sábado, 26 de julio de 2014

Menú para seis


Anoche hubo fiesta. Seis amigos en torno a una mesa. Seis entidades distintas. Seis rostros. Seis cuerpos. Seis mundos.
La conversación fluía al ritmo que marcaba el vino. La noche acompañaba aportando a la reunión una calidez adecuada para la convivencia. Los mosquitos, generosos, hicieron una huelga de hambre para no frustrar nuestras ganas de compartir una velada tantas veces postergada.
El agua de la piscina quiso sumarse aportando una temperatura acorde a nuestros deseos. Todo a favor. 
Las conversaciones se fueron sucediendo con una cadencia perfecta. Los temas, tan diversos como nuestras personalidades, daban paso a debates sosegados, en torno a una modesta ensalada verde con salsa de yogur, higos, y piñones tostados.
Una quiche de trucha ahumada y otra de beicon sirvieron de entrantes a un surtido de sushi comprado para la ocasión. Los vinos blancos, de diversas procedencias, se sucedieron con nocturnidad y alevosía. 
Las horas pasaban con sigilo, como sin querer pasar. Los temas de la charla fluctuaban desde la maternidad, a la corrupción, sin sobresaltos, con la normalidad a la que, por desgracia, han acostumbrado los políticos a los de nuestra generación.
Una cuajada de leche de oveja, con flan de queso, miel y galletas, endulzó la sobremesa. Después algún cóctel espirituoso, algún baño de asiento, algún clavado, más y más charla, algún chiste malo, y alguno bueno, y fin de fiestas.
La noche cumplió su cometido dejando al descubierto, para todos nosotros, la grandeza de las cosas sencillas.
Esta mañana, al levantarme, he revisado el jardín y, por fortuna, no se dejaron otra cosa en casa que este bonito recuerdo que ahora, tras haber desayunado, les escribo.
Quizás, si alguna noche de este verano tienen invitados en casa, les pueda servir de referencia este asequible menú para seis.

