martes, 28 de junio de 2016

Dinero de ida y vuelta


-Doctor Bauman, se lo haré corto: el problema es que, de un tiempo a esta parte, no sé bien quién soy.
-No se queje, al menos sabe quién soy yo.
-Sí, claro, usted es el doctor Bauman, pero, como comprenderá, no he venido a su consulta para saber quién es usted, he venido a gastarme el dinero para recuperar mi identidad.
-Ahora que dice usted lo del dinero, son cien euros; deposítelos en esa cajita de caoba que traje de Tabasco, en México. ¿Sabe? todo el mundo piensa que la salsa Tabasco es mexicana cuando, en realidad, la fabrican en los Estados Unidos. Esa famosa salsa picante, curiosamente, también tiene un problema de identidad como usted, o como los británicos.
-Perdone, no me líe doctor Bauman, que yo no he venido aquí para hablar de política, he venido a su consulta para saber quién soy yo de una vez por todas.
-Y bien: ¿quién se cree usted que es? ¿Tiene alguna idea? -se interesó el afamado psicólogo.
-Creo que soy un influyente escribano de la corte del rey Alfonso X El Sabio.
-¿Y desde cuándo tiene esa sospecha?
-Desde que subí al Castillo de Monteagudo y me dió un yuyu.
-¿Había desayunado bien esa mañana?
-Sí, para otras cosas no, pero para eso soy muy metódico. Todas las mañanas, da igual que sea verano o invierno, desayuno lo mismo.
-¿Y qué es lo que suele desayunar usted, si se puede saber, Bernardo?
-Primero me como un plátano y después me tomo un café con leche muy caliente con dos magdalenas.
-¿Siempre?
-Desde que tengo uso de razón.
-¿Y desde cuándo, más o menos, se cree en uso de razón?
-¿A qué viene esa pregunta, doctor?
-Lo digo por lo de su pérdida de identidad, no por otra cosa.
-En realidad, doctor, no creo que la haya perdido, sé que me llamo Bernardo Gómez del Portillo y Calatrava, casado en terceras nupcias con una dominicana de carnes prietas, pero desde que subí al Castillo de Monteagudo, aquella mañana tormentosa, estoy sintiendo esta extraña sensación. Sin saber muy bien el motivo, toda vez me hube recuperado, fui al museo arqueológico y me estudié concienzudamente todos los facsímiles de los libros que, supuestamente, escribió el rey sabio pero que estoy convencido de que, en otra tiempo, escribí yo.
-Entonces lo que usted me confirma es que sufre un desdoblamiento de la personalidad desde que subió a ese castillo, ¿no es cierto?
-Sí, podríamos considerarlo así.
-Perfecto, pues prosigamos por esa vía. ¿En ese momento, iba usted con alguien?
-Bueno, tan sólo con mi perro, pero un rayo lo dejó carbonizado.
-¿Cómo que carbonizado?
-No quiero hablar de eso, fue algo horrible.
-¿Usted lo vio todo?
-Sí, claro, perdí la vista durante dos semanas, pero posteriormente la recobré.
-¿Y su perro?
-Ya le he dicho que mi perro quedó como un leño después de estar toda la noche ardiendo en Las Hogueras de San Juan.
-¿Debió ser duro?
-Muy duro, doctor. Muy duro. No sé si tendrá usted perro, pero le aseguro que ese perro lo era todo para mí.
-¿Y se ha comprado otro?
-No, pero le escribo cartas a diario.
-Ahora lo comprendo, por eso dice usted que es un escribano.
-Tal vez. No lo tengo muy claro. A veces pienso que todo esto que me pasa es por el efecto del rayo.
-Es probable que tenga algo que ver. ¿Qué le parece que hagamos un pequeño ejercicio, señor escribano?
-Claro, doctor, estoy dispuesto a lo que sea con tal de aclarar mi identidad.
-A ver, tome este papel y este bolígrafo y escríbale a su perro.
-¿De cuánto tiempo dispongo, doctor Bauman?
-No se preocupe por eso, usted escriba todo lo que le venga en gana, de mientras, yo continuaré leyendo un poquito. Si tiene cualquier consulta, no dude en preguntarme.
Bernardo Gómez del Portillo y Calatrava comenzó a escribir. El doctor Bauman comenzó a leer. Los minutos fueron pasando como a cámara lenta, plomizos, pretendiendo favorecer con su parsimonia a ambas partes en su intelectual cometido. Bauman no levantaba la cabeza de su libro, todo lo contrario que Bernardo que parecía no avanzar demasiado con la misiva a su difunto can.
-¿Qué lee, doctor?
-Un viejo libro japonés que escribió un tal Kobayashi. Sabe...al pobre lo mataron unos policías de su majestad imperial de una paliza. ¿Qué injusticia, no le parece?
-Más injusto es lo que le pasó a mi perro.
-Por favor...¡no compare!
-Ya veo, a usted no le gustan los perros, es eso. Lo había notado desde el principio.
-Sí, lo confieso, los perros no son santo de mi devoción. Desde que me atacara uno de pequeño les guardo cierto rencor.
-¿Y cree usted que es justo que paguen todos los perros por lo que le pasó, hace tanto tiempo, con uno?
-Es cierto, no le puedo quitar la razón.
-¿Se ha tratado ese trauma infantil con algún colega?
-No.
-¿Por qué?
-No me gusta mostrar mi debilidad, y menos áun delante de otro colega de profesión.
-Pues ya lo está usted haciendo, así que aproveche la oportunidad y desembuche ahora o calle para siempre.
-¿En serio es usted psicólogo?
-Hice la carrera en la Complutense y un máster en psicología forense en la de Navarra. Así que, si le parece bien, deposite en esta cartera de piel de vaca de la marca Montblanc, fabricada en Suiza, los cien euros que le acabo de sufragar, y prosigamos la terapia que falta le hace. Todo el mundo piensa -aclaró Bernardo- que la marca Montblanc es una marca para excéntricos asquerosamente ricos, pero yo soy de los que opinan que la elegancia no tiene precio. Pero, como le iba diciendo: Cuando tenía siete años, el pastor alemán de mi vecino se abalanzó sobre mí y...
-Perdone, Bernardo, mi abuelo, en paz descanse, repetía una y otra vez que el dinero es como un yo-yo: lo mismo que viene se va -comentó meditabundo el doctor Bauman, interrumpiendo la explicación del paciente venido a más.
-En eso estoy totalmente de acuerdo con su abuelo, pero le ruego que no vuelva a interrumpir que no tenemos toda la tarde -exclamó Bernardo- que yo, a diferencia de usted, tengo la consulta de bote en bote.

