viernes, 1 de junio de 2018

Mi gran historia cubana


Ahora que intento escribir esta historia que hace tanto tiempo guardo dentro de un cajón en mi memoria, viajo en un tren. Viajo en un tren de alta velocidad con destino a Madrid, como de alta velocidad es nuestra propia vida que pasa tan rápido como un torbellino. Aunque la historia que les voy a compartir no comenzó en un tren, comenzó en un barco.  En realidad, no tengo ni idea de cómo comenzar a contarla. 
Lo cierto es que sucedió hace mucho tiempo. Yo, por aquel entonces, era muy joven; un joven iluso y muy inquieto en el terreno político, y socialmente muy comprometido. Más o menos, por aquellos años, así era yo. Pero comprometido con qué, se preguntarán, pues comprometido con todas las causas justas del mundo. 
Por aquella época yo era un joven activista solidario y ecologista a más no poder. Aún recuerdo con emoción, y por qué no decirlo con orgullo: mis luchas, mis acciones, mis denuncias, mis reuniones, mis manifestaciones, y mis constantes escritos a los medios de comunicación sin apenas saber escribir. 
Por aquel entonces, gracias a la sección de contactos de la Revista Integral —que para muchos de nosotros era algo así como el Boletín Oficial del Estado—, yo mantenía una relación epistolar con un joven cubano. Un joven cubano al que ayudaba en todo lo que podía: le enviaba medicinas, calzado, ropa, leche en polvo, libros... De alguna forma, apoyar a ese hombre, era una manera de apoyar un mundo de utopías que para mí eran irrenunciables. Siempre, apoyando a los demás, he sentido que me apoyaba a mí mismo, de tal manera que hasta la generosidad, al menos en mi caso, supone, en cierto modo, un acto de egoísmo. 
Cuando tuve la primera oportunidad de viajar al otro lado del mundo, cómo no podía ser de otra manera, decidí viajar a Cuba. Quería enfrentarme a mis sueños, conocer a mi amigo, escuchar sus músicas, bañarme en sus aguas, disfrutar de la grandiosidad de sus paisajes, y, sobre todo, quería seguir compartiendo mi suerte con otras personas que no disfrutaban de las mismas oportunidades que yo. Viajar a Cuba, y no a otro lugar del mundo, era mi forma de romper el embargo, de revelarme contra el bloqueo, y de mostrar mi apoyo y mi solidaridad a un pueblo que luchaba, y que hoy día sigue luchando, por salir adelante. 
Y eso tal vez fue lo que me llevó a escribir en aquel libro de visitas una emotiva dedicatoria al pueblo cubano; un pueblo al que admiraba, un pueblo al que, en cierta medida, idolatraba. Recuerdo que fue en el Parque Nacional de Baconao, en Santiago de Cuba, concretamente en un museo de viejos automóviles, aunque, en realidad, toda Cuba es un gigantesco museo de automóviles de todas las épocas —excepto la contemporánea— que volvería loco a cualquier amante de las cuatro ruedas.
Allí, como les decía, estaba esperándome ese libro de hojas amarillentas, humedecidas por aquel ambiente tropical y pegajoso, de hojas ávidas de cariño, de afectos, de letras solidarias, y sobre todo de mí. Ahora sé que mi intuición no me fallaba. Ahora sé que esa ansiedad mía por conseguir un bolígrafo con el que escribir esa dedicatoria al pueblo cubano, no era un simple brindis al sol, era algo necesario y trascendente. Por eso lo hice. Tenía que hacerlo. En algún lugar estaba escrito que así tenía que ser y yo tan sólo me convertí en una herramienta del destino. Ese libro, ese bolígrafo, y yo, estábamos allí para que todo lo que tenía que desencadenarse, después de aquel ejercicio literario tan modesto, pudiera suceder. 
