martes, 22 de abril de 2014

Detritus, coitos y la Bolsa de Frankfurt


A mí eso de que alguien me lea desde Malasia, encaramado en lo alto de las Torres Petronas, es que me pone de los nervios. ¿Cómo va a entender un malayo todas las tonterías que yo escribo? Pero, él está ahí, erre que erre, entrando a mi blog con frecuencia, de manera sigilosa, como quien mira de soslayo el escote de una empleada de Zara mientras dobla doscientas blusas por minuto. 
Pero la cosa no queda ahí, no. También me visitan mucho de EE.UU, no sé si sea algún hispanista trasnochado que disfruta con mi existencialismo barato, o un guionista de Hollywood que quiere plagiar mis relatos para convertirlos en éxitos mundiales de serie B.
He pensado que todo esto que escribo es una especie de detritus mental, una excreción purulenta e infecciosa que contagia de escepticismo a todo el que se atreve a leerme. No es otra cosa.
Con lo reflexivo tengo menos audiencia que con lo humorístico, de tal manera que, cuarenta años después de haberme propuesto seriamente no convertirme en un bufón, no he conseguido soltar ese lastre. Llegué a odiar la frase: ¡Pepico, cuéntanos un chiste! Y, de facto, dejé de contar chistes como me quede sin abuela.
Pero mi sentido del humor es incontenible. Me río de mi mismo y de mis limitaciones y observo la vida en clave de chiste para no cortarme las venas y ponerlo todo perdido.
También entran mucho por aquí desde Alemania, supongo que entran con la finalidad de valorar la productividad de un español medio y, con ello, tomar decisiones financieras en la Bolsa de Frankfurt. Sí, sí, ¿no me entienden? pues, tranquilos, yo se lo explico fácilmente: Si me ven cabreado y lloricoso, se quitan las acciones de las empresas españolas como el que se quita avispas del culo, pero, por el contrario, si estoy motivado y escribo relatos cachondos, pues se hinchan a comprar. Soy, por tanto, quién lo hubiera imaginado, una herramienta bursátil de alta precisión y encima no me llevo un duro de comisión.
Los alemanes siempre han destacado por su capacidad de ver el lado práctico de las cosas, tal vez por eso, le han encontrado a este blog el sentido y la utilidad que mucha gente no le encuentra.
Otros llegan hasta aquí en busca de "Un pene enorme" o de "Sexo oral gratis" que son dos relatos trampa que subí hace tiempo y que de manera fácil y sencilla recogen cientos y cientos de visitas cada año. El sexo mueve montañas. ¿O era la fe?
Sea cual sea el país de origen de mis lectores, o la razón inconfesable que les trae hasta aquí, quiero mostrarles mi más sincera gratitud. 
Lo suyo tiene mucho más mérito que lo mio.
Lo mio es sólo un detritus. A las pruebas me remito.