lunes, 20 de junio de 2016

¡Vuelve Tomasa, vuelve!


¿Han visto por ahí a una tortuga?. Aparentemente, es una tortuga muda, sorda, y lenta, muy lenta, pero yo la quería mucho porque era mía. La perdí hace algún tiempo. Dicen que se marchó corriendo, diciendo improperios, harta como estaba de escuchar tantas sandeces por televisión. Ella era tan aficionada al tomate y a la lechuga como de apostarse debajo de la mesa de camilla para ver la televisión. Y esa mala costumbre fue la que, al final, le acabó pasado factura. 
Elegante vegetariana vintage. Dura de mollera y de caparazón. Aún recuerdo, como si fuese ayer, cuando le atacó un perro salchicha afanado por comer otra cosa que no fueran croquetas liofilizadas. Mi tortuga, del susto, estuvo dos semanas sin salir de su confortable coraza. A diferencia de otras tortugas que son más de asolearse y de abstraerse de la actualidad, ella era mucho de leer. Leía con pasión a los ensayistas centroeuropeos críticos con el comunismo y defraudados por el capitalismo. Siempre tuvo, mi tortuga, grandes convicciones socialdemócratas. Sé, de buena tinta, que era una devota apasionada de Willy Brandt. De hecho, nacieron por las mismas fechas. Mi tortuga era más vieja que Cascorro y había puesto durante su dilatada vida la nada despreciable cantidad de treinta y dos puestas con una media de quince huevos en cada una. Mi añorada tortuga se fugaba de casa, de manera incontrolada, trepando cada primavera por el balcón, como hacen los gatos, para aparearse con todos los tortugos que encontraba por el barrio. Luego, tullida y decrépita, a la par que plenamente satisfecha, regresaba a casa poniendo cara de no haber roto un plato en su vida.
Una vez se equivocó de casa y se metió en la del vecino. Aún recuerdo la depresión que agarró la pobre cuando se enamoró de unos zapatos de piel de cocodrilo que mi vecino se había comprado en su viaje de novios a México. Al final, el vecino se percató de la ocupa que tenía en su armario zapatero y me la devolvió cuando yo ya la daba por perdida. En uno de esos zapatos ella depositó la nada despreciable cantidad de dieciséis huevos, que se malograron al sufrir un ataque de hongos.
Tomasa, que así se llamaba mi adorable tortuga, siempre fue para mí como una hermana. Yo nunca fui de perros, ni de gatos, ni de otro tipo de animales de pelo ni pluma, de hecho, Tomasa fue, ha sido, y será para siempre, mi única mascota, ya que su silenciosa presencia no la consigo reemplazar con ninguna otra.
Se perdió al día siguiente de ver en televisión un programa de cocina tailandesa en el que un cocinero bizco preparaba una sopa de tortuga. Esa noche, antes de su definitiva marcha, sentí en sus ojos que ya no confiaba en mí. 
Mi vida, sin Tomasa, y sin sus cagadas con olor a huevo podrido esparcidas a discreción por el suelo de mi casa, ya no es la que era. Por favor, queridos y solidarios lectores, si ven por ahí a mi tortuga les ruego que la recojan y me la regresen. La podrán reconocer porque siempre lleva el libro que anda leyendo sobre el caparazón y, por la edad, lleva gafas para ver de cerca.
Se recompensará.

