jueves, 3 de septiembre de 2015

Era Kafka en la orilla, maldita sea


Según para qué cosas soy muy indeciso. Y una de las dudas existenciales que más habitualmente me atormenta se me genera a la hora de comprar un libro. En ocasiones, me paso más de media hora en la librería ojeando títulos, mirando portadas, solapas, contraportadas, ilustraciones, hasta que la decisión se convierte en un hecho, y el libro, colgado de mi brazo, como el que porta un arma homicida, llega hasta la caja, y de ahí sale disparado hacia mi mundo interior.
Es por tanto ese proceso algo místico y misterioso que no se ejecuta con unos parámetros preestablecidos, sino únicamente a través de un hecho casual e inexplicable provocado por una reacción química desconocida para la ciencia. 
Y en eso estaba ayer, en una enorme librería de moda, cuando pasó lo que les voy a relatar:
Aunque soy un indeciso que ronda los cincuenta, tengo ojos en la cara. Con una dioptría en el derecho, y una y media en el izquierdo, pero, por suerte, llevaba puestas las gafas. Ella no debía superar los veinticinco. Merodeaba a mi alrededor, como hacen los gatos con sus dueños a la hora de comer. Yo no le daba importancia porque estaba plenamente convencido de que esa chica ni había reparado en mí, más allá de regalarme algún vistazo para cubicar mi volumen anatómico forense, y calcular, a grosso modo, mi cada vez más generosa longevidad.
Pero todo cambió cuando cogí el libro Baíla, baila, baila, de Murakami. Entonces ella me miró fijamente y me regalo una sonrisa en cinemascope. Claro, yo miré a mi alrededor pensando que, a lo mejor, la chica en cuestión era bizca y, en realidad, estaba sonriendo a algún chaval recién salido del gimnasio, pero no. Allí sólo estábamos Murakami y yo. Y ella se acercaba a mí. Y cuanto más se acercaba más nervioso me sentía. Así que me encomendé al escritor nipón, como un torero se encomienda a San Judas Tadeo, o a la Virgen del Pilar. Y para más regocijo de mis prejubiladas hormonas, me habló:

-Hola, Mura -me dijo. ¿Has quedado conmigo, verdad?...

Pónganse en mi lugar, mis escasos y adorados lectores: yo cincuenta años, ella veinticinco. Yo feo como el miedo, ella bella como Scarlett Johansson en sus mejores tiempos. Así que tras una espontánea estadística realizada en dos coma tres milisegundos, en la que sopesé los pros y los contras de la decisión que irremediablemente sentía la obligación de pronunciar, le dije: "tal vez".

-¿Cómo que tal vez? ¿Eres Murakami o eres un impostor? -me preguntó con cierta picardía.
-Soy Murakami. ¿Acaso lo dudas? -le dije obsequiándole una mirada, segura y firme, como la de un dentista antes de sacarte la muela del juicio.
-En la foto te veías más joven- me dijo, frunciendo el ceño, para ratificarse en su más que notoria confusión.
-La retoqué con el photoshop. ¿Todo el mundo lo hace, o no es así? -le expliqué con confianza. Tú, sin embargo, pareces menor, y eso es lo que, por un momento, al verte llegar, me hizo dudar de que fueras tú.
-¿Y por qué llevas ese libro en la mano? -me preguntó, desconcertada.
-Es que no lo he leído; debe ser uno de los pocos títulos de Murakami que no he leído todavía -le dije adentrándome cada vez más en el resbaladizo terreno de la especulación.

Ella, me miro fijamente, como el que mira los despojos de cordero en la vitrina de una carnicería, y se abalanzó sobre la estantería en la que estaban todos los ejemplares de Murakami, tras lo cual, me miró con cierto rencor.

-A ver, listillo: ¿qué libro deberías llevar en la mano? -me preguntó en un tono inquisidor. 
-No lo recuerdo; créeme, estoy tan nervioso que me he quedado en blanco, te lo prometo -le respondí, mientras me daba cuenta de que el libro era la clave secreta de aquella cita a la sombra de lo más actual de la literatura universal.
-Eres un impostor. ¡Tú no eres el Murakami que yo busco! Eres un enfermo y un baboso.
-¿Qué libro me dijiste preciosa, recuérdamelo, por favor? -le pregunté en un postrero intento por evitar su inminente y dolorosa fuga.
-Kafka en la orilla, embustero. ¡Era Kafka en la orilla!.
Y dicho esto, salió de estampida de la librería como si huyera del mismísimo demonio.
Tras su marcha, instintivamente, agachando el lomo sobre la estantería, pude comprobar como Kafka en la orilla estaba justo al lado del libro que yo, curiosamente, acaba de coger. 
Tan sólo un centímetro me había privado de tan increíble e inesperada aventura. Tan sólo un centímetro...¡por el amor de Dios!. ¡Qué poco duran los sueños!


