jueves, 26 de mayo de 2016

¡Bienvenida, pequeña!



Leo el titular:

"Niña de nueve meses llega sola a Lampedusa al morir su madre durante la travesía"

Atónito, continúo leyendo. La noticia explica cómo la madre pereció víctima de las gravísimas quemaduras sufridas al arder el combustible de la propia embarcación. Los inmigrantes viajaban desde Libia hasta las costas de un sueño llamado Europa. La madre, al parecer, era originaria de Mali. 
Al llegar a la isla italiana de Lampedusa, la pequeña fue atendida por el doctor Pietro Bartolo, protagonista de la película "Fuocoammare" y que ganó el León de Oro en el último festival de Berlín.
El doctor, que asegura que la pequeña se encuentra bien de salud, ha solicitado la posibilidad de acogerla él mismo en adopción. 
Me emociona la gente así. Me emociona esa madre que ha entregado su vida para que su pequeña tenga un futuro digno. El destino -yo creo en el destino- le tenía deparado ese último y inconmensurable esfuerzo: el sacrificio. Inmolarse para traer a su hija al otro lado del mundo. Al lado de los que, aún teniendo poco, tenemos derechos. Imagino a esa madre, en aquella paupérrima barcaza, protegiendo a su hija de las llamas con su propio cuerpo. ¿Existirá una prueba más grande de generosidad?
Me emociona el doctor Bartolo. Sensible ante el dolor ajeno. Generoso. Implicado. Humano. Héroe. Un auténtico Doctor Honoris Causa
De un tiempo a esta parte, los más pobres, los más humildes, los más generosos, son los que nos brindan las más grandes lecciones de vida. 
Madre entre las madres, descansa en paz. ¡Bienvenida a la esperanza, pequeña!

