sábado, 1 de diciembre de 2018

Juntos


—Buenas noches, aquí Radio Confidencia: ¿Con quién tenemos el gusto de hablar?
—Bernardo. Digamos que me llamo Bernardo —responde el radioescucha con la voz entrecortada.
—¿Y qué nos quiere contar, Bernardo? —pregunta, Elisa, la conocida locutora que acompaña de once de la noche a una de la madrugada, de lunes a viernes, a miles de seguidores de la emisora.
—He matado a mi perro —explica, tras una breve pausa de silencio.
—¿Y cómo lo ha hecho? —prosigue la locutora con el habitual interrogatorio.
—Le puse veneno para ratas en la comida —explica el tal Bernardo, con la voz quebrada— Estaba muy viejo. Sufría demasiado —aclara el misterioso oyente, para su descargo, desde el otro lado de la línea telefónica. 
—¿Y no pudo haber elegido otra forma para sacrificarlo? —parece recriminarle moderadamente la locutora.
—Posiblemente sí, pero, por comodidad, elegí la opción del veneno. Además, el veneno para las ratas es barato y lo venden en todos sitios —argumentó Bernardo.
—El pobre animal debió de sufrir una muerte horrible….
—Sí, pero cuando me di cuenta, ya era tarde. Murió entre vómitos y fuertes convulsiones... Pero no menos que su dueña….—explica Bernardo; tras lo cual la locutora deja unos eternos segundos de silencio que ponen a la audiencia en vilo….
—¿No dijo que el perro era suyo?
—Sí, pero tan sólo al cincuenta por ciento.
—¿Y qué ha querido decir con eso de que: “no menos que su dueña”?
—Pues eso mismo, que mi esposa convulsionó de la misma manera que su asqueroso perro.
—¿Quiere decir que usted, Bernardo, ha envenenado a su esposa?
—Así es, con el mismo raticida y escasos minutos antes de hacerlo con el perro —explica el hombre haciendo gala de una pasmosa frialdad.
—¿Es consciente, Bernardo, de que esta llamada está siendo grabada, que disponemos de su número de teléfono, y de que la policía ya está en camino para detenerle —le informa la locutora con rotundidad.
—No esperaba menos de usted, Elisa. ¿Sabe? Hace años que escucho su programa. Mi mujer siempre leía en la cama libros de terror, y yo, a su lado, con mis auriculares, escuchaba su cálida y sugerente voz hasta que me dormía. Tenía claro que, al final, al final del todo, usted y yo acabaríamos juntos. 
—¿Qué quiere decir con eso, Bernardo? —pregunta Elisa, intentando llegar hasta el fondo del asunto, o quién sabe si con intención de ganar audiencia con una llamada que intuye que mañana estará en boca de todo el mundo.
—Espere, deme un momento, que estoy disfrutando de un rico bizcocho de marihuana y raticida con chocolate belga. ¿Usted gusta, Elisa? —pregunta Bernardo, soltando una sonora y tétrica carcajada.
—¿Todo esto es en serio?— pregunta la locutora, con el micrófono abierto, ante toda su audiencia. Porque, en el fondo —seguro que coincido con todos ustedes— desearía que todo esto se tratara tan sólo de una patética broma, una de esas bromas de mal gusto que, de vez en cuando, nos gasta algún trastornado. Pero hoy, queridos oyentes, no es el día de los Santos Inocentes, tan sólo es un martes y trece cualquiera…
Tras está reflexión a micrófono abierto, Elisa retoma, o más bien intenta retomar, la llamada que había dejado en espera.
—¿Bernardo, sigue usted ahí?….
A lo que, tras un instante de silencio sepulcral, únicamente se alcanza a escuchar:
—Juntos para siempre, Elisa. Juntos…

