viernes, 16 de agosto de 2019

El desconfiado


Rufino Cienfuegos, antes de ser acusado de pirómano por las infundadas sospechas que generaba su apellido, y por su asqueroso vicio de fumar cinco paquetes de Celtas sin boquilla que casi lo llevan al óbito, era un tipo relativamente normal. El hecho de que perdiera un ojo en su adolescencia, durante la fiesta de los petardos de su pueblo, y de que cojeara de su pierna izquierda tras emular al desaparecido Ángel Nieto con una vieja Mobylette que heredó de su abuelo materno, lo convirtió en un ser antisocial. Vamos, que era más raro que un perro verde.
Pero todo empeoró, si es que acaso podía empeorar más, el día en el que tras mucho ahorrar, le compró un Iphone 7 a un conocido perista de la localidad.
Los primeros días de convivencia de Rufino con su Iphone fueron idílicos.  Cienfuegos navegaba por esos mundos de Internet durante las 24 horas del día, hasta que sus ojos echaban fuego. Porno duro. Páginas de contenidos paranormales. Super Tetas. Páginas de fútbol. Rufino, tal vez por su cojera, siempre había soñado con ser un gran futbolista y casarse con una modelo de vertiginosas curvas. Cuarto Milenio. Super Culos. Últimamente los culos era en lo único que se fijaba de las mujeres. Medium y mensajes desde la otra vida. Separadas, jovencitas, y otras Caperucitas.
Rufino consumía datos como para asar los servidores de Vodafone. De hecho, Rufino era mucho de asar. Aquella barbacoa junto al bosque, y trescientas colillas de Celtas a su alrededor, junto con su dichoso apellido, que más que apellido sus paisanos ya habían convertido en apodo, fue lo que le llevó de cabeza al cuartelillo.
Rufino quedo libre sin cargos, porque no se puedo demostrar nada, pero esa situación lo arrastró hacía una vida todavía más al margen de la sociedad.
Se obsesionó con sus vecinos lo mismo que se obsesionó con su Iphone el día que, al salir de su casa, en la pantallita apareció el mensaje de que al Bar del Anastasio, tendría cinco minutos y el tráfico era fluido. ¿Cómo narices no iba a estar fluido el tráfico si en aquel maldito pueblo tan sólo circulaban media docena de coches y una docena de riejus? ¿Cómo sabía ese sospechoso artefacto de la manzana a medio comer que Rufino iba a tomarse un carajillo al bar del Anastasio?
Esa situación le conmocionó, pero peor fue lo que le pasó por la noche. Después de comerse un bocadillo de panceta y morcilla, Rufino sintío la llamada de la selva en su entrepierna, de tal manera que se echó un chorro de limón en las manos, se lo embadurnó por el pelo a modo de fijador, se puso su mejor camisa, y salío a la puerta con más ganas de mojar el churro que de bailar la jota. Sin embargo, cuando al mirar su Iphone vio en la pantalla que al Club Nereidas tenía siete minutos y el tráfico era fluido, aquello lo sobrepaso.
¿Cómo puñetas sabían en los Estados Unidos de Norteamérica que Rufino Cienfuegos tenía ganas de clavar la chincheta en el Club Nereidas? ¿Quién osaba espiar a un pobre desgracido malnacido que sobrevivía en un recóndito pueblo de Extremadura con menos euros que un jubilado a fin de mes?
Rufino, pese a su escasa cultura, ya que sabía menos de big data que de cambiar pañales, tomó una valiente decisión: llamó al perista para que le cambiara a pelo el moderno y visionario Iphone por un viejo Nokia más usado que la flauta de Bartolo. Sabía que, con el trueque, lo que perdía en dinero lo ganaba en independencia. 
Y es que Rufino Ciefuegos no se fiaba ni de su padre. Y mucho menos de los yankies. En el pueblo todo el mundo lo tenía por tonto, pero, pese a ello, él valoraba mucho su privacidad. 

