domingo, 24 de mayo de 2015

Higiene cultural


Desde que tengo uso de razón, y cierto poder adquisitivo, hago grandes inversiones en cultura. El beneficio que estoy recogiendo, desde entonces, es un valor seguro que nunca me ha fallado y me ha convertido en lo que soy. La mejor de todas las inversiones, por encima de cualquier otra, es la educación. La cultura engrandece a las personas y a los pueblos. Leo tanto por higiene como por ambición. Ambiciono saber, entender, comprender. 
Leo un cuadro y escribo un lienzo. Viajo en mi salón a mundos desconocidos, que sólo habitaban en la cabeza de un escritor noruego, y, ahora lo hacen también en la mía. Las esculturas, antaño estatuas de sal, ahora se mueven a través de mi mirada de amplio espectro. La cultura me hace ver, mirar, observar, interpretar, vibrar. La cultura me convierte en cómplice de sus revoluciones, de sus cambios, de sus progresos, de sus aspiraciones. Me impregna. Me involucra. Me engrandece. Me transforma. Me moldea.
Invierto en cuadros, en libros, en museos, en periódicos, en cine, en teatro, en música, en danzas, y, pese a todo lo que gasto, y que sé que es demasiado, cada vez me siento más rico. 
Mi cuenta del banco sufre su cuarto menguante, mientras yo disfruto leyendo tumbado en el césped, y la vida pasa entre nubes de algodón, que cambian de forma a cada momento, y tras cada verso.
Anhelo más saber que tener. La vida me lo ha dado todo. 

sábado, 23 de mayo de 2015

Reflexión


Aunque no lo parezca, estoy en casa reflexionando. Hoy es la jornada de reflexión y quiero aprovecharla al máximo para ordenar mis armarios. En España, ya no tendremos otra jornada zen como esta hasta finales de año. Los años de elecciones son, por antonomasia, años reflexivos. Antaño, un elector podía encajar su sufragio entre discursos de amplio espectro, mientras que, ahora, los discursos se circunscriben en saber quién la tiene más larga o saber quién ha robado menos. Ellos son conscientes, desde su inconsciencia, de que nos conformamos con que nos roben poco. Lo importante de todo gobierno es hacer las cosas con mesura, sin grandes alharacas, sin ofuscarse, ni cebarse con nada ni con nadie.
El buen gobierno es aquel, que, como una buena compresa higiénica, ni se mueve, ni se nota, ni traspasa. Lo demás lo hace el mercado; el auténtico gobierno invisible de la sociedad capitalista y neoliberal que rige nuestros designios y hasta nuestra forma de mascar chicle. 
Yo reflexiono en profundidad. Mis inclinaciones electorales se basan más en las cuestiones estéticas que en la profundidad de los discursos nietzschenianos que nos ofrecen nuestros candidatos: qué si este lleva el tinte bien, qué si la coleta del otro, que si aquella otra habla muy bien, que si la otra aquello, o lo de más allá... La política de masas consiste en dominar los pequeños detalles. Por eso, Belén Esteban gana cien veces más que usted, y que yo. 
Mientras la sociedad del bienestar se tambalea nosotros reflexionamos. De la reflexión nace la evolución. La reflexión nos sirve para analizar, corregir, enmendar, cambiar, inventar... Hoy todos estamos en eso. Lo dice la Ley electoral. Mañana, uno de esos escasos días en los que los corderitos se transforman en lobos, veremos qué es lo que pasa. El espectáculo está servido. No me lo pienso perder.

