miércoles, 31 de julio de 2013

Conversaciones con mi planta carnívora


La compre en IKEA. Allí, a parte de vender muebles, que es un coñazo montar, venden albóndigas de alce que no han visto un alce en su vida, cacharros varios de diseño contemporáneo y, entre un maremagnum de artículos y utensilios domésticos, venden también plantas carnívoras.
No es que yo fuera buscando especialmente un espécimen extraño del mundo botánico, pero, unas horas más tarde, esperaba en casa la visita de mis sobrinos y pensé qué, la plantita en cuestión, les haría gracia. 
Orgulloso, salí del almacén sueco con mi planta en ristre. Me ofrecieron una bolsa y yo, que siempre pienso que el mejor plástico es el que no se usa, la rechacé.
La acomodé en el asiento del copiloto y allí fue donde me habló por primera vez:
-¿No me pones el cinturón? Ya sabes que la multa son cien euros y dos puntos menos -escuché sin saber la procedencia de esa extraña voz.
-¿Quién anda ahí? -dije sacando de mis adentros la voz masculina de centinela de garita que fui.
-¡La planta, gilipollas! -dijo la planta con prepotencia y mala educación.
-¡Jajaja! Las plantas no hablan -dije con la voz nerviosa y dándome cuenta de lo inverosímil de la escena.
-Eso serán tus geranios. A los horteras como tú nada más que os gustan las florecitas y todas esas tonterías. Donde esté una auténtica planta carnívora que se quiten las demás. Te voy a dejar la terraza sin ningún bicho; ya verás que buena compra has hecho y lo que vas a ahorrar en insecticida -exclamó con chulería.
La verdad que sus argumentos me dejaron sin habla. Por un instante, me vi sin insectos, sin la necesidad de comprar botes y más botes de insecticida, contribuyendo a la recuperación de la capa de ozono, homenajeado por Naciones Unidas, convertido en un símbolo del ecologismo urbano y de tertuliano en programas de conservación del medio ambiente y todo, tan sólo, por seis euros con noventa y nueve céntimos. Me sentí muy orgulloso de mi compra.
Al llegar a casa, la coloqué en el centro del salón. Pretendía que ella se sintiera protagonista y que todo el mundo fuera consciente de la compra tan trascendental que acababa de efectuar.
Y, en efecto, la planta cumplió su papel. Los sobrinos se pasaron toda la tarde ofreciéndole moscas y mosquitos. Las visitas no ahorraban en elogios ante lo acertado de mi adquisición y, la planta y yo, nos sentimos abrumados por el éxito.
Al día siguiente, los dos volvimos a estar solos.
-¿Qué, cómo te sientes después del éxito de ayer, compañero? -me preguntó con ese aire de superioridad que, por lo visto, caracteriza a las plantas de ese género.
-Pues la verdad, en ocasiones he comprado cosas más costosas y sofisticadas y han pasado desapercibidas, pero contigo, tengo que reconocer que la cosa ha sido distinta. 
-Me alegro por ti. Me debes un saltamontes, pero que no sea muy grande que luego me producen acidez -me pidió la carnívora.
-Por cierto, amiga: ¿Tú entiendes de política? -le pregunté.
-Sí, me apasiona la política, pero tengo una ligera inclinación hacia la izquierda -me confesó.
-¿Y entiendes de economía?
-Esa es mi especialidad. Soy experta en economía sostenible y tengo una gran olfato para las inversiones verdes, como es fácil entender -matizó.
-¿Y de fútbol, sabes algo de fútbol? 
-Claro, el césped nos tiene siempre muy bien informadas. Me va más el Barsa por aquello de que el Madrid era el juguete del Caudillo. Y no se lo digas a nadie: pero el niño Torres me pone muy cachonda con esa carita de niño bueno de metro ochenta y cinco -me respondió a modo de confidencia.
¡Oye! me dijo, ya está bien de tanto interrogatorio: ¿Tú entiendes de insectos? -me preguntó con la agresividad de la que hacia gala desde que la compré.
-Sí amiga, siempre fui un apasionado de la entomología -le aclaré.
Entonces creo que nos vamos a llevar muy bien...
Así qué, como pueden comprender, este verano no voy a tener ni un ratito para aburrirme.

