Granada. Sí, alguno de ellos, fuera el vendedor que atiende mi negocio no le compraría ni el palo de una escoba.
Tras leer y releer los tristes y vacuos informes estuve, por un momento, barajando la posibilidad de tirar la toalla, pedir asilo político en Costa Rica y dedicarme a promocionar el turismo ecológico a gran escala (por lo que dejaría de ser ecológico). También barajé la posibilidad de quemarme a lo bonzo, pero desistí de inmediato porque padezco cierto grado de pirofobia, desde que, siendo niño, en Vistalegre, mi barrio de toda la vida, un niño hijodeputa tres años mayor que yo, al que llamaban Antoñito Bar, me apagara una colilla en el cuello.
Puede que me sienta extraño. Esperaba mucho más de mi equipo directivo. Estos simples informes evidencian mi incapacidad para mejorar los resultados y las capacidades de estos líderes, que, al parecer, en algunos casos, lideran más por rutina que por devoción. Mi estrategia no sirve de mucho, o de nada, con gente insensible a la ilusión y a las metas.
Nunca he conseguido nada que no me ilusionara conseguir. Nunca he querido nada que me dieran hecho. La gente que no disfruta con los retos es más apropiada para hacer bulto, pedir mejoras y poner excusas que para liderar equipos de trabajo.
En esa lectura surrealista, me confundí entre los que escribían lo que yo quería leer, los que escribían lo que no se podían callar y los que directamente, por no disimular, hacían escribir a los demás para escurrir el bulto hasta el último momento. 
Algo falla. Tengo clarísimo que algo está fallando en todo este engranaje que he intentado construir en todo este tiempo. Las líneas maestras que tanto trabajo me han costado trazar se desdibujan, en un plis plas, entre esos informes escritos al despiste con premeditación y alevosía.
¿No nos importa nuestro trabajo? ¿No somos suficientemente conscientes de la gran responsabilidad que tenemos en este momento? ¿Pensamos que esto es un juego de niños? ¿Donde queda la dignidad, cuando somos capaces de entregar un informe que no serviría ni como papel higiénico?
Si los directivos somos así:¿Cómo serán y como pensarán nuestros comerciales?¿Cuales serán sus motivaciones?
Una y mil veces hemos hablado de la necesidad de trazarnos un plan, un camino por el que transitar cuyo único objetivo sea alcanzar nuestras metas.
Pero esos informes evidencian, de manera clamorosa, una falta de planes y una enorme apatía hacía la movilización y hacía la lucha.
En los momentos que corren de nada sirven los paños calientes, de nada sirven las sempiternas justificaciones, lo único válido, hoy, es la entrega y la lucha al cien por cien. De lo contrario, nuestro esfuerzo de tantos años, se puede quedar en nada. Como en nada se pueden quedar nuestros sueños.
Queridos compañeros o salimos a comernos el mundo cada mañana o el mundo, despiadadamente, nos comerá a nosotros. Aunque no os lo creáis,  a alguno se lo puede tragar con el sofá y todo, como aquellas anacondas gigantes que se tragaban a los caballeros españoles hasta con el caballo sin necesidad de sal de frutas.
La solución está escrita: programa, programa y programa. Si no lo tenéis claro os lo volveré a explicar. 

domingo, 22 de abril de 2012

Días de hospital XX


El despertar es un fenómeno de la biología que está impregnado de un enorme romanticismo. Pero, sin duda, el despertar de una madre después de estar un mes inconsciente, en cuidados intensivos, es algo muy difícil de describir por mucha maña que se de uno, como dijo el director de la unidad en relación a este blog, en estos menesteres de la narración. Hasta este momento, aunque este feo decirlo, nunca había reparado en el color ámbar, tan precioso, de los ojos de mi madre. Su despertar esta siendo lento y tortuoso como un camino que asciende por un monte vertiginoso y accidentado. En ocasiones, parece que no va a poder y en otras parece que sí. Abre sus ojos de miel, sobresaltados, fijando sus pupilas en el infinito y, al instante, vuelve a cerrarlos como renunciando a ver lo esta viendo, quizás como consecuencia de su desesperación. Sus movimientos reflejos también nos provocan ilusiones. Sus brazos, sus piernas, su cuello y sus hombros han comenzado a ejercitarse como prueba inequívoca de que su funcionamiento coordinado será sólo cuestión de tiempo. Nos recuerdan estos movimientos a los de un bebe en su cunita a los pocos días de nacer.
Para demostrarnos que es la que es, y no otra, la que ha regresado del más allá, ya nos está aleccionando con discursos mudos pero elocuentes. La traqueostomía no la deja hablar, pero ella pronuncia discursos sin sonidos para justificarnos su ausencia durante tantas semanas. Creo que nos quiere decir que se fue a comprar tabaco, y se le torció el camino, como el del chiste. Mi madre es una apasionada de los chistes. Sus chistes siempre han sido un poco picarones. Uno de los más tontos que ella nos ha contado millones de veces -y seguro que nos seguirá contando- es uno muy viejo que, a buen seguro, casi todos los lectores conocerán:
"Esto era una señora que tenía un perra que se llamaba miss tetas. A la pobre señora se le perdió la perrita y fue a un policía municipal que había por allí y le preguntó: ¿ Oiga señor, ha visto usted a miss tetas? y el agente le respondió tan cortés, no señora, pero me gustaría verlas.
En la familia tenemos disparidad de criterios sobre si mi madre nos reconoce o no. Yo soy de los que no lo tienen muy claro, aunque reconozco que, en ocasiones, parece que nos responde con sus gestos afirmativos o negativos ante nuestras preguntas.
Por la tarde estaba muy dormida. Las enfermeras nos dijeron que intentáramos despertarla y hablar con ella. Mi hermano y yo erre que erre y ella nones. Así que, en una arrebato de improvisación, le grité al oído:
-¡Mamá, hazme la leche, que se me hace tarde!.
Y para nuestra sorpresa ella abrió los ojos de par en par y se puso a hablar con el sonido al cero, como la comentarista de un informativo en una televisión donde el sonido se hubiese estropeado.
Aún no puedo creerme que sea verdad que Loli, mi madre, haya vuelto para quedarse. Se nota que todavía vivo inmerso en el mundo de la incredulidad.

