lunes, 31 de diciembre de 2012

Collage de fin de año


Hace unos días mi primo Pedro me preguntó si aún seguía haciendo collages. Le dije que sí, pero que mucho menos que antes. Le confesé que ahora gran parte de mi creatividad se la bebe este maldito blog, que me tiene enganchado y me resta tiempo para otros menesteres más productivos. 
Cada una de mis entradas, al igual que cada collage que hacía o que hago, son algo así como un jeroglífico contemporáneo que cuanto más los miras o cuanto más los lees menos acabas entendiendo. 
Las personas vivimos con ese tremendo problema: ¡queremos entenderlo todo! cuando en realidad, la vida esta creada para que no entendamos absolutamente nada. 
Querer entender la vida es como pretender coger agua con las manos. Siempre se nos termina escapando por algún lado. 
Mis collages o mis entradas al blog son lo mismo, salvo que utilizo distintos lenguajes para llegar al receptor, ya sea lector o espectador. Hubo un tiempo donde la plástica me fluía más que la retórica, de hecho, de vez en cuando, algún que otro amigo o seguidor de este humilde blog me los reclama.
Quizás por eso, he querido terminar este año 2012 con un sencillo y humilde collage y compartirlo con todos los que periódicamente os asomáis por aquí en busca de cualquier ocurrencia de este loco que os escribe.
Muchas gracias a todos por vuestras visitas y Feliz 2013. 

sábado, 29 de diciembre de 2012

El funambulista


Cuando decidí convertirme en un equilibrista circense mi vida cambió por completo. Ahora, al contrario de lo que pudiera parecer, lo vivo todo con menos tensión, a pesar de que mi existencia transita sobre un cable de acero, y me juego el físico en cada función mirando al tendido, como un torero, mientras la gente se atiborra a palomitas y refrescos.
También me planteé la posibilidad de meterme a torero pero me duele mucho el dolor ajeno, aunque sea el de un bicharraco con cuernos de quinientos kilos, y elegí lo del equilibrio, ya que el dolor, de producirse, sería mio y no se lo provocaría a nadie.
Primero ofrecía mi número con red, pero pronto me di cuenta de que la ausencia de riesgo desmerecía de forma notable mi espectáculo, así que, cuando adquirí mayor destreza y seguridad, eliminé la red. Ahora, en el Circo Kamikaze del Japón me juego el físico en cada función y miró a la vida sin miedo, como si deambular por un cable a más de veinte metros de altura sin red, fuera lo mismo que pasear por las Calas de Bolnuevo mirando a las tías  que hacen topless. 
De hecho, mirar a las mujeres me resultó más peligroso que lo del cable, ya que, el verano pasado, por mirar a las tetas de la novia de un orangután curtido en un gimnasio de mala muerte, me llevé tal somanta de palos que casi pierdo mi puesto de funambulista, con lo mucho que me había costado conseguirlo, después de llevar tres años sin un puto empleo.
Bueno, sí, lo reconozco, estuve un tiempo recogiendo cartones por las calles, hasta que un grupo de energúmenos, que se bajaron a la carrera de una furgoneta, me acusaron de intrusismo profesional y me invitaron amigablemente a cambiar de oficio, o de ciudad, y como no tenía ni para el autobús decidí probar suerte con la vacante del Circo Kamikaze del Japón, cosa que conseguí por pura intuición.
Del susto que me dio la visita improvisada del sindicato de recogida de cartonajes y otras inmundicias se me descompuso el estómago. Tuve que entrar a la carrera al retrete de un bar cercano. Pese a que llegué a tiempo, lo puse todo perdido. Al salir, el camarero me miró con cara de pocos amigos y me dijo:
-Oiga, para usar el aseo hay que tomar algo.
Rebusqué en mis bolsillos y me encontré una moneda de dos euros.
-Póngame un café con leche, por favor -le dije.
Al ojear el periódico, me llamó la atención un titular de las páginas de sucesos: "Muere equilibrista al precipitarse al suelo desde más 20 metros".
En la lectura me cercioré de que el circo estaría retenido varios días en la ciudad hasta que la policía determinara las causas del accidente.
Sé que muchos de ustedes lo verán mal, pero yo, al día siguiente me presenté en el circo a solicitar la plaza de equilibrista.
- Buenos días caballero: ¿Es usted el director del Circo Kamikaze de Japón? -pregunté a un tipo que había sentado en una especie de despacho que había en una de las caravanas.
- Así es. ¿En que le puedo atender? -me preguntó tan educado.
- ¿Usted no es japones, verdad? -exclamé con inquietud.
- ¿Y por qué habría de serlo? -me preguntó ligeramente desconcertado.
- En el cartel pone Circo Kamikaze del Japón -le repliqué inocentemente.
- No, no, eso no es así. Yo me llamo Carlos Japón Torrequemada y este es mi circo -entiende ahora lo del Japón, me cuestionó.
- Perfectamente -respondí circunspecto intentando reponerme de mi colosal metedura de pata.
- ¿Qué le trae por aquí? -preguntó Don Carlos.
- Vengo por lo de la plaza de equilibrista, si puede ser -le contesté.
- Usted debe estar equivocado, aquí no hemos ofertado ninguna plaza de equilibrista. De hecho, después de lo ocurrido, incluso nos planteamos eliminar ese número de nuestro repertorio -me explicó el empresario.
- ¡No, hombre! No haga usted eso. Yo puedo sustituir al difunto cobrando la mitad de lo que él cobraba -le propuse espontáneamente, sin pensar mucho en las consecuencias de lo que le estaba planteando.
-¿Pero usted es equilibrista? -preguntó con interés.
-Equilibrista, lo que se dice equilibrista, no. Pero después de más de tres años sin empleo he hecho cientos de equilibrios y contorsiones dignas de la pista principal de cualquier circo que se precie. Caballero, si hiciera falta, yo, por ese empleo, me subo en calzoncillos hasta en un cable de alta tensión -le solté al del circo sin nada que perder.
- ¿Sabe una cosa? Usted tiene tablas -me dijo mirándome fijamente.
- No señor. Yo tengo púas. Muchas púas. Debo dinero para trabajar mientras viva -le respondí con sentido del humor, con una frase hecha robada a un buen amigo.
-Pues creo que con esas tablas y esas púas podemos hacer de ti un buen funambulista. ¿Estás dispuesto a vivir en un circo y estar viajando diez meses al año? -me preguntó Don Carlos.
-Aunque fueran trece meses al año -le respondí.
Así es como me convertí en equilibrista. A los pocos meses me lié con la viuda del domador de leones. Su infortunado marido murió devorado por sus fieras un día que se resbaló en la jaula mientras realizaba la limpieza. No le dio tiempo a levantarse. 
Cuando estoy sobre el cable me gusta mirar a la gente. Yo sé qué lo que ellos  anhelan es que me pegue un porrazo y me rompa la crisma, pero no pienso darles en el gusto. Me encuentro muy contento soportando el difícil equilibrio  que me supone subirme dos veces al día al cable de acero y domar a la hermosa viuda del domador.
Entre usted y yo: siempre me han gustado mucho los equilibrios.
De hecho, aprovechando que han echado al nuevo domador, porque los leones no le hacían ni puto caso, me he comprometido con Don Carlos a ocuparme también del tema.
Al final todo es cuestión de equilibrio. A mí eso siempre se me ha dado bien.