miércoles, 25 de mayo de 2016

Barnes, un flamenco de la City


El señor Barnes, según me contaron los más viejos del lugar, era un tipo raro. Raro por sus atuendos. Raro por su aspecto destartalado. Raro por la extraña composición de su cara. Raro por su peculiar y atropellada forma de hablar.
Barnes, según todos los indicios, fue un valeroso Capitán de la Marina Real Británica. Tras su jubilación, se afincó en el Campo de Gibraltar acompañado, únicamente, por un guacamayo que había comprado en algún puerto de América del Sur, y que tan sólo decía: ¡putas, todas putas, putas! y por Thomas, su viejo cocinero, gordo como una vaca, cansado de dar vueltas por el mundo friendo fish and chips, enamorado del sur de España y del vino de Jerez. 
Barnes se aficionó al flamenco hasta tal punto de que tocaba la guitarra prodigiosamente ante la atónita mirada de los más puristas de la materia. Cuentan que no había noche en la que no montara un sarao en su casa. Alejado de la colonia británica, a la que criticaba por pasarse la vida jugando al fútbol, bebiendo cerveza, y por su habitual aislamiento frente a la población nativa; él , por el contrario, prefería vivir rodeado de gitanos de los que anhelaba extraer el purismo de su música, aprender de sus costumbres ancestrales indoeuropeas, y por qué no decirlo, por estar cerca de unas mujeres de belleza incomparable y por las que el anciano perdía la cabeza. 
Cuando vio bailar por primera vez a Isabel, la hija pequeña del patriarca, tuvo claro que sus últimos días de vida no iban a caer en balde. Fue entonces cuando tuvo la descabellada idea de formar un grupo de flamenco británico.
Dicho y hecho. Con Isabel como bailaora, un grupo de gitanos como músicos, el bueno de Thomas en el cajón, y el propio Barnes como primera guitarra, dieron la vuelta al mundo cosechando éxitos allí por dónde pasaban.
Tras la irrepetible gira mundial que se prolongó durante más de dos años, Barnes pidió la mano de la joven Isabel, que por aquel entonces contaba con poco más de veinte años, ante lo que el patriarca, por razones obvias, no tuvo ningún problema en aceptar. En prueba de su agradecimiento, el padre les arregló una casa-cueva en pleno corazón del poblado gitano con las máximas comodidades de la época. 
La boda duró tres días con sus tres noches durante los cuales la comida y la bebida no faltó en ningún momento, la juerga y la música no paró de sonar, y las visitas se sucedieron. Llegaron gitanos de todos los rincones de España y de la vecina Portugal. Llegaron británicos de la City y de todas las antiguas posesiones de ultramar y todo se disfrutó sin incidentes. Tras su marcha, cosa que no resultó nada fácil porque nadie quería irse, el afortunado vejestorio y la virginal princesa gitana cerraron la puerta de su cueva con la más antigua y romántica de las intenciones. Había llegado para ellos la hora de la verdad.
Barnes sintió, como no podía ser de otra manera, una inusitada excitación. Una excitación que no sólo tenía que ver con la vida que se le despertaba, tras una larga hibernación, de cintura para abajo. Su viejo corazón de marinero bombeaba con toda su intensidad intentando achicar la sangre que comenzaba a inundar su desbordado corazón y el adormecido miembro que se escondía tras su octogenaria bragueta. La joven Isabel soltó su larga y azabache melena, agitándola con energía hacia ambos lados. Fue desanudando lentamente los lazos de su blusa, con picardía, mientras miraba a su anciano esposo a través del espejo. Barnes la esperaba sentado al borde de la cama, como un torero espera al morlaco a puerta gayola. Ella se fue despojando despacio de su falda y quedó ataviada únicamente con los cucos y el corpiño. Barnes sudaba y respiraba cada vez con mayor dificultad. Lo peor se desencadenó cuando la joven Isabel se liberó del corpiño. Aquellos senos turgentes, que desafiaban a la fuerza de la gravedad, y que brillaban a la luz del candil, supusieron el punto y final de la aventura flamenca de Barnes. El anciano oficial británico, antes de sucumbir, en prueba de su bravura, dio dos pasos hacia adelante, agarró por la cintura a su joven amada en un postrero intento de no perder la oportunidad que tanto tiempo anhelaba -y de no caerse-, pero fue inútil, el que antaño fuera un brazo de mar, sintió como sus piernas flaqueaban, hincó sus rodillas frente a su joven amada con los ojos desorbitados, y en la caída, por fortuna, alcanzó a meterse en la boca uno de aquellos incomparables pezones, llegando a ejercer un tímida y agónica succión que a penas si duró unas décimas de segundo pero que fueron suficientes como para dotar de sentido a tan efímera relación matrimonial. 
El británico cayó amoratado, y convulsionando, al suelo de aquel nido de amor del que ya nunca llegó a levantarse.
El suyo fue el más multitudinario entierro que se recuerda en la historia de la provincia de Cádiz. Durante años, para conmemorar tan emotivo suceso, se estuvo jugando un partido de fútbol entre los gitanos y los miembros de la abigarrada colonia británica.
Esto me lo contó un camarero en la barra de un bar y lo demás lo fui yo barruntando...Lo bueno es que en la provincia de Cádiz a la gente le gusta mucho contar historias. Si esto me llega a suceder, por poner un ejemplo, en Dinamarca, otro gallo hubiera cantado, entre otras cosas porque el danés nunca se me dio demasiado bien. 
De todas formas, no sé si fiarme mucho de las fuentes.


domingo, 22 de mayo de 2016

¿Adónde te has metido rinoceronte?


