martes, 26 de agosto de 2014

Atlético Literario ¿Te apuntas?


Andrés Neuman es un tipo al que le voy a seguir debiendo favores por algún tiempo. Lo voy a leer, con ojos de lince, para escudriñar hasta el más nimio de sus gestos y no perder detalle de los hermosos regates lingüísticos que le pega al castellano por el centro de la cancha. Hay mucho que aprender ahí y de él. La inversión no va ser obstáculo, pienso ir comprando sus libros de a poco, y con la interesada ayuda de mi tarjeta de crédito. Uno tras otro. Digestión tras digestión, para no sobrepasarme y que todo termine en simple grasa, o en una acumulación de papel en un estante lleno de polvo y olvido.
Y, de ese aprendizaje, como si de un marcaje futbolero se tratara, hoy aprendí de él la palabra Afasia, que, según parece, es algo que afecta a Leo Messi (desde pequeño...) pero que no le entorpece de cara al gol, para deleite de los que aman al fútbol más que a Dios, o más que a la mujer con la que, cada noche, se meten en la cama a dormir o a intentar, honrosamente, la perpetuación de la especie.
Ahora le acabo de leer Bariloche, y le agradezco mucho que lo haya escrito, ya que, de otro modo, no hubiera conocido la vida de esos dos basureros, más amigos que cochinos, y no digo lo de cochinos por la de mierda que acarreaban los pobres, nada más lejos de mi intención, es sólo un regate en corto de aprendiz de mediapunta del Atlético Literario, perdónenme el atrevimiento.
Espero, con mi modesta aportación económica, que Andrés Neuman pueda seguir escribiendo y sus clases magistrales me continúen aportando el conocimiento que requiero para contar todo lo que pienso ir contando en las próximas décadas. 
Pero, tranquilidad, eso lo haré de a poco. Cuento a cuento. Para que no se les indigesten mis lecturas y acaben convertidas en algo vacuo, o peregrino, o les provoque una afasia que les lleve a meter goles como catedrales y a responder con monosílabos ante cualquier requerimiento de diálogo.

domingo, 24 de agosto de 2014

Candy Crush


Me gustaría generar un gran estruendo. Algo inusual que provocara una avalancha de curiosidad. Un despertar superior al fenómeno universal del Candy Cruch. Un nuevo renacimiento, genuino y útil. 
Y que ese Big Bang nos afectara a todos como un huracán de renovación. Que se apoderara lentamente de nosotros como una caricia viral. Que nos motivara a producir de manera desaforada y enfermiza. Que nos llevara a buscar, de forma obsesiva, soluciones colectivas. Como un remedio infalible para salir adelante. Como un antídoto contra nuestra incompetencia y nuestra pasividad. Que nos llevara a crear sin parar, sin complejos, sin medida y sin limitaciones de ninguna índole. Que nos obligara a pensar sobre lo qué somos y sobre lo qué queremos ser. Que reflexionáramos, en profundidad, sobre todo lo bueno y lo malo que nos rodea. Que nos abocara a cuestionarnos todo lo cuestionable. Que desenterrara todo lo que nunca debió enterrarse. Que nos tuviera ocupados en una especie de terapia preventiva. Y que, todo eso, lo viviéramos como una salvación. O como una meta. O como un camino necesario y urgente hacia la paz interior que hemos perdido.
De saber cómo, produciría un estruendo que nos condujera, alienados, a leer millones de libros. A ver a través de los ojos de los demás. A sentir su dolor y su alegría, como nuestros, en una especie de simbiosis incontrolable que nos llevara a actuar.
A luchar contra la corrosión de la soledad en plena explosión demográfica.
Un estruendo de tal magnitud que nos ayudara a recuperar la capacidad de nuestros atrofiados sentidos. A ocupar todo nuestro espacio mental. A usarlo. A exprimirlo. A amar al gris ceniza de nuestro desaprovechado cerebro para el que Candy Crush es como un valium, o como una trampa.
Y vuelvo a la utilidad como un mantra. Producir. Hacer. Crear. Producir. Hacer. Crear. Provocar un estruendo. ¡Algo inaudito!. Que se propague en el espacio y en el tiempo. Que continúe vivo cuando ya no estemos, como la luz estelar que nos llega incansable desde los confines del universo y que nunca cesa.
Nos quedan aún muchas cosas por hacer. Trillones de besos que dar. Todo un mundo por reconstruir. Millones de cigarras que escuchar. Bandadas de abejarucos a las que admirar. Libros por escribir. Cuadros que pintar. Planetas por descubrir. Historias que revelar. Muros por derribar. Y muertos en vida a los que resucitar.
Mientras consigo que ese estruendo se produzca, tiraré de mi vida hacia adelante con valentía. Una vida demasiado convulsa, tal vez. Aunque, en el fondo, en contra de lo que podamos pensar, todas las vidas, incluida la mía, o la suya que parece tan idílica, son la misma repetida. Vidas llenas de dudas y dudas llenas de vida.
Por eso, cuando pienso en todas las decisiones que he tomado, y en lo mucho que me habré equivocado, me gustaría ser otro, aunque, cuando se me pasa la fiebre, sencillamente me conformaría con llevarme bien con el que vive dentro de mi camisa. 
Y, aunque no se lo crean, todo esto lo llevo a la chita callando por el qué dirán, pero, no puedo evitarlo: siento unas ganas enormes de generar un estruendo. Un estruendo superior a Candy Crush, que provoque una avalancha de curiosidad. Una curiosidad que nos lleve más allá de combinar, acertadamente, gominolas de colores que no paran de salir, y nadie sabe ni de dónde, ni hasta cuándo.