jueves, 16 de junio de 2016

El Templo de Poseidón


Siempre que regreso de Atenas, o tal vez por lo mayor que me estoy haciendo, me siento como un Dios del Olimpo. Esta mañana visité, acompañado por mis impagables anfitriones Katerina y Dimos, las interesantes ruinas del Templo de Poseidón, situado en Sunión, a poco menos de una hora en coche desde la capital griega. Las perdices y las urracas, que han colonizado las ruinas, te reciben con un recital onomatopéyico, y junto a una taquillera bien entrada en carnes que te exige ocho euros para permitirte el acceso al recinto, los plumíferos te reclaman comida a cambio de acompañarte, cual rocambolesco séquito, durante toda la visita. Por el interés te quiero Andrés. La cuestión es ganarse la vida a cuenta de los dioses. Yo les rezo a los míos para que las ventas sigan por el buen camino, ya que yo, no sé si lo sabrán muchos de mis lectores, vivo de las ventas de champú y no de escribir novelas maravillosas que no sabría ni cómo comenzar y, sin duda, mucho menos cómo acabar.
Para llegar a Sunión hemos tenido que recorrer un rosario de playas que harían las delicias de cualquier turista poseedor de una buena tarjeta de crédito. Ante nuestros ojos aparecen playas con tumbonas y chiringuitos, playas privadas, pequeñas calas, románticos islotes que se venden a precios módicos, yates de lujo entrando y saliendo de la bahía que conduce al Pireo, modernas granjas flotantes de peces, tabernas y más tabernas repletas de buen pescado con tzaltziki, y vino de la tierra. Tabernas no muy distintas de las tabernas que sus ancestros sembraron en nuestro país, antes de marcharse, y que aún siguen por ahí con su nostálgico cartelito de "tabernas". Si el veinte por ciento de nuestro vocabulario proviene del griego, no menos sucede con nuestra gastronomía. Poseidón, el dios mitológico del mar, creó -y aún permanece en un sustrato latente debajo de patrias y banderas- un país único cuyas riberas están bañadas por el Mediterráneo. Porque, si lo pensáramos bien, Egeo, Adriático, y el más alejado Mar Negro, no dejan de ser hijos menores del gran reino de Poseidón, y, por tanto, miembros de una misma nación de la que hace siglos que desertamos pero que nos seguirá hermanando sigilosamente, queramos o no, hasta que la ranas críen pelo.
Es por tanto el Mediterráneo, de manera soterrada, una gran nación de naciones, una entidad no reconocida pero que comparte una cultura milenaria en la que se aúnan y perciben una forma de sentir, de vivir, de sufrir, de resistir y de crear en la que, todos los que vivimos en los países ribereños de estos mitológicos mares del sur, nos sentimos emocionalmente reflejados.
Claro que, para ser consciente de esto, uno tiene que haber viajado un poco, y haber leído otro tanto, en lugar de estar pensando en pegarse de puñetazos por un partido de fútbol.
Yo planteo esta teoría desde el avión, a diez mil metros de altura, mientras me tomo una limonada con jengibre y la rubia que tengo a mi lado, que lleva doscientos cincuenta tatuajes, colorea sobre una libreta de dibujos que sirve únicamente para estar a la última y no comerse las uñas. 
Me ha entristecido ver como a la estatua de Poseidón, al igual que a Cervantes, le faltaba un brazo. Eso sí, presentaba bien marcados los abdominales y llevaba un peinado con rastas, al más puro estilo afro -tal vez intentando con ello hacer un guiño a los habitantes de sus posesiones del sur- y presentaba unas formas muy estilizadas, como de gimnasio de a treinta el mes. La única pega -siempre soy de poner una pega- la encuentro en su diminutamente desproporcionado paquete testicular y su pequeño pene, el cual, visto sin acritud, me ha parecido poca cosa para un dios de su envergadura. Ese asunto me ha defraudado un poco, la verdad, porque siempre había imaginado que para ser un dios, como Dios manda, había que tenerlos bien puestos y ahora veo que no, que con poca cosa también puede ir uno, por ahí, endiosado.
Conocer el Templo de Poseidón, asomarme a sus impresionantes acantilados, otear desde su altura la inmensidad de ese inmenso mar azul mientras pasaba un yate de lujo valorado en varios millones de euros, me ha causado una gran conmoción. ¡Es el Bentley de los yates! -ha dicho Dimos, que sabe más de cuestiones náuticas que yo, o que hasta el mismísimo Poseidón. 
Como les decía, que me enrollo más que las persianas, visitar este mitológico templo me ha hecho recapacitar sobre el sentido mismo de lo que somos y de lo que queremos ser, y yo, desde este templo, con temple y con cordura, he llegado a la conclusión de que soy lo que quiero ser: un vendedor de champú, y de tratamientos para la caída del cabello, calvo de solemnidad, y con más cuento que Calleja.
Ay si Poseidón levantara la cabeza y viera en lo que hemos convertido sus mares, seguro que, enfurecido, arrojaría contra nosotros una tempestad de padre y muy señor mío. Y entonces, en ese fatídico instante, con el agua hasta el cuello, nos íbamos a creer menos de lo que nos creemos.

