domingo, 29 de marzo de 2015

La isla


A un pobre no, pero cuando eres asquerosamente rico, en ocasiones, te dan unos arrebatos tremendos. Aquella mañana, a pesar de haberme olvidado el teléfono en casa, no tenía que haber regresado. Es de esas cosas que las haces y cuando las estás haciendo te dices a ti mismo: ¿no sería mejor olvidarme una mañana del teléfono y recogerlo tranquilamente al mediodía cuando regrese a comer?. Pues eso, me lo pregunté, pero opté por volver a recogerlo después de acabar la primera reunión de la mañana con mi director de inversiones de alto riesgo.
Mientras regresaba a casa, le confieso, asombrado lector, que intuía que aquello sí era una operación de riesgo que debía de haber consultado previamente con mi asesor. Sabía que, una simple maniobra doméstica como volver a casa a una hora fuera de lo habitual, podría desencadenar una oleada de acontecimientos que cambiarían el curso de mi historia y la de mi compañía. Como así fue. Tal vez, sabe usted, ahora que lo describo desde la distancia, amparado por el paso del tiempo, y arrullado por las olas del mar, puedo pensar que, en realidad, fui yo quién, aún a sabiendas, quise provocar esta situación.
Para hacérselo corto, porque esto no es una novela como la del Señor Grey, les diré que mi esposa estaba en casa con su entrenador personal, pero en lugar de ejercicios aeróbicos, estaban practicando con suma devoción el kamasutra. Yo les dije a los asombrados contorsionistas, con la educación que siempre me caracteriza, que siguieran con su ejercicio de acrobacia del Circo del Sol, que no era mi intención incordiar y tan sólo necesitaba recuperar mi teléfono móvil. Y lo recuperé.
Evidentemente, más allá de cesar por un instante en la emisión de tan ostentosos jadeos, no dijeron ni mu. Me gustó la lencería de mi esposa, poco propia para eventos deportivos, pero muy adecuada para la ocasión. Conmigo siempre usaba un pijama de felpa, pero claro, yo no tengo, ni tendré ya nunca, el cuerpo de su entrenador, ni merecía tan altos estándares de erotismo. Conmigo tampoco se había metido nunca en la cama con sus zapatos de aguja, ni con un peinado de fiesta, ni maquillada, ni con un collar de perlas nacaradas. Me quedó claro, de un vistazo, que yo no era merecedor de esa parte de su psicología. Yo había disfrutado de su amor austero y monacal, y el entrenador se estaba poniendo las botas con su lado más lascivo y perverso. 
De regreso a mi oficina, mi Jaguar, mi empresa, mi yate, mi traje de tres mil euros, mi visa, mi american express, mis cientos de inversiones bursátiles, mis cuatro mil trescientos empleados, todo mi mundo, era una puta mierda. Absolutamente nada. 
Al llegar a mi oficina encendí el ordenador. Escribí en San Google: "Comprar una isla" y me dejé llevar...
Vender mi empresa no fue difícil, desde hacía algunos años, mi competencia me había lanzado varias ofertas y vendí al mejor postor.
Lo del cambio de identidad y simular mi muerte en un accidente de avioneta, me llevó algo más de tiempo, pero, como usted, que está leyendo con asombro este mensaje que habrá encontrado en alguna playa tan recóndita como la isla en la que me estoy pegando la vida padre, podrá comprender, con dinero en abundancia todo se arregla.
Elegí el Mar Egeo. Siempre fui un gran amante de la mitología griega. Mi esposa sigue en su mansión y, ahora, creo que su entrenador personal es también su mayordomo y su asesor financiero. Ella, pese a estar próxima a los sesenta años, siempre se cuidó mucho. Nunca escatimó en cirujías ni en tratamientos de belleza de los más sofisticados.
Y no sé que más contarle... temo aburrirle a usted para propiciar mi propio entretenimiento y no tengo derecho a tal cosa. Hace unos meses me dio por lanzar mensajes dentro de las botellas de champán francés que me tomo a diario y que escribo desnudo en la playa de mi isla. Como se habrá dado cuenta, tampoco para los ricos todo es perfecto. De hecho, tras leer a Platón, Sócratés, Aristóteles, y Heráclito de Éfeso me he dado cuenta de que la perfección no existe, y que todo cambia, y que yo soy otro...
Ahora que no existo es cuando mejor me siento.

