jueves, 16 de abril de 2015

Muertes aficionadas


Son las seis de la mañana. Está oscuro. Los pájaros cantan alocados reclamando la salida del sol y él, perezoso, se resiste. Yo escucho jazz. No entiendo de música, pero el jazz me suena elegante y nostálgico. Lo escucho por recomendación de Murakami. No me lo dijo directamente, el mensaje lo leí entre líneas en su último libro. Estoy seguro de que ese escritor japones se levanta todas las mañanas al alba, pincha sus viejos vinilos de jazz, y escribe, con una vieja Olivetti de la que ya no consigue carros de tinta, historias rocambolescas con personajes kafkianos. 
De hecho, tengo un enorme riesgo de acabar convertido en uno de ellos. Todas las aficiones, incluso esta de la escritura que a priori no lo parece, tienen sus riesgos. 
Pero nada comparable a un amigo que yo tuve, aficionado a las motos, y a tomar las curvas rectas a doscientos kilómetros por hora. A la segunda que tomó ya no lo volvió a contar. Ya de la primera se escapó de milagro.
Algo parecido le pasó a otro, disculpen que no diga nombres, pero es que no me gusta señalar. Este gustaba de trepar por paredes de piedra imposibles, se gastó fortunas en buscar, allende los mares, la pared más difícil para escalar y tomarse selfies, que luego subía a su portal web, y a Facebook, y a Twitter, y a Instagram, y, por último, al obituario del periódico de su pueblo. Como no había renovado el seguro, la repatriación de sus malogrados huesos le costó a la familia tener que hipotecarse.
A otro, pobrecito, le perdió su afición a los psicotrópicos de última generación. Probaba todos los venenos que salían al mercado, para morir a la última, como así sucedió. Lo encontraron muerto en un callejón sin salida.
Recuerdo a otro, disculpen que no de nombres por aquello de la ley de protección de datos, que le dio por correr los encierros de vaquillas por todos los pueblos de España. En realidad, lo que andaba buscando era un pueblo bonito en el que morir, con casas blancas, jardines bien cuidados y repletos de niños lustrosos comiendo bocadillos de mortadela, cafeterías con aire retro, parejas de novios manoseándose en los portales con nocturnidad y alevosía, urbanizaciones fantasma, concejales comisionistas, y todo eso. Un toro lo encumbró como él anhelaba ser encumbrado, a los anales de la defensa del costumbrismo, para vanagloria de su viuda e hijos.
El jazz y la escritura carecen de adrenalina, tal vez por eso, soy incapaz de escribir sin un buen café con leche a mi lado, emanando peligros espumosos y sabores intensos. Tras cada sorbo, me dejo llevar por los vertiginosos vericuetos de las palabras, trepo por sus significados, acelero su construcción a ritmo de blues, lidio con mi torpeza, le doy a guardar, me ducho y me voy a trabajar.
Estoy aprendiendo mucho con la muerte de los demás, para que su deceso no haya sido en vano. 
Lo peor de estar muerto es que debe ser muy aburrido. Ya sin adrenalina y sin nada que perder. Esto no me lo ha dicho Murakami, lo vi escrito en las caras de las Momias de Guanajuato. Aunque eso ya es otra historia.