martes, 25 de diciembre de 2012

El pendejo que quería escribir


La neta es que me gustaría escribir mejor, pero la realidad me dice que mi escritura es pura chingadera. Por mi cabeza pululan cientos de historias que, por la complejidad en aposentarlas sobre un papel en blanco, siguen revoloteándome por los sesos como una nube de moscos y, a la mera hora, comienzo escribiendo cuatro pendejadas que al tantito me provocan ganas de agarrar un revólver y pegarme un tiro.
Sí, es evidente que tengo algo de paranoico, pero vivo feliz en mi locura que me ayuda a subsistir haciendo de estatua humana en Ciudad de México, en lugar de no parar de escribir, que es lo que a mí me gustaría. Pero no sé.
He pensado en contratar a un escribiente para que me corrija todo lo que no consigo escribir derecho, pero al ratito, cuando pienso en ir a buscarlo a su buró, me da tremenda hueva, mano. Así un día tras otro y yo sin haber escrito mi ópera prima, como Dios manda, buey.
Yo lo que quiero es expresarme, pero por mi oficio de estatua viviente, ¿cómo chingadas lo voy a hacer? ¡Por eso ando frustrado hasta la madre, cabrón!
Me refugio a menudo empedando. Tomo mucho ¿qué crees? Casi todo lo que gano me lo ando gastando en puro vicio. Me gusta el tequila bueno pero, como no tengo lana, me bebo el más barato que encuentro en el Oxxo. El hígado ya lo tengo tan inflado como un melón.
Cuando por la mañana me levanto en la pensión de doña Julia y comienzo a pintarme de plata, odio la pintura, la brocha...y lo mandaría todo a la chingada. Luego me voy a la puerta del restorán de un hotel, donde los ricos, que viven en las privadas y andan con chófer, acuden a desayunar.
Al chófer no lo invitan y este espera tirando piropos a todas las chavas que por allí pasan. Subido a mi pedestal, sin hablarles, les deseo que las sincronizadas o las enchiladas les sienten tan mal, que les hagan pasar tremendo ratito en el tocador. Pero, por lo que parece, mis maldiciones no les causan efecto y se regresan cada mañana tan ricamente.
Lo peor de todo es que este oficio de estatua me aporta mucho tiempo para pensar, buey. Pienso en novelas, que luego no sé ni cómo empezar, ni cómo escribir. He de reconocer que en la prepa siempre andaba expulsado. Cuando estaba dentro, mi única devoción eran las chavas. ¡Cuánto me gustaban! Pero eso era antes de darme cuenta que, debido al poco empeño que le pusieron mis padres, conforme iba creciendo mi fealdad iba en aumento, por lo que la única novia que me recuerdo fue en segundo de primaria.
Noelia era una güerita muy linda. Decía que yo era su novio, hasta que un día apareció por clase con unas lentes. Su madre la había llevado al oculista porque, al parecer, la niña se iba estrellando con todo y la cosa iba a peor. Ese mismo día, en el descanso, me abandonó como a un perro. ¡Cómo me dolió, buey! Se fue a jugar con Marcos, que era hijo de un policía federal de caminos. Marcos siempre decía que su padre tenía un revólver con el que, a la postre, terminó quitándose la vida, un día que se enteró de que venían por él. Alguien había hablado demasiado. Yo me alegré mucho, pero luego me fui a confesar con el padre Damián de puro remordimiento. Me perdonó. El padre Damián siempre quería que me apuntara de monaguillo. Decía que iba a ser muy bueno conmigo, que me iba a regalar no sé qué cosas, pero yo no me fiaba ni de mi padre.
Cómo iba yo a fiarme de mi padre, si siempre andaba pedo y madreándonos a todos. Eso fue hasta aquel día. Lo vi subir por las escaleras. Venía pedo como siempre. Pedo y meado venía el buey. Yo estaba jugando a un lado de la puerta y me retiré, dejando -por descuido- unos cochecitos de fierro, que mi padrecito pisó, lo que hizo que cayera escaleras abajo, partiéndose la cabeza como una nuez. El golpe sonó a hueco. En el suelo movió un poco sus piernas, pero al tantito dejó de hacerlo. Lo vi expirar.
En el entierro mi mamá lloraba más que cuando mi padre la golpeaba con el cinto. Sin embargo, yo no lloré. A la mera hora yo me sentía padrísimo, aunque esta vez no fui a contárselo al padre Damián, porque me quería meter a fuerzas de monaguillo y yo no quería.
Cuando estoy en mi trabajo de estatua plateada, lo único que hago es pensar en lo lindo que sería escribir todas las cosas que pasé y que nunca le conté a nadie, por pura pena. Nadie las conoce. Me gustaría contarlas, pero no sé, buey.
Quizás no sea bueno contar la causa que apartó al padre Damián de dar misa, o el motivo que provocó la anulación de la boda entre Marcos y Noelia la güerita, después de ser novios tantos años, cuando faltaban para el evento no más de tres semanas, o aclarar qué hago yo disfrazado de pirata metalizado y mi único oficio sea hacer de estatua en el Zócalo capitalino y rascarme los huevos con el garfio cuando nadie me mira. A veces, no sabes qué es mejor, buey: si callar las cosas o contarlas.
Así me va la vida. Pero lo que yo siempre he querido, lo que aún cada noche sueño, es ser un gran escritor. No sé si lo lograré. De momento, me conformo con ponerme pedo y que no me caguen mucho las palomas.