Esta mañana, mientras de prestado leía en mi jardín al italiano Giovanni Papini, y mi pequeña Ana María andaba hacia atrás en su tacataca -todavía no sabe hacerlo hacia adelante-, una mariposa macaón nos ha venido mágicamente a visitar. Papini y la macaón -o mariposa rey como se la conoce en algunos lugares-, me han trasladado, por diferentes motivos, a tiempos pretéritos. 
Vivir, como yo vivía de niño, a caballo entre las nuevas edificaciones de la ciudad y la antaño incomparable Huerta de Murcia, me aportaba una visión ambivalente de la vida de la que nunca me he llegado a desprender -y no pienso hacerlo-. Naturaleza y asfalto. Costumbrismo y modernidad. Pasado y presente. La Huerta de Murcia, creada por los árabes hace más de mil años, comenzaba su larga agonía mientras mi vida daba sus primeros y balbuceantes pasos.
Y la generosa huerta era terreno a conquistar y ello incluía, sin excepción, a todos sus habitantes. Unos días descubríamos a los topos, otros a las escurridizas anguilas que subían por las acequias desde el río Segura, otros a los erizos que correteaban por los huertos de membrillos en busca de lombrices, otros descubríamos un nido de oropéndolas, otros a las culebras bastardas a las que observábamos excitados viendo como engullían a las ranas, otros a las arañas tigre a las que nos encantaba arrojar insectos sobre su prodigiosa tela para ver cómo los cazaba, otros a los pequeños murciélagos a los que llamábamos morciguillos. Cada día era una aventura irrepetible.
También nos encantaba expropiar frutas, ya fueran naranjas, higos, peretas, manzanas, membrillos, limones. En otras ocasiones nos apropiábamos indebidamente de lechugas, habas, mazorcas de maíz, pimientos de bola, y hasta de las pequeñas patatas rojas que quedaban abandonadas en los huertos tras su recogida, y con las que mi abuela hacia una tortillas memorables.
Vivir al borde de la huerta era vivir al borde de la naturaleza y de lo desconocido. La ciudad, asfalto adentro, no tenía ningún atractivo para esa trupe de enanos intrépidos, o tal vez lo que nos ofrecía aún no nos seducía lo suficiente.
A quien no he vuelto a ver, desde aquellos años, y probablemente nunca pueda presentar a mi pequeña Ana María, es al gran escarabajo rinoceronte. Ese bicho era para los chavales de aquel barrio fronterizo el Titanic de todos los insectos. Por desgracia, en los últimos cuarenta años la diversidad biológica a mi alrededor ha sufrido un enorme retroceso. De la Huerta de Murcia que yo disfruté lo único queda es el nombre, y en el Barrio de las Ranas ya hace muchas décadas que nadie las oye cantar.