jueves, 19 de abril de 2012

Días de hospital XIX


Abril se precipita impasible hacía su recta final. Un día bueno y otro regular. El dios Eolo ha rugido este mes reclamando protagonismo entre santos de madera policromada y huertanos de falsete alcoholizados. Hoy, el día amanece plácidamente y los mirlos canturrean, exhibiéndose sin temor, delante de las hembras con ansias reproductivas. Siempre soñé con poder encontrarme con un mirlo blanco, pero ni yo, ni nadie de las personas aficionadas a la ornitología que he consultado, lo hemos visto nunca. Quizás Eolo y el mirlo blanco pertenezcan, únicamente, al mundo de la fantasía.
El despertar de mi madre forma parte de nuestras fantasías cotidianas, del despertar de esta primavera efervescente y convulsa, de esta nueva vuelta de tuerca que nos está auditando la resistencia emocional. 
Somos, por consiguiente, una familia a prueba.  Una familia más, como miles y miles que atiborran hospitales en busca de su mirlo blanco, de ese golpe de suerte que nos saque de las garras del crudo invierno de la incertidumbre y nos arroje a las orillas de una primavera de sueños y esperanza.
Mi madre intenta despertar de un sueño muy profundo. Sus ojos se abren y se vuelven a cerrar. Te miran y te dejan de mirar. Sus oídos te escuchan y te dejan de escuchar. Sus brazos se mueven y se dejan de mover, en una intermitencia incontrolable e impredecible. Nosotros sólo podemos esperar y darnos ánimos o desánimos. Avanzamos o retrocedemos en base a la capacidad de interpretación, que nos concede nuestro nivel de ansiedad, a la hora de escuchar el informe médico del día. La intermitencia en el despertar de mi madre nos ha impregnado a todos de intermitencia emocional, en un mimetismo hospitalario digno de estudio.
Hoy me he dado cuenta de que soy una extensión de mi madre, una continuidad extracorpórea de su ser, del que nací y del que mamé, y ahora, su cuerpo vuelve a conectarse al mío como un vehículo roto, en plena autopista, se engancha a la grúa de la Mutua Madrileña, reclamándome, suplicándome ayuda para despertar. Ayuda para volver a casa. Ayuda para ser la Loli que es. 
Pero ante sus suplicas, sólo puedo agarrar su mano, sólo puedo besar su cara con su boca abierta, sólo puedo visitarla dos veces al día, decirle que la quiero mucho y seguir escribiendo, incongruencias, un día más. 
Aguanta mamí, aguanta. Tú y yo sabemos que lo tuyo siempre ha sido aguantar. Ojalá  que Eolo se aliara con nosotros y soplara, de una vez por todas, a tú favor.

miércoles, 18 de abril de 2012

Días de hospital XVIII


Cuando mi madre leyó la teoría Gaia del inglés James Lovelock no se enteró de nada. A ella le gustan mucho más la chilena Isabel Allende y el catalán Ruiz Zafón que ese científico visionario dando la matraca. Las teorías seudocientíficas siempre la terminan aburriendo como a una ostra. Lovelock,  nos plantea la tierra como un gigantesco ser vivo del que todos formamos parte como grupos de células. Por tanto, yo soy un grupo celular, mi madre otro, y el policía municipal que multó el otro día a mi padre, otro. La porra y la pistola no cuentan como células. 
Como seres vivos, o agrupaciones celulares, vivimos siete mil millones de personas en contínua competencia por los recursos. Cada uno vive su vida como la más importante, sin que, en la mayoría de los casos, nos interese, lo más mínimo, lo que le pasa al vecino de al lado. De ese modo, esta mañana, en el singular puerto de Silla, en la Albufera de Valencia, un señor reparaba una vieja barcaza, mientras un cliente me enseñaba, orgulloso, su pueblo, Cristina Kirchner expropiaba REPSOL y a mí madre le realizaban una traqueostomía.
La rueda de la vida gira infinita, hacia ningún destino aparente, sin que ninguno de nosotros quiere apearse en marcha por mucha crisis que nos esté cayendo encima y por muchos elefantes que se maten en Botsuana. El instinto de supervivencia es algo increíble y mi madre nos viene dando prueba de ello desde que llegó al hospital. 
Mi brazo está entrenado para firmar autorizaciones sin pisar un gimnasio. He firmado más consentimientos informados en mes y medio que en toda mi vida. Sólo firmé más, a los diecinueve años, cuando me compré mi primer coche. Las letras de cambio nunca se acababan y el brazo me dolía. Ahora no me duele tanto el brazo como el pecho por la ansiedad.
Me ha llamado mucho la atención, esta noche, al llegar de Valencia, el gesto facial que se le ha quedado a mi madre después de haberle retirado los tubos. Su boca abierta y su lengua ladeada, tendrán que volver a su lugar con el paso de los días. Yo sólo de imaginarme en su lugar me pongo enfermo. 
No puedo dejar de imaginarme cómo estará mi madre cuando vuelva a su lugar. No puedo dejar de preguntarme, durante todo el día, si será capaz de salir de esta pesadilla a la que le invitaron sin pedirnos autorización. Para dejarla ahogándose durante tres días en la tercera planta, no me dieron a firmar ningún documento. Tan sólo nos ofrecieron un inhalador contra el asma, y tonto de mí, se lo aplicaba, metódicamente, cada ocho horas.
¿Qué le podría decir a mi madre, si pudiera escucharme?:
Mamá, cariño, sólo se me ocurre decirte que tú no te merecías esto. Nadie se puede merecer algo así.
Sigue luchando por favor. No desesperes. Esta Semana Santa no has podido ir a la playa como tú querías, pero este verano, te lo vas a pasar allí, verás como sí. La gente que te está cuidando lo va ha conseguir. Tenemos que volver a confiar. Quiero que sepas que estamos muy orgullosos de ti. Cierra la boca cuando puedas, no se te vayan a escapar, por ahí,  las dichosas células.