viernes, 18 de abril de 2014

Analogía futbolera


El fútbol es una fuente de inspiración productora de grandes instantes. El todo o la nada se decide en una toma de decisión instantánea en la que el interesado -el futbolista- se la juega para siempre. Si acierta, pasará a la historia como un héroe, ¡ah, amigos! pero: ¿y si falla ese balón que le han puesto como a Felipe II en el mismo centro del área pequeña y con la puntera la manda a la grada?. R.I.P.
Ese juego bobalicón de origen inglés, dueño y señor de millones y millones de instantes de nuestra historia contemporánea, representa un microcosmos digno de estudios psicológicos y sociológicos de carácter individual y colectivo de las principales universidades o, como en este caso, de un humilde servidor. 
Hace unos días en España se jugó la final de la Copa del Rey de Fútbol entre dos grandes instituciones: El Real Madrid  y el Barcelona, con todo lo que ello representa en el coyuntura política del momento. Ante el televisor casi doce millones de teleespectadores esperando el instante clave, la jugada decisiva, o la estrategia acertada. 
En el partido al que hago referencia, la competitividad era máxima. Los intereses de unos y de otros se argumentaban con solidez. El toma y daca constante evidenciaba el adecuado planteamiento de unos y de otros. Cualquiera de los dos estaba en disposición de alzarse con el preciado trofeo. Tan sólo faltaba que alguien, entre ese enorme bosque de piernas millonarias, tomara, en el instante preciso, la decisión adecuada que rompiera el equilibrio del partido.
Lo mismo sucede en nuestra vida real, ese equilibrio forzado por las situaciones que nos han tocado vivir, sólo se rompe mediante una toma de decisión. Saliendo del espacio de confort, que supone el equilibrio en el que nos desenvolvemos -y que nos puede llegar a asfixiar- y apostando por una idea nueva, una ruptura del status quo imperante -pero inoperante- por un planteamiento diferente que cambie nuestra realidad y nos lleve hacia la victoria.
El equilibrio se rompe arriesgando. Y eso es lo que hizo un jovenzuelo -millonario hasta la médula- llamado Bale. Dicen que sus piernas valen más de cien millones de euros (sin comentarios). La cuestión es que el mozo de buenos colores, agarró un balón, lo lanzó al hueco, apretó el culo, corrió como las balas, ignoró al resto de sus compañeros y al resto del mundo, y la metió donde la tenía que meter y ¡alehop!: ¡El mundo se vistió de blanco! El villano se convirtió en héroe, y Casillas levantó de nuevo un trofeo ante su Sara Carbonero y el resto de los mortales.
En el bando contrario, Neymar todavía se estará preguntado si hizo bien, o no, en meter la puntera en ese balón que dio en el poste, o mejor tendría que haber optado por golpear con el empeine o el interior del pie y haber definido mejor la trayectoria que, con la puntera, siempre incluye un porcentaje mayor de azar. 
Todo se decidió en dos segundos. Lo demás fue relleno.
En nuestras vidas, también nos lo jugamos todo en unas cuantas decisiones. 
Como decía el proverbio chino: ¿Bueno o malo?: no lo sé.

miércoles, 16 de abril de 2014

Dar


Hay un pequeño libro de Nabokov sobre la encimera de acero de mi cocina. Dos peces rojos dando vueltas y más vueltas en su claustrofóbica pecera. Cuatro días festivos por delante. Letras y pensamientos que revolotean a mi alrededor sin conexión aparente. Pienso. De hecho, entre otras cosas, me pagan para que piense. Mi cabeza se puso en marcha a las cinco y media de la madrugada de manera efervescente. Tal vez, con demasiada energía o, quizás, podríamos llamarle, sin temor a equivocarnos: confusión.
La luz del día va tomando intensidad. Repaso la prensa. El Real Madrid luce pletórico ante la impotencia del Barcelona. Los rusos siguen sacando pecho ante Ucrania y ante el mundo. El Rey está cada día más cojo. El calendario avanza impasible ante nuestras nimiedades. Nuestros sueños se postergan sin razón aparente. La rutina corroe, silenciosa, ganando la batalla del tiempo. 
Los plátanos de mi frutero, por el exceso de calor de estos días pasados, se han madurado mucho. Las ideas, como los yogures, tiene fecha de caducidad. Los peces, boqueando en la superficie de su lago de ficción, me piden, con gritos mudos que retumban en mi conciencia, que les cambie el agua. El futuro me pide respuestas. Las respuestas me piden cordura. La cordura me pide equilibrio. El equilibrio me pide fuerza. La fuerza me pide resistencia. La resistencia me pide constancia. La constancia me pide claridad. La claridad me pide que me ponga las gafas. Las gafas me piden que las limpie. La limpieza me pide destreza. Mi destreza me pide método. El método me solicita renovación. La renovación me pide a gritos que piense. Todo el mundo me pide de todo y, a veces, tengo poco para darles.
Por esa razón, mientras me sueno los mocos, me planteo si esta mañana seré capaz de escribir algo minímamente coherente, o mejor dedicarme a la contemplación de mis peces de colores, o terminar con ese libro de Nabokov. Con la duda, me voy a preparar el desayuno para, de ese modo tan pueril, intentar recobrar algo de lucidez si es que alguna vez la tuve.
¿Qué sería de mí sin mi vieja cafetera Saeco y mi café de Intermón?
No sé si esta mañana podré escribir algo más, o esto que han leído será todo.

