martes, 29 de septiembre de 2020

Bloqueos

No es fácil para mí adaptarme a los cambios tecnológicos. Cuando a duras penas he conseguido adaptarme a una aplicación, los informáticos, ¡cobronazos! van y la cambian. De tal manera que los cambios en blogger me tienen amedrentado. Echo de menos a mi vieja Olivetti, a su ruido estereofónico, a su olor a tinta, a esos rollos que de vez en cuando se atrancaban y terminabas con los dedos llenos de negrete. La verticalidad técnologica, que cambia a una velocidad insostenible, nos fastidia enormemente a los viejos dinosaurios que intentamos, sin éxito, contemporizarnos. Me gustaría, y lo intento no crean que no, recuperar la oralidad. No soy un gran contenturlio, pero me gusta contar historias. No sé debatir, pero sé compartir y respetar. Intento esforzarme para no escorarme en mis planteamientos y no caer en el abismo de la radicalidad. Hoy no es fácil comunicarse ni por escrito ni de viva voz; las palabras, ya sean escritas o habladas, han de ser muy medidas, y bien pensadas, lo que sin duda no deja de ser una forma de autocensura. Son tiempos difíciles para la libertad de expresión. Son tiempos difíciles para la cultura. Son tiempos difíciles para los que nos hemos criado creyendo que un mundo mejor era posible. Y más aún, si cabe, para los que, como yo, hemos luchado y seguimos luchando para que así sea.

viernes, 11 de septiembre de 2020

Tiempos revueltos

Avanza la segunda oleada de la pandemia como un incendio fuera de control. La naturaleza no es fácil de domesticar. Seguimos analizando la situación bajo la visión todopoderosa de la modernidad. Pura falacia. Somos unos simples mortales tan expuestos a la naturaleza como lo estuvieron nuestros ancestros en las cavernas. La naturaleza puede revelarse contra nosotros cuando le dé la real gana mientras terminamos de pulir a los robots que son capaces de escribir columnas en un periódico, pintar cuadros, o traernos la bandeja del desayuno. La pandemia nos ha hecho reflexionar sobre la debilidad de nuestros sistemas, o mejor dicho del sistema. Lo público nuevamente se ve en la obligación de salir al rescate de lo privado. A salvar a los bancos, a las empresas, a las compañías aéreas; en definitiva, el neoliberalimo, en su magnificencia, depende de lo público. Esta reflexión entiendo que le costará digerirla a más de siete, pero lo que está claro es que algo falla en el diseño de nuestra fallida sociedad. Porque soy de los que opina que vivimos una realidad de ficción, una realidad que sobredimensiona la individualidad pero que sigue dependiendo de la colectividad. El ciudadano ha pasado a ser un mero consumidor que gasta y consume por encima de sus posibilidades generando un insostenible impacto ambiental. Las ciudades son insalubres y en ellas se hacina la mayor parte de la población mundial mientras las zonas rurales languidecen y son infravaloradas y olvidadas. La mierda de las grandes ciudades se vende al peso a los países subdesarrollados. El tercer mundo sigue siendo lo mismo de siempre, un coto privado de caza para las grandes multinacionales auspiciadas por sus antiguos colonizadores, que con ello siguen expoliando pero de una manera más diplomática. El calentamiento global, la crisis migratoria, los países fallidos, el agotamiento de los recursos marinos, la crisis sanitaria, el aumento de los populismos y de la extrema derecha, la vuelta, si es que alguna vez no estuvo ahí, del pulso entre los grandes bloques, generan un caldo de cultivo pestilente que no augura nada bueno. Y sino al tiempo.