domingo, 15 de abril de 2012

Días de hospital XVII


Mi madre estará orgullosa de mí cuando se entere de que dos de mis relatos están situados en el top10 de Canal Literatura, del que el diario La Verdad forma parte. Lo que no van tan bien son las ventas de mi libro: Momentos de ida y vuelta (www.bubok.es.) Si me dedicara a escribir pasaría más hambre que el perro de un ciego. De lo que no estará tan orgullosa será del malestar que he generado entre sus médicos. Me va a caer, seguro, una bronca cuando se despierte y más aún cuando lea mi nuevo libro "Días de hospital" que le estoy preparando y en el que se incluirán, entre otras cosas, esta serie de relatos hospitalarios.
Mi madre estaría contenta si supiera que, pese al clima tan desapacible que hemos tenido esta semana, tanto el Bando de La Huerta como el Entierro de La Sardina han desfilado por las calles de Murcia para deleite de propios y extraños. Como no he ido, no se si este año las brasileñas habrán exhibido sus exiguos senos y sus impresionantes culos, pero seguro que sí, ya que un entierro sin brasileñas es como un jardín sin flores. Ahora ya no se tiran a morderles las nalgas como antes. El macho ibérico está de capa caída como el IBEX35. Hemos perdido fuelle en todo. Hasta el pito sardinero ya no pita como antes.
Los médicos nos dan esperanzas. Estos días han sido un impasse, con la salvedad de una pequeña reacción alérgica, que ha tratado el dermatólogo y una nueva bajada de hemoglobina que se resolvió con una bolsa más de sangre.
Su función renal sigue aumentando y, al parecer, ya ha mejorado su tolerancia a la alimentación que le suministran por una sonda, directamente al estómago, a través de su nariz.
Sus ojos comienzan a abrirse con frecuencia con una mirada ausente y perdida. Nosotros le hablamos pero ella sigue sin escucharnos, aunque todos los que la conocemos sabemos que Loli es más de hablar que de escuchar.
En el box número once de la unidad de cuidados intensivos del hospital Morales Meseguer nuestra Virreina de La Sal, como se le conocía en el Bar Josepe, y del  Centro de Mayores de la Flota, lucha por salir adelante como el Rey Don Juan Carlos lo hace en el hospital USP de Sán José, y Felipe Juan Froilán de Todos los Santos lo hace en la clínica Quirón de Madrid. La realeza española está de hospitales y mi madre no iba a ser menos.
Lo de mi madre, la gente lo puede entender mejor, pero lo del viaje a Botsuana del Rey a matar elefantes a sesenta mil euros la pieza más los viáticos, con la que nos esta cayendo encima, puede ser que mucha gente no lo entienda.
Vamos, es que no hay cojones a entenderlo.



