miércoles, 1 de agosto de 2018

Doce de copas


¡Aleluya! Por fin alguien me va a ayudar. Lo sé. Lo creo. Lo venía intuyendo desde hacía algún tiempo. La prueba irrefutable la he encontrado esta mañana cuando he salido a caminar. Para los que no sean nativos de la España profunda de la que yo soy, les aclararé que en nuestro país somos muy dados a jugar a las cartas —y más aún en verano—, por lo que no se puede considerar como un hallazgo tan surrealista el hecho de haberme tropezado, en plena calle, con una carta rodando por el suelo. 
Mi familia siempre ha sido mucho de cartas. Bueno, en realidad de cartas, de parchís, de dominó, y de bingo. El juego, en nuestro caso, siempre actuó como aglutinante familiar. Lo malo fue que esa afición al juego traspasó las barreras de lo doméstico hasta llegar, de puertas afuera, a lo patológico. 
Pero a lo que iba. Está mañana he encontrado, bocabajo y en plena calle, a todo un rey de copas, cosa que, rápidamente, y tras la luna de sangre vivida días atrás, he interpretado como un  mensaje evidente del más allá. 
Después de comprobar que ningún vecino me observaba, raudo, me he agachado, he cogido el naipe como quién se encuentra un billete de cincuenta euros en el suelo, y me lo he metido en el bolsillo trasero del pantalón como el que se quita avispas del culo. Automáticamente, y sin dejar que mi suerte se retrasara ni un minuto más, he mirado en el oráculo de Google el significado que otorga el tarot a esta carta y, para mi asombro, la carta dice que alguien muy importante me va a ayudar. ¡Pardiez! ¿Y será verdad que por fin va a cambiar mi suerte? ¿Qué personaje tan importante podría estar en estos mismísimos instantes en el que yo les escribo esta parrafada, o usted me lee, pensando en echarme un cable?
Y yo que nunca fui de copas…

sábado, 28 de julio de 2018

Cárcel de harina


The Alan Parsons Project suena en la radio; una radio recubierta de harina a la que da pena mirar. Su música, acoplada y distorsionada, evidencia el paso despiadado del tiempo. Hace más de treinta años que la música acompaña mi rutinaria historia, una historia que transcurre prisionera entre sacos de harina y el calor infernal de un horno más viejo que las Murallas de Ávila. 
Ahora, si pudieran escucharla, oirían la inconfundible armónica de Supertramp. Lástima que hayan desaparecido las armónicas como han desaparecido tantas y tantas cosas. Aunque si en esta vida he sacado algo en claro es que todo tiende a desaparecer. Eso sí, los únicos que nunca desaparecen son los hijos de puta; esos, incluso, están de moda. Son como las cucarachas que transitan durante el invierno al abrigo de este horno. 
Como habrán intuido, soy un modesto panadero, nostálgico por naturaleza y algo mal hablado, que sobrevive escuchando música mientras ve como se consume su vida a fuego lento. Como decía mi abuelo, en paz descanse: los panaderos vendemos pan blando para poder comer pan duro.
Mi padre me enseñó este oficio, lo mismo que a él se lo había enseñado el suyo. En nuestra familia siempre fuimos panaderos. Siglos y siglos amasando pan y tragando harina.
Recuerdo cuando, de pequeños, mi hermano y yo descargábamos la leña que traía Jenaro en un carro tirado por dos mulas; especialmente aquel día en el que, entre los leños de encina, apareció un sapo enorme. Mi hermano Salva salió despavorido y estuvo varios días sin querer acercarse por la panadería. Salva se dejó los pelos largos y quiso hacerse músico para abandonar esta vida de clausura. El grupo que fundó: Pan Doctor, obtuvo cierto éxito. Grabaron un primer disco y les salieron algunos conciertos por distintos lugares del país. Lástima que aquel trailer cargado de harina se empotrara contra su furgoneta. Mi hermano murió bajo toneladas de harina de la que tanto huía. Paradójicamente, el camión pertenecía a la cooperativa que, durante décadas, nos abastecía; incluso el chófer del camión, en multitud de ocasiones nos había traído los pedidos al negocio. Por ello, cuando se enteró de que el conductor de aquella camioneta de músicos, contra los que había embestido en un descuido, era mi hermano, sufrió un ataque de ansiedad del que, aún a día de hoy, no se ha recuperado.
Pegado a la pared del obrador, y recubierto de una fina pátina de harina, aún luce el primer y único póster de la primera y a la postre última gira de Pan Doctor. En él, mi hermano Salva sonríe tocando la pala del horno, a modo de guitarra eléctrica, y sus dos compañeros, que curiosamente salieron ilesos del accidente, tocan sendos panes de tres kilos que amasamos a modo de guitarras para la ocasión.
El rock de panadería: “el rock más caliente de la historia” —como decía mi hermano—se enfrió demasiado pronto.
Yo aguanto aquí como aguantaron los de Numancia. Cada vez tengo menos negocio. Primero me atacaron con los precios y me dejaron sin recursos. Ahora me atacan desde la calidad y estoy sin medios para poder seguir el ritmo, el nivel, y la diversidad que impone el mercado. Así que tan sólo aspiro a resistir hasta no sé cuándo, escuchando esa vieja radio tan llena de harina como de historia.
Les confieso que el sobrepeso me está minando la salud como las termitas que se comían la artesa de mi abuelo. No tengo ni dinero, ni salud, ni familia, tan sólo amaso pan. Amaso pan mecánicamente, sin aspiraciones de ningún tipo. Amaso pan por obligación y por cobardía. Amaso pan en la celda que me ha configurado la vida. Aunque se asomen a este inhóspito obrador y me vean trabajando, no se engañen, en realidad sólo soy el fantasma de esta patética historia.