Relato perteneciente a mi libro: Momentos de ida y vuelta.
http://www.amazon.es/Momentos-ida-y-vuelta-ebook/dp/B006GGG09M

domingo, 23 de diciembre de 2012

Creatividad: Se venden tortugas a un euro


La creatividad es un valor. Nos permite cambiar y mejorar. Nos facilita distinguirnos de los demás. Nos abre puertas cada vez que la necesitamos. Ella nos espera ahí, agazapada e invisible, esperando que, cada uno de nosotros, le otorguemos el protagonismo que se merece. La creatividad es ese aliado silencioso que, por modesto y económico, la mayoría de las veces, permanece dormido en el cajón de nuestra rutina. 
Estas tortugas que compré esta mañana -a un euro la pieza- son un sencillo ejemplo de que aún se puede vender pan, a golpe de creatividad, en el siglo XXI. Esto me llevó a preguntarme: ¿Cuántos siglos llevarán los panaderos vendiendo pan? Pues a pesar de esos miles de años, la creatividad, en las manos de un buen panadero, todavía es capaz de marcar grandes diferencias. 
En el mercado tradicional al que suelo ir a comprar todos los sábados hay cuatro panaderías. Os puedo asegurar que ayer la que más llamó la atención del abundante público que abarrotaba la plaza fue la de las tortuguitas. Y las tortugas servían de reclamo perfecto para vender dulces de navidad, repostería, rosquillas, etc.
Cuando compré mis dos ejemplares felicité a la dependienta y le pregunté  que cómo iba la venta de ese tipo de panes. Me respondió que genial, que había hablado con su jefe y que, esa misma mañana, ya estaban desarrollando más diseños con otros animalitos.
Me gustó su sonrisa. Me agradó sentir la ilusión y la positividad que ese pequeño ejercicio creativo, por sí solo, había sido capaz de generar en aquella pequeña empresa de panadería y, lo mejor de todo, esa positividad me la llevé en mi bolsa.
En el coche, de regreso a casa, iba pensando en todo esto. Al llegar se las enseñé a mi esposa y esta esbozó una enorme sonrisa. ¡Qué cosa tan bonita! ¿Dónde las has comprado? -me preguntó.
Siempre lo he dicho: Lo que se hace con ilusión se recibe con ilusión.
Disfrutemos sin complejos de nuestra creatividad. Es gratis y maravilloso.
Atrévete a crear.

viernes, 21 de diciembre de 2012

Benditos clientes


En muchas ocasiones, los que nos dedicamos a algún tipo de actividad comercial, nos obcecamos en nuestra rutina, nuestros problemas y nuestras necesidades y dejamos de lado el objetivo prioritario de nuestros negocios, que no es otro que satisfacer a los clientes. 
Nuestros clientes -si es que fueran nuestros- nos buscan por todo aquello que les aportamos y que nos diferencia de nuestra competencia. Eso, a estas alturas, no es ningún descubrimiento pero sí lleva intrínseco el mensaje de que si no somos capaces de aportar valor a nuestra relación con ellos, está irá perdiendo todo su sentido y los clientes, poco a poco, se irán a buscar otras opciones que les sean más ventajosas y atractivas.
El trato al cliente es casi una religión. Desde que entra por la puerta de nuestro negocio, hasta que se marcha y, ahora, gracias a las nuevas tecnologías, incluso cuando está cómodamente sentado en casa, tiene que estar recibiendo, por nuestra parte, mensajes que sirvan para consolidar y aportar valor y credibilidad a esa vinculación emocional que les une a nosotros.
Los pequeños detalles marcan las grandes diferencias. Si obviamos esos detalles estamos disminuyendo valor y estamos convirtiendo esa visita del cliente en algo rutinario. 
Detalles tan obvios como la temperatura de nuestro negocio, la limpieza, la iluminación, el orden, el nivel adecuado de la música, nuestra uniformidad, nuestro rigor profesional y, lo que es más importante y totalmente gratuito: nuestra sonrisa, en multitud de ocasiones escasean o simplemente no forman parte de la cultura de muchos millones de negocios. Sin duda, esos negocios mediocres que abundan por todos lados, representan para nosotros una gran oportunidad de crecimiento.
Los mejores negocios de cada ciudad lo son por organizar su trabajo diario por y para sus clientes. Consiguen hacer de cada una de sus visitas una experiencia inolvidable; una experiencia en la que se sienten importantes y protagonistas, una experiencia en la que, en definitiva, alcancen a entender y valorar el sentido, la motivación y la calidad que se les ofrece.
Siempre que trabajemos con pasión conseguiremos apasionar a nuestros clientes.
Las personas somos emociones. A todos nos encanta la pasión.
¡Benditos clientes!