domingo, 30 de agosto de 2015

Calma



Después de la tormenta siempre llega la calma. Ahora, después de la avalancha de visitas de ayer, todo está en calma. Hasta el piar frenético de los pájaros parece que se hubiera moderado. Tan sólo escucho el zumbido de mi viejo laptop, y, paradójicamente, ese sonido, casi de insecto, me conecta con el wifi de mi yo interior. 
La calma y el zumbido ejercen de claves de acceso a un mundo paralelo en el que los recuerdos, los sentimientos, y las emociones, mantienen un orden distinto al preestablecido, al reconocible, al que todo el mundo conoce. 
Esta mañana escribo enfrentado a esa dualidad. Siento ese desdoblamiento con la naturalidad con la que una abeja se acerca a una flor, o un arqueólogo minutos antes de enfrenarse ante un importante hallazgo capaz de tirar por tierra cientos de libros de historia. 
Escribo para descubrirme y para confrontarme. Escribo para ponerme a prueba y para rebelarme. Escribo por profilaxis, por empecinamiento, y, en ocasiones, hasta por desesperación. Escribo más como medio que como fin.
Escribo, en calma, saboreando el placer que provoca el contacto de cada tecla en las yemas de mis dedos; anhelando descubrir la secreta partitura del sonido que emite cada texto; soñando con personas desconocidas que encuentran algo leyendo lo que escribo y que ni yo mismo entiendo.
La calma y el zumbido me hacen compañía en este tempranero esfuerzo por proclamar que existo, que respiro, y que estoy aquí. 
Un hombre cualquiera empeñado en entender su propia existencia, mientras las luces anuncian al alba y se calienta el café.

sábado, 29 de agosto de 2015

El pintor Carlos Pardo conquista Radio Nacional


Gracias a mi genial amigo, el pintor murciano Carlos Pardo, este humilde blog está superando todos sus récords de visitas. Y todo ha comenzado esta mañana a eso de las nueve. Yo ya estaba avisado, y duchado, y afeitado, y desayunado, pero aún en calzoncillos, en un postrero intento de alargar la sensación de que aún estoy de vacaciones, aunque ya lleve una semana trabajando.
Ansioso, le he pegado los últimos tragos a un maravilloso café con leche bien caliente con miel, con la radio puesta en mi viejo ordenador. Esto, irremediablemente, me ha retrotraído a cuando, de pequeño, mi abuela me ponía el desayuno escuchando la radio antes de irme al colegio, y esa sensación me ha preparado el cuerpo para escuchar tan esperada entrevista. 
Todo esto viene a colación de que Radio Nacional, no radio macuto, ni radio habichuela, no, no, ¡RADIO NACIONAL DE ESPAÑA! entrevistaba en directo a mi amigo Carlicos; el cuál, más allá de que ahora sea un pintor como la copa de un pino, es mi amigo del alma, y de luchas, y de sueños, y de frustraciones, y de arroces y conejo, y de guitarra en mano, y de plantar árboles, y de curar águilas, y de yo qué sé de tantas y tantas historias...
Y no es porque Carlos y yo seamos amigos desde pequeños, pero esa entrevista ha sido una de las más humanas y emotivas que un artista contemporáneo ha concedido a un medio de comunicación en la historia del arte en nuestro país. El entrevistador ha sabido extraer de Carlos, y, de ese modo lo ha compartido con toda España, su verdadero valor: su autenticidad como artista y su autenticidad como persona.
Lo demás han sido lágrimas, y emociones, y recuerdos, y orgullo, y enviada sana, y vellos de punta. 
Y ahora, de nuevo, le debo un favor a él, y él me debe un café a mí. Todo esto que intento describir, con más o menos acierto, es algo parecido a la amistad. La amistad como un yoyó, como un ir y venir, como un estar y no estar, pero queriendo y apreciando de verdad que esas ausencias, de vez en cuando, se conviertan en presencias, y las presencias en disfrute, y el disfrute en cariño, y el cariño en algo imperecedero.
No sé por qué, este Carlos, cada vez que nos vemos, e incluso, en está ocasión sin llegar a vernos, siempre me deja llorando. Lo reconozco: yo soy un llorón, pero él es un hombre irrepetible, y encima es mi amigo...¿Es o no es para estar orgulloso y qué, al escribir de él, se me caiga la baba?