Y sucedió… Sucedió porque, tras aquella dedicatoria que me salió del alma, escribí mi dirección completa en España. Me di cuenta, al hacerlo, de que nadie lo hacía, pero, no me pregunten la razón, yo sí lo hice. Sabía, sin saberlo, que esa era mi obligación. Y allí, en aquella sierra, en la que comenzaron a cambiar tantas cosas en la historia reciente de Cuba, comenzó a fraguarse el cambio en la historia de una hermosa familia. En la historia de una familia que, en sus orígenes, marchó a Cuba, harta de pasar hambre y calamidades. En la historia de dos murcianos, que, como yo,  aunque de distinta manera, marcharon a Cuba en busca de un sueño. 
Y ese mágico nexo de unión, casi un siglo después, fue el mismo que nos volvió a unir.
Cada vez tengo más claro que todo círculo que se abre no se convierte en una línea recta, se convierte en una especie de órbita que, antes o después, vuelve a cerrarse. Aunque, no me hagan mucho caso, a veces pienso así, y otras veces, sin embargo, pienso de otra manera distinta. 
Luego supe que, esos dos murcianos de Alhama de Murcia que marcharon a Cuba en el año 1.909, se dedicaban a subir y bajar hielo a lomos de unas bestias desde los pozos de la nieve de Sierra España, en un oficio tan aciago como ruinoso, dejaron en Alhama a varias hermanas, de tal manera que las familias se desarrollaron ya cambiando los apellidos, que conservaron en Cuba los varones, y que las hermanas, al casarse, fueron perdiendo en España. 
Varios meses después de ese viaje, recibí una carta. Yo seguía escuchando música cubana: Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, La Vieja Trova Santiguera…Yo aún seguía emocionado con aquellos quince días que había disfrutado en Cuba, pero mis convicciones revolucionarias se vinieron abajo, como abajo se vino el Muro de Berlín, o como se hundió el Titanic. 
Mi amigo epistolar, durante mi visita, me narró, con lágrimas en los ojos, cómo su padre, tras trabajar como empleado en varias tiendas, y hacer multitud de esfuerzos para poder ahorrar, montó su propia tiendita. Me habló de las diferencias sociales. Me habló de discriminación racial y sexual. Me habló de la precariedad y de la injusticia que, pese a esa hipotética revolución, campaban a sus anchas por toda la isla. Al padre de mi amigo, al poco tiempo de alzarse Fidel Castro en el poder, le confiscaron su tiendita. Durante aquel viaje, lo bucólico de aquella revolución verde oliva, se desvaneció ante mis ojos con todo el dolor de mi corazón. Aún recuerdo, mientras atravesaba junto a mi amigo, bajo la oscuridad de uno de sus frecuentes apagones, un barrio popular de Santiago, como alguien me gritó desde alguna ventana: ¡Ahí van los amos del país!, haciendo referencia a mi condición de turista. Aquella frase, aquel grito, aquella reclamación, me dejó helado. De hecho, mi último acto revolucionario como tal fue ponerle de nombre a mi primera hija Yolanda, como la universal e incomparable canción de Pablo Milanés.  
Y aquella carta, como un mensaje a la deriva dentro de una botella, con su sobre distintivo de correo aéreo que le hacía tan especial, con sellos exóticos, con letra estilosa y de origen cubano, estaba en mi buzón. 
Decía algo así:

