lunes, 10 de septiembre de 2018

Lágrimas negras


De un día para otro todo cambia. Ayer lucía el sol y hoy amaneció lloviznado. Mis tortugas asoman sus cabecitas entre la hojarasca que las cubre y miran, no sin incertidumbre, hacia las nubes. Las esparragueras ya han perdido sus blancas flores y con ello gran parte de su elegancia. Ahora exhiben su apariencia más tortuosa y deprimida. Los abejarucos ya no revolotean inundando de jolgorio los cielos de mi amanecer. De un día para otro todo cambia. 
De la surcoreana Han Kang, paso a leer al chileno Luís Sepúlveda. En la lectura encuentra refugio mi desasosiego. El verano ya está por abandonarme, lo mismo que mi juventud, o que mis fuerzas, o que mis utopías.
De un día para otro todo cambia. Y quién sabe si para peor. Las primeras gotas de lluvia despiertan a los caracoles y alegran a los sapos que ya andaban aburridos ante tanta sequedad. 
El mundo sigue girando; cambiamos de una estación a otra en un viaje infinito en el que no existe el tiempo que tanto nos oprime. Los animales de mi entorno observan esos cambios con tranquilidad, sin importarles la filosofía que emana de todo ello. Sin preocuparse de calcular mediante complicados algoritmos la parte alícuota de su desdicha. 
El otoño siempre estimula a mis maletas que ya se preparan para regresar a Polonia, a Ucrania, y a Bosnia. Entre vuelo y vuelo converso con las nubes y me impregno de sus vivencias. Pese a su apariencia etérea, las nubes hablan más que mi barbero. Me cuentan historias más propias de novela negra que de un relato de tres al cuarto como el que les escribo. Historias tan negras como el humo que las asfixia. Historias tan negras como el agua ácida que arrojan. Historias tan negras como la violencia, el hambre, y el egoísmo de los que nada queremos compartir. 
Las nubes, entre vuelo y vuelo, me cuentan que las hemos defraudado. Cuentan que siempre nos tuvieron en alta estima hasta que, de unos siglos a esta parte, comenzó a dominarnos la avaricia. De un día para otro perdisteis el rumbo —me dijo una nube que parecía una bola de espuma de afeitar.
Pero, no se piensen que sólo me hablan de desgracias y de penas. Hace unos días, mientras volaba de Riga a Helsinki, una nube dulce como de algodón me dijo que de un día para otro todo cambia. 
Pese a todo lo que os creéis —me volvió a decir—, y a todo lo que pretendéis acaparar innecesariamente, puede que un día de estos amanezca y ese ansía de poder y ostentación os haya abandonado para siempre. Me agradó esa noticia.
De hecho —continúo diciéndome—hubo un tiempo en el que nosotras las nubes lo dominábamos todo, lo mismo que en otro tiempo todo lo dominaban la oscuridad, o el agua, o los dinosaurios, y, sin embargo, ya nos ves ahora, amigo viajero, como nadie nos respeta, nos pasamos la vida acaloradas, sucias y llorando lágrimas negras.

jueves, 6 de septiembre de 2018

Espárragos y abejarucos


Ahora, no antes ni después, sino ahora, las esparragueras florecen otorgándole a las plantas un aspecto como si estuviesen recubiertas de nieve en pleno mes de agosto, mientras los abejarucos revolotean sobre mi casa en plan de despedida. Un día de estos, como hacen todos los años sin saltarse ninguno, toda la bandada se marchará a sus cuarteles invernales en el continente africano y, en menos que canta un gallo, lucirán tan campantes sobre el lomo de cualquier ñu, o de cualquier antílope, a orillas de un lago tan plagado de mosquitos como de cocodrilos. 
Desconozco si los abejarucos me echarán tanto de menos durante el invierno como yo les echo en falta a ellos. Al menos los espárragos se quedan aquí, con sus flores, y sus espinas, a la espera de los primeros fríos que traerán consigo a sus preciados y fálicos frutos. ¡Qué ya lo sé…! que los espárragos no son frutos, pero lo expongo así para que me entiendan los neófitos en esto de la botánica. 
Una tortilla de espárragos silvestres es un plato suculento a la par de económico. Los abejarucos son más de comer abejas y avispas que de tortillas de espárragos. 
Para los que no lo sepan, les diré que los espárragos silvestres, que son los que crecen por estos secarrales, amargan un poquito, de tal manera que, al igual que a las berenjenas, conviene ponerlos un ratito en agua y sal antes de prepararlos.
Puede que el amargor de los espárragos tenga que ver con la tristeza que sienten cada año al ver cómo se marchan hacia el sur los abejarucos que les cagan encima durante todo el verano. Todo en la naturaleza tiene su sentido y también su sin sentido. Lo mío, como pueden apreciar, va más por lo segundo que por lo primero.
A mí me gustaría estar flaco como un espárrago y volar libre como un abejaruco, pero soy plenamente consciente de que eso es más difícil que me toque la lotería, entre otras cosas porque no suelo comprar.
Tal vez, usted que me está leyendo, y que no es tan amante como yo de la vida contemplativa, estará pensando en mandarnos a los abejarucos y a mí a freír espárragos.
Cosa bien fácil de entender, por otro lado.