domingo, 28 de julio de 2013

Interruptus


Hoy, al levantarme, justo antes de prepararme el desayuno, y inmediatamente después de abrir todas las ventanas y puertas que dan acceso al exterior de mi casa, en un impulso espontáneo, he revisado todos mis archivos inconclusos repletos de relatos, cursos y hasta una novela en avanzado estado de gestación. Todos interrumpidos. Congelados. Postergados. Y haciendo alarde de mis amplios conocimientos del latin: interruptus. Como el coito, sí. Como la marcha atrás de toda la vida, vamos. Pues así estaban los pobrecitos.
Me he asombrado de la capacidad que tengo de dejar a medio las cosas, aunque luego, para no flagelarme demasiado, he pensado que, en realidad, son más las que termino que las que dejo en mitad de la nada. 
Las vacaciones, que ya están cerca, también son un interruptus. Un tiempo muerto a caballo entre el todo que nos atropella y la nada que nos atropellará. 
Las interrupciones marcan, queramos o no, nuestras vidas. 
Interrumpimos nuestra infancia para adentrarnos en el resbaladizo terreno de la adolescencia, en la que estamos locos por ser adultos para luego aparentar ser jóvenes, y, sin darnos cuenta, se nos pasa la vida entre interruptus varios plagados de renuncias y tropiezos, nos hacemos viejos, y a tomar por culo.
Es vox populi que para muchos de nosotros, el interruptus fue la forma magistral de comenzar a sentirnos adultos porque nos daba mucha vergüenza ir a comprar condones.  Luego durante la vida, que se nos pasa a la velocidad de un rayo streak, interrumpimos muchas cosas porque nos da vergüenza ir a por ellas, o por el qué dirán, o por el yo que sé...
Perdón que interrumpa aquí el relato, pero es que estoy viendo pasar, por encima de mi cabeza, un desfile de nubes interrumpidas que es una auténtica maravilla. Estos fenómenos son dignos de observación, tan digno como mirarnos el motivo por el cual, con frecuencia, renunciamos a tantas y tantas cosas. Por mucho que yo quiera disfrutar de este maravilloso fenómeno meteorológico, por mucho que quiera secuestrarlo, tengo que reconocer que es como un coitus interruptus. Igual que llega se va.
Carpe diem. Aprovecha el momento. ¡Joder como mola el latín!

sábado, 27 de julio de 2013

Más cera, por favor


Me dijo mi amigo Nacho, que lleva camino de ser un gran arquitecto, que, en ocasiones, reconstruir es mucho más complejo y costoso que construir de nuevo. Por otro lado, mi amigo Jesús, que es un gran senderista, me comentó que más vale ir despacio si el camino es largo, ya que, de lo contrario, como salgamos a comernos al mundo, el mundo nos puede merendar a nosotros en un santiamén y sin necesidad de bicarbonato.
A comienzos de este año, Jorge me dijo que pretendía cambiar su rumbo profesional y que, para ello, necesitaba de mi ayuda. Yo le dije que, por mis múltiples ocupaciones, no podía comprometerme a gran cosa y le aconsejé mis lecturas y mi cercanía. A esa nueva dinámica le pusimos de nombre: Dar cera y pulir cera. En mi tierra decimos: el que da lo que tiene no está obligado a dar más. 
Jorge le ha puesto empeño. A veces ha metido la directa, otras veces la reversa, otras ha circulado en sentido contrario o teniendo todo el rato el intermitente puesto, y otras veces ha circulado grandes distancias con el freno de mano. Ha leído. Ha escrito. Ha comentado. Ha promovido. Ha arriesgado y se ha implicado.
De un tiempo a esta parte ha comenzado a despojarse de la piel que ya no le servía -como hacen los insectos durante su metamorfosis- y ha comenzado a sentirse mejor con su nueva piel, con la aspiración de que esta sea ya la muda definitiva. 
Yo lo veo mejorar. Pero aún le queda piel por cambiar y camino por recorrer. El auténtico Jorge esta forjándose y puliéndose. Ahora sólo queda insistir: dar cera y pulir cera.
Como reconocimiento a ese titánico esfuerzo ayer le regalé el disco de The Lumineers que tanto me está acompañando estos últimos meses allí donde voy.
Por último, le aconsejo para continuar con esa dinámica tan particular la lectura de un gran libro titulado: León el Africano del escritor franco-libanés Amin Maalouff. Seguro que las increíbles experiencias que vive su protagonista le darán mucho que pensar.
Sigue así Jorge. Todo esfuerzo, antes o después, tiene su recompensa.


