sábado, 14 de octubre de 2017

Domingo de paz y lunes de cordura


Domingo. Sumamos domingos. Domingos tranquilos. Domingos de frigorífico lleno, o medio lleno, o un cuarto de lleno. Domingos de gente durmiendo hasta el mediodía. Domingos de paseos, de relajo, de televisión, de cine, de periódico en papel, de regar las plantas, de andar en pijama, de paella, de asado, de vermut, de todo y de nada.
Domingo que desembocará en un atípico lunes de incertidumbre, de lunes de desasosiego, de lunes de crispación, de rabia, de impotencia. De lunes desesperado por inmerecido, de lunes a destiempo, fuera de juego, inapropiado para los tiempos que corren.
Tiempos de utópicas independencias en un mundo plenamente dependiente. Tiempos de revoluciones caducadas, de repúblicas anárquicas auspiciadas por hijos de la democracia. El mundo al revés. 
La estética desaliñada y rebelde se lleva mucho mejor con el frigorífico lleno. Nuestros revolucionarios de salón no dan risa, son simplemente un esperpento, fruto del bienestar propiciado por unos padres luchadores, unos padres que aspiraban a disfrutar de un domingo como hoy, tranquilo, sereno, de pijama. 
Y tras ello, de un lunes para ir al trabajo, mirar la tabla de la liga, y charlar con los compañeros de trabajo sobre lo mal que va todo. Hablar en un idioma o en dos o en tres o en veinte. 
No son tiempos de revoluciones. Son tiempos para, entre todos, cuidar lo mucho que nos hemos dado. Son muchos los enemigos de nuestro bienestar pero todos están fuera y sabemos que nombre tienen.
Los que dieron su sangre y su sudor para que hoy disfrutemos de este plácido domingo desde el que les escribo a media luz, sin duda alguna, se lo merecen.
Ojalá que este lunes impere la cordura.

jueves, 5 de octubre de 2017

Recuerdo


En esta otra vida mía. En esta vida nueva en la que soy el mismo dividido y a la vez multiplicado. En esta vida en la que cerré un libro y abrí una enciclopedia. En esta vida en la que la sonrisa de mis hijas son mi única patria y bandera. En esta otra vida, o más bien en esta vida residual o recta final de mi vida, ya casi consumida por el abuso de su combustible vital, soy un recuerdo y soy recuerdos.
Al final de los finales la vida se convierte en una sucesión de recuerdos de uno mismo antes de convertirnos en un recuerdo para todos los demás.
Yo recuerdo. Ando recordando demasiado. Muchas cosas. Tantas y tantas cosas. Muchas escritas, otras sin escribir y la mayoría que nunca escribiré ni escribirá nadie. En esta recta final vivo de mis recuerdos aún aspirando, inocentemente, a generar alguno nuevo. Genio y figura hasta la sepultura. Ampliar la colección con el mismo sinsentido que todos los anteriores. Al fin y al cabo a nadie le importan los recuerdos de los demás, como no nos importa si el vecino hace caca blanda o dura, o lo hace seis veces al día, a no ser que lo suba a Facebook, escaparate de la frivolidad hecha sonrisa, como la Coca-Cola. 
Vida acomodada por diseñadores. Alguien dijo que el marketing acabaría con el mundo. Un sabio. Un visionario sería el tipo. Ahora todos diseñamos nuestras campañas de autobombo en Facebook vendiendo estúpidamente nuestra vida al diablo. Un diablillo con cara de niño salido de un garaje de gringolandia.
En esta nueva vida mía, en la que peso doce kilos y medio menos que en marzo, soy un hombre lleno a rebosar de recuerdos y liberado de grasas hidrogenadas. Recuerdos en forma de momentos inolvidables para el olvido. Personas. Ciudades. Besos. Caricias. Miradas. Sonrisas. 
De los recuerdos he borrado muchas cosas. He quemado nombres y caras en una especie de pira expiatoria. He enterrado hachas de guerra. He fumado la pipa de la paz con mi conciencia. Como los perros, me he meado levantando la pata en todas las fronteras. Me he limpiado el culo con banderas de seda de todos los colores y de todos los tamaños. 
Y tras todos esos ejercicios de purificación he vuelto a renacer. Ya estoy listo para el olvido. Preparado para convertirme en un recuerdo que todos, antes o después, olvidaran.