lunes, 14 de abril de 2014

El enigma de las gafas


Si todo el mundo lo hace -me dije a mí mismo: ¿voy a ser yo menos? El running es lo que toca ahora, pues ¡hala! a correr se ha dicho. Así que, bajo ese razonamiento tan shaskesperiano: ¿Ser o no ser, runner? me fui a Decatlón y me hice con dos mudas completas para tales menesteres, beneficiándome de un veinte por ciento de rebaja, más un vale con el cincuenta por ciento de descuento en artículos de piragüismo y escalada.
Recuerdo que, la última vez que hice algo por el estilo, a eso le llamábamos footing, pero desconozco si, en realidad, existen diferencias técnicas entre uno y otro concepto de salir corriendo para cansarse y tener sed. 
Como siempre fui poco sociable -por no decir más raro que un perro verde- comencé a salir solo. El carril bici, recién habilitado junto al río, me pareció la mejor opción para un primerizo como yo, principalmente por la ausencia de desniveles y, sobre todo, por la gran cantidad de mujeres que lo utilizan y la motivación extra que eso me ha provocado siempre.
Los primeros días, tal y como imaginaba, cagué las plumas. Me dieron ganas, varias veces, de tirar la toalla, pero las mallas que lucen ahora las atletas, que se pegan a sus piernas y a sus glúteos como una segunda piel, me sirvieron de acicate para continuar con esa aventura deportiva.
A los pocos días, siguiendo por el camino paralelo al cauce del río, llegué a una pequeña población que no tenía, hasta ese momento, el gusto de conocer. Las casas se veían muy humildes. Un minúsculo jardín sin flores, y medio destartalado, se mostraba triste por la ausencia de niños, la proliferación de envases vacíos de cerveza y por la ingente cantidad de cacas de perro resecas que lo alfombraba.
Una niebla espesa, como los ambientes de los restaurantes antes de la entrada en vigor de la actual ley antitabaco, cubría el pueblo. No encontraba señales de vida humana ni de ningún otro tipo, hasta que, de repente, un grupo de grajillas negras sobrevoló mi cabeza chillando como si se fuera a acabar el mundo y un perro me ladró como si estuviera viendo al mismo demonio. La luz mortecina de una farola atrajo mi atención. Fui hacia allí como podría haber ido hacía cualquier otro sitio. Bajo ella, me pareció reconocer un bulto similar a una persona sentada en una silla, pero la niebla no me permitía distinguirlo con nitidez. Al acercarme, pude comprobar que estaba en lo cierto. En una silla de ruedas, cubierto con una manta, y con una boina calada hasta las orejas, había un señor que debería estar mucho más cerca de cumplir los cien años que de salir agraciado con el gordo del Euromillón. Al ponerme frente a él, inevitablemente me fijé en sus gafas; no porque fueran unas Google Glass, que no lo eran, sino porque llevaba unas gafas de pasta con dos cristales de culo de vaso, uno de los cuales era tan opaco que impedía ver el ojo, y el otro tenía tanto aumento que el ojo se veía tan enorme que llegué a pensar que tuviera la capacidad de ver hasta el infinito o más allá.
Pese a estar escasamente a un metro de aquel anciano, él no se percató de mi presencia, por lo que, aparte de estar cegato, comprendí que el señor en cuestión estaba más sordo que una tapia.
-Buenos días caballero -le dije con el respeto que se merecía. 
-¿Quién anda ahí, eres la muerte otra vez? -me preguntó, desconcertado.
-¿Quién, yo? -pregunté confundido mirando para todos lados.
-Sí, tú, sí, no te hagas el disimulado, me estoy refiriendo a ti. Sé que eres la muerte, aunque vengas disfrazado de mariquita de playa -me dijo sin reparos.
-¡Oiga, señor, sin faltar, que yo ni soy la muerte ni soy mariquita! -le expliqué al anciano.
-Ya, ya, y yo voy y me lo creo. Tú has venido a por mí, como la semana pasada vinieron otros colega tuyos vestidos de militares de la guerra civil, pero, como ellos, te vas a quedar con las ganas de llevarme contigo. Pienso llegar a ser más viejo que Matusalén -me aclaró.
-La semana pasada estábamos en carnaval. Seguro que vinieron algunos jóvenes a gastarle alguna broma -le comenté.