miércoles, 15 de abril de 2015

De Beniel a Mauthausen pasando por el infierno


Nunca un libro tan humilde y tan sencillo me había aportado tanto. Les explico. Un compañero de trabajo, sabedor de mis ávidas costumbres lectoras, tuvo la cortesía de traerme un pequeño libro. Un libro fotocopiado, de tamaño menudo, engarzado mediante canutillo. Antonio, que así se llama mi compañero, me lo ofreció, días pasados, con la sutileza y la educación con la que él suele hacer siempre las cosas. Lo hizo un tanto inseguro de sí mismo pero plenamente consciente del valor intrínseco de la modesta autoedición que me ofrecía.
-Es la historia de un familiar "mio". Es impresionante -me dijo mirándome a la zona interior de los ojos, justo en esa parte en la que vibra el nervio óptico, este provoca que se te pongan los vellos como escarpias, y seas capaz de identificar que ahí, en esa mano tendida, hay algo grande.
-Lo leeré. Claro que sí, Antonio -le respondí, mientras vi como se alejaba observando de reojo mi reacción ante lo modesto, y grandioso, de su ofrecimiento.
Y así fue como, gracias a mi compañero Antonio Herrero, he podido conocer la increíble historia de Jesús Herrero Martínez, su tío abuelo, que nació en Beniel (Murcia-España) -a escasos kilómetros de donde yo vivo- en el año 1.911 y murió en La Ricamarie (Francia) en el año 1.996.
El libro en sí consta de cuatro partes bien diferenciadas: su infancia en la huerta de Beniel, en la que disfruta y crece como un niño revoltoso de su tiempo. Una segunda en la que describe su participación en la Guerra Civil Española, luchando hasta el final en el bando republicano. Una tercera, en la que, tras su paso por el mal llamado Campo de Refugiados de Saint-Cyprien (Francia) se alistó en la resistencia francesa en la 106 Compañía, hasta que fue hecho prisionero por los Nazis, y de ahí al campo de concentración de Mauthausen, en el que entró el 21 de diciembre de 1.940 y del que fue liberado por los soldados norteamericanos de la 11ª División Acorazada el 5 de mayo de 1.945.
La ultima parte del libro hace referencia a su vuelta a la libertad y a la reconstrucción de su vida, o, tal vez me atrevería a decir, de su no-vida.
La lectura de sus 63 páginas, escritas a máquina, me llevó apenas media hora. Media hora en la que el propio Jesús Herrero, tras sentir nuevamente la llamada de la muerte, -esa muerte que tantas veces le había llamado y que él había sabido tan increíblemente burlar-, en esta ocasión por un cáncer de colón, escribió, con cierta premura, sus memorias.
Unas memorias, que mi compañero Antonio, con su gesto, ha pretendido honrar, y yo con este escrito pretendo, en la medida de mis posibilidades, divulgar a modo de homenaje. 
Hasta aquí la descripción de lo leído para escribir sobre lo sentido durante la lectura. Y no es fácil. Nada fácil... No empequeñecer la grandeza de este hombre, mediante un pequeño relato, no es algo que esté al alcance de un aficionado a la escritura  como yo. Pero lo voy a intentar.
Lo primero que me vino a la mente, tras su lectura, fue cuestionarme los limites de la resistencia humana. ¿Cómo pudo Jesús aguantar toda la Guerra Civil Española, combatir contra los alemanes junto la resistencia francesa, y sobrevivir a más de cinco años de internamiento en el peor infierno que ha conocido la raza humana? ¿Acaso era Jesús Herrero un hombre extraordiario? Y la respuesta es bien sencilla: Sí, estoy convencido de que lo era. De otro modo es imposible. Desde septiembre de 1.936, que se convierte en Guardia de Asalto para defender a la República Española de la amenaza fascista de Franco, hasta su liberación en Mauthausen en mayo de 1.945, no paró de luchar contra el fascismo que asolaba Europa, y de defender los ideales de la libertad y la democracia de nuestra ultrajada República.
No me han sorprendido en demasía todas las atrocidades que describe Jesús en sus memorias, tal vez por haber visto tantas películas, haber leído tantos libros, e inclusive, haber visitado otros campos de exterminio como Auschwitz o Birkenau. Como decía, no me sorprende tanto lo que describe como lo que se llega a intuir realmente que no escribe. En realidad, esas escasas 63 páginas son la esencia de miles y miles de páginas no escritas, pero, a su vez, de infinidad de momentos vividos, sufridos y llorados, de balas, de bombas, de muerte, de odio, de frío y de hambre, de repugnancia, y, por último y más importante, de esperanza. Esa esperanza, por volver con los suyos, que nunca le pudieron arrebatar.
Estoy seguro que, a partir de ahora, cada vez que pase por Beniel, me sentiré más orgulloso de cada uno de sus huertos, de cada una de sus calles, de cada una de sus gentes, al saber, gracias a Antonio, que esa población vio nacer a alguien tan inmensamente generoso en la lucha por las libertades, que todos disfrutamos ahora, y que fue tan injustamente olvidado. 
Un hombre así engrandece a todo un pueblo. Aunque, mucha gente, por desgracia, no lo sepa.