miércoles, 23 de julio de 2014

El ascensor


Comencé a dudar de su mirada a los cinco minutos de estar encerrado en aquel viejo ascensor. De su mirada, y de su perro salchicha. Ella olía a pachulí y el perro a perro. En ese improvisado catálogo de olores me olí a mi mismo y como resultado deduje que mi chaqueta olía a naftalina. El collar de perlas de ella me gustó más que el collar de cuero de él.
-¿Cuánto tiempo llevaremos ya aquí encerrados? -me preguntó, visiblemente nerviosa.
-No mucho. Llevaremos poco más de diez minutos -respondí para tranquilizarla.
-Sabe, ahora que lo observo más de cerca, se parece usted mucho a mi difunto marido.
-¿Y eso es bueno o malo? -le pregunté sin demasiado interés.
-Depende de si me acuerdo de él de lunes a viernes o en fin de semana.
-No le entiendo, vecina -respondí.
-Durante la semana estaba fuera vendiendo sus extintores, pero los fines de semana era todo un volcán.
-¿Y?
-Pues que usted me recuerda a mi marido de fin de semana -me recalcó.
-A mí me pasa algo similar con usted. Me recuerda mucho a la abuela de mi mejor amigo de la infancia, Doña Encarna... creo recordar que se llamaba. Por cierto: ¿Cómo se llama usted?
-¿Te gustaba ver a la abuela de tu amigo? -me preguntó sin saber muy bien hacia dónde quería llevar el sentido de aquella inesperada e incómoda conversación.
-La verdad es que sí. A todos los chavales del barrio nos llamaba la atención sus grandes pechos.
-¿Eran como los míos o más grandes? -preguntó en plan competitivo.
-Creo que los suyos son algo más grandes que los de Doña Encarna.
-Todos los vecinos me los miran a pesar de tener casi setenta años. Incluso usted, no se vaya a pensar que estoy lela y no me había dado cuenta de las miraditas que me echa. Su mujer apenas tiene pecho. ¿No ha pensado en operarse?
-¿Y por qué tendría que hacerlo?
-Para darle en el gusto a usted y que no vaya por ahí mirando como va mirando hasta los escotes de las señoras de setenta años -me soltó.
-Le ruego me perdone si alguna vez le han incomodado mis miradas. No volverá a ocurrir, se lo aseguro -respondí, un tanto avergonzado, mientras sudaba sin parar y los minutos pasaban lentos como un desfile de veteranos de la Segunda Guerra Mundial.
-No, no se preocupe, no me molestan las miradas. Lo que me molesta es que son todos unos cobardes. Mucha miradita, mucha miradita, y luego ninguno me dice nada. Y sabe usted: los años se pasan, la vida se acaba y yo tengo cada vez más ganas... Ganas de estar con hombres como usted, o como el vecino del quinto, ese que es policía nacional y que está como un yogur desnatado. 
-No sé que decirle, vecina, me deja usted sin palabras. Por cierto: aún no me ha dicho usted cómo se llama.
-Ni te lo pienso decir. Seré tu nueva Doña Encarna. Vivo en el séptimo B. ¿Eres bueno con lo del bricolage? -me preguntó a bocajarro.
-Me apasiona el bricolage. Soy más feliz en el Leroy Merlin que en el Joy Eslava. Doña Encarna siempre me invitaba a merendar pan con chocolate cuando me llamaba para que le arreglara sus cosas. Su nieto era un torpe de mucho cuidado y no sabía mi apretar una tuerca.
-Pues cuando quiera pase por mi casa que allí hay tuercas que llevan más de una década sin apretar -me explicó mientras su cara hacía gestos más propios de una película de los setenta que de una mujer de esa edad.
En ese momento se escucharon voces:
Apártense de la puerta, por favor, somos los bomberos y vamos a intentar abrir.
Después, tras varios golpes, la puerta se abrió y el perro salchicha salió en estampida. A ella la sacaron después. El ascensor se había parado entre la segunda y la tercera planta. Yo no necesité ayuda y salí por mis propios medios.
-¿Están ustedes bien? -preguntó el bombero muy diligente.
-¿Y usted qué cree? -respondió la vecina con cierta picardía.
-¿Necesita que la acompañe a su vivienda, señora? -se ofreció con cortesía el uniformado.
-Pues si usted quiere... ¡por mí encantada!.
Y se fueron los dos, agarrados del brazo, en el otro ascensor.
Desde ese día, cada vez que abro mi caja de herramientas, no puedo dejar de pensar en las tuercas que hay por apretar en el séptimo B.

domingo, 20 de julio de 2014

El hombre vertical


En Italia, se conoce como hombre vertical a un hombre recto, cumplidor y formal. Lo curioso es que en lugar de expresarlo en italiano lo dicen en castellano cuando esta no es una expresión que usemos en España. En realidad, en su origen, es algo así como un injerto idiomático o como una ortopedia lingüística. 
Sea cual fuere el origen o la razón para que los italianos se refieran a la figura del hombre vertical como un tótem de la masculinidad, yo quiere enfatizar en su lado plástico y estético.
El hombre vertical me suena a novela, a película, a cuadro, a escultura de Modigliani, o, hasta si me apuran, a anuncio circense: Con todos ustedes...¡ratatachán!: ¡El hombre vertical! Y saldría Pau Gasol, a la pista central, con sus dos metros y trece centímetros.
En sí misma, la denominación hombre vertical es inspiradora, tiene fuerza, atracción e intriga. Tanto por lo de hombre, como por lo de vertical. En la actualidad son dos valores en tela de juicio: la masculinidad como género, y la verticalidad, si entendemos verticalidad a la aspiración a conseguir el crecimiento personal y alcanzar grandes metas intelectuales o espirituales. Aunque, a decir verdad, la intelectualidad y la espiritualidad, no viven sus mejores tiempos.
Como se puede apreciar, el concepto de hombre vertical nos mete de lleno en la metafísica como un niño, a poco que nos descuidemos, nos mete en un charco.
Yo aspiraba a ser un hombre vertical y, en el intento, me he transformado en un devaluado e insignificante hombre orondo.
El hombre orondo es, por consiguiente, la consecuencia palpable de la pérdida de la verticalidad. Si abandonamos el instinto de seguir creciendo y evolucionando, sufrimos, rápidamente, una metamorfosis kafkiana hacia el conformismo y la autocomplacencia. 
La verticalidad, vista como una forma de trascender en la vida, da como resultado hombres perfectos, pulcros y modélicos. Lo de si van depilados o no, o lo de crear marcas de calzoncillos con su nombre, eso ya es otra historia. 
Me ha gustado esto del hombre vertical. Lástima que la figura ya no me acompañe demasiado.

