jueves, 5 de diciembre de 2019

El jardin de los poetas

                                    

Escribía poesías dulces y livianas con olor a lavada, y a romero, y con sabor a miel, quién sabe si inspiradas en Lorca, Pushkin, o en Jayam. Su cabello era lacio, con un tono cenizo y ligeramente aclarado en las puntas. Su mirada era serena como el fluir de un río que transitara por un valle verde esperanza. Y clavaba sus poemas en los troncos de los árboles a sabiendas de que yo los recogía. 
Me encantaba su forma de vestir. Vaporosos vestidos, siempre de fibras vegetales, en tonos claros: blancos, beig, amarillos, rosados… cubrían un cuerpo de formas sinuosas que me inquietaban. Más que caminar, aquella mujer parecía que flotaba a un palmo del suelo. Yo hacía como que leía un libro. Disimulaba entre lineas, que no decían nada, para leerlo todo en sus andares. Ella era mi prosa y mi verso.
Y, como una brasa, siempre mantenía vivo el fuego. Con chinchetas de colores, a juego con el vestido del día, sobre la rugosa piel de cualquier árbol, ella clavaba otro poema con el que me traspasaba el alma. Y así transcurrían mis oscuras semanas en las que tan sólo brillaban los sábados. Las semanas y los meses se resumían en acumulaciones de versos que yo guardaba y clasificaba celosamente como un resucitado bibliotecario de Alejandría.
Hasta que una mañana, mientras me afeitaba, me decidí. Recuerdo que tomaba un café tan oscuro como una noche sin luna. Sobre una cuartilla color sepia le escribí, sonrojado, mi primer poema. Para anticiparme a mi musa, corrí al jardín, y con una chincheta del mismo color que mi viejo abrigo, sobre un centenario ficus, clavé mi condena. 
Hace treinta años que todos los sábados retomamos el juego. Otras parejas nos han copiado, pero no es lo mismo: ellos buscan encarecidamente que el verso se haga carne, mientras que nosotros no necesitamos nada más. Afortunadamente, pese a que la vida se ha convertido en una fotografía desgastada de lo que fue, la poesía no ha muerto. 