sábado, 28 de marzo de 2015

Se ofrece escritor


Están mejorando mis estadísticas. Ya me leen hasta en la China. Con un poco de suerte un editor visionario encontrará en mí al escritor revelación que anda buscando entre miles y miles de escritores que han calentado su culo en la universidad, y saben mucho más de literatura que yo, pero han trabajado menos. Se dará cuenta de que escribo de oído, sin orden ni concierto, y por pura intuición. Me animará a que termine la novela que tengo empantanada sobre la posguerra que vivieron mis abuelos, y mis padres, y que a mí me llegó de oídas, y por la versión fascista con la que me adoctrinaban en el colegio católico al que mis padres me llevaron por su visión machista de la vida. Mi hermana iba a un colegio del estado y yo, ¡con dos cojones!, iba a un colegio de paga. ¡Sí señor!
Yo no aprendí mucho y mi hermana tampoco. Eran tiempos de confusión, tiempos de cambios sin manual de instrucciones, donde lo viejo se fusionaba con lo nuevo a contrapelo, y el resultado aún no tenía una forma definida.
Y crecíamos deformados, arrastrados por olas de inconsciencia, con bombas y atentados en cada telediario, con curas metiéndose en todo, con huelgas, con lluvias de panfletos arrojados desde un Seat 127 con grandes altavoces, con señoras que se quitaban la ropa en televisión y nos ofrecían unas tetas espléndidas y revolucionarias en ideología y voluptuosidad.
Por lo general, nuestros padres no estaban, al menos los míos. Trabajaban reconstruyendo, a través de sus sueños, a nuestra querida España, con la ilusión de comprarse una casa en la playa. Una España remendada de prisa y corriendo. Una España de urgencia, hilvanada como un boceto al gusto de la milicia y la vecindad, a la que, arrodillados, teníamos que acudir a pedir un trozo de pan a cambio de lo que fuera.
Claro que mi visión de la historia reciente del país que me expide el pasaporte y me cobra los impuestos esta planteada, como les decía, desde fuera de las aulas, sin rigor, ni fundamentos culturales de contrastada solvencia, lo que dificulta, de todas todas, mi credibilidad. 
A pesar de ello, no pierdo la esperanza de convertirme, algún día, en un escritor de masas. En ocasiones, sueño que firmo ejemplares de mi novela "Valdepiedras" a hordas de compradores de libros de culto con gafas de pasta y pintas de intelectuales. 
"La resurrección de la brutalidad y la genialidad de Bukowsky, con tintes murakanianos, la solidaridad de Maalouf, y la aplastante psicología de Millás, están presentes en esta opera prima de José Fernández Belmonte, la revelación literaria del 2022", dirá la faja que recubrirá mi novela para atraer a los lectores de los cinco continentes.
Mientras se deciden, señores editores, voy a seguir con lo mio. Como currito no se me da del todo mal. Soy incansable. Como de todo. No fumo. Ni bebo. Estoy envejeciendo con calma. Leo cuatro libros al mes. Ya saben, si necesitan un escritor que les saque de pobres, cuenten conmigo. No les defraudaré. Eso sí, necesitaré de los servicios de un buen corrector, pero ese gasto me lo pueden descontar de la minuta.