jueves, 19 de mayo de 2016

Crisis de confianza


Estamos ya con nuestro invitado de hoy. Afamado sociólogo, investigador, y escritor, el Doctor Carnero Bravo que acaba de publicar un nuevo libro. Este es su programa de radio de siempre: ¡Las mañanitas de la radio!.  Quien les habla, como viene siendo habitual desde hace más de veinte años a través de las ondas hertzianas, Marcos Torbellino. Son las diez en punto de la mañana, como sucede cada mañana a esta misma hora.
-¿Cómo está doctor Carnero?.
-Carnero Bravo.
-Sí, así es: ¿Cómo está doctor Carnero Bravo?.
-Estoy siendo entrevistado en este preciso y precioso instante.
-Sí, eso es obvio, pero ¿qué nos podría contar sobre la delicada situación social por la que atravesamos en este momento?
-Difícil. Difícil situación. Jodida situación, me temo.
-¿Por la crisis económica?
-Y por la crisis de confianza.
-¿Hacia quién? ¿A quién hemos dejado de creer?
-A todo el mundo. Ya no creemos ni en las instituciones, ni en los bancos, ni en las empresas, ni en las religiones, ni tan siquiera en nosotros mismos.
-¿Y eso a qué es debido? ¿Cómo se ha producido esa hecatombe?
-A que nos hemos dejado engañar como bellacos.
-¿Entonces, estamos ante una grave de crisis de confianza?
-Sí, evidente, y más perdidos que Carracuca?
-¿Quién era Carracuca, doctor?
-Yo no soy historiador, soy sociólogo. Lo de Carracuca lo decía mucho mi abuela, que era muy sabia. En paz descanse, la pobre.
-Pero volvamos al meollo de la cuestión: ¿piensa usted que deberíamos creer en algo o en alguien?
-Yo creo que deberíamos volver a creer en los valores que abandonamos tras sucumbir al engaño del tocomocho y apostar por un modelo de crecimiento sostenible. Perdimos el norte al creernos el cuento de que eramos una gran potencia económica y lo estamos pagando en forma de hipotecas sobrevaloradas, en tasas insostenibles de desempleo, y en un incremento tremendo de la desigualdad.
-¿A qué valores se refiere, doctor Carnero?
-¡Bravo!.
-Sí, Carnero Bravo.
-No, ¡Bravo!, me refería a que me alegra mucho que me haga esa pregunta.
-¡Ah! Entiendo. Entonces: ¿cuáles son esos valores?
-Amistad, solidaridad, modestia, esfuerzo, generosidad, educación, paciencia, perseverancia, sencillez, metas, sueños...
-¿Cree usted que hemos dejado de soñar, doctor?
-No, no es eso; lo que ocurre es que tan sólo soñamos con cosas materiales y además las queremos ya, de ipso facto. Y eso es lo que nos genera una sensación continua de ansiedad, y, por consiguiente, de profunda frustración.
-¿Quiere decir que no tenemos paciencia para lograr las cosas?
-No, ninguna, la hemos perdido por obra y gracia de la cultura del pelotazo. Un tonto, muy tonto, podía conseguir, de ayudante de albañil, diez veces más que un joven que había estudiado una carrera que a lo más que podía aspirar era a una plaza de ayudante de un becario, y eso ha provocado que la juventud pierda la confianza y no crea en el camino del esfuerzo. Le hemos dado todo el valor al camino que pervertía nuestro sistema de valores y ahora no somos capaces de reencontrarnos con ellos. No vemos la forma de reconstruirlos.
-¿Y qué podríamos hacer?
-Renunciar a lo superfluo.
-Concrete, doctor. Ponga un ejemplo.
-No hagamos lo que hace todo el mundo...
-No le entiendo.
-Claro, eso le sucede porque usted, seguramente, hace lo mismo que todo el mundo. A ver: ¿dónde compra usted habitualmente?
-En un centro comercial.
-¿Nunca compra en el mercado tradicional o en el pequeño comercio de su barrio?
-Rara vez. En el centro comercial lo tengo todo a mano. No tengo tiempo para ir de tienda en tienda.
-Ya...es por el tiempo. ¿Qué hizo usted ayer cuando salió del trabajo?
-Ir al gimnasio.
-¿Cuánto paga al mes?
-Treinta euros, ¿por?
-¿Cuánta gente había?
-Mucha, ¿por?
-¿Iban todos vestidos igual?
-Más o menos.
-¿Nike? ¿Adidas?
-Sí.
-¿Mirando, de manera obsesiva, unos relojes mágicos que le indican las calorías consumidas y le miden el esfuerzo realizado?
-Sí. ¿Y?
-¿Vio a alguien tomando bebidas isotónicas o energéticas?
-Sí, varias.
-Usted también tomó alguna.
-Yo soy más de Aquarius.
-Pues yo soy más de agua fresca.
-¿Y no va al gimnasio, doctor?
-No, suelo ir a un parque que hay frente a mi casa. Con los treinta euros mensuales que me ahorro, la ropa deportiva de marca que no me compro, los aparatejos que descarto, las bebidas energéticas que no me bebo, y los cigarrillos que no me fumo en la puerta del gimnasio, me voy de vacaciones a la montaña de Portugal todos los años y aún me sobra dinero. Me alegra decirles que cada vez veo más gente en los jardines haciendo deporte, leyendo, y socializando. 
-¿Y eso es bueno?
-Buenísimo.
-¿Podría poner otro ejemplo?
-Cientos. Pero dígame: ¿usted, señor Torbellino, adónde va de vacaciones?
-A la playa ¿por?
-Lo ve. Como todo el mundo. Usted hace lo que se supone que hay que hacer. ¿Dónde queda su propio criterio? 
-Pero yo quiero ir a la playa...
-¿Ha comprado usted o va de alquiler?.
-Voy de alquiler, ¿por?
-¿Formaliza usted el contrato o no?.
-(......)
-No, no hace falta que responda. Nadie lo hace. El pelotazo consiste en eso, grandes movimientos de masas haciendo lo mismo y propiciando espacios para el enriquecimiento ilícito y la especulación. 
-Es muy interesante lo que usted opina. Tan interesante como controvertido.
-Claro, decir lo que no le gusta escuchar a la gente es generar polémica. Por eso, para no generar polémica, y que no nos miren como a un bicho raro, sucumbimos ante la masa y terminamos plantando la sombrilla en Torrevieja, en pleno agosto, pagando las cervezas a precio de oro, y más del triple por los servicios que nos ofrecen, que suelen ser pésimos porque cada vez hay menos mano de obra cualificada. La masificación favorece la especulación y la explotación. Al igual que en las pizzas, el secreto está en la "masa".
-¿Por eso usted se va a la montaña portuguesa?.
-Yo busco la tranquilidad y allí no hay turistas. Como productos locales, paseo por un pueblo de mil habitantes, me baño en el río junto a la gente local, compro en tienditas en las que detrás del mostrador hay una señora de setenta años con un pañuelo negro en la cabeza, y no hay ni rastro de los tour operadores, ni de multinacionales, ni de especuladores, ni falta que hace. Por la mañana me despierta un gallo y tras la siesta lo hace el mugido de una vaca.
-¿Y qué encuentra en todo eso?
-Autenticidad. Huyo del barullo y del cartón piedra. Busco mi propio espacio, no un espacio predeterminado por intereses espurios.
-¿Y si todo el mundo decidiera hacer lo mismo que usted, qué haría?
-No, no lo harán. Es imposible. Las tendencias las marcan los grupos de inversión, que movilizan a los medios de opinión, generan la tendencia, y mueven a la masa. Hay familias que prefieren llevar un día a sus hijos a un parque temático en lugar de, con ese mismo dinero, pasar una semana en una casa rural. Y lo hacen porque lo es lo que se supone que tienen que hacer. 
-¿No es algo radical su postura?.
-No. No lo creo, tan sólo es la mía, que no tiene que ser mejor ni peor que la de cualquier otra persona. 
-Y queridos radioyentes, de todo esto, y mucho más, trata el nuevo libro del doctor Carnero Bravo que lleva por título: "Crisis de confianza". ¿Qué espera usted de este libro, doctor?
-Que se venda mucho y genere mucha polémica.
-¿Y no le resulta eso contradictorio con todo lo que nos acaba de contar?
-Totalmente, así es la naturaleza humana. 
-Muchas gracias por su visita, doctor, me deja con la impresión de haber sido yo el entrevistado.
-A veces las cosas no salen como pretendemos... Muchas gracias a ustedes por la invitación, pero antes de marcharme me gustaría recordar, a todos los radioyentes, las famosas palabras que escribió el Gran Jefe Indio de Seattle al Presidente de los EE.UU.: 
     "Sólo después de que el último árbol haya sido cortado. Sólo después de que el último río haya sido envenenado. Sólo después de que el último pez haya sido pescado. Sólo entonces descubrirás que el dinero no se puede comer."
Emocionante misiva, sin duda. Pues, esto ha sido todo. Y ahora, tras unos breves minutos de publicidad, daremos paso a las noticias deportivas...