sábado, 15 de diciembre de 2012

Suerte


Soy un tipo con suerte. Todo el mundo me lo dice desde hace mucho tiempo. De hecho, en ocasiones, he sorprendido a gente restregándome décimos de lotería por la espalda con la ilusión de que les tocara el gordo. Pero el único gordo que les tocaba era yo. Otras veces, alguna mamá me ha traído a su bebé para que le librara del mal de ojo. Es lo que tiene ser un suertudo.
Quizás, por esa misma suerte que me persigue como una segunda sombra desde que tengo uso de razón, tengo la "suerte" de dirigir un equipo comercial que, pese a la crisis, sigue creciendo y disfrutando de su trabajo, y lo que es mejor aún, intentando ayudar en todo momento tanto a sus compañeros como a sus clientes.
Tengo la suerte de que mi equipo haya aprendido a trabajar disfrutando, creando, proponiendo y sobre todo, asumiendo el hecho de trabajar, no como una obligación, sino como una oportunidad de desarrollo, tanto personal como profesionalmente.
Nuria Manuel y Yolanda Huertas -las dos bellezas que me abrazan en la foto- son dos de mis grandes suertes. Son un ejemplo a seguir. Ambas han cubierto hace días los objetivos que consensuamos, a comienzos de año, demostrándonos a los demás que sí se puede.
Nuria y Yolanda encarnan a la perfección a esas personas incansables, que se entregan a su trabajo en cuerpo y alma. Siempre están ahí cuando se les necesita. Sus colaboradores se sienten afortunados de tenerlas a su lado y sus clientes las valoran como si fueran parte de su propia empresa.
En un entorno de crisis, económica y de valores, como el que, desafortunadamente, nos está tocando vivir, ellas son la prueba evidente de que sí se puede. Sí se pueden alcanzar las metas y sí se pueden alcanzar los sueños.
Es cierto, por qué negarlo, yo sólo soy un tipo con suerte. Eso sí, con mucha suerte.
Gracias Nuria.
Gracias Yolanda.

martes, 11 de diciembre de 2012

El asesino confeso de Papá Noel


- Oiga: ¿Es la policía? -preguntó un tipo con voz temblecosa al otro lado del teléfono.
-Así es. ¿En qué le podemos ayudar? -contestó una voz femenina desde la comisaría.
-Yo, desde bien pequeño, odio la Navidad, sabe usted. Siempre he odiado a la Navidad, al Corte Inglés y a los anuncios de juguetes. ¿Me entiende o no? -dijo el hombre elevando sensiblemente su tono de voz.
-Caballero, tranquilícese por favor, no a todo el mundo le tiene porque gustar la Navidad. Si lo que usted necesita es hablar con alguien le puedo pasar el número del teléfono de la esperanza, allí le escucharán y le ayudarán mejor que nosotros -le aconsejó la señorita.
-Hace un rato, serían la tres de la madrugada, escuché ruidos en el tejado. Me levanté, agarré la escopeta de caza que siempre tengo guardada debajo de mi cama -por si las moscas- y salí afuera a ver qué pasaba -explicó el hombre visiblemente excitado.
-¿Y qué sucedió? -preguntó la mujer de la centralita con sumo interés.
-Era el gordo. Ese cabrón vestido de rojo y con la barba blanca. Llevaba un saco a la espalda. Estaba trepando por mí balcón. Al verme dijo: ¡Jojojo! Y no pude evitarlo. ¡No pude!. Le pequé dos tiros y lo vi caer al suelo sobre la nieve.
-Pero dígame ¿Dónde ha sucedido eso?...¡Oiga!¡Oiga!...
Y el tipo que odiaba a la Navidad colgó el teléfono.

domingo, 9 de diciembre de 2012

Strawn & Moon en Bullas


A mi correo electrónico llegó una invitación del Ayuntamiento de Bullas para asistir a un concierto acústico de un dúo canadiense en el Museo del Vino de esa bonita localidad del noroeste murciano. Invité a unos amigos y nos fuimos para Bullas desafiando al clima con ganas de ver no sé qué y, eso sí, degustar unos vinos de la tierra que no tienen nada que envidiarle ni a Riojas ni a Riberas.
Vaya por delante que yo de música ni flores, y de vino tampoco, lo mio a pesar de tener 45 años, aún no sé muy bien lo que es. Sólo busco en la música, especialmente en los conciertos en directo, que me emocionen. Que los vibratos, los ritmos y las entonaciones me movilicen las tripas y, mis vísceras, revolucionadas, hagan fluir endorfinas que me dejen embobado como cuando un lactante mira la teta de su madre.
Y así me quedé yo: embobado, pero sin teta. Mis vísceras se conectaron mágicamente con la música que fluía a raudales de unas gargantas tan distintas como prodigiosas. Una toda fuerza y la otra toda dulzura.
Las canciones fueron cayendo, una tras otra, con versiones muy logradas y creaciones propias, a la par que nuestros pies se iban congelando y, con ello, aumentaba también nuestro deseo por degustar esos vinos a los que nos daba derecho nuestra entrada.
Cuando terminó el intimista espectáculo que nos brindó Strawn & Moon, los  sufridos asistentes nos agolpamos alrededor de unas botellas que nunca llegaban a abrirse lo que terminó por desesperarnos e hizo que pusiéramos pies en polvorosa rumbo al clásico restaurante Avenida donde, rascándonos el bolsillo, por fin pudimos disfrutar de una botella de Lavia Plus 2006.
Gracias Strawn & Moon y a los organizadores, para la próxima, un poco más de destreza por favor. ¡Nos deben unos vinos!

https://www.youtube.com/watch?v=EVRnXRK9Dwg

viernes, 7 de diciembre de 2012

¡El mundo no se acaba el día 21!


