sábado, 1 de agosto de 2015

Bermudas


Uno, en su ociosidad, tiene muchas cosas que hacer, no se vayan a creer que no. Pensándolo fríamente, cosa que en pleno verano resulta harto complicado, no deja de ser toda una contradicción. Sin embargo, actuamos así, el ocio no es ocioso sino lo cargamos de obligaciones. El consumismo a colonizado el ocio como si de una planta invasora se tratara. La biología del ocio se a convertido en un jungla indómita de actividades programadas para que mantengamos, o, inclusive aumentemos, nuestro nivel de consumo. Por tanto, nuestro ocio, nuestro descanso, nuestras vacaciones, son una parte importante del sistema económico. Lo que trabajamos nos los sacan cuando descansamos y vuelta a empezar.
El ocio sin consumo es cosa de pobres, de gente de malvivir. Necesitamos cientos de actividades, cientos de fotos, cientos de poses, cientos de cosas previsibles y clonadas, para sentirnos parte de un todo uniforme, y bien integrados socialmente.
El ocio, en sí mismo, se ha convertido en una rareza. De hecho, he escuchado a gente decir que experimenta cierto sentimiento de culpa cuando se toca los huevos a dos manos en el sofá de su casa, o se tumba al sol en la piscina municipal leyendo un libro, por ejemplo: "El año sin verano" del murciano Carlos del Amor. Gente que se siente frustrada sino salta desde toboganes gigantes que te arrojan de cabeza a una piscina llena de cloro y pelos, y al que para acceder tienes que hacer media hora de cola en pleno chicharrero. El ocio prefabricado y de catálogo vacacional es como el chocolate del loro. La programación de las empresas turísticas se convierte en nuestro programa y en el original programa de miles y miles de programados veraneantes ávidos de experiencias únicas e irrepetibles como nosotros. 
Yo, también, como todo hijo de vecino, estoy programado para lo que me echen. De hecho, de manera inconsciente ayer subí a mi armario ropero, descolgué, medio zombie, unos bermudas, me los puse y me convertí de ipso facto en un turista domiciliario. A mi indumentaria añadí una riñonera, una gorra nike, unas sandalias, y un palo de selfie, y ya estaba listo para mi epopeya veraniega. 
Después de tal incontrolada transformación tan sólo me quedó engrasar mi tarjeta Visa, ponerme una crema facial de protección solar, y armarme de paciencia. El resto está planificado.
El verano es lo que tiene. ¡Todos a una, como en Fuenteovejuna! 

jueves, 30 de julio de 2015

Zona de Confort


No tengo por costumbre escribir a las cinco de la madrugada, pero eso no quiere decir que no lo pueda hacer. De hecho, me emociona hacer cosas que, a priori, no me creía capaz de lograr. 
Por la ventana del sexto piso del hotel Holiday Inn Suites de la calle Londres, mi cuartel general en la capital mexicana, se ve todo oscuro. La ciudad aún duerme, pero yo no. Siempre que trabajo en México me desvelo a medianoche. Mi biología no entiende de franjas horarias, ni de fronteras. El todo en el que me desenvuelvo es un mismo, y diversificado, escenario. Trabajo sobre un único cliente que tiene mil caras y habla un montón de idiomas. Trabajo, ahí adónde voy, bajo una misma premisa: "provocar transformaciones que ayuden a mejorar la realidad de las personas y de las empresas". Me apasiona tanto lo que hago que mis emociones afloran tras cada palabra, o tras cada propuesta, que pronuncio, o que planteo, a quién me escucha con el corazón abierto. Arriesgo en mis valoraciones, en mis propuestas, y en mis planteamientos, pero sin dogmas ni radicalismo. La flexibilidad del muelle, que siempre me acompaña allá adónde voy, es mi santo y seña. Soy fundamentalista frente a la rigidez y un efusivo practicante y promotor de la flexibilidad, de la diversidad, de la adaptación, y de la innovación.
El inmovilismo, que es como un cáncer que nos corroe silenciosamente, suele estar bien enraizado en nuestra zona de confort. Abusamos de lo que "supuestamente" sabemos hacer y dejamos de avanzar en la búsqueda, y en la conquista, de nuevos espacios de mejora y crecimiento que tanto necesitamos. De ese modo, las personas, las empresas, y los países, sufrimos permanentemente el sabor agridulce de la frustración que nos provoca nuestro "consciente o inconsciente" estancamiento.
Apuesto por la cultura, por el debate, por la reflexión, y por la valentía, a la hora de tomar decisiones. Los miedos forman parte de las raíces invisibles de nuestra terrorífica zona de confort, la cual, nos atrae como un espejismo, tira de nosotros como un imán, o nos acaricia los oídos como El flautista de Hamelín, para que sigamos tumbados en nuestro cómodo sofá, que, a la larga, acaba convirtiéndose en la cama de un faquir.
Las grandes hazañas, los grandes descubrimientos, los grandes avances, y los grandes éxitos empresariales, siempre vinieron de la mano de personas que abandonaron su zona de confort y se lanzaron a la conquista de lo que no dominaban, de lo que desconocían, pese a los cantos de sirena de los agoreros que siempre intentan sofocar o reprimir cualquier conato de progreso. En lo que no hacemos se encuentran gran número de las soluciones que buscamos.
Cultura versus costumbre. Ser o no ser. El dilema shakesperiano que nunca cesa. He vuelto a transmitir en México mi forma de trabajar y vivir el trabajo y me siento muy afortunado por ello.
No tengo por rutina volver a meterme en la cama después de desvelarme, pero eso no quiere decir que no lo pueda intentar. Voy a dormir un ratito más. Afuera todo sigue oscuro, aunque por el ruido, parece que esta inmensa urbe, de más de veinticinco millones de almas, un día más, comienza a desperezarse.
Un avión me está esperando para transportarme a nuevas luchas. Salgo a batalla por día.

sábado, 25 de julio de 2015

Vuela, vuela, mi colibrí


Siempre fui amante de heroicidades. De guerras sin cuartel. De causas perdidas. De utopías. De sueños. Y vuelo. Vuelo nuevamente sobre un océano empequeñecido por el uso y la costumbre. Cada día todo me parece más pequeño. Cada día la vida me aporta menos asombro y más lucidez. Mi clarividencia avanza en función de mi edad, y a los kilómetros que recorro, y a las batallas que hago frente. 
Heridas tengo hasta en la vísceras. En cada rincón de mi cuerpo, y de mi alma, acumulo cicatrices y secuelas que, en lugar de perjudicarme, me hacen más fuerte, a pesar de que mi cuerpo se debilita y encoje por el inevitable paso del tiempo. 
Y vuelo. Vuelo hacia mis sueños. Vuelo hacia lo imposible y hacia lo maravilloso. México me espera atrincherado en su grandeza, y yo me lanzo al ataque con la inconsciente consciencia de mi calma. A grandes retos, grandes calmas. Pienso. Planifico. Construyo. Remuevo. Invento. Arriesgo.
Estoy volando en un albatros de acero. Llegaré en unos horas al Aeropuerto Internacional Benito Juárez. Mas sin embargo, mi cabeza hace semanas que habita entre el Zócalo, la Zona Rosa, y el Bosque de Chapultepec. Por Guanajuato y por Morelia. Por Pátzcuaro y por Catemaco. Por la selva Lacandona y por el Cerro de la Silla. Por Salamanca y por León. Por los cenotes de Yucatán y por las blancas e infinitas arenas de Cancún o de Playa del Carmen. Por el horno encendido de Villahermosa. Por la malinche Puebla y su eterno vigía el Popocatepetl. O por las vallas envenenadas de Tijuana. Personas. Momentos. Historias comprimidas vividas a la carrera en un país vertiginoso e irrepetible que siempre me acoge como no merezco.
Balas de Plata, chiles, aguacates, cocaína, mariachis, gazpachos, aguas, tequilas, enchiladas, sincronizadas, tortas, cabrito, marimbas, tacos, chelas, Lupitas, zócalos, ceviches, cuadras, carros, bochos, pesos, guaruras, cuartos vacíos, salas repletas de gente a la espera de que les brinde lo mejor de mí.
Como siempre, desde hace dieciséis años, vengo a entregarme. A darlo todo. A ser uno más de entre los mexicanos de afuera que regresa. Viajo, por unos días, a reencontrarme con mi efímera dualidad. Vuelo, para reactivar la parte de mí que se queda latente en México cada vez que regreso a España.
Vivir doble. Soñar doble. Amar doble. Sufrir doble.
Siempre que viajo a México, la noche antes, un pequeño colibrí quiebra mi sueño. Revolotea dulcemente a mi alrededor como anunciándome un nuevo reencuentro con mi otra realidad, con mi otro pasaporte que no tengo.
Ya vuelo. Escribo y vuelo en penumbra, en este vuelo de Iberia, escuchando "Ghost Stories" de Coldplay. En la intimidad compartida de la repleta cabina de este enorme pájaro de acero, me ha parecido verlo de nuevo. El colibrí, ese pequeño y precioso colibrí, que siempre me acompaña para recordarme a México y a todo lo que allí he vivido. 
Según dice una vieja leyenda, que le leí al incomparable escritor uruguayo Eduardo Galeano, un pequeño colibrí salvó al mundo pinchando con su fino pico a las nubes que amenazaban con aplastarlo. Tal vez por eso, siempre que viene a verme me trae buena suerte.
Viviré unos días, nuevamente, en una especie de triángulo amoroso en el que yo soy la parte doliente, débil, e intermitente. Tan sólo puedo decir, como un Pancho Villa de falsete: ¡Viva México!
Soy un extraño mojado que regresa al llamado de su colibrí.

viernes, 24 de julio de 2015

Perfume endiablado


-¿Le gustaría oler este perfume, caballero?
-Disculpe, señorita, pero uso la misma fragancia desde hace años y no soy mucho de cambiar. Si hubiese querido probar ese perfume se lo habría pedido yo mismo, y ha sido usted quien me lo ha ofrecido.
-Este que le propongo, es un perfume muy especial, tiene la facultad de multiplicar por varias veces su capacidad de seducción. Además, en este momento, lo tenemos en oferta: con la compra de un perfume le regalamos un paraguas.
-No me haga reír. ¿Usted entiende de matemáticas o de física cuántica?
-Aquí donde me ve, estudié magisterio. Después, derecho. Más tarde, hice un curso de jardinería china, y, antes de vender perfumes, trabajé desde casa para un teléfono erótico. Lo más aburrido fue lo del teléfono erótico.
-¿Por qué? A priori parece lo más emocionante de su carrera.
-No, en absoluto, apenas si podía expresarme, era todo muy onomatopéyico.
-¡Menudo curriculum el suyo! Entonces, como le iba diciendo, señorita, multiplique usted por cero lo que quiera y verá como sigue dando cero.
-Usted no es un cero. No sé quién le habrá dicho eso.
-Me lo dice mi espejo cada mañana, y también me lo dijo mi ex-esposa.
-A los espejos los carga el diablo, como a las armas.
-¿Y a las ex-esposas, quién las carga?
-Los picapleitos y las amigas que saben de juicios.
-Lo de usted tiene mucho mérito, señorita, estudiar dos carreras para acabar en el aeropuerto vendiendo perfumes a ejecutivos de mediopelo.
-Me encanta vender. Sería capaz de vender mi alma al diablo, si pudiera.
-El diablo es todo un seductor.
-Lo sé, me ha seducido varias veces.
-¿Acaso el maligno usa este perfume?
-Imagínese, lo fabrica él mismo.
-¿No me diga?...¿Y qué más fabrica su endemoniada excelencia?
-Armas nucleares, conglomerados bancarios, contratos basura, un poco de todo. Le gusta diversificar su negocio. Lo último ha sido esto de los perfumes.
-¿Sabe qué?: ¡Me lo llevo!. No tanto por el perfume, sino por el paraguas. Ayer me dejé olvidado el último en un taxi. Salgo a paraguas por semana.
-Lo sabía. Lo leí en sus ojos mientras se acercaba al stand.
-¿Y qué más leyó en mis ojos, señorita?
-Que usted es más de Bukowski que de Coelho.
-Me encantan las señoritas que todavía son capaces de leer algo en mis ojos.
-Usted es todo un seductor, un lobo con piel de cordero. Pero a mí no me ha podido engañar...dándoselas de blandito.
-¿Qué le debo, diablilla?
-Son noventa euros, galanzote.
-¿Noventa eurossss? ¡Diablos! Hay que ver cómo se las gastan en el infierno.

domingo, 19 de julio de 2015

Figura desfigurada sobre fondo negro



Esta mañana, como no sabía de qué escribir -me lo van a perdonar-, he puesto música de piano bar para propiciar la inspiración y, de ese modo, atenuar mis derivas emocionales. Nada. No había manera.
Como segunda opción, he bajado al sótano, en el que duermen mis recuerdos, y he rebuscado entre mis cientos de viejos colleges alguno que me transmitiera una clave misteriosa con la que poder tirar del hilo y contarles algo ciertamente coherente. He seleccionado uno. No me pregunten por qué, pero siempre cojo uno que parece que estuviera esperándome desde hace tiempo. Lo he subido y lo he colocado junto al iPad en el que suena la música de bragueta. De coro improvisado cantan las cigarras avisando de que, hoy, el calor nos golpeará como un boxeador acorralado y agónico.
Así, con este escenario tan musical y tan plástico, me he frotado las sienes con las dos manos en busca del punto G de mi creatividad. Y nada de nada.
Tal vez la culpa la tenga este collage. La elección me ha resultado, a todas luces, contraproducente. Ha sido mucho peor el remedio que la enfermedad. 
Esa figura andrógina que sufre en la oscuridad, en estado de espera permanente, y castigada contra la pared de la indiferencia, me ha recordado lo que en realidad somos: entes solitarios en ansioso estado de espera.
¿Y qué esperamos? ¡Equilicuá!: quimeras, utopías, fantasías, Mundos de Yupi, rescates bancarios, orgasmos interminables, la sopa boba, el regreso del Mesías... Para gustos colores. La cuestión es esperar. Lo que nos mola es la espera. Somos Penélopes, de una estación cualquiera, esperando nuestro tren.
Yo espero una hija. Espero un avión. Espero los resultados de las pruebas de mi hígado hipertrofiado como un foie gras. Espero a la vida venidera asomado desde el balcón de mi conciencia. Todos esperamos soluciones mágicas a problemas con difícil solución. Nudos corredizos que, a cada movimiento erróneo, acentúan más nuestra asfixia y nuestra zozobra. Alivio de luto. Agua de mayo. Abracadabra. ¡Milagros! Eso es lo que esperamos y de ahí nuestra ansiedad. 
Mi "figura desfigurada sobre fondo negro" ha sido un bálsamo corrosivo. Suele pasar cuando uno no acierta en las decisiones.
Y, entonces, ni la música del piano bar te sirve absolutamente para nada.

miércoles, 15 de julio de 2015

No tengo tiempo


Les aseguro que hoy no tengo tiempo. Tengo de todo: deudas, asuntos pendientes que abordar, varias reuniones en la agenda, un libro a medio leer, una novela a medio escribir, la compra sin hacer, un viaje aún por preparar... pero no tengo tiempo de nada.
De hecho, no uso reloj para sentirme menos esclavo de la dictadura del minutero y los quehaceres. 
Como no tengo tiempo para nada, no hago deporte, ni el amor, ni leo, ni veo televisión, ni trabajo, ni como con gracia, ni escribo en este blog, ni salgo al cine, ni escucho la radio, ni voy a trabajar, ni hablo de política, ni nada de nada. No tengo tiempo y, por tanto, me duele mucho desaprovecharlo en cosas superfluas y que a nadie le importan.
La carencia de tiempo me está jodiendo esta vida de prisas y estrés; esta existencia deshumanizada y sometida a la infalible tiranía del cronómetro, y las prisas, y a la congoja, y al ansía. 
Me gustaría escribirles algo coherente que les ayudara a entender la importancia de aprovechar bien su tiempo. No hagan como yo, por favor, no se dejen llevar por la dejadez, ni se abandonen a la desidia, ni a la holgazanería, ni al Candy Crush, ni a las series de vampiros guays, ni a las páginas web de gatos, se lo pido por favor.
El tiempo es oro. Sí, lo sé, es una frase hecha, manida, no digo nada nuevo, pero es que, pónganse en mi lugar, no tengo tiempo para andar con florituras, bastante hago con lo que me esfuerzo sin tener tiempo para nada.
Me voy. Es tarde y estoy un poco cansado...hace días que no tengo ni tiempo para descansar.

lunes, 13 de julio de 2015

Siete casas vacías


Samanta Schweblin me ha contado las historias de "Siete casas vacías". Esta escritora argentina espesa los textos con la precisión de una chocolatera, de las de antes, hasta alcanzar la consistencia que se precisa. Una casa vacía, o una casa ajena, siempre tienen muchas cosas que contarnos. Historias por venir o historias enquistadas. La densidad de sus relatos seduce y engancha con sutileza desde los primeros párrafos. Sin que te des cuenta ya estás dentro de la trama y no puedes dejarla hasta el final. Maneja la tensión sin brusquedades ni excesos de fantasía. Sus descripciones, sus ambientaciones, son paisajes marcadamente intimistas. Lo que se siente importa más que el hecho en sí mismo. Nos describe su mundo interior, enfatizando en las percepciones y los sentimientos de sus intensos, a la par que cotidianos, personajes. El entorno lo describe de una manera más somera, como si para ella tuviera menos importancia el continente que el contenido.
Schweblin se sumerge en el epicentro emocional de sus protagonistas como medio de conectar con los sentimientos de sus lectores y lo consigue fácilmente y sin alharacas.
Siete casas vacías es el libro laureado con el que nos premia esta argentina de diván y de letras elocuentes. Un pequeño libro de relatos, en el que la autora desnuda tanto a su país, Argentina, como a cada uno de sus deliciosos personajes. Editado por Páginas de Espuma, es ideal para leerlo, a ratitos, entre baño y baño, escuchando como rompen las olas en la orilla de una playa o al borde de una refrescante piscina. 
Esta escritora tiene aún mucho que decir.