martes, 18 de julio de 2023

Cafés Cani

Pese a que la vida le había tratado mal, Roberto Canillas había llegado a la cima. Comenzó repartiendo café recién tostado por los bares de su ciudad. Tras la muerte repentina de su jefe, que fue vílmente atropellado por un flamante Seat 600, recién salido de fábrica, y al no contar con descendencia conocida, su joven viuda le vendió a plazos el pequeño negocio de café que su marido había heredado de su padre. Roberto, ambicioso, amplió su negocio. Ya no solo tostaba café, también incorporó a su oferta infusiones, azúcar estuchada, leche condensada, servilletas de papel y un detergente maraviloso para la fregaza. Tal vez por sus origenes, Roberto había sido abandonado por su madre en un orfanato y nunca supo quién fue su padre, sus ganas de crecer y de prosperar generaban en él una energía y una visión de negocio asombrosas. Trabajaba de día y de noche. En una de las ocasiones en las que Roberto fue a pagar la mensualidad acordada a la joven viuda, esta le invitó a tomar un café. Durante ese café Cupido tensó el arco y clavó en ambos una flecha cargada de emociones. La boda tuvo lugar al año siguiente. Pese a que tuvieron que soportar todo tipo de rumores malintencionados, la pareja rebosaba felicidad. Los hijos fueron llegando, uno tras otro, hasta alcanzar la asombrosa cifra de doce retoños. Las bicletas de reparto dieron paso a una flamante flota de furgonetas, a las que pronto se les quedó pequeña la ciudad, y ya salían cargadas de pedidos rumbo a las provincias cercanas. "Cafés Cani, de Colombia, o de Brasil, de Guatemala o del Congo, el café más rico te lo pongo." Así rezaba su publicidad -¡Camarero, un café! -pedían los clientes; y los camareros respondían: -Café Cani, te lo pongo. Pionero en el marketing, Roberto Canillas, voló tan alto que pereció de un infarto en pleno vuelo cuando regresaba de comprar, en la bella Colombia, su primera finca cafetera. Dicen que, -ya saben que la gente es mucho de diles y diretes- que poco tiempo después, su viuda se casó con un apuesto colombiano. Según las malas lenguas, el mismo colombiano que le había vendido la finca a su malogrado esposo.

2 comentarios:

  1. Has sido muy generoso, porque este micro, desarrollándolo un poco, te da para el siguiente libro. Me ha gustado.

    ResponderEliminar
  2. Pues he tenido suerte, Julio David, y sí aparece publicado. Te mando un abrazo y agradezco infinito tus visitas. Un abrazo.

    ResponderEliminar