martes, 3 de marzo de 2015

Librosis quística


Desde hace algún tiempo sufro un ataque de "librosis quística". Sí, han leído bien, se me enquistan los libros. Lo peor no es el dolor que siento, esta enfermedad no es dolorosa en su naturaleza, lo peor es la ansiedad y la pérdida de control que me genera. Cualquier cosa es menos importante que la lectura. Tengo que leer como si fuera una segunda forma de respirar. La lectura es mi alimentación, la esencia misma de mi existencia. Los libros son mi todo.
La librosis quística no entiende de géneros literarios como la carcoma no entiende de madera, la come y la caga. Yo soy una carcoma que devoro libros por una incontinencia metabólica nunca descrita antes por la ciencia. Me reconozco en cada personaje, disfruto de cada escena, de cada viaje, de cada asesinato, de cada orgasmo, y lloro, como un niño al que le quitan la teta, en cada punto y final.
Cada libro me conduce a mi patria. Las librerías son mi patria y las bibliotecas mi universo. Me alisto a ejércitos de escritores. Erijo monumentos al escritor desconocido que nadie lee pero yo sí. Le dedico a todos ellos sus merecidos minutos de gloria. Incluso a aquellos que escribieron un libro y luego desertaron muertos de pánico.
Compro tantos libros que los libreros sospechan de mí. Ven en mis ojos algo extraño que les intimida. Sienten que estoy por encima de ellos. Miran de reojo cada paso que doy, en su universo de papel y de tinta, como un enemigo que avanza dentro de las trincheras que son sus estantes. Acaparo con avaricia textos para asimilarlos sin devoción, como ejercicio, como necesidad, como condena.
Mi dolencia avanza inexorablemente contra la cultura. Convierto la cultura en detritus, en algo consumible, como el papel higiénico o el dentífrico, o como las naranjas baratas que compramos para hacer zumo.
Los enfermos de "librosis quística" no tenemos vacuna, ni remedio, ni calmantes, ni estamos reconocidos por la Seguridad Social. Sufrimos en silencio cada libro como un martirio placentero y místico. Soñamos en libros como si se tratara de Biblias paganas. No vivimos para leer, leemos para vivir.
Y no hay forma de curarse de esta mierda, ni libro que diga cómo.


sábado, 28 de febrero de 2015

Paraíso esquimal


Aquel singular anuncio en la prensa llamó poderosamente mi atención. Pueblo de esquimales precisa de colonos, se gratifica con vivienda, un sueldo mensual de tres mil euros y una moto de nieve. No me lo pensé. Llamé a ese teléfono, que resultó ser de la Embajada de Dinamarca, y me pasaron con el negociado demográfico de Groenlandia.
Allí me confirmaron todo lo anterior, y me aclararon que el viaje correría por mi cuenta sino firmaba un compromiso mínimo de estancia en el pueblo de al menos un año. Le dije que no tenía problema alguno en permanecer durante ese tiempo en el pueblo si, de antemano, me decían, al menos, el nombre del pueblo. Por un momento, la chica puso mi llamada en espera. Pese a tratarse de la embajada danesa, la musiquilla era igual de horrible que el resto de los tonos de espera. A los dos minutos me dijo: Itilleq.
-¿Itilleq? -pregunté asombrado. 
-Sí, señor, es una pequeña población, de apenas ciento cincuenta habitantes, con una pequeña pesquería, en la que hacen falta hombres.
-¿Sólo hombres? 
-Sí, la mayoría de los habitantes de Itilleq son mujeres, los hombres se han ido marchando del pueblo y eso ha provocado un gran desequilibrio demográfico.
-¿Usted es danesa? -le pregunté a la señora con cierto aire de confidencialidad.
-No señor, yo soy chilena, ¿por?.
-Entre usted y yo: ¿Esas mujeres son muy feas? -le interrogué.
-¿Comparándolas con quién? ¿O es que acaso es usted Richard Gere?
-Perdone usted por mi atrevimiento. No tenía que haber formulado esa pregunta.
-No, no se preocupe, si yo le entiendo... La belleza esquimal tiene sus propios patrones. Al principio le resultaran una facciones extrañas, con las que no estamos demasiado familiarizados los que somos de fuera de Groenlandia, pero con el paso de las semanas, estoy segura que sabrá valorarla y esas mujeres le resultaran muy bellas. Además, no sé si habrá escuchado alguna vez que las esquimales son muy abiertas sexualmente. Por cierto, dígame: ¿Usted de dónde es?
-¿Yo?
-Sí, usted, ¿O es qué estoy hablando con alguien más?
-Yo soy de Cartagena.
-¿Y cuál es su icono de belleza femenino?
-¿Esa pregunta forma parte de algún proceso de selección? -le pregunté.
-No, vamos a ver, eso es entre usted y yo -me aclaró la señora desde el otro lado del teléfono.
-¡Monica Bellucci! Esa mujer me tiene loco desde jovencito.
- Veo que tenemos gustos parecidos -dijo la secretaria.
-¿A usted también le gusta Monica Bellucci?
-Oíga, ¿por qué habría de contarle yo a usted mis inclinaciones sexuales?
-No, disculpe, yo pensé qué....
-Pues sí, soy lo que usted está pensando, soy lesbiana, ¡y qué pasa! -exclamó algo exaltada. 
-No, si yo no...
-Dejemos este asunto y vamos al grano. Entre usted en la página web de nuestra embajada, pinche en Oficina de Asuntos Demográficos de Groenlandia, y rellene todos los campos que se le requieren en el formulario.
-Por cierto, caballero: ¿qué edad tiene usted?
-Tengo treinta y ocho años.
-Pues, desgraciadamente, su aventura esquimal acaba de finalizar.
-¿Y eso por qué?
-Para esta repoblación se precisan hombres de menos de treinta y seis años, así qué, sintiéndolo mucho, le tengo que colgar que ando muy ocupada.
Y, dando un tremendo golpe, la funcionaria colgó el teléfono.
Algunos días después ya he conseguido un vuelo a Copenhague y otro hasta Nuuk, la capital de Groenlandia. No paro de soñar con princesas esquimales ávidas de amor y de calorcito del Mediterráneo. Ya me veo con un montón de niños subidos en un trineo, y cazando morsas, y focas, y elefantes marinos, y todo eso. 
Esa chilena no sabe quién soy yo...¡Faltaría más!