lunes, 22 de julio de 2013

El mecanógrafo


Mi nombre es Lupillo Manzanero, tengo cincuenta y tres años, estoy casado, tengo seis hijos y paso por ser un mecanógrafo de tercera generación. En realidad, como mecanógrafo soy de primera ya que mi padre y mi abuelo escribían a mano. Vivo en la ciudad de León, en el estado mexicano de Guanajuato, y pongo mi puesto de escribiente cerca de las oficinas de tránsito del estado. Antiguamente mi trabajo era mucho más romántico que ahora, donde tan sólo tramito documentación relativa a asuntos oficiales y pleitos de toda índole. Antes era todo bien distinto. Escribía cartas a familiares que estaban lejos, invitaciones para bodas, bautizos y fiestas de quinceañeras, pero sobre todo me especialicé en escribir cartas de amor. Adquirí tanta fama que venían incluso personas de estados cercanos, como Guerrero y Michoacán, a sabiendas de que mi mediación conseguía rendir a los pies de mi cliente hasta la dama más inaccesible y testaruda de todo el país. Lastima que los tiempos hayan cambiado tanto. Ahora me aburro hasta tal punto que he pensado dejar mi oficio, venderle mi vieja Olivetti a un turista gringo aficionado a las antiguallas, poner un puesto de tacos o de hamburguesas y cambiar de vida.
Desde hace algún tiempo, y para no perder mi destreza a la hora de transmitir esos sentimientos tan profundos que tanta fama me brindaron en otro tiempo, escribo historias románticas y cuentos de amor. Muchos de ellos están inspirados en situaciones en las que me vi en la obligación de construir, ante las palabras balbuceantes y ansiosas de mis clientes, figuras de personajes inexistentes, hombres de éxito donde sólo había un triste jornalero, banqueros donde sólo había un mesero, y hombres guapos y fuertes donde tan sólo había un pequeño y debilucho jovenzuelo sin un sitio donde caerse muerto.
Hoy, inocente de mí, mientras espero a mi primer cliente, he pretendido escribir el cuento más bonito del mundo. Del que todo el mundo platique. Al que utilicen todos los enamorados torpes como carta de amor para conquistar a las mujeres por las que beben los vientos e hipotecan sus sueños. Un cuento tan maravilloso que, al leerlo, les hiciera sentir como un atardecer en Catemaco, o como si contemplaran el azul infinito del Caribe, o la grandeza de la sonrisa de una humilde muchacha con labios brillantes de color morado. Me pierdo en el teclado buscando las letras adecuadas para construirlo, lo mismo que me pierdo cuando miro unos ojos desconcertados y chispeantes, que piden amor sin condiciones, edulcorados con sombra de ojos de color ahumado y perfilados con negro waterproof. Un cuento tan sutil como pétalos de jazmín. Como la mirada de un niña soplando las velas de su tarta de quinceañera. Como el susurro del agua de un arroyo buscando su camino, monte abajo, allá en el valle, arrastrando a su paso todo lo que antes parecía imposible de ser arrastrado. Como ocurre a veces con nuestra propia vida.
Sufro. Me duele. La construcción del cuento maravilloso se atora. Se espesan mis ideas. Odio el tráfico rodado. Sudo. Mis argumentos románticos se densifican como un chocolate sin leche y frío. Me siento inválido. Impotente. El verso huye de mi como un delincuente común lo hace de la policía tras romper el escaparate de una joyería. Somos el perro y el gato. El agua y el aceite. El frío y el calor. El norte y el sur de una maldita brújula oxidada. No creo que hoy sea ese día. No soy capaz de destilar mi elocuencia. Creo que ya no soy el que era. Mis palabras no avanzan con cordura. No convencen. No enamorarían a nadie por mucho tequila que hubieran tomado en una velada bis a bis. No. Hoy no estoy seguro que no sea ese día en el que triunfe tu amor imposible con el apoyo de mi literatura de celestino aficionado de a cincuenta pesos. Tendrás que esperar. Sé paciente. Tal vez ese día será cuando tú y ella volváis a estar juntos. Cuando vuestras manos se estrechen y surja la electricidad como un rayo en la tormenta. Cuando vuestros labios se rocen y se convulsionen vuestros cuerpos como movidos por unos hilos invisibles e incontrolables. Cuando vuestras miradas lo digan todo sin necesidad de que las palabras hagan acto de presencia. Cuando todo el mundo se pare a vuestro paso a miraros con envidia de la buena. Cuando lo único importante en el mundo para ti sea estar a su lado. Cuando sólo con verla no puedas ni comer y las patatas fritas se te atraganten por mucho ketchup que le pongas o por mucha chela que bebas.