Confirmado. El mundo no se acabará el día 21 de diciembre como habían predecido ciertos brujos mayas, cuyo paradero, en estos momentos, se desconoce. De hecho, esta misma mañana, un grupo de ellos hacía un llamamiento a la calma asegurando que, donde antes decían que sí, ahora decían que no. Estos señores me han recordado a nuestro presidente Mariano Rajahoy que, donde decía lo blanco, ahora hace lo negro y pasar no pasa nada. Para tranquilizar a la población mundial sobre si se acaba el mundo o no, la NASA ha emitido un comunicado donde asegura, con meridiana claridad, que el mundo -y con él el bombo de la lotería de navidad- seguirá girando el día 22, y la gente continuará matándose, arruinándose y reproduciéndose con toda normalidad. 
En Bugarach (Francia), como no podría ser de otro modo, la noticia ha sentado como un jarro de agua fría. Los miles de nuevos vecinos que se habían empadronado en la pequeña población para salvarse de la hecatombe que se avecinaba, y que estaban aportando pingües beneficios a la municipalidad y los comerciantes del lugar, han comenzado a hacer las maletas y se disponen a abandonar el pueblo en los próximos días.
Según una información, aún por contrastar, el promotor inmobiliario Jean Poul Belmont se habría suicididado al mediodía, ya que desde que las primeras noticias sobre la suspensión del fin del mundo comenzaron a circular por todas las agencias de información, las cancelaciones de las reservas de chalet adosados se habían comenzado a cancelar en cadena y los directores de varias sucursales bancarias andaban buscando al infortunado promotor.
Ahora, al parecer, los mayas vaticinan una nueva era solar en la que la paz y el entendimiento entre las diferentes razas, religiones y pueblos será lo cotidiano. Lo que no dice la fuente es si esa aseveración la expusieron antes o después de fumarse una pipa de marihuana o beberse unos tragos de ayahuasca.
De cualquier manera estamos todos de enhorabuena. ¡Seguiremos sufriendo una nueva era!

jueves, 6 de diciembre de 2012

Frío


Con los cuatro pelos que me quedan en guerrilla, los ojos llenos de legañas y el sabor del café aún en la boca, siento frío. Para atenuarlo he prendido la calefacción, pero el frío sigue pegado a mí como una lapa. Leer la prensa digital me ha aportado más frío si cabe. Un frío invisible, penetrante y silencioso que actúa con premeditación y alevosía. Tras hacer un estudio pormenorizado de la situación, he decidido abrigarme los pies. Miró la calefacción y, en lugar de subir la temperatura, veo en la pantalla un triangulito de color rojo: ¡Alerta!. Esta rota. Caput. 
Me tumbo en la chaise longue y me echo por encima una manta polar. Por la ventana veo que los árboles se balancean en una danza incontrolada y arrítmica. Comienza a nevar. En principio sus copos caen sutiles, como pompas de jabón o como plumas que mece el viento, pero, poco tiempo después, la nevada se hace fuerte y la nieve cae desafiante como un vigilante jurado analfabeto atiborrado de anabolizantes en la puerta de una discoteca del extrarradio.
Envuelto en la manta, decido comprobar de nuevo si la calefacción se hubiera recompuesto por arte de magia, pero, en el intento infructuoso por buscar alguna solución, descubro que se ha cortado el fluido eléctrico, lo que me provoca una extraña sensación de angustia.
En un impulso infantil decido encender una vela. Su luz no calienta pero, por alguna mística reacción, reconforta y da esperanza. Mientras, como hipnotizado, sigo mirando como cae la nieve. Recuerdo que en un cajón de la cocina tengo una pequeña radio con pilas. Escuchándola, al menos, podré sentir la voz de algún locutor dando consejos contra el reuma o la artritis, o el infatigable anuncio -al que reconozco cierto grado de adicción- ofreciendo un maravilloso antical doméstico que ahora está de oferta y que con la compra de uno te regalan otro y un paraguas. Efectivamente, al minuto de conectar el transistor suena implacable el anuncio del aparato antical y, como cada vez que lo he escuchado durante los últimos quince o veinte años, siento unos deseos incontrolables de comprar el aparato, aunque sigo sin entender por que razón aún no he atinado a comprarlo con lo mucho que lo deseo y con lo poco que cuesta; más ahora que, en plena época de lluvias, te regalan generosamente un paraguas.
Comienza el noticiero. El locutor explica que una ola de frío glaciar nos ha invadido por sorpresa. También comenta que el suministro de electricidad se ha caído y que los técnicos todavía no se atreven a pronosticar cuando podrán subsanar la avería. Dice que el desempleo sigue aumentando de manera incontrolada y que, Mariano Rajahoy, nuestro adalid de la lengua díscola, ha sido ingresado en un hospital privado víctima de una angina de pecho.
La radio se ha quedado sin pilas al mismo tiempo que la vela se ha apagado. Me levanto a por cerillas y sólo queda una. Al intentar encenderla su cabeza de fósforo salta sobre mi bata de guatiné y me provoca un agujero. Ya no quedan cerillas. A tomar por culo la vela y la radio. Sigue bajando amenazante la temperatura. Decido ir a por otra manta y me pongo otro par de calcetines.
La nevada sigue cayendo. La electricidad continúa sin venir. La batería del portátil se acaba. Tengo que dejar de escribir. Fin.