sábado, 5 de septiembre de 2020

Sangre de mi sangre

Arranca tarde septiembre en este blog. Pese a que formamos una unidad indivisible, ambos disponemos de la decorosa autonomía que nos otorga la confianza. Él espera con paciencia infinita que acabe con otros menesteres a sabiendas de que regresaré a él como quién regresa a casa por Navidad. Siempre hay una vuelta a los orígenes. Somos lo que somos por mucho que pretendamos aparentar otra cosa. En nuestros orígenes se podrían encontrar los matices que nos diferencian de los demás mortales. Lo vivido en nuestra infancia, en el seno de nuestra familia, nos persigue como un mantra a lo largo de nuestra vida hasta que nos da alcance. Y al final, un día, al levantarte e ir al baño, te miras al espejo y te das cuenta de que te pareces a tu padre, o a tu madre, y ese parentesco te hace reflexionar. Y la reflexión te lleva a darte cuenta de que aparte de un parecido físico, hay otros muchos aspectos de nuestra personalidad, incluso aquellos de los que hemos intentando apartarnos durante toda nuestra existencia, que están ahí, esperando acaparar nuestra atención y asumir el protagonismo que durante tanto tiempo le hemos privado. Dentro de nosotros, en nuestra genética, están nuestros antepasados, su forma de pensar y de entender la vida. La psique de todos ellos nos reclama su derecho a subsistir en nosotros y en nuestros hijos y en nuestros nietos. A veces, se lucha encarecidamente para que esa herencia genética no acabe por tomar el control de nuestras vidas, y nos sintamos únicos y genuinos, pero es una guerra pérdida. Dicen que mi abuelo paterno se pasaba la vida escribiendo. A través de su escritura, desafiando a la censura y a la adversidad, escribía a periódicos y autoridades reclamando todo tipo de mejoras y soluciones a los problemas cotidianos de una sociedad en precario. A veces me miro al espejo y veo a mi padre, otras a mi abuelo, a veces a mi madre y así. Para bien y para mal son sangre de mi sangre.

domingo, 30 de agosto de 2020

Braulio el de la gaita

Braulio tocaba la gaita. Era únicamente lo que la gente recordaba de él. Tal vez se marchó muy joven a trabajar a Alemania, o en lo demás no destacaba especialmente. Braulio era el de la gaita. Y es que se le recordaba desde bien pequeño en la puerta de su casa tocando una vieja gaita que había heredado de su abuelo. Su abuelo era Roy el de la gaita. Sin embargo, el padre de Braulio, Onésimo para más señas, odiaba a la gaita y a todos los gaiteros del mundo; ya que su mujer, Saturnina, la madre de Braulio, se marchó a Barcelona con el jefe de la banda de gaiteros y tambores de Ponterradiña. La cuestión es que Braulio regresó al pueblo, tras varias décadas de arduo trabajo a las afueras de Berlín, y la gente, insistentemente le preguntaba por su gaita. Nadie se interesaba por él, ni por su lucha por reconstruir Alemania, al mismo tiempo que construía su propia vida desligado de la gaita. No se preocupaban por si había formado una familia, por si había conseguido alcanzar sus metas, o por si estaba bien de salud. En el binomio Braulio-Gaita el ancestral instrumento de viento había ganado sobradamente la partida. —¡Ostia, Braulio! ¿Trajiste la gaita? —le decían los vecinos al cruzarse con él. Faltaban pocos días para la fiesta de San Juan. Los mozos preparaban la típica hoguera acarreando, desde varios días antes, todo tipo de maderas, ramajes y muebles viejos con los que preparar una hoguera más grande que la de las aldeas de alrededor y con ello aliviar sus excesos de testosterona. —¿Braulio, nos tocarás la gaita en la fiesta? —le proponían insistentemente desde su llegada todos los vecinos. Y al final, tras mucho resistirse, dijo que sí. La tarde de San Juan, horas antes del inicio de la fiesta, llegó un camión grúa al pueblo. Un camión grua de los que utilizan las compañías eléctricas para arreglar sus cableados y sus torres de media y alta tensión, y que tienen unas cestas en las que se suben a los operarios para arreglar los desarreglos. A la gente le resultó extraño, pero al tratarse de un camión del servicio público de la red eléctrica la gente dio por hecho de que se trataba de alguna reparación, o de una simple operación de mantenimiento. La red eléctrica del pueblo, tan envejecida como sus paisanos, fallaba más que una escopeta de feria. Tras la quema de la hoguera, y mientras la gente, que todo hay que decirlo tampoco era mucha, se tomaban unos vinos con unos chorizos ahumados en lo alto de un trozo de pan casero, apareció Braulio tocando la “Muiñeira de Chantada”. La gente aplaudió y coreo: ¡Braulio! ¡Braulio! ¡Braulio! El operario, que estaba esperando su aparición, se subió al camión y bajó la cesta de la grúa. Braulio, sin dejar de tocar, se subió a la cesta. La hoguera aún mantenía su fuego encendido. Y mientras subía, Braulio comenzó a tocar el “Asturias patria querida”. La gente comenzó a abuchear. ¡Esto no es Asturias! ¡Toca algo de aquí! Pero él, inmutable, siguió tocando si cabe con más ahínco. Algún energúmeno exacerbado le arrojó un chorizo que impacto certeramente contra su cara. Y fue entonces cuando Braulio arrojó la gaita a la hoguera, exclamando: —¡A tomar por culo la gaita— Y ahí se acabó la fiesta.

