viernes, 31 de julio de 2026

jueves, 30 de julio de 2026

Desesperación

Anochecía. Las sombras invadieron el valle al mismo tiempo que una cálida brisa dotaba de sinuosos movimientos a una arboleda de olmos centenarios. El imponente ulular de un búho y el aullido desesperado de un grupo de cimarrones tensaban el ambiente. Mis pisadas resonaban como si mis ochenta kilos se hubieran multiplicado por cien. En la última revisión médica me habían acusado de padecer obesidad en grado uno, cuando el año anterior pesaba un kilo menos y no me dijeron nada. La temperatura y la humedad me provocaban un sudor descontrolado. Cada paso me costaba más. Estaba perdido, sin batería en el móvil y sin pilas en la linterna. Caminar a oscuras por ese bosque, a no sé cuántos kilómetros del núcleo habitado más cercano, no me hacía ni pizca de gracia. Por mi cabeza, como un torbellino, empezaron a acudir ideas de lo más descabelladas. Los aullidos de los cimarrones comenzaron a tornarse en ladridos; unos ladridos que sentía cada vez más cerca. He de reconocer que nunca me gustaron los perros, de hecho los odio desde que Tobi, un viejo pastor alemán que se pasaba la vida amarrado en el lavadero de coches que había debajo de mi casa, me ladrara como un condenado cada vez que iba o regresaba del colegio. Volver al coche, averiado desde el inicio de aquella absurda marcha nocturna que había emprendido por puro aburrimiento, empezaba a parecerme la mejor opción. La noche se estaba echando encima. Sin cesar en la marcha, agarré una barrita de cereales que llevaba en la mochila, y la devoré en un plisplas. Y fue en ese fatídico instante en el que pisé la maldita piedra. Ipso facto sentí como mi tobillo se quebraba. Me acordé de mi sobrepeso. Me acordé de la cara del médico que me hizo la revisión. Me acordé de mi exesposa y del cabrón de su novio. Me acordé de la maldita hora en la que me dio por subirme al coche y lanzarme sin rumbo a conducir por aquel camino de montaña por el que en mi vida había transitado. Ni yo ni creo que nadie desde hacía años. Muerto de dolor, sudando a mares, sin poder caminar, y rodeado de una pasmosa oscuridad, me senté en una piedra. Los perros asilvestrados ladraban cada vez más cerca. El pánico de mi infancia, como en una especie de regresión, comenzó a invadirme. No sé de dónde saqué fuerzas para incorporarme. Con la única ayuda de mis brazos trepé a una encina justo segundos antes de que llegaran los perros. Aquellos perros asilvestrados, que intentaban recuperar al lobo ancestral que llevaban dentro, iban liderados por un perro idéntico a Tobi. El resto, pude contar hasta siete diferentes, eran perros sieteleches excepto uno que parecía un gran caniche de color marrón, y que aún conservaba un collar. La jauría ladraba mostrando sus dientes, y saltando hacia el tronco de aquella encina que, de momento, me había salvado. Del miedo que tenía, dejé de preocuparme por el calor, y por el futuro de la humanidad. El líder de la manada tenía fijación por mí y saltaba más que un canguro. De repente, me pareció ver una luz, pero pronto desapareció. Los perros seguían acosándome y yo me abrazaba a la encina como haría un naúfrago a una tabla en alta mar. De nuevo me pareció ver la luz y a mis oídos llegó nítido el sonido de un motor. Los perros ladraban y saltaban como si les fuera la vida en ello. Hacía tiempo que no me sentía tan importante para nadie. El ruido resultó ser el de una moto; un ruido que siempre había detestado y que ahora me parecía un sonido angelical. Los cimarrones, al ver aparecer por el camino la luz y ese sonido tan ensordecedor, salieron disparados hacia él. Apenas distinguía su silueta entre la oscuridad. Entonces sonó un disparo. Despúes, un aullido lastimero. Los perros salieron en estampida, a excepción de aquel pastor alemán que ya no lideraría nunca más aquella partida de canes forajidos. -¡Socorro! -grité desesperadamente. -¿Quién anda ahí? -exclamó el motorista. -Pues eso es, amigo, que no puedo andar. Tengo una pierna rota y estoy subido en una encina. Esos malditos perros me querían comer -le dije. Rápidamente, aquel joven, que resultó ser el guarda de aquella enorme finca forestal me enfocó con la linterna. -¿Es usted el dueño del coche que hay abandonado en la vaguada del abrevadero? -me preguntó. -Sí, se me rompió junto a un viejo abrevadero de ganado. -¿Y se puede saber qué diablos hace usted por aquí a estas horas? ¿No sabe que está usted dentro de una propiedad privada? ¡Anda, déjeme ayudarle a bajar de ahí! Y así acabó la historia. Como decía mi exmujer, no sin parte de razón, voy de mal en peor.