lunes, 2 de octubre de 2017

Traviscorneado


Llegó Octubre, casi sin querer, avalanzándose sigilosamente sobre nuestro día a día. Vino, acalorado, disfrazado de verano; sin embargo, pese a tan infantil engaño, como en él es costumbre, llegó amarilleándolo todo, por lo que le vimos el plumero desde el principio. 
Octubre y otoño comienzan por o. Orquesta, orgasmo, órgano, órdago, onanismo, orden, oreja, orificio, ostras, ofensa, oficio, orfanato, ¡ozú qué caló! palabras que comienzan igual pero que terminan como les da la real gana.
Porque una cosa es empezar, que casi todo empieza bien, y otra cosa es como terminan.
Aunque también podríamos echar mano del refranero y recordar que: "lo que mal empieza mal acaba". Este octubre ha venido cargado de tensión y oliendo a pescado podrido. O a atún de falsete más viejo que el Rey Herodes. O a loco pegando tiros sobre la multitud de un concierto. O a terremoto. O a huracán. O a independentistas urgidos por independizarse. Octubre, este octubre, ha venido -permítanme ustedes el uso del murcianismo- "traviscorneado". 
Para plantar cara a semejante inforturnio, he decidido hacer pública una vieja foto impúdica en la que, hace veinte años, exhibía mi consabido mal gusto por la ropa interior. Como quién, en estos días, exhibe banderas en sus balcones, yo ese fatídico día exhibí mis calzones...
¡Qué por nadie pase!

sábado, 30 de septiembre de 2017

Cara a cara con la muerte


Ha sido una semana trágica. Entre terremotos, decesos, e independencias se te queda el higadillo encebollado. Apático y noqueado, como un púgil antes de besar la lona, pasan los días y siento languidecer este blog víctima de mi incredulidad y de mis problemas hepáticos. O víctima, tal vez, del tonelaje de las historias que arrastra. Historias, todas ellas, de sentimientos, de luchas, de ilusiones y, pese a todo, de ganas de vivir. 
La muerte de un compañero, cuando acontece, supone, de alguna manera, el preludio de nuestra propia muerte. Pedro ya se precipita por la cascada, arrastrado por las aguas turbulentas del río de la vida, mientras los demás seguimos nadando desesperadamente a contracorriente.
Mi amiga Maggy, en Juchitán, ha perdido todo. Su casa y su modesto salón de peluquería con el que sacaba adelante en solitario a sus dos hijos. Toda una vida de lucha y de superación, se vinieron abajo en un segundo. Mi amigo Pedro ha luchado durante meses contra un injusto cáncer que, despiadamente, vino a por él. La muerte, caprichosa, viene en nuestra busca durante un terremoto, en la cola del cine, en una curva, o adónde a ella le viene en gana.
De poco le importan nuestras luchas y nuestros anhelos. De poco le importan nuestras parejas, nuestros hijos o nuestros proyectos. La muerte es tan insensible como un terremoto, como un huracán, o como una guerra.
La muerte, y hasta la vida, como dijo Pedro días antes de morir, es una puta mierda. 
¿Para qué tantas luchas? ¿Para qué esta basura de blog?
Ayudemos a Maggy. A Pedro, nuestro "Gran Capitán", de haberle dado tiempo, le hubiera gustado hacerlo.
Descanse en paz.

sábado, 23 de septiembre de 2017

Dicen que leo demasiado


Leo La uruguaya de Pedro Mairal mientras el suelo vuelve a temblar en México. Leo mientras la mitad de los catalanes claman por su independencia ante la mirada atónita de la otra mitad. Leo, dicen que demasiado. Siempre que leo suceden cosas del mismo modo que cuando no lo hago. Las cosas, los sucesos, las independencias, incluso los libros que leo, y los que aún me quedan por leer, acontecen cuando les llega su hora. Suceden cuando les da la gana. Un libro se acaba en el punto y final. El ajedrez en el jaque mate. Una manzana se pudre en la humedad del suelo. El pez grande se come al chico. La vida, de éxito o de fracaso, se convierte en polvo dentro de una caja de caoba contrachapada. 
Yo leo a Mairal disfrutando de su preciosista prosa argentina y expectante ante los interminables temblores que sacuden sin piedad a México. 
Leo mientras mi hija corretea con una pelota en la mano perseguida por un sanguinario mosquito tigre. Los mexicanos corren ante los temblores perseguidos por su propio infortunio. Los catalanes claman su independencia ante el temblor expectante del resto de los españoles. 
Correr, a veces, no es suficiente. Sobre todo cuando la casa se te viene encima. Cuando la casa te sepulta ya es el punto y final. Ya de nada sirven los libros, ni las independencias, ni los pasaportes, ni las banderas. 
Toda patria es húmeda y oscura. La patria común es la muerte. De ahí, tal vez, que en la bandera pirata luciera, sobre un fondo negro, una tibia y una calavera. Leo mientras un todo amenazante se mueve a nuestros pies. A los mexicanos les tiembla el suelo y a los españoles nos tiembla el país.
Pese a ello, sigo leyendo. Dicen que leo demasiado.