domingo, 15 de mayo de 2016

Huelga de palabras



Tras numerosos excesos verbales, he llevado a mis palabras a un SPA.
Bien merecido que se lo tenían. En su lugar, y mientras que mis historias se relajan entre masajes y aguas termales, les dejo este collage que hace tiempo me andaba pidiendo protagonismo. 
Disculpen las molestias.

sábado, 14 de mayo de 2016

Niños


Mi pequeña Ana María está a mi lado. Me mira con sus ojos vivarachos. Lo mira todo. Dice papá. Me muestra sus dos dientecillos. Se sonríe. Como aún no la hemos peinado, tiene su pelo dorado como si llevara una cresta. A Ana María le gusta morderse el pie. Yo intento enseñarle más palabras; quiero que diga mamá, hola, Ana, agua, nena, pero ella repite hasta la saciedad: ¡papá!, ¡papá!, ¡papá!.
Y yo, imagínense ustedes, me siento más orgulloso que un soldado en su jura de bandera. 
Mi pequeña tose. Tiene tantos mocos como yo. Dice mi hermana Merche que Ana es mi vivo retrato. Que, de pequeño, yo era igualito que ella. Y yo, imagínense ustedes, me siento como si me acabaran de nombrar el escritor del año en Zimbabue.
Anita me mira con ojos tiernos abrazada a su osito de trapo. Yo babeo y babeo como si el mundo se hubiera congelado y no fuera más que eso. Que cuidarla a ella, consentirla, mimarla, y quitarle sus cacotas, fuera lo único verdaderamente importante en mi vida.
Imagínense ustedes, por un momento, lo que todo esto significa para un vejete como yo. Mi hija mayor, con casi veintiún años, ya es toda una mujer, y que, ahora, tanto tiempo después, la vida me haya brindado otra maravillosa oportunidad para redimirme.
Mientras les escribo, Ana me mira como preguntándome que qué hago aquí. A ella le gusta el sonido del teclado, de hecho, cuando la arrimo, ella golpea con sus deditos intentando provocar los mismos sonidos que yo emito al escribir, pero se desespera porque ella tan sólo acierta a golpear con su manitas de azúcar y el sonido suena distinto, a golpe, a golpe de vida nueva, inocente, que te mira y te derrite como si fueras un vela encendida.
Cuando eso sucede, imagínense ustedes, yo me siento feliz y lo demás ya no importa tanto, todo se relativiza, y pierde protagonismo. Nada en la vida se puede comparar a la sinceridad y la ternura con la que te mira un niño. 
Como escribió en algún sitio Oscar Wilde: "La mejor forma de hacer buenos a los niños es hacerlos felices".
Bienaventurados todos los niños del mundo, y malditos sean todos los que les hacen daño a estas indefensas y maravillosas criaturas. 