sábado, 11 de abril de 2015

Colibrí bucal


Un día extraño y una noche más extraña aún. En realidad todo lo que sucedió aquel día me resultó bastante atípico y desconcertante. Fue uno de esos días en los que si hubiera puesto un circo me hubiesen crecido los enanos, o se hubiera estrellado el trapecista. Tan extraño que no sé cómo afrontar su descripción para que a ustedes les resulte verosímil. Sobre todo lo que me aconteció cuando ya pensaba que ese día no sorprendería con nada más. 
Esa noche, cuando por fin me logré acostar, nada más apagar la luz y cerrar los ojos, vi cómo se me acercaba, revoloteando, un diminuto colibrí. Claro, se pensarán ustedes, otro típico relato ñoño de sueños, ¡qué rollazo!. Pues no, no estaba soñando. Lo sé porque, al abrir los ojos, no lo veía, pero lo veía perfectamente cuando los cerraba. Estoy seguro de que no estaba dormido. 
Sí, lo sé, están pensando que eso es imposible, pero no, créanme. Si a mi abuelo le hubiesen dicho que un hombre se pasearía por la Luna, como Perico por su casa, tampoco lo hubiera creído. 
Veía al colibrí acercarse a beber de mi boca, como si ésta fuese una flor, o un recipiente de agua con azúcar de los que tanto les gusta beber a éstas diminutas aves. Al abrir los ojos, de ipso facto, desapareció. Aguanté unos minutos, para ver si, por fin, se apartaba de mí esa extraña sensación, abriendo mis ojos como un niño asombrado ante un enorme pastel de cumpleaños. Conté un par de minutos, -iba a decir conteniendo la respiración pero ahí sí les estaría engañando-, durante los cuales intenté no parpadear, y, al volver a cerrarlos, ya un poco resecos por el esfuerzo de mantenerlos demasiado tiempo abiertos, el colibrí se volvió a acercar a mi boca con el ímpetu de un joven dentista en el día del estreno de su clínica.
Entonces fue cuando, en lugar de intentar que se marchara, decidí afrontar la situación. 
Me senté en la cama, apoyé la espalda al cabezal, flexioné las piernas, las abracé, y me quedé con los ojos cerrados para intentar averiguar cuáles eran las intenciones de la visita de esa preciosa y desubicada ave.
Al instante, volvió a parecer. Me quedé absorto al fijarme en el veloz movimiento de sus alas, al reparar en la belleza verdosa de su plumaje, en la sutileza de sus movimientos, en la fuerte fragilidad de su cuerpo. Se acercó a mi boca, sin miedo. Como si me conociera de toda la vida. Pensé que lo que pretendía era besarme, que se trataba de un colibrí pervertido y con ganas de experiencias fuertes. Sentí su pico curvo y fino hurgar entre mis labios. No me digan por qué, pero, sumando su confianza a la mía, opté por abrir la boca para facilitar sus inconfesables y desconocidos deseos.
Y en ese preciso y precioso momento fue cuando, con su pico de cirujano, extrajo de mi boca la primera frase: "Te extraño". Me quedé atónito. Tan desconcertado que cerré la boca bruscamente y, ante lo violento de mi reacción, el colibrí, aterrorizado, se alejo a la velocidad del rayo hasta la puerta de la habitación. 
Tras esa primera extracción, y haciendo de tripas corazón, decidí proseguir con el experimento. Nada tenía que perder y mucho que descubrir en aquella especie de güija dental.
Me volví a poner cómodo. Cerré con fuerza los ojos. Abrí la boca como un tragabolas, y, nuevamente, apareció ante mis párpados. Ni él ni yo habíamos tenido bastante.
Tras acercarse con impaciencia a mi boca, que aún conservaba el olor al colutorio dental que uso tras cepillarme los dientes, que no parecía molestarle, extrajo la siguiente frase: "Nada ha cambiado y nada cambiará". 
La estética de la situación me recordó, por momentos, a las avionetas que, en verano, recorren las playas arrastrando tras de sí mensajes publicitarios del tipo: ¡Visite el Loroparque 2x1! o, ¿Vinos de Jumilla? ¡los mejores de España!.
La tercera extracción decía: "Comenzamos a morir cuando dejamos de soñar". Sin duda, estaba ante un colibrí aficionado a la filosofía. O a los cuentos de Hans Christian Andersen. O a leer mis relatos: ¿quién sabe?.
A partir de ahí, recuerdo que todo fue un continuo ir y venir y un rosario de extracciones sin dolor, hasta que me comenzó a vencer el cansancio. Solamente recuerdo otra frase: "Volveré a tu boca" o algo así.
Desconozco si mi dentadura alberga alguna singularidad capaz de despertar admiración en el mundo de la odontología, o si, mi saliva almibarada pueda traer de cabeza a esas minúsculas aves tropicales, sea como fuere, ese colibrí, de vez en cuando, viene a sacar de mi boca lo que, de otra manera, nunca saldría. 
No sé si lo habré conseguido explicar bien. Pero eso fue lo que pasó.

