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miércoles, 30 de septiembre de 2026
Remordimientos
Pantalla en blanco.
Puedo escribirlo todo. Explayarme. Lucirme. Perderme.
Mis dedos cabalgan desbocados sobre el blanco níveo de la pantalla. Me quito las gafas. Veo mejor sin ellas. Escucho música. El guatemalteco Ricardo Arjona me inunda de recuerdos y de sentimientos encontrados.
Puedo escribir del pasado, del presente y del futuro. Inventarme personajes extravagantes. Matar. Odiar. Amar. Besar. Reñir. Declarar guerras y firmar la paz.
Pero hoy no sé de qué escribir. No encuentro el camino. Solo inundo la pantalla de palabras encadenadas que intentan enviar un mensaje a alguien desconocido. Alguien que tan solo me lee por puro aburrimiento, mientras escucha a Supertramp, a Pink Floyd o a otros de esa época.
Me pongo un café. Tal vez ese desconocido que supuestamente me lee también se lo esté tomando.
Quito la música, porque más que ayudarme a concentrarme me está sacando del carril. Ahora disfruto del silencio, un silencio únicamente violado por el acompasado ruido del teclado.
Soy bueno con los dedos porque hice mecanografía. De hecho, estuve a punto de ir a un campeonato representando a mi academia.
«Academia Climent, campeones del mundo», alardeaban en su publicidad.
Al final, me arrebató la plaza una compañera que hizo dos pulsaciones por minuto más que yo. Aún me cuesta entender cómo podía escribir tan rápido con esas uñas tan largas.
Pero en la vida siempre suceden cosas que no entendemos. Tal vez ahí está el problema: en pretender entenderlo todo.
Esta mañana no consigo entender el motivo que me ha llevado a escribir esto, como tampoco he conseguido comprender otras veces qué me ha llevado a hacer una cosa y no su contraria.
Puede que por pura intuición. Puede que por descerebrado. Puede que por impulsivo. Puede que por comodón.
Aquí estoy, yo, escribiendo sobre nada cuando podría estar haciendo un arco de iglesia.
Les juro que siento remordimientos.
miércoles, 2 de septiembre de 2026
El bar de la vida
Escribir le resultaba cada día más tedioso. Su cerebro, seco como un espartal de Mazarrón en pleno agosto, no daba más de sí. El que había sido considerado, en los círculos culturales de la región, una joven promesa de la literatura, se encontraba perdido entre un mar embravecido de letras. Nada de lo que escribía le convencía. Las palabras en su mente no encontraban acomodo, ni orden, ni camino. Su cerebro amontonaba ideas que no encontraban recorrido alguno.
Su elevada autoestima, su imagen de triunfador, el apoyo de los medios de comunicación y de la crítica comenzaron a desvanecerse. Y él sintió vértigo. El suelo de la intrascendencia se abría bajo sus pies. Su futuro exitoso se desvanecía. Se sentía solo, como un niño perdido en un bosque al anochecer.
Solo. Vacío. Fracasado.
Apremiado por la escasez de recursos, decidió aparcar las letras por una temporada. Muy a su pesar, aceptó un trabajo de camarero en un bar. El local le quedaba cerca, tan solo a dos manzanas de la casa que compartía con Nuria, una joven promesa de la pintura —que ya ni era tan joven ni tan promesa—, y con Juan Carlos, un eterno aspirante a funcionario de prisiones que, para mantenerse, trabajaba en Burger King y, por las noches, de segurata en un antro de mala muerte.
Él no había trabajado nunca de cara al público y aquella experiencia, desde el primer momento, le sorprendió. Se dio cuenta de que cada cliente le regalaba un personaje, una historia, un contenido, una posibilidad.
Día tras día, su cerebro, machacado por la teoría y por la ortodoxia, se fue oxigenando de realidad. La señora que se escondía para vaciar su monedero en las tragaperras. El maestro jubilado que le contaba historias de su juventud en el Sidi Ifni. El albañil que fardaba de las putas que visitaba cada semana. Las acaloradas conversaciones sobre política, fútbol, la Agenda 2030, los putos incendios, los unos contra los otros.
A veces llegaba al piso oliendo todavía a fritanga y, sin ducharse, se lanzaba a escribir todas aquellas historias. Historias reales que superaban cualquier ficción.
Aquel bar de barrio, en tan solo unos meses, le había enseñado más que cinco años de universidad.