-Oiga, buen hombre.¿Cuánto me lleva por rellenar este documento? -pregunta un anciano en cuyo rostro hay miles de surcos rebosantes de historias jamás escritas.
-Cincuenta pesos, señor -respondió Lupillo.
-Pues ándale mi cuate, que nos cierran a las dos.

jueves, 18 de julio de 2013

Adiós Annick, mucha suerte


Gracias a un acuerdo firmado con la Universidad de Estrasburgo (Francia) todos los años tengo en mi departamento a un estudiante en prácticas de comercio internacional en su último año de carrera. Siempre llegan cargados de ilusiones, y con un dominio muy escaso del castellano, lo que hace que, los primeros días, siempre tenga que armarme de paciencia a la hora de que entiendan el plan de trabajo que les tengo asignado.
Este año he disfrutado, por primera vez, de una "becaria": Annick Boukari, una chica discreta, correcta y competente que desde el primer momento tuvo claro que venía a aprovechar el tiempo y a aprender al máximo.
En los últimos cursos y talleres de gestión para pequeñas empresas que estoy impartiendo, utilizo una dinámica de reflexión a la que denomino :Dinámica de las cinco frases". Una de estas frases creo que tiene mucho que ver sobre lo que les acabo de exponer y dice así:
"El bosque sería muy triste si sólo cantaran las aves que mejor lo hacen", que, dicho sea de paso, no tengo ni idea de quién la escribió, pero que a mi me ha dado mucho juego durante los últimos meses.
En muchas ocasiones, sólo queremos escuchar las voces más potentes, más impresionantes, más melódicas o con mejor vibrato, pero el bosque es todo un mundo de sonidos del que forman parte hasta los zumbidos de los insectos, el berrear de un ciervo macho, o el ulular de un búho.
Annick ha conseguido un importante contacto comercial en Alemania, un país muy difícil de conquistar, cosa que puedo acreditar en primera persona, ya que llevaba varios años intentándolo sin obtener resultado alguno. 
Annick ha representado para mi equipo esa pequeña ave que, para la mayoría de las personas, pasaría desapercibida entre tanto canto celestial y tanto protagonismo melódico, y sin embargo, su sonido armonioso y humilde llegó donde tenía que llegar y consiguió lo que yo mismo nunca llegué a lograr.
Si miramos bien a nuestro alrededor seguro que podemos encontrar personas como Annick que nos pueden aportar mucho si les apoyamos de la manera adecuada y sabemos ofrecerles oportunidades para demostrar de lo que son capaces.
Gracias por todo Annick, has demostrado que sabes cantar.

