jueves, 11 de noviembre de 2021

Observaciones de altura

Como, por falta de previsión, no tengo un libro que leer, ni conexión a Internet, ni juegos, ni música, ni vídeos, ni nadie con quién pelearme, y ya me he rascado todo lo que me picaba, me pongo a escribir. Les diré que el avión está repleto de gente con mascarilla y que viajamos a 900 kilómetros por hora, y a una altura de 11.000 pies, en busca de nuestro futuro. Algunos duermen, otros se hacen los dormidos, mientras el resto realizamos todo tipo de actividades que podemos llevar a cabo amarrados a una butaca. Me quedo pillado pensando en hacer un catálogo con todas ellas. Como me ha tocado pasillo, todo el mundo me golpea al pasar. Estadísticamente hablando les diré que tan solo el 10% se digna a disculparse. Junto a la ventanilla, una chica jovencita de pelo negro zaíno reposa con un bebé de apenas unos meses de vida sobre sus piernas. El bebé, que ni se mueve, parece un muñeco Pepón con el pelo tan nego como su madre. Delante de mí un joven luce un peinado, como de arapahoe, tan decolorado que dudo mucho que aguantara el paso de un peine. Una monja, entrada en carnes, reza el rosario con evidente destreza y profesionalidad. Un inglés, más tieso que una esfinge, y más colorado que una gamba de Huelva, se pimpla ávidamente el tercer bote de cerveza. Un jugador de baloncesto de origen afroaméricano sufre sobremanera ante las estrecheces del avión; deberían de hacer aviones pensando en que, aunque pocos, hay personas que miden más allá de los dos metros. A parte de en su altura, me fijo en el tamaño de sus pies y me quedo perplejo y con complejo. Mi amiga Encarna relacionaba el tamaño de los pies de un hombre con el tamaño de su pene, no sé si con más o menos fundamento o conocimento de causa. Como su pie ocupa medio pasillo, una joven azafata ha tropezado con él y casi se mata. Durante el traspié me he dado cuenta -soy de fijarme en todo- de que lleva una enorme carrera en las medias. Espero que no sea el presagio de una infortunada carrera, al menos hoy. Un tipo que practica halterofía, pero tiene fobia a las alturas, parece la mar de alterado. La señora que lee novelas de amor al otro lado del pasillo se ha dormido plácidamente y con cara de satisfacción. Yo miro y escribo todo esto porque no tengo otra cosa mejor que hacer. Lo sé, ustedes no tienen la culpa de mis aburrimientos, así que, mil perdones; intentaré en lo sucesivo no abusar de su confianza.

3 comentarios:

  1. JFB:
    los viajes en cualquier transporte público dan para mucho. Fauna más rara que la de la selva.
    Salu2.

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  2. Ni el mismísimo Velazquez hubiese pintado con tanta claridad lo que te rodea.
    SAludos.

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  3. Encantada de que nos lo expliques todo. Un beso.

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