miércoles, 26 de agosto de 2015

Golpe de calor


Lo vi haciéndose el despistado. Tenía toda la cara del tipo que, días atrás, me había robado la cartera. Estaba completamente seguro de que era él. Desde la acera de enfrente lo seguí con disimulo. El mequetrefe era más feo que pegarle a un padre. Observé como se quedaba mirando el bolso de una señora que esperaba el autobús. Yo, atemorizado, lo miraba escondido detrás de una camioneta. El sol pegaba con rabia, como queriendo derretir al caco, y a sus víctimas, sin ninguna distinción. El astro rey no entiende de clases sociales ni de delitos, él va a lo suyo, a calentar y a los demás que nos den.
Creo que fue por eso, o por recordar la foto de mi primera novia que me había robado junto a la documentación, me calenté como nunca me había calentado hasta la fecha. Me daba igual que me hubiera robado la tarjeta de crédito -que ya había dado de baja-; me daban igual los cuarenta euros, que llevaba en dos billetes recién planchados, que acababa de sacar del cajero -y que ya se habría gastado en sus vicios-; me daba igual el resto de tarjetas de fidelidad de mil negocios que nunca frecuento; pero la foto de mi primera novia, eso sí que no. Esa foto es sagrada amigo, aunque mi primera novia fuera fea, como ella sola, y llevara gafas de culo de vaso -me dije, mientras la rabia salía por cada uno de mis sudorosos poros.
Cuando recobré la lucidez contemplé, con toda claridad, como el chorizo sacaba la mano del bolso de la señora y extraía, con vil destreza, su billetera. Acto seguido se la introdujo debajo de la camisa y prosiguió, como si nada, observando el paisaje urbano y reparando la mirada en un termómetro que, en ese momento, marcaba cuarenta y dos grados centígrados. Yo lo seguía, con suma precaución, y con muchas ganas de tomar la justicia por mi mano, pero, por un instante, observé mi mano y la vi como dos veces más pequeña que la mano del mangante, así que dude de mis capacidades físicas para reducirlo por la fuerza bruta, pero no por ello me amedrenté -más vale maña que fuerza -me dije. El tipo, sin venir a cuento, cambio bruscamente su trayectoria y viró hacia donde yo me encontraba. Un sudor frío me sacudió de la cabeza a los pies. Unos jovenzuelos se acercaban también hacia mí, pero justo en dirección contraria al caco, por lo que yo quedaba en el punto intermedio entre ambas trayectorias. Los primeros en llegar a mi altura fueron los chavales que, con toda probabilidad, iban a jugar un partido de béisbol, y parecían sacados de un antiguo anuncio de Marlboro. No me pregunten cómo se me ocurrió, que ni yo mismo lo sé, pero la cuestión es que cuando llegaron a mi altura les dije:
-Hola jóvenes: ¿me podríais dejar un momento un bate de esos? siempre quise probar uno pero nunca tuve la ocasión.
-Claro, viejo, toma este, pero lleva cuidado y no te hagas daño...jajaja, se rieron todos.
-No, no te preocupes majete, que yo no me voy a hacer daño...
-¿Y quieres también una pelota? -dijo el portavoz, con ganas de broma.
-No, no hace falta, las pelotas ya las pongo yo -dije en un golpe de inspiración.
Y fue en ese preciso momento cuando, para su desgracia y mi regocijo, el carterista pasó a nuestra altura. Entonces, sin pensármelo dos veces, agarré el bate con las dos manos, lo lancé hacía atrás con todo la fuerza de mi debilucha anatomía, y le propiné tal batazo al chorizo que cayó redondo al suelo. 
Los chavales, asustados, salieron corriendo tan deprisa que ni tiempo me dio a devolverles el arma homicida. 
Ya, con el tipo en el suelo, medio aturdido, y recitando improperios en arameo, rebusqué con ansia viva en sus bolsillos. Lo primero que encontré fue la billetera de la señora, lo segundo, una navaja de más de un palmo de hoja, y lo tercero, mi cartera, sin los cuarenta euros, pero con la foto de mi primera, aunque poco agraciada, novia.
¡Faltaría más! -me dije. Esta foto no la pierdo yo por nada del mundo. 
Luego fui a la parada del autobús, en la que aún se derretía la pobre señora como un queso gruyer, y le devolví su billetera contándole, en parte, lo sucedido. A veces tampoco es que tengamos que contarlo todo con pelos y señales.