martes, 3 de diciembre de 2019

Partido Friki


—Hola compañera. Vengo a presentarme voluntario para ministro del Ambiente Entero. 
—¿Cómo dice?
—Lo que oye, señorita. ¿Esta no es la sede del Partido Friki? —preguntó.
—Así es —respondió la recepcionista con cara de perplejidad.
—Quiero hablar con el presidente. Es urgente —exclamó el extraño personaje. 
—¿De parte de quién, caballero? —le requirió la chica, educadamente.
—De Gerardo Pandereta Golondrino, aunque todos me dicen Vencejo por mi afición a las aves cantoras. 
—Pero los vencejos no cantan…
—En mi pueblo sí…
—Muy bien, Gerardo Vencejo, espere aquí un momento, por favor.
—No señorita, Gerardo Pandereta…Vencejo sólo me dicen mis amigos, no se equivoque usted conmigo —le recriminó el aspirante. 
Mientras esperaba, Gerardo publicó un tuit en el que se anunciaba como el próximo responsable del Ambiente Entero del Partido Friki, partido que había dado la sorpresa en las pasadas elecciones generales de Bolchevicovia, quedando por delante de los partidos que tradicionalmente se llevaban el dinero en carretilla hacia los paraísos fiscales.
—Pase por aquí, Gerardo. El presidente Arturo Nicolayet le atenderá unos minutos. Su agenda está muy completa ya que la prensa de medio mundo le tiene acribillado a entrevistas —le explicó la recepcionista. 
Al entrar, el presidente le esperaba en la puerta de su despacho para recibirle con una camisa negra y una corbata de color fucsia. 
—Pase usted, buen hombre, adelante. Mi secretaria me ha informado de que usted se ofrece al cargo de ministro del Ambiente Entero, ¿no es eso? -preguntó el mandatario.
—Así es Don Arturo, ya estoy harto de ministros que solo protegen la mitad del ambiente; yo, como buen friki, quiero liderar la protección del Ambiente pero en sus dos mitades ¡Al completo!. ¿Está usted conmigo, verdad? —preguntó Gerardo. 
—Me parece una propuesta friki digna de ser considera. Este partido necesita medrar incorporando más frikismo a nuestro discurso. Frikismo renovado y buenista, con propuestas que caigan por su propio peso y que no haya que pensarlas demasiado —explicó el presidente. 
—Yo soy friki hasta la médula. Les voto desde que no tenían representación parlamentaria. Tenía claro que antes o después este partido llegaría al poder. Y también tenía claro qué, llegado ese momento, yo podría aportar mucho al partido —explicó Gerardo, henchido de orgullo.
—¿Y usted sabe algo sobre alguna de los dos mitades del ambiente? —le preguntó el presidente, con sumo interés. 
—Entiendo mucho de aves… Fíjese que mis amigos me llaman Vencejo. Y en mi casa crío gallinas ponedoras. ¡Ah!, y también tengo un gato... Si un político tiene un gato tiene asegurado un plus de popularidad y un 5% de votos extra —Aseguró Gerardo.
—¿Tiene usted estudios? —preguntó don Arturo. 
—No, pero ha hecho muy bien en preguntarme -le dijo. 
—Mejor así, los estudios despistan mucho a la gente, sabe usted…—afirmó el mandatario.
—Yo soy muy alternativo en materia educativa. Si uno no quiere estudiar y prefiere mirar a las musarañas, pues que mire a las musarañas, en la observación también se encuentra el aprendizaje. Todo a su tiempo llega. Fíjese usted en las tortugas: no estudian, van despacio, y llegan a centenarias. La cultura no puede forzarse. Al menos, así pienso yo —argumentó Gerardo.
—Sabe, creo que usted puede aportar un aire fresco y renovado a esta Presidencia. ¿Le apetecería formar parte de mi equipo asesor? —le propuso sorpresivamente el Sr. Nicolayet.
—¿Y lo del ambiente entero, qué? —preguntó Gerardo Pandereta.
—Por el momento lo dejaremos como está —respondió el Presidente.
—Entiendo… Y de los cuartos, cuándo hablamos —se interesó el aspirante. 
—¿Qué le parece un millón? —le propuso don Arturo Nicolayet. 
—Me parece la mitad. Ustedes los políticos tienen predilección por dejar las cosas a medio. Deme dos millones al mes y le asesoraré con la solvencia de los filósofos griegos y los brokers de Wall Street —le propuso Gerardo. 
—Me impresiona usted mucho, Gerardo. ¿Antes en qué trabajaba? —le preguntó el presidente. 
—¿Yo?…Yo no he trabajado en mi vida. ¡Soy friki!
—Perfecto, así no traerá usted malos vicios… Pues comienza mañana. A las nueve aquí.
—Don Gerardo, ¿se podría tomar usted un selfie conmigo, para subir la foto a las redes?
—Espera, que cojo el gato y salimos los tres. 

Y así fue.