jueves, 26 de marzo de 2015

Todo comienza en Asturias


Mientras conduzco, como abriendo la cremallera de la vieja España de arriba a abajo, el cielo me va obsequiando con copos de nieve, gotas de lluvia, o piedras de granizo, con la clara intención de llevarle la contraria a la recién estrenada primavera, dar de qué hablar en los informativos, y mearnos a todos. En pleno éxtasis de transgresión territorial, ahora Asturias, ahora Castilla y León, ahora Madrid, ahora Castilla La Mancha, pienso en el estado y la durabilidad de mi usada batería. No, no estoy pensando en la batería de mi teléfono, ni en la de mi ordenador, ni en la del cochazo que me pone la empresa para que viaje bien a gusto, y con seguridad, por esos caminos tortuosos y confusos que conducen a mis objetivos. A la batería a la que hago referencia es al marcapasos que me vino de serie entre pecho y espalda. Mi usado corazoncito, como el de todos ustedes, como dice nuestro genuino e irrepetible compañero Don Javier Peñalosa, tiene límites, como la provincia de Albacete...
Y esos límites y esas capacidades son las que debo ir auditando, dosificando, administrando, mimando, para no desaprovechar ni uno solo de sus generosos zambombazos.
Mi diástole y mi sístole, en el silencio y la soledad de las planicies castellanas, ejercen de diapasón sobre mi laboriosa existencia. Su presencia, casi imperceptible, como todo lo que verdaderamente importa en esta vida, marca la cadencia de mis ideas, de mis esfuerzos y de mis irrenunciables anhelos.
La batería, por consiguiente, la llevo entre algodones ante la inminencia de mi segunda paternidad, veinte años después de la primera. Una paternidad postrera, e increíblemente emocionante, que va a exigir de mí, en este tramo final de mi vida productiva, mucha más afinación y mucha más sabiduría.
El reto que tengo por delante es el más grande de los regalos que la vida me ha podido conceder porque no hay mayor regalo, ni mayor tesoro, mi mayor premio, que un hijo. Soy un emocionante y emotivo emocionado. Un corazón a la intemperie que ha descubierto que otro pequeño planeta gravita en su órbita y se le anda acercando hasta confluir en una explosión de emociones.
Mientras conduzco de regreso del Principado de Asturias, con abundancia de horas entre gris asfalto y gris cielo, pienso en cosas luminosas. Y pienso que mi batería regresa bien recargada por la ilusiones de Eloy, Roberto, Laura, Juan Rodrigo, Antonio Ginés, y la de todos aquellos clientes a los que hemos visitado para anunciarles la buena nueva de que su vida tiene un futuro. Otro futuro distinto al desalentador, amargo, y gris ceniza, que ellos vaticinaban. Un nuevo futuro de trabajo en compañía, con nuevas ideas, con nuevos planteamientos, y con más y mejores expectativas.
Cientos de kilómetros gastando ruedas, como pueden comprobar, dan mucho que pensar.
Afortunadamente, la vida comienza a cada paso, o tras cada viaje, y, aunque, algún día, nuestra débil humanidad haga que lo veamos todo de color gris, ella se empeña, al día siguiente, en ofrecernos, incansablemente, su luz cegadora a modo de mano tendida, o de sonrisa, o de sorpresa, o de amistad, o de oportunidad, o te regala el dulce sonido del llanto de un niño, o, al menos, la foto en blanco y negro de su ecografía.