sábado, 13 de julio de 2013

Todo o nada


Mientras escucho a The Lumineers en Youtube, en un concierto grabado en directo en New Orleans, escribo esto; así que les sugiero que si pretenden leer lo que abajo voy a vomitar -aunque tal vez no sea demasiado recomendable para su salud mental- les aconsejo que pongan de fondo esa musiquilla tan pegajosa como el chorrete que nos deja en las manos un helado de chocolate al derretirse, en pleno mes de julio, a la hora de la siesta. Y es que, para los que no conocen Murcia, les diré que en verano, a esa hora tan tremenda, lo mejor es dormir hasta que la baba te encharque la almohada o comer helados de chocolate hasta que te de cagueta.
Dicho esto, con la venia de sus señorías, paso a filosofar a rienda suelta, sin prejuicio alguno y sin ánimo de ofender a nadie.

"Todo o nada. Sí o no. Posible o imposible. Adecuado o inadecuado. Renuncias que nos bloquean o nos retumban en la conciencia como una nube de moscas. Que nos alejan de nuestros propios anhelos. Que nos cohíben. Oportunidades que perdemos. Besos que no damos. Cosas que no decimos. Puertas que no abrimos. Muros que no tumbamos. Llamadas perdidas que no devolvemos. Trenes que dejamos marchar. Años que pasan. Barreras invisibles que ponen coto a nuestra propia evolución. Miedos. Pecados. Dogmas. Tópicos. Prejuicios. Paradigmas. Mandamientos. Confesiones. Compromisos. Costumbres. Leyes grabadas a fuego en nuestro subconsciente.
Y el hombre queda lejos. Resignado. Atormentado por la horma de su modélica y socialmente aceptada conciencia. Empequeñecido. Dominado por historias escritas por otros. Por libros sagrados manchados de sangre. Por mentes dominantes. Por líderes impostores vestidos de santones con barba o con gorra de plato. Por lobos con piel de cordero. Y así el hombre queda sometido. Incluido. Afiliado. Con carnet de partido. Bautizado o circundado. Envuelto en banderas e himnos. Lejos de su propio yo. Renunciando a sus sueños. Y cuando eso sucede los dioses lo abandonan a su suerte. Y al final, la muerte espera tranquila, como la abuela que espera al nieto en la mecedora haciendo ganchillo para tirarle de las orejas por haber regresado tarde de la escuela.
Después de tantas renuncias, tantas frustraciones y tantos sometimientos, no hay absolutamente nada.
O dicho de otro modo, como decían al terminar los dibujos animados: Eso es todo amigos."

Y para acabar de escribir esto, que, posiblemente, sea tan inapropiado y tan contradictorio como usted y como yo, pongo al mexicano Luis Miguel de fondo cantando: "reloj no marques las horas, porque voy a enloquecer.... 
Los calores estivales ya están haciendo de las suyas. Ustedes perdonen.