“Estimado José, mi nombre es Lucila. 
A buen seguro que se extrañará de que me haya tomado la libertad de escribirle sin que usted me conozca de nada. Y lo hice porque en el Museo del Automóvil del Parque Nacional de Baconao, vi por primera vez la palabra Murcia. Nunca, hasta ese momento, y desde que escuchara contar a mi abuelo las historias de su Alhama de Murcia natal, había tenido ocasión de conocer a alguien de Murcia. Dicho esto, desconozco si Alhama de Murcia, tiene mucho o poco que ver con la Murcia en la que usted reside, no sé si estén lejos o cerca una de otra, pero le escribo porque es usted a la única persona de Murcia a la que puedo dirigirme para solicitarle su ayuda. 
Le diré que, desde bien jovencita, comencé a crear el árbol genealógico de mí familia, y siempre, en las ramas que se perdían hacia las tierras de mi abuelo, me faltaron datos que, de poder completar, me harían inmensamente feliz.
Mi abuelo se llamaba Juan Hernández García, y vivía en Alhama de Murcia, en la calle Gil número 14, desconozco si esa calle, siga llamándose así. Sé que allí quedaron sus hermanas, o sea mis tías abuelas, así que en Alhama de Murcia se encuentra, o puede encontrarse, una parte importante de mi familia de la que no tenemos noticias desde hace más de cincuenta años. Y sí, amigo José, cincuenta años son muchos años. Soy consiente de que en medio siglo todo puede haber cambiado; puede que el resto de mi familia también se marchará hacia algún otro lugar a buscarse la vida, pero Alhama de Murcia es el único lugar en el que aún tengo la esperanza de poder encontrarlos. Esa es mi ilusión y esa es la ayuda que me atrevo a pedirle aún sin conocernos, pero esa dedicatoria tan humana que usted nos dedicó al pueblo de Cuba me hace entender que usted puede hacerlo. Ojalá me pueda ayudar a encontrarlos. 
A la espera de sus noticias, eternamente agradecida, reciba un cordial saludo de Lucila Sánchez.”
Aquella misiva, tan cargada de humanidad, y tan cargada de historia, no me dejó indiferente. Mas, al contrario, generó en mí una nueva forma de lucha, otorgándome, tras la caída de mis ideales, un nueva oportunidad para seguir haciendo algo por los demás. Y esta vez no por una Cuba equivocada y enrocada en sí misma, sino por una cubana auténtica, de carne y hueso, cuyas raíces conectaban con mi propia tierra y que, con aquella peculiar petición, ponía en jaque a mi propia capacidad. Aquella carta, me supuso un reto, y como tal, lo acepté. 
Yo trabajaba, en aquel momento, en el bar de mi familia: el Bar Josepe. Un bar que me dio tanto y al que yo entregué, en compensación, doce años muy hermosos de mi vida. 
Desde la barra de ese bar, y en los tiempos muertos, decidí organizar mi búsqueda. En ausencia de Internet, la guía telefónica sería mi base de datos. Subrayé las cuarenta personas que aparecían en la guía, en la población de Alhama de Murcia, y que tenían los mismos apellidos que el abuelo de Lucila. 
Y comencé a llamar. Llamada tras llamada, a todos los que me daban pie, les contaba la historia de unos hermanos que se marcharon a Cuba, tras lo cual la pregunta de rigor que les formulaba era tan sencilla como contundente: ¿Usted recuerda que algún familiar suyo se marchara a trabajar a Cuba?
No, no, y no, fueron las respuestas de todos ellos. Pasaron casi dos meses hasta que di por finalizado ese primer listado. Después inicié una serie de llamadas más oficiales y corporativas: asociaciones vecinales, políticas, musicales, culturales, juveniles, y las respuestas ante esta segunda estrategia fueron tan desalentadoras como en la primera. Han pasado demasiados años —dije para mis adentros. 
Recuerdo que en una de esas llamadas alguien me aconsejó que llamara a las parroquias —tal vez allí le puedan dar alguna información— me dijo.
También recuerdo que pensé que estaba ya enfrentándome a los últimos intentos. Hice varias llamadas más y nada de nada. Todo me hacía pensar que aquel reto estaba perdido. 
Pensé en el timbre de voz que escucharía, desde el otro lado del océano, al llamar a ese teléfono de Cuba que me habían facilitado, para decirle a Lucila que, finalmente, mi búsqueda había resultado infructuosa. 
Pero ese último día de llamadas, al igual que hacía unos meses en el museo del automóvil, era el día que el destino tenía preparado de antemano para ella. Para Lucila, y para su madre, hija de aquel emigrante alhameño y que siempre soñó con pisar el pueblo de su padre, pero también para su esposo, y para sus tres hijas. Ese día el sol brilló especialmente para todos ellos. Todos y cada uno de los astros del universo se alinearon para que, en aquella última llamada, a aquella parroquia en la que nunca coincidía con nadie, en esa precisa y postrera llamada, sí hubiese alguien. Y además que, ese alguien, tuviera la llave que abriría las puertas de una nueva vida para todos ellos.  
Yo contaba al sacerdote, como había hecho anteriormente con tantas y tantas personas, la historia que me contó, y la tarea que me había encomendado, Lucila. Al mismo tiempo, el cura iba repitiendo mis palabras en voz alta, como si estuviera compartiendo aquella información con otras personas. Y ahí fue cuando escuché una voz de mujer que exclamó: ¡Unos parientes míos se fueron a Cuba! Esas palabras nunca las olvidaré: ¡Unos parientes míos se fueron a Cuba!…
Mi corazón dio vuelco. Mi boca se resecó. Mi sangre se aceleró y hasta creo que tartamudeé cuando el cura me propuso que le dejara mi nombre y mi número de teléfono, prometiéndome que, en breve, un hijo, o un sobrino de esa señora se pondría en contacto conmigo. 