jueves, 22 de noviembre de 2018

Un solo corazón


Abandono Grecia, en un avión de la AEGEAN, junto a mi compañero Juan. Abandonar Grecia supone volver a la rutina. Bendita rutina la nuestra que nos permite comer, criar a nuestros hijos, y aspirar a un futuro incierto, pero al fin y al cabo un futuro.
En la isla de Lesbos, no lejos de la costa turca, miles de personas, tan personas y tan valiosas como Juan y como yo, o como usted que me lee quién sabe por qué, esperan hacinadas a que alguien se atreva a tenderles la mano y ofrecerles un futuro. Refugiados de guerra, migrantes, personas de carne y hueso como nosotros, que han sido injustamente condenados a la más absoluta miseria y al más doloroso destierro. 
La vida nos sonríe hasta que, cansada de nuestras miserias, nos enseña los dientes y nos da la espalda. Y nos enseña los dientes cuando perdemos la memoria de lo que fuimos tantas y tantas veces a lo largo de nuestra historia: refugiados, huidos, arruinados, abandonados. Nosotros, los de este lado de la vida, los que gozamos de una rutina cotidiana, llena de estrés, y de impuestos, y de comida que arrojar a la basura porque se nos hace vieja en el frigorífico, no somos conscientes de lo mucho que tenemos que defenderla. Cuando dejamos de otorgarle valor a lo que tenemos, y lo que somos, comenzamos a pervertir nuestra realidad, y, de ese modo, abrimos la puerta a los salvapatrias de turno, charlatanes de poca monta que meten miedo a discreción, con las más bajas y perversas letanías, y las más espurias intenciones.
Juan y yo, por fortuna, hemos podido venir a Grecia a buscarnos la vida. A él y a mí la vida nos está dando una tregua. Como es obvio, la tierra no es mía ni de Juan, no somos ni más ni menos que nadie, pero soy de los que opina que la tierra es nuestro hogar común y que esta, en lo más profundo de su interior, esconde un solo corazón en sincronía con el de todos los que la habitamos.
Me marcho, como siempre, aspirando a regresar. Gracias, Grecia. Gracias, Juan. 

miércoles, 14 de noviembre de 2018

Un tipo normal


Está frente a mí. Es alto. Cara redonda y papada generosa; lo que viene siendo una cara de pan. Lleva el pelo rapado para disimular una calvicie prominente. Diría que pesa entre noventa y noventa y cinco kilos. Parece bañado en un perfume que me recuerda al Barón Dandy de toda la vida, contaminado por el olor de una loción de afeitado, muy a la antigua usanza. Corbata con motivos arabescos en negro y granate. Traje oscuro. Anillo grueso de oro blanco, o plata de la que cagó la gata. Camisa blanca tirando a beig. Y, sobre todas esas capas de ropa, luce una chubasquero color caqui. 
El señor que hay frente a mí no se ha percatado de la minuciosa observación a la que lo estoy sometiendo. Casi una evaluación psicotécnica, podríamos decir. Ha pedido un café con leche y un croasán. Le pone dos sobres de azúcar. Lo prueba. Se levanta de nuevo y coge otro sobre de azúcar. Lo añade, lo prueba, y parece que ya está a su gusto. 
Come con urgencia, como si se le escapara el vuelo rumbo a quién sabe dónde. Mira su móvil. Repasa el wasap. Responde una llamada en un idioma que podría ser croata, o serbio, o cualquier otro idioma de los Balcanes. El Café Nero del aeropuerto Franjo Tudman de Zagreb está muy concurrido a estas horas de la mañana. 
La víctima, a la que disecciono minuciosamente como un forense, sigue frente a mí. Apura su café sin dirigirme una mirada. Abre su bolso y saca una pequeña libreta de hojas de cuadros, sobre la que anota algo con una pluma estilográfica como de otra época. Realiza una llamada y, mientras habla con alguien en un tono más bien ofuscado, escribe con una letra tan ilegible y confusa como su futuro.
Vuelve a mirar la pantalla de su teléfono móvil, como esperando algo. Impaciente, repasa varias aplicaciones de mensajería instantánea. Se limpia la boca con una servilleta y repasa sus dientes con otra.
Mira su billete de avión para cerciorarse de la hora del embarque. Guarda el ticket del desayuno en su cartera para justificar el gasto. Entonces, es cuando reparo en que sus ojos son profundamente azules y que sus manos son el doble de grandes que las mías. Le noto tenso. Quién sabe si preocupado por la salud de su esposa, o por la de uno de sus hijos, o por las fluctuaciones de la bolsa de Dusseldorf. Tal vez siente la presión de los resultados de su empresa, o de los resultados que obtiene para la empresa que trabaja. 
De nuevo otra llamada. Otra conversación acalorada. Otro gesto contrariado. Se levanta de la silla. Por fin, ese señor que desayunaba frente a mí, como si yo no existiera, me ha regalado una mirada. Ha sido una mirada vacía, inocua, circunstancial. Tras lo cual, con desgana, me ha dicho bye.
Creo, sin temor a equivocarme, que era un tipo normal.

