lunes, 9 de marzo de 2026

A la deriva

Prefiero pensar que todo va a pasar. Que los locos que dirigen el mundo, como antaño, serán encerrados, tratados con electroshock, amarrados con camisas de fuerza o medicados con opioáceos de amplio espectro. Debemos de andar muy despistados, o estar demasiado entretenidos con nuestras mascotas y las redes sociales, para haber dejado que los locos tomen el poder a nivel global. Los nuevos gurús del neoliberalismo salvaje, en su máximo esplendor, disfrutan destrozando normas, leyes, tratados, decretos y equilibrios para generar el caos que les permitirá alcanzar el tan ansiado control mundial. Hemos creado monstruos con capacidades descomunales, con recursos ilimitados, que controlan lo que pensamos y que nos quieren convertir en máquinas de trabajar y de consumir basura. Y ellos por un lado, y la IA por otro. Vamos avanzando a la deriva, más a la deriva que nunca, mientras surgen nuevas guerras, nuevos miedos, nuevas drogas, nuevos dioses redentores y nuevos pobres: más pobres que nunca, con más miedo que nunca, más débiles que nunca y más indefensos que nunca. De joven —disculpen mi actual pesimismo— soñaba con un mundo mejor. Ahora el sueño es sobrevivir a tan colosal vorágine de locura.

lunes, 16 de febrero de 2026

lunes, 9 de febrero de 2026

Cuidado con las picaduras

Mis tábanos, lo advierto, siguen picando. Pican con disimulo, unos pican en la cara y otros pican en el culo. Pican y te chupan la sangre pero te hacen reír. Algunos afectados me hablan de situaciones de amnesia, sopor y alucinaciones mientras leían la novela. Otros, incluso, me hablan de ataques incontrolados de risa. La cuestión es que mis tábanos, tal y como me temía, están haciendo de las suyas. ¡Larga vida a mis tábanos!

jueves, 29 de enero de 2026

Haciendo camino en Almaty

Camino. Hace un frío de mil demonios, pero brilla el sol. Las palomas bravías se afanan en buscar algo de alimento bajo la nieve. Un ánade real sacude las alas, como para desentumecerlas. Camino meditando, cual monje budista, en dirección al hotel, y no paro de preguntarme: ¿dónde acabarán los caminos?, ¿para qué tanto caminar? En tres horas sale mi vuelo de regreso y no he conseguido conciliar el sueño; si bien es cierto que, durante los tres vuelos que tengo por delante, alguna cabezadita podré echar. Pasan los minutos y las horas, dando vueltas y más vueltas en la cama, apagando y encendiendo la luz una y otra vez, bebiendo agua cada dos por tres porque esta maldita calefacción me deja la boca como un estropajo. Leo el correo. Ojeo la prensa. Repaso el equipaje para no dejarme nada olvidado. Mi agenda está que no le cabe un alfiler. Afuera, el termómetro marca doce bajo cero. Intento, durante el duermevela, no hacerme preguntas absurdas ni abusar de la filosofía low cost. El insomnio me está ganando la partida. Acaba otro viaje, otro día, y otro sueño que no ha llegado a serlo. Todo comienza y todo termina. Y, de nuevo, incontroladamente, me vuelvo a preguntar: ¿dónde acabarán los caminos?, ¿para qué tanto caminar?