-Claro amigo, sé que estamos en carnaval pero a esos muertos los conozco de sobra; son los que fusilaron en la guerra civil. Ellos mismos cavaron su propia tumba antes de que les metieran una somanta de tiros. Uno de ellos, el más grande de todos, carga siempre con la pala. Los veo a menudo por aquí, sabe usted, así que no me venga ahora con milongas. También pasa a menudo una niña a la que atropellaron hace casi veinte años; pasea con su muñeca buscando a su madre. Y un niño que se ahogó, en esa acequia de ahí al lado, con el balón que se metió a buscar. Los muertos vienen con frecuencia a por mí. Desde que me pusieron estas gafas los veo, antes no. Yo creo que son estas malditas gafas, sabe usted, mariposón -me relató el anciano.
-¡Oiga caballero, no se confunda conmigo! A mí me gustan más las mujeres que a un tonto un lápiz. De hecho, salgo a correr a ver si pillo algo -le dije para aclarar sus dudas sobre mi condición sexual.
-¡Claro y por eso se pone usted esos leotardos como los que se ponía mi nieta para hacer ballet! jajaja -se rió el buen hombre.
-Piense lo que usted quiera caballero, pero con estas mallas estoy ligando un montón -le comenté a bote pronto para defenderme.
-Sí, sí, un montón, jajaja, no me haga usted reír, por favor, que me roza la dentadura en el carrillo derecho y me duele.
La verdad, aquello fue la gota que colmó el vaso de mi paciencia. Dí media vuelta y me largué sin despedirme, preguntándome si las mujeres verían en mi lo mismo que veía ese viejo cascarrabias. 
Aquella noche no pude dejar de pensar en los militares de la cuneta, en la niña paseando a su muñeca de trapo y en el niño ahogado en la acequia mayor con su pelota de cuero. Soñé que paseaba con las gafas puestas del abuelete por una calle llena de zombies. Me levanté sobresaltado y ansioso por volver a encontrarme con tan enigmático personaje. 
Me puse la ropa de deporte, cambiando las conflictivas mallas por unos clásicos pantalones cortos, y, de esa guisa, salí rumbo a la senda del río en dirección al pueblo del anciano visionario.
Durante la carrera sentí que todo el mundo reparaba en mi desfasada indumentaria, en el contraste de mis abundantes pelos negros y rizados sobre unas canillas blancas y tan secas como las de un jilguero desnutrido. Mi aspecto, con mallas o sin ellas, distaba mucho del de los jóvenes "carne de gimnasio" que triunfan más que Justin Bieber en el cumpleaños de una quinceañera.
Al llegar al pueblo me dirigí directamente hacia el lugar en el que había encontrado al anciano miope el día anterior. Afortunadamente para mí, y también para él, estaba allí. La misma manta, la misma boina, la mismas gafas, y la misma cara, está vez engalanada con un palillo entre los dientes.
Al acercarme me preguntó:
-¿No llevarás un truja, por un casual? -me dijo sin tan siquiera saludar previamente.
-¿Cómo ha sabido que estaba aquí, si apenas oye ni ve? -le pregunté con interés.
-Por tu olor a choto. Echas el mismo olor a choto mezclado con pachulí que echabas ayer. No veo ni oigo, pero tengo un olfato tan agudo que olería una paella que estuvieran preparando en diez kilómetros a la redonda. ¿Pero llevas un truja o no? -insistió el jubilado.
-No fumo, lo siento -respondí con cortesía.
-Me lo imaginé. ¿No te deja tu mamá, verdad? -me preguntó irónico.
-Me está usted dejando de caer simpático -le dije elevando ligeramente el tono de voz.
-Usted a mi nunca me lo pareció. Es más, sé perfectamente la razón por la cuál ha venido de nuevo a verme -exclamó el anciano, en tono de superioridad.
-¿Ah, sí? ¿y podría saber, según su ilustrísima sabiduría, qué me ha traído de nuevo hasta aquí? -le pregunté con gran curiosidad.
-¡Robarme las gafas que ven muertos! Usted ha pasado toda la noche pensando en los muertos y en cómo robarme las gafas. Por cierto, estas gafas me las regaló un cura antes de marcharse a Argentina con una sobrina suya, pese a que era hijo único -me comentó. 
-Si era hijo único y cura no podía tener sobrinas.
-¡Equilicuá! Veo que no es usted tan tonto como aparenta -matizó, benevolente. 
-La verdad, caballero, no sé cómo le soporto tanto insulto -le dije, enojado.
-Está muy claro, está loco por quedarse con mis gafás, tal vez por eso me aguanta -me respondió.
-¿Y para qué narices iba yo a querer sus viejas gafas? -le pregunté.
-¿Para ver muertos? -sugirió.
-¿Y para qué querría yo ver muertos, si con ver a muchos de los que andan por ahí supuestamente con vida dan ganas de morirse? -le expliqué.
-A veces no aparenta usted ser tan tonto, se lo digo en serio -exclamó.
-Pues qué pena, usted siempre me parece igual de mal educado. 