jueves, 21 de agosto de 2014

Ni Shakespeare ni Bolt


De joven, cuanto más corría más quería correr. Y ahora, algunas décadas después -y algunos kilos de más sobre mi osamenta-, cuanto más escribo más quiero escribir.
Aunque a priori no lo parezcan, esas dos actividades, aun reconociendo su enorme diferencia y funcionalidad, no dejan de llevarnos hacia adelante: la primera en un sentido físico, y la segunda en un aspecto intelectual.
Pero, como todos ustedes comprenderán, no todo el que corre es un atleta, ni todo el que escribe es un escritor. Intentaré explicar un poco mejor esta teoría.
Una vez vi a un joven que corría calle abajo y no era un atleta; resultó ser un simple ladrón que acababa de pegarle un tirón del bolso a una ancianita octogenaria, a la que le rompió la cadera y casi mata a la pobre. Un conocido mío escribió una preciosa nota de despedida, a su esposa e hijos, antes de suicidarse, y no por eso fue un escritor. Lo podría haber sido, tal vez le hubiera ido algo mejor que en el mundo de la construcción. Sobre todo a los que, como él, se apuntaron a última hora al negocio sin saber ni lo que era un ladrillo. Pobre hombre, la verdad. Descanse en paz.
En otra ocasión,  vi corriendo a un señor regordete y con bigote por un paso de cebra tras un caniche que, con toda probabilidad, se le había escapado, instantes antes de que lo atropellara un autobús urbano y lo dejara hecho un whopper sin queso poco hecho. Al caniche no… ¡al señor del bigote! Según el atestado policial, el chofer del autobús que lo atropelló estaba mandando un wasap. A este desafortunado peatón tampoco es que lo pudiéramos considerar un atleta olímpico propiamente dicho. Ni tampoco al chofer que lo atropello lo deberíamos considerar un poeta del romanticismo, pese a los miles de mensajes de amor que le enviara a su amada Dulcinea, llenos de corta y pega de poemas de Neruda, y que estaba veraneando en Tomelloso. Al parecer de allí eran originarios los padres de la chica antes de que emigraran a Barcelona. Por su cautivadora belleza la acababan de nombrar reina de las fiestas y eso llenaba de orgullo al conductor en el momento mismo del atropello. Al parecer, y esto son sólo rumores que él desconocía en el momento del fatídico suceso, la novia le estaba poniendo los cuernos con el hijo del concejal de festejos de la localidad que, dicho sea de paso, tenía un ligero parecido con Gerard Piqué y era propietario de una flota de autobuses especializada en dar servicio a la tercera edad y a despedidas de soltera a las que regalaba el servicio de stripper.
El que de pequeño corría que se las pelaba era mi vecino Octavio, cada vez que en el patio del colegio les tocaba las tetas a las de octavo de E.G.B. Sobre todo a una que tenía una talla ciento diez, que hacía octavo por tercera vez, y que tenía un novio novillero. Una vez lo cogieron entre varias repetidoras y le dieron una somanta de palos, antes de llevarlo al despacho del director y que este lo expulsara. Luego, de adolescente, continuó en sus trece, y su padre, avergonzado,  le pegaba unas palizas tremendas con el cinturón cada vez que alguien iba a su casa a dar las quejas. Pero incasable en su adicción al toqueteo fugaz de mamas a la carrera, de mayor fue ingresado en un centro psiquiátrico. Allí, un psicólogo, al que le faltaba un ojo y le sobrada un dedo en cada mano, escribió un extraordinario informe sobre la obsesión que atormentaba a mi vecino, por el que recibió un importante premio internacional sobre patologías adictivas de origen mamario y que fue publicado por la prestigiosa revista Sciencia.
Pese a todo lo anteriormente expuesto, ni mi vecino era un atleta, ni el psicólogo, por muchos informes que firmara sobre adicciones mamarias -a las que, por cierto, todo el mundo aseguraba que era adicto- nunca llegó a ser reconocido como escritor.  Sus propios compañeros decían de él -quién sabe si por envidia-, que era un mamón. Un mamón empedernido que tenía toda su consulta llena de cuadros de Venus en topless y “bustos” de bronce, propiamente dichos.