jueves, 11 de julio de 2013

El organillero del Hotel Ritz


Siempre quedaban en el Ritz; un hotel venido a menos a escasas cuadras del Zócalo de la Ciudad de México. Ella entraba siempre, discretamente, camuflada entre la marabunta humana que transita sin descanso trescientos sesenta y cinco días al año sobre la calle Francisco Madero. Ese día Carlos se adelantó. Tomó la suite que habitualmente solían ocupar todos los miércoles del año desde hacía tres. Pasaban los minutos y el organillo sonaba sin descanso como un castigo divino. Prendió la televisión pero nada le entretuvo. A la media hora el organillero seguía ahí, erre que erre. Ella continuaba sin aparecer. En las últimas citas las insinuaciones por parte de Lupita de que aquella enfermiza y clandestina relación había tocado a su fin, parecían cobrar forma, aunque él todavía no quería hacerse a la idea e intentaba guarecerse mentalmente en otros escenarios menos trascendentales. Llamada tras llamada el teléfono de Lupita aparecía desconectado. El champán francés se calentaba. Carlos maldecía al organillero mirándolo fijamente desde la ventana cuando sonó el teléfono. Por un instante pensó que sería Lupita dando cualquier escusa y citándolo para el miércoles siguiente, como aquella vez que uno de sus hijos se puso enfermo, o cuando su esposo se hirió gravemente en un accidente con el carro, pero su instinto le traicionó. Mas, sin embargo, eran buenas noticias. Otro cargamento de aguacates había conseguido llegar, desde Uruapan a su destino en California, sin destapar las sospechas de los agentes de la DEA que les seguían la pista desde hacía algún tiempo.
Para celebrarlo, puso un poco de coca sobre la mesilla de noche, cortó dos rayas de aquel polvo infernal y con un billete de quinientos pesos la esnifó en dos tiempos. Después, agarró la botella de champán por el cuello y comenzó a beber. El afamado líquido francés comenzó a caer por su pecho mojando toda su ropa de marca y precipitándose sobre la cama. A esa primera raya le siguieron muchas más. Lloraba y, desde la ventana, maldecía al organillero que continuaba moviendo su brazo como si le fuera la vida en ello. Se agotó el champán del mismo modo que se agotó su paciencia.
Abrió la ventana y grito: ¡Pinche cabrón, deja ya de tocar esa odiosa máquina!
-Es mi trabajo señor, debo de hacer mi turno -le respondió el organillero.
-Te he dicho que no toques más wey -le gritó Carlos visiblemente excitado.
Pero la música siguió sonando. Una música que se incrustaba en su cabeza y le roía sus entrañas podridas de droga y de dinero manchado de sangre inocente.
Sonó el Cielito lindo: “Ay,ay,ay,ay, canta y no llores, porque cantando se alegran cielito lindo los corazones” mientras recogía del cuarto todas su pertenencias. Palpó el bolsillo interior de su chaqueta y, de un tremendo portazo, cerró la puerta.
La recepcionista le despidió: Adiós don Carlos, sin obtener respuesta alguna por su parte. Bajó los escalones de dos en dos, aún con lágrimas en los ojos y la mirada pérdida. Tampoco respondió al saludo del vigilante de la puerta. Una vez en la calle, sorteando a multitud de personas que en ese momento inundaban la céntrica calle capitalina, se dirigió directamente hacia el organillero y, sin mediar palabra, metió su mano en la chaqueta, sacó un Magnum del 44 y le vació por completo el cargador.
La gente chillaba enloquecida corriendo en todas direcciones y el viejo organillo yacía mudo sobre un gran charco de sangre al lado del malogrado organillero que a los pocos segundos ya había dejado de convulsionar.

Según declararon posteriormente varios testigos a la policía, el asesino, mientras descargaba su cargador sobre el finado, decía: Corren malos tiempos para la música, amigo. Tras lo cual, se alejó con toda tranquilidad del lugar de los hechos camuflándose entre la marea humana que transita por esa popular calle trescientos sesenta y cinco días al año.

jueves, 4 de julio de 2013

La peluquera de los libros


Siempre me voy fijando, por todos los países por los que me muevo, en las peluquerías. Las he conocido de mil formas distintas. Con conceptos más vanguardistas. Con más tienda o con menos. Con diez metros cuadrados y hasta con dos mil. Con cafetería. Con gimnasio. Con consulta del tarot. Con reuniones de tapersex. Con patio para fumadores. Con pornopeluqueras. Me las había encontrado con todo menos con biblioteca. Pero hete aquí que, el otro día, en Segovia, me encontré con una. ¡Qué sí! ¿Qué no me creen? Pues se lo juro por Snoopy. Existe y se llama Peluquería Triguer. Ana, su dueña, es una gran aficionada a la lectura. Hace algún tiempo decidió compartir sus libros con sus clientas, y, de ese modo, fomentar la lectura, más allá de la revista Hola, Diez Minutos o Pronto. 
En vista de esta grata sorpresa he querido contribuir, ante tan loable proyecto educativo, donando uno de mis libros títulado: "Momentos de ida y vuelta".
Me hace mucha ilusión estar presente en tan singular biblioteca y que mis modestos relatos se lean entre rulos, tintes para el cabello y laca en spray.
Una peluquería con biblioteca es una gran idea que debería subvencionar el Ministerio de Cultura. Lastima que no hayan más.
Enhorabuena Ana, espero que a ti y a todas tus clientas-lectoras les guste mi libro, aunque quizás, antes que el mio, prefieran llevarse a casa la trilogía de 50 Sombras de Grey.