Y, despidiéndome, otra vez, a la francesa, y visiblemente nervioso, regresé a mi casa. 
De nuevo pasé todo el día pensando en ese viejo loco y sus malditas gafas de ver muertos. ¿Para qué iba a querer yo esas gafas? ¿Acaso estaba interesado en ver muertos? Esas dos preguntas, junto a otras de similar naturaleza, no paraban de pulular por mi cabeza. 
Tras mucho pensar, decidí cambiar de ruta para continuar con mi entrenamiento. Fui por un camino alternativo, justo en el margen de enfrente del río y en dirección contraria al que días pasados había utilizado. La niebla hizo acto de presencia como en muchas de las frías mañanas de invierno. Dos chicas jóvenes me adelantaron, sin ningún esfuerzo, por lo que decidí perseguirlas y, de paso, hacer un examen exhaustivo de su espléndida anatomía. No les pude mantener el ritmo por mucho tiempo. Sin darme cuenta me encontré atravesando un pequeño grupo de casas. De nuevo atrajo mi atención una luz de farola como de cementerio. Nuevamente bajo su haz de luz divisé un bulto cuya silueta me recordó al de una persona sentada. Confundido, me acerqué hasta allí. Y, para mi sorpresa, ese impertinente señor que había provocado que cambiara mi ruta, estaba ahí, con la misma boina calada hasta las orejas, la misma manta roída por el tiempo, y quien sabe si por los ratones, y, sobre todo, con las mismas gafotas.
-¡Mariposón! ¿Eres tú, verdad? Te llevó oliendo desde hace un rato -me gritó a lo lejos.
-¡No soy mariposón, caballero! Le rogaría que, en lo sucesivo, me tratara con el respeto que cualquier persona, sea mariposón o lo que sea, se merece -le exigí mientras me aproximaba a él.
-¿Me has traído hoy un truja o no? -me preguntó.
-¿Por qué habría de hacerlo? -le devolví la pregunta, como el que devuelve una pelota en un partido de ping-pong.
-No disimule, joven, está loco por apoderarse de mis gafás. Lo sé yo y lo saben los muertos que me han preguntado por usted -me explicó.
-¿Los muertos le han preguntado por mí?
-Así es, joven. Están inquietos. Ellos se atribuyen el derecho a acosarme en exclusiva, y su presencia los pone celosos -me aclaró.
-La verdad, si me pinchan no me sacan sangre. No creo ni una sola palabra de lo que me está contando. Además, qué hace usted aquí. Este no es su pueblo -le recriminé.
-¿Acaso yo, en algún momento, le dije de qué pueblo soy? -me preguntó.
-Ahora que lo dice, es cierto; fui yo quien di por sentado que usted era del pueblo en el que nos vimos en las otras ocasiones -reconocí.
-No amigo, se equivocó. Yo no soy de aquel pueblo ni de este. Allí vive mi hijo con su familia y en esta casa de aquí vive mi hija con la suya. Yo soy natural de Villa Cisneros, antigua provincia del Sáhara Occidental, y mañana, cuando me muera, he dejado escrito que me incineren y lleven allí mis cenizas para arrojarlas sobre las dunas del desierto. Espero que mis cenizas, algún día, se reencuentren con las cenizas de mis piernas. Cuando, hace un montón de años, las perdí en acto de servicio, me preguntaron si prefería enterrarlas o quemarlas. Elegí quemarlas y yo mismo, meses después, esparcí las cenizas de la mitad de mi cuerpo en las proximidades del aeródromo militar. ¿Qué hubiera elegido usted en mi caso, joven? -me preguntó el anciano.
-Me ha dejado usted sin palabras. No sé qué decir -exclamé.
-¿Cree usted que pueda haber en este planeta, un sitio más hermoso para que vaguen eternamente mis cenizas que en el desierto del Sáhara? -me volvió a interrogar.
-Creo que no. Aunque siendo sincero con usted, le diré que no he estado en el desierto en mi vida. Ni en el Sáhara ni en ningún otro -maticé.
-Pues amigo mío, no sabe usted lo que se pierde. Aún está a tiempo, le queda mucha vida por delante -me comentó.
-Le aseguro que lo haré -le dije hablando con el corazón.
-Entonces, si es así, para que podamos volver a vernos algún día en Villa Cisneros va usted a necesitar de estas gafas. Con ellas sí podrá volver a verme -me aseguró. 
Y diciendo esto, se quitó las gafas y me las ofreció. 
-No las use usted mucho. No es bueno confundir el mundo de los vivos con el de los muertos.
Y, ahora, márchese de aquí. Falta muy poco para que vengan a por mí, no vaya a ser que no tengan bastante conmigo y les de por rentabilizar mejor el viaje. Recuerde, no falte a su palabra, le estaré esperando.