sábado, 29 de agosto de 2020

La esperanza

Érase una vez, en un país muy lejano, o no tan lejano, tampoco hay que exagerar, que vivía un viajero cansado. De tan cansado que estaba había perdido el norte. Desconocía los motivos que le habían llevado hasta allí; lo mismo que tampoco sabía muy bien cómo y cuándo regresar. De ese modo, el señor viajero cansado malvivía de la caridad debajo de un nudo de autopistas, en las afueras de una gran ciudad tan contaminada como las demás. Sin embargo, al parecer esa situación no le afectaba, la llevaba con naturalidad, como algo que le hubiera sido planificado con anterioridad por no sé sabe qué fuerza divina. El viajero cansado vivía dentro de un viejo coche abandonado. Pese a lo que pudiéramos imaginar, una de sus aficiones era la de limpiar el coche. Lo limpiaba como si le fuera la vida en ello. Otros indigentes le tachaban de loco, y tal vez no estaban muy equivocados, ni ellos estaban menos locos. Pero, no, realmente el viajero cansado no estaba loco, tan solo le recomía por dentro una extraña enfermedad, ante la que los médicos tan solo le habían pronosticado unos pocos meses de vida. Eso fue lo que le llevó a viajar de ciudad en ciudad, y de país en país, hasta sentirse incapaz de seguir vagando por el mundo. Tal vez el cangrejo que se lo comía por dentro ya se había tragado todas sus ganas de viajar y sus escasas energías. Pero un día, en el que el viajero cansado se encontraba más cansado que nunca, tuvo la visita de una extraña y elegante señora. La mujer golpeó la ventanilla del viejo coche, en cuyo interior dormitaba el viajero. —Caballero: ¿está usted despierto? —preguntó la señora. —Sí —exclamó: ¿qué quiere usted? —¿Y usted qué quiere, qué hace aquí? —se interesó la mujer. —Pues le diré la verdad: espero a que me termine de comer el cangrejo. —¿De dónde es usted? —prosiguió la dama con su inesperado interrogatorio. —A veces quiero acordarme, créame, pero no lo recuerdo. —Pues haga usted por recordarlo porque lo necesitará para regresar a su casa. —No volveré. En pocas semanas amaneceré muerto en este viejo coche. —¿Le gusta la comida que le traigo a diario? —Así que es usted… —Sí, soy yo. Desde que le vi limpiando su coche entendí que usted era distinto a los demás indigentes. —Yo creo que soy igual que todos ellos. A mí me come un cangrejo y a ellos se los come la vida. No soy distinto —exclamó. —Claro que sí. Sé perfectamente que usted está aquí para evitar sufrimientos a su familia; para que no le vean morir día a día. Pero sabe qué le digo, que su huída no les ha aliviado en absoluto. Así que prepárese para regresar, que ya va siendo hora. —No sé quién sea usted, pero este viejo enfermo no piensa regresar. —Sí, claro que sabes quién soy, lo que sucede es que no quieres creerlo. —¿Es usted la Virgen? —¿Es usted católico? —Sí, soy católico apostólico y romano, por la gracia de Dios. —Pues entonces para usted seré la Virgen. —¿Y sí no fuera católico quién sería usted? —Soy la vida. Soy la naturaleza. Soy ese árbol de ahí. Soy usted. Somos un todo, amigo. Ese cangrejo se irá al mar. Volverá a dónde no debería de haber salido. Y cuando el viajero cansado despertó se sintió menos cansado. Recordó todo su itinerario. Recordó a su familia. Recordó todo lo que había olvidado o había querido olvidar. Un sobre con dinero que encontró sobre el asiento del copiloto fue la prueba fehaciente de que algo mágico había pasado esa noche. De su vieja cartera, que tenía escondida debajo de su asiento, sacó una vieja estampa que pertenecía a su madre. Una estampa de la Virgen de La Esperanza. Y la besó. Tal vez, en el fondo, él nunca había perdido la esperanza.