martes, 2 de julio de 2013

Vacaciones


María preparaba su maleta. Paco la suya. Ella soñaba con las playas onubenses y él con los verdes valles del Pirineo Aragonés, donde hizo la mili, y en los últimos fichajes prometidos por el presidente del Real Madrid. Ella conservaba su puesto de trabajo, sin embargo, su marido no. El hotel que María había reservado en la playa, por booking, no era gran cosa; el típico establecimiento playero con ofertas a troche y moche, repleto de niños con balones, abuelas con parchís y parejas de escasos recursos y de futuro incierto. Aunque entendía perfectamente que, por lo que había pagado por él, tampoco podía esperar gran cosa.
El trayecto por carretera fue tenso. Las conversaciones se saldaban con monosílabos o con frases sin ninguna profundidad. Ella conducía mientras Paco miraba las planicies manchegas dejando que su vista se perdiera en la inmensidad de la campiña, sin importarle demasiado lo que pensara su esposa sobre su apático comportamiento.
Mientras conducía, María fantaseaba con pasear desnuda por las dunas. A ella siempre la había gustado disfrutar de la grandeza del océano y del sol tal y como la había traído al mundo su madre. En cierto modo, no le disgustaban las miradas furtivas o desvergonzadas que le propinaban los hombres de toda edad o condición. Sin embargo, Paco era más retraído; quizás motivado por sentirse algo acomplejado por el tamaño de su polla, según ella.
-Estoy deseando llegar al hotel para bajarme a la playa -dijo María.
-Ya lo sé. Y seguro que desnuda, como siempre, ¿verdad? -le preguntó su marido, con cierto tono de reproche.
-Sí, lo estoy deseando desde que hice la reserva -contestó su esposa.
-La verdad, no alcanzo a comprender qué ganas con que te vean en pelotas todos esos salidos de playa -le volvió a reprochar el esposo.
-Pues a ti bien que te gusta mirarlas a todas -le soltó la mujer.
-Pero no es lo mismo. Ellas son muy libres de enseñar lo que quieran, pero tú..
-¿Pero yo, qué? -le preguntó María, un tanto alterada.
-Joder María, tú eres mi esposa, no te das cuenta que me siento violento cuando esos enfermos clavan sus ojos en tus senos o en tu culo. ¿Es tan difícil entenderlo? -le cuestionó Paco.
-Pero sí tu eres peor que todos ellos. No te gusta pasear conmigo por la playa y cuando pasa alguna jovencita desnuda por la orilla te vas tras ella como un perrito faldero babeando. ¿Sabes qué te digo?: me das mucha pena Paco, te has quedado en el paleolítico inferior. Peor aún: ¡Eres del Cromagnon!.
-Esto de la igualdad de Zapatero es una puta mierda -dijo Paco entre dientes.
-Te he oído imbécil. Tenías que haber nacido en tiempos de Franco mi amor. Pareces salido de una máquina del tiempo.
A ti, en realidad, lo que te gustaría es que te follaran todos en las dunas. ¿Es eso, verdad? -le preguntó Paco.
-Ya no hay quien te aguanté, cariño y todo por tu puto complejo -le respondió María, a sabiendas de que la mejor defensa siempre es un buen ataque.
Durante varios kilómetros se hizo entre los dos un denso silencio. Los minutos pasaban lentos y plomizos. El asfalto irradiaba un calor sofocante que provocaba un efecto óptico parecido al de un espejismo en el desierto.
Voy a echar gasolina -dijo ella rompiendo el silencio sepulcral que, nuevamente, se había creado entre ambos.
Mientras repostaba, María observó como su esposo se dirigía al aseo y sin pensarlo dos veces, colgó la manguera, pagó en efectivo los cincuenta euros de combustible, arrancó el coche y lo dejó cagando.
-¡Vete a la mierda, gilipollas! A partir de ahora que te aguante tu madre. Me pienso pegar unas vacaciones de campeonato. 
Y diciendo esto, desconectó el móvil.