jueves, 21 de mayo de 2015

Viajes a contrapelo


Pienso en historias de humor mientras atravieso La Mancha. Una Mancha quijotesca e infinita, de campos de cereal, de intenso color verde bajo un cielo azul. Ayer por la tarde una suave brisa transformaba en olas un mar de espigas pidiendo guadaña. Ese dulce vaivén hipnótico me inundo por completo de cuentos para morirse de risa, de ocurrencias infantiles a través de la mirada de un gordo cincuentón, que se mueve más que los precios. De Serbia a Cuenca, de Cuenca a China, de China al mundo. Del mundo a la mierda.
El mundo es gran coco. Un coco enorme en avanzado estado de putrefacción. Ese chiste no es bueno. Mejor pienso otro, a ver...Déjenme pensar.
Un jarrón de la China, nana, China, nana, te voy a regalar. De China los jarrones y de México los sombreros. La cancioncita no es así, en realidad habla de un Mantón de Manila, pero esto es un cuento, qué más da... 
En mis viajes, siempre hay alguien que me pide el topicazo. Otros son más simples y me piden que les triga un imán para el frigorífico. ¡Qué sea bonito, Pepe, que tú tienes buen gusto! -me dicen. Y yo los veo todos igual de horribles. Todos los souvenirs me parecen horribles. Lo que menos me gusta de viajar son los souvenirs y los turistas ansiosos. La gente, cada vez más, se mata por hacerse selfies. Por subir a lo más alto caen hasta lo más hondo. Hacen balconing, sí, les explico: se emborrachan y se tiran desde los balcones con la refrescante intención de llegar hasta la piscina. Y muchos son los que no llegan.
Ser turista es algo así como ejercer una profesión de riesgo. Yo soy un turista a contrapelo. Coincido con ellos, los miro como quien mira a un escaparate en rebajas. Es un querer y no poder. Observo sus risas preconcebidas, sus poses meditadas, sus preguntas aburridas, sus ricas comidas falsificadas, sus guías, sus palos de selfie, sus riñoneras, sus gorras, sus prisas, y es ver todo eso y se le quitan a uno las ganas de tomar vacaciones.
Yo soy turista de negocios. Hago negocios y turismo. A veces, ni lo uno ni lo otro. Ni vendo ni veo. Sólo corro. Sólo hago el amago. Sólo invierto tiempo. Los largos pasillos de los aeropuertos son mi pista de atletismo. Mi cara y mi cruz. Corro, arrastro equipaje, arrastro ansiedades, golpeo a turistas despistados, les pido disculpas sin dejar de correr. Las azafatas están cerrando las puertas del avión, yo les grito desesperado: ¡No cierren, por favor! ¡No cierren!. Y mi vida, mi futuro, y mi éxito dependen del oído de una azafata, o de su buena voluntad.
Al regreso de uno de mis últimos viajes alguien me preguntó:
-Con todos esos viajes debes andar muy estresado.
Y yo, mirándole fijamente a los ojos, le respondí:
-Yo no estoy estresado, pero mis dos maletas sí. Pobrecitas.