A los pocos días sonó mi teléfono. Juan Andreo, Catedrático de Historia de América por la Universidad de Murcia, ahora tristemente fallecido, me llamó. Intercambiamos impresiones y quedamos para encontrarnos en el Ipanema, emblemático bar, también desaparecido, que estaba frente al aulario de la Merced. 
Nos tomamos un café. Durante la conversación me comentó que, curiosamente, él llevaba la tesis a un grupo de estudiantes de historia de la Universidad de Santiago de Cuba y que viajaba allí con cierta regularidad. Me aseguró que, en su próximo viaje, pasaría a conocer a sus primos.
Todo lo que después aconteció ya es algo que se sale de la órbita de mi historia. Tal sólo puedo decirles que su primo Juan Andreo, de manera admirable, contando con la ayuda de algunos amigos, logró traer a España a toda la familia, incluyendo a la anciana madre de Lucila que murió a los pocos meses de llegar al pueblo de su padre. Aún recuerdo lo emotivo que resultó para mí ese entierro. 
Este año, tanto Lucila como su esposo Humberto se jubilan en Alhama de Murcia después de toda una vida dedicada en cuerpo y alma a la medicina en hospitales de Santiago de Cuba y de Murcia. Su hija mayor, Lourdes, también doctora, está casada, vive en El Palmar, Murcia, y espera a su primer hijo. Sus otras dos hijas, Iliana y Yamila, estudiaron bioquímica en la Universidad de Murcia y, ante la imposibilidad de encontrar aquí un trabajo digno acorde a sus estudios, actualmente se encuentran trabajando en los Estados Unidos.
Estoy convencido, aunque nadie evidentemente lo pueda asegurar, de que ese círculo que contribuí a cerrar, de alguna u otra forma se hubiera acabado cerrando sin mi mediación. Sin embargo, misteriosamente, tras todo este tiempo y todo lo acontecido, otro círculo nos vuelve a unir a Lucila y a mí. Ella vive en Alhama y ahora, la empresa para la que trabajo desde hace más de veintitrés años se traslada a Alhama de Murcia.
No me negaran, mis queridos lectores, que esta historia no tiene su magia.
Aquel café que tomé con Juan Andreo nunca se me olvidará. Creo que a mi amiga Lucila tampoco.