Y es que, ya me lo han dicho en varias ocasiones: no corras tanto, Pepe, que las cosas no son como empiezan sino como terminan. Y yo escribo y escribo y nada recibo. Al final, con toda probabilidad, me pase como al psicólogo tuerto y con seis dedos, sólo me quede en mamón. Porque ya de atleta, ni de coña. Y de escritor, aún menos. ¡Vaya mierda!

miércoles, 20 de agosto de 2014

Buenas compañías


Andrés Neuman, sin saberlo, me está acompañando estos días de vacaciones. Siempre me ha gustado la gente que tiene cosas que enseñarme. Aunque sean los dientes. O, como en este caso, que me enseñen el camino que aún me queda por recorrer para ser un buen cuentista y no morir en el intento.
De momento, lo único que tengo es mucho cuento. Y la jeta necesaria para escribir sin ponerme colorado. Lo demás es tan sólo un cúmulo de  palabras sin orden ni concierto, colocadas sobre una especie de puzle, con la energía que proporciona un tempranero desayuno con café y repostería y el silencio del amanecer dentro de una cava sin cava, ni vino, ni nada que pueda afectar a mi función hepática.
Este tal Neuman, para los que no tienen el gusto de veranear con él, es un joven escritor y poeta argentino nacido en el setenta y siete: ¡capicúa! Los nacidos en años capicúas son gente simpática y locuaz, de fácil verborrea y gran capacidad creativa. Yo nací en el sesenta ocho, y quizás por eso, guardo, en parte, la esencia de esa trasgresora generación. Soy, por tanto, un desgraciado transgresor inconformista. Ni capicúa ni nada. Poco estudiado aunque bastante leído. Profesor de mí mismo y mecánico de mi desfasado y desbordado mecanismo.  Aficionado a retorcer versos en prosa. A mirar reflexivamente el lado oculto de las cosas. A fingir calma en la tempestad. A exigir orden desde el caos.  A viajar mucho con los ojos abiertos y, casi siempre, apretando el culo.
Aprendo de cada instante enciclopédico que me brinda la vida. O, como en este caso, de lo mucho que me está enseñando este silencioso compañero de viaje argentino que se apellida Neuman, y que es un apellido mucho más interesante que este Fernández mío. Bueno, de mi padre, que si mi padre se hubiera apellidado Mauro de Vasconcelos, yo podría ser de origen portugués, tener pasaporte brasileño y haber escrito el libro que lleva por título “Mi planta de naranja lima” y que es el próximo libro que tengo en cartera para cuando acabe con este de Neuman.
De Gerona, a Argentina, y de Argentina a Brasil, sin moverme del butacón. Menudo lujazo es esto de la literatura, es como viajar en low cost pero a tutiplén

Ahora, con su permiso, voy a terminar de leer, que me falta tan sólo “El último minuto”.