sábado, 19 de julio de 2014

El recio y el flaco


Cuando aquellos dos viejos amigos se bajaron del coche las sensaciones que percibieron uno y otro fueron bien distintas:

El flaco:
-¿Y qué es lo que decías que había que ver en este pueblo?
-El recio:
-Nada, tan sólo lo que queda de él. ¿Te das cuenta del valle tan precioso que lo rodea? Lástima que lo estén expoliando de ese modo. Mira allí, de esa casa ya han arrancado hasta los marcos de las ventanas. Aquella de allí la han dejado sin tejas. Yo creo que hasta los cuatro o cinco ancianos que aún no han decidido marcharse de aquí corren demasiado peligro.
-El flaco:
Yo creo que aquí ya no hay nada que hacer. Además, esta aldea está muy alejada de la carretera nacional. Es una isla en medio de la nada.
-El recio:
¿Y, en ese mundo de tensiones en el que hoy vivimos inmersos, no sería fabuloso poder venir a descansar unos días en medio de la nada, en un valle como este, donde el máximo incordio fueran sus cinco ancianitos con sus respectivos perros y gatos?
-El flaco:
Tú sabes bien que la gente quiere bullicio, irse a Benidorm, a Terra Mítica, a sitios de moda para decir que están a la moda y tomarse fotos y subirlas al Facebook para vender su felicidad a los cuatro vientos. Eso es lo que vende.
-El recio:
Ni tu ni yo tenemos dinero para montar un parque temático de cartón piedra. Eso está claro. Pero sí podríamos plantearnos vender todo lo contrario de lo que vende esa gente, con una inversión progresiva, que iríamos ampliando en función de los resultados que fuéramos obteniendo.
-El flaco:
Pero aquí cada casa tiene un propietario, nos perderíamos en negociaciones antes de tener la estructura mínima como para rentabilizar nuestra inversión.
-El recio:
En eso ya había pensado. En este sobre tengo los planos de un solar edificable en el que pondríamos el núcleo principal de los alojamientos. Luego, según se fuera desarrollando todo, comenzaríamos a negociar con los propietarios de las casas más cercanas que estén en venta.
He negociado con las autoridades la cesión del uso, a cambio de su rehabilitación y conservación, de las antiguas instalaciones del colegio. Allí haríamos cursos de cocina, repostería, aulas de arte, manualidades, etc. También tendremos unos terrenos para montar unas cuadras en las que podríamos tener caballos o burros. Los animales siempre son un reclamo para las familias con niños. Pondríamos una piscina, una pequeña pista de futbito, y con eso comenzaríamos el proyecto.
El flaco:
-¿En realidad crees que la gente vendría aquí a pasar un fin de semana?
El recio:
Eso dependerá de nosotros. Estoy seguro que si somos capaces de poner en valor todo el entorno de esta aldea, y creamos las infraestructuras mínimas para acogerlos como se merecen, sí que lo conseguiremos.
El flaco:
Resucitar una aldea como esta es un proyecto demasiado ambicioso. No sé si merecerá la pena tanto esfuerzo.
El recio:
¿Ahora, a tu edad, te da miedo el esfuerzo? 
El flaco:
No, no es eso, no me confundas, es que soy duro para entender las cosas invisibles. Parece que tú las estés viendo ya, y yo, sin embargo, veo los negocios de una forma menos bucólica. Sí veo una tarta, yo sé que la podemos partir en ocho trozos, vendemos el trozo a dos euros y, si todo va bien, podemos conseguir dieciséis. Pero, en este caso, yo ni veo la tarta. A eso me refiero.
El recio:
Pues mira, en este otro sobre tengo las condiciones para conseguir un préstamo ICO y otro con las ayudas de los fondos FEDER de la Comunidad Europea. Creo que este pueblo aún tiene mucho que decir y que aportar a la sociedad. 
El flaco:
¿Y qué es eso tan importante que tiene para aportar?
El recio:
El valor de lo auténtico.
El flaco:
¿Y tú crees que eso vende?
El recio:
En un mundo en el que la mayor parte de la gente hemos perdido la autenticidad, ¿no crees que nos apetezca, de vez en cuando, venir a recuperarla aunque sea por unos días?
-El flaco:
Sabes, llevamos más de veinte años haciendo negocios juntos y nunca me ha ido mal contigo. ¿Cuándo nos reunimos con el asesor?