viernes, 9 de noviembre de 2018

Retrato de cuerpo entero


Se me acumulan los relatos sin publicar mientras me dejo los ojos leyendo a Murakami. Mis relatos son una mierda, lo sé, pero Murakami es un Dios. Treinta veces mejor que el mejor de los Nobel de Literatura. Los de la Academia Sueca se hacen los suecos para no darle el premio al único escritor vivo que se lo merece. Ahora vuelo entre turbulencias —disculpen que siempre les escriba al vuelo—, al lado de una señora oronda con el pelo teñido de rojo fuego. Su voluminoso cuerpo reduce mi espacio vital hasta convertirlo en una celda de castigo. Por fortuna, no sufro de claustrofobia. Escribo, por tanto, encogido en este vuelo que despegó de Barcelona rumbo a Zagreb, leyendo a Murakami y, de ahí, agarraré otro que me lleve hasta Sarajevo.
La señora —no sé si decir mi carcelera—se ha pasado el vuelo viendo fotos de un viaje; tal vez el viaje de su vida, o, con toda probabilidad, del viaje del que regresa felizmente a su querida Croacia. 
Yo, por desgracia, regreso a Bosnia con menos asiduidad de lo que regreso a Murakami. La señora del pelo rojo, que invade mi espacio vital, también regresa. Ir y venir. Volver. Irse de nuevo. 
La vida es un camino perpetuo de idas y venidas, en los que uno regresa, siempre que puede, tanto a sus orígenes como a sus obsesiones. 
No. No entiendo adónde quiero llegar con esto que les escribo. Con tanto viaje, me debo estar perdiendo. El retratista —el personaje central de la última novela de Murakami— perdió a su hermana cuando ésta tan sólo contaba con doce años y él a penas tenía quince. 
Pensaba en eso, y en la impresionante descripción que el japonés hace de la niña amortajada, cuando decidí interrumpir la lectura y ponerme a escribir. Entonces fue cuando, sin querer, vi en las fotos del móvil de la gran señora del pelo rojo, una foto suya desnuda que se había tomado sobre el reflejo de un espejo, en lo que parecía la habitación de un sencillo hotel de a cuarenta euros la noche.
Ella miraba su desnudo detenidamente, con embeleso, cambiando con frecuencia el ángulo de la pantalla, sin percatarse de que su orondo cuerpo estaba al alcance de mi vista, o tal vez para ello. 
Tras lo cual, encontré la conexión que le faltaban a estas letras antes de tomar tierra: tal vez mi compañera, adicta a los tintes rojos, le enviaba su retrato de cuerpo entero al personaje de la novela de Murakami para que, de esa guisa, la inmortalizara en uno de sus retratos.
Espero que el artista no cobre por centímetro cuadrado. 


lunes, 5 de noviembre de 2018

A Piedra (Petra) Lásló


Denostada Piedra (Petra) László:

Es admirable su gran capacidad física a la hora de lanzar sus piernas. En algunas instantáneas, me recuerda usted a un aguerrido lateral derecho intentando interceptar el avance de un vertiginoso extremo, acabando con el contrario en el suelo, y él —en este caso usted—, con tarjeta roja y en la calle. En otras más bien me recuerda a una taekondista, en un campeonato mundial de la cosa, soltando estopa en pro de una medalla para su país y para su historia. En otras, si me fijo únicamente en su imagen y obvio todo lo demás, podría llegar a pensar que usted está bailando al ritmo alocado de los ochenta tras haberse fumado alguna planta aromática cultivada en el Rif. Pero, por desgracia, distinguida periodista de la desnortada Hungría, usted no está por la labor deportiva, más bien lo suyo representa todo lo contrario que propugna el espíritu olímpico del que usted parece no tener ni la más remota idea.
Sus piernas, Piedra, digo Petra, son la representación del odio hitleriano, movidas por el desprecio más visceral y retrogrado del que la especie humana, con demasiada frecuencia, hace gala. Para su descargo, Piedra, digo Petra, le diré que usted no es la única, ni tan siquiera es un raro ejemplar en peligro de extinción, más bien forma parte usted de una especie de alimaña que empieza a proliferar por todo el globo terráqueo y que amenaza con convertirse en una pandemia. 
Señora Piedra, digo Petra, que usted haya sido absuelta, después de haber sido condenada, no significa que su odio hacia los más necesitados vaya a quedar impune, usted ya pasará a la historia como la periodista más inhumana que haya accedido a tan elevada profesión. Sus hijos, sus nietos, sus sobrinos, sus colegas de profesión, los vecinos de su escalera, sus lectores, sus conciudadanos, todos los habitantes de la Comunidad Europea a la que usted hace ascos, los habitantes de todos los países desheredados de este planeta —y que son muchos—nunca nos olvidaremos de sus odiosas y enfurecidas piernas. 
Dicen que Dios le da pan a quien no tiene dientes, y ahora sabemos que Dios también le da piernas a quien no las merece. 
Señora Piedra: ¿Para qué necesita usted a sus piernas? ¿Acaso sus padres la crearon con piernas para patear a gente indefensa que huye de la guerra? 
Creo que todas estas cuestiones, a personas como usted no le afectan en lo más mínimo; sus corazones de piedra, doña Petra, no sienten el dolor ajeno, no empatizan con nadie que sufre, no percibe ni un pequeño palpito de solidaridad. Señora Piedra, digo Petra, cuide usted de sus piernas, porque su corazón ya está perdido.
Por mi parte, condenada queda para siempre. 