lunes, 18 de agosto de 2014

Muertos parlantes


Esta cava de Cinc Claus está dando mucho de sí. Lástima que no me la pueda llevar empacada en el maletero de mi coche. Es una cava de palabras, en la que de cada arruga del techo surgen historias apócrifas que me inspiran. Historias que afloran de la necrópolis romana que fue. Como si los muertos de hace dos mil años aún tuvieran cosas que decir o historias que contar.
Por eso, cuando todo el mundo duerme, bajo sigiloso a escucharlos. Presiento que necesitan de alguien que les preste un poco de atención. Anhelan a personas que sepan entenderlos sin morirse del susto, o sin salir corriendo para nunca más volver, o sin llamar por teléfono de ipso facto al programa Cuarto Milenio para ver si les dan algo con lo que poder veranear gratis al año que viene.
A mí me gusta escucharlos relajadamente sentado en uno de los dos butacones de estilo sueco que presiden la vieja cava, alumbrado, únicamente, por la luz amarillenta que me brinda una elegante lámpara de pie. Ellos, alternativamente, con la tranquilidad que les confiere el no tener prisa para nada, comienzan a narrarme historias pretéritas mientras me voy sumergiendo en una especie de trance en el que pierdo la noción del tiempo y del espacio.
En esa especie de alucinación, sin peyote ni ayahuasca, van afluyendo a mi mente historias desconectadas. Como secuencias de antiguas películas en blanco y negro: Aníbal, sobre un elefante enorme, seguido de miles de aguerridos cartagineses pertrechados hasta las cejas. Luchas sangrientas de gladiadores. Leones comiéndose a cristianos. Bacanales desenfrenadas regadas de vino tinto. Venta de esclavos recién traídos del norte de África. Baño y masaje en las termas. Gritos en las tabernas. Celos. Envidias entre patricios y centuriones. Barcos llegando a puerto cargados de noticias de Roma. De todo me cuentan, pero sin prisas. Así da gusto.
A veces,  he llegado a ver sus caras traslúcidas aflorar del techo curvo de la cava. Caras de aburrimiento. Caras de cansancio. Caras de desesperación. Caras de muertos sin ninguna gana de estar muertos.
Y, pese a lo que puedan pensar, no he sentido miedo. Ellos, como los perros cuando te miran, saben si sientes miedo o no. A mí me apasiona que me cuenten historias y, afortunadamente,  se han dado cuenta de ello.
Adiós, mis adorables difuntos, lamentablemente, mis vacaciones tocan a su fin. Con todo el dolor de mi aún activo corazón, hago mutis por el foro. Siempre os recordaré, aunque estéis muertos. Rematadamente muertos.


domingo, 17 de agosto de 2014

Rezos sin sangre


Este Eduardo Halfon, escritor Guatemalteco de origen judío, sabe lo que escribe y lo que pretende conseguir cuando lo hace.  Y no porque lo haya dicho no sé qué publicación. Y no porque haya conseguido no sé cuántos premios o reconocimientos. O lo haya recomendado la sección de cultura del diario El País. Es bueno. Muy bueno. Grande, como se dice ahora en plan esnob.
Sí este Eduardo es judío yo quiero ser judío. Si fuera árabe yo quisiera ser árabe e intentaría, junto a él, y junto a todos los que piensan como él, acabar con todos los muros de odio del planeta. Yo quisiera ser cómo este Eduardo sea lo que sea, coma lo que coma, y le rece a quién le rece. De hecho, el mundo debería de inundarse de muchos millones de Eduardos. De ese modo, el planeta sería más humano y olería menos a mierda camuflada con ambientador de pino. El Halfonismo, de existir, debería ser considerado como un movimiento universal contra la intolerancia y estar auspiciado por Naciones Unidas o, en su defecto, por el Fútbol Club Barcelona.
Es muy probable que la lectura de su último libro “Monasterio”, pueda encabritar a algunos rabinos radicales y ultraortodoxos, pero sin duda alguna, al resto de los mortales nos ayuda a comprender un poco mejor al pueblo judío.
Pero con independencia de eso, si es que es adecuado en este momento utilizar esa palabra en España, independencia, me refiero; Eduardo Halfon, en su corta novela de poco más de ciento veinte páginas, nos enseña, con naturalidad y sencillez, el peligro intrínseco que todos los radicalismos encierran, vengan de donde vengan, enarbolen la bandera que enarbolen, o pretendan lo que pretendan conseguir con su visceralidad.
Me recuerda mucho en sus tesis a mi maestro Amin Maalouf, otro gran defensor de la multiculturalidad, y de la unión de los pueblos desde el respeto y la comprensión de sus diferencias.
Monasterio es, por tanto, un canto dulce contra la intransigencia, y ese canto, hoy en día, con la que está cayendo en Gaza, en nuestro país, o en otros miles de lugares del planeta, suena a música celestial.
Si lo han nombrado entre los treinta y nueve mejores escritores latinoamericanos del momento, no quiero decir nada de cómo serán los otros treinta y ocho.
Qué bonito sería que todos pudiéramos rezar a quién nos diera la gana sin dejarlo todo perdido de sangre..