Y Alfredo Cifuentes volvió a brillar. Su libro "El bar de la vida" fue reconocido por la crítica como más maduro, más auténtico y, sobre todo, más humano.
jueves, 30 de julio de 2026
Desesperación
Anochecía. Las sombras invadieron el valle al mismo tiempo que una cálida brisa dotaba de sinuosos movimientos a una arboleda de olmos centenarios. El imponente ulular de un búho y el aullido desesperado de un grupo de cimarrones tensaban el ambiente. Mis pisadas resonaban como si mis ochenta kilos se hubieran multiplicado por cien. En la última revisión médica me habían acusado de padecer obesidad en grado uno, cuando el año anterior pesaba un kilo menos y no me dijeron nada. La temperatura y la humedad me provocaban un sudor descontrolado. Cada paso me costaba más. Estaba perdido, sin batería en el móvil y sin pilas en la linterna. Caminar a oscuras por ese bosque, a no sé cuántos kilómetros del núcleo habitado más cercano, no me hacía ni pizca de gracia. Por mi cabeza, como un torbellino, empezaron a acudir ideas de lo más descabelladas. Los aullidos de los cimarrones comenzaron a tornarse en ladridos; unos ladridos que sentía cada vez más cerca. He de reconocer que nunca me gustaron los perros, de hecho los odio desde que Tobi, un viejo pastor alemán que se pasaba la vida amarrado en el lavadero de coches que había debajo de mi casa, me ladrara como un condenado cada vez que iba o regresaba del colegio. Volver al coche, averiado desde el inicio de aquella absurda marcha nocturna que había emprendido por puro aburrimiento, empezaba a parecerme la mejor opción. La noche se estaba echando encima. Sin cesar en la marcha, agarré una barrita de cereales que llevaba en la mochila, y la devoré en un plisplas. Y fue en ese fatídico instante en el que pisé la maldita piedra. Ipso facto sentí como mi tobillo se quebraba. Me acordé de mi sobrepeso. Me acordé de la cara del médico que me hizo la revisión. Me acordé de mi exesposa y del cabrón de su novio. Me acordé de la maldita hora en la que me dio por subirme al coche y lanzarme sin rumbo a conducir por aquel camino de montaña por el que en mi vida había transitado. Ni yo ni creo que nadie desde hacía años. Muerto de dolor, sudando a mares, sin poder caminar, y rodeado de una pasmosa oscuridad, me senté en una piedra. Los perros asilvestrados ladraban cada vez más cerca. El pánico de mi infancia, como en una especie de regresión, comenzó a invadirme. No sé de dónde saqué fuerzas para incorporarme. Con la única ayuda de mis brazos trepé a una encina justo segundos antes de que llegaran los perros. Aquellos perros asilvestrados, que intentaban recuperar al lobo ancestral que llevaban dentro, iban liderados por un perro idéntico a Tobi. El resto, pude contar hasta siete diferentes, eran perros sieteleches excepto uno que parecía un gran caniche de color marrón, y que aún conservaba un collar. La jauría ladraba mostrando sus dientes, y saltando hacia el tronco de aquella encina que, de momento, me había salvado. Del miedo que tenía, dejé de preocuparme por el calor, y por el futuro de la humanidad. El líder de la manada tenía fijación por mí y saltaba más que un canguro. De repente, me pareció ver una luz, pero pronto desapareció. Los perros seguían acosándome y yo me abrazaba a la encina como haría un naúfrago a una tabla en alta mar. De nuevo me pareció ver la luz y a mis oídos llegó nítido el sonido de un motor. Los perros ladraban y saltaban como si les fuera la vida en ello. Hacía tiempo que no me sentía tan importante para nadie. El ruido resultó ser el de una moto; un ruido que siempre había detestado y que ahora me parecía un sonido angelical. Los cimarrones, al ver aparecer por el camino la luz y ese sonido tan ensordecedor, salieron disparados hacia él. Apenas distinguía su silueta entre la oscuridad. Entonces sonó un disparo. Despúes, un aullido lastimero. Los perros salieron en estampida, a excepción de aquel pastor alemán que ya no lideraría nunca más aquella partida de canes forajidos. -¡Socorro! -grité desesperadamente. -¿Quién anda ahí? -exclamó el motorista. -Pues eso es, amigo, que no puedo andar. Tengo una pierna rota y estoy subido en una encina. Esos malditos perros me querían comer -le dije. Rápidamente, aquel joven, que resultó ser el guarda de aquella enorme finca forestal me enfocó con la linterna. -¿Es usted el dueño del coche que hay abandonado en la vaguada del abrevadero? -me preguntó. -Sí, se me rompió junto a un viejo abrevadero de ganado. -¿Y se puede saber qué diablos hace usted por aquí a estas horas? ¿No sabe que está usted dentro de una propiedad privada? ¡Anda, déjeme ayudarle a bajar de ahí!
Y así acabó la historia. Como decía mi exmujer, no sin parte de razón, voy de mal en peor.
jueves, 18 de junio de 2026
De nuevo en Varsovia
Heráclito, que era un tío listo, dijo:"Ningún hombre pisa dos veces el mismo río, porque no es el mismo río y él no es el mismo hombre". Esta mañana me he asomado por enésima vez a esta ventana del hotel Campanile, en Varsovia, y he visto otra ciudad, otras personas corriendo al trabajo, y lo hacía con una mirada distinta. Nada vuelve a ser igual. Todo fluye, como el agua de un río infinito. Evoluciona y se transforma ante nosotros. La Varsovia de hoy no es la Varsovia que conocí hace casi 17 años, ni yo tampoco.
martes, 17 de marzo de 2026
Ida de olla
He pensado en ponerme a prueba. Exigirme una publicación de nota: escribir un texto de envergadura, inspirador y motivador, que rompa la monotonía del lector medio. Exponer un planteamiento disruptivo basado en mi abigarrada experiencia profesional. Que lo entienda tanto un español medio como un mexicano o un mongol con la misma preparación.