martes, 24 de febrero de 2015

Quinto aniversario


Mis lectores tienen muy distintas procedencias. Y muy distintos gustos. Y distinto color de piel. Y distinta religión. Y muy distinto poder adquisitivo. Escribo, pues, este blog, desde hace cinco años, para la diversidad y desde mi decadencia. Regalo mi esfuerzo a todo aquel que se digna a dedicarme unos minutos de su ardua existencia, y, tras el contratiempo, centrarse a interpretar mis mensajes en clave, cosa que tiene su mérito. 
-A mitad de camino de todo, ¡igual me siento yo!. Eso es lo que me atrae de ese español -dijo un Pakistaní entrevistado por el Financial Times, cuando fue preguntado por el motivo por el qué seguía este humilde blog, a diario, desde tan recónditos parajes. Ese loco no sabe hacia adónde ir, o si sube o si baja, pero me gusta su locura -matizó.
-Cuando entro ahí, nunca sé lo que me puedo encontrar -respondió una profesora mexicana que lo sigue desde hace varios años y aún no se ha suicidado. A la pregunta del redactor de la Voz de Michoacán, sobre si la lectura de "En Construcción" le había cambiado en algo su vida, la profesora, tras mucho pensar, declaró: Creo que, desde que leo ese insólito blog, he aumentado significativamente mi ingesta de chiles habaneros...
-Me cabrea mucho cuando le da por filosofar. Se nota que no entiende de filosofía. Mejor podría escribir todo el tiempo historias de humor -exclamó un seguidor polaco, mientras se pimplaba un chupito de vodka como la pata de un cherro.
-Beatriz, desde los Estados Unidos, declaró al New York Times que seguir el famoso blog "En Construcción" le ha cambiado la forma de ver el mundo. "Antes pensaba que la gente era una amenaza para mí, ahora, ya no sólo lo pienso, lo afirmo".
- Conchy, una lectora española que también se dedica a la educación, declaró al El País Semanal, que leer "En Construcción" le ayuda a dar las clases, y que, en ocasiones, comparte los relatos con sus alumnos y hacen con ellos comentarios de texto. Eso sí, puntualizó, lo que menos me gustan son sus dibujos, creo que dejan mucho que desear.
-Desde la cálida Costa Rica, Cecilia comentó a Televisa Medios que "En Construcción" representa la esencia de libertad de expresión, sin prejuicios, y sin edulcorantes. La mayor parte de las veces no entiendo muy bien lo que quiere decir el autor, pero es que lo dice tan lindo...
-Jorge, desde el sureste español, declaró a la Agencia EFE que tuvo que dejar de leer "En Construcción", por miedo a perder su propia identidad. Si me descuido aborrezco hasta a Monica Bellucci, y hasta ahí podíamos llegar -expuso con cierta indignación.
-Mario, desde la Comunidad Valenciana, declaró a un ex-reportero de Canal9 que ahora está en el paro, que abducido tras varias lecturas de este blog, se dirigió a una librería y compró varias novelas del austriaco Stefan Zweig. Me pasó como a Fernando Alonso en Montmeló el otro día, intento recordar lo sucedido pero no me acuerdo de nada...explicó Mario con cara de asombro.