lunes, 3 de septiembre de 2018

Ideas


Ideas como olas. Ideas como golondrinas. Ideas platónicas. Ideas que muerden. Ideas que lastran. Ideas que ilustran. Ideas que matan.
Ideas incansables como el sonido de una cigarra o tan enigmáticas como el canto de una sirena. Anoto ideas en un cuaderno repleto de palabras, de dibujos, y de esquemas, como si de un mapa del tesoro se tratara. Ideas a modo de masa madre a la espera de la oportuna fermentación. Ideas que crecen y se replican. Ideas que duermen. Ideas que explotan. Ideas que salvan. Ideas que generan más y más ideas en una especie de reproducción tan invisible como inexplicable.
Siempre hay una idea que me acecha; que merodea a mi alrededor reclamando de mi atención. Las ideas me persiguen encarecidamente desde que tengo uso de razón, lo mismo que lo hacen mi sombra, o mi exceso de empatía, o mi ingenuidad. 
Cuando tengo una idea, mi cerebro absorbe oxígeno de manera compulsiva, como hace el motor de nuestro coche cuando apretamos el acelerador, y entonces convierto esa idea en un proyecto, en una escultura, en un collage, en un cocido madrileño desectructurado, o en un cuento que ahora no viene a cuento.
Cierro los ojos: “Las mil y una noches”. Abro los ojos: “Las mil y una ideas”. 
Esto es un no parar. Y así siempre…

viernes, 31 de agosto de 2018

La vieja fábrica


Me siento extraño en esta fábrica silenciosa. No se escucha el rugir de las máquinas, ni los timbrazos de los teléfonos, ni el murmullo de las incesantes conversaciones, ni las risotadas de la Fuen, ni hay gente rellenando curriculum en la recepción, ni vendedores saliendo y entrando a la carrera. 
Una fábrica silente se asemeja mucho a un cementerio. Está fábrica, mi fábrica, nuestra fábrica de tantas y tantas luchas, ya se acerca a su jubilación. Se jubilará tras veintidós años de servicio en los que nos ha llevado en volandas hacia lo que somos, y nos ha salvado una cuantas veces del precipicio. Se jubila nuestra fábrica como se jubiló, hace ahora veintitrés años, el compendio de locales que por todo Beniaján configuraban una incipiente fábrica que heredamos del sueño de un peluquero conocido por todos como Pepe Magaña. 
Hoy escribo desde mi despacho viendo como esta fábrica, que pronto dejará de serlo, recibe un día más a todos sus trabajadores. Presiente algo, lo intuyo. Sé que se ha dado cuenta de que muchas de sus máquinas ya han sido desmontadas y ha escuchado las habladurías de que la nueva fábrica se está quedando de cine. La intuyo, en este silencio interrumpido a veces por los portazos y los pasos de la gente que llega a la carrera en dirección a la máquina de control de accesos, que está celosa. 
Siente celos de esa fábrica nueva de la que todos hablan. Siente celos y tristeza. Ya todo son ojos para la nueva, parabienes para la nueva, inversiones para la nueva, mientras que para ella ya no hay nada, nada más que expolio y abandono. 
Esta fábrica que agoniza entre un halo invisible de nostalgia ha mantenido a cientos y cientos de familias, ha propiciado proyectos personales y colectivos, nos ha dado vida, mucha vida, y en los momentos más difíciles siempre nos ha ofrecido esperanza.
Yo sé, amiga, que estás derrotada y triste, pero quiero que sepas que siempre estarás en nuestro corazón. Te has quedado con nuestros mejores años y nosotros con los tuyos en una especie de simbiosis que ha dado como fruto un proyecto nuevo, una fábrica nueva que, como un bebé, nace de nuestras entrañas, de nuestro de dolor, del tuyo y del nuestro, pero también desde lo más profundo de nuestros sueños.
Aunque estemos a punto de convertirte en historia, nunca te olvidaremos.
Mil gracias por todo vieja fábrica, ten por seguro que parte de ti se viene con nosotros a Alhama. Parte de ti, como la vieja y originaria fábrica de Beniaján, siempre estará con nosotros. 
Gracias a vosotras dos, y a la de tantas y tantas personas a las que disteis cobijo, la increíble historia de Tahe continúa su incomparable lucha. 