domingo, 17 de septiembre de 2017

Eterno aspirante sin aspiraciones


Estos días, pese a mis limitaciones, preparo mi tercer libro de relatos. Hasta este momento soy, como bien saben, un escritor fracasado, un escritor perdido entre sus propias letras, embalsamado en su arrogante intrusismo, ofuscado en su propia sinrazón. Mientras disfruto de ésta insignificante proeza literaria, en este blog alcanzaré las doscientas mil visitas. Tras todo esto -ya me veo más cerca del Cervantes- me siento capaz de escribir sobre cualquier cosa a pata coja, me imagino zarandeado por mis seguidoras en la Feria del Libro de Guadalajara, tirándome ellas fajas y sujetadores, como a Jesulín de Ubrique, y ellos miradas justicieras, como de marido cornudo. 
Para mi vida de escritor afamado, que se avecina, acuñaré un seudónimo rimbombante. He pensado en llamarme Mario Alcantud, o Alberto Suñer, o Salvador Amante, este último por si me meto de lleno en la novela romántica, que nunca se sabe. 
No sé aún muy bien al género al que le voy a dar duro. Me va la novela negra, las de espías no están mal, la autoayuda también mola, la histórica me ha gustado siempre pero requiere de mucho esfuerzo para documentarse a fondo, la erótica requiere de mucha onomatopeya y me pierdo mucho en la sonoridad, la romántica y la realista exige de grandes cualidades descriptivas, así que, dicho lo cual, no tengo nada claro mi continuidad en el mundo de la literatura.
Tal vez, tras este tercer libro abocado a la misma ruina que los otros dos títulos que le precedieron, me dedique a otra cosa. He pensado en refugiarme en el ajedrez o en la tranquilidad de la pesca deportiva. Eso. La pesca deportiva la veo como más relajante. Me viene a la memoria el recuerdo de un día de pesca junto a mi tío Matías. Él sacaba un mujol cada dos minutos, mientras yo saqué un puto zorro en dos horas. Ahora tendría unos cuantos años por delante para revertir esa historia que frustró mi infancia. Ni sirvo para pescar, ni sirvo para escribir, ni tengo admiradoras que me lancen sujetadores de encaje negro que son los que inundan siempre mis sueños eróticos más inconfesables.
Doscientas mil visitas y tres libros de relatos. Menudo atrevimiento el mío. 

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Un niño en calzoncillos


Hay un niño en calzoncillos. Uno que podrían ser varios. O muchos. O millones. Pero yo, con frecuencia, veo a uno. Un niño famélico, a menudo con la cara desenfocada, y con unos calzoncillos tan sucios que perfectamente podrían estar acartonados. El niño está tan sucio como sus calzoncillos. Un niño, o el mismo niño, que vi en una aldea de Chiapas, o de Ucrania, o de Túnez, o como el que el otro día me encontré en Uzbekistán. Un niño grisáceo, recubierto con una terrible capa de polvo de olvido, del que destaca el negro de sus ojos, con los que te clava una mirada fría y acerada capaz de reventarte la sien. El niño del que les hablo siempre me mira, nos mira, con una mirada interrogativa e inquisidora. Con una mirada entre ausente y penitente. Con una mirada que parece no reconocerme a mí ni al mundo de dónde vengo. Con una mirada de otro planeta. ¿O acaso  es que en la tierra existen dos planetas en uno? ¿Uno bueno y otro malo? Una mirada que me deja vacío, como si esos dos ojos brillantes de hambre y de sueños fueran capaces de arrebatarme la poca energía vital de la que aún hago gala.
Hay un niño en calzoncillos que corroe mi conciencia. Uno que, por desgracia, no es el mismo repetido. Son millones y millones los niños desheredados que me miran ofreciéndome el perdón que no merezco; el perdón que no merecemos.