viernes, 21 de agosto de 2020

De vacaciones en Mercadona

La verdad es que estamos disfrutando, o sufriendo, según se mire, de un verano excepcional bastante difícil de definir. Si se lo tuviéramos que explicar a un marciano, cosa por otra parte muy poco probable, con toda seguridad el extraterrestre no lo entendería, así qué, si se encuentran con alguno, ahorrense la explicación y refugiense en un Mercadona. A mí lo del Mercadona, en contra de todo pronóstico, es lo que mejor me ha funcionado este verano. De hecho, he veraneado en uno nuevo que hay cerca de aquí. Sé que no es como el Caribe, ni la Costa Brava, ni como el Algarve portugués, pero mola un montón. A ver cómo se lo explico a ustedes para que me entiendan y no me tomen por loco. Fue improvisado, todo hay que decirlo. Yo esperaba que todo esto amainara y poder conseguir alguna ganga de última hora, pero nones. Resignado, cabizbajo, afligido, podría incluso decir que derrotado, bajé a Mercadona. A fuera del local caían a plomo 42 grados centígrados, dentro de él 24. Una jovencita iba con el bikini puesto bajo un blusón largo semitransparente. Siempre he sido mucho de transparencias. De hecho, tengo una colección exclusiva de calzoncillos Calvin Klein que compré en un mercadillo con unas transparencias muy interesantes. Por cinco euros me dieron seis y me regalaron un peine. El peine no me sirvió de mucho porque estoy calvorota. La cuestión es que yo estaba allí. Pasé por los congelados. Estuve obnubilado durante no sé cuánto tiempo eligiendo no sé qué helados que no llegué a comprar. La temperatura me bajó radicalmente pero, al cambiar de pasillo en busca de más papel higiénico, y volver a cruzarme con la chica del bikini, la temperatura me volvió a subir. Luego, una señora entrada en años, y en carnes, y en escote, me preguntó que si me ocurría algo. Le dije que me encontraba un poco aturdido debido a un conato de golpe de calor. Ella me recomendó que metiera la cabeza en el refrigerador de los yogueres y yo, de manera inconsciente, o plenamente consciente, miré a su escote. —Ahí no, picarón… me dijo sonriente y guiñándome un ojo. Así qué, interpretando los mensajes subliminales de la jovencita y de la más madurita, tomé la decisión. Les explicaré. Me organicé de la siguiente manera: por las mañanas bajaría de doce a dos, y por las tardes de seis a ocho. Cuatro horas al día, a 24 grados, durante toda una semana, haciendo deporte en un Mercadona, y alternando con una abundante y variada clientela femenina, me auguraban un verano de ensueño y, lo que es mejor aún: low cost. El primer día de mis merecidas vacaciones en Mercadona ligué con una viuda a la que ayudé a llevar su compra a casa. Por el camino, le hablé de mis dotes de cocinero: de mi tortilla de patatas, de mi ternera en salsa, de mi pulpo al horno, de tal manera que la señora me invitó a demostrarle mi versión de la tortilla de patatas. Confiada, me dejó en la cocina y fue a quitarse la calor. La calor y la ropa… no me dio ni tiempo a cuajar la tortilla. La señora debía de traer tanta hambre atrasada que ni ganas de comer tenía. El segundo día me convertí en héroe por accidente. Yo estaba haciendo mi recorrido por el pasillo de las bebidas cuando vi a un carterista intentando sustraer el bolso a una pobre anciana. Rápidamente, di aviso al encargado y éste, sigiloso, se acercó al tipo y le susurró algo al oído. No sé que le pudo decir, pero el chorizo salió del supermercado como el que se quita avispas del culo. El tercer día fue más aburrido y tan solo disfruté de cuatro horas aclimatadas, gracias a la conocida generosidad y del gran sentido del altruismo del señor Juan Roig. El cuarto día me encontré en el suelo un billete de cincuenta euros y, qué quieren que les diga, me fui al supermercado del pueblo a gastármelos a tutiplén. Yo en Mercadona tan solo compro el papel higiénico. He de reconocer que soy adicto a su papel higiénico. Lo que no sé es eso de Bosque Verde a qué viene si el papel es blanco, pero se lo perdono porque todos tenemos nuestras contradicciones y yo el que más. El quinto día fue el mejor. Una preciosa mujer me preguntó si sabía adónde encontrar el cloro para las piscinas. Como no podía ser de otra forma, le dije que sí. —Soy monitor de natación, de waterpolo, y de natación sincronizada, así que algo sé de piscinas —le planteé. —Pues sabe qué le digo, necesitaría unas clases de todo eso —me dijo muy ansiosa. —Sin problemas. Tengo tiempo y las cobro a 30 la hora —le expliqué. —Me acaban de instalar la piscina y aún no sé mucho de esos temas. ¿Me podría