martes, 10 de julio de 2018

El río de los sueños


A veces me siento viejo y en otras, las menos, me veo joven y predispuesto a hazañas gloriosas. El espejo es un brillante embaucador que nos regala mentiras piadosas para que no caigamos a destiempo en el abismo del abandono. Cada vez me cuesta más aceptar ese reflejo. Mis ausencias son la otra cara de la moneda de mis presencias. Para que me entiendan: soy tanto de estar como de desaparecer. Uno está para lo que está, con menos fuerzas e ímpetus de los que hace gala. De ese modo, van pasando los días y aumentando las cuentas. Cada amanecer es uno más pero no deja de ser uno menos. Creo que las matemáticas dependen plenamente de los enunciados, por lo tanto, si esto fuera así, cosa que de ninguna manera puedo asegurarles, la literatura, en un alarde de superioridad, condiciona los números y los manipula a su antojo. ¿Qué importan los kilómetros cuando uno sabe el camino que ha de recorrer? Ni los más complejos algoritmos alcanzarían para cuantificar el sordo grito de las ausencias. Ahora, en plena Era de la Comunicación, y en el apogeo del apocalíptico Neoliberalismo, todo ha de ser medible y rentable. Todo ha de estar sujeto a términos productivos y sometido a la impronta de la utilidad y de la normalización. 
Estar, sin embargo, no es otra casa que el presagio de una ausencia más o menos previsible. ¿Y si la vida y la muerte tan sólo fueran metáforas de una realidad que nos arrastra, sin enunciados, en la que tan sólo sumamos y sumamos amaneceres hasta que caprichosamente, sin saber el motivo, dejamos de hacerlo? ¿Es acaso el río el agua que se arrastra hasta el mar, o el río es, en sí mismo, otra cosa distinta? ¿Y de no ser así, qué es un río? ¿No es acaso nuestra vida un río que nos precipita hacia el mar de los sueños eternos? ¿Y quién controla esos sueños? ¿Quién los censura? ¿Entienden de leyes los sueños? ¿Y de normas? ¿Y de ofensas? ¿Qué embalse o prisión sería capaz de retenerlos?
Vida, ríos, sueños, ausencias. ¿Acaso no tienen en común todo el sentido y ninguno?
Los dictadores de la posdemocracia ya preparan leyes para impedir que soñemos. Aún queda tiempo.