domingo, 2 de diciembre de 2012

El artista y la modelo


El título de esta entrada, pese a ser idéntico al de una reciente película del director español Fernando Trueba, no tiene nada que ver; y no porque no me gustase la película, que sí me gustó, sino porque mi relato va por otros derroteros. 
Entre el artista y la modelo siempre existe cierta química, una especie de tensión sexual que despierta, o provoca, dependencia entre uno y otro. A veces, esa tensión viene dada por la necesidad de comunicar o transmitir una idea, un estilo, o una nueva forma de hacer, que nace de la mente del artista y se transmite, a través de sus manos, hasta la modelo y de ahí al mundo. Cada modelo -o cada cliente- es el punto de partida donde comienza o acaba toda creación.
La modelo (cliente) debe aceptar y transmitir, sin esfuerzo, todo lo que define a nuestra propuesta; aquello que nos hará grandes o, por el contrario, nos arrastrará a las más absurda y lamentable mediocridad. No existen modelos o clientes sobre los cuales nos podamos permitir no dar lo mejor de nosotros mismos, porque, cuando nos tomemos esa libertad, habrá comenzado   nuestra decadencia.
En todos los trabajos deberemos dejar patente nuestro estilo, nuestro nivel de autoexigencia y, sobre todo, nuestro saber hacer. Si actuamos así el éxito nos acompañará durante nuestra trayectoria hasta el final de nuestra carrera.
Todo el esfuerzo y todo el trabajo bien hecho imprimirá un sello de calidad que nos irá definiendo cliente a cliente, modelo a modelo, y proyecto tras proyecto.
Las grandes diferencias las encontraremos en los pequeños detalles, que por obvios, la mayoría de la gente se salta a la torera. Para ser de los mejores se  requiere, sin duda, de muchos factores, pero sobre todo se requiere decisión. Una única y gran decisión: luchar cada día por ser el mejor.
De ese modo, cada cliente -o cada modelo- se convertirá en nuestra mejor carta de presentación. 
Nuestro objetivo prioritario ha de ser siempre la calidad.
Lo peor, o lo mejor de todo, es que cuando hayamos conseguido implantar nuestro concepto o nuestro estilo se estará acercando el momento de cambiarlo todo una vez más. Entonces, no nos quedará más remedio que llamar con urgencia a la modelo de turno y todo el proceso volverá a comenzar de nuevo.

En la fotografía el genial estilista polaco Marcel Kaluszkiewicz trabaja con una modelo en Kiev (Ucrania)

sábado, 1 de diciembre de 2012

Arrebato solidario


Aturdido por las hostias que la realidad le había pegado esta puta semana, Lorenzo se levantó aquella mañana sin rumbo ni dirección. Lo único que tenía claro era que debía ir al mercado. Los churros con chocolate no fueron bálsamo suficiente como para que se recuperara de la peligrosa deriva mental por la que transitaba. Se olvidó en casa del dinero para la compra, por lo que tuvo que reducir sus intenciones e intentar comprar carne, pescado y algo de verdura con menos de 20 euros que le quedaban en su cartera. Lo único irrenunciable fueron los churros. La vendedora de la ONCE, a la que de manera incontrolada siempre acaba mirando la prótesis de plástico, que le hace las veces de brazo izquierdo, le miró sorprendida cuando rehuyó su ofrecimiento. ¡Qué llevo las mamellas que tanto te gustan! - le gritó la lotera. Qué malo es conocerse -debió pensar él. 
Se quedó sin mamellas, como yo me quedé sin abuela. La compra fue tan rápida como el orgasmo de un eyaculador precoz, y las bolsas, anoréxicas,  tan sólo acogían en su interior productos de bajo coste: casquería, morralla, tomates para freír -que luego serían para ensalada- y fruta tan madura que tan sólo serviría para puré.
Él compraba de esa forma por la gandulería de no volver a casa a por el dinero, ya que en los mercados tradicionales aún no se puede pagar con tarjeta de crédito y desde joven sufre una alergia incomprensible hacia los cajeros automáticos,  pero eso le sirvió para fijarse en algunas personas que iban, puesto tras puesto, peleando por los precios o, inclusive, proponiendo ellos la oferta: 
-¿Sí me llevo un kilo de tomates y otro de judías verdes, me podrías regalar alguna patatica fea que tengas por ahí? -le proponía una señora al verdulero.
Algunas pedían algo de comida, directamente, en los puestos del mercado:
-¿Me podría dar algo de carne para mis hijos? -Llevamos muchos días sin probar la carne -suplicaba la señora.
-Dale un pollo a esta señora que yo se lo pago -dijo Lorenzo en un arrebato de solidaridad prenavideña.
-¡Qué Dios se lo pague, buen hombre! -respondió la mujer con lágrimas en los ojos. ¡Qué Dios le bendiga! -volvió a agradecerle ese pequeño gran gesto.
Ya sin dinero, Lorenzo sintió como su mente se había despejado. La nebulosa mental que le mantenía secuestrado aquella fría mañana, se disipó dando paso a una extraña sensación de felicidad y se olvido, de repente, de lo dura y jodida que había sido la semana que ahora estaba llegando a su fin.
Mientras caminaba hacia su coche de alta gama, Lorenzo pensó en lo felices que serían aquellos niños, al mediodía, con ese guiso de pollo, y él, también, inesperadamente, se sintió feliz.
La solidaridad es un gran desatascador mental. Qué pena que no la usáramos más a menudo.