jueves, 17 de julio de 2014

La caracola


Se oía el mar, sí, pero también se oían muchas más cosas en aquella enorme caracola que encontré en un puesto del mercadillo de San Carles de la Rápita. Me la compró mi padre tras mucho rogar, y para que lo dejara tranquilo, mientras escuchaba en la radio algún partido del mundial de fútbol de Brasil.  
La gente, cuando acercaba su oreja a ella, tan sólo alcanzaba a escuchar el sonido del mar.

-¿Qué oyes? -Preguntaba yo, expectante. 
-Se oye como el romper de las olas -me decía mi madre.
-¿Nada más que eso? -insistía yo, alterada.
-Sí, hija, sólo escucho el sonido del mar.
-¿Y tú, papá, qué oyes?
-Yo sólo un zumbido -dijo tan metido en sus cosas como de costumbre.
-¿No oyes el mar? -insistí.
-No sé oye el mar, Marisa, tan sólo es el efecto del sonido adentrándose en el hueco de la caracola -me aclaró.

Pero yo, mi amor, dentro de aquella enorme y nacarada caracola, a parte del sonido del mar que mi padre no escuchaba, oía voces. En principio, no acertaba a entender las palabras. Me resultaban extrañas. Como si usaran otro idioma. Aunque después, con el paso de los días, esos extraños sonidos fueron adquiriendo forma y conseguí interpretar claramente sus mensajes.
Recuerdo que era el mes de Julio. Yo acababa de aprobar cuarto de primaria. Mario, el chico que me volvía loca, se había encaprichado de mi amiga Ana y yo me sentía fea y gorda. Día tras día anidaba más en mí la idea de que nunca le gustaría a ningún chico. Tal vez por eso, montar en bicicleta era la única forma que encontraba para evadirme. Cada pedalada me acercaba más a la posibilidad de que Mario, algún día, quisiera volver conmigo. Salía cada tarde de mi casa en Poblenou del Delta en dirección a la Playa de los Eucaliptos en plena siesta. La carretera atravesaba unos arrozales inmensamente verdes plagados de mosquitos -que impactaban contra mi rostro-, patos de todos los tamaños y colores, y de garzas reales cuyo aspecto sigiloso, desde bien pequeña, me atemorizaba. Siempre con una camiseta negra para sudar más. Eso y mi caracola. Cada cierto tiempo paraba y la acercaba a mi oído. No sé muy bien por qué, en algunos lugares, el sonido era mucho más nítido y las voces se escuchaban tan perfectas como la del locutor de la radio que escuchaba mi padre sin descanso.
¡Estamos aquí!- decían unas voces provenientes del interior de la caracola.
¿Adónde? -me preguntaba yo en voz alta como si alguien me pudiera escuchar.
Lo peor era que ellos respondían: Estamos aquí abajo atrapados, Marisa, tienes que venir a ayudarnos. Por favor, ven, ¡ayúdanos!. Abre la puerta del camarote para que podamos salir. ¡Tú puedes hacerlo! Ven, Marisa, ven -decían una y otra vez cuando me acercaba a la Playa de los Eucaliptos.
Inexplicablemente, aquellas voces, en lugar de asustarme, misteriosamente me atraían. Tanto es así que, al no despegarme nunca de mi caracola, mi madre comenzó a inquietarse.
-Cariño: ¿qué haces siempre con esa caracola en la mano? -me preguntó.
-Papá siempre tiene su radio en la mano y no le dices nada -repliqué.
-¡Él está en su mundo! -me explicó, sin que yo lo entendiera demasiado.
-Y mis amigos de la caracola están en el suyo, mamá -le respondí sin conocer la profundidad de mis palabras.
-No hay gente dentro de las caracolas, mi amor -contestó con ternura mi madre.
-Pues yo hablo a diario con ellos, mamá -respondí con inocencia.
-¿Con ellos, quiénes son ellos? - preguntó asustada.
-Creo que son unas personas que están encerradas en el interior de un barco hundido cerca de la Playa de los Eucaliptos -le contesté.