martes, 21 de agosto de 2018

Zapatos de tigre


No lo creerán, pero estoy llevando un verano atípico. Me da miedo salir a caminar. Según leo en la prensa, estamos cayendo como moscas por los jodidos golpes de calor. Para evitarlo, durante mis frecuentes salidas, siempre intento echar por la sombra, ponerme alta protección solar, una gorra túpida sobre mi calva, y salir muy bien hidratado a patear. Pero, en realidad, me da miedo salir porque no paro de encontrarme objetos que yo interpreto a modo de mensajes en clave desde el más allá. 
Para hacérselo corto, y no aburrirles demasiado con mis monsergas, les diré que esta misma mañana, sin ir más lejos, me he encontrado con unos zapatos que no eran de mi talla. Lo sé porque he intentado meter un pie y no cabía. Calculo, a ojímetro, que debía de tratarse de una talla 37. La estética del calzado en cuestión ya es otro debate. Los tejidos que imitan las pieles de tigres y leopardos siempre han tenido grandes connotaciones eróticas. De eso tiene mucha culpa el cine italiano de los años 70. Así, con ese cancán, mientras caminaba por mi urbanización aturdido por la solana, me he imaginado a la propietaria de semejante calzado en una sesión vespertina de merengue-merengue o ñaca-ñaca la cigala, ¿comprenden?
Lo lógico, aunque por desgracia no siempre sucede, es que todo el conjunto fuera en plan felino. Entre usted y yo, no hay nada más frustrante, en materia erótico festiva, que la ropa interior de color carne, también conocida como color "visón". Sé que hay por ahí circulando una recogida de firmas en contra de la fabricación de este tipo de prendas por estar afectando gravemente a la demografía de nuestro país, lo mismo que hay otra para ayudar a que dejen de fumigar a las abejas melíferas. 
Como les decía, yo iba sigiloso, caminando como una tortuga con reuma por la sombra, cuando me he dado cuenta de que, al pasar por la puerta de un adosado, una vecina, en topless, tendía la ropa. 
Ella, por mi avanzar sigiloso, o tal vez por ser miope y no llevar las gafas puestas, no se ha percatado de mi presencia, de tal manera que me ha dado tiempo a fijarme en un detalle. 
Claro, ustedes estarán pensando que me habré fijado en sus tetas, pero no. No piensen mal de mi. Me he fijado en el sujetador que, en ese preciso momento, estaba tendiendo. Y saben qué: ¡era de leopardo! a juego con los zapatos que me acabada de encontrar al pie del contenedor de basura de la esquina.
Como es bien sabido, a quién madruga, Dios le ayuda. Las tetas no estaban mal, tan solo un poco sudadas por la calor.

miércoles, 1 de agosto de 2018

Doce de copas


¡Aleluya! Por fin alguien me va a ayudar. Lo sé. Lo creo. Lo venía intuyendo desde hacía algún tiempo. La prueba irrefutable la he encontrado esta mañana cuando he salido a caminar. Para los que no sean nativos de la España profunda de la que yo soy, les aclararé que en nuestro país somos muy dados a jugar a las cartas —y más aún en verano—, por lo que no se puede considerar como un hallazgo tan surrealista el hecho de haberme tropezado, en plena calle, con una carta rodando por el suelo. 
Mi familia siempre ha sido mucho de cartas. Bueno, en realidad de cartas, de parchís, de dominó, y de bingo. El juego, en nuestro caso, siempre actuó como aglutinante familiar. Lo malo fue que esa afición al juego traspasó las barreras de lo doméstico hasta llegar, de puertas afuera, a lo patológico. 
Pero a lo que iba. Está mañana he encontrado, bocabajo y en plena calle, a todo un rey de copas, cosa que, rápidamente, y tras la luna de sangre vivida días atrás, he interpretado como un  mensaje evidente del más allá. 
Después de comprobar que ningún vecino me observaba, raudo, me he agachado, he cogido el naipe como quién se encuentra un billete de cincuenta euros en el suelo, y me lo he metido en el bolsillo trasero del pantalón como el que se quita avispas del culo. Automáticamente, y sin dejar que mi suerte se retrasara ni un minuto más, he mirado en el oráculo de Google el significado que otorga el tarot a esta carta y, para mi asombro, la carta dice que alguien muy importante me va a ayudar. ¡Pardiez! ¿Y será verdad que por fin va a cambiar mi suerte? ¿Qué personaje tan importante podría estar en estos mismísimos instantes en el que yo les escribo esta parrafada, o usted me lee, pensando en echarme un cable?
Y yo que nunca fui de copas…

