miércoles, 14 de noviembre de 2018

Un tipo normal


Está frente a mí. Es alto. Cara redonda y papada generosa; lo que viene siendo una cara de pan. Lleva el pelo rapado para disimular una calvicie prominente. Diría que pesa entre noventa y noventa y cinco kilos. Parece bañado en un perfume que me recuerda al Barón Dandy de toda la vida, contaminado por el olor de una loción de afeitado, muy a la antigua usanza. Corbata con motivos arabescos en negro y granate. Traje oscuro. Anillo grueso de oro blanco, o plata de la que cagó la gata. Camisa blanca tirando a beig. Y, sobre todas esas capas de ropa, luce una chubasquero color caqui. 
El señor que hay frente a mí no se ha percatado de la minuciosa observación a la que lo estoy sometiendo. Casi una evaluación psicotécnica, podríamos decir. Ha pedido un café con leche y un croasán. Le pone dos sobres de azúcar. Lo prueba. Se levanta de nuevo y coge otro sobre de azúcar. Lo añade, lo prueba, y parece que ya está a su gusto. 
Come con urgencia, como si se le escapara el vuelo rumbo a quién sabe dónde. Mira su móvil. Repasa el wasap. Responde una llamada en un idioma que podría ser croata, o serbio, o cualquier otro idioma de los Balcanes. El Café Nero del aeropuerto Franjo Tudman de Zagreb está muy concurrido a estas horas de la mañana. 
La víctima, a la que disecciono minuciosamente como un forense, sigue frente a mí. Apura su café sin dirigirme una mirada. Abre su bolso y saca una pequeña libreta de hojas de cuadros, sobre la que anota algo con una pluma estilográfica como de otra época. Realiza una llamada y, mientras habla con alguien en un tono más bien ofuscado, escribe con una letra tan ilegible y confusa como su futuro.
Vuelve a mirar la pantalla de su teléfono móvil, como esperando algo. Impaciente, repasa varias aplicaciones de mensajería instantánea. Se limpia la boca con una servilleta y repasa sus dientes con otra.
Mira su billete de avión para cerciorarse de la hora del embarque. Guarda el ticket del desayuno en su cartera para justificar el gasto. Entonces, es cuando reparo en que sus ojos son profundamente azules y que sus manos son el doble de grandes que las mías. Le noto tenso. Quién sabe si preocupado por la salud de su esposa, o por la de uno de sus hijos, o por las fluctuaciones de la bolsa de Dusseldorf. Tal vez siente la presión de los resultados de su empresa, o de los resultados que obtiene para la empresa que trabaja. 
De nuevo otra llamada. Otra conversación acalorada. Otro gesto contrariado. Se levanta de la silla. Por fin, ese señor que desayunaba frente a mí, como si yo no existiera, me ha regalado una mirada. Ha sido una mirada vacía, inocua, circunstancial. Tras lo cual, con desgana, me ha dicho bye.
Creo, sin temor a equivocarme, que era un tipo normal.

viernes, 9 de noviembre de 2018

Retrato de cuerpo entero


Se me acumulan los relatos sin publicar mientras me dejo los ojos leyendo a Murakami. Mis relatos son una mierda, lo sé, pero Murakami es un Dios. Treinta veces mejor que el mejor de los Nobel de Literatura. Los de la Academia Sueca se hacen los suecos para no darle el premio al único escritor vivo que se lo merece. Ahora vuelo entre turbulencias —disculpen que siempre les escriba al vuelo—, al lado de una señora oronda con el pelo teñido de rojo fuego. Su voluminoso cuerpo reduce mi espacio vital hasta convertirlo en una celda de castigo. Por fortuna, no sufro de claustrofobia. Escribo, por tanto, encogido en este vuelo que despegó de Barcelona rumbo a Zagreb, leyendo a Murakami y, de ahí, agarraré otro que me lleve hasta Sarajevo.
La señora —no sé si decir mi carcelera—se ha pasado el vuelo viendo fotos de un viaje; tal vez el viaje de su vida, o, con toda probabilidad, del viaje del que regresa felizmente a su querida Croacia. 
Yo, por desgracia, regreso a Bosnia con menos asiduidad de lo que regreso a Murakami. La señora del pelo rojo, que invade mi espacio vital, también regresa. Ir y venir. Volver. Irse de nuevo. 
La vida es un camino perpetuo de idas y venidas, en los que uno regresa, siempre que puede, tanto a sus orígenes como a sus obsesiones. 
No. No entiendo adónde quiero llegar con esto que les escribo. Con tanto viaje, me debo estar perdiendo. El retratista —el personaje central de la última novela de Murakami— perdió a su hermana cuando ésta tan sólo contaba con doce años y él a penas tenía quince. 
Pensaba en eso, y en la impresionante descripción que el japonés hace de la niña amortajada, cuando decidí interrumpir la lectura y ponerme a escribir. Entonces fue cuando, sin querer, vi en las fotos del móvil de la gran señora del pelo rojo, una foto suya desnuda que se había tomado sobre el reflejo de un espejo, en lo que parecía la habitación de un sencillo hotel de a cuarenta euros la noche.
Ella miraba su desnudo detenidamente, con embeleso, cambiando con frecuencia el ángulo de la pantalla, sin percatarse de que su orondo cuerpo estaba al alcance de mi vista, o tal vez para ello. 
Tras lo cual, encontré la conexión que le faltaban a estas letras antes de tomar tierra: tal vez mi compañera, adicta a los tintes rojos, le enviaba su retrato de cuerpo entero al personaje de la novela de Murakami para que, de esa guisa, la inmortalizara en uno de sus retratos.
Espero que el artista no cobre por centímetro cuadrado. 


lunes, 5 de noviembre de 2018

A Piedra (Petra) Lásló


Denostada Piedra (Petra) László:

Es admirable su gran capacidad física a la hora de lanzar sus piernas. En algunas instantáneas, me recuerda usted a un aguerrido lateral derecho intentando interceptar el avance de un vertiginoso extremo, acabando con el contrario en el suelo, y él —en este caso usted—, con tarjeta roja y en la calle. En otras más bien me recuerda a una taekondista, en un campeonato mundial de la cosa, soltando estopa en pro de una medalla para su país y para su historia. En otras, si me fijo únicamente en su imagen y obvio todo lo demás, podría llegar a pensar que usted está bailando al ritmo alocado de los ochenta tras haberse fumado alguna planta aromática cultivada en el Rif. Pero, por desgracia, distinguida periodista de la desnortada Hungría, usted no está por la labor deportiva, más bien lo suyo representa todo lo contrario que propugna el espíritu olímpico del que usted parece no tener ni la más remota idea.
Sus piernas, Piedra, digo Petra, son la representación del odio hitleriano, movidas por el desprecio más visceral y retrogrado del que la especie humana, con demasiada frecuencia, hace gala. Para su descargo, Piedra, digo Petra, le diré que usted no es la única, ni tan siquiera es un raro ejemplar en peligro de extinción, más bien forma parte usted de una especie de alimaña que empieza a proliferar por todo el globo terráqueo y que amenaza con convertirse en una pandemia. 
Señora Piedra, digo Petra, que usted haya sido absuelta, después de haber sido condenada, no significa que su odio hacia los más necesitados vaya a quedar impune, usted ya pasará a la historia como la periodista más inhumana que haya accedido a tan elevada profesión. Sus hijos, sus nietos, sus sobrinos, sus colegas de profesión, los vecinos de su escalera, sus lectores, sus conciudadanos, todos los habitantes de la Comunidad Europea a la que usted hace ascos, los habitantes de todos los países desheredados de este planeta —y que son muchos—nunca nos olvidaremos de sus odiosas y enfurecidas piernas. 
Dicen que Dios le da pan a quien no tiene dientes, y ahora sabemos que Dios también le da piernas a quien no las merece. 
Señora Piedra: ¿Para qué necesita usted a sus piernas? ¿Acaso sus padres la crearon con piernas para patear a gente indefensa que huye de la guerra? 
Creo que todas estas cuestiones, a personas como usted no le afectan en lo más mínimo; sus corazones de piedra, doña Petra, no sienten el dolor ajeno, no empatizan con nadie que sufre, no percibe ni un pequeño palpito de solidaridad. Señora Piedra, digo Petra, cuide usted de sus piernas, porque su corazón ya está perdido.
Por mi parte, condenada queda para siempre. 


lunes, 29 de octubre de 2018

Guerra bacteriológica


Para ponerles en antecedentes, les diré que vuelo desde Dusseldorf hacia Kiev en un avión de bandera ucraniana. Ni que decir tiene que la mayoría del pasaje son ucranianos. Excepto yo, y algún que otro perdido de la cabeza como yo. No pretendo tampoco describirles a todos y cada uno de los sufridos pasajeros que volamos hacia Kiev, pero sí quiero que sean conocedores de una hipótesis que me he visto obligado a desarrollar en base a los extraños sucesos acaecidos  durante las dos primeras horas de este vuelo, por lo que me he reservado la tercera para escribirles toda la base argumental de este estudio geoestratégico de colosal trascendencia, en el que me he visto inmerso sin comerlo ni beberlo. 
Supongo — y si no se lo digo yo—, que son conocedores del conflicto que mantienen en la actualidad Ucrania y Rusia. Quiero aclarar antes de entrar en detalles, que no pretendo posicionarme con ninguno de los dos bandos en litigio; tan sólo les escribo en mi calidad de observador internacional, estatus que me confiero por el hecho de volar más que los albatros en época de apareamiento. 
Lo que voy a describirles es de suma importancia: creo que los ucranianos no son conocedores de que están siendo sometidos a una silenciosa pero efectiva guerra bacteriológica. Y se estarán preguntando: ¿Cómo ha llegado este tipejo, que vende champú, a semejante conclusión? Pues, qué quieren que les diga, para algo me habrán servido mis veinte años de vuelos transoceánicos y por la otra mitad del mundo que no los tiene. 
En mi vida, léanlo bien, por favor: En mi larga vida como sufridor aeroportuario he visto nunca a tanta gente cagar dentro de un avión. Durante el vuelo, ha habido un momento dónde pensaba que las bodegas se iban a saturar de mierda y que iban a poner el típico cartel de averiado que ponen en las discotecas cuando se rompe la cisterna, pero no. Ya queda poco para que aterricemos en Kiev y siguen cagando como los ángeles benditos. Por ponerles un ejemplo, he visto a un señor orondo con barba que bien podría pasar por un oso en cualquier circo y los niños no se darían cuenta del engaño —cosa que estaría bien vista por los animalistas, pero no tanto por los de los derechos humanos—, pues ese señorón ha cagado lo menos tres veces. Lo curioso, es que lo hacen con cara de felicidad, no con el típico gesto del que va apretando el culo para no irse de vareta; estos van a cagar con estilo, sin prisas, y sin perder la compostura en la fila; una fila que no ha cesado en ningún momento desde que nos dieron permiso para quitarnos el cinturón, aún sobre los cielos contaminados de Dusseldorf.
La bacteria, en cuestión, les debe estar dejando los intestinos más limpios que un jaspe. Creo que voy a completar mi investigación indagando sobre la evolución del consumo de papel higiénico en Ucrania en los tres últimos años, hecho este que podría confirmar mis pesquisas. 
Ya han dado el aviso, por la megafonía del avión, de que vamos a aterrizar, y es ahí cuando ha cundido el pánico entre los diez o doce pasajeros que aún esperaban para aliviarse.
Les dejo, que esto me huele mal…


martes, 16 de octubre de 2018

Setas


Me gustan las setas. Sin asumir riesgos innecesarios, pero me gustan. Nunca he sido de echarme al monte, y jugarme la vida a discreción, por el simple hecho de ahorrarme unos tristes euros. Me gustan las setas por su gran diversidad de sabores y texturas. Me gustan las setas porque las considero un género enigmático, cercano a las plantas pero sin llegar a serlo. 
Ni que decir tiene que las setas tienen su morbo. El morbo de la muerte y de la alucinación. El morbo de los viejos rituales y de los viajes astrales. Las setas son el misterio por antonomasia. Protagonistas de pócimas, cataplasmas, y ungüentos, ingrediente secreto de miles de recetas de cocina, y arma silenciosa para ataques selectivos y venganzas diversas.
Tal vez por eso, durante mis viajes, siempre que me encuentro con alguna persona, al borde mismo de la carretera, vendiendo setas, inevitablemente paro y le compro.
La última vez ha sido en Ucrania. La carretera discurría entre un oscuro y húmedo bosque de abedules y robles siberianos. Lo raro de aquella señora era el hecho de que estuviera ahí, en medio de la nada, cuando no se veía ninguna casa a varios kilómetros a la redonda, y el sol ya estaba por esconderse.
La anciana, como la mayoría de las ucranianas de su edad, llevaba el pelo cubierto por un pañuelo; un pañuelo tan viejo como ella, o incluso más. 
Las setas estaban perfectamente presentadas en dos pequeños montoncitos, cada uno de los cuales pertenecía a una especie diferente. Con la ayuda de Artur —mi intrépido traductor— preguntamos a la señora que cuánto costaban las setas.
—¿Depende de para qué las vayan a usar? —nos respondió la anciana mujer, regalándonos una mirada penetrante.
—¿Y para qué las íbamos a querer? ¡Para comérnoslas! —le respondimos. 
—Si son para hacer magia les saldrán más caras, y si me engañan con el uso, les saldrán más caras aún…—nos amenazó.
La verdad es que cuando Artur me tradujo el contenido de tan breve pero intensa conversación los vellos se me pusieron como escarpias. 
—Vámonos, Artur, que esto no me da buena espina…—le propuse a mi infatigable compañero.
—De acuerdo, pero antes déjame preguntarle algo más a la señora —me solicitó, Artur.
—Claro, no tenemos prisa, el trabajo de hoy ya está hecho —le respondí.
Artur, que con el ucraniano no se aclara mucho, se entendía con la anciana en ruso. La conversación comenzó tranquila pero, poco a poco, fue ganando en intensidad y decibelios, hasta que llegados a un punto, la señora se sentó en su diminuto taburete y, contrariada, dejó de dirigirle la palabra a mi traductor. 
—¿Qué ha pasado, Artur? —le pregunté, preocupado.
—Como imaginé: son setas de la zona de Chernobyl…—me contestó.
—¿Chernobyl, la central nuclear que explotó? —le pregunté confundido.
—Así es, Pepe. Esta señora, sin escrúpulos, vende setas recogidas en zonas aledañas a la antigua central —me confirmó, Artur.
—¿Y no teme poner en riesgo a los incautos que, como yo, osen comprarlas? —le pregunté a mi compañero de fatigas.
—Me dijo que eso le da exactamente igual. Al parecer, su marido y su único hijo murieron tras varios días de trabajar en la extinción del incendio del reactor, y a ellos nadie les avisó —me explicó, Artur.
—¿Y qué gana envenenando a gente inocente? —pregunté, no sin cierto enojo.
—Dice que ya han pasado más de treinta años de eso y que se pueden comer…Que ella las come a diario y aún, para su desgracia, no se ha muerto —me explicó, Artur.
—O tal vez ya esté muerta…—le dije.
Y diciendo esto regresamos hacia el coche bajo una fina capa de lluvia que había comenzado a caer.
Justo cuando íbamos a ponernos en marcha, Artur recibió una llamada telefónica de su oficina, momento que yo aproveché para responder varios correos electrónicos que esperaban con urgencia de mi respuesta.
Cuando Artur acabó la conversación, solicitó mi atención visiblemente excitado:
—¡Pepe! ¡Pepe! ¿Has visto marcharse a la señora? —me preguntó el polaco.
—No, no la he visto. Estaba respondiendo unos correos urgentes. Pero no ha podido irse muy lejos, la carretera es toda recta, a no ser que se haya metido por el bosque. Pero es muy extraño, no se ve por ningún sitio. Es como si se la hubiera tragado la tierra —le comenté a Artur, claramente desconcertado.
Todo aquel encuentro resultó muy extraño. Verdaderamente extraño. Y, como ustedes comprenderán, muy a mi pesar, me quedé sin setas.


sábado, 13 de octubre de 2018

Diosa polaca


Escribo al sol, sobre un banco de madera, en la campiña polaca, a cuarenta kilómetros de Cracovia. A mi alrededor, todo es verde y azul. Sin pretenderlo, huelo las colillas que se amontonan en dos ceniceros: huelen a salud perdida. Me zumban millones de insectos atemorizados por la llegada del invierno. Saben la que les espera. 
Una chica se asolea impertérrita en el jardín con un bikini blanco que realza la perfección de su bronceado cuerpo. Con esos últimos rayos de sol, la joven se prepara igualmente para el invierno. 
Les escribo frente a un campo preparado para el invierno y también para el lanzamiento de jabalina, o de peso, o quién sabe si de hasta de huesos de ciruela. La cuestión en arrojar lo que sea y medir la distancia a la que somos capaces de hacerlo, intentando con ello emular a los Dioses del Olimpo. En mi barrio, de niños, por poner un ejemplo ilustrativo, jugábamos a ver quién meaba más lejos.
Yo me arrojo a la escritura, sin medida, como una forma pagana con la que expiar mis pecados.
Escribo oliendo a colillas, acosado por los más variados insectos, junto a una escultural polaca que parece una diosa de mármol. 
Sufro todo tipo de críticas y castigos por mi osadía de escribir. Sufro mis propias limitaciones. Sufro por el simple afán de sufrir. Sufro intentado con ello experimentar la benéfica sensación de dejar de hacerlo. 
La vida perdona mi intrusismo en sus entretelas como nosotros perdonamos los errores de nuestros hijos. Y es qué, sin ser nada, siempre tengo la desfachatez de meterme en todo.
Escribo a la vida desde Polonia, oliendo a colillas, resignado a mi incapacidad para expresar lo que siento. Entiéndanlo, por más que lo intente, uno no encuentra siempre las palabras precisas en el momento adecuado. 
Escribo a destiempo, a pleno sol, deslumbrado por el brillo de mi estatua de mármol, que parece tan inmune a mis miradas, como a los insectos, a la sobrexposición al astro rey, o a los peligrosos lanzamientos de jabalina. 
Soy consciente —no se crean que no—, de lo enmarañado de este relato. Como pueden apreciar, se trata de un relato tortuoso y confuso como una zarza de las que abundan al borde de estos deshabitados caminos. Un relato zigzagueante como el vuelo de una urraca que mira desde lo alto a la diosa de mármol y a este escritor que se achicharra bajo un sol tan tardío como abrasador. 
La campiña polaca se expande silente ante mis ojos violada por el ensordecedor zumbido de  millones de insectos. 
Yo me esfuerzo por escribir algo sin encontrarle demasiado sentido. Sin acertar con el camino preciso para mis palabras. Palabras que, pese a su fluidez, manan dispersas entre la maleza, bajo el sol, bajo el bikini de la estatua de mármol, bajo las colillas, y trenzadas por el pico curvo de una urraca que es mucho más inteligente que yo.

Así ha sido. El olor a colillas me resulta insoportable; pese a ello —o tal vez por ello—, la diosa ha movido uno de sus brazos de mármol para fumar.

jueves, 4 de octubre de 2018

El viaje de la vida


Tras tantos y tantos viajes uno pierde el norte. Bueno, el norte y el resto de puntos cardinales. Sobre las nubes todo se ve muy pequeño, de ahí que una persona que viaja como modo de vida tienda a relativizar todo cuanto le acontece. 
Son tantos viajes —como les decía—, que siento que las distancias y los idiomas han dejado de ser una barrera. No importa el medio de transporte, ni las temperaturas, ni lo que den de comer. 
Lo importante —si es que hay algo realmente importante—, es el viaje en si mismo. El viaje es al viajero lo que la droga al drogadicto. Disculpen la comparativa, sin darme cuenta les hablaba de dos viajes bien distintos. No se droguen, o háganlo con moderación. Hay quién se droga legalmente metiéndose entre pecho y espalda dos Big Mac y litro y medio de Coca-cola, y pese a ser una atentado contra la integridad física de las personas no se considera delito.
Viajar —como les decía— no es otra cosa que vivir un sueño despierto. En todo viaje nos convertimos en los protagonistas de nuestra propia película en la que, con un mínimo guión preestablecido, nos lanzamos de lleno a la improvisación. Personas, personajes, ciudades, lugares, monumentos, accidentes geográficos, parques naturales, museos, restaurantes, quedan convertidos en decorados de nuestra propia fantasía. No hay dos ojos que vean lo mismo, como no hay dos mentes que entiendan lo mismo de una conversación, o de la lectura de un libro.
La vida vivida como un viaje está plagada de fantasía. El viaje de la vida, por tanto, se hace más liviano y atractivo cuando somos capaces de disfrutarlo cargando en la maleta altas dosis de fantasía y sacando de ella a los perniciosos prejuicios.
¿Y qué es la fantasía? ¿Adónde se encuentra? ¿Cómo se consigue?
Preguntas y más preguntas que nos hacemos desde el principio de los tiempos. 
La vida, nuestra vida, es tan sólo un insignificante viaje en el tiempo. Como dijo León el Africano, del incomparable Amin Maalouf: “Soy hijo del camino, caravana es mi patria, y mi vida la más inesperada travesía…”

No se si les sirva de algo, pero ahí les dejo eso… ya sale mi vuelo.