sábado, 11 de junio de 2016

Contraparte


Siempre hay una versión diferente de todo. Si hay una parte, hay una contraparte -explicaba Lucía con premeditado paroxismo- Si hay una verdad, hay una mentira. Si hay un amigo, hay un enemigo. Si hay un perro, hay un dueño. Si hay alguien que habla es porque hay alguien que escucha. Si hay alguien que mata alguien cae asesinado. Si hay alguien que llora es porque hay alguien que hace llorar, y tal vez ríe disfrutando del llanto ajeno. Como tal vez ríe el que mata, o el que roba, o el que se escaquea mientras los demás trabajan. O como disfruta el que evade impuestos mientras los demás pagamos religiosamente -¿comprendes a lo que me refiero, Roberto? ¿O no comprendes nada cómo nunca comprendiste nada?
Siempre hay una versión diferente de la historia -continuó explicando Lucía como si todo ese discurso fuera algo prefabricado de antemano- En nada se parece la historia que cuentan los vencedores a la que narran los vencidos. ¿Acoso no leíste veinte veces "Las cruzadas vistas por los árabes", de Amin Maalouf? En nada se parece lo que se ve desde afuera a lo que se vive desde adentro. ¡Lo que yo he sufrido contigo, Roberto!... Y tú, impávido, nunca te dabas cuenta de nada. Hasta el asesinato más cruel se puede disfrazar de romanticismo. El holocausto como higiene social. La religión como arma arrojadiza. Las banderas, los mapas, los pasaportes, las causas justas, las ideologías políticas, los equipos de fútbol, todo tiene su antagonismo. Todo tiene su cara y su cruz. Y tú eres mi cruz, Roberto...¡eres mi cruz!. En eso te has convertido, durante todo este tiempo, en mi cruz.
-Siempre hay una versión diferente de todo, estoy segura -decía ella, mientras acercaba sus labios de terciopelo rojo a una taza repleta de un humeante y aromático café, como si después de soltar todo aquello no hubiese pasado nada- Estoy harta, muy harta de no disfrutar nada en la cama contigo -le dijo- ¿Acaso no te das cuenta de que finjo todos mis orgasmos? ¿Acaso eres tan memo, Roberto?
Él la miraba fijamente, sin capacidad de articular palabra, tan impotente con el lenguaje como con esa verga instantánea y tragicómica. Roberto sintió como su corazón se aceleraba. Toda su vida, de veinte años en común, pasó por su mente como un rayo en una tormenta de verano. Un sudor frío recorrió todo su cuerpo mientras, a su alrededor, la gente se desfiguraba, se deformaba, se volatilizaba, desaparecía. 
Tras recomponerse de tan colosal envite, Roberto se levantó de aquella butaca de diseño, sacó de su cartera un billete de diez euros, que puso sobre la mesa, y respondió sosegadamente a Sofía: -nos veremos en los juzgados- Por cierto, cariño, hace meses que sé que te acuestas con tu psicólogo, como también sé lo del rollo que te llevas con tu jefe desde hace mucho tiempo. Como bien decías al principio de tu perorata, Lucía, si hay una infidelidad hay un cornudo. Si hay un tonto hay un listo, una lista en este caso. Es cierto todo lo que has expuesto, Lucía, siempre hay una contraparte. Una jodida, doliente y silente contraparte. Hay que ver cuánto has aprendido con ese argentino.
Y diciendo esto, Roberto, salió de aquella moderna cafetería, poniendo punto y final a veinte años de relación y aborreciendo definitivamente a Freud.