lunes, 14 de mayo de 2018

El gigante


Esto que les voy a confesar, antes de tratarlo con mi psicoanalista, no es que me haya sucedido ni una, ni dos, ni tres, no, son ya muchas las ocasiones en las que, durante los vuelos, sufro de unos microsueños en los que se me aparece un gigante que para qué les cuento; un energúmeno con aspecto de hoolingan aeroportuario que lee mis relatos y entra en cólera. 
Petrificado como una escultura griega, ya que nunca me hubiera imaginado que un hoolingan leyera relatos y menos aún los míos, lo escucho gritar y arrojar espumarajos por la boca. Observo cómo se pone colorado, cómo se le hinchan las venas del cuello y cómo se abren las aletas de su desproporcionada y aguileña nariz. Presa de un ataque de ira, grita que está harto de leer mis poses. No entiendo por qué no deja de leerlos si estos le generan tanta desazón. Dice que todo es palabrería, de sentido engañoso, que nada es real, que manipulo a mis lectores, que no soy la persona tan afable y comprensiva que digo ser, que soy más personaje que mis personajes. ¡Coño, pues que no me lea y en paz! Vamos, digo yo.
En ese momento, y no en otro —aunque podría ser en otro cualquiera ya que esto es algo así como un cuento—, se da la vuelta, me descubre, se queda mirando mi rostro desencajado, se abalanza sobre mí sin que ningún pasajero parezca darse cuenta de la tragedia que se está fraguando a más de trece mil pies de altura en un más que amortizado avión de la compañía Croatia Airlines, agarra mi cuello y me zarandea contra el asiento sin que yo pueda hacer nada para defenderme.
Y ahí, convertido en un pelele sin futuro literario alguno, saco fuerzas de flaqueza y le grito: ¡Dejo de escribir, se lo prometo, dejo de escribir!
Pero el gigante, incrédulo ante mi descargo, hunde su dedo anular en mi garganta, arruinando así mis pretensiones de representar a España en el próximo Festival de Eurovisión, y exclama, ya con algo más de sigilo, como por lo bajini: ¡muereee… cobardeee!
Y yo, ante la peregrina indiferencia de todo el pasaje, y de toda la tripulación, voy y me muero. 
Afortunadamente ya he muerto varias veces y, a pesar de ello, sigo escribiendo para acrecentar la incertidumbre del gigante. Como ven, uno nunca tiene bastante.

sábado, 12 de mayo de 2018

Volver


Ayer fue el Día de la Madre y hoy vuelo a Zagreb vía Bruselas. Hace un tiempo que Andrés Neuman y su libro “Hacerse el muerto” pacientemente me esperaban. Al comprar los libros a montones, siempre tengo alguno en lista de espera y este que les cito me andaba esperando hace algún tiempo sobre la mesa de mi estudio. De hecho, creo que se hacía el muerto para que lo dejara en paz.
No me avergüenzo al decirles que cada vez que leo a este argentino afincando en Granada me provoca mucha envidia sana, si es que la envidia pudiera ser sana en alguna de sus presentaciones. 
Ayer recordé a mi madre, al igual que lo hicieron millones de personas, y lo mismo que Andrés Neuman recuerda a la suya en varios de los relatos que se agrupan en este pequeño gran libro, y que me harán compañía durante este viaje de trabajo a Croacia. 
El argentino desvela en sus páginas la complicidad que mantuvo con su madre en los últimos momentos de su vida, que, como en mi caso, fueron momentos aciagos que discurrieron en la inhóspita habitación de un hospital. Momentos peleados fuera de casa, en terreno hostil, sin apenas intimidad y despojados de todo futuro. 
Sentir la impotencia de ver cómo muere la persona que te ha regalado la vida, es una experiencia difícil de asimilar. De hecho, van pasando los años y esa dolorosa sensación me sigue supurando como si de una herida infecta se tratara. Y afloran también las dudas y las deudas que quedaron pendientes: los besos y los abrazos no dados, las visitas robadas, las comidas que no nos comimos juntos, las atenciones que no le brindé. Y, a imposibles, la tristeza de pensar en la nieta que no llegó a conocer.
La vida vuela. La vida se va volando como se van las golondrinas después de cada verano, o como se fue mi madre, o como me voy yo en busca de la vida que ella no supo encontrar.
Andrés Neuman, como ocurre con todos los buenos escritores, abre fuego a discreción sobre nuestras conciencias, y, curiosamente, siempre acierta de pleno, con sus balas de letras envenenadas, en la débil fibra de mis emociones. 
Mi madre no se mereció la vida que llevó, no se mereció la vida que le dimos. Ellas, irremediablemente, se fueron para siempre, nosotros, sin embargo, aún tenemos que volver y alguna que otra cosa que contarles.