sábado, 16 de agosto de 2014

Imagínense por un momento


Imagínense por un momento, mis osados y queridos fans, que se encuentran dentro de una vieja cava del siglo XVII. Imagínense, también -ya puestos a imaginar-, que parte los muros de esta espectacular Masía, en la que se encuentra esta singular cava, están construidos sobre las viejas ruinas de la casa de un patricio romano del Siglo II después de Cristo. La cosa no podría sonar mejor, ¿verdad?, pero les diré más.  Imagínense que la casa en la que me encuentro está dentro de un espacio natural protegido y a escasamente tres kilómetros de las ruinas de la impresionante ciudad griega y romana de Ampurias, frente a las mejores playas de la Costa Brava y que el entorno, en pleno verano, mantiene una temperatura privilegiada. ¿Se lo están imaginando, a qué sí?
Lo único que delata un poco mi presencia en Cinc Claus es la limusina. El chofer no pudo meterla en la finca de Mas Peraquintana y se ha tenido que quedar afuera con la consiguiente expectación que el vehículo está generando entre los turistas que se acercan hasta aquí, a caballo o en bicicleta, y entre los doce habitantes de la aldea, los cuales ya no están ni para lo uno ni para lo otro.
Si han imaginado todo ese bucólico escenario, imagínenme a mí ahora, sentado en esa vieja cava, sobre un butacón de diseño sueco, escuchando música clásica, ataviado únicamente con un albornoz de seda china, bebiendo un té de jazmín y escribiendo esta descripción sobre el lugar en el que me hallo escondido del mundo y, sobre todo, del acoso de esos paparazzis, a los que odio más que a nada en este mundo.
Esta mañana, bien temprano, para no ir más lejos, mi equipo de seguridad le ha pegado un buen susto a un fotógrafo freelance que estaba encaramado a un árbol, frente a la casa, vestido de camuflaje.  Con su frustrado, y ahora maltrecho, teleobjetivo, pretendía filmarme con mi nueva amante y fastidiar las exclusivas que la revista Interviuti y el programa de televisión Sálvate publicarán en los próximos días. Para su información, mi actual compañera es una jovencísima modelo de origen venezolano que promete mucho, a la que voy a promocionar durante la próxima campaña. Con ella ya estamos preparando, de mutuo acuerdo, una dolorosa ruptura, por un supuesto engaño, y yo fingiré, tras otro buen reportaje que venderemos  a la revista Love, estar destrozado y buscando consuelo en los brazos de una joven promesa del cine polaco que ya tengo apalabrada.
Como ando un poco justo de liquidez –la Viagra, el caviar iraní y el champán francés están por las nubes- he pensado en organizar un “supuesto” ataque a la limusina por parte de unos radicales antisistema. Vamos a tantear a los representantes de varias revistas a ver a cuál de ellas le puede interesar que montemos el tinglado. Todo dependerá de cómo anden de carnaza los medios de comunicación este verano
Comprenderán fácilmente, tras la lectura de esta narración, que resulta muy duro y difícil mantenerse, durante tantos años, en el candelero. Los famosos estamos siempre expuestos ante las miradas insaciables de los consumidores de prensa del corazón. Con agujetas en los brazos y en las manos de tanto firmar autógrafos. Con dolor de cara de tanto posar con nuestro lado bueno y fingir sonrisas perfectas de anuncio de dentífrico. No tenemos ni pizca de intimidad. Esto es un asco, en serio.
Se lo digo sin acritud: si aún están a tiempo, elijan otra profesión, ya que esta de ser famosillo de vodevil y papel cuché, con esta interminable crisis que nos ha caído encima, no merece la pena. Se lo aseguro.
Ya no sé qué coño inventarme para hacer cash.

Bueno, les dejo, que nos sirven el almuerzo y, como todos ustedes comprenderán, sería una pena que el faisán a la naranja se me enfriara.