domingo, 21 de julio de 2019

La excusa perfecta


En Internet hay una región desconocida. Me resulta inquietante. ¿A usted no? En pleno siglo XXI, una región desconocida... 
Muchos anhelamos, y más en verano, visitar o descubrir una región desconocida. Lo desconocido siempre es un buen filón para todo. En lo desconocido tal vez se encuentre lo que tanto andamos buscando, de ahí que pretendamos ir a Marte, a los fondos abisales, o al dormitorio de nuestra vecina del quinto. 
El tablero de estadísticas de este insignificante, y desconocido, blog, está recibiendo estos días una ingente cantidad de visitas desde una región desconocida y eso es algo que me resulta un tanto contradictorio: ¿Será posible que alguien se vaya adónde Cristo perdió su alpargata, para leer estas infumables chorradas que yo les escribo con el único ánimo de martirizarles?
No sé qué pensar. Me desconcierta que estén leyendo todo esto desde la zona profunda de Internet. Tal vez mi blog se haya convertido en un referente para estudiar el deteriorio del comportamiento humano desde el lado oscuro, ¿o tal vez yo mismo les estaré escribiendo desde el lado oscuro sin ser consciente de ello?
Así que, ya saben, si me pierdo, vayan a buscarme a esa paradigmática región. Ya tienen la excusa perfecta para perderse. 
Como una vecina mía que, hace ahora cuatro años y medio, bajó a tirar la basura acompañada de su perro y aún no ha aparecido ella ni el perro. O como un primo segundo mío, que vivía en un tercero, y que estudiaba cuarto de derecho, y que ya va para el quinto año que se fue a por tabaco, cuando por lo visto ni fumaba ni nada. Ahora que lo pienso: ¿Serán ellos los que me leen desde esa región desconocida para ver si publico alguna entrada que haga referencia al dormitorio de la vecina del quinto? Siempre fueron mucho de cotillear...
Rectifico, si me pierdo, mejor ni me busquen. Total, para qué.

jueves, 11 de julio de 2019

Humanoescéptico


Cuando conduzco, cuando vuelo, o cuando camino contemplando el acompasado vuelo de los abejarucos, mi cabeza discurre por otros derroteros. Sin previo aviso, y sin ninguna razón aparente, mi memoria centrifuga un torbellino de secuencias y las expulsa de la forma más insospechada. De pronto, me veo inmerso rumiando una escena de hace veinte, treinta o cuarenta años y soy capaz de revivirla, interpretarla, y analizarla desde el renovado prisma que me da la madurez. Intento, como todo ser humano, justificar mis errores como una forma de sobrevivir a ellos y no dejarme la piel por el camino. 
Repetimos nuestras propias mentiras con la ilusión de que, por reiteración, estas acaben convertidas en medias verdades, o en verdades como templos de cartón piedra, pero que nunca dejarán de ser las mentiras que fueron por mucho que intentemos manipular los archivos de nuestra memoria.
Para nuestro consuelo, ahora existe una lavandería llamada Facebook, o su versión más juvenil y renovada llamada Instagram. Ahí podemos lavarnos la cara y exhibirnos de manera impoluta, mientras escondemos nuestra aplastante rutina a base de filtros de todo tipo y condición. 
Ante tal aluvión de gente exitosa y exclusiva, tanta gente feliz, atlética, recauchutada, cuajada de dinero, coches de lujo, y viajes de ensueño, uno nunca tiene suficiente respuesta ante tamaña competición. 
Sin ir más lejos, ayer murieron dos ingleses haciéndose una fotografía en Alicante. Cayeron por un desnivel de doce metros, rompiéndose la crisma, buscando ese minuto de gloria que poder exhibir y que acabó en una triste esquela de un diario de provincias. 
Al fin y al cabo, esquela o post, qué más da, lo importante es figurar, que se hable de uno aunque sea mal, se decía antes. 
El incontrolable torbellino que me ha empujado a escribir todo esto, no es más que otra forma cualquiera de exhibicionismo. Exhibo mi incredulidad y mi escepticismo, sin ambages, hacia todo lo que me rodea. Si existe el término euroescéptico, yo soy un humanoescéptico, esto es: toda persona que duda sobre los derroteros que está tomando la especie humana.
Sigo caminando con la única ilusión de que se abalance sobre mí otro torbellino; espero que menos cargado de nihilismo y desasosiego del que, en esta ocasión, me ha caído encima, para con ello no perder a los cuatro lectores que aún se asoman por este trasnochado blog.  
¡Ojiplático me hallo! Les pido, si acaso tengo derecho, un poco de comprensión.

jueves, 4 de julio de 2019

El viejo, mi vieja, y el mar


El último libro que compartí con mi madre fue El viejo y el mar, de Ernest Hemingway. De estar los dos vivos, ahora estarían de fiesta a la espera del chupinazo de San Fermín. ¡Viva San Fermín! Gritarían ambos, al unísono, empinándose un quinto de cerveza bien fresquito. 
Para los que no han leído el libro, ni conocieron a mi madre, ni a Hemingway,  ni han estado nunca en los Sanfermines, les diré que El viejo y el mar es una pequeña gran novela que narra el declive de un viejo pescador y la titánica lucha que mantiene su protagonista con un enorme pez vela durante tres largos días. Al final, después de capturarlo, los tiburones acaban comiéndose al pescado y el viejo sufre el que puede ser el último gran revés de su existencia. A mí madre el libro no le gustó; le resultó lento y triste. Tal vez nunca debí compartir con ella esa lectura, ya que, aunque nunca me lo reconoció, creo que se sintió demasiado identificada con el protagonista. Los tiburones se comieron el sueño del viejo pescador al mismo tiempo que el cáncer devoraba a mi madre. 
Enfrentarnos al final de nuestra existencia no es tarea fácil. Mí madre recurría a su fe para aliviar su desdicha, mientras otros recurren a la nostalgia, al pitraque, al bingo, o a engordar palomas en los jardines. 
El final, de una u otra forma, es una espera. Una agónica y solitaria espera. Por desgracia, ya no podrán conocer a mi madre, ni a Hemingway, pero aún están a tiempo de leer el libro. 


viernes, 28 de junio de 2019

El hombre del imán


Siempre se sentaba en la misma esquina. No era el único al que le encantaba ese rincón del Bar Josepe; muchos clientes eran capaces de esperar el tiempo que hiciera falta para sentarse ahí. Esa esquina era un lugar privilegiado desde el que se alcanzaba a ver la calle a través de la ventana. En su contra estaba el ruido ensordecedor del molinillo del café. Pese a todo, él siempre se sentaba ahí. Leía con minuciosidad el periódico. Hacía operaciones matemáticas sobre servilletas que después se guardaba en los bolsillos. Nunca tenía prisa. De hecho, me contó que lo habían echado del trabajo por loco. Aunque nunca supe con certeza si eso era cierto. A veces me decía que lo habían despedido del instituto en el que daba clases. Otras que lo habían echado de un centro de investigación sobre energías alternativas. En otras, simplemente, me decía que lo habían prejubilado por sus consabidos problemas mentales. 
Todos me toman por loco por plantear y demostrar que las necesidades energéticas de la sociedad se podrían cubrir de manera limpia e infinita usando el magnetismo que mantiene en marcha al sistema solar. Entonces me cuestinaba:
-¿Los planetas se mueven? 
-Yo diría que sí -le respondía.
-¿Los planetas mantienen fijas unas órbitas?
-Eso creo, aunque yo no he estudiado mucho -le respondía, apesadumbrado.
-¿Y mantienen la misma cadencia y la misma distancia entre ellos?
-Más o menos, no sabría decirte...
-Pues eso sucede porque todos ellos forman parte de un campo electromagnético infinito del que podríamos extraer la energía necesaria para suministrar electricidad a todo el planeta. Yo lo he demostrado y me toman por loco -me decía con cara de resignación. 
-¿Tú crees que estoy loco, Pepe? -me preguntaba.
-Yo creo que los locos son ellos -le decía, en parte, para consolarlo.

Desde que abandoné el Bar Josepe, para irme por esos mundos de Dios a vender champú, no le he vuelto a ver.
No recuerdo su nombre, si es que alguna vez lo supe, pero hoy me acordé de él.
¿Habría algo de verdad entre toda aquella locura?
Era un buen hombre. En su bolsillo siempre llevaba un imán. 

viernes, 21 de junio de 2019

El gran regalo



De buscar en mi juventud un mundo perfecto, en la incertimbre habito. Camino sin la seguridad plena pero siendo cada vez más consciente de mis limitaciones. El final es una utópia, como una estrella que me marca el camino hacia un sueño cada vez más irreconocible. Sigo, sin saber muy bien hacia adónde voy, pero siendo consciente de que debo seguir caminando. Pararme o retroceder no me aportaría nada. La acción requiere de movimiento; movimiento relativamente incierto pero que me acerca a nuevos destinos. Cada paso, cada peldaño, cada visita, cada viaje, cada libro, cada abrazo, cada beso, cada mirada, cada olor, cada pequeño detalle a nuestro alrededor forma parte indivisible de ese increible itinerario al que llamamos vida. 
Nadie tiene el control por muchos controles que ponga. Nadie sabe con certeza lo que nos espera al final del camino, ni tan siquiera lo que nos espera si torcemos a mano izquierda. Nadie, absolutamente nadie, sabe cuánto tiempo nos falta para llegar al misterioso final del trayecto. La vida, por tanto, es hoy. ¿Quién sabe qué nos deparará el mañana?
Disfruta y haz disfrutar. Vive y deja vivir. Respeta para ser respetado. Ama si lo que pretendes es ser amado. Y ayuda al prójimo como te gustaría que te ayudarán. 
No esperes nada de nadie. La vida, nuestra propia vida, es el GRAN REGALO; ese que tan generosamente nos ofrecieron nuestros padres. La existencia es, ante todo, una maravillosa contradicción que se pasa en un suspiro. 
Sigamos caminando y, si nos encontramos, abrázame cada vez que quieras, incluso, sin pedirme permiso. 


viernes, 14 de junio de 2019

Pesadilla en Odessa


Podría haber estado en cualquier otro sitio pero estaba trabajando en Odessa, a orillas del Mar Negro. Hacía un calor más propio del desierto de Almería que de otra cosa, pero mis aspiraciones profesionales siempre andan ávidas de alcanzar nuevas proezas que poder contar luego a mis nietos y, a veces, no me doy cuenta de que voy alcanzando una edad en la que el cuerpo y la mente comienzan a disociarse. De cualquier modo, todo hay que decirlo, entre visita y visita y reunión y reunión siempre aparece un hueco en el que ejercer de turista a tiempo parcial. Alguien me había dicho que venir a Odessa y no subir y bajar las famosas Escalinatas de Potemkin podrían acarrear viente años de mala suerte. Así que, sin pensarlo dos veces, me lancé escaleras abajo desafiando a mi infortunio. A mitad de camino de tan colosal bajada ya sentí que algo no iba bien. Mis ojos, clavados en el azul oscuro de aquel mar en calma, repararon en un viejo carguero de la época soviética y en una anciana menuda que subía las escaleras como un triatleta dopado hasta las cejas. 
Al llegar abajo mis piernas temblaban. Una rubia espectacular de casi dos metros de altura me arrimó un micrófono a la boca mientras, a su lado, un gorila, del mismo tamaño pero de mayor grosor que la reportera, sostenía una cámara de televisión, por lo que, sin venir a cuento, me vi inmerso en una entrevista de algún canal, más que probablemente prorruso. Como ustedes imaginarán, ante mí se presentaron dos grandes inconvenientes para dar continuidad a aquel conato de entrevista con la que pretendían inmortalizarme en los ámbitos postsoviéticos: en primer lugar yo, no hablo ruso, y en segundo lugar, no me quedaba resuello. 
Creo que el excesivo brillo que reflejaba aquella melena exquisitamente decolorada, junto al olor a sobaco que emanaba del camarógrafo con la apariencia de un lanzador de martillo, hizo que, sin pensarlo debidamente, comenzará a subir las escaleras como el que se quita avispas del culo.
Aún no alcanzo a entender lo que me provocó aquella inusitada estampida, pero lo que sí puedo asegurarles es que cuando me desperté, una enfermera entrada en carnes con el pelo cano y una verruga enorme con tres pelos en un lunar negro que decoraba todo el centro de su napia, y que eran del grosor de una cuerda de guitarra, me trajinaba un gotero que me habían injertado sobre el frontal de mi mano derecha. 
La señora, al ver cómo se abrían mis ojos, exclamó algo en ruso, o en ucraniano, que provocó que otra enfermera acudiera rauda y veloz a los pies de mi cama. 
Cuando levanté la mirada y me fijé en el rostro de la recién llegada, no tardé en cerciorarme de que la enfermera, o la que hacía las veces de enfermera, no era otra que la reportera que me esperaba a los pies de la Escalinata Potemkin. Pero, por cierto: ¿cómo había llegado yo hasta ese viejo hospital? Evidentemente, no conocía la respuesta.
La enfermera de tan colosal verruga y la enfermera reportera dicharachera entablaron una acalorada discusión, más propia de una verdulería que de un centro hospitalario, lo que propició la llegada de un vigilante de seguridad que, para mi asombro, no era otro que el gorila cameraman vestido de bailarina de ballet con su tutú y sus zapatillas de puntas y todo.
Y ahí fue cuando me desmayé, o me volví a desmayar, ¡yo qué sé!  Al despertar estaba en la habitación del hotel, en la televisión sonaba un viejo tema de los irlandeses Wendall, tenía trescientos mensajes de wasap y varias llamadas perdidas en el teléfono, y alguien estaba golpeando exageradamente sobre la puerta de mi habitación. 
Al abrir, la recepcionista que para colmo era la misma que la reportera reconvertida en enfermera, y un bombero, que no era otro que el camarógrafo que echaba horas de vigilante jurado, me volvieron a  hablar en ruso, ¿ o tal vez era ucraniano? Pero ¿qué gaitas me querría decir esa gente repetida? ¿Acaso la clonación humana es ya un hecho al otro lado del antiguo Telón de Acero? ¿Alguien pretende volverme loco? ¿O, por el contrario, ya estaré perdidamente loco?
De pronto, sonó el despertador y yo sudaba y sudaba en la habitación 307 del Hotel Alarus Luxe. El aire acondicionado, y la cena en el restaurante georgiano Kinza, me habían jugado una mala pasada.

Lo prometo: no vuelvo a probar el vodka. Si me ven por ahí, recuérdenmelo.