domingo, 6 de mayo de 2018

Hombres, machos y viceversa


Hoy como es el día de las madres, y todo el mundo escribirá sobre las madres, yo escribiré sobre los hombres. 
Los hombres somos unos seres extraños, lo sé porque soy uno de ellos. Ya en el colegio, según íbamos creciendo, algunos más que otros, nos dábamos cuenta de que el macho más fuerte era el que intentaba tomar el control, y, por otro lado, observábamos a otros machos, no sé si tan machos, que intentaban controlarlo todo desde la inteligencia o desde la astucia. Pero, no se vengan a engaños, habían, y hay, más tipos de machos. Los hay que buscan pasar desapercibidos, sin dar la cara, navegando entre dos aguas, adorando al macho más fuerte, afiliándose con el grupo dominante, formando masa macho, que es algo así como la masa madre del pan. 
Pero, como les decía, hoy no pretendo hablarles de las madres, ni de las masas. Pero sí de los hombres. Esos seres megalómanos, conquistadores, campeones, buscadores empedernidos del éxito y del sometimiento.
Hombres educados en la hombría. Hombres criados con más o menos educación pero educados para ser hombres. Hombres con cojones. Hombres llamados a grandes gestas sin reparar en los gestos. 
-Si usted tiene un bar -le dijo el cura a mi padre en la única vez que recuerdo que visitara mi colegio- su hijo tendrá una cadena de restaurantes. Al cura de mi colegio le falló su megalómano pronóstico. Con toda probabilidad, a todos los padres les preguntaba su profesión, y el truco consistía en multiplicar por diez los logros profesionales del padre como pronóstico para los hijos. Como dirían los Hermanos Marx: ¡y dos huevos fritos!...
Al hombre siempre se le ha justificado todo, todo lo contrario que ocurría, y por desgracia sigue ocurriendo, con las mujeres, a las que nada se les justifica y todo se les exige.
Y en esa selva de locura misógina crecimos muchos de nosotros. Separados de las mujeres en perversos colegios religiosos. Sin aprender a convivir con ellas. Sin comprender los motivos por los que nos separaban; de tal manera que ya empezábamos a verlas como algo distinto, como algo inferior. 
Luego íbamos al ejército. Por aquella época un ejercito de machos, aunque ahora también hay mujeres no ha cambiado mucho; sigue siendo un conglomerado de machismo al más alto nivel, ya que el machismo excelso se consigue agrupando símbolos patrios y religiosos. Bajo esos sagrados argumentos el machismo no tiene límite alguno, y tiene patente de corso para todo.
Mientras no nos eduquemos en la mas estricta igualdad, mientras los machos escriban las leyes y lo hagan pensando en cómo dominar a la otra mitad de la población, nuestras madres se verán obligadas a ser las heroínas silenciosas que han sido siempre.
Mi madre no fue feliz en ese mundo macho. Ese terrible mundo macho que se resiste con uñas y dientes a desaparecer y que aún pende como una Espada de Damocles sobre la cabeza de nuestras hijas. 
Hoy, como ven, aunque pretendía resistirme a escribir sobre las madres, me veo en la obligación de gritar a los cuatro vientos: ¡Viva la madre que me parió! 
Feliz día de las madres a todas las madres del mundo. A las que lo han sido y a las que soñaron algún día con serlo. Los hombres estamos acabando con el mundo tal vez a la espera de que, al final, vengan las mujeres a solucionar el problema.