miércoles, 8 de abril de 2015

Relación epistolar


Apreciado Carlos:

Gracias por tu sincera carta, en la que, como siempre, me demuestras tu confianza y la gran amistad que me profesas. Como podrás comprobar, a mí me está pasando algo como lo que a ti te pasó no hace mucho tiempo. ¿Ves cómo no somos tan distintos aún estando tan distantes?.
Ahora que he decidido ser un hombre serio, ponerme a diario traje y corbata, comportarme como todo un ejecutivo de Wall Street, ir a locales de moda, dejarme ver por actos e inauguraciones adecuadas a mi categoría, llevar la barba bien cuidada, asistir a cursos de alta dirección, participar en obras de caridad, correr una o dos horas al día, o jugar al padel, o ir al gimnasio, o dos días a la semana hacer natación y, entre horas, leer libros de autoayuda. Ahora, querido Carlos, que he decidido hacer todo eso, me he dado cuenta de lo costoso y cansado que es hacer todo aquello que se supone que debemos hacer. ¿No te pasaba a ti algo así?.
No. Supongo que no, pero yo tampoco pienso abandonar. Soy consciente del valor que me aportará seguir las tendencias sociales. Tengo claro que lo peor que me puede suceder es que me vean como a un perro verde, alguien que nada a contracorriente, un trasnochado, un transgresor, o, peor aún, que me confundan con un perroflauta del mundo del marketing, con lo que me ha costado llegar a donde estoy. La sociedad tiene una máxima, Carlos, o estás con ella o estas contra ella. Y no hay más...no te canses.
Dime, amigo: ¿qué estas leyendo ahora?. Me gustó mucho ese libro que me recomendaste del francés Jean-Paul Didierlaurent, titulado: El lector del tren de las 6.27. Sabes que siempre me ha gustado que tú vayas por delante de mí en todo, hasta en la lectura y ahora no sé cuál comprar.
Pienso demasiado en estas cosas, la verdad. Lo tendré que tratar con mi terapeuta de cabecera, igual que hiciste tú y te vino tan bien. Posiblemente sean los últimos coletazos de la crisis de los cuarenta, o, tal vez, los comienzos de la crisis de los cincuenta. Ya no somos aquellos valientes de la universidad que podíamos con todo, ¿te acuerdas qué bien lo pasábamos juntos?. Me puede estar pasando factura la presión de esta puta crisis económica:  ¿o será la ansiedad de que se acabe ya y que la gente como tú, que tuvo que marcharse a trabajar al extranjero, pueda regresar a casa?. O los efectos colaterales del calentamiento global, también he pensado que pueda ser algo de eso, Carlos. Sea como sea, yo me tengo que actualizar. Siento la necesidad de adecuarme a los tiempos. A ti eso siempre se te dio mejor que a mí. No quiero quedarme anclado en el pasado y que se me reconozca, a lo lejos, como un progre que se quedó empantanado en la cultura de la transición, en la movida de los ochenta, de la época de Tierno Galván. Me urge limar asperezas mentales y abrazar a la sociedad de nuestro tiempo. Aceptar su culta incultura. Su exceso de ego. Adquirir sus sueños de grandeza libres de impuestos. Ambicionar yates comprados en B. Disfrutar de viajes a todo confort a lugares exóticos. Mirarme al ombligo y dejar de preocuparme tanto por los demás. No sé qué pensarás de todo esto que te cuento. Pensarás que estoy para que me aten, y tal vez tengas razón. Tú sabes que estas cosas sólo las hablo contigo. He de confesarte que echo mucho de menos esas largas conversaciones, esos cafés que se eternizaban, esas peleas dialécticas sobre política, sobre arte contemporáneo, sobre nuestros sueños. ¿Recuerdas, o sólo soy yo el que lo recuerda y lo anhela?