lunes, 29 de octubre de 2018

Guerra bacteriológica


Para ponerles en antecedentes, les diré que vuelo desde Dusseldorf hacia Kiev en un avión de bandera ucraniana. Ni que decir tiene que la mayoría del pasaje son ucranianos. Excepto yo, y algún que otro perdido de la cabeza como yo. No pretendo tampoco describirles a todos y cada uno de los sufridos pasajeros que volamos hacia Kiev, pero sí quiero que sean conocedores de una hipótesis que me he visto obligado a desarrollar en base a los extraños sucesos acaecidos  durante las dos primeras horas de este vuelo, por lo que me he reservado la tercera para escribirles toda la base argumental de este estudio geoestratégico de colosal trascendencia, en el que me he visto inmerso sin comerlo ni beberlo. 
Supongo — y si no se lo digo yo—, que son conocedores del conflicto que mantienen en la actualidad Ucrania y Rusia. Quiero aclarar antes de entrar en detalles, que no pretendo posicionarme con ninguno de los dos bandos en litigio; tan sólo les escribo en mi calidad de observador internacional, estatus que me confiero por el hecho de volar más que los albatros en época de apareamiento. 
Lo que voy a describirles es de suma importancia: creo que los ucranianos no son conocedores de que están siendo sometidos a una silenciosa pero efectiva guerra bacteriológica. Y se estarán preguntando: ¿Cómo ha llegado este tipejo, que vende champú, a semejante conclusión? Pues, qué quieren que les diga, para algo me habrán servido mis veinte años de vuelos transoceánicos y por la otra mitad del mundo que no los tiene. 
En mi vida, léanlo bien, por favor: En mi larga vida como sufridor aeroportuario he visto nunca a tanta gente cagar dentro de un avión. Durante el vuelo, ha habido un momento dónde pensaba que las bodegas se iban a saturar de mierda y que iban a poner el típico cartel de averiado que ponen en las discotecas cuando se rompe la cisterna, pero no. Ya queda poco para que aterricemos en Kiev y siguen cagando como los ángeles benditos. Por ponerles un ejemplo, he visto a un señor orondo con barba que bien podría pasar por un oso en cualquier circo y los niños no se darían cuenta del engaño —cosa que estaría bien vista por los animalistas, pero no tanto por los de los derechos humanos—, pues ese señorón ha cagado lo menos tres veces. Lo curioso, es que lo hacen con cara de felicidad, no con el típico gesto del que va apretando el culo para no irse de vareta; estos van a cagar con estilo, sin prisas, y sin perder la compostura en la fila; una fila que no ha cesado en ningún momento desde que nos dieron permiso para quitarnos el cinturón, aún sobre los cielos contaminados de Dusseldorf.
La bacteria, en cuestión, les debe estar dejando los intestinos más limpios que un jaspe. Creo que voy a completar mi investigación indagando sobre la evolución del consumo de papel higiénico en Ucrania en los tres últimos años, hecho este que podría confirmar mis pesquisas. 
Ya han dado el aviso, por la megafonía del avión, de que vamos a aterrizar, y es ahí cuando ha cundido el pánico entre los diez o doce pasajeros que aún esperaban para aliviarse.
Les dejo, que esto me huele mal…