Desde aquel día hay dos cosas que no he vuelto a hacer: salir a correr y volver a ponerme esas misteriosas gafas, aunque, a decir verdad, no hay día en el que no me pique la curiosidad.

sábado, 5 de abril de 2014

Murakami, amigo mío


Por prescripción facultativa he decidido explorar mi lado murakaniano. Nunca estuve en Japón, aunque reconozco que he sido una víctima más de la fiebre del sushi que arrasa occidente como un tsunami, en perjuicio de las morcillas, las patatas asadas con ajo y del mondongo viudo. Como paso previo, he decidido comprar un pecera redonda con dos carpas rojas y hacer que esa instalación presida una mesa que diseñé hace años en acero inoxidable, que pesa dos quintales, y que ocupa el epicentro del salón de mi casa, para suplicio de las espinillas de mis escasas visitas.
Días atrás, Elena Marqués, que de esto entiende un rato, me dejó intrigado al comparar mi escritura con la del prestigioso escritor japones y, desde entonces, no paro de darle vueltas y más vueltas al asunto: ¿En qué se parecerán mis relatos a los de Murakami? ¿En qué se parece un trozo de bonito salao a un sushi californiano? ¿Cuándo, como el de él, aparecerá mi nombre en la lista de aspirantes al Nobel de Literatura?
Fruto de esa incontrolable ebullición mental me lanzo a la Wikipedia a empaparme de ese tal Murakami. Quiero saber más de ese hombre que su propia esposa, o que la mismísima Elena. Lo primero que me sorprende es que Haruki -vamos a hablar ya más en confianza utilizando su nombre de pila- comenzó a interesarse por el atletismo a los treinta años, justo cuando yo tomé la decisión de tirar mis zapatillas a tomar por el culo, harto como estaba de correr y correr sin llegar a ningún sitio, como Forrest Gump, y de que se estuvieran oxidando todos mis trofeos.
Otra de mis sorpresas es que, como yo, también se dedicó a la hostelería, en cuya universidad me gradué, hace veinte años, con un suspenso que me tiene desde entonces en suspense.
Demasiadas coincidencias que hacen que corra hacía el espejo de mi cuarto de baño a revisarme los rasgos faciales. Mis ojos no son tan rasgados como los de mi colega Haruki -ya somos colegas-. Entiendo que no lo son por la escasa ingesta de arroz que incluyo habitualmente en mi dieta, cosa que decido resolver comprando veinte paquetes de arroz Embajador: ¡Embajador del Japón!, con razón, -pensé yo.
La siguiente decisión ha consistido en lanzarme a una librería cercana en busca del primer libro de mi colega japonés. Tras darle muchas vuelta he decidido comenzar mi lectura por un pequeño libro de relatos que lleva por título: Después del Terremoto. Prefiero comenzar por relatos no muy largos para ir asimilando mejor su estilo y ser capaz, sin prisas, de encontrar en su escritura los rasgos de la mía propia, tal y como apuntaba Elena Marqués.
Que inquietante resulta encontrarse a uno mismo, entre las frases de un escritor japones, especialista en traducir obras de los grandes escritores norteamericanos, por inspiración de un comentario publicado en un blog de escritores noveles por una de sus más fieles colaboradoras, a la que tengo muchas ganas de conocer.
Por cierto, también me he comprado unos calzoncillos con la bandera de Japón, y unos cómic del Manga para facilitar mi convergencia con la cultura nipona. A ver qué pasa...