jueves, 3 de mayo de 2018

Conan el del tractor


Haciendo honor a la justicia les debo confesar que conducía abstraído por el hipnótico influjo del amarillo infinito de la dehesa extremeña, y por la magia que siempre me trasmiten sus encinas centenarias, cuando, de repente, me di cuenta de que un jabalí, de al menos doscientos kilos, se cruzaba en mi camino. Ante semejante contratiempo, pegué un volantazo en plena carretera nacional y, gracias a que el destino se apiadó de mí, alcancé a meterme por un carril lleno de barro que milagrosamente encontré a mi derecha. 
El claxon de un trailer que venía detrás hizo que reconociera que mi maniobra no había sido demasiado ortodoxa, lo mismo que el camino embarrado hizo que, de ipso facto, comprendiera que mi vehículo no era el más apropiado para moverse por aquellas arenas movedizas a las que había sido invitado a revolcarme por tan despistado gorrino. Arenas movedizas y empantanadas, ya que el agua de aquel improvisado estanque lleno de barro llegaba casi a la mitad de la puerta de mi coche.
Para mayor desastre, y como dicen que las desgracias nunca vienen solas, el brusco giro hizo que mi teléfono móvil saliera despedido por la ventana, y que se perdiera entre aquel lodazal más propio de una ciénaga que de un camino agrícola de servidumbre.
Y ahí me quedé bloqueado, sin teléfono, rodeado de barro y más barro, entre aquel manto bucólico de amarillos infinitos, y con una cara tremenda de gilipollas.
Iban pasando rapidamente los minutos, y el amarillo dejó de brillar al mismo ritmo que la luz del astro rey perdía su intensidad. Ya estaba dispuesto a abrir la puerta, a pesar de que el barro inundaría mi vehículo de alta gama recién estrenado, cuando unas luces surgieron en la lontananza.
Y entonces fue cuando apareció Conan, un búlgaro que, de joven, a buen seguro, representó a su región en los campeonatos nacionales de halterofilia. Un búlgaro en cuyo cuello se podrían enroscar, perfectamente, dos cabezas. Un búlgaro encaramado a un tractor fabricado en Japón en plena dehesa extremeña. Por un momento pensé que mis plegarias habían sigo escuchadas en las Naciones Unidas. Por un momento pensé que ese búlgaro, de la mismísima Bulgaria, era San Cristóbal, santísimo patrón de los automovilistas en apuros. 
—¿Qué hacer usted ahí? —preguntó el centroeuropeo.
—Disfrutando gratis de una sesión de spa —le respondí con ironía. 
—Los barros van muy bien para pieles secas -exclamó el búlgaro como lo haría todo un experto en dermatología.
—¿Cree usted, buen hombre, que me podría remolcar hasta la carretera? Se lo agradecería eternamente. 
—No vivo yo de agradecimientos. Mi madre está enferma. Con mi esposa de Bulgaria tengo seis hijos y con mi esposa española tengo otros tres. Pero por cincuenta euros se podría solucionar lo suyo de usted —me propuso el tractorista con menos remordimiento que planificación familiar.
—Cuente con ellos, pero sáqueme de este lodazal, por el amor de Dios —le requerí.
De tal manera que, cerrado el acuerdo económico, aquel grandullón enganchó un cabrestante a mi coche y me sacó del fango.
—Aquí tiene usted sus cincuenta eurazos -le dije ofreciéndole el billete.
—¿Y no habrá una propina para pañales? —me requirió lastimosamente el del tractor. 
—¿Y no sería mejor que pidiera usted propina para comprar condones? Vamos digo yo….
Les tengo que reconocer que la broma no le hizo mucha gracia…