acompañar a mi casa? —me propuso. Yo estaba seguro de mí mismo y de mi mecanismo. Llevaba uno de mis calzoncillos con transparencias de Calvin Klein. Me acababa de duchar, de cortar las uñas de los pies y de lavarme los dientes. Ella me invitó a subir a su coche. Menos mal porque el mío lo tuve que malvender hace seis meses. Su casa estaba en las afueras. Era una casa baja, cerrada con un gran muro con alambradas en lo alto, lo que le otorgaba a la casa una cierta apariencia de campo de concentración. Me temí lo peor, pero hace meses que estoy en el paro, no tengo ahorros, ni coche, ni nada más que vender por wallapop, y treinta a la hora, amigos míos, son treinta a la hora. —Pasa, pasa por aquí, dijo la rubia, con un tono de voz que me resultó inquietante. Y yo pasé. El pasillo era tan largo como la lista de mis deudas. Llegamos a un patio interior en el que tan solo había una pequeña piscina hinchable de 2 x 2. —Esta es la piscina. Espere aquí mientras voy a cambiarme —me dijo mirándome con una mirada etrusca. Cerró la puerta del patio y de pronto sentí el palpito de que algo no iba bien. El patio me pareció claustrofóbico. Sus muros eran altísimos y las alambradas me dieron miedo. —¿Qué narices hago aquí? —me pregunté. A lo que rápidamente respondí mentalmente —vengo a por mis primeros 30 eurazos; con unas cuantas lecciones de natación minimalista haré mi agosto —pensé. Cuando se abrió la puerta me quedé tan etrusco como una estatua de mármol etrusca, suponiendo que los etruscos usaran el mármol con fines escultóricos. La rubia, pesé a lo que yo pensaba, sí era una rubia peligrosa. Peligrosa de cojones… Llevaba un traje de látex de color negro, un antifaz de tigresa, unas botas negras de vértigo y un látigo ideal para echar a los invitados e intimidar a los inspectores de Hacienda. —¡Tírate a la piscina y nada! —me exigió con una voz que parecía una psicofonía. Joder sí me tiré. Me tiré como me llamo Rodolfo. —Nada cachorrito. Nada como tú sabes —dijo mientras daba latigazos en el suelo que retumbaban en aquel patio como en sensurround. —Y qué quieren que les diga, yo estaba acojonado, pero simulaba la natación en crol para darle en el gusto a mi alumna. —Ahora de espaldas —me exigió. Así que sin rechistar, me volteé y ella se subió encima de mí, mientras el agua se desbordaba de aquella ridícula piscina para remojar bebés. —¿Te gusta la fiesta, Tarzán? —me preguntó. —Hubiera preferido quitarme la ropa —le respondí. —No bonito. Aquí mando yo. ¡Sal de la piscina! —me exigió con contundencia. Y yo, chorreando de agua, salí. —Agáchate, ahora eres un perro. ¡Ladra, perrito, ladra! —me ordenó. Me envalentoné y le dije que esto le iba a costar más caro. —Ladra y calla, inútil. Tengo dinero para trabajar mientras viva, así que por eso no te preocupes. ¡Ladra más fuerte! —me dijo la muy canalla. Y yo ladré y ladré. Moví la colita. Meé levantando la pierna en una esquina del patio y recibí dos o tres docenas de latigazos. Cuándo la rubia de látex de mirada etrusca tuvo bastante, me soltó un billete de 50 y me puso de patitas en la calle. Tuve que andar hora y media con la ropa empapada lo que me provocó severas rozaduras en la zona inguinal. El sexto día intimé con una cajera que estaba de bajón. Su marido se había liado con el fontanero. Ella nunca pensó que él sintiera atracción por los hombres, pero le parecía un poco raro que el susodicho durmiera desde la noche de bodas en el cuarto de invitados. Yo le dije, para su consuelo, que cuando no hay niños las separaciones son menos dolorosas. Y de paso que le aceptaba una invitación a una cerveza para charlar de este mundo y del otro. Ella me dijo que sí. —Un clavo saca a otro clavo —me aseguró. —Yo no entiendo mucho de herramientas, de hecho, he sentido ataques de pánico en Leroy Merlin —le confesé. —¿Y te dan miedo o alergia las mujeres? —No, pero no me va mucho el látex. Por lo demás todo bien —le aseguré. —¿Te gusta dormir con las mujeres? —me preguntó sin miramientos. —De una en una, sin problemas. No doy para mucho… El séptimo día no salí de la cama de la cajera. Como ven, Mercadona ha cambiado mi vida. Ahora me siento algo menos desdichado y vivo con Manuela. Tan solo me exige que duerma con ella y que haga las faenas de la casa. No quiere que busque trabajo, dice me quiere solo para ella. Gotea un poco el grifo de la ducha pero ha dicho que ella misma lo arreglará. Sé que mis vacaciones, comparadas con las que veo de mis conocidos por el Facebook, no han sido gran cosa, pero, no me avergüenzo al decir que han sido unas de las mejores de mi vida.