jueves, 9 de junio de 2016

Sadomaso, botón, gustillo


A veces, pobre de mí, pienso que hay personas esperando a que les escriba algo. Fantaseo con lectores ansiosos por leer mis ocurrencias, por estrujarse sus atolondradas neuronas con los mensajes que planteo entre líneas, como haría un visionario argentino de la autoayuda, o como un filósofo checo en el exilio. 
A veces, pobre de mí, pienso en ellos. Pienso en mis lectores y los veo, ahí, en peligro, saturados de información, tras una infecta pantalla con más huellas que una playa en verano, repleta de polvo, bacterias y segregaciones varias. Los imagino: ellos en pijama, ellas en camisón; otros vestidos de uniforme reglamentario, otras de lagarteranas, otras y otros en pelota picada, sudando, respirando, tomándose una horchata de chufa bien fría, o zampándose un trozo de pizza cuatro estaciones.
Y, a la mayor de las infecciones contagiosas, al mayor de los riesgos a los que se someten voluntariamente mis osados lectores, son mis relatos. 
-Es tu forma de escribir la que nos engancha -me han llegado a decir, apesadumbrados. 
Si les engancho como una droga, debo de ser algo así como un camello del extrarradio que regala papelinas a las puertas de un bareto para enganchar a sus potenciales clientes en el consumo pernicioso de estupefacientes; un canalla que busca acólitos para generar en ellos una dependencia ideológica, casi sectaria, sin ninguna lógica, y sin ninguna utilidad práctica, ni económica. Soy un arquetipo de canalla, provinciano y madrugador, cuya única funcionalidad viene propiciada por una especie de exudación cutánea que segregan las yemas de mis dedos, y que componen aleatoriamente un desconcertado concierto sobre el teclado, cuyo resultado, en ocasiones, es una nueva, e infumable, publicación como esta que están leyendo, que me ayuda a mantener vivo este camino, que no conduce a ningún sitio, pero ni falta que hace. 
Parafraseando a Zygmunt Bauman: 
        "El amor no encuentra su sentido en el ansia de cosas ya hechas, completas y terminadas, sino en el impulso a participar en la construcción de esas cosas."
El ejercicio de crear, de construir "cosas", es, aunque probablemente ya lo sepan ustedes de sobra, un sufrimiento, un flagelo, un parto con dolor al que uno, en plan sadomaso, le va cogiendo el gustillo.
Y para muestra un botón. 
Pensándolo fríamente: ¿Qué es lo que pretendo construir? ¿Qué es lo que, con tanta insistencia, intento transmitir? Ojalá lo supiera...

domingo, 5 de junio de 2016

¿Adónde está mi Europa?


Ana María está a mi lado. Observo con embeleso sus ojos redondos de color indefinido, a veces verdes, algunas azulados, otras parduzcos, depende de la luz. Ella disfruta con su Peppa Pig y yo disfruto de ella y les escribo. En su casa, mi hija mayor estudia, desesperada, ante la inminencia de su selectividad.
El mundo, mi mundo, vuestro mundo. Tantos mundos como personas, como familias. Tantas realidades distintas. Tantos universos paralelos. Familias que lo tienen todo y familias que sólo se tienen a ellos mismos. 
Las playas del Mediterráneo, o del Egeo, o las eternas fronteras norte-sur de toda la vida, de las que ahora hablamos mucho menos pero que siguen ahí, siempre han sido una especie de ruleta rusa. Ganar o perder. Vivir o morir. Aspirar a una vida digna ya no es una opción, y dejarse morir bajo las bombas, o de inanición, es la sugestiva elección que les brindamos a los desheredados de nuestro utópico sistema. 
Y ante esta horrible realidad, Europa ha subcontratado la solidaridad turca. El neoliberalismo tiene una gran tendencia a la subcontratación: subcontratar hospitales, escuelas, aeropuertos, autopistas, puertos, y lo último de lo último: subcontratar solidaridad a golpe de talonario. El taconazo a los problemas mediante soluciones de rico. Hipotecadamente ricos, permítanme la expresión. 
La Europa como paradigma de la socialdemocracia, los derechos humanos, y la solidaridad es el cadáver de un niño sirio llamado Aylan Kurdi varado en una playa griega. La crisis económica ha lijado nuestra fina capa de barniz ideológico y ha hecho aflorar todas nuestras imperfecciones. Imperfecciones que vivían ocultas bajo capas de maquillaje en forma de euros y que la crisis, como un abrasivo peeling, se ha llevado por delante. Cuando no hay dinero, para nuestra desgracia, afloran las ideologías más extremistas.
En España, dando ejemplo, miles de ayuntamientos se han ofrecido para acoger a los refugiados y estos no llegan para que no nos pase lo de Austria, o lo que le está pasando a Merkel en Alemania. 
Ahora, al parecer, el mejor asilado es el que no llega. Los pobres han de estar bien lejos y, ha ser posible, mudos e invisibles. ¿Esta es la Europa que tanto hemos luchado por construir?
¿Adónde está la Europa con la que yo soñaba para mis hijas?

viernes, 3 de junio de 2016

El sabio Ramón


Hace unos días, en el supermercado del pueblo, me tropecé con un señor bastante pintoresco. Bueno, tampoco hay que exagerar, si lo vieran ustedes les parecería el típico santón de libro: barbudo, calvo por delante y con el pelo de atrás largo y recogido en una cola. Como atuendo lucía una especie de túnica blanca y unas sandalias antediluvianas.
Lo vi pagando en la caja y me fijé en lo que se llevaba: unas velas y un kilo de sal. 
Cuando se marchó, no me pude reprimir y le pregunté a Carmen, la señora del ultramarinos:
-¿De dónde ha salido ese elemento, Carmen? 
-¿Nunca lo has visto por aquí antes, Fulgencio? -me preguntó la tendera.
-No. Creo que es la primera vez que me tropiezo con él. 
-Pues hace unos meses que vive arriba en la cueva.
-¿En qué cueva? -me interesé.
-En la de los yesos. Antiguamente los vecinos subían ahí a por yeso y luego lo quemaban; con eso hacían las casas nuestros abuelos cuando aún no se conocía el cemento. Ramón se marchó de aquí siendo muy jovencito y, al parecer, ha dado la vuelta al mundo.
-¿En serio? -pregunté con curiosidad.
-Sí. Según dice él, ha estado casi cincuenta años, de país en país, buscando el sentido de su propia existencia -comentó la tendera como no hubiera hecho mejor un profesor de filosofía, o el propio Schopenhauer.
-¡Qué interesante! -le respondí.
-Sí, es un señor muy peculiar. Da gusto hablar con él, aunque últimamente siento que se fatiga mucho al hablar. Sabe de todo. De hecho, cada vez sube más gente a pedirle consejo - confesó Carmen.
-¿Consejo sobre qué? -pregunté sorprendido.
-Sobre cualquier cosa. Pese a que vivimos en la Era de la Información, la gente cada vez tiene más dudas. ¿Para qué nos servirá tanta información si ni tan siquiera somos capaces de entender lo que leemos? -cuestionó la mujer.
-Pareces una erudita, Carmen -comenté.
-Claro, como dijo Joaquín Sabina: ¡erudita de supermercado!, jajaja. Ramón me ha enseñado mucho, subo todo los martes, aprovechando que por las tardes tengo libre, y charlo un ratito con él. Aunque no lo quiere reconocer, está muy enfermito, el pobre. Por cierto, mañana es martes: ¿quieres subir conmigo y le hacemos un visita, Fulgencio? -me propuso Carmen.
-¡Claro! -exclamé sin pensarlo dos veces.
-Pues nos vemos mañana, aquí mismo, a eso de las seis de la tarde, ¿te parece bien?
-Perfecto, aquí estaré.
Esa noche, pregunté por él a unos vecinos y me comentaron que habían escuchado algo sobre la presencia en la zona de un viejo hippy, pero que, desde hacía años no subían a la Cueva de los Yesos. Me quedé dormido pensando en cómo sería mi vida dentro de una cueva; una cueva que, al parecer, no estaba habilitada como vivienda, no debía contar ni con las mínimas condiciones de habitabilidad y estaría llena de murciélagos.
A la hora acordada, Carmen estaba en la puerta del ultramarinos vestida como Dora la Explaradora. Yo, por mi parte, me vestí de manera habitual, o sea, como cualquier hijo de vecino que compra su ropa en las rebajas de Springfield o en las de Zara.
-¿No te has vestido de deporte para subir? -cuestionó Carmen.
-No imaginé que fuera necesario vestirme de una manera especial...
-Pues, hombre, no es que vayamos a subir al Everest, pero la cuestecita que nos espera se las trae -explicó mi amiga.
Iniciamos la marcha. Ella iba delante y yo detrás. La cuestecita tenía poco de cuestecita. Aquello era como la versión gore de la subida al Monte Calvario. Yo sudaba, si tenía que sudar y, por el contrario, Carmen iba más lozana que una adolescente de quince años en la romería.
-No pensé que la cueva estuviese tan lejos -comenté, mientras cogía resuello apoyándome al tronco de un viejo algarrobo.
-No está lejos pero el desnivel es muy pronunciado -dijo Carmen, tan fresca como una mañana de enero.
Al llegar, encontramos al santón sentado como un buda mirando la puesta de sol.
Tras saludarnos, sin demasiados parabienes, nos invitó a sentarnos.
Ni que decir tiene que las pasé canutas para sentarme a lo Buda pero al final, tras varios vergonzosos intentos, lo conseguí.
-Ramón, te presento a Fulgencio -dijo Carmen- es un vecino de las nuevas urbanizaciones que rodean al pueblo -explicó la tendera, de manera protocolaria. 
-Mucho gusto Fulgencio. ¿Es usted, en realidad, un nuevo rico, o tan sólo vive por encima de sus posibilidades? -me soltó a bocajarro el barbudo.
-¿Y, usted, es un eremita o un prófugo? -golpeé con una pregunta en defensa propia.
-Sí, se podría decir que sí. Tengo algo de las dos cosas. Pero: ¿y usted, qué es usted? -insistió.
-Un trabajador comprometido con su deber -le intenté explicar.
-¿Y debe usted mucho? ¿Casa, coche, viajes aplazados tal vez, aparatos de alta tecnología y gran eficiencia? ¿Qué debe usted? -volvió a cuestionarme, mientras se mesaba la barba.
-Me siento un tanto abrumado por tan inexplicable recibimiento. Me está resultando un poco incómodo todo esto -confesé abiertamente.
-Discúlpe, Fulgencio, pero a su llegada percibí que traía sobre sus espaldas una pesada carga -exclamó el santón.
-¿Una carga? -me interesé- ¿Cómo que una carga?...
-Dos hijos, doscientos cincuenta mil euros de hipoteca a treinta años de los que aún le quedan veinte por pagar, un coche de alta gama financiado a cinco años, un jefe impresentable y adicto a la cocaína, y una amante, de la que ya está más que aburrido, pero no sabe cómo quitarse de encima, ¿no es así? -preguntó Ramón, mirándome con cara de abogado de oficio.
-¿Y cómo sabe usted todo eso? -pregunté desencajado.
-Lo leí en su cara. Dicen, y muy bien dicho por cierto, que la cara es el espejo del alma. Cambie de camino, Fulgencio, ya es hora de que usted ponga un poco de orden en su vida -dijo mirándome fijamente a los ojos con una mirada que, por momentos, me recordaba a la de mi propio padre.
A todo esto, Carmen no decía ni mu. A decir verdad, la sentí un poco tensa. La situación que se había generado, sin venir a cuento, no era para menos.
Pero Ramón prosiguió con sus elucubraciones.
-¿Está usted leyendo al italiano Papini, verdad? Le ha sorprendido que, en uno de sus capítulos, hiciera referencia al escritor noruego Knut Hamsun, un escritor que ganó el premio nobel en 1.920, y del que usted ha leído, recientemente, uno de sus libros: "Victoria", creo que se llama. Lo compró en el FNAC, caprichosamente, como siempre compra usted todos los libros -explicó el santón, ante la atónita mirada de Carmen.
-En realidad, Ramón, me está usted asustando. No doy crédito a todo esto. Es imposible que usted sepa tanto sobre mí -dije superado por las circunstancias.
-¿Imposible? ¿Acaso aún cree usted que hay cosas imposibles?
-¡Claro que hay cosas imposibles! - Exclamó Carmen, dando prueba con ello de que estaba bien atenta a la conversación y que recobraba el aliento.
-¿Cómo qué, a ver? -cuestionó el santón- ¿Viajar a Marte? ¿Vencer al SIDA? ¿Cambiar el corazón a una persona? ¿Erradicar el hambre en el mundo? ¿Acabar con las guerras?. Lo que no está hecho, convénzanse, es porque no interesa hacerlo -planteó el eremita con rotundidad.
-¿Sugiere usted, acaso, que el hombre puede llegar a conseguir todo lo que se proponga? -preguntó, Carmen, interesada.
-Absolutamente todo. Según dicen las escrituras: Dios creó al hombre a su imagen y semejanza. Cada uno de nosotros formamos parte de él. Cada uno de nosotros tiene, por consiguiente, tanto de Dios como de hombre. Como tenemos tanto de nuestra madre como de nuestro padre. Entre nosotros y nuestro entorno no hay diferencias, formamos parte de un todo. No somos más que un cúmulo ordenado de células conectadas a otras acumulaciones en forma humana, en forma de rana, o en forma de coliflor -explicó Ramón, no sin cierta dificultad.
-¿El hombre vencerá a la muerte? -aproveché para plantear, a esa especie de oráculo barbudo, la pregunta que tanto me atormentada desde bien pequeño.
-¿Y qué es la muerte? ¿Han reparado alguna vez en ello mis queridos visitantes? Voy a intentar explicarles mi punto de vista sobre eso: la muerte es un cambio meramente físico; una simple traslación desde nuestro estado biológico a nuestro estado químico como antesala a la vuelta irremediable a la tierra. Y esa transformación cierra el círculo de nuestra singularidad para devolvernos al medio, un medio común, a la tierra como matriz, de la que todos venimos y a la que todos, antes o después, regresaremos. Yo estoy en esta cueva matriz, una cueva que se sumerge en las entrañas de la tierra por una serie de pasadizos, para sentirme más cerca de nuestros orígenes. Sé que mi cambio está cerca; ya siento hace días la llamada de la Pachamama. La estoy sintiendo ahora....La siento muy cerca de mí. Demasiado cerca...
Diciendo esto, el santón, dio dos pasos hacia atrás, y se colocó justo enfrente de un pequeño altar, sobre el que había colocados un montón de sal y una imagen de La Virgen de La Candelaria. Las velas, que había comprado en el supermercado, crepitaban excitadas como presagio de un fatal desenlace. Ramón, ante aquella representación de sincretismo, intentó hacer una reverencia pero no lo consiguió. En ese momento, llevándose las manos al pecho, nos lanzó una última mirada, cayó postrado de rodillas, y con apenas un hilo de voz, exclamó:
-Muero para seguir vivo. A la madre tierra me debo y a la madre tierra regreso. 
Y diciendo esto, ante nuestras miradas de asombro y de estupor, al santón se le pusieron los ojos en blanco y de súbito dejó de respirar. Cayó sobre el altar, como un árbol que hubiera sido talado, y ahí quedó inmóvil.
Carmen lloraba, desconsolada, mientras yo intentaba calmarla, sin demasiado éxito. Un enorme olor a pelo chamuscado salió de improviso del cuerpo del difunto, hasta que nos dimos cuenta de que la barba del infortunado eremita estaba ardiendo al haber caído de bruces encima de una de las velas.
Una vez reducido el incendio, y aplacado el llanto de mi tendera, Carmen me comentó, entre sollozos, las últimas voluntades que Ramón le había legado apenas si hacia unas semanas. 
-Tenemos que llevarlo hasta la cámara mortuoria, que él mismo ha dejado preparada en uno de los antiguos hornos de yeso, y prenderle fuego. Eso es lo que él me había encomendado -me confesó.
Como se pueden ustedes imaginar, yo tuve muchas dudas sobre la legalidad y la idoneidad de lo Carmen me estaba proponiendo, pero, viendo la cara de mi amiga y las barbas chamuscadas del eremita, se desvanecieron todas mis dudas y me presté a colaborar en aquella especie de funeral hindú.
Y así hicimos; el humo brotó de aquella rudimentaria chimenea, casi cien años después de su último uso productivo.
Han pasado ya varios días y nadie en el pueblo ha reparado demasiado en su ausencia. A Carmen le preguntan en el supermercado y ella insinúa que Ramón se ha debido marchar. Él era un hombre del camino, en continuo tránsito, como él mismo decía - explica a sus contrariados clientes.
La vida es sólo eso: un camino. Un eterno e insospechado camino. Como dijo Platón: "Sólo los espíritus vulgares no tienen destino". 
Aún no he tenido tiempo suficiente para recapacitar sobre todo lo acontecido. Esta tarde, mi esposa, mis dos hijos y yo, hemos quedado con Carmen para subir a la cueva y disfrutar de la maravillosa puesta de sol que desde allí se contempla. Con la que no he vuelto a quedar -y no pienso volver a hacerlo-, ha sido con mi amiga Lucía. No se me va de la cabeza lo de cambiar de trabajo. Sé que, antes o después, lo tendré que hacer. Gracias a Ramón, sé que debo hacerlo.