miércoles, 14 de octubre de 2026

Nadie ve lo mismo

Así se denomina mi nuevo libro. Un libro que no es mío, sino una obra coral escrita por 33 personas y dibujada por mí. En él, a través de los dibujos y de sus interpretaciones, abordo temas actuales y candentes que están dando mucho que hablar. La mayoría de estos dibujos fueron publicados en el diario La Opinión de Murcia; otros son antiguos y llevaban años durmiendo el sueño de los justos, encerrados en un cajón, y otros fueron creados expresamente para la ocasión. Noventa y una obras esperando miradas, interpretaciones, valoraciones y críticas. En Nadie ve lo mismo han colaborado destacadas firmas literarias como Manuel Moyano, Paco López Mengual, Montserrat Abumalham, Jesús Núñez Perea, Isabel María Abellán, Aurora Carrillo, Patricio Peñalver, Mariano Sanz, Isabel Soler, Paz Hinojosa, Antonio Marcelo, Felipe J. Hernández Lorca o Dani Torregrosa. También he contado con la inestimable colaboración de importantes representantes del mundo del arte y la docencia, como Mara Mira, Juan Belando, Marcos Botella o Francisco José Guillén Martínez. Miradas teatrales y escénicas, como la de Paz Martínez. Miradas ucranianas desde el exilio, como las de Kseniia Berezenko o Mascha Hörlein. Interpretaciones lejanas, como la del profesor de idiomas mongol Manduul Oyunbileg, o las llegadas desde Cuba y México, de la mano de Carlos Santos y Soledad Díaz. También han participado peluqueras ilustres, como la gran estilista internacional Rut Navarro y su amiga, la arquitecta Ana Remiro, así como la extraordinaria poeta y peluquera griega Cordelia Shibari. Desde Polonia han participado mi aguerrido compañero de fatigas Artur Szustka y otra gran profesional de la belleza, Aneta Rutkowska. Desde la ciudad del mítico vellocino de oro, Kutaisi, aportó su mirada la artista Mariami Gventsadze. Desde Bielorrusia nos hizo llegar su contribución la gran pintora y estilista Anna Zaharchuk. Desde la incomparable Córdoba se sumó al proyecto el profesor y escritor Miguel Cobo Rosa. Y, por si faltaba financiación, también contamos con la inestimable colaboración de una bancaria, Inmaculada Hellín Sánchez, que nos advirtió de que no hay que dejarse llevar por las apariencias. Y, cómo no, mi pequeña Ana María, con sus once añitos de experiencia vital a sus espaldas, no quiso perderse la oportunidad de comentar el collage La vacuna contra el odio, que, según ella, buena falta nos hace. Mil gracias a la Editorial Tirano Banderas y a todas las personas que habéis hecho posible este bonito proyecto. Es tan mío como vuestro.

miércoles, 30 de septiembre de 2026

Remordimientos

Pantalla en blanco. Puedo escribirlo todo. Explayarme. Lucirme. Perderme. Mis dedos cabalgan desbocados sobre el blanco níveo de la pantalla. Me quito las gafas. Veo mejor sin ellas. Escucho música. El guatemalteco Ricardo Arjona me inunda de recuerdos y de sentimientos encontrados. Puedo escribir del pasado, del presente y del futuro. Inventarme personajes extravagantes. Matar. Odiar. Amar. Besar. Reñir. Declarar guerras y firmar la paz. Pero hoy no sé de qué escribir. No encuentro el camino. Solo inundo la pantalla de palabras encadenadas que intentan enviar un mensaje a alguien desconocido. Alguien que tan solo me lee por puro aburrimiento, mientras escucha a Supertramp, a Pink Floyd o a otros de esa época. Me pongo un café. Tal vez ese desconocido que supuestamente me lee también se lo esté tomando. Quito la música, porque más que ayudarme a concentrarme me está sacando del carril. Ahora disfruto del silencio, un silencio únicamente violado por el acompasado ruido del teclado. Soy bueno con los dedos porque hice mecanografía. De hecho, estuve a punto de ir a un campeonato representando a mi academia. «Academia Climent, campeones del mundo», alardeaban en su publicidad. Al final, me arrebató la plaza una compañera que hizo dos pulsaciones por minuto más que yo. Aún me cuesta entender cómo podía escribir tan rápido con esas uñas tan largas. Pero en la vida siempre suceden cosas que no entendemos. Tal vez ahí está el problema: en pretender entenderlo todo. Esta mañana no consigo entender el motivo que me ha llevado a escribir esto, como tampoco he conseguido comprender otras veces qué me ha llevado a hacer una cosa y no su contraria. Puede que por pura intuición. Puede que por descerebrado. Puede que por impulsivo. Puede que por comodón. Aquí estoy, yo, escribiendo sobre nada cuando podría estar haciendo un arco de iglesia. Les juro que siento remordimientos.