domingo, 17 de mayo de 2015

Eros colibrí


No sé cómo se tomaran ustedes, que este que les escribe, lo esté haciendo en calzoncillos y escuchando jazz en la terraza de su casa y con la fresca. Con la fresca no me vengo a referir a mi vecina, me refiero a la temperatura. Siempre quise ser un escritor provocador. Últimamente, y gracias a Murakami, me ha dado por endulzar mis oídos con largas sesiones de jazz. Acabo de hacer, igualmente en calzoncillos, una exquisita ensalada de pimientos asados para la cena, o para cuando nos apetezca. La ensalada de pimientos, a la que le añado siempre berenjena y cebolla, también asadas, y prescindiendo del ajo, es un plato que se conserva bastante bien en el frigorífico y conforme van pasando los días se va incrementando su sabor. Esto último no lo interpreten metafóricamente, por favor, para qué nos vamos a engañar.
Antes de ponerme a cocinar leía a Michel Houellebecq, y antes de leer al francés, estuve regando las plantas. Las pobrecitas han sufrido una semana tremenda, en la que hemos pasado la peligrosa barrera de los cuarenta grados, y, en consecuencia, han sufrido una gran crisis hídrica que he intentado paliar a golpe de regadera. Mis plantas y yo, en ocasiones, sufrimos este tipo de crisis.
Ahora que les escribo, sin saber para qué, una pareja de tórtolas copula frenéticamente sobre la rama de un pino carrasco. Al profesor universitario de la última novela de Houellebecq le ponen mucho sus alumnas y de vez en cuando se ve en la obligación de copular con alguna de ellas. A las tórtolas, como a Murakami, les pone el jazz.  Lo he observado en más de una ocasión: todo es poner la música, y acudir las tórtola a ponerse al "dale que te pego" sin contemplaciones.
Todo tiene sus consecuencias. Una relación causa efecto. Incluso el simple hecho de que les escriba en calzoncillos, mientras escucho jazz, tendrá un significado intrínseco que se escapa al raciocinio de cualquier aficionado a la psicología, o del mío propio.
Como les decía, aquí me hallo, en semejante pose, incitando a la inspiración, recordando el sutil vuelo de los colibríes, su espasmódico adelante y hacia atrás, su capacidad de aparecer y desaparecer, su evocadora y dulce ansia de libertad. Los colibríes, y las golondrinas que revolotean ahora mismo sobre mi cabeza, y las que anidan cada año en el porche de la casa de mi hermana, no se pueden enjaular ni dominar. Como las palabras, nacieron para ser libres. Mi hermana cuida de sus golondrinas y yo cuido a mis colibríes.
Tiento a la suerte literaria, mientras, de soslayo, veo con cierta envidia la frenética cópula aviar como el que ve un documental de National Geographic y se empalma. Aunque, he de reconocerlo, esto ya no es lo que era. Los años no pasan en balde. Mi decadencia física ya es una intermitencia con visos de permanencia. Las tórtolas siguen ahí, a lo suyo, como si se fuera acabar el mundo, mientras yo sigo aquí, en calzoncillos, como si se me fueran a acabar las palabras, y pretendiera encontrar el significado a todo aquello que dice Houellebecq, o Murakami, o Mariano Rajoy, o me sugieren las mágicas improvisaciones de jazz que resuenan mientras les escribo.
Antes, la cama representaba el epicentro de mi universo. Ahora, busco el equilibrio saturando a mi mente de palabras exquisitas, de mensajes encriptados, de músicas nuevas, de platos vegetarianos, de vinos espumosos, de libros balsámicos, y de místicas contemplaciones. 
Y, yo aquí, en calzoncillos de marca blanca, desafiando a mi suerte, y espantando a Eros.  

jueves, 14 de mayo de 2015

Por un puñado de votos


En campaña electoral todo es posible, como en el viejo anuncio de Titanlux. Los políticos pierden el sentido del ridículo, si es que alguna vez lo tuvieron, y hacen jaimitadas, sin lastima ninguna, para beneplácito de los periodistas, siempre ávidos de fotos con enjundia, y de los humoristas, a los que se les facilitan sobradamente sus guiones.
Para su defensa les diré que, en la mayoría de los casos, algunos lo hacen con una naturalidad digna de cualquier actor de Hollywood, cosa que tiene su mérito, todo hay que decirlo. Tal vez, para muchos de ellos, esa sea su verdadera vocación: el mundo de la farándula
Aparentar y ocultar. Aparentar servicio público y ocultar sus tejemanejes espurios y sus productivos viajes a Suiza, o a Andorra, con cargamentos en efectivo de diversa procedencia y para dudosos e inconfesables fines. Cámara y acción. Abracadabra. A la de una, a la de dos, y a la de tres...
A nosotros, a los votantes, a los mortales de a pie, a los paganinis, siempre nos ha tocado el papel de espectadores, de palmeros, de hoolingans enardecidos ante las arengas de nuestros adorados y sacrificados líderes que tanto velan, y se desvelan, por nuestro bienestar y nuestro futuro.
En campaña todo se eleva a la décima potencia. Los actos adquieren, a propósito si cabe, mucho más despropósito. Las parodias tienden a acercarse a lo sublime, y, para ello, no escatiman en inspirarse en los Monty Python, o en Mr. Bean, y gente así, de ese nivel. En gente que sabe de la cosa. No escatiman en asesores.
Soy de los que opinan, aunque todo esto que les escribo haga parecer lo contrario, que de no existir estas campañas electorales tan rocambolescas y tan patéticas, habría que inventarlas.
El circo democrático requiere de estos eventos cada cierto tiempo. Ya suena la música. Ya redoblan los tambores. ¡Arriba el telón!.