martes, 1 de mayo de 2018

Una vida de cuento


Los días se siguen sumando entre risas y lágrimas. Las noches entre sueños y duermevelas. Los meses entre nubes negras de facturas y el cancerígeno humo de los tubos de escape. Y los años se nos roban a traición sin que apenas nos demos cuenta del engaño.
Y entre tanto envejecemos. Nuestra mente de niños se resiste a aceptar las canas y las arrugas que nos asedian. Seguimos pensando en clave infantil hasta que un día, mientras luchamos para atarnos las cordoneras, nos damos cuenta de que nuestra edad ya no da para muchos cuentos.
Sin embargo, la vida es tan sólo un cuento con mayor o menor dosis de fantasía. Un cuento con tantos finales como finados. Un cuento plagado de hadas madrinas, ogros, príncipes encantados, princesas que pierden calzado, ranas y sapos que hablan, y lobos disfrazados de corderos. Sin contar la cantidad de cerditos listos que prefieren hacerse la casa de paja, o de madera, comprarse un coche de alta gama, y disfrazarse de falso príncipe, con ropa de marca, para seducir a la princesa de turno, o al tonto de oficio.
Si los celebres Hermanos Grimm, cosa, por cierto, poco probable, levantaran la cabeza, hoy escribirían cosas al estilo de Stephen King. Cuentos de personajes malvados, trastornados, coleccionistas de huesos y motosierras, cuentos de caníbales urbanos o de pueblos fantasma; como fantasmal es nuestro devenir diario del trabajo a la casa y de la casa al trabajo. 
Fantasmas traslúcidos acosados por el tráfico, las deudas, y el smog. Fantasmas arrastrando sueños descoloridos en la cola de un supermercado comprando productos placebo que acaban siendo de falsete pero al menos son baratos.
Y son baratos, y cada vez más baratos, para acompasar el consumo a unos sueldos paupérrimos y miserables. Para acompasar nuestra planificada existencia a un cuento cada vez más exento de fantasía y dominado por una terrorífica rutina siempre a caballo entre la realidad y la ficción. 
La vida es cuento, y los cuentos, cuentos son...


viernes, 20 de abril de 2018

Demasiado sueño para un adulto


Sueño con escribir algo bueno, algo que sorprenda, algo que enganche, algo que valga la pena. Sueño con escribir un gran libro; un libro de mil quinientas páginas, de tapa dura, que se traduzca a treinta idiomas, y que me encumbre a lo más alto de la literatura universal.
Sueño. Sueño cuando duermo y cuando me desvelo. Duermo, o lo intento, en cientos y cientos de hoteles celda. Cruzo fronteras, miradas, sombras y penumbras, lagos y ríos, mares y océanos, posibles e imposibles. Atravieso nubes y atravieso sueños prohibidos de algún agente de aduanas con bigote.
Sueño. Sueño que regreso a la mítica Samarcanda. Sueño que paseo nuevamente por la Avenida de los Francotiradores de Sarajevo. Sueño con el Callejón del Beso de Guanajuato. 
Sueño. Sueño más despierto que dormido. Con los canales de Ámsterdam cubiertos de nieve. Con la Cuesta de San Andrés de Kiev. Con las palmeras del oasis de Tozeur. Con las ruinas de la Acrópolis de Atenas. Sueño con las ramas verdes de tantos y tantos árboles que, a lo largo de mi vida, he plantado. Sueño con la gente que me acompaña en el camino y con la que se ha ladeado.
Sueño con Lu, que desde Usuhaia, ciudad que me lleva esperando media vida, reclama mis relatos como si estos le sirvieran de algo. 
Sueño con Alberto Profe, que dice en un comentario que este blog es bueno, cuando en realidad el bueno es él por reparar en un rinconcito tan insignificante del mundo de las letras como es este blog.
Sueño con todos los que sueñan porque de ellos será el Reino de la Farmacopea.
Sueño mucho porque en realidad duermo bien poco. Me quita el sueño, casi a punto de llegar a los mil relatos, no saber lo que contarles. Me quita el sueño no poder cambiar el rumbo de este mundo plagado de pesadillas. Me quitan el sueño los refugiados, los que no encuentran refugio, los desheredados de este mundo de mierda en el que cada día cuesta más caro soñar. 
Como decía el incomparable humorista Miguel Gila:

La cosa fue así. Resulta que apareció un hombre en la calle como dormido, pero como hacía más de un mes que estaba allí, dijo el sargento: “No sé. Mucho sueño para un adulto”.

Lo que daría por llegarle a Gila a la suela de los zapatos. A él lo fusilaron mal y sobrevivió. Sin embargo, ahora a nosotros nos fusilan cada día sin balas y nos aciertan de pleno.
Al menos nos quedan los sueños.