sábado, 21 de marzo de 2015

Sexo azul


Saturnino Cifuentes nunca pensó que aquellas pastillas de color azul que comprara por Internet, a un precio cinco veces más baratas que en la farmacia, con la ilusión de que su pito recuperara la hegemonía perdida, iba a provocar el desenlace de todo lo que les voy a narrar a continuación, no sin antes, rogarles, por lo que más quieran en este mundo, la debida discreción. Estas cosas son muy delicadas y no se deben ir aireando, por ahí, a la ligera.
Como les decía: Saturnino, mientras visitaba por accidente una de esas páginas que abundan en la red, en las que las parejas hacen desnudos, por devoción, y con la luz prendida, lo que antaño se hacía con ropa de dormir, luz apagada y mero afán reproductivo, descubrió un anuncio en el que se publicitaban unas pastillas, de color azul, sobre las que se afirmaba que quintuplicaban el vigor sexual y, con ello, la capacidad de satisfacer a la pareja y recuperar la autoestima. ¡Cinco veces más fuerza, cinco veces más tiempo, cinco veces más macho! -aseguraba la publicidad.
La cuestión era que, Saturnino, tristemente, ni tenía pareja, ni autoestima, ni tenía vigor, pero anhelaba tener de las tres cosas, por lo que decidió empezar por la más sencilla: ¡comprar las pastillas!. Y las compró.
Nada más recibir su pedido, y sin leer con el debido detenimiento el prospecto que las acompañaba, decidió zamparse la primera con un zumo de manzana. Y como le pareció escasa la ingesta, se tomó otra. Antes de plantearse con quién utilizarlas, había preferido hacer una prueba en solitario para asegurarse de su eficacia y no incurrir, por su precipitación, en un nuevo y doloroso gatillazo.
Se las tomó y se sentó en el sofá a estudiar, minuto a minuto, las sensaciones que iba experimentando. Como el sofá en cuestión se podía reclinar, lo echó para atrás, acomodó cada uno de sus brazos, porque Saturnino no era un pulpo pero le hubiera gustado serlo, estiró las piernas, colocó un cojín detrás de sus desgastadas cervicales, y tras contar doscientas cincuenta y cuatro ovejas churras, y cuarenta y siete merinas, se quedó plácidamente dormido.
Hasta ahí, todo bien. Lo peor vino después.
Un berrido huracanado, que retumbó en todo el edificio, lo despertó dándole un susto de muerte. Al parecer, al butanero que iba de reparto, se le había caído una botella de butano sobre el dedo gordo del pie derecho, y el grito que pegó, el desafortunado operario, se debió de escuchar hasta en el oleoducto de Siberia. Alterado, miró hacia su entrepierna, y no podía dar crédito a lo que contemplaba. Se restregó los ojos con ambas manos. Le pegó dos tragos al zumo de manzana que le quedaba, e, ipso facto, escupió todo su contenido al notar en la boca algo sospechoso que, a la postre, resultó ser un moscardón, negro como la noche, y adicto a la glucosa.
Aturdido, se percató de que todo a su alrededor se veía azulado. Pensó que estaría soñando en un mundo similar al de la película Avatar, pero, pellizcándose en uno de sus mofletes, se dio cuenta de que estaba totalmente despierto y en sus cabales. Bueno, eso último no se lo tomen ustedes al pie de la letra.
Aquel bulto sospechoso, que lucía entre sus piernas, era una genuina versión a escala de la Torre Agbar de Barcelona, que para los que no la conocen les diré que es como un descomunal supositorio que no habría culo en el mundo que lo soportara. Un poco azorado por la situación, se bajó el pantalón del pijama, hizo lo propio con los calzoncillos, y ante sus ojos apareció el miembro viril más espléndido y fabuloso que hubiera visto nunca. Ni cuando jugaba al fútbol, ni cuando estuvo en el ejército, ni en las páginas guarras a las que estaba suscrito. En ningún sitio había contemplado antes semejante homenaje a la virilidad y a la contundencia. Y, si había visto alguno de ese tamaño, como el del famoso Rocko Siffredi, lo que nunca, nunca había visto con anterioridad era un pene de color azul pitufo. En realidad no tenía muy claro si su pene había adquirido ese color o era él quien lo veía todo de ese tono. Exaltado, corrió hasta el cuarto de baño, se miró al espejo y, efectivamente, su cara también lucía de ese infantil azul pitufo. Todo su cuerpo era de color añil. Y el pene, entre tanto, seguía creciendo, y creciendo, y creciendo. Tanto creció que la mayor parte de la sangre del cuerpo se fue acumulando en semejante sitio. Él cada vez se sentía más debilitado por tan vasta desviación sanguínea. De hecho, comenzó a notar como sus manos, que intentaron en vano agarrar su pene para intentar acariciarlo y amortizar en parte la inversión, no tenían la fuerza necesaria para llevar a cabo la tarea masturbatoria. Todo a su alrededor comenzó a darle vueltas. Arrastrando sus pies como un nonagenario, llegó de nuevo hasta el sofá. Se recostó, mirando ojiplático a su devastador e incontestable pene azul, y en un postrero intento de aprovechar aquella histórica erección, puso en la televisión uno de los cincuenta canales porno que tenía contratados por cable, agarró su pene con ambas manos, y se quedó dormido como un bebé abrazado a su muñeco.
Al despertarse, aturdido, aún conservaba la posición ahuecada de sus manos. Una posición manual que los hombres tan sólo utilizan para agarrar el vaso del cubalibre, y semejante parte viril en inconfesable y pecaminoso momento. El pantalón del pijama seguía caído alrededor de sus tobillos, pero de su obelisco azul no quedaba ni rastro.
Saturnino Cifuentes en un acto de heroicidad doméstica que le honra, agarró el paquete de pastillas, y, sin más contemplaciones, lo arrojó al cubo de la basura.
A mí esto me lo contó anoche, mientras nos tomábamos unos cubatas en la Cafetería Divas, pero, por favor, no vayan ustedes ahora contándolo por ahí, por el amor de Dios. Estos chismes deben tratarse siempre con la debida cautela.