viernes, 13 de abril de 2012

Días de hospital XVI


Quiero agradecer al responsable de la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital Morales Meseguer el trato tan exquisito y elegante que tuvo ayer para trasladarme el malestar que esta generando este blog entre el personal que trabaja en su unidad. Por lo visto, soy un bocazas mal educado que maltrata a las personas que están velando por mi madre y tienen todo el derecho del mundo para quejarse y tildarme de poco ético, si eso es lo que interpretan al leer mis relatos. En la vida pagan justos por pecadores. Acepto las críticas a mis escritos, al mismo tiempo que me reafirmo en cada una de las valoraciones y sensaciones que he plasmado, o he intentado plasmar, en estas últimas cinco semanas en las que mi madre esta ingresada en el hospital. 
Nunca he sido partidario de participar en debates estériles y enfrentamientos innecesarios y no es, ni ha sido nunca, mi intención generarlos. En todo momento, señores facultativos, les he brindado -pensando en positivo- la posibilidad de conocer, de primera mano y sin edulcorantes, las sensaciones y reacciones que sufrimos los familiares en relación a la forma y la calidad de la comunicación que nos trasmiten en estos momentos, para nosotros, de máxima tensión emocional. Posiblemente ustedes sean unos profesionales de la medicina como la copa de un pino, pero sin duda, en algunos casos, tienen mucho que mejorar en el área de la comunicación y en el área de la psicología. ¿No debería ser un especialista en psicología el que se relacione y se comunique con las familias que estamos sufriendo un estado de ansiedad durante cinco semanas? ¿No habría otros mecanismos más adecuados para llevar a cabo esa función tan elemental? ¿Se han valorado o contemplado otros métodos?¿Por qué no hay informes escritos?
Días pasados cayó sobre mi conciencia, como una losa, la responsabilidad de haber consentido que la situación de mi madre se agravara por momentos delante de nosotros. Mis familiares me mostraban su total incomprensión y desacuerdo a las respuestas que nos ofrecían los médicos, y yo hacia las veces de muro de contención, otorgándoles la confianza y el respeto que como profesionales de la medicina se merecen. Cuando mi madre fue trasladada de urgencia a la UCI y al día siguiente sufrió cuatro paradas cardíacas yo me sentí, por haberlos defendido, el hombre más necio del mundo. Me sentí responsable de todo lo que estaba ocurriendo. Ustedes me pueden acusar de no tenerles confianza ya que eso es mucho más fácil que buscar a los responsables de que, yo y mi familia, la hayamos perdido.
Doctores/as: quiero pedirles ayuda para mi madre, da igual que a mí no me comprendan o que me rechacen y me tilden de poco ético. Quiero pedirles ayuda para ella. Loli es aún joven, le encanta bailar, hacernos de comer y renegar con todos nosotros. Sé que ustedes están haciendo todo lo que, humanamente y profesionalmente, pueden hacer por ella. Por mi incapacidad para pedirles ayuda de otra forma, sólo me ha quedado la posibilidad de desahogarme escribiendo en este insignificante blog. Llorando sobre el ordenador a veces no alcanzo a explicarme bien.

jueves, 12 de abril de 2012

Días de hospital XV



Una nube de zombis vestidos de huertanos inunda toda la ciudad. Su deambular, colorista y alcoholizado, me resulta familiar. Medio centenar de bases nodriza se han apropiado, por una semana, de las principales plazas y jardines de Murcia para distribuir, a tutiplén, toneladas de morcillas repletas de sangre encebollada. Los zombis de la morcilla, aparentemente, se lo pasaban de maravilla bajo los efectos hipercalóricos y narcotizantes de ese embutido autóctono y sangriento.
A mi madre le han puesto, nuevamente, dos bolsas de sangre, pero sin cebolla, porque la cebolla la repite mucho. Le hubiera gustado vestirse de huertana en lugar de estar desnuda, inconsciente y sin claveles, en la cama de cuidados intensivos de un hospital.
Después de meterle sangre, por enésima vez, nos piden permiso para realizarle una Endoscopia Digestiva Estandar (Gastroscopia), al parecer, intentan averiguar cómo está su esófago y su estómago. Ha vuelto a defecar melenas, que no son unos heavys trasnochados, sino unas deposiciones negras, viscosas y malolientes, como las que yo ayudaba  a quitar cuando estaba en planta y la enfermera de turno se encontraba sola ante el peligro. 
Estos días festivos en los que la gente se lo pasa en grande inflándose, mi madre, en un alarde de rebeldía, lucha por desinflarse. Da pena tocarla porque parece que en cualquier momento puede estallar.
He sentido las calles repletas de fiesta como un escenario ajeno a mi realidad. Como una nube tóxica de alegría e incoherencia al mismo tiempo. 
Mientras esperaba en un semáforo he alcanzado a escuchar el estribillo de una típica canción del folclore regional. Decía algo así: "Acabarse la paja, morirse el burro y caerse la cuadra, tó en un segundo, tó en un segundo, acabarse la paja, morirse el burro. Chimpún.
A pesar de llevar cinco semanas en el hospital, me parece que todo ha sucedido en un segundo. La mayoría de las veces no le damos suficiente valor al tiempo y lo derrochamos. Un segundo, que nos parece nada, puede ser mucho. Como dice la jota murciana, en un segundo se nos puede venir el mundo encima y jodernos vivos, como le sucedió a la protagonista de la genial novela: Maldito Karma, del alemán David Safier cuando, por subir a fumar a una azotea, le cayó encima un trozo de chatarra espacial y la mandó al otro mundo.
Mi madre sigue jodida pero peleando, como siempre, cada segundo de su vida. Es lo que tiene cuando vienes a este mundo a luchar. Ella entiende de eso y los médicos, por mucho que yo los tenga entre ceja y ceja, seguro que también.