-¡Marisa, no digas tonterías!. Ya eres mayorcita como para decir tantas bobadas. Así que, a partir de mañana, no saldrás más a montar en bicicleta tú sola. A la playa sólo irás cuando yo vaya. ¿Has entendido? -me ordenó mi progenitora muy enojada.
Todo aquello, más que apaciguarme, me sirvió de acicate para que aumentara mi interés en averiguar qué había de verdad en aquellos mensajes de ayuda que solamente yo escuchaba a través de esa enigmática caracola.
Recordé que mi padre guardaba en un armario un viejo equipo de buceo, del que tomé prestadas las gafas y un tubo para respirar, que yo no había usado nunca, y lo escondí bajo mi cama.
Aquella noche no pude pegar ojo. De mi caracola sólo salían sonidos indescifrables y extraños. Como palabras deformes ávidas de adquirir sentido sin lograrlo. Toda la noche soñé con un grupo de hombres y mujeres atrapados en un camarote qué me pedían ayuda llamándome por mi nombre.
Mi madre me despertó a medianoche agarrándome del brazo. 
-¿Qué te sucede, pequeña? No paras de hablar y de chillar.
-Son ellos mami. Quieren que los saque de ahí -le dije entre sollozos.
-Déjame sitio, Marisa. Está noche dormiré contigo. 
Eso me tranquilizó.
Al despertar me llevé un gran disgusto. Mi madre había decidido que aquella caracola era la culpable de mi ansiedad y la hizo desaparecer. Por mucho que le rogué tan sólo me decía que no sabía nada de eso y que era yo quien la habría perdido. Después de aquello, pasé toda la mañana enojada.
Recuerdo perfectamente aquella siesta. Mi padre estaba trabajando. Mi madre dormía en su cama. Agarré mi mochila, metí en ella las gafas de bucear, e intentando no hacer ruido, saqué la bicicleta y me lancé a toda velocidad hacia la playa.
El camino se me hizo eterno. El asfalto hervía. Los pájaros renunciaban al vuelo y permanecían guarecidos bajo alguna modesta sombra. El sudor caía de mi frente hasta mis piernas como una lluvia termal. La playa estaba casi desierta.
Paré la bicicleta en el punto en el que las voces se solían escuchar con más claridad. Me quité las zapatillas y la camiseta y, agarrando las gafas de bucear y el tubo para respirar que nunca había usado, me lancé al mar.
En mi cabeza seguían retumbando las voces que me llamaban por mi nombre. Enfrente, un grupo de charranes se lanzaba en picado al agua en busca de su anhelado sustento. El agua estaba más caliente que de costumbre. Nadaba sin un estilo ortodoxo, mitad crol mitad braza, intentando en todo momento que el tubo de mis gafas quedará por encima de la superficie del agua. Al poco dejé de hacer pie. Esa sensación de profundidad provocó que comenzará a sentirme nerviosa. Los nervios me llevaban a respirar frenéticamente. Respirar así me llevó a tragar agua. Recuerdo que me atraganté y pegué varios tragos de agua salada de tal magnitud que inundaron mi pecho. Ahí fue cuando sentí que mis extremidades me habían dejado de obedecer y me vi precipitándome hasta el fondo con las piernas y los brazos abiertos, como si mi cuerpo se hubiese convertido en plomo. Mis ojos, como a cámara lenta, veían, a través del cristal de las gafas, hasta lo más profundo de aquel mundo azul.
Y entonces, mi pequeña, es cuando apareció tu abuela. Como una sirena llegó buceando hasta mi con sus ojos abiertos, me agarró de un abrazo, tiró de mi hacía arriba y me devolvió a la vida.
Si no llega a ser por ella, mi pequeña, tú no estarías aquí. La abuela era mucha abuela. Me dio la vida dos veces para que tú nacieras, mi amor.
-¡Cuéntamelo otra vez, mamá, por fa!.¡Cuéntamelo otra vez!