miércoles, 19 de agosto de 2020

Estrella y Mari Luz

Ando ya cerca de O Val, una ermita tan vieja como las terrazas de vides que bajan hasta el Miño. En la puerta luce un relieve muy bonito de un desprendimiento. La virgen sostiene en sus brazos a Jesucristo. Yo andaba, esta mañana, viendo por Segán, a mi tía Estrella y a Mari Luz; tía y sobrina con pocos años de diferencia. Con vidas que han ido fluyendo…no digo vidas, digo luces, porque ambas, de manera inconsciente por parte de sus padres, tienen nombres que se complementan y, como tal, han vivido toda la vida complementándose una a la otra, aportándose esa luz, porque la estrella emite luz, refleja luz y Mari Luz también es una mujer brillante como tía Estrella. Y ambas salieron muy jóvenes de esta aldea, de estas montañas, de estas humildes montañas gallegas, en busca de un futuro; un futuro que desconocían pero al que no le tenían miedo, porque eran, son, gente valiente. En aquella época lo más triste era el no comer, era el frío, era la desdicha de subsistir en la oscuridad en la que permanecían muchos pueblos que no tenían futuro. Pero ellas: jóvenes, emprendedoras, luchadoras, soñadoras, salieron de aquí, con lo poco que tenían. Con sus maletas, quién dice maletas dice un hato, dice una caja, dice lo que fuera. Y salieron a luchar, en principio a Barcelona, y más tarde a Suiza. Recuerdo aquella película, dirigida y protagonizada por Carlos Iglesias: “Un franco, catorce pesetas”. El esfuerzo en el país alpino se multiplicaba, y había futuro, y había seguridad, y prosperidad, y cultura e ilusiones. Las ilusiones, la prosperidad y el futuro, qué triste, estaban fuera de este país y había que ir a buscarlas. Como tantos y tantos millones de migrantes que salen del hambre, de la pobreza, de la oscuridad, buscando esa luz que brilla. Que brilla en Mari Luz, que brilla en mi tía Estrella. Esa gente, con derecho a subsistir, a prosperar, a soñar. Como ellas soñaron, saliendo de este pueblo, y lo consiguieron. Y hoy ya son mayores, y caminan juntas por Segán contándose historias de tantos años de luchas. Mari Luz en la fábrica de los chocolates Suchard, cerca de Neuchatel, y mi tía que estuvo tantos años trabajando en una cafetería y confitería en la que lloraron su marcha cuando decidió poner punto y final a su lucha en Suiza, para volver a la Murcia de su marido, de mi tío Pedro, que también en su momento salió de Murcia, de una Murcia que le aportaba poco, para buscar en Barcelona, la ciudad que le regaló a mi tía Estrella para que le aportara luz a su vida, y de ahí salieron juntos a Suiza, una Suiza tan bonita, tan verde, tan prospera donde los francos valían catorce pesetas. Qué bonito andar por Galicia con esta gente que irradia tanta luz.