Se trataría, por tanto, de exponer hacia dónde va el mundo. Hablar de lo incierto de nuestro futuro, si es que alguna vez fue cierto. Plantear escenarios idílicos desde un entorno apocalíptico.
Sé que es exigirme demasiado. Soy consciente de mis desmedidas autoexigencias y de sus expeditivos resultados. Pero es difícil que uno cambie, sobre todo a determinadas edades. Si en lo individual cuesta cambiar, en lo colectivo ni te cuento.
¿Cómo cambiar el relato de la historia de la humanidad, jamás contada, si aún no se ha contado? Si todo está todavía por escribir, incluida —en esa historia— esta publicación que iba para nota, pero que se ha quedado en agua de borrajas.
En mis soliloquios siempre me digo lo mismo: “Pepe, tranquilo, deja de fumar esas hierbas aromáticas, que se te va la olla”.
lunes, 16 de marzo de 2026
Abstracción
Ejercicio de abstracción mental. Voy a imaginarme, por un ratito, que no hay guerras en el mundo. Que los del Nobel conceden 8.000.000.000 de premios de la paz. Uno para cada uno de los mortales que aún sobrevivimos en este planeta azul que va tornando a gris.
Voy a imaginarme un mundo lleno de risas y abrazos. Un mundo plagado de gente solidaria que se implica en la solución activa de los problemas del medio ambiente y de la desigualdad social.
Por seguir imaginando, para profundizar más aún en este ejercicio de abstracción, imaginaré a varios mandatarios de grandes potencias recluidos en una amplia y cómoda celda con vistas a Longyearbyen, en el archipiélago de Svalbard.
En serio les digo que lo estoy intentando. Les aseguro que aprieto los ojos, masajeo mis sienes haciendo círculos de derecha a izquierda y de izquierda a derecha. Inspiro y expiro con calma.
He encendido una docena de barritas de incienso. He puesto música New Age que no era tan nueva. Me he sentado, con todo el dolor de mi corazón, en la postura del loto, sintiendo cómo se reventaban literalmente mis aductores.
Durante veinte minutos únicamente ha salido de mi boca el mantra OMMMMMM.
Pero ni con esas. Vamos, que no hay manera. Es que no se me van de la cabeza todos esos locos que nos quieren hacer la vida imposible, con tanta guerra, tanta mentira y tanta puñeta.
¡Que no puedo, joder, que no puedo!
jueves, 29 de enero de 2026
Haciendo camino en Almaty
Camino. Hace un frío de mil demonios, pero brilla el sol. Las palomas bravías se afanan en buscar algo de alimento bajo la nieve. Un ánade real sacude las alas, como para desentumecerlas.
Camino meditando, cual monje budista, en dirección al hotel, y no paro de preguntarme: ¿dónde acabarán los caminos?, ¿para qué tanto caminar?
En tres horas sale mi vuelo de regreso y no he conseguido conciliar el sueño; si bien es cierto que, durante los tres vuelos que tengo por delante, alguna cabezadita podré echar. Pasan los minutos y las horas, dando vueltas y más vueltas en la cama, apagando y encendiendo la luz una y otra vez, bebiendo agua cada dos por tres porque esta maldita calefacción me deja la boca como un estropajo.
Leo el correo. Ojeo la prensa. Repaso el equipaje para no dejarme nada olvidado. Mi agenda está que no le cabe un alfiler. Afuera, el termómetro marca doce bajo cero. Intento, durante el duermevela, no hacerme preguntas absurdas ni abusar de la filosofía low cost.
El insomnio me está ganando la partida. Acaba otro viaje, otro día, y otro sueño que no ha llegado a serlo. Todo comienza y todo termina. Y, de nuevo, incontroladamente, me vuelvo a preguntar: ¿dónde acabarán los caminos?, ¿para qué tanto caminar?
miércoles, 17 de diciembre de 2025
Malditos charcos
—¡Habráse visto, señora! ¿Podría haber llevado más cuidado? ¡Me ha calado hasta los huesos!
—Mil disculpas, le aseguro que no era mi intención. El ayuntamiento tiene muy descuidadas las aceras, y cada vez hay más baldosas que, al pisarlas, salpican el agua que tienen debajo.
—Sí, sí, yo lo entiendo, pero fíjese cómo me ha puesto. ¿Ahora qué hago yo, que iba tan peripuesta a la comida de empresa...?
—¿Y en qué trabaja usted, si se puede saber?
—En Conejos Bernardo, en administración comercial.
—¿O sea que usted mata conejos?
—No, nada que ver. Yo soy vegana y animalista, pero de algo hay que comer, y tengo tres hijos y un marido en el paro desde que tengo memoria… ¿sabe usted?
—Pues menudo panorama tiene usted en casa, mujer.
—Ya lo creo, y encima mire cómo me ha puesto, con lo guapa que iba yo...
—Si quiere, como yo vivo aquí cerca, y más o menos llevamos la misma talla, le puedo dejar algo de ropa y llevo la suya a la tintorería.
—¿En serio haría eso por mí?
—Claro que sí, me ha pillado usted en plena efervescencia del espíritu navideño...
—¿Y tiene usted algún trapito de Vuitton?
—Cuente con ello...
—¿Y unos tacones de Celine?
—Sí, y además con un bolso a juego, recién comprados.
—Si no es mucha indiscreción, ¿a qué se dedica usted?
—Trabajo para la empresa municipal de mantenimiento de las aceras...
—¡Coño! ¡Ya decía yo...!
lunes, 1 de diciembre de 2025
Sueños navideños
Soñé que mi novela copaba las listas del libro del año. Fue un sueño extraño y sudoroso, como si hubiese corrido la maratón de Nueva York. Papá Noel era mi padrino y me aseguraba que cada familia española y latinoamericana recibiría gratis su ejemplar. Yo le decía que eso no era posible, que la tirada de Malditos Tábanos era tan corta que no daría ni para llegar a todas las familias de la isla de Tabarca.
Él me dijo que eso era cosa suya y que no me preocupara. Y dicho y hecho: sus elfos tomaban al asalto la imprenta en la que toman forma los libros de la Editorial Tirano Banderas, y las máquinas expedían libros a troche y moche sin necesidad de papel ni tinta.
Más tarde le comenté que sentía pánico a los críticos, a las reseñas y a ver mis vergüenzas al aire. Me aseguró que estaba convencido de que el libro iba a triunfar y que por eso se había metido en mi sueño para cambiar mi destino como literato. Yo le dije que no me sentía preparado para el éxito, que me faltaban tablas y erudición. Le confesé que no sé nada de literatura, que tan solo escribo de oído, que no tengo estudios y que lo mío, en realidad, es la venta de champú y cremas para la cara.
—No te preocupes por eso —me dijo—. El año pasado me metí en los sueños de Juan del Val y mira cómo le ha ido. Así que, Pepe, tú tranquilo, sigue escribiendo, que yo me encargo.
jueves, 9 de octubre de 2025
Los peligros del tábaco
No, no piensen que les voy a dar la tabarra para que dejen de fumar. Fumen, fumen con total libertad. Fumen sin sentirse culpables. Fumen todo lo que quieran, pero, eso sí, con cuidado, no les vaya a pasar a ustedes lo mismo que le pasó a mi amigo Anselmo. Siempre digo que este suceso, estadísticamente digno de estudio, es la prueba fehaciente de la validez de la famosa Ley de Murphy: "sí algo puede suceder, acabará sucediendo, sobre todo si ese algo es a peor". Bueno, no es exactamente así, pero más o menos... La cuestión es que mi amigo, que lo he bautizado como Anselmo, pero que bien podría llamarse de cualquier otra forma, fumaba mucho. Fumaba tanto que con la colilla del cigarro que aún tenía entre sus labios encendía el siguiente y así sucesivamente. Anselmo arrojaba más humo por su boca que la chimenea del Titanic. Por aquel entonces Anselmo ejercía de chófer de una empresa de mensajería. Le encantaba conducir con su brazo izquierdo apoyado en la ventanilla del vehículo y, como no, fumando. El día de autos conducía su auto por la autopista A-7, en el tramo que va desde Murcia hasta Alicante. Hacía un sol de justicía. Anselmo fumaba y sudaba a partes iguales. Tras agarrar el último cigarro del paquete, enérgicamente lo estrujó, y lo lanzó con todas sus fuerzas por la ventanilla. Y aquí es donde aparece nuestro amigo Murphy: en el mismísimo instante que aquel paquete volaba por los aires, un furgón de la Guardia Civil adelantaba al vehículo de mi amigo Anselmo con las ventanas bajadas, y el desechado paquete impactó de lleno contra el rostro de un agente. La multa que le pusieron fue de aupa. Tal vez algún matemático podría usar este suceso a modo de ejercicio práctico. ¿Cuántas veces tendría que arrojar, un Anselmo cualquiera, un paquete de tabaco por la ventanilla de un vehículo que circula por una autopista a 110 km/h para que impacte fortuitamente en la napia de un Guardia Civil que viaja en otro vehículo a la misma velocidad? Me van a disculpar ya que lo mío nunca fueron las matemáticas. Fumen, fumen. Pero con cuidado.
jueves, 2 de octubre de 2025
La búsqueda de la verdad
-¿Cuándo fue la última vez que usted vio a Manolo? -le preguntó el policía.
-Anteayer. Serían sobre las diez de la mañana, más o menos.
-¿Habló usted con él? -le interrogó el agente.
-Apenas si intercambiamos un saludo y una breve conversación.
-¿Me podría decir algo sobre el contenido de ese diálogo? -le planteó el representante de la autoridad.
-Pues fue un poco extraño, pero me dijo que iba a buscar la verdad.
-¿Y no le dijo adónde se dirigía?
-No, nada. Yo creo que me quedé pasmado al escucharlo. Pensé que me estaba tomando el pelo.
-¿Sabe usted que ya son cientos de personas las que han desaparecido en las mismas circunstancias?
-No tenía ni idea...
-¿Notó usted algo distinto en Manolo? ¿Algo que llamara su atención?
-Pues ahora que lo dice...vi algo extraño en su mirada.
-¿Extraño? ¿En qué sentido?
-No sé, sentí su mirada fria, distante, diferente. Me tomará por loco, pero sentí que no me miraba él, que era la mirada de otra persona.
-¿Recuerda algún detalle más?
-Sí, yo le pregunté sobre la verdad que buscaba, y el me respondió que iba a buscar la verdad suprema. O la verdad de todas las verdades. Algo así...
-¿Solo eso? -insistió el policía.
-Después se marchó.
-Gracias por su información. Si necesitamos algo más volveremos a ponernos en contacto con usted.
-¿Y dice usted que hay mucha gente que ha desaparecido con la misma justificación?
-Más de cien, que sepamos...
-¿Y todas desaparecen con el mismo pretexto?
-Todas.
-¿Y nadie sabe a qué verdad se refieren o qué verdad buscan? -se cuestionó el interrogado.
-¿Pero acaso existe la verdad?... -dijo el policía mientras se alejaba.
miércoles, 24 de septiembre de 2025
El fin de todo
Buscando tomar algo de aire y de distancia, salí a caminar. Las sombras comenzaban a estirarse como suele pasar cada atardecer. Los abejarucos revoloteaban sobre mi cabeza intentando ofrecerme algo de motivación. Sentía mis piernas más pesadas de lo habitual. El aire que inhalaba parecía no aportarme la cantidad de oxigeno que demandaban mis maltrechos pulmones. En mi avance el entorno parecía desdibujarse. El verdor se difuminaba y las formas parecían volatizarse hasta desaparecer en el horizonte. Pese a todo, seguí caminando. Tal vez debí regresar, pero mi subconsciente no me lo permitió. Las sombras se perdieron entre la oscuridad de aquella noche sin luna. Me sentía perdido. Confundido y preocupado decidí llamar por teléfono a Elena y decirle que estaba arrepentido. Jurarle y perjurarle que no le volvería a chillar. Confesarle que mi comportamiento emanaba de mi frustación, de llevar meses sin empleo, de sentirme un inútil, y en el fondo, también, de sentir celos de su éxito, de su alegría constante, de su gran capacidad para mirar hacia el futuro con claridad. Y yo estaba allí, perdido, confundido, arruinado, sin batería en el móvil, e incapaz de hacer nada. ¿Y para qué regresar? -pensé. ¿Para ser una carga para Elena? ¿Para seguir siendo el calzonazos en el que me he convertido? Seguí avanzando por aquel camino en plena oscuridad. Un camino menos oscuro que mi propio destino. Mis pasos acabaron en el pie de presa. No sé ni cómo llegué hasta allí. Y no lo pensé. Me subí a la barandilla y, sin dudar, me lancé al agua. Estaba fría, muy fría. En el descenso hasta el fangoso fondo de aquel pantano no conseguí moverme. Solo caí y caí y caí hasta el fin de todo.
martes, 19 de agosto de 2025
Verano de fuego
El fuego. Siempre el maldito fuego. Fuegos primigenios y fuegos de ultimísima generación. Fuegos imparables que lo arrasan todo a su paso. España arde, por los cuatro costados, porque es un país inflamable y en permanente combustión. Nada somos ante el fuego, ni ante el agua, ni ante el viento, ni ante el rugir de la tierra. El fuego se traga lo mismo un Maserati, pagado al contado, que un tractor financiado a seis años. Arden los chalet en Guadarrama, y los pazos en Galicia, y, aún con la llama más viva, los poblados chabolistas de las afueras. Arden los pinos y arden las encinas. Arde, todo arde incluso aquello que pensamos que no arde. Arden las conciencias y las inconsciencias. Arden las leyes y los políticos. Arde el pobre, y el rico, por unos segundos, mira la escena desde el televisor, antes de cambiar a Netflix, porque en Netflix no hay noticieros dando la tabarra con los incendios. Arde el bombero y arde el vecino. Arden los pueblos y los caminos. Arde, que bien arde todo, joder... Y qué pronto se olvidan los fuegos cuando se apagan. Y los noticieros vuelven a hablar de política, de guerras lejanas que cada vez están más cerca, de okupas, de pateras, de expulsiones, y de fútbol, de mucho fútbol, y de que regresan las lluvias al Cantábrico. Y los niños al colegio. Y la gente al currelo. El fuego es el infierno. El puto infierno.
miércoles, 30 de julio de 2025
Virtudes y desvirtudes
Soy muy torpe, lo reconozco. Cuando me invitaron a esa caminata de solteros sentí que algo no saldría bien. Estoy gafado para las cosas del querer. Bueno, creo que para casi todo, para qué nos vamos a engañar. La cuestión es que, pese a ese mal presentimiento, tonto de mí, fui. La cosa daba comienzo temprano para evitar el calor. En verano, aquí, el tema del calor es algo muy serio. Tal vez por el hecho de que aún estaba un poco oscuro, no me acordé de coger la gorra. Me di cuenta justo cuando comenzaba la marcha y una señora entrada en años, y en carnes magras, se puso a mi lado para hablarme de todas sus experiencias conyugales, las cuales, al parecer, habían sido tan numerosas como desafortunadas. Cuando llevábamos andados poco más de dos kilómetros, y el sol comenzaba a dar castigo, me dijo que se llamaba Virtudes, que tenía 63 años, tres hijos varones y casados, un perro, un gato capón, un loro que le regaló su segundo esposo cuando aún le hacia regalos, un acuario tropical de 96 litros con dos docenas de guppys, y una hipoteca que se le clavaba todos los meses hasta en el hipocampo. Yo le intenté decir que tengo depresión, que mi esposa se había marchado a vivir a Barcelona con su profesor de pilates, que me acababan de despedir del trabajo por baja productividad y que iba hasta arriba de ansiolíticos. Sin embargo, pronto me di cuenta de que entre las virtudes de Virtudes no estaba la de escuchar, así que desistí de contarle mis calamidades y proseguí en la sodomizante escucha de sus peripecias. Ella hablaba y hablaba y el sol apretaba. La caminata seguía al mismo tiempo que Virtudes desvirtuaba el virtuosismo de aquella virtuosa actividad. Sentí, o creí sentir, como sus palabras me hipnotizaban. El camino se empinaba cada vez más. La gente hablaba y se emparejaba porque para eso era la marcha, y no para hacer un censo de ardillas. -¿Estás bien? -me preguntó Virtudes. -No siento las piernas, esto es un infierno -le dije. Pero qué graciosos eres...por cierto, aún no me has dicho ni cómo te llamas -se interesó la buena señora. -Rodolfo Revilla Rodilla, para servirle. -¡Pero que bromista! No seas tontito, dime la verdad...Y creo que fue ahí cuando tropecé con una piedra, perdí el equilibrio y caí rodando por una cuneta. Ahora llevo escayolado el brazo derecho, y estoy todo magullado. Lo bueno es que de Virtudes no he vuelto a saber nada, aunque me temo que alguién del grupo le pase mi número de móvil. No sean como yo y háganle más caso a sus instintos, se lo aconsejo. Mientras que les escribía esto, ha sonado el teléfono y como todos estarán pensando -y están en lo cierto- era Virtudes. -Rodolfo: tenías que haberte puesto una gorra, y no te habrías desmayado por la insolación. La próxima vez te la traes...Por cierto, guapetón ¿cuándo quedamos para tomar un café?. Y ahí fue cuando le colgué. Aún no estoy preparado para el amor.
martes, 15 de julio de 2025
Un nuevo despertar
Cuando despierto -algo ya de por si maravilloso-, y pienso en todo lo que tengo por hacer, me siento afortunado. Pienso, también -soy mucho de pensar- en todas esas personas que no tienen nada que hacer -y en lo jodido que debe de ser-, ya sea porque no tienen trabajo o no tienen fuerzas para afrontar ni un día más con normalidad. Pienso en lo afortunado que soy de tener cada mañana la oportunidad de apoyar a los demás, de volver a sentirme útil, de provocar sonrisas y afectos, y sinergias que nos ayuden a sentirnos mejor y más capaces que ayer. Pienso en la vida como algo grandioso en la que cada uno tenemos la libertad para decidir cómo afrontarla. Elegimos el camino, la compañía, la dirección, el ritmo, la intensidad, y los motivos. Todos partimos desde puntos muy distintos. Las facilidades y las dificultades no son equitativas, por lo que el camino de la felicidad, por desgracia, no es igual para todos, ni tiene una receta mágica. Cuando voy de camino al trabajo observo la grandeza de los que se han levantado antes que yo. Veo a las cuadrillas en el campo recogiendo limones, o lechugas, o apio, o vete tú a saber...Aquí no hay agua pero las cosechas no paran. Veo sus caras, con rasgos diferentes, abrasadas por el sol, luchando por llevar algo de pan y de futuro a sus hijos. Veo a los barrenderos, a los conductores de autobús, a las mujeres que entran en las fábricas, a los camareros que desde bien temprano despachan cafés y sonrisas y crónicas políticas y deportivas por el mismo precio. Y me veo yo, entre todos ellos, como uno más. Con mis luchas. Con mis sueños y mis contradicciones, pero eternamente agradecido. Mi lucha no sería nada sin la de todos ellos.
lunes, 7 de julio de 2025
Noches tórridas
Salimos cuando baja el sol. El verano, en Murcia, siempre amenaza con derretirnos. A menudo me preguntan si estamos acostumbrados a vivir con estas temperaturas y yo les digo que no, que al infierno no se acostumbra nadie. Tomamos un blanco y negro en una terraza. Ahora, tras la pandemia, hay terrazas por todas partes para beneplácito de los hosteleros y de los mosquitos tigre. Noto la humedad en mi piel. Sudo. Tal vez sea por el efecto del granizado -me digo. Mientras continúa nuestra marcha nocturna pienso que el sudor no lo ha causado el granizado sino los 31 grados que tenemos a las diez y media de la noche en pleno centro de Murcia. Para colmo ando doblado. Mi padre me ha dejado como herencia todos sus achaques. Tengo sobrepeso, pero de eso no tiene culpa mi padre. Unos gatos se pelean como si el futuro del mundo felino estuviera en entredicho. Unos indigentes se refugian en un cajero automático acompañados de un cartón de vino Don Simón. Una rata se asoma por debajo de un contenedor de basuras y se vuelve a esconder, y se vuelve a asomar, como si pretendiera jugar a las escondidas. La luna se deja ver entre los tejados de la Murcia antigua para hacer acto de presencia en este relato. El calor sigue cayendo a plomo. La noche sigue su incontenible marcha. Yo camino doblado como un jorobado a medio hacer. Hace mucho calor. Demasiado calor para los turistas y para los de aquí.
viernes, 4 de julio de 2025
Formas en las nubes
Ahora, en este momento, solo veo una grúa. pero aquel cielo azul de Xubín, cerquita de Ribadavia, estaba plagado de nubes vaporosas que dibujaban formas de lo más sugerentes. Mi hija Yolanda y yo habíamos cruzado todo el país para ver una exposición de escultura en Santiago de Compostela. Por aquel entonces yo buscaba en la inmovilidad de las formas, y el solemne silencio de las esculturas, unos mensajes en clave que pusieran luz a las sombras que me acechaban. A mi exceso de movilidad y de verborrea confrontaba la impenetrable y silenciosa rotundidad de la materia. Yolanda tendría nueve o diez años, la misma edad que ahora tiene su hermana Ana María, y en las fotos ambas podrían confundirse perfectamente. Mi cuñado Josiño, orensano de pro, me había dejado su casa para pernoctar tras tan largo viaje. La tarde comenzaba a rendirse cuando decidimos bajar por un angosto camino que conducía hasta la orilla del río Miño. Sobre unos cantos rodados nos tumbamos Yolanda y yo dándonos la mano. Recuerdo que jugamos a buscar formas entre las nubes, ahora un perro, allí una vaca, por allá una ballena... formas efímeras que no eran otra cosa que esculturas gaseosas que duraban apenas unos segundos y se transformaban en otra cosa o en nada. Después, antes de dormir, cenamos unas anguilas fritas en un viejo bar de Ribadavia. Al terminar, y antes de regresar a Xubín, paseamos por su judería bajo la luz ambarina de las farolas. Nuestras vidas están llenas de momentos mágicos y este, sin duda alguna, para mí, fue uno de ellos.
martes, 24 de junio de 2025
La noche de San Juan
Al saltar aquella hoguera sentí que algo, dentro de mí, cambiaba para siempre. Al principio lo que sentía era temor. Aquellas brasas llameantes me recordaban al infierno del que tanto me hablaban los curas de mi colegio. Saltar era como desafiar a los miedos de la infancia. Y también estaba Elena, la niña de mis ojos, ante la que tenía que demostrar que ya no era un monicaco. Días antes habíamos tenido que ir acumulando maderas en aquel solar abandonado. Maderas que ibamos a buscar fuera de nuestros dominios, lo que, en no pocas ocasiones, nos llevaba a enfrentarnos a palos con otros grupos de adolescentes que también buscaban la forma de presumir de la hoguera más grande de la zona. Nuestra hoguera iba creciendo alimentada por todos los enseres que ibamos vaciando de los trasteros, de lo que nos daban los negocios del barrio, y de lo que encontrabamos en otros solares abandonados. Los dias previos, hasta bien entrada la noche, haciamos guardia para impedir que nos robaran nuestras maderas. Sentados a su alrededor nos comíamos los bocadillos que nos preparaban nuestras madres, o nuestras abuelas, y contábamos chistes o, si nos acompañaban las chicas, jubabamos a la botella. Y no os digo nada de cómo nos sentíamos si les robabamos un beso, o una declaración, o un achuchón, o lo que fuera...
Y llegó la tan esperada noche de San Juan, la noche más larga y emocionante del año. Mis piernas estaban fuertes de tanto jugar al fútbol. El beso de Elena de la noche anterior me había cargado la batería de mi masculinidad. Y salté, salté y sentí que volaba; volé como un ave Fénix sobre aquellas brasas dejando atrás mi infancia y adentrándome en un mundo nuevo. Anoche fue la noche de San Juan; una noche maravillosa cargada de magía y de recuerdos.