martes, 10 de abril de 2012

Días de hospital XIV


Estos tres últimos días han sido planos como La Mancha. Nuestra Dulcinea sigue dormida a la espera de que su Don Quijote venga a despertarla con un beso de novela con sabor a queso curado. Los médicos, esos gigantes que dan más vueltas que un molino, nos informaron y nos desinformaron, como en un continuo juego de trileros. Ahora está aquí, ahora está allá. La última vez que vi a unos trileros actuar en plena calle fue hace un año en Atenas a los pies de la Acrópolis, movían sus vasos de plástico a velocidad de vértigo y no había forma de encontrar la moneda.
-¿Me entienden, alguna pregunta más? Es que hoy está esto a tope, dice el doctor con cara de lastima.
-Doctor, un momento por favor:¿No nos dijeron ayer qué ya le habían quitado la anestesia y que se despertaría? -le preguntamos un tanto desconcertados.
-No, a ver. No se la hemos quitado del todo, se la hemos rebajado. Mientras que la sigamos manteniendo entubada no debemos quitarle toda la anestesia. Entiendanme, para ella sería muy incómodo y molesto estar despierta y con todo eso puesto -dijo el doctor.
Un día más con nuestro gozo en un pozo. La ilusión de verla despierta y poder hablarle de nuevo, se posterga hasta no sabemos cuando. Lo importante -hemos de encontrar consuelo- es que no ha sufrido nuevos episodios de empeoramiento y su dinámica es ir a mejor.
El señor que ocupa el box que hay junto al de mi madre tiene muy mal genio y lleva en jaque a la familia y a los enfermeros.
-Señor como siga usted portándose tan mal le vamos a tener que atar -le dice la enfermera.
El abuelo regruñe. Se ha quitado varias veces los cables y rechaza la comida. Mi madre se porta mejor. Estoy por proponerla para que le concedan la medalla al mérito hospitalario o la de sufrimientos por la patria. Nosotros se lo decimos para animarla:
-Mamá, te estas portando muy bien, tienes que seguir así, ya verás como te vas a poner buena. Estamos todos aquí contigo. Estate tranquila -le decimos mientras que le acariciamos sus brazos hinchados que me recuerdan a los de Popeye.
Ella interactúa con nosotros intentando llorar. Parece como si nos escuchara desde muy lejos. Desde la profundidad de su mente. Su cerebro no es capaz aún de  coordinar movimientos, pero, al parecer, sí de escuchar y exteriorizar, minimamente, sus sentimientos. 
Su cara esta más natural. Sus parpados han adquirido más movilidad. Incluso mi hermano ha comentado que ha llegado a abrir sus ojos pero estos estaban como en Babia.
La Semana Santa ya pasó. El Domingo de Resurrección no fue -para nosotros- Domingo de Resurrección. Ahora estamos en las Fiestas de Primavera. Su amiga Carmen, que viene de vez en cuando por aquí y me llama mucho al móvil para interesarse por la salud de mi madre, nos ha recordado lo bien que lo pasaron las dos el año pasado de barraca en barraca y las morcillas que se comieron.
A mi madre ya le hace falta tintarse, estoy por ir pidiéndole cita en la peluquería. Nunca le ha gustado verse las canas.

domingo, 8 de abril de 2012

La Niña de los Tapones


Desde hace muchos años la Niña de los Peines era, por antonomasia, la más conocida de todas las niñas de España. Otra muy famosa, sin duda, fue la Niña de tus Ojos, una película del director español Fernando Trueba, aunque nunca se hizo tan famosa como la terrorífica Niña del Exorcista, que, dicho sea de paso, la pobrecita era más fea que pegarle a un padre y fue la protagonista, durante décadas, de nuestras más terribles pesadillas.
Este último año otra niña ha popularizado su existencia sobre todas las demás. Escapó de las garras del gavilán para decirle al mundo:¡Aquí estoy yo, vine para quedarme, basta de lágrimas y vamos a actuar!
Mejor,antes de emocionarme, voy a ponerles en antecedentes:
La Niña de los Tapones -Aitana es su nombre real- padece una de esas extrañas dolencias que ni los médicos más eruditos pueden tratar y que, irremediablemente, han de curarse en EE.UU previo pago de una fortuna. Su tratamiento ronda los 400.000 dólares. Esas situaciones, en la mayoría de los casos, suelen acabar en una cajita blanca y unos cuantos ramos de flores como única decoración. ¿Quién coño puede reunir en tiempo récord esa cantidad de dinero tan desorbitada, y con la que está cayendo?
He de reconocer que no tengo ni la más remota idea de qué hubiera hecho yo de verme en esa tesitura. Pero si la vida nos plantea, a lo largo de nuestra existencia, una serie de pruebas para comprobar nuestra capacidad filial, esta sería, ténganlo claro, una de las más jodidas que se nos podría plantear.
No pretendo hacer una nueva narración de lo acontecido con el caso de Aitana, en la red hay sobrada información al respecto. Lo que yo me planteo es el hecho en sí mismo. La enorme lección de superación que nos han brindado a todos esta modesta familia de Tarazona.
¿Quién se iba imaginar que en los tapones de las botellas iba a estar la solución para su terrible enfermedad?
He reflexionado mucho sobre esta vivencia desde su lado más pragmático. He intentado desmenuzar todo el positivismo y la energía que emana de ella, para interiorizarla en su totalidad, con la intención de extraer las claves de su éxito y poder extrapolar sus resultados en otro tipo de situaciones comprometidas.
En teoría, todos los padres tenemos el instinto, o deberíamos tenerlo, de luchar hasta las últimas consecuencias por la integridad y la seguridad de nuestra prole. Pero hete aquí que no todos actuamos con la misma diligencia ni con la misma destreza ante la adversidad. En este caso de La Niña de los Tapones se evidencian, claramente, la determinación y la agilidad a la hora de tomar decisiones. En ocasiones, todos sabemos lo que tenemos que hacer pero no lo hacemos por falta de decisión o por postergar esta para más adelante, en una especie de impasse donde esperamos que surjan, como por arte de birlibirloque, las soluciones a nuestros problemas.
Una vez tomadas las decisiones es cuando tenemos que desplegar todas nuestras capacidades creativas y organizativas. La idea o la solución preconcebida ha de hilvanarse con el debido rigor para que esta pueda rentabilizarse y obtengamos el beneficio o la solución que tanto anhelamos.  El siguiente punto de éxito, en el caso que nos ocupa, ha sido la estrategia. La familia ha conseguido la colaboración desinteresada de empresas de transporte, de ayuntamientos, de cadenas de tiendas, más adelante de los medios de comunicación y, finalmente, de toda la sociedad en su conjunto.
Todas las ideas que tienen una lógica y un planteamiento adecuado, si se les aplica la constancia y el seguimiento necesario, antes o después, se acaban consiguiendo. A veces, el hecho de no alcanzar el objetivo se produce por no perseverar lo suficiente o se complica aún más su consecución si cambiamos repetidamente de estrategia.
Especialmente en este caso, la conexión de la idea y de la acción con las emociones han facilitado la movilización de miles de personas de España y Portugal, y la niña, por fin, podrá disfrutar de ese tratamiento que tan urgentemente necesita. El binomio acción-emoción ha sido, y es, fundamental para alcanzar los objetivos que nos propongamos. Las acciones sin emociones no suelen llegar muy lejos y suenan a hueco.
Lo acaecido con La Niña de los Tapones es un ejemplo de que los objetivos, por difíciles que a priori nos puedan parecer, son alcanzables desde el convencimiento y desde el esfuerzo.
Pero todo comenzó por una buena y sencilla idea que alguien supo escuchar, canalizar y rentabilizar.
Todo dependía de juntar muchos y muchos tapones y vaya si se consiguió.
De existir, a esta familia deberían de otorgarles el premio Nobel a la familia ejemplar.