miércoles, 9 de julio de 2014

Parásito


No tengo tiempo para escribir. No tengo tiempo para leer. No encuentro un hueco para hacer deporte. Ni para iniciar mi postergada y necesitada dieta. Ni para entregarme a los quehaceres domésticos. Ni para atender a los compromisos familiares. Ni para meditar hasta la levitación.
No tengo tiempo para nada salvo para no hacer nada. Hacer nada es, por consiguiente, el súmmum, el objetivo, la meta. La improductividad como religión. Como principio y fin. Como plan de vida.
Y como todo ser improductivo, necesito a alguien a quien parasitar. Alguien que me subvencione. Alguien que me sostenga en el vacío para no caerme definitivamente en un agujero negro y desaparecer en la nada que tanto me atrae.
Vivo, por tanto, en el borde del abismo, entre la indecisión de ser o no ser, de hacer o no hacer. La metafísica me corroe los huesos como un cáncer silencioso e imparable. La vida me asusta. El trabajo me agobia. El compromiso me da grima. 
Todo eso favorece que me refugie en la nada como un bebé en su cuna. Y, como bebé, busco un pecho cálido del que mamar, alguien que me cambie el pañal, me haga cosquillas, y me diga ¡Ajo! ¡Ajo al nene! mientras me toca la barbilla y yo le miro con cara de asco.
La inacción tampoco termina de calmar mi ansiedad. La acción, menos. Vivir no es mi aspiración. No vine a este mundo por decisión propia.
Tal vez por ello, aspiro a vivir sobre los hombros de los demás, mamando de sus pechos o chupando de su roja sangre. Sobre los otros yo no decido, yo no haga nada. Sólo chupo. Chupo y me relamo. Sólo pienso en cómo seguir chupando sin tapujos. Sobre este cuerpo o sobre otro. ¡Qué más da!.
Nací para succionar y succiono. ¡Vaya que si succiono!.
Cada día estoy más gordo pero me da lo mismo. No tengo que gustarle a nadie, y menos a mí.

domingo, 6 de julio de 2014

Silencio



Todos los silencios tienen sus porqués. A veces son sutiles como el vuelo de un colibrí. Otras pesados como un elefante africano. Otras tantas eternos y otras veces efímeros. Silencios diversos en motivos y significados, en lecturas y consecuencias. Silencios. Momentos mudos. Congelados. Presencias ausentes.
¿Cuánto significado puede haber en un minuto de silencio? ¿Qué importancia tiene la ausencia de palabras? ¿Cómo podemos llegar a percibir tanto de un lapso de tiempo ausente de fonética?
¿Y si hablamos de tiempos a la espera de noticias? De silencios injustos. De aislamientos forzosos que te condenan al ostracismo como proscrito en una celda de dos por dos.
El silencio es arma, condena, amargura, tensión, espera, locura, confusión, rechazo, duda, tantas y tantas cosas cimentadas en la ausencia de palabras.
Yo amo el silencio como vacío. Como espacio de creación. Como acto de contrición. Como una patria sin necesidad de bandera.
A veces, rodeados de ruidos, de gentes, de la humanidad entera, somos capaces de percibir nuestro silencio como un refugio.
Todo nace y todo muere en el silencio.
Es lo único que en realidad nos pertenece.
Shhhh...!