lunes, 26 de mayo de 2025
El calzoncillo rosa
Siento la presurización. Su extraño influjo me confiere la mágica capacidad para observar meticulosamente hasta el más mínimo detalle de lo que me rodea en la cabina del avión; y lo que es mejor aún, me facilita la capacidad para escribirlo. GüizzAir, hoy atravieso las nubes en un incómodo vuelo desde Kutaisi hasta Barcelona. El equipo de cabina lleva un uniforme azulón con detalles rosas. Hasta ahí todo normal, pero la pregunta es: ¿por qué llevan los uniformes una o dos tallas más pequeñas? Da un poco de grima verlos porque da la impresión de que, en cualquier momento, los botones van a salir disparados poniendo en peligro la integridad del pasaje. Sobre todo llama sobremanera la atención un azafato. Ese fortachón da más miedo que el portero de una discoteca de un polígono industrial. Imagínense por un momento a un fisicoculturista, hasta arriba de anabolizantes, con un pantalón que parece que le va a explotar, y una camisa que ya no da más de sí, paseándose, pasillo arriba pasillo abajo, como si se tratara de la pasarela de un concurso de musculitos en los que exhiben, sin pudor alguno, sus desmesurados cuerpos, llenos de aceite, y con unos slips diminutos. He mirado su culo, eso sí con disimulo, y me ha dado la impresión de que está más duro que un fin de mes. Una azafata, maquillada a más no poder, y con unas pestañas postizas más grandes que los abanicos de los Locomía, que me recuerda a Afrodita A, amenaza con sus explosivos, y apretados pechos, y parece que en cualquier momento va a gritar aquello de: ¡Pechos fuera!. Un georgiano entrado en años, y en alcohol, pues se ha bebido lo menos cinco o seis botellines de algo que parecía vodka, o quién sabe si queroseno, mira con embeleso los pechos de la azafata como si en su más tierna infancia se hubiera quedado con falta de leche materna.
Mientras les escribía todo lo anterior, que no es mucho, pero es lo que estaba observando, a una señora mayor, con aspecto de ser de Francia, o de Bélgica, o de por ahí, y que no ha parado de hacer crucigramos desde que se puso el cinturón, se le ha caído el boligrafo, justo en el preciso instante en el que el coloso de los cielos pasaba ahí. Y qué quieren que les diga, al agacharse el gachó las costuras del pantalón se han rendido ante el ímpetu conquistador de aquellas magras carnes, y ante los ojos de los sufridos pasajeros que estabamos alrededor, han aparecido unos calzoncillos de color rosa, a juego con los ribetes del uniforme. Todos, como viene siendo habitual en estos casos, nos hemos sonreído, pensando en la exhaustiva uniformidad de la compañia aérea, que, según parece, también obliga a sus empleados a llevar ropa interior corporativa. Dos jóvenes, con acento andaluz, le otorgaban al calzoncillo rosa otro tipo de connotaciones de índole sexual. Sea como fuere, el calzoncillo era rosa y el pantalón se ha rajado porque estaba tardando en rajarse. Lo bueno es que el Sansón de las alturas ha seguido trabajando como si tal cosa, lo que evidencia un fallo clamoroso de los protocolos de vestuario de la citada compañía. Como usurario habitual ruego encarecidamente a la dirección que obligue a llevar un recambio de ropa a cada miembro de la tripulación, o, en su defecto, un costurero con todo lo necesario para hacer remiendos en pleno vuelo. ¡He dicho!
lunes, 28 de abril de 2025
La culpa
Cuando Franqui Tom se quiso dar cuenta ya era demasiado tarde. Ella se había marchado con su entrenador personal a un viaje por el Amazonas y de ella tan solo le quedaron unas fotos y una nota de despedida en el aparador. Bueno, y un tanga y un calcetín desparejado que se habían quedado escondidos en el tambor de la lavadora. En realidad él ya se imaginaba que la cosa no iba bien. Primero desaparecieron los besos. Luego se esfumaron los detalles. Últimamente la casa siempre estaba vacía y fría. Se sucedieron fines de semana de ausencias más o menos justificadas. Follar no se follaba y, si se hacía, el acto parecía más un ejercicio de cardio que una muestra de amor apasionado.
En principio Franqui se sintió culpable. A los días frustrado. Luego esa sensación viró hacia el resentimiento. Después al odio. Y necesariamente aquel carrusel de emociones acabó en el diván de un terapeuta con acento argentino que era uruguayo. De ahí al Tinder por prescripción facultativa. Al poco se sucedieron las citas. Se apuntó al gimnasio. Un barbero premiado en cientos de eventos de la cosa de los pelos lo cambio de imagen. Al parecer, la barba afilada le confería un toque de tipo duro que gustaba. Empezó Franqui a pisar fuerte, a sentirse capaz, incluso mucho más de lo que antes se sentía cuando vivía con Bania. En menos de tres meses Franqui le había dado la vuelta a su derrota para convertirse en ganador.
Lo peor fue la moto. En realidad a él nunca le habían gustado las motos, y menos las de gran cilindrada, pero resultó que el triunfador de su gimnasio llevaba una como la que Franqui, para no ser menos, se acabó comprando. Fue su última compra. Un quitamiedos le quitó la vida una semana justo después de estrenarla. A su entierro, junto a su madre, y los escasos familiares con los que mantenía cierta relación, acudió Bania. Su entrenador personal era un imbécil. El viaje por el Amazonas y los meses que les siguieron fueron una absurda y dolorosa pérdida de tiempo. Bania, abrazada a la madre de Franqui, le reconoció: -Yo tengo la culpa, Marisa. Yo tengo la culpa de todo este desastre, de no haberlo abandonado estoy segura de que nada de esto hubiera ocurrido. -¿Y por qué lo hiciste, Bania? ¿Por qué? -le increpó la madre con los ojos llenos de lágrimas...
Y Bania no le respondió, porque, en realidad, no sabía la respuesta.
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