martes, 16 de octubre de 2018

Setas


Me gustan las setas. Sin asumir riesgos innecesarios, pero me gustan. Nunca he sido de echarme al monte, y jugarme la vida a discreción, por el simple hecho de ahorrarme unos tristes euros. Me gustan las setas por su gran diversidad de sabores y texturas. Me gustan las setas porque las considero un género enigmático, cercano a las plantas pero sin llegar a serlo. 
Ni que decir tiene que las setas tienen su morbo. El morbo de la muerte y de la alucinación. El morbo de los viejos rituales y de los viajes astrales. Las setas son el misterio por antonomasia. Protagonistas de pócimas, cataplasmas, y ungüentos, ingrediente secreto de miles de recetas de cocina, y arma silenciosa para ataques selectivos y venganzas diversas.
Tal vez por eso, durante mis viajes, siempre que me encuentro con alguna persona, al borde mismo de la carretera, vendiendo setas, inevitablemente paro y le compro.
La última vez ha sido en Ucrania. La carretera discurría entre un oscuro y húmedo bosque de abedules y robles siberianos. Lo raro de aquella señora era el hecho de que estuviera ahí, en medio de la nada, cuando no se veía ninguna casa a varios kilómetros a la redonda, y el sol ya estaba por esconderse.
La anciana, como la mayoría de las ucranianas de su edad, llevaba el pelo cubierto por un pañuelo; un pañuelo tan viejo como ella, o incluso más. 
Las setas estaban perfectamente presentadas en dos pequeños montoncitos, cada uno de los cuales pertenecía a una especie diferente. Con la ayuda de Artur —mi intrépido traductor— preguntamos a la señora que cuánto costaban las setas.
—¿Depende de para qué las vayan a usar? —nos respondió la anciana mujer, regalándonos una mirada penetrante.
—¿Y para qué las íbamos a querer? ¡Para comérnoslas! —le respondimos. 
—Si son para hacer magia les saldrán más caras, y si me engañan con el uso, les saldrán más caras aún…—nos amenazó.
La verdad es que cuando Artur me tradujo el contenido de tan breve pero intensa conversación los vellos se me pusieron como escarpias. 
—Vámonos, Artur, que esto no me da buena espina…—le propuse a mi infatigable compañero.
—De acuerdo, pero antes déjame preguntarle algo más a la señora —me solicitó, Artur.
—Claro, no tenemos prisa, el trabajo de hoy ya está hecho —le respondí.
Artur, que con el ucraniano no se aclara mucho, se entendía con la anciana en ruso. La conversación comenzó tranquila pero, poco a poco, fue ganando en intensidad y decibelios, hasta que llegados a un punto, la señora se sentó en su diminuto taburete y, contrariada, dejó de dirigirle la palabra a mi traductor. 
—¿Qué ha pasado, Artur? —le pregunté, preocupado.
—Como imaginé: son setas de la zona de Chernobyl…—me contestó.
—¿Chernobyl, la central nuclear que explotó? —le pregunté confundido.
—Así es, Pepe. Esta señora, sin escrúpulos, vende setas recogidas en zonas aledañas a la antigua central —me confirmó, Artur.
—¿Y no teme poner en riesgo a los incautos que, como yo, osen comprarlas? —le pregunté a mi compañero de fatigas.
—Me dijo que eso le da exactamente igual. Al parecer, su marido y su único hijo murieron tras varios días de trabajar en la extinción del incendio del reactor, y a ellos nadie les avisó —me explicó, Artur.
—¿Y qué gana envenenando a gente inocente? —pregunté, no sin cierto enojo.
—Dice que ya han pasado más de treinta años de eso y que se pueden comer…Que ella las come a diario y aún, para su desgracia, no se ha muerto —me explicó, Artur.
—O tal vez ya esté muerta…—le dije.
Y diciendo esto regresamos hacia el coche bajo una fina capa de lluvia que había comenzado a caer.
Justo cuando íbamos a ponernos en marcha, Artur recibió una llamada telefónica de su oficina, momento que yo aproveché para responder varios correos electrónicos que esperaban con urgencia de mi respuesta.
Cuando Artur acabó la conversación, solicitó mi atención visiblemente excitado:
—¡Pepe! ¡Pepe! ¿Has visto marcharse a la señora? —me preguntó el polaco.
—No, no la he visto. Estaba respondiendo unos correos urgentes. Pero no ha podido irse muy lejos, la carretera es toda recta, a no ser que se haya metido por el bosque. Pero es muy extraño, no se ve por ningún sitio. Es como si se la hubiera tragado la tierra —le comenté a Artur, claramente desconcertado.
Todo aquel encuentro resultó muy extraño. Verdaderamente extraño. Y, como ustedes comprenderán, muy a mi pesar, me quedé sin setas.