miércoles, 18 de marzo de 2015

Guerras cotidianas


Tengo media vida por delante para intentar escribir, sin que se me tuerzan los renglones, la segunda mitad de mi historia. Supongo que Blogger nunca desaparecerá y mis relatos no quedarán relegados al terreno de la arqueología informática. De hecho, cuando tiro de este blog para atrás, y de eso hace poco más de cinco años, (pero menudos cinco años...) esos comienzos ya los siento distantes, remotos, infantiles, casi ajenos.
La vida sigue su marcha y yo he decidido convertirme en su más ferviente seguidor. Nada tengo. Todo lo que hay a mi alrededor se desvanecería como un castillo de arena si, tan sólo un día, dejara de salir a luchar, o me permitiera el lujo de bajar la guardia porque me pica el culo o no sé qué.
La lucha es mi modus vivendi. Llevo una boina invisible calada hasta las orejas. Soy consecuente con mis decisiones, por eso, cada día, afilo el lápiz y agudizo el ingenio para ganar las batallas, evitando las bajas y la sangre, a sabiendas de que, a veces, éstas son imposibles de evitar.
Las guerras silenciosas requieren de grandes dosis de concentración. Se requiere de gran imaginación para intuir por dónde vienen las balas, o los machetazos, qué flanco reforzar, o intuir quién te puede estar vendiendo al cruel enemigo de su sofá.
En el combate del día a día, mis oídos son radares. Mis ojos, potentes telescopios. Mis pisadas, campañas de movilización. Mi atención, un plan estratégico. La vida, convertida en lucha, requiere de bemoles y de masa encefálica en permanente ebullición. De vísceras y de sangre fría. De agudeza. De previsión. De templanza. De capacidad de decisión. De riesgo. De firmeza. De agresividad. De madurez.
Tras cada refriega, me ducho con agua bien caliente y gel de baño Blumin Urban de papaya y miel, para eliminar toda la mugre de la batalla, escribo ésta bitácora a modo de desahogo o de parte de daños, me hago una sencilla tortilla francesa de dos huevos, y, tras zampármelo todo tan ricamente, me acuesto a leer "Los Transparentes", la última novela del exquisito escritor angoleño Ondjaki, embutido en un pijama de cocodrilo del Primark, y, cuando me vence el cansancio, sueño con los angelitos.
Y, a la mañana siguiente, lustroso, ilustrado, y bien desayunado, me lanzo de nuevo al ataque.
-¿Oiga, es el enemigo? No...¡Pues que se ponga!
Una cosa no quita a la otra.

lunes, 16 de marzo de 2015

Semanas


Comienza otra semana. La décima. La cuarta parte del recorrido ya está hecho. La que nos hará superar los cuatro centímetros. Náuseas. Sueño. La tensión y la incredulidad van dando paso al entusiasmo. Tal vez sea niño. Un meón. Un Pepote, como su padre, y como sus dos abuelos. Pero aún no está confirmado oficialmente. La colita que se atisbaba en el monitor bien podría ser un espejismo fálico en 3D. 
Es lo de menos. Lo verdaderamente importante es que está ahí. Que crece. Que se reafirma en su candidatura vital. Que ha decidido saltar al ruedo de la vida. Que su corazoncito, del tamaño de la cabeza de un alfiler, bombea como un motor de gran cilindrada.
Vida. Palabra mágica que brota de las entrañas del bajo vientre de una mujer. Femenino singular. Vida. Esa cosa tan increíble que forma parte, casi en exclusiva, del territorio femenino. De las diosas. De las venus. Yo escribo y observo aún desde la atalaya de mi escepticismo. El temor hace de muro de contención hasta la proeza de la semana doce.
Solidariamente, tengo más panza que mi esposa. Su embarazo real, se desarrolla paralelamente a mi embarazo psicológico. Yo apenas tengo náuseas, pero tengo más sueño que nunca. Mi habitual intensidad vital se ha reducido varias marchas para no poner en peligro mi particular gestación. Mi semana diez. Nuestra semana diez. Embarazados, ambos. Compartiendo esperanzas, sueños, ilusiones, desvelos, nervios, ansiedades. Sin que nadie lo sepa, siento celos de la panza de ella. La miro. Miro la mía. Comparo. La suya es real, da cobijo a un Pepote que mueve los brazos como un karateka cinturón negro. Nada. Bucea. Se ejercita con tesón para la olimpiada de la vida. Mi panza es una ofensa a la estética. Cervecera. Peluda. Hueca. 
¡Qué rabia! quisiera dar vida y sólo doy pena. Mi hijo, con diez semanas, hace más ejercicio que yo. 
Sé que me van a tachar de loco, pero cuando lo veo moverse en el monitor, siento que algo se mueve dentro de mí. 