Tener sueños pequeños, Carlos, como por ejemplo: aprender a escribir, disfrutar con el trabajo diario, sentirte a gusto en casa viendo un documental de momias egipcias que ya has visto veinte veces, tomarte un café con leche con galletas recubiertas de chocolate, pesarte y ver que has engordado dos kilos por las dichosas galletas -pero es que están tan ricas-, ir a cenar sushi los martes que hacen el dos por uno. Cagarlo todo el miércoles y ver que aún salen bolitas negras y rojas en la caca. Ir al cine los días con descuento aunque sea sin palomitas. Ver los partidos de fútbol cuando los dan en abierto, o escucharlos en la radio cuando los dan por canales de pago, o verlos por Internet, a cámara lenta, y ver el gol de tu equipo, dos minutos después, cuando ya ha empatado el contrario. ¿Tú miras las cacas antes de tirar de la cadena, Carlos, o esa manía es sólo cosa mía?
La verdad es que yo, como todo hijo de vecino, quisiera ser un tipo perfecto. Es más, sería suficiente con parecerme un poco más a ti: siempre bien vestido, tieso, impoluto, ubicado, admirado por mujeres de toda condición, pero cuando pienso en lo bien que se pasa siendo un tipo normal cuya máxima aspiración es aprender a escribir y a pagar sus deudas, me dan ganas de quitarme el traje, afeitarme la barba y dejar aparcados los libros de autoayuda para cuando me llegue la crisis de los sesenta.
Los tipos como yo no tenemos arreglo, Carlos, seguimos enviando cartas con sello de correos -espero que te guste el que te he puesto en esta carta, es el nuevo del Rey-, y mirando el buzón cada vez que llegamos al portal del edificio. Lo que me está costando cada vez más trabajo es encontrar sobres con los clásicos ribetes azules, blancos y rojos del correo aéreo. Creo que tú y yo somos los únicos que seguimos con esta costumbre tan ancestral. Somos políticamente incorrectos, qué digo incorrectos, yo diría que inclasificables. No estamos para que nos lleven a ningún sitio, ni para tener amigos de categoría. Bueno tú sí. Tú si vales. Siempre has válido mucho. Vales mucho amigo.
Pero dime, Carlos: cómo te va con tu nueva amiga... creo que se llamaba Paula, ¿o era Anna?. ¿Sigues con ella o ya le has encontrado todas esas pequeñeces que te hacen salir huyendo y ser el soltero más codiciado del hospital de New York para el que trabajas?. Cuéntamelo todo en tu próxima carta, y responde, de vez en cuando, a los wasap, canalla, que no sé para qué te lo descargaste.
Como verás, en el sobre te he metido uno de esos collage que tanto te gustan. Ya sólo los hago para ti. Espero que a cambio, cuando puedas, me envíes algún catálogo de las exposiciones del MoMA, sabes que las exposiciones de aquí las eligen los políticos y son de muy mal gusto.
Y olvídate de una vez por todas de las casadas. Hazme caso, aunque sólo sea en eso, te ahorrarás muchos problemas.
Un abrazo muy fuerte.
Tú amigo Andrés que no te olvida.  