lunes, 11 de mayo de 2015

Collage incontrolado

Yo no soy, créanme, son mis dedos. Hacen esas cosas tan extrañas en contra de mi voluntad. Llevan años haciéndolo y sufro en silencio sus consecuencias. Últimamente, esa extraña incontinencia me había desaparecido. Se había atenuado su necesidad de salir a la superficie, de aflorar, de cortar, de colocar, de pegar. Parecía que no se querían dejar ver, que habían rebajado su ego a posiciones más humildes. Se escondían en lo más recóndito de mi creatividad, para descanso de mi conciencia más ortodoxa, y para enojo de mi anárquica deriva expresiva. 
Pero se han escapado de su propia celda con renovados ánimos y una agilidad pasmosa. Con necesidades claramente contradictorias, como yo, o como ustedes que me leen sin tener muy claro por qué malgastan su tiempo leyendo a un tipo que, como yo, no sabe lo que escribe ni para qué lo hace.
Mi consciencia me arrastra, con frecuencia, al mundo paralelo de mi inconsciencia. 
A veces no sé si lo que hago pertenece al lado real o a mi lado más oscuro.
Escribo pegando palabras y hago collages pegando imágenes robadas que maquillo para que parezcan otra cosa, pero que no dejan de ser imágenes disfrazadas de lagarterana, o de torero, o de vaya usted a saber qué.
Este de hoy es un collage a gusto del consumidor. Unos dirán que es irreverente y otros que es una especie de reflexión del momento vital por el que atravieso.
Les prometo que, cuando mis dedos comenzaron a destrozar una revista que tomé prestada en un centro cultural del Barrio de Savamala de Belgrado, no tenía ni la más remota idea de lo que me intentaban transmitir. El mensaje lo entendí después. Voy a ser padre. Nuevamente voy a ser padre de una niña. ¡Y mis dedos ya lo sabían!. ¿Cómo coño lo han sabido? ¿Qué saben ellos de mí?

sábado, 9 de mayo de 2015

Estrella del Norte


Angel Haro de nuevo. Este hombre crece sin parar dentro de mi mundo. Siempre fui de adoptar referentes. De interiorizar pasiones. De asirme a las asas que se me ofrecen sin contemplaciones. De no renunciar, por nada del mundo, a lo verdaderamente auténtico. Y en ese trasiego que es mi vida, Angel Haro, de vez en cuando, se cruza en mi camino para aportarme, con un discurso tan auténtico como sutil, todo su universo cultural e ideológico. 
De La Tregua, en Tabacalera en Madrid, hasta la Sala de Verónicas en Murcia, la Estrella del Norte sigue su rumbo hacia nuestras conciencias, hacia nuestro yo interior, que es lo más desconocido que nos queda por conocer. Nunca un viaje tan corto me había aportado tanto.
Tras dejar la compra semanal en casa, que todos los sábados hago en el mercado, regresé para hacer participe a mi esposa de la exposición. Más que para hacerla participe, lo adecuado sería decir para integrarla en su paisaje por unos instantes, en una especie de fusión obra-espectador tan difícil de lograr como, en ocasiones, complicada de entender.
En silencio, el tren dio varias vueltas ante nuestra expectante mirada. La música acarició nuestro subconsciente para facilitar la tarea de integración entre las partes. El escenario le viene que ni pintado. La luz de la locomotora proyectó paisajes misteriosos sobre nosotros. Y entonces fue cuando apareció nuestra sombra dentro de la obra. Y Entonces fue cuando nuestras miradas se encontraron y nos fundimos en un beso de película. En un beso de reencuentro en el andén de una estación llamada nostalgia. Ya estábamos adentro. La obra nos había integrado, nos había asumido, nos había aceptado.
Estrella del Norte es un viaje introspectivo. Una metáfora. Un verso suelto. Sencillamente, arte.