Cinco años escribiendo este blog es lo que tienen. 
Mil gracias a todos por vuestra comprensión.

domingo, 22 de febrero de 2015

¿Qué narices es Visual Arts?


¿Visual arts? Un cuaderno lleno de tachones, un corazón, una llave, y una serie de piezas de un puzzle bicolor. Palabras e imágenes. Conjunto. Secuencia. Amalgama. Batiburrillo. ideas. Fotomontaje. Todo y nada. Absolutamente nada.
Hace tiempo que no hacia un collage. Ya no me atrevo con la plástica. No la siento cercana ni utilitaria. 
Ahora necesito escribir, explicarlo todo, hurgar en mi interior, mirar hacia afuera, escuchar a la gente, reflexionar, y luego contarlo. 
Me urge inventar historias, crear personajes, hacer de ventrílocuo hablando a través de la boca de otros, reírme de mí mismo, de todos, de todo, y ser víctima de mis imprudentes y alocados escritos.
Y, ahora, con el permiso de ustedes, voy a centrarme en este último parto con dolor. Este "Visual Arts" de un cupido de cerrajería amante de los puzzles y de perder el tiempo. De este nuevo y original jeroglífico contemporáneo. De esta cacafonía de papel con pegamento. De esta inspiración metafísica que pretende hablar de amor, de dificultades, de historias y de una llave. ¿Pero una llave de qué? ¿Qué puede abrir esa llave que atraviesa un corazón de color negro como la noche?
A todos nos quedan muchas puertas por abrir, muchos mundos por conquistar, mucho pegamento que usar, muchas palabras por ordenar. Todo está ahí para nosotros: para que lo usemos, para que le demos vida, para servirnos de bastón para nuestra cojera mental. Nuestra vida-collage es un jeroglífico aburrido y recubierto de polvo a la espera de un vigoroso Indiana Jones que la descubra. Nuestra vida, en ocasiones, tiene una composición precipitada, con piezas pegadas a destiempo y que no encajan del todo bien. Con un orden caótico con tendencia a ordenarse mejor pero con la dificultad de no saber por dónde empezar ni cuándo.  Este "Visual Arts" es un college espejo. Míralo fijamente y, con la fuerza de tu mente, gira la llave. Después, reescribe tu historia.

jueves, 19 de febrero de 2015

El hombre del saco


Veo un niño jugando con una tortuga. No con un perro, ni con un gato, ni con un loro, juega con una tortuga de tierra de un tamaño considerable. La lleva en su mano hasta un huerto cercano. Por la calle, la gente los mira con asombro por lo inusual de la situación. Ya en el huerto, la suelta. El chaval se sienta a observar como el quelonio juega a ser libre. El niño juega a que su tortuga es libre cuando sabe perfectamente que no lo es. Mirándola, el pequeño siente la trascendencia de sus decisiones. La tortuga, impasible, mordisquea una planta con la intención de saborear su libertad. Él, mientras la mira con deleite, mordisquea un agrillo para saborear la amargura de su soledad. Su tortuga siempre está ahí, es su fiel compañera. Muda. Sin emociones. Sin sentimientos. Pero con él. ¿O es él quién está con ella?.
El niño no es capaz aún de identificar la importancia de esos matices. Él cree dominar su mundo interior. Se siente mayor. Juega a ser mayor. Necesita sentir que lo domina para seguir creciendo. Necesita dominar a su tortuga para sustanciar ese dominio. Para sentir que otros dependen de él, como el siente que depende de los demás. Solo, pero tremendamente dependiente. Tan débil, pero con ansias de construir sus propias fortalezas. 
De nuevo, el niño agarra a la tortuga. Sujetándola con ambas manos la pone frente a su rostro. Nariz contra nariz. La tortuga abre su boca de par en par. El niño hace lo mismo. La tortuga defeca sobre su pantalón una caca blanquecina y pestilente. El niño se lo recrimina diciéndole qué eso no se hace... y, poniéndola de nuevo en el suelo, le da dos manotazos en su duro caparazón.
-Como lo hagas otra vez, no te vuelvo a sacar nunca de casa -le recrimina enfadado al reptil.
La tortuga, sorda, mordisquea un membrillo que hay en el suelo. El huerto abandonado está repleto de viejos membrilleros abandonados a su suerte. El niño corre tras una gran mariposa, mientras la tortuga degusta los frutos amarillos del abandono. La gran mariposa se ha posado sobre el pelo lacio del niño, justo en el epicentro de su cabeza. Siente como sus patitas transitan por sus cabellos como las patas de su tortuga lo hacen por la hierba del huerto.
Un hombre de mirada gris le observa entre los árboles. El niño se ha dado cuenta y corre hacia su tortuga para protegerla del intruso que acecha su mundo. La mariposa huye. El hombre sigue acercándose con sigilo. Lleva un saco de lona mugrienta colgando de su hombro derecho. El niño corre asustado con su tortuga en la mano. Al llegar a los confines de su huerto-mundo el niño mira hacia atrás y observa como el hombre recoge membrillos y los deposita en el saco.
-Hemos tenido suerte, Tomasa -le dice a su tortuga. Creo que era el hombre del saco.