sábado, 7 de abril de 2012

Días de hospital XIII



Nunca le había encontrado sentido a tatuarme en la piel un corazón con el lema: "amor de madre" y ahora me arrepiento de, en mis tiempos de militar, no haberlo hecho. Quizás le he tenido siempre un poco de aprensión a las agujas y un cierto repelús a los legionarios; esos novios de la muerte tan machos y tan rudos, con la camisa abierta hasta la mitad el pecho y el chapiri calado entre las cejas. Muchos de ellos lucen ese tatuaje tanto como el estigma de ser lo peor de lo peor. La unidad de choque ultraconservadora del ejercito español, heredera póstuma del todo que formaban, en el caducado imperio español, la espada y la cruz. Poder y religión en perfecta simbiosis y armonía.
Estoy por pedir permiso para colocar a la entrada del box de mi madre: una cabra, un estandarte legionario y al lado del rosario que colocó el hermano de mi cuñado con esparadrapo, poner el chapiri con los galones de sargento primero chusquero. Seguro que la performance hospitalaria acojonaría. Lo que no tengo muy claro es si tal despliegue de medios tendría un efecto beneficioso para la recuperación de mi madre o todo lo contrario.
En cierta ocasión un legionario me dio una patada en el pecho que me tiro del banco del jardín donde me encontraba. 
-¡Los hijos de papá sois todos unos maricones y unos hijosdeputa! -dijo chillando el legionario, arrojando espuma por la boca, mientras me propinaba un certero golpe de taekwondo en el plexo solar.
Tuve suerte de que no se cebara conmigo, ya que las amigas que me acompañaban en aquel lance, no estaban como para defenderme de aquel energúmeno cuartelero y además, para más inri, salieron corriendo despavoridas mientras yo imitaba al cristo yacente en el césped al lado de varias cagarrutas de perro. En lugar de una lanzada en el costado a mi me habían metido una bota de paracaidista de la talla 46.
Mi madre lleva muchas más lanzadas que el cristo y que yo. De hecho, he intentado contar el número de cables y de sondas que entran a su cuerpo y he desistido al perder la cuenta en varias ocasiones. 
Cada día le encuentro a mi madre más parecido a Frida Kahlo y sus sufrimientos hospitalarios. Yo me veo más parecido a Diego Rivera, sobre todo en lo gordo. Aunque, como mexicano adoptivo que fui, ganas no me faltan para mentarle la madre a más de uno o mandarlos a la chingada.
Siempre que voy a verla me fijo en su dedo encendido que irremediable me recuerda a la película de E.T. El extraterrestre, de Steven Spielberg. El pobre marcianito cabezón, como mi madre si pudiese hablar, siempre decía: mi casa, mi casa...
El calvario de mi madre y el nuestro, al parecer, no ha hecho más que empezar.