sábado, 30 de noviembre de 2019

Deudas y lágrimas


En el vuelo de Dusseldorf he escrito muchas veces. Regresando. Siempre ando regresando. A Alicante y luego a Murcia. Regreso desde lo más épico de mis luchas en un avión de Lauda. Por fortuna, al contrario que el mítico piloto de fórmula uno, aún conservo mis dos orejas y ganas de seguir en la carrera. 
Atrás he dejado Azerbaiyán y Tayikistán, o lo que es lo mismo Baku y Dushanbe. Atrás he dejado amistades, sueños, esperanzas y escenas desgarradoras que me destrozan el alma. 
Cuando viajas por esas latitudes hay que tener el corazón muy duro para no salir desgarrado. Miseria y riqueza conviviendo en mundos paralelos, compartiendo un territorio, un tiempo, un espacio pero que, sin embargo, parecen ignorarse por completo. 
Le debo un relato al niño que, junto a sus padres, barría el jardín de la Ópera de Dushanbe a las diez de la noche y con un frío que se metía en los huesos. El niño en cuestión no debía de tener más de 6 o 7 años, y, por supuesto, no debería de estar trabajando y menos aún en esas condiciones. 
Le debo un relato al un señor de barba, al que le robé una foto, que llevaba en su rostro escrita la historia de media humanidad. Lo sorprendí comiéndose en caqui; Tayikistán es el país de los caquis, lo mismo que Uzbekistán es el país de las sandías, o Georgia el de las Granadas, mientras descargaba mercancía en un mercado de la capital Tayika. Le debo un relato a la joven recepcionista menuda y de ojos vivarachos del hotel Vatan de Dushanbe. Durante tres días, la chica se ha desvivido por atendernos y nos informó de que era la primera vez que se alojaban en su hotel un español y un polaco. No he dicho nada pero el polaco es Artur, mi traductor, que siempre va pegado a mí como una lapa haciéndomelo todo más fácil. Al partir, le regalé una crema de manos y la pobre se puso a llorar. Según nos contó, después de las lágrimas, era la primera vez que un cliente le hacía un regalo. Me emocionó su emoción, pero lo que más me emocionó fue su trato, sus atenciones, y su simpatía. 
Le debo un relato a una de las clientas a las que visité, y que, como muchas otras mujeres en la zona, siguen soñando con encontrar a un europeo, en formato príncipe azul, con el que compartir el resto de sus días. Creo que, por aquellas latitudes, muchas mujeres aún creen que los hombres europeos tienen la mágica llave de la felicidad. Craso error, le dijimos. 
Le debo un relato a Musa, el chofer que nos dio servicio en Baku, que trabaja para el sistema sanitario de Azerbaiyán por poco más de 150 euros al mes, y que entre otras actividades para sacar a su familia adelante compra coches de segunda mano en Alemania y en Polonia que luego revende en su país, a la par que hace de chofer para todo el que lo necesita.
Comencé esta especie de relato haciendo referencia a la épica de mi esfuerzo, y lo acabo sintiendo vergüenza de haberlo hecho. Para épica la de toda esa gente. Gente humilde, generosa, valiosa y valiente donde las haya. 
Intento despegarme de este relato intentando no imaginarme la cama del niño barrendero, y su casa, y sus sueños, y sus esperanzas, si es que acaso las tuviera. Sin saberlo, ese pequeño héroe de la escoba se vino a Murcia dentro de mí.

¡Qué pequeñajo tan grande! Que Alá lo proteja siempre.