domingo, 1 de julio de 2018

Dudas


Dudas. En el caminar entre las sombras, dudas. En el ascenso a las montañas, dudas. En el bucear entre los peces, dudas. En el futuro de Europa, dudas. Hacia el Gobierno de España, dudas. Ante el peluquero de Donald Trump, dudas. Con el portero de España, dudas. Si pienso en mi jubilación, dudas. Al mirar de frente al futuro, me asaltan las dudas. Las dudas, como parásitos, anidan en el pelo de nuestra sombra. Incluso, en ocasiones, sentimos dudas de ella. ¿Por qué nos persigue con tanta insistencia?  ¿Qué pensará de nosotros? ¿Adónde se refugia nuestra sombra cuando no la vemos?
Dudas y más dudas. Dudo de la utilidad y del futuro de este blog. De su aplastante insignificancia. Dudo. Dudo de tantas y tantas cosas, que casi habito en la duda eterna. Dudo si refugiarme en la religiosidad o si ahondar en la filosofía. Dudo entre si correr como si me persiguiera el diablo o sentarme pacientemente a esperarlo. Dudo de lo que comemos. Dudo de las medicinas. Dudo de los que no dudan.
Dudo entre si seguir escribiendo o guardar mis letras en el cajón del olvido. Son demasiadas dudas para un ser tan insignificante como yo. No sé si, en algún momento, los dioses se permitieron el beneficio mundano de la duda o si siempre nadaron en el mar de la certidumbre.
La duda, siempre la duda... esa compañera fiel e intransigente que camina a nuestro lado y  gusta tanto de hacerse la muda.