sábado, 28 de julio de 2018

Cárcel de harina


The Alan Parsons Project suena en la radio; una radio recubierta de harina a la que da pena mirar. Su música, acoplada y distorsionada, evidencia el paso despiadado del tiempo. Hace más de treinta años que la música acompaña mi rutinaria historia, una historia que transcurre prisionera entre sacos de harina y el calor infernal de un horno más viejo que las Murallas de Ávila. 
Ahora, si pudieran escucharla, oirían la inconfundible armónica de Supertramp. Lástima que hayan desaparecido las armónicas como han desaparecido tantas y tantas cosas. Aunque si en esta vida he sacado algo en claro es que todo tiende a desaparecer. Eso sí, los únicos que nunca desaparecen son los hijos de puta; esos, incluso, están de moda. Son como las cucarachas que transitan durante el invierno al abrigo de este horno. 
Como habrán intuido, soy un modesto panadero, nostálgico por naturaleza y algo mal hablado, que sobrevive escuchando música mientras ve como se consume su vida a fuego lento. Como decía mi abuelo, en paz descanse: los panaderos vendemos pan blando para poder comer pan duro.
Mi padre me enseñó este oficio, lo mismo que a él se lo había enseñado el suyo. En nuestra familia siempre fuimos panaderos. Siglos y siglos amasando pan y tragando harina.
Recuerdo cuando, de pequeños, mi hermano y yo descargábamos la leña que traía Jenaro en un carro tirado por dos mulas; especialmente aquel día en el que, entre los leños de encina, apareció un sapo enorme. Mi hermano Salva salió despavorido y estuvo varios días sin querer acercarse por la panadería. Salva se dejó los pelos largos y quiso hacerse músico para abandonar esta vida de clausura. El grupo que fundó: Pan Doctor, obtuvo cierto éxito. Grabaron un primer disco y les salieron algunos conciertos por distintos lugares del país. Lástima que aquel trailer cargado de harina se empotrara contra su furgoneta. Mi hermano murió bajo toneladas de harina de la que tanto huía. Paradójicamente, el camión pertenecía a la cooperativa que, durante décadas, nos abastecía; incluso el chófer del camión, en multitud de ocasiones nos había traído los pedidos al negocio. Por ello, cuando se enteró de que el conductor de aquella camioneta de músicos, contra los que había embestido en un descuido, era mi hermano, sufrió un ataque de ansiedad del que, aún a día de hoy, no se ha recuperado.
Pegado a la pared del obrador, y recubierto de una fina pátina de harina, aún luce el primer y único póster de la primera y a la postre última gira de Pan Doctor. En él, mi hermano Salva sonríe tocando la pala del horno, a modo de guitarra eléctrica, y sus dos compañeros, que curiosamente salieron ilesos del accidente, tocan sendos panes de tres kilos que amasamos a modo de guitarras para la ocasión.
El rock de panadería: “el rock más caliente de la historia” —como decía mi hermano—se enfrió demasiado pronto.
Yo aguanto aquí como aguantaron los de Numancia. Cada vez tengo menos negocio. Primero me atacaron con los precios y me dejaron sin recursos. Ahora me atacan desde la calidad y estoy sin medios para poder seguir el ritmo, el nivel, y la diversidad que impone el mercado. Así que tan sólo aspiro a resistir hasta no sé cuándo, escuchando esa vieja radio tan llena de harina como de historia.
Les confieso que el sobrepeso me está minando la salud como las termitas que se comían la artesa de mi abuelo. No tengo ni dinero, ni salud, ni familia, tan sólo amaso pan. Amaso pan mecánicamente, sin aspiraciones de ningún tipo. Amaso pan por obligación y por cobardía. Amaso pan en la celda que me ha configurado la vida. Aunque se asomen a este inhóspito obrador y me vean trabajando, no se engañen, en realidad sólo soy el fantasma de esta patética historia.