sábado, 4 de abril de 2015

Literaturas urbanísticas


En la urbanización de gente afortunada en la que habito, todas las tardes, cuando me pongo a leer en la terraza, escucho el canto de un gallo. Y no se crean que lo del gallo no me inquieta. Me inquieta, y mucho, por lo atípico de la situación. ¿Quién puede tener un gallo, o mejor dicho, un gallinero en una urbanización de estas características?.
He visto gente con coches de alta gama, con mansiones de concurso, con piscinas climatizadas y trompolín olímpico, con familias impolutas que parecen sacadas de una revista de diseño, pero: ¿qué narices pinta un gallo en un escenario tan bucólico como este?. 
Cada vez que leo a Murakami al fresco, y escucho cantar al gallo, me pregunto: ¿qué hacemos ese gallo y yo en un sitio como este?. Y no sé que responder. 
El gallo, Haruki Murakami, y un servidor de ustedes, disfrutamos de una misteriosa sincronía. Sí, sí, no se rían, que la cosa no acaba ahí. He observado también que cuando leo a otro, por ejemplo, a Juan José Millás, en lugar de cantar el gallo, sale la ardilla que vive en el pino medianero del vecino, y me mira con toda la afectuosidad con la que te puede mirar una ardilla un rato antes de cenar. Algo parecido sucede cuando leo a la alocada Amélie Nothomb, pero en el caso de la belga nipona me acuden cientos y cientos de mariposas que, en ocasiones, hasta me molestan, sobre todo cuando se me posan en la nariz. Pero si les cuento que cuando leo a Ondjaki, ese angoleño que vive en Brasil, al que publican en Argentina, y que escribe con toda la magia del continente del que procede, sale un salamanquesa que vive en mi casa desde que la construí, se sube a la mesa, y me guiña un ojo. Claro que si no se creen esto, no sé si contarles qué sucede cuando leo al polaco Mrozek, o cuando leo al austriaco Zweig, o al imprescindible y galardonado francolibanés Amin Maalouf. Bueno, lo que ocurre cuando leo al francolibanés que escribió León el Africano, es más fácil de entender: acuden a mi patio de ipso facto todos los gatos a los que engorda una vecina que no tiene otra cosa mejor qué hacer que cebar gatos, por lo que la población gatuna de la urbanización se ha multiplicado por diez, empiezan a escasear los gorriones, y hasta han subido el precio de las sardinas en la pescadería. Una cosa lleva a la otra, ya me entienden.
No fue fácil llegar a la conclusión de que, en esta urbanización de gente tan afortunada, -hasta contamos con un ciclista bajito de talla internacional que sale mucho en los telediarios-, la literatura y la naturaleza conviven estrechamente ligadas.
De hecho, ayer, cuando regresé de la librería llevando en el asiento del copiloto el último libro de Jesús Carrasco, nada más pasar la barrera de control, comenzó a perseguirme un perro que ladraba como si hubiera visto en mi coche al mismísimo demonio. Más tarde, cuando saqué el libro y vi la oveja que salía retratada en la portada, comprendí al pobre can. Y es que hay perros que tienen el olfato muy fino para la cosa de la literatura.
Los que vivimos en esta urbanización somos gente muy afortunada, ya lo creo. Sobre todo a los que, como a mí, nos apasionan los bichos con muchas hojas y los libros con patas.