viernes, 6 de abril de 2012

Días de hospital XII


-Maruja,¿te has comprado, este año, un vestido nuevo para ir a las procesiones? -le dice una señora a otra en la zona de espera de cuidados intensivos.
-No. Este año no. Ni voy a salir. ¿Tú crees que yo estoy ahora para salir de manola con la que tengo encima, hija? -responde la compañera.
-Pues tendrías que salir y  pedirle su ayuda al Señor -le dice la amiga tan ofuscada.
-Hija mía, no me hagas hablar... llevo pidiéndole que me ayude desde hace meses y esto va a peor -le dice resignada.
-Es que si le pides al Altísimo sin fe, es normal que no te mande su ayuda -le recrimina la otra.
-Mira Ángeles, vamos a dejar el tema que ya están nombrando para la visita.
-Buenas tardes a todos, vamos a ir nombrando y recuerden que tan sólo pueden pasar dos familiares por paciente: ¿De acuerdo? -dice un enfermero vestido de verde y una mascarilla facial caída sobre la garganta.
Siempre somos los mismos en la zona de espera de la UCI, aunque en los últimos días han ingresado a dos extranjeros, de los cuales, uno de ellos tiene una esposa que parecen dos. 
El recitar de la lista me recuerda a la alineación de un equipo de fútbol: con el uno Iker Casillas, con el dos Sergio Ramos, con el tres...
La Semana Santa sigue su curso y el Vía Crucis de mi madre sigue el suyo. Mi madre lleva la procesión por dentro y más ahora que luce, en lo alto de su cama, ese rosario de plástico de color rosa pegado con esparadrapo.
Cuando la tienen destapada sus pezones se endurecen mucho. Nosotros la tapamos por pudor católico y ellos la desnudan con rigor clínico. Esta tan hinchada que parece que en cualquier momento su piel se va a resquebrajar y de ella van a fluir mares de líquidos frente a lo que los médicos responderían -como siempre- ignorando su origen: -Es verdad que tenía muchos líquidos pero ignorábamos su origen, no podíamos imaginar que iba a reventar de esa forma, alegarían tan tranquilos.
No sé si sea normal sufrir estos vahídos hospitalarios, estas locuras de donde surgen personas que hablan, médicos que diagnostican dolencias desconocidas, celadores viendo porno en el ordenador y enfermeros borrachos que quitan puntos infectados bebiendo vino y comiendo bocatas de panceta a la plancha con mayonesa en plan albañil. No se qué tipo de afecciones podamos contraer los familiares de enfermos con largos periodos de internamiento, pero sin duda, física y psicológicamente, estamos expuestos a todo. Estar a pie de UCI (Unidad de Cuidados Intensivos) es estar al pie del cañón. Lo mismo te piden permiso para operar de urgencia, que te dicen que los riñones han dejado de funcionar o que tu madre ha sufrido cuatro paradas cardíacas. De hecho, el otro día mi hermano llegó a pensar, cuando nos metieron en un despacho para informarnos, que nos iban a pedir que donáramos un riñón compatible para mi madre. Cuando uno esta al pie del cañón debe estar dispuesto a todo, incluso a tomar decisiones que, ni de largo, se te habrían pasado nunca antes por la cabeza.
He perdido hasta la noción del tiempo. No sé ni los días que mi madre lleva ingresada. Tengo claro que en cuidados intensivos ya hace una semana. Pese a ello, me sigue desconcertando el hecho de que cada informe lo da un médico distinto. He llegado a preguntarme si la UCI también será una fábrica  clandestina de médicos o, incluso, si los tendrán desechables, como quiso patentar mi amigo Lorenzo. Mi genial amigo quiso patentar el vendedor desechable, que se infla por la mañana, realiza sus visitas mecánicamente, entrega los pedidos y después de la faena se le quita el tapón y a tomar por culo. Comienzo a sospechar que alguno de los médicos -por el tema de los recortes anticrisis de Rajoy- sea desechable y este gobierno populista le haya plagiado la idea a mi amigo. De lo que sí estoy seguro es que a alguno de ellos no estaría mal desecharlos en el contenedor de los residuos hospitalarios.
El informe del día: Una doctora nueva, rubita con mechas y unas gafotas de acetato, que le dan un aire más fashion, nos comunica que mi madre, nuevamente, tiene la hemoglobina por los suelos y van a meterle un par de bolsas de sangre. Me pregunto: ¿Cuántas bolsas le habrán metido en el último mes? Al preguntarle el motivo de esa bajada nos dice que, pese que han realizado una ecografía, no lo tienen muy claro: ¡menuda sorpresa! pero  que pudiera estar causada por un gran hematoma que le han encontrado en la zona de la cicatriz de la segunda operación. Por lo demás, lo que más les preocupa al cuadro médico, -lo de cuadro, nunca mejor dicho- continúa siendo la situación de los riñones. El resto de órganos están mejorando. Le han retirado otra vez la alimentación intragástrica ya que: "no la tolera muy bien, aún".¿Si esta mejorando cómo es que no tolera la comida?
Con ese panorama tan contradictorio pasamos los días festivos que mi madre pretendía pasar junto a su amigo Juan en la playa. Lo importante es que ella  continúa luchando y la playa sigue ahí, esperándola.
Ya tengo ganas de llevarla a la heladería e invitarla a un chambi.

martes, 3 de abril de 2012

Días de hospital XI


Mi hermano ha dicho hoy que mi madre ha decido regresar de donde mucha gente llega para quedarse. O algo así. Yo por mi parte pienso qué: si mi madre ha visto aquello muy aburrido ha decidido regresar a su centro de mayores de La Flota. Ella siempre lo dice: más vale malo conocido que bueno por conocer.
Lo importante es que nuestra Loli sigue en su lucha interior contra la adversidad, lo mismo que España lucha para no tener que pedir un rescate económico a Europa. A estas alturas de la película, cuando se cumplen veintidós días de su hospitalización, oficialmente, los médicos se han pronunciado, ¡habemus papam!: los virus hospitalarios son los que han puesto a mi madre en un brete.
El parte médico de hoy ha continuado en la débil línea de optimismo que se inicio justo después de su segunda operación. Casualidades de la vida, ya que, según el equipo que la operó, en la intervención no hicieron otra cosa que corroborar qué, efectivamente, la operación de su intestino se encontraba bien y que de ahí no venían los problemas acaecidos con posterioridad. Luego nos han confirmado, aún sin demasiada convicción, que ha comenzado a  tolerar la alimentación intragástrica, aunque todavía, eso sí, en pequeñas cantidades.
Este pequeño avance lo celebramos nosotros tanto como, esta noche, los culés están celebrando su victoria sobre el Milan.
Me estoy planteando seriamente ver todos los capítulos atrasados de la telenovela: El secreto del puente viejo, para luego, cuando mi madre despierte, ponerla al día y que pueda seguirla como el que no quiere la cosa.
En estos días, sin pretenderlo, me he erigido como portavoz oficial de mi madre y por extensión de mi familia. Soy como un ministro portavoz, que  a veces tiene cartera y otras veces no. Durante todo el día recibo mensajes y llamadas al móvil para interesarse por su evolución. Incluso, muchas de esas personas, lo hacen dos veces al día coincidiendo con los horarios donde nos informan los facultativos. Ya soy un experto portavoz. Me he sentido, en algún momento, como el hombre del tiempo; dando partes meteorológicos, que luego se cumplen o no. 
Hoy me he preguntado, a pie de cama, si mi madre, en su inconsciencia inducida, acribillada por cables, tubos y sondas por todo su cuerpo, será capaz de soñar, como tampoco sé si soñarán los cinco millones de desempleados que hay en España. Las dos cuestiones me generan una nebulosa mental tan grande como la niebla  de un día invernal en La Mancha.
La Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital Morales Meseguer se encuentra en la quinta planta. Yo me ejercito, a diario, subiendo y bajando dos veces los ochenta y ocho escalones que tiene la escalera. Mi madre esta, según mi hermano, bajando, poco a poco, a la tierra: ¡Loli, coño, para qué te subes tan alto! ¡Haz el favor de bajar, que te estamos esperando! Como tiene una prótesis en su rodilla esta bajando despacito, pero con buena letra.

lunes, 2 de abril de 2012

Días de hospital X



Pensábamos, hace veinte días, que llevábamos a mi madre a un hospital y, sin embargo, inconscientemente, la subimos en una especie de montaña rusa. Hoy arriba, mañana abajo, con unos cambios tan bruscos, violentos y arriesgados como en la popular atracción ferial.  
Hoy nos ha tocado, de nuevo, volver a tener esperanza, cuando ayer todo era miedo e incertidumbre. El Doctor Andrés Carrillo ha sido uno de los pocos médicos del Hospital Morales Meseguer en tratarnos como se deben tratar a las personas. No ha hecho ni dicho nada especial, tan sólo tratarnos de tú a tú, sin prisas, sentados en un despacho de manera distendida, sin lenguaje de robot y sin refugiarse en terminologías que ni su padre entiende. Lo mismo su enfermera dándonos ánimos junto a la cama de mamá:
-Vuestra madre esta bien, no debéis asustaros. He visto gente mucho mayor y en mucho peor estado que vuestra madre y se han ido a su casa. Ya veréis como vuestra madre sale de esta. Ella aún es joven -nos dice la enfermera con naturalidad y cercanía. 
Esta noche ha sido una noche en duermevela. El teléfono cerca en modo vibración. Todo preparado para salir corriendo ante cualquier llamada del hospital. Cada mensaje son dos vibraciones, así que, medio adormilado, escuchaba la primera vibración, esperaba la segunda y rezaba para que no sonará la tercera, ya que eso podría provocar la terrible metamorfosis que transforma un mensaje de spam en una llamada de teléfono definitiva.
Abril amaneció precioso. Los creyentes paseaban orgullosos su palmas tradicionales, realizadas por artesanos, o las más sencillas y humildes ramas de olivo en la puerta de las iglesias, por las calles y por las plazas, vestidos de domingo. Por el contrario, yo he preferido, mientras hacia tiempo para ir al hospital, plantar un árbol. Esta vez ha sido un sencillo limonero, ya que la experiencia con el drago canario no fue muy buena, me costó una lana y acabó secándose sin motivo aparente. 
Después de regarlo, me he acostado a su lado tomando el sol, para seguir conquistando el libro irreductible de Álvaro Pombo. Me han dado en varias ocasiones ganas de abandonarlo, pero después, pensándolo mejor, me lo he planteado como un reto. He decidido qué, para mí, ese libro sea una penitencia a mis errores. Tengo en mente varios títulos, que ojala y pueda leer junto a la cama de mi madre cuando la bajen a planta y que, posteriormente, compartiré con ella como de costumbre, aunque a veces, como la última, el libro: El cojo y el loco, del peruano Jaime Bayly le escandalizó.
- A mí no me traigas libros tan asquerosos. Yo no sé cómo te puede gustar  leer eso -me recriminó.
A ella le gusta leer en su balancín, junto a las cortinas que dan a la terraza porque hay más luz.
De nuevo, para nosotros y sobre todo para ella, hay luz al final del túnel. Ayer habíamos perdido la esperanza. La incertidumbre es un jodido virus hospitalario. Lo peor es cuando te la contagian los médicos.