jueves, 29 de enero de 2026
Haciendo camino en Almaty
Camino. Hace un frío de mil demonios, pero brilla el sol. Las palomas bravías se afanan en buscar algo de alimento bajo la nieve. Un ánade real sacude las alas, como para desentumecerlas.
Camino meditando, cual monje budista, en dirección al hotel, y no paro de preguntarme: ¿dónde acabarán los caminos?, ¿para qué tanto caminar?
En tres horas sale mi vuelo de regreso y no he conseguido conciliar el sueño; si bien es cierto que, durante los tres vuelos que tengo por delante, alguna cabezadita podré echar. Pasan los minutos y las horas, dando vueltas y más vueltas en la cama, apagando y encendiendo la luz una y otra vez, bebiendo agua cada dos por tres porque esta maldita calefacción me deja la boca como un estropajo.
Leo el correo. Ojeo la prensa. Repaso el equipaje para no dejarme nada olvidado. Mi agenda está que no le cabe un alfiler. Afuera, el termómetro marca doce bajo cero. Intento, durante el duermevela, no hacerme preguntas absurdas ni abusar de la filosofía low cost.
El insomnio me está ganando la partida. Acaba otro viaje, otro día, y otro sueño que no ha llegado a serlo. Todo comienza y todo termina. Y, de nuevo, incontroladamente, me vuelvo a preguntar: ¿dónde acabarán los caminos?, ¿para qué tanto caminar?
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