viernes, 3 de abril de 2015

Muerte en un cajero


Arrastraba los pies empujando del carro de un supermercado lleno de inmundicias. Cargaba, condenado por la vida, un enorme saco de rabia y frustración. Él, que lo había intentado todo, que lo había dado todo, que lo había sacrificado todo, no había conseguido absolutamente nada. Respirar era su máxima meta. Escuchar en el silencio de su nada su sístole y su diástole. Saborear el salitre de su sudor. Exhalar olores retestinados. 
Mirar a los ojos de su perro sarnoso era lo más emotivo que le había deparado la vida. Contar sus caparras y compartir sus pulgas. 
Observar a los transeúntes, como figuras en movimiento de una feria, era una de sus escasas aficiones. Los veía como a seres de una especie superior. Limpios. Bienolientes. Acicalados. Puros. Con perros de peluquería a los que un sirviente, venido de lejos, saca a cagar varias veces al día. En ocasiones venían a su mente imágenes en las que él era uno de ellos. Y tenía un trabajo medianamente digno. Y una familia ni mejor ni peor que otras, pero, al fin y al cabo, una familia. Y perro gordo y cagón. Hace tanto tiempo de eso que ya no sabe si confunde realidad con ficción. No recuerda bien si alguna vez paseó por una calle sin echar peste, o alguna vez entró a una tienda sin que, a los dos minutos, lo acompañaran a la puerta.
Él subsiste en un barrio cualquiera. No suele hacer grandes desplazamientos porque las fuerzas no le acompañan. Duerme, desde hace meses, en el mismo cajero automático. Le gusta percibir, mientras descansa cobijado entre los cartones de un frigorífico americano de dos puertas, el olor a dinero que emana de esa máquina infernal. Ese artilugio que ceba a las personas y las convierte en dependientes. Las narcotiza. Las doma. Las corrompe. Y las hace regresar a él una y mil veces a extraer el maná que las hace soñar, o les da lo justo para llenar el carro de la compra semanal. Un carro como el que él robó, y con el que arrastra su miseria y su ruina.
Según la prensa, una prensa cualquiera de cualquier ciudad, de cualquier país, tal vez en la que vive nuestro invisible personaje, un indigente ha sufrido el ataque de unos jóvenes neonazis. Los atacantes, tras entrar al cajero en el que dormía el sin techo, y con los rostros cubiertos por pasamontañas, lo han rociado con gasolina y le han prendido fuego. Su intención asesina quedó patente ya que, tras salir del habitáculo, los asaltantes bloquearon la puerta de acceso, por lo que el indigente no pudo salir a pedir auxilio y murió abrasado, junto a su perro, mientras intentaba desesperadamente abrir la puerta.
Pocas horas después, un joven, con sus amigos jóvenes, guapos, fuertes, y rubios, cargados de odio, beben cervezas alegremente, en un bar en el que se reúnen habitualmente junto a otros jóvenes de su misma condición y similar vestimenta. Celebran un triunfo más, pero en esta ocasión no es el triunfo de su equipo de fútbol. Hablan de limpieza, de pureza. Describen y sueñan un mundo perfecto. Un mundo mesiánico en el que no caben los diferentes. O blanco o negro. O perfecto o imperfecto. O puro o impuro. Se erigen de jueces. Se sienten dioses. En su mundo no hay segundas oportunidades. Beben ríos de cerveza celebrando su hazaña.
El joven, guapo, fuerte, invencible, exultante, llega a casa aún con olor a gasolina en sus manos. Mientras sube las escaleras, se las lleva a la nariz y sonríe de felicidad ante la pertinaz presencia del olor a carburante. Al abrir la puerta, le recibe su perro de presa, ladrando y moviendo el rabo, que repara rápidamente en el olor a sospecha de sus manos. Su madre, adorable, dulce, religiosa, le da un beso en la frente y le pregunta si lo ha pasado bien. El hijo, suave y cálido como una brisa de primavera le responde:
-Sí madre, hoy ha mejorado nuestro gran país, puedes estar tranquila, nadie te va a hacer daño.
Y la madre se ríe, jovial, asombrada, inocente, mientras vuelve a sentarse en el sofá a ver la televisión. 
-Este hijo.... tiene unas cosas... -murmulla mientras ve en la pantalla como el protagonista de la película besa en los labios a su joven amada y, tras fundirse todo en negro, aparece en la pantalla: The End.