viernes, 1 de junio de 2018

Mi gran historia cubana


Ahora que intento escribir esta historia que hace tanto tiempo guardo dentro de un cajón en mi memoria, viajo en un tren. Viajo en un tren de alta velocidad con destino a Madrid, como de alta velocidad es nuestra propia vida que pasa tan rápido como un torbellino. Aunque la historia que les voy a compartir no comenzó en un tren, comenzó en un barco.  En realidad, no tengo ni idea de cómo comenzar a contarla. 
Lo cierto es que sucedió hace mucho tiempo. Yo, por aquel entonces, era muy joven; un joven iluso y muy inquieto en el terreno político, y socialmente muy comprometido. Más o menos, por aquellos años, así era yo. Pero comprometido con qué, se preguntarán, pues comprometido con todas las causas justas del mundo. 
Por aquella época yo era un joven activista solidario y ecologista a más no poder. Aún recuerdo con emoción, y por qué no decirlo con orgullo: mis luchas, mis acciones, mis denuncias, mis reuniones, mis manifestaciones, y mis constantes escritos a los medios de comunicación sin apenas saber escribir. 
Por aquel entonces, gracias a la sección de contactos de la Revista Integral —que para muchos de nosotros era algo así como el Boletín Oficial del Estado—, yo mantenía una relación epistolar con un joven cubano. Un joven cubano al que ayudaba en todo lo que podía: le enviaba medicinas, calzado, ropa, leche en polvo, libros... De alguna forma, apoyar a ese hombre, era una manera de apoyar un mundo de utopías que para mí eran irrenunciables. Siempre, apoyando a los demás, he sentido que me apoyaba a mí mismo, de tal manera que hasta la generosidad, al menos en mi caso, supone, en cierto modo, un acto de egoísmo. 
Cuando tuve la primera oportunidad de viajar al otro lado del mundo, cómo no podía ser de otra manera, decidí viajar a Cuba. Quería enfrentarme a mis sueños, conocer a mi amigo, escuchar sus músicas, bañarme en sus aguas, disfrutar de la grandiosidad de sus paisajes, y, sobre todo, quería seguir compartiendo mi suerte con otras personas que no disfrutaban de las mismas oportunidades que yo. Viajar a Cuba, y no a otro lugar del mundo, era mi forma de romper el embargo, de revelarme contra el bloqueo, y de mostrar mi apoyo y mi solidaridad a un pueblo que luchaba, y que hoy día sigue luchando, por salir adelante. 
Y eso tal vez fue lo que me llevó a escribir en aquel libro de visitas una emotiva dedicatoria al pueblo cubano; un pueblo al que admiraba, un pueblo al que, en cierta medida, idolatraba. Recuerdo que fue en el Parque Nacional de Baconao, en Santiago de Cuba, concretamente en un museo de viejos automóviles, aunque, en realidad, toda Cuba es un gigantesco museo de automóviles de todas las épocas —excepto la contemporánea— que volvería loco a cualquier amante de las cuatro ruedas.
Allí, como les decía, estaba esperándome ese libro de hojas amarillentas, humedecidas por aquel ambiente tropical y pegajoso, de hojas ávidas de cariño, de afectos, de letras solidarias, y sobre todo de mí. Ahora sé que mi intuición no me fallaba. Ahora sé que esa ansiedad mía por conseguir un bolígrafo con el que escribir esa dedicatoria al pueblo cubano, no era un simple brindis al sol, era algo necesario y trascendente. Por eso lo hice. Tenía que hacerlo. En algún lugar estaba escrito que así tenía que ser y yo tan sólo me convertí en una herramienta del destino. Ese libro, ese bolígrafo, y yo, estábamos allí para que todo lo que tenía que desencadenarse, después de aquel ejercicio literario tan modesto, pudiera suceder. 
Y sucedió… Sucedió porque, tras aquella dedicatoria que me salió del alma, escribí mi dirección completa en España. Me di cuenta, al hacerlo, de que nadie lo hacía, pero, no me pregunten la razón, yo sí lo hice. Sabía, sin saberlo, que esa era mi obligación. Y allí, en aquella sierra, en la que comenzaron a cambiar tantas cosas en la historia reciente de Cuba, comenzó a fraguarse el cambio en la historia de una hermosa familia. En la historia de una familia que, en sus orígenes, marchó a Cuba, harta de pasar hambre y calamidades. En la historia de dos murcianos, que, como yo,  aunque de distinta manera, marcharon a Cuba en busca de un sueño. 
Y ese mágico nexo de unión, casi un siglo después, fue el mismo que nos volvió a unir.
Cada vez tengo más claro que todo círculo que se abre no se convierte en una línea recta, se convierte en una especie de órbita que, antes o después, vuelve a cerrarse. Aunque, no me hagan mucho caso, a veces pienso así, y otras veces, sin embargo, pienso de otra manera distinta. 
Luego supe que, esos dos murcianos de Alhama de Murcia que marcharon a Cuba en el año 1.909, se dedicaban a subir y bajar hielo a lomos de unas bestias desde los pozos de la nieve de Sierra España, en un oficio tan aciago como ruinoso, dejaron en Alhama a varias hermanas, de tal manera que las familias se desarrollaron ya cambiando los apellidos, que conservaron en Cuba los varones, y que las hermanas, al casarse, fueron perdiendo en España. 
Varios meses después de ese viaje, recibí una carta. Yo seguía escuchando música cubana: Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, La Vieja Trova Santiguera…Yo aún seguía emocionado con aquellos quince días que había disfrutado en Cuba, pero mis convicciones revolucionarias se vinieron abajo, como abajo se vino el Muro de Berlín, o como se hundió el Titanic. 
Mi amigo epistolar, durante mi visita, me narró, con lágrimas en los ojos, cómo su padre, tras trabajar como empleado en varias tiendas, y hacer multitud de esfuerzos para poder ahorrar, montó su propia tiendita. Me habló de las diferencias sociales. Me habló de discriminación racial y sexual. Me habló de la precariedad y de la injusticia que, pese a esa hipotética revolución, campaban a sus anchas por toda la isla. Al padre de mi amigo, al poco tiempo de alzarse Fidel Castro en el poder, le confiscaron su tiendita. Durante aquel viaje, lo bucólico de aquella revolución verde oliva, se desvaneció ante mis ojos con todo el dolor de mi corazón. Aún recuerdo, mientras atravesaba junto a mi amigo, bajo la oscuridad de uno de sus frecuentes apagones, un barrio popular de Santiago, como alguien me gritó desde alguna ventana: ¡Ahí van los amos del país!, haciendo referencia a mi condición de turista. Aquella frase, aquel grito, aquella reclamación, me dejó helado. De hecho, mi último acto revolucionario como tal fue ponerle de nombre a mi primera hija Yolanda, como la universal e incomparable canción de Pablo Milanés.  
Y aquella carta, como un mensaje a la deriva dentro de una botella, con su sobre distintivo de correo aéreo que le hacía tan especial, con sellos exóticos, con letra estilosa y de origen cubano, estaba en mi buzón. 
Decía algo así:

“Estimado José, mi nombre es Lucila. 
A buen seguro que se extrañará de que me haya tomado la libertad de escribirle sin que usted me conozca de nada. Y lo hice porque en el Museo del Automóvil del Parque Nacional de Baconao, vi por primera vez la palabra Murcia. Nunca, hasta ese momento, y desde que escuchara contar a mi abuelo las historias de su Alhama de Murcia natal, había tenido ocasión de conocer a alguien de Murcia. Dicho esto, desconozco si Alhama de Murcia, tiene mucho o poco que ver con la Murcia en la que usted reside, no sé si estén lejos o cerca una de otra, pero le escribo porque es usted a la única persona de Murcia a la que puedo dirigirme para solicitarle su ayuda. 
Le diré que, desde bien jovencita, comencé a crear el árbol genealógico de mí familia, y siempre, en las ramas que se perdían hacia las tierras de mi abuelo, me faltaron datos que, de poder completar, me harían inmensamente feliz.
Mi abuelo se llamaba Juan Hernández García, y vivía en Alhama de Murcia, en la calle Gil número 14, desconozco si esa calle, siga llamándose así. Sé que allí quedaron sus hermanas, o sea mis tías abuelas, así que en Alhama de Murcia se encuentra, o puede encontrarse, una parte importante de mi familia de la que no tenemos noticias desde hace más de cincuenta años. Y sí, amigo José, cincuenta años son muchos años. Soy consiente de que en medio siglo todo puede haber cambiado; puede que el resto de mi familia también se marchará hacia algún otro lugar a buscarse la vida, pero Alhama de Murcia es el único lugar en el que aún tengo la esperanza de poder encontrarlos. Esa es mi ilusión y esa es la ayuda que me atrevo a pedirle aún sin conocernos, pero esa dedicatoria tan humana que usted nos dedicó al pueblo de Cuba me hace entender que usted puede hacerlo. Ojalá me pueda ayudar a encontrarlos. 
A la espera de sus noticias, eternamente agradecida, reciba un cordial saludo de Lucila Sánchez.”
Aquella misiva, tan cargada de humanidad, y tan cargada de historia, no me dejó indiferente. Mas, al contrario, generó en mí una nueva forma de lucha, otorgándome, tras la caída de mis ideales, un nueva oportunidad para seguir haciendo algo por los demás. Y esta vez no por una Cuba equivocada y enrocada en sí misma, sino por una cubana auténtica, de carne y hueso, cuyas raíces conectaban con mi propia tierra y que, con aquella peculiar petición, ponía en jaque a mi propia capacidad. Aquella carta, me supuso un reto, y como tal, lo acepté. 
Yo trabajaba, en aquel momento, en el bar de mi familia: el Bar Josepe. Un bar que me dio tanto y al que yo entregué, en compensación, doce años muy hermosos de mi vida. 
Desde la barra de ese bar, y en los tiempos muertos, decidí organizar mi búsqueda. En ausencia de Internet, la guía telefónica sería mi base de datos. Subrayé las cuarenta personas que aparecían en la guía, en la población de Alhama de Murcia, y que tenían los mismos apellidos que el abuelo de Lucila. 
Y comencé a llamar. Llamada tras llamada, a todos los que me daban pie, les contaba la historia de unos hermanos que se marcharon a Cuba, tras lo cual la pregunta de rigor que les formulaba era tan sencilla como contundente: ¿Usted recuerda que algún familiar suyo se marchara a trabajar a Cuba?
No, no, y no, fueron las respuestas de todos ellos. Pasaron casi dos meses hasta que di por finalizado ese primer listado. Después inicié una serie de llamadas más oficiales y corporativas: asociaciones vecinales, políticas, musicales, culturales, juveniles, y las respuestas ante esta segunda estrategia fueron tan desalentadoras como en la primera. Han pasado demasiados años —dije para mis adentros. 
Recuerdo que en una de esas llamadas alguien me aconsejó que llamara a las parroquias —tal vez allí le puedan dar alguna información— me dijo.
También recuerdo que pensé que estaba ya enfrentándome a los últimos intentos. Hice varias llamadas más y nada de nada. Todo me hacía pensar que aquel reto estaba perdido. 
Pensé en el timbre de voz que escucharía, desde el otro lado del océano, al llamar a ese teléfono de Cuba que me habían facilitado, para decirle a Lucila que, finalmente, mi búsqueda había resultado infructuosa. 
Pero ese último día de llamadas, al igual que hacía unos meses en el museo del automóvil, era el día que el destino tenía preparado de antemano para ella. Para Lucila, y para su madre, hija de aquel emigrante alhameño y que siempre soñó con pisar el pueblo de su padre, pero también para su esposo, y para sus tres hijas. Ese día el sol brilló especialmente para todos ellos. Todos y cada uno de los astros del universo se alinearon para que, en aquella última llamada, a aquella parroquia en la que nunca coincidía con nadie, en esa precisa y postrera llamada, sí hubiese alguien. Y además que, ese alguien, tuviera la llave que abriría las puertas de una nueva vida para todos ellos.  
Yo contaba al sacerdote, como había hecho anteriormente con tantas y tantas personas, la historia que me contó, y la tarea que me había encomendado, Lucila. Al mismo tiempo, el cura iba repitiendo mis palabras en voz alta, como si estuviera compartiendo aquella información con otras personas. Y ahí fue cuando escuché una voz de mujer que exclamó: ¡Unos parientes míos se fueron a Cuba! Esas palabras nunca las olvidaré: ¡Unos parientes míos se fueron a Cuba!…
Mi corazón dio vuelco. Mi boca se resecó. Mi sangre se aceleró y hasta creo que tartamudeé cuando el cura me propuso que le dejara mi nombre y mi número de teléfono, prometiéndome que, en breve, un hijo, o un sobrino de esa señora se pondría en contacto conmigo. 

A los pocos días sonó mi teléfono. Juan Andreo, Catedrático de Historia de América por la Universidad de Murcia, ahora tristemente fallecido, me llamó. Intercambiamos impresiones y quedamos para encontrarnos en el Ipanema, emblemático bar, también desaparecido, que estaba frente al aulario de la Merced. 
Nos tomamos un café. Durante la conversación me comentó que, curiosamente, él llevaba la tesis a un grupo de estudiantes de historia de la Universidad de Santiago de Cuba y que viajaba allí con cierta regularidad. Me aseguró que, en su próximo viaje, pasaría a conocer a sus primos.
Todo lo que después aconteció ya es algo que se sale de la órbita de mi historia. Tal sólo puedo decirles que su primo Juan Andreo, de manera admirable, contando con la ayuda de algunos amigos, logró traer a España a toda la familia, incluyendo a la anciana madre de Lucila que murió a los pocos meses de llegar al pueblo de su padre. Aún recuerdo lo emotivo que resultó para mí ese entierro. 
Este año, tanto Lucila como su esposo Humberto se jubilan en Alhama de Murcia después de toda una vida dedicada en cuerpo y alma a la medicina en hospitales de Santiago de Cuba y de Murcia. Su hija mayor, Lourdes, también doctora, está casada, vive en El Palmar, Murcia, y espera a su primer hijo. Sus otras dos hijas, Iliana y Yamila, estudiaron bioquímica en la Universidad de Murcia y, ante la imposibilidad de encontrar aquí un trabajo digno acorde a sus estudios, actualmente se encuentran trabajando en los Estados Unidos.
Estoy convencido, aunque nadie evidentemente lo pueda asegurar, de que ese círculo que contribuí a cerrar, de alguna u otra forma se hubiera acabado cerrando sin mi mediación. Sin embargo, misteriosamente, tras todo este tiempo y todo lo acontecido, otro círculo nos vuelve a unir a Lucila y a mí. Ella vive en Alhama y ahora, la empresa para la que trabajo desde hace más de veintitrés años se traslada a Alhama de Murcia.
No me negaran, mis queridos lectores, que esta historia no tiene su magia.
Aquel café que tomé con Juan Andreo nunca se me olvidará. Creo que a mi amiga Lucila tampoco.

lunes, 14 de mayo de 2018

El gigante


Esto que les voy a confesar, antes de tratarlo con mi psicoanalista, no es que me haya sucedido ni una, ni dos, ni tres, no, son ya muchas las ocasiones en las que, durante los vuelos, sufro de unos microsueños en los que se me aparece un gigante que para qué les cuento; un energúmeno con aspecto de hoolingan aeroportuario que lee mis relatos y entra en cólera. 
Petrificado como una escultura griega, ya que nunca me hubiera imaginado que un hoolingan leyera relatos y menos aún los míos, lo escucho gritar y arrojar espumarajos por la boca. Observo cómo se pone colorado, cómo se le hinchan las venas del cuello y cómo se abren las aletas de su desproporcionada y aguileña nariz. Presa de un ataque de ira, grita que está harto de leer mis poses. No entiendo por qué no deja de leerlos si estos le generan tanta desazón. Dice que todo es palabrería, de sentido engañoso, que nada es real, que manipulo a mis lectores, que no soy la persona tan afable y comprensiva que digo ser, que soy más personaje que mis personajes. ¡Coño, pues que no me lea y en paz! Vamos, digo yo.
En ese momento, y no en otro —aunque podría ser en otro cualquiera ya que esto es algo así como un cuento—, se da la vuelta, me descubre, se queda mirando mi rostro desencajado, se abalanza sobre mí sin que ningún pasajero parezca darse cuenta de la tragedia que se está fraguando a más de trece mil pies de altura en un más que amortizado avión de la compañía Croatia Airlines, agarra mi cuello y me zarandea contra el asiento sin que yo pueda hacer nada para defenderme.
Y ahí, convertido en un pelele sin futuro literario alguno, saco fuerzas de flaqueza y le grito: ¡Dejo de escribir, se lo prometo, dejo de escribir!
Pero el gigante, incrédulo ante mi descargo, hunde su dedo anular en mi garganta, arruinando así mis pretensiones de representar a España en el próximo Festival de Eurovisión, y exclama, ya con algo más de sigilo, como por lo bajini: ¡muereee… cobardeee!
Y yo, ante la peregrina indiferencia de todo el pasaje, y de toda la tripulación, voy y me muero. 
Afortunadamente ya he muerto varias veces y, a pesar de ello, sigo escribiendo para acrecentar la incertidumbre del gigante. Como ven, uno nunca tiene bastante.

sábado, 12 de mayo de 2018

Volver


Ayer fue el Día de la Madre y hoy vuelo a Zagreb vía Bruselas. Hace un tiempo que Andrés Neuman y su libro “Hacerse el muerto” pacientemente me esperaban. Al comprar los libros a montones, siempre tengo alguno en lista de espera y este que les cito me andaba esperando hace algún tiempo sobre la mesa de mi estudio. De hecho, creo que se hacía el muerto para que lo dejara en paz.
No me avergüenzo al decirles que cada vez que leo a este argentino afincando en Granada me provoca mucha envidia sana, si es que la envidia pudiera ser sana en alguna de sus presentaciones. 
Ayer recordé a mi madre, al igual que lo hicieron millones de personas, y lo mismo que Andrés Neuman recuerda a la suya en varios de los relatos que se agrupan en este pequeño gran libro, y que me harán compañía durante este viaje de trabajo a Croacia. 
El argentino desvela en sus páginas la complicidad que mantuvo con su madre en los últimos momentos de su vida, que, como en mi caso, fueron momentos aciagos que discurrieron en la inhóspita habitación de un hospital. Momentos peleados fuera de casa, en terreno hostil, sin apenas intimidad y despojados de todo futuro. 
Sentir la impotencia de ver cómo muere la persona que te ha regalado la vida, es una experiencia difícil de asimilar. De hecho, van pasando los años y esa dolorosa sensación me sigue supurando como si de una herida infecta se tratara. Y afloran también las dudas y las deudas que quedaron pendientes: los besos y los abrazos no dados, las visitas robadas, las comidas que no nos comimos juntos, las atenciones que no le brindé. Y, a imposibles, la tristeza de pensar en la nieta que no llegó a conocer.
La vida vuela. La vida se va volando como se van las golondrinas después de cada verano, o como se fue mi madre, o como me voy yo en busca de la vida que ella no supo encontrar.
Andrés Neuman, como ocurre con todos los buenos escritores, abre fuego a discreción sobre nuestras conciencias, y, curiosamente, siempre acierta de pleno, con sus balas de letras envenenadas, en la débil fibra de mis emociones. 
Mi madre no se mereció la vida que llevó, no se mereció la vida que le dimos. Ellas, irremediablemente, se fueron para siempre, nosotros, sin embargo, aún tenemos que volver y alguna que otra cosa que contarles.