miércoles, 2 de abril de 2014

Cruce de caminos


Del cielo cae plomo. Lo hace sin que nos demos cuenta. De manera silenciosa. Conquistando cada metro cúbico del aire que nos rodea y con licencia para la nostalgia. 
Victima de su invisible y sigilosa influencia, entro en YouTube convertido en un yonki que necesita de un chute a modo de bálsamo de Fierabrás. De ese infinito oráculo saco canciones que hacen brotar de mis ojos lágrimas de cocodrilo desdentado. Todo lo que acierto a escuchar son canciones caducas, de situaciones pretéritas y de cantantes que están más obsoletos que la momia de Lenin. 
Hoy lloro, irremediablemente, entre las vías de dos trenes en marcha. Siento el vértigo de un alpinista novato en las Paredes de Leiva preguntándose colgado en medio de la nada: ¿qué coño hago yo aquí?.
Un tren viene y otro se va. Vidas que se cruzan sin apenas tiempo para saludarse. Principio y fin. Todo y nada. 
Ayer la descongelación fue bien. El nitrógeno líquido acunó, con la profesionalidad de una nurse francesa de alta cuna, a nuestro dos embriones. Al rápido y al lento. Al primerizo y al rezagado. 
Ahora uno y otro han pasado a través de una cánula a la cámara secreta de la vida. 
También ayer sonó el teléfono, ha sabiendas de que esa llamada sería la llamada que por nada del mundo deseaba recibir y menos en la víspera de un día tan importante.
El tren de la vida de mi madre que se marcha acelera su ritmo. Impasible ante el tren que anuncia su llegada al andén de la vida. Sordo. Frío. Imparable.
La transferencia ha sido un éxito. La música del dominicano Juan Luis Guerra, que es todo corazón, sonaba de fondo. Mi mano agarraba a la de mi esposa. La cánula se abría paso por su cuerpo. Emilio, nuestro biologo-dios, trajo la jeringa cargada con dos pequeñas gotas de vida. En la pantalla en blanco y negro se quedan reflejadas dos pequeñas manchas luminosas. Luces que se encienden y luces que se apagan. Vida, al fin y al cabo, abriéndose camino entre campanas de réquiem.

sábado, 29 de marzo de 2014

La hipótesis de los dioses y el garrafón


Lo primero que hice esta mañana al levantarme, como hago casi todas las mañanas, fue abrir la marquesina metálica que separa mi cocina del patio de la parte trasera de la casa. La luz tenía color de lluvia y un intrigante hálito de nostalgia lo inundaba todo. He sentido los olores de la primavera como un bebé que, con su manita de terciopelo, acariciara el rostro de su padre. Las aves, que siempre me saludan al levantarme, lo han hecho hoy de una forma distinta, como más confiadas y melódicas que de costumbre. Eolo soplaba con fuerza arrojando ráfagas de viento, como para exhibir su fuerza y enfrentarla a mi osada homeostasis, en un capítulo más de la eterna lucha entre dioses y mortales. 
Los dioses siguen ahí, indemnes, arrojándonos castigos divinos por nuestra eterna condición de pecadores, y nosotros seguimos aquí, pusilánimes, pecando a tutiplén y sumando vueltas y más vueltas a está frenética maquinaria cósmica, con un Ibex 35 esplendoroso y unos datos de desempleo apocalípticos.
Como decía: después de abrir la espita de mi conciencia -y la marquesina de mi casa- y enfrentarme a toda la mitología griega, me he exprimido un pomelo y una naranja, a cuyo zumo he añadido una pizca de miel y un toque de canela. La pócima ya estaba servida. Sin dejar de pensar en la titánica lucha por la subsistencia, de la que formamos parte desde que nacemos, y desafiando a los elementos, he alzado mi cáliz frutal con ambas manos, a modo de ofrenda pagana, y me lo he bebido de un trago sin respirar y con los ojos cerrados. De ese modo, he conectado mi cuerpo con mi mente, y mi mente con mis emociones, y mis emociones con mi cuenta corriente, y mi cuenta corriente con Hacienda, y en ese preciso instante de zozobra ha sido cuando he llegado a la conclusión de que el vino que me sirvieron anoche durante la cena era de garrafón.
Hay que joderse con los dioses. ¡Un poquito de por favor!