martes, 29 de septiembre de 2026

Feria "Bonica" 2026

Una feria más. Soy un feriante. Un mercader de cultura. Un adalid del respeto y la empatía llevados al papel. Y del papel al lector, al público y a la gente. Presentaré un libro balsámico, titulado Nadie ve lo mismo, necesitado de miradas reflexivas, de mentes abiertas y de 16 eurazos, que todo hay que decirlo. Lo mejor es que, con cada libro, aportaremos una «Plumpy Nut», con su superpoder de cacahuete, para apoyar campañas de ayuda a los más necesitados. Por tanto, este será un libro solidario, escrito por personas de un montón de lugares, países y religiones, al que yo únicamente he puesto mis dibujos y mis collages. Contará con un prólogo magistral de Mara Mira, crítica de arte, profesora y persona a la que admiro profundamente, y con otras 32 soberbias colaboraciones, por las que me siento profundamente agradecido. Os espero, con todo mi cariño, en la Feria del Libro de Murcia, en la caseta de la Editorial Tirano Banderas: 📚 Viernes 9 de octubre, de 17:00 a 18:30 h 📚 Domingo 11 de octubre, de 18:30 a 20:00 h ¡Nos vemos!

miércoles, 23 de septiembre de 2026

Otoños

Aunque hace tiempo que no lo escucho ni lo leo, antes se contaba la vida por primaveras: «¡Tiene 15 primaveras!». ¿Y por qué no en otoños, o en inviernos, o ni tan siquiera en veranos? Pero a lo que iba, que me tuerzo: el otoño ha llegado y el calor sigue aquí. Es como si el verano jugara a resistirse, a fastidiar, como el abusica del colegio. No se conforma con habernos achicharrado noche y día; aún quiere más, sin lástima, sin remordimiento alguno. El otoño debería sacarle los dientes y no dejarse amedrentar. Lo suyo sería que, de un día para otro, se dieran la mano, hicieran las paces, firmaran la capitulación y cada uno a lo suyo. A ver si pudiera ser...

lunes, 21 de septiembre de 2026

Podría ser un tractor

El primer libro que escribí fue para mis compañeros. Siempre, en mis charlas de motivación, les hablaba de la importancia de la lectura. Un vendedor-asesor debe dominar el lenguaje y la comunicación, y para ello no hay nada mejor que leer. De ahí nació Vidas ordinarias, un libro de diez relatos escritos en México, un país que me cautivó y al que dediqué más de 20 años de mi vida. Siempre he intentado integrar y alinear mi vida profesional con mi vida creativa. He aprovechado viajes de trabajo para visitar museos, descubrir parajes increíbles o pasearme por poblados autóctonos, con el propósito de impregnarme de toda esa riqueza que llamamos diversidad. Mis dibujos, collages y esculturas también los he llevado a mi terreno profesional, con el afán de transmitir cultura en cualquier formato. Incluso he utilizado la performance como recurso para intentar que mis mensajes calaran más profundamente en las emociones de mis compañeros y de mis clientes. Todo esto que les cuento viene a colación de una preciosa anécdota que me ha sucedido esta semana. En 2012, a dos compañeros que destacaron por sus resultados les regalé dos de mis esculturas. La más grande siempre la he recordado, pero no así la más pequeña, que es como si hubiera desaparecido de mi memoria. Esta semana, trabajando con Juan Rodrigo Ruiz por tierras andaluzas, recordamos aquel momento. Él me habló de su escultura y yo me quedé en blanco. Me la describía, pero yo no la reconocía. Así que, cuando regresó a su Burgos natal, me envió estas fotografías. Ese reencuentro fue emocionante. Fue como si, de repente, en plena calle, me hubiera encontrado con un compañero del colegio al que no hubiera visto desde hacía más de 50 años. Lo bonito, además, fue el comentario de Juan: él siempre ha relacionado la escultura con su abuelo, un hombre de campo que trabajaba manejando un tractor. Y eso me encantó. Un objeto artístico convertido en un recuerdo. Y un recuerdo convertido, con el paso del tiempo, en una bonita historia.