viernes, 13 de mayo de 2016

Los monjes lituanos


Aquel hotel-monasterio, de nombre "Monte Pacis", a las afuera de Kaunas, se las traía. Y más si les cuento que, hace unos cuatro o cinco años, mientras se producía su transformación de lo teológico a lo económico -si es que alguna vez existieron diferencias entre ambas actividades-, lo pude visitar.
En aquella ocasión, Artur y yo nos colamos en el recinto haciéndonos pasar por turistas chinos. Nos metimos entre ellos y los lituanos no se percataron de la diferencia. He de reconocer que yo siempre ando un poco amarillo por mis consabidos problemas hepáticos, pero me sorprendió que Artur, que es más blanco que la leche pasteurizada, no fuese descubierto, tal vez porque come mucho arroz, y eso, sin duda, debió facilitarle la maniobra de camuflaje.
Entre el barullo, nos deslizamos por una escalera, que no superaría ningún control de seguridad, y accedimos a una catacumba en la que descansan los restos mortales de una legión de monjes lituanos. De hecho, a través de una hornacina, pudimos comprobar, estupefactos, como un monje disecado de Lituania se parece horrores -permítanme la expresión- a un monje disecado de Ucrania, o a una momia de Guanajuato.
Eso me hizo pensar que los muertos, a los quince días, día arriba o día abajo, tienden a buscar una vinculación estética, un estilismo post mortem que les haga sentir integrados en su ya más que próxima desintegración. Por ello, aunque les cueste trabajo creerme, hasta después de muertos sentimos la necesidad de homologarnos, de afiliarnos, de sentirnos parte de un algo para, de ese modo, regresar felices a la nada de la que venimos.
Como les iba contando, en aquella catacumba llena de monjes con olor a mojama, y cierta estética hipster, pude vislumbrar el aspecto que tendría mi propia momia y eso les aseguro que me tranquilizó. En la cara de aquel monje acartonado, que podría ser mi propia cara, no había ni rastro de complejos, ni prejuicios. No había diferencias entre el abad, el lego, o el campanero. Su rictus estaba, eso sí, visiblemente compungido, pero como cuando eres del Madrid y pierde. El resto de monjes, según el caso, no se puede generalizar, tenían la misma cara que un político derrotado después de las elecciones, un futbolista después de fallar un penalti en la final de copa, o un novio tras pegar un gatillazo en su noche de bodas.
Sin saber el motivo, me puse a pensar en lo qué habría detrás de esos caretos interrumpidos, arrastrados al otro mundo con tareas pendientes de acabar, con sueños inconfesables por cumplir, o con relatos como este, o de ser posible mejores que este, por escribir.
Y como, tonto de mí, llegué a la hipotética conclusión de que a todos los muertos les faltó algo por culminar en vida, no quiero ni contarles la nochecita tan mala que pasé durmiendo a escasos metros de esa cripta repleta de monjes aburridos de estar muertos y de soportar excursiones de turistas chinos, y no tan chinos.
Eso me pasa por no repasar antes el itinerario que me propone Artur; me dejo llevar y hete aquí las consecuencias: vamos, que no pegué ojo, ¡copón!.