domingo, 24 de noviembre de 2019

Pepico y sus vegetaciones



A Pepico le gustaba dibujar en el portal de su edificio. Era feliz compartiendo con los vecinos sus progresos en el dibujo. Y cuando no dibujaba escribía.  —Este Pepico llegará lejos —decían. 
Y él, más ancho que largo, se apoderó del portal pesé a que el frío del invierno convertía a aquella entrada en un congelador. 
Fiebre. Garganta. Mocos. Pepico enfermó y los vecinos se extrañaron de no encontrárselo en el portal. —¿Qué le habrá pasado al Pepico? —se preguntaban extrañados. 
A este niño hay que operarlo de vegetaciones —dijo el doctor. A Pepico eso le sonó a vegetales. ¿Tendré en mi garganta una gran coliflor? —se preguntó el niño. 
La intervención fue en el antiguo hospital de la Cruz Roja. Subieron al niño en una especie de asiento de barbero reclinable. Las enfermeras sujetaron sus bracitos con una correas a los brazos del asiento y el doctor colocó en su boca un aparato metálico para que ésta permaneciera bien abierta.  
Pepico sentía tanto miedo que se quedó bloqueado. Ni una lágrima manaba de sus ojos. Este niño es muy valiente —exclamó el doctor. Ahora te vamos a poner un poquito de anestesia. Notaras un pinchacito de nada. No tengas miedo, pequeñín —le animó el médico guiñándole un ojo. 
Tras el pinchazo vino lo peor. El doctor metió en su boca un aparato metálico en forma de cuchara y comenzó a rascar con energía la garganta del pequeño. 
Pepico no lloraba. Sus ojos se fijaron en una mancha color canela que destacaba sobremanera en la calva del médico. Ahora escupe, valiente —le ordenó el médico, mientras acercaba a su boca una palangana metálica visiblemente desconchada. 
De su boca comenzaron a salir pequeñas coliflores revueltas en sangre. La zafa adquirió un ligero parecido al plato de coliflor hervida que su abuela Mercedes le hacía comer algunas noches y que a él tan poco le gustaba. Pero este plato estaba hecho con su propia sangre y con sus propias coliflores. 
Después de la operación a Pepico lo invitaron a un enorme helado de vainilla y le regalaron un Madelman. —Te has portado como un campeón —le dijeron sus padres, orgullosos.
Al día siguiente, como si no hubiese pasado nada, Pepico siguió pintando en el portal para regocijo de los vecinos acompañado de su Madelman.
—¿Dónde estabas, Pepico? —le preguntaban sus vecinos. 
—Me han operado en la Cruz Roja, pero no he llorado —les explicaba a todos con orgullo. 

viernes, 22 de noviembre de 2019

La pica en el Caspio


Me voy al Caspio leyendo a Kurkov. La cuestión es leer y viajar. Sumar y sumar en una operación tan finita como maravillosa. Vuelo hacia retos increíbles por mi denodado afán de traspasar todas las barreras imaginables. Los muros no sirven nada más que para saltarse y de no saltarse sólo causan dolor y frustración. 
La sociedad avanza alocadamente hacia nuevos muros mientras yo intento derribar los propios. Lo que unos levantan otros lo tumban. Simpre fue así.
De nuevo he desempolvado mi viejo traje de migrante a tiempo parcial, de conquistador de lo ajeno, de violentador de status quos, de okupa comercial de territorios impenetrables, para poner mi pica en el Caspio.
Azerbaiyán y Tayikistán me esperan para desnudarse ante mí,  y yo ante ellos, en una especie de mágica sensualidad en la que el champú Botanic Gold y el Tinte Lumire, junto al Botox y Organic Care harán que Murcia, de la mano de Tahe, cambie la vida de muchas personas. 
Toca seguir soñando.

miércoles, 13 de noviembre de 2019

Réquiem por Marcela

                                

A Marcela le gustaba su olor y a él le gustaban tanto su inocencia como sus dibujos. Ella era joven y él viejo. Ella era bella y él no valía ni para hacer de muerto en un entierro. Sin embargo, pese a tamaña incongruencia, ella no podía resistirse a su olor. Un olor que le atraía y la desequilibraba. Un olor que la sometía y la hacia vulnerable. Un olor magnético, mágico y enfermizo que, incomprensiblemente, generaba una extraña química entre ambos. 
Las amigas le avisaron del peligro. Ese viejo no es de fiar. Aléjate de él —le dijeron. Y ella hacia oídos sordos y, cada tarde, tras las clases, se acercaba al pequeño taller en el que el viejo hacia los muebles que usaban todos los pobres de la comarca. 
Aquel día, tras salir del instituto, Marcela iba más radiante que nunca. Como siempre, antes de llegar a su casa, tenía previsto pasar por el taller del viejo para sentir su olor y mostrarle sus últimos dibujos. Un olor impregnado de matices. Un cóctel  olfativo cargado de resinas, aserrín, sudor y años. Pero Marcela no llegó. Al entrar en un estrecho callejón por el que siempre solía atajar, alguien la agarró fuertemente por detrás, tapó su boca y la llevó hasta un vehículo que, arrancado, esperaba al otro lado de ese oscuro túnel del tiempo. 
A las pocas horas saltaron todas las alarmas. Marcela no había llegado a su casa a la hora que lo solía hacer y todos los teléfonos del pueblo comenzaron a sonar. La gente, nerviosa, se echó a la calle. Todos se lanzaron a una búsqueda frenética, hasta que una niña apareció con su madre en un decrépito cuartel para denunciar al viejo carpintero. 
—Agente: dice mi hija que ha sido el carpintero. Marcela iba a menudo a visitar a ese viejo al salir de clases. Seguro que ese hombre le ha hecho algo malo a la niña. 
De ese modo, tras la denuncia, que corrió por todo el pueblo como un reguero de pólvora, los gendarmes se plantaron en la casa del viejo carpintero y lo detuvieron. 
De nada sirvieron sus explicaciones. De nada sirvió que no se encontrara el cuerpo de la joven por ningún sitio. Como prueba del delito se usaron los dibujos que ella le solía regalar y que él tan celosamente colocaba en las tristes paredes de su modesta carpintería. 
El mismo día en el que el desdichado carpintero entró en prisión, su carpintería fue pasto de las llamas. Esa noche todo el pueblo descansó arropado por el pesado manto de la injusticia. En las montañas cercanas aulló durante horas un viejo lobo. Un aullido tan extraordinario y terrorífico que a nadie dejó indiferente. Una luna llena de color ambarino parecía reflejar el crepitar de las ascuas aún candentes de la arruinada carpintería.

viernes, 8 de noviembre de 2019

¿Y para cuándo las perdices?


Me ha faltado tanto de padre como de centímetros de cuello. Modigliani pintaba largos cuellos tal vez acuciado por la misma carencia paternal. Y es que los padres van más a lo suyo. Lo sé porque soy padre. Por dos veces padre. Padre una primera vez en mi juventud y padre en una segunda oportunidad en mi decrepitud. Lo del cuello entiéndanlo simplemente como una reclamación estética, sin importancia, que le hago a la genética de mi familia paterna, aunque a esa parte de mis orígenes no le puedo recriminar nada porque me regaló a mi abuela Mercedes, que en paz descanse. 
Vuelo leyendo a Eduardo Halfon, al que siempre leo con un cariño inexplicable. Vuelo a Barcelona. Vuelo con mi complejo de cuellicorto, pensando en mi padre, y en mis hijas, y en todo lo que le debo a la vida, que no es poco.
Eduardo siempre consigue incitarme a la escritura. Leerle genera en mis dedos una ráfaga de letras, y de palabras, y de frases elegantes que no me pertenecen, y que sólo él es capaz de extraer de mí. 
Ayer fui nuevamente a ver a mi padre. O a ver lo que queda de él en su reclusión. Ya no quiere salir de la casa. Yo intento ir a verle a menudo pero tal situación me deja sin palabras. Mi padre, y sus eternas contradicciones, siempre me han dejado sin palabras. 
Yo vuelo y leo, y, entre tanto, visito a mi padre. Barcelona me espera plagada de contradicciones, como contradictoria es mi visita, y como contradictoria es mi situación. Anoche, como tantas y tantas noches, le leí un cuento a mi pequeña Ana María, y, como tantas y tantas noches, se quedó dormida antes de llegar al fin.
La vida recta y pulcra. La existencia perfectamente planificada y controlada. El futuro expedito. El “y fueron felices y comieron perdices” es el edulcorado y envenenado fin de demasiados cuentos. 

Cuentos tan alejados de la realidad y que, inconscientemente, desde bien pequeños, nos cargan de contradicciones para siempre. Pensándolo bien, tengo el cuello tan corto como una perdiz.