jueves, 17 de septiembre de 2026

Chorizo

¡Eres un chorizo! Esta expresión se suele utilizar contra alguien amante de lo ajeno. Chorizo como algo despectivo, como algo malo. Hoy pretendo reivindicar desde aquí al chorizo. Al chorizo de pueblo, a la brasa. Al chorizo pinchado con un palo sobre un fuego. También al chorizo de Cantimpalo, al chorizo ibérico, a los jabuguitos, al pamplonés, incluso al Revilla. Quizás al Revilla le tenga un cariño especial, ya que mi abuela Mercedes me arrojaba por la ventana, al patio del colegio, todos los días, a eso de las once de la mañana, un bocata con pan del día, bien preñado de chorizo Revilla. Es lo que tenía vivir en un edificio que colindaba con el patio del colegio. Ni que decir tiene que mis compañeros se morían de envidia ante mi ventaja logística y culinaria. Ayer, en Venta Quemada, disfruté como un enano comiéndome medio bocadillo de chorizo a la plancha. ¡Menudo lujo! Donde esté un buen chorizo de pueblo a la brasa, que se quiten todos los burriquin y todos los mardonal. ¡Viva el chorizo, copón!

miércoles, 2 de septiembre de 2026

El bar de la vida

Escribir le resultaba cada día más tedioso. Su cerebro, seco como un espartal de Mazarrón en pleno agosto, no daba más de sí. El que había sido considerado, en los círculos culturales de la región, una joven promesa de la literatura, se encontraba perdido entre un mar embravecido de letras. Nada de lo que escribía le convencía. Las palabras en su mente no encontraban acomodo, ni orden, ni camino. Su cerebro amontonaba ideas que no encontraban recorrido alguno. Su elevada autoestima, su imagen de triunfador, el apoyo de los medios de comunicación y de la crítica comenzaron a desvanecerse. Y él sintió vértigo. El suelo de la intrascendencia se abría bajo sus pies. Su futuro exitoso se desvanecía. Se sentía solo, como un niño perdido en un bosque al anochecer. Solo. Vacío. Fracasado. Apremiado por la escasez de recursos, decidió aparcar las letras por una temporada. Muy a su pesar, aceptó un trabajo de camarero en un bar. El local le quedaba cerca, tan solo a dos manzanas de la casa que compartía con Nuria, una joven promesa de la pintura —que ya ni era tan joven ni tan promesa—, y con Juan Carlos, un eterno aspirante a funcionario de prisiones que, para mantenerse, trabajaba en Burger King y, por las noches, de segurata en un antro de mala muerte. Él no había trabajado nunca de cara al público y aquella experiencia, desde el primer momento, le sorprendió. Se dio cuenta de que cada cliente le regalaba un personaje, una historia, un contenido, una posibilidad. Día tras día, su cerebro, machacado por la teoría y por la ortodoxia, se fue oxigenando de realidad. La señora que se escondía para vaciar su monedero en las tragaperras. El maestro jubilado que le contaba historias de su juventud en el Sidi Ifni. El albañil que fardaba de las putas que visitaba cada semana. Las acaloradas conversaciones sobre política, fútbol, la Agenda 2030, los putos incendios, los unos contra los otros. A veces llegaba al piso oliendo todavía a fritanga y, sin ducharse, se lanzaba a escribir todas aquellas historias. Historias reales que superaban cualquier ficción. Aquel bar de barrio, en tan solo unos meses, le había enseñado más que cinco años de universidad. Y Alfredo Cifuentes volvió a brillar. Su libro "El bar de la vida" fue reconocido por la crítica como más maduro, más auténtico y, sobre todo, más humano.