jueves, 16 de julio de 2026

Todo y nada

Siento que he perdido fuelle. Ya no soy el mismo. Me falta frescura, creatividad. Mis textos han perdido el punch de antaño, esa capacidad de sorprender al lector. Lo único que conservo es la constancia de escribir y el deseo de reencontrar el camino de la virtud. Hay etapas vitales y sociales que condicionan nuestra escritura y nuestra manera de pensar. Etapas en las que creemos que todo es posible y otras en las que sentimos que ya nada tiene arreglo. La montaña rusa de la vida. Hoy, todo; mañana, nada. Sístole y diástole. Noche y día. Los antagonismos de nuestra insignificante existencia. Todo es efímero.

miércoles, 8 de julio de 2026

Preguntas y más preguntas

¿Verdad o mentira? ¿Quién tiene razón? ¿Quén marca los límites? ¿Qué futuro nos espera? ¿Mejor o peor? ¿Qué planeta les legaremos a nuestros hijos? ¿Por qué hemos dejado que el dinero lo consiga todo? ¿Qué tiene el poder que nos vuelve locos? ¿Tan insignificantes somos las personas? ¿Tan importante es el color, la religión, el sexo, o su origen? ¿Quén reparte los títulos de personas aptas para aspirar a un futuro mínimamente digno? ¿Qué haremos con los desheredados de este monstruoso sistema que lo canibaliza todo? ¿Cámaras de gas? ¿Más hambrunas? ¿Los enviamos a Marte? -Dime papá, es que no entiendo nada... -Yo tampoco, mi niña, yo tampoco...

lunes, 6 de julio de 2026

Mercero y escritor

Admiro a Paco López Mengual. Lo admiro tanto en lo personal como en lo literario. De él, como persona, destacaría su sencillez, su cercanía y su generosidad. De sus libros destacaría lo mismo. Leer sus novelas o sus cuentos es como escucharle en sus variados recorridos literarios por las calles de Murcia, de Cartagena, del cementerio de Molina —con nocturnidad y alevosía— o por las estribaciones de la Sierra de la Pila, rememorando las viejas hazañas de los bandoleros. Paco es de hablar y de escuchar. Es de echar una mano. Es de impulsar la cultura y de aportar dinamismo. Confieso, con orgullo y sin ruborizarme, que lo considero uno de mis grandes referentes, no solo como escritor, sino también como persona. Como decía mi madre: «Quien a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija».

miércoles, 1 de julio de 2026

¡Mamá teta!

Sigo avanzando con mis publicaciones gráficas en el Diario La Opinión de Murcia. La Pintada se ha convertido en una ventana abierta a los lectores de este diario desde la que se divisa mi mundo interior. Imagino sus caras de sorpresa, sus reflexiones personales al contemplar mis dibujos o mis collages. Al escribir estas líneas, ya se han publicado 43. Nunca imaginé que algo así pudiera ocurrir. Siempre he realizado collages y dibujos sin tener formación artística. Lo hago como una forma de terapia. A veces necesito escribir para desahogarme y, en otras ocasiones, cuando las palabras se me atascan o no adquieren la forma que necesito, me refugio en la tinta china o en las tijeras y el pegamento de barra. Al final, sin que haya una razón aparente, siento la necesidad de expresarme, de confrontarme, de exponerme, de decirle al mundo que vivo, que sufro, que respiro y que, pese a todo, no pierdo la esperanza de que, entre todos, podamos hacer de este mundo un hogar en el que nadie se sienta excluido.

lunes, 29 de junio de 2026

La vida que no es tan vida

La vida a la carrera. Sin tiempo para lo importante y de sobra para lo superfluo. Creando enemigos de ficción para ocultar la raíz de los problemas. Aparentado vidas de ensueño que nos quitan el sueño. Sin tiempo para una lectura, una partida de cartas, un abrazo chillao, un momento de calma, mientras nos dejamos la vida en pantallas infinitas cargadas de mentiras y de sesgos malintencionados. Existe un mundo al margen de las tendencias, de lo que se supone que hay que hacer. Un mundo propio, único, sin alaracas, sin exhibicionismo, sin likes, sin inversiones, sin famosos de mediopelo. Un mundo real, de carne y hueso, con risas y llantos, con esfuerzos y con siestas de baba. Con colas en la carnicería, con charlas en la peluquería, con vecinas que comparten recetas y que llaman al mediodía pidiendo un poco de perejil. Un mundo sin raiders, sin Amazon, sin comida prefabricada, sin Bitcoin, sin salvapatrias, sin tipos duros, sin todólogos que no saben de nada. Existe una vida distinta al alcance de todos. Tan solo hay que atreverse a buscarla entre la abundante maleza de lo irreal.