domingo, 15 de febrero de 2015

Gastroeconomías


Ya está puesto el caldo. Aunque no lo parezca, soy un amo de casa muy cundido. En la olla hierven los nabos, las chirivías, el apio con su primo pequeño el perejil, unas zanahorias viejas que ya formaban parte de la decoración del cajón de la verdura, una trozo de cebolla tierna que no estaba tan tierna, con un trozo de caparazón de pollo campero que pesaba más de cuatro kilos y parecía un pavo, un trocito de jamón serrano, y un puntita de chorizo picante del Campo de San Juan, en Moratalla. Claro, con su pizca de sal y su poquito de pimienta negra en grano.
Todo lo tengo cociendo mientras les escribo. Con ese caldo, pretendo hacer una paella con unos trocitos de carne de secreto ibérico adobado, unos pimientos, y unos espárragos, y poco más... Mis paellas son extremadamente anárquicas.
Rebusco las palabras adecuadas para este texto con el bullir de la olla como música de ambiente. Tengo la puerta del patio abierta para que corra el aire, y, mientras tanto, escucho a los pájaros piar como si se acabara el mundo. Sin afeitar. Sin duchar. Guarro como un jabalí en plena sierra. Escribiendo y cocinando al son de un nuevo día, con mucha luz y rebosante de vitalidad.
La olla es una compañera fiel que me augura pasiones sustanciales y sustanciosas. Con su sonido, me pide sutilmente que le baje un poco el fuego. Lo paso del nueve al siete. Mejor al seis y medio. El sonido se modera. A veces la precipitación provoca que todo se precipite. La chirivía y el nabo me ofrecen su olor adelantándose así al resto de los ingredientes. Hasta los más modestos exigen a veces su minuto de gloria. 
Un buen caldo es la esencia de todo buen guiso, o de toda buena paella. Una vida, sin un buen fondo, nunca será una buena vida. Y ese necesario fondo vital es la cultura. Una cultura que nos minimizan y que nos niegan, que nos encarecen y nos devalúan. Una vida sin caldo cultural es como un fast food rebosante de colesterol y de grasas. Una sociedad alejada de la autenticidad y de la cultura produce, en serie, personas superficiales, fácilmente manejables y extremadamente consumistas. No hay desarrollo sostenible sin cultura. Para desarrollarnos sin cultura tenemos que crear burbuja tras burbuja, le explote a quién le explote. Y así nos luce el pelo. 
Ahora me toca hacer el sofrito, freír la carne, luego añadir el caldo y, cuando todo este hirviendo, echar el arroz. Quince minutos y listo.
Paella versus hamburguesas. Micro-economía de los fogones.

sábado, 14 de febrero de 2015

Intermitencias


Soy padre de una hermosa mujer de casi veinte años. Ella ha crecido en la distancia cercana, en una vida en paralelo a la que ya pertenecía de una forma intermitente, pero decisiva. Durante este tiempo, mi amor por ella no ha sufrido intermitencias ni el de ella hacia mí. Y entre presencias y ausencias ella ha ido construyendo su vida y yo reconstruyendo la mía. Unidos por un hilo invisible pero indestructible. El amor de un padre hacia su hija, al menos en mi caso, no tiene intermitencias.
Ahora, después de más de veinte años, soy padre también de una diminuta luz intermitente. Es una luz tan chiquitita que aún no alcanzamos a escuchar su latido, y tan sólo se percibe su intermitencia vital en el claroscuro del monitor de una clínica, cuyo personal, volcado con nosotros, nos ha ido desbrozando y acondicionando un camino lleno de malezas y complicaciones.
Cuando ya creíamos que todo estaba perdido una intermitencia luminosa nos avisa de la llegada de una nueva vida. Un proyecto de persona anida en el vientre de mi esposa, tras meses de intentos infructuosos, en los que hemos sido víctimas de la intermitencia emocional. Ahora sí, ahora no.
Y ahora estamos en el sí que tanto anhelábamos. En la parte luminosa del intermitente. En la felicidad del que espera la vida como un familiar que aguarda en la estación la llegada de su ser querido.
Como Penélopes, sin bolso de piel marrón, pero meneando el abanico ante el sofoco de la emoción, y preparándonos con entusiasmo para su llegada.