miércoles, 1 de abril de 2015

Ornitologías


Los piares me rodean sin ánimo lucrativo. O sí. La verdad es que llevo días cebando a los pájaros con golosinas diversas y ya acuden a mi encuentro obsequiándome, o exigiéndome, con sus cantos y sus trinos, una galleta más. Mi objetivo es peliagudo. No suelo plantearme retos sencillos para no empobrecer mi épica. Busco un pájaro, pero no un pájaro cualquiera. No me conformo con cualquier pajarraco al uso. No busco a un banquero, ni a un político, ni a un estafador, ni a un trilero, esos te los encuentras al paso y sin buscarlos. Busco un mirlo blanco. ¿Casi nada, verdad?
¿Existen acaso los mirlos blancos, o son tan sólo una leyenda? 
Como les decía, pertrechado de galletas de dudosa reputación, y grandes dosis de paciencia, he trazado un plan infalible para atraer a mi jardín a esa mítica ave. Si esa rara avis existe, estoy seguro de que tarde o temprano se apuntará al festín que cada día organizo a los pies de la falsa platanera que tengo en mi jardín. Sé que es imprescindible para mi experimento ornitológico un presupuesto amplio, grandes dosis de paciencia, y mucha, mucha constancia.
El vecino me mira raro a través del seto que nos separa. Siente que algo extraño está pasando porque la cantidad de aves que se acercan a nuestras casas se a multiplicado por diez. Qué digo por diez, por veinte por lo menos. 
En tres semanas, esos terribles emplumados se han zampado más de diez kilos de galletas de marca blanca y todo el pan duro que había en casa. Nos están bombardeando con sus cagadas por todos los flancos. Me pica el cuerpo y creo que tengo pulgas. Mi esposa también sospecha algo porque me mira con frecuencia frunciendo el ceño y rascándose por todos lados. Las ventanas están atestadas de pájaros esperando a que salga a echarles más comida. 
-Cariño: ¿Te has dado cuenta de qué, desde hace varios días, todo está lleno de pájaros? Tú qué tanto entiendes de animales: ¿esto te parece normal?
-Sí, mi amor. Totalmente normal. Debe ser por el cambio climático. Tal vez alguna bandada se ha extraviado en su migración, pero pronto se marcharan al norte de Europa a pasar el verano, ya verás.
-¿Pero, piensas que soy tonta o qué? ¡Sí son gorriones gordos como cerdos! 
Al escuchar eso, me dí cuenta de que el plan no estaba funcionando demasiado bien, pero intenté proseguir cómo si nada hubiese sucedido.
A la mañana siguiente, y antes de irme a trabajar, sonó el timbre de la puerta.
-¿Quién es? -pregunté sorprendido por lo intempestivo de la visita.
-El servicio de zoonosis del ayuntamiento. Tenemos una denuncia contra usted por dar de comer sin permiso a los animales, y estar ocasionando molestias con ello al vecindario -proclamó el funcionario, con aire de sabelotodo relamido. 
-Pues, estimado señor funcionario, sin una orden judicial no entrará usted a mi casa -le dije arrimando el careto al videoportero y regalándole un gesto de pocos amigos. Además, conozco perfectamente la normativa medioambiental y no estoy incumpliendo nada al respecto.
-Así es, caballero. Lo que usted está incumpliendo es una normativa municipal de salubridad e higiene vecinal - argumentó el funcionario pegando su ojo derecho a la microcamara que lleva adosada el timbre de la puerta.
-¿Y entonces? pregunté poniendo cara de monaguillo en su primer día de misa.
-O deja usted de dar de comer a la fauna asilvestrada o le metemos una denuncia que se va a enterar de lo que vale un peine. Lo que usted prefiera, señor. Tiene usted a los vecinos de mierda de pájaro hasta las cencerretas, por el amor de Dios...¡la calle huele a guano!.
-No se hable más. Dígale usted a sus superiores, y a los denunciantes, que voy a espantar a todos los pájaros y que ya no van a regresar más por aquí. No se preocupe. Le doy mi palabra de ornitólogo en excedencia -le dije poniendo la cara de bueno que siempre tenía Charles Ingalls en la lacrimógena serie de La Casa de La Pradera.
-Esperamos que así sea, caballero, y muy buenos días.
-¡Cariño! ¿Con quién hablas? -Preguntó mi mujer desde la ducha.
-Nada tranquila, es un señor que anda buscando a un perro que se ha perdido, pero ya se ha marchado -le dije para que no se preocupara sin necesidad, dado que ella es demasiado propensa a las preocupaciones.
La aventura ornitológica se me ha ido totalmente de la manos. En lugar de un mirlo blanco me he tenido que conformar con un espantapájaros que, pensándolo con calma y mirándolo desde un punto de vista metafórico, veo que me queda muy cool en el jardín. 
Justo todo lo contrario de lo que soñé.