domingo, 23 de agosto de 2015

Vuelta a normalidad



Hoy vuelvo a la normalidad. Habrá quién use con nostalgia el término de "vuelta a la rutina", pero mi vida dista mucho de ser rutinaria y mi trabajo menos aún. De hecho, llevo ya varios días trabajando. He preparado y entrenado mi mente para el trayecto que me separa hasta el fin de año, y he buscado la forma de alcanzar mis objetivos y el de todas las personas que trabajan conmigo, que no son pocas.
El trabajo, visto como un reto y como un acto creativo, es todo un lujo, visto como un acto mecánico es una simple rutina. Hasta los trabajos más mecánicos necesitan de creatividad; todos ellos albergan espacios de mejora en los que las personas que los desarrollan tiene mucho que aportar desde la experiencia y la reflexión. 
La evolución es el fruto de la reflexión que se produce tras la experiencia acumulada, tanto en la mecánica utilitaria del día a día, como en la propia adaptación biológica de las especies ante nuevas necesidades.
Evolucionamos, a nuestro pesar, como algo maravilloso. Los retos que nos plantea la vida, y el trabajo, son necesarios para hacernos más fuertes y más sabios. 
A mí me gusta entender el trabajo así, como un camino permanente de aprendizaje hacia la sabiduría. 
Necesito aprender más, y, para ello, necesito trabajar más y con retos cada vez más complejos. 
Para atrás ni para coger impulso. Siempre en camino. Siempre hacia adelante.


viernes, 21 de agosto de 2015

Mala sombra


El otro día tuve una tensa discusión con mi sombra y, desde entonces, no ha vuelto a perseguirme. No hay nada mejor que decir las cosas a la cara.

jueves, 20 de agosto de 2015

Poética de las cosas


Podrá no haber poetas; pero siempre habrá poesía. Opino lo mismo que Gustavo Adolfo Bécquer. La poesía de ese sevillano universal acercó al romanticismo a los niños de mi generación. En clase, leíamos aquello del: volverán las oscuras golondrinas, y, desde ese preciso e inocente momento, me convertí en un romántico defensor de la poética de las cosas y de las aves migratorias.
Ahora, sobre mi casa, revolotea una bandada de abejarucos que nidifican en unos taludes que hay cerca de aquí. Los veo todos los años. Cuando no los veo, sé que están en África posados sobre el lomo de algún ñu. Los abejarucos sienten una gran solidaridad ante la fealdad de esos antílopes y les quitan sus garrapatas, y todo tipo de parásitos que los acechan, y sufren en silencio cuando, alguno de ellos, sucumbe ante las fauces de una leona ajena a la poesía y al romanticismo becqueriano.
Inclusive, si lo pensáramos bien, hasta el ataque de la leona podría considerarse un gesto poético si, más allá de esa imagen de sangre y carnicería, viéramos a cuatro cachorros de león orgullosos de su madre, la cual se acerca con un costillar de ñu en la boca para darles el almuerzo. 
La vida y la muerte son pura poesía. El feo ñu, contra todo pronóstico, es poesía. Los abejarucos que revolotean, como si bailaran sobre el escenario azul cielo de mi casa, son poesía. El café con leche y miel, que me acabo de zampar, era poesía. Soy un ferviente defensor de la poética de las cosas por obra y gracia de ese señor atormentado por la exuberante belleza de las sevillanas (que por nadie pase) y por la tuberculosis.
Por eso, cuando camino ensimismado en mis días de asueto, sudando la gota gorda, si es que se puede sudar, más allá de los anuncios publicitarios que me incitan a comer un Whopper, o un Big Mac con patatas fritas y bebida gratis, me fijo en la poesía que encierra el mensaje sí mismo. El marketing es la poesía del siglo XXI.
Y, a veces, aunque me cuesta entenderlo, soy consciente de que una buena hamburguesa con carne de ñu no estaría tan mal, sobre todo, si me invitara un señor llamado Gustavo Adolfo Bécquer, me contara de viva voz alguna de sus leyendas, me contagiara de tuberculosis, y acabara mis días, como un eremita, dentro de una oscura cueva -como esta que les muestro en la foto- al borde del océano Atlántico, y escribiendo poesía.
No sé si me explico.