sábado, 14 de marzo de 2015

Mi ladera y yo


Vivo frente a una preciosa ladera a la que únicamente le sobra un cartel de Se vende. He pensado varias veces que si me tocara el Euromillón la compraría enterita, pero siempre me toca lo mismo que le tocó a Clavijo. Los ciclos biológicos la transforman y modelan a su antojo para mi asombro y regocijo. Me fascina tanto esa ladera como el caminito que sube por ella hacia un punto geodésico desde el que se divisa un precioso valle, los restos del antaño majestuoso Castillo de Monteagudo, y lo poco que nuestro subdesarrollo intelectual nos ha dejado en herencia de la Huerta de Murcia. 
El camino, como les decía, la atraviesa, la parte, la disecciona en dos mitades tan perfectamente diferenciadas como enormemente parecidas. Pinos a un lado y pinos a otro. Esparragueras a un lado y esparragueras a otro. Espinos negros, palmitos, tomillos, romeros, espliegos, espartos, algún lentisco, jaras, artemisas, varas de San Pedro, chumberas plagadas de cochinilla, y, sobrevolando el paisaje, abundantes parejas de tórtolas, inseparables, surcando el cielo en pos de un acrobático homenaje a la monogamia. Las perdices, con su ajeo, enriquecen la banda sonora con unos sonidos guturales que parecen besos al aire, y que cambian mucho dependiendo de si son machos o hembras. Los conejos con sus movimientos espasmódicos e inseguros. Las ardillas saltando de rama en rama, balanceando, presumidas, el plumero rojo de su cola. El lagarto ocelado que asoma su cabezota, en busca del sol, para quitarse de encima el frío del largo invierno que estamos dejando atrás.
El mundo entero, a poco que alargue la mirada, está ahí, enorme, maravilloso, frente a mi casa. Lo miro. Me mira. Quiero entender y sentir todo lo que se mueve y acontece delante de mis ojos. Todo me interesa. A él le intereso yo. Lo sabemos los dos desde hace bastante tiempo. Quiero, y siento, que formo parte de eso todo. Con frecuencia, suelo adentrarme por el camino para debatir con el palmito, o con el diente de león, sobre la benigna climatología de ese día, o sobre los filósofos griegos, o sobre la política comunitaria. 
El palmito quiere que llueva más. El erizo se acerca a inmiscuirse en la conversación por puro aburrimiento. El lirón careto nos mira con descaro, asomado por un hueco que hay en el tronco de un viejo acebuche, en el que, para su desgracia y para la nuestra, un pájaro carpintero no llegó a finalizar su nido porque a su hembra, los hijos de unos vecinos,  le pegaron un tiro tan certero como vergonzoso. La culebra de escalera pronto cambiará su piel y nos obsequiará con su vieja camisa, como todos los años. La perdiz ya cuenta los días para poner sus huevos, deseosa de corretear perseguida por sus pequeños perdigones. La lavandera blanca desconfía del cernícalo que nos observa, colgado en vertical sobre nuestras cabezas, como si pendiera de un hilo infinito desde la nariz burlona de la cara de la luna, que, con frecuencia, se asoma envidiosa antes de que el sol se vaya y le de oficialmente el relevo.
La ladera me tiene obnubilado. Me atrae. Me consiente y me exige. Me necesita. La necesito. Mi ladera soy yo. Estoy en cada planta, en cada pájaro, en cada reptil, en cada insecto, en cada flor. A veces, absorto, me quedo mirando a las musarañas, y, aunque no lo crean, porque de todos es sabido que son minúsculas y desmesuradamente esquivas, de vez en cuando las veo pasar huyendo aterradas del acecho permanente de un pequeño autillo que las lleva a maltraer. 
Quiero tanto a mi ladera, que no sé qué más podría contarles sobre ella. Siendo ateo como soy, rezo cada noche para que nadie la compre. No quiero que se venda nunca. Y la salamanquesa que habita en mi porche, y que cada año está más gorda -en eso se parece a mí-, dice que tampoco.
Yo veo todo eso frente a mi casa, cada vez que abro la puerta, aunque sé de mucha gente que, cuando la mira, no ve más que ladrillos, presupuestos, y ruinosos cálculos hipotecarios.