martes, 27 de noviembre de 2012

Mi competencia era yo


Llegó un momento que dedicaba demasiado tiempo a buscar escusas o culpables de todo cuanto me acontecía. Si mi negocio recibía menos clientes que el mes anterior enseguida buscaba la justificación en los precios de los negocios de alrededor: ¡Estarán haciendo alguna oferta que han fastidiado mis ventas este mes!. También las buscaba en la falta de implicación de mi equipo, en la climatología -este mes ha llovido mucho-, y, por supuesto, en la situación económica. En ocasiones también me planteaba que la culpa la podían tener los productos que ofrecía: ¿Necesitaré alguna marca más?  -me planteaba. ¿Quizás la que tengo es demasiado cara o, tal vez, demasiado barata?. Todo eran dudas...
Todas estas cuestiones me estaban agobiando. Llegué a sentirme bloqueado. No era capaz de distinguir con claridad qué tenía que hacer, ni qué decisiones tomar, para mejorar mi situación.
Hasta que un buen día me invitaron a asistir a un curso de gestión y fui capaz de descubrir, por mi mismo, que la mitad de las tareas clave para que una pequeña empresa funcione bien, yo no las estaba teniendo en cuenta. Llevaba dirigiendo mi empresa durante años a golpe de intuición.
Sobre todo me llamó mucho la atención la importancia que el curso le imprimía a la relación con los empleados. En esa charla se hablaba de que los empleados son más importantes que los propios clientes y que todas las iniciativas que nos planteemos para mejorar la atención, el servicio, o las ofertas hacia los clientes, funcionan mejor cuando son consensuadas y entrenadas, previamente, con las personas que las van a poner en marcha. De no ser así, los cambios y las posibles mejoras, en ocasiones, no son bien recibidas por nuestro personal y, por lo tanto, los resultados que obtenemos no responden ni a nuestras expectativas ni a nuestras necesidades.
Otra cosa que me sorprendió fue la idea de cambiar las promociones y las ofertas cada dos meses y que cada cambio en este sentido, fuera acompañado de un cambio en los incentivos que recibe mi equipo. ¡Cambio de promociones, cambio de incentivos! Estoy seguro de que eso va a provocar más ventas, ya que antes, tengo que reconocer que pasábamos más de seis meses con las mismas ofertas. 
También me gustó mucho la idea de cambiar los escaparates cada dos meses. Eso me hizo pensar que mi negocio -también cada dos meses- se va a transformar como un Ave Fénix. Cada dos meses realizaré reuniones de formación interna en base a las nuevas promociones y los nuevos menús de servicios, revisaré los resultados para medir la eficacia de las acciones y realizaré cambios en el espacio de tienda para que el cliente, al llegar a nuestro negocio, siempre reciba mensajes distintos que la visita anterior.
Ahora tengo muchas ganas y muchas ideas que cambiarán mi realidad.
Aunque me cueste reconocerlo, en ese pequeño gran curso, me dí cuenta de que mi principal competencia era yo.

domingo, 25 de noviembre de 2012

¿Cómo vender tomates raf?


¡Te voy a poner el culo como un tomate! -Me decían de pequeño por mis continuas travesuras. ¡Vete a coger tomates! -le dijo una clienta, toda enojada, no conforme con las explicaciones que le ofrecía una compañera por teléfono. Pero por mucho que los buscó la pobrecita, tomates como los de la foto, no consiguió encontrar en ningún sitio. El tomate raf es el Rey de los Tomates como Tarzán fue el Rey de la Selva. Lo peor: ¡Su precio! si los encuentras por debajo de los seis euros el kilo ya es una suerte. Sin embargo, aunque puedan parecer caros, personalmente prefiero comerme uno de estos a un kilo de los otros.
El bodegón me ha quedado muy vistoso. ¿A cuántos de ustedes no se les ha hecho la boca agua tan sólo de contemplarlo? La vista es la que trabaja. Lo que entra por los ojos ya adquiere mayor o menor grado de deseo y, por lo tanto, ya lo necesitamos. 
¿Qué nos faltaría para poder venderlo con facilidad? Pues poner en lugar visible un cartelito con su precio: ¡Oferta! 5.50 €/kilo. Esto, sin duda, nos ayudará a vender un kilito de tomates a mucha gente, sin embargo, a otras muchas personas les harán falta otro tipo de estímulos. Para ellas podríamos diseñar una receta muy sugerente, cuyo principal ingrediente sea el tomate raf, y colocarla cerca de los tomates con una fotografía de la ensalada ya terminada.
A determinadas horas, podríamos cortar unos cuantos tomates en trocitos y darlos a probar a todos los que visitaran nuestra tienda. También podríamos hacer un gran póster con la fotografía, incluyendo su precio y un eslogan sugerente: Prueba el Tomate Raf, el Rey de los Tomates a tan sólo 5.50€/kilo.
Con todas estas recomendaciones, estamos seguros que las ventas en tomate raf se dispararían, pero:¿Qué ocurriría con el resto de los productos? Buena pregunta, sí señor. El resto de los productos, especialmente aquellos que necesitamos desplazar, los vincularíamos a una segunda propuesta y, esta segunda propuesta, en el caso de conseguir venderla, tendría un premio adicional para nuestros colaboradores.
¿Señora tengo unos caquis de la Huerta de Murcia, que están más dulces que el almíbar, le pongo un kilito? Están de oferta a 2 € el kilo. De los 7.50 € de las dos ventas -el kilo de tomates más el kilo de caquis- el empleado se llevaría 0.5 € de comisión
La venta es algo más fácil de lo que pensamos a priori por una sencilla razón, todo el mundo tiene necesidades que cubrir: todo el mundo come, se baña, se viste, usa calzado, se cuida el cabello y se cepilla los dientes. ¿Cuantos productos y servicios demandamos a diario? Todos esos productos o servicios los adquirimos casi sin esfuerzo, sobre todo en aquellos lugares donde sabemos que los podemos conseguir al mejor precio, con la mejor calidad, con el mejor consejo y con la mejor de las sonrisas. Si somos capaces de ofrecer lo que la gente necesita, al precio que está dispuesta a pagar sin esfuerzo y con el consejo y la recomendación profesional que nos debe caracterizar, la venta deja, mágicamente, de ser algo difícil y desagradable para convertirse en algo cotidiano y satisfactorio. 
Lo verdaderamente difícil sería vender tomates a precio de caviar, sobre todo porque, ahora, casi nadie se lo podría permitir.
Sugerir es un placer. ¿Ustedes gustan? 

jueves, 22 de noviembre de 2012

¡Aleluya! Por fin soy trending topic


Hoy sigo siendo una anacoreta del blogger pero un poco más feliz que de costumbre. Ayer batí todos mis récords de visitas y eso, por un lado, me hace feliz y, por otro, me hace sentir una enorme responsabilidad. Nunca había conseguido más de 450 visitas en un día, rara vez había conseguido sumar siete comentarios, y, para rematar el pastel, se ha sumado una nueva seguidora, y especifico seguidora porque la gran mayoría de la gente que sigue mi blog, si es que alguien lo sigue en realidad, son mujeres.
He pensado aprovechar esta oportunidad para comenzar a publicar con asiduidad pequeños artículos de gestión de pequeña empresa, no estableciendo dogmas ni ortodoxia, sino planteando reflexiones que permitan al lector visualizar nuevos escenarios de desarrollo y evolución para su pequeño negocio.
Siempre me gustó la pequeña empresa. En el fondo sigo siendo el mismo camarero de barra de bar que fui siempre. Me apasionaba mimar a mis clientes, hacerles felices, ofrecerle lo mejor y cobrarles lo justo.
Tengo muchas cosas que contar, muchas experiencias que compartir, mucha oreja que ofrecer y muchas ganas de ayudar. 
Hace mucho que comprendí que disfruto mucho más de los éxitos de los demás que de los míos propios, en el fondo, yo soy una persona muy exigente conmigo mismo, por eso nunca considero un éxito nada de lo que hago, cosa que, curiosamente, sí consigo cuando ayudo a los demás a conseguirlos los suyos.
Como ven sigo siendo el mismo anacoreta, en blogger o en facebook, a donde todo el mundo me anima a que me meta. Aunque yo no lo tengo muy claro.
Yo soy como aquel niño que quería ir al circo:
-Papá, Papá, llévame al circo.
-No, Pepito, quien quiera verte, que venga a la casa...

miércoles, 21 de noviembre de 2012

¿Cómo saldrá adelante mi pequeña empresa?


Corren tiempos oscuros y sin ilusión. Nos estábamos entrenando para la opulencia y ahora nos toca jugar el partido en el terreno de la escasez. Nada en lo que creíamos era verdad. Caímos víctimas de una red urdida por ingeniosos financieros araña que ahora se relamen y gozan en una especie de orgía donde el abuso forma parte del placer. En esta jungla de difícil comprensión surgen héroes, personas que encuentran caminos donde los demás sólo ven oscuridad, visionarios que, a golpe de intuición, consiguen avanzar mientras todo el mundo, espantado, retrocede.
A esos que estoicamente aguantan el envite de la hostilidad de los mercados, frente a los indefensos consumidores, se les teme. Se convierten en nuevos líderes capaces de tumbar los argumentos perniciosos que esgrimen los delfines de los usureros, cuya única función es seguir justificando y sosteniendo a los verdugos.
Esos gladiadores cotidianos son la ilusión y la esperanza de los que hoy se sienten derrotados; abanderan el sí se puede, como prueba evidente de que es posible vencer aún en tiempos que pintan bastos.
Los héroes de hoy no llevan el calzoncillo por fuera, ni un escudo con una estrella de cinco puntas, ni unos leggins de color azul, tan sólo levantan la persiana de su negocio, reciben a la mitad de los empleados que tenían hace cuatro años, se desfondan de tanto pagar impuestos, e intentan aguantar la vela de sus negocios haciendo filigranas de gestión dignas de la Facultad de Economía de la Complutense. 
Las soluciones son tan sencillas que, por modestas, no las alcanzamos a ver. 
El ejercicio práctico que propongo es sencillo:

1-Mira fijamente a tu cliente.
2-Escúchale.
3-Adapta tu negocio a su realidad.
4-Abandera la calidad.
5-Diversifica y flexibiliza tu oferta.
6-Piensa que todo se puede hacer de mil formas distintas.
7-Cambiar no significa una derrota sino un acto de madurez.
8-Disfruta del trabajo y de la maravilla de tener clientes.
9-El mayor activo de tu pequeña empresa es tu equipo.
10- Lucha por ser el mejor.

Soy de los que piensa que sí se puede. Sé que sí se puede porque me he dado cuenta de que trabajando el doble, sí se puede. Poniendo más tesón y dedicación, sí se puede. Apoyando más a nuestros colaboradores, sí se puede. Y siendo ágiles y dinámicos en la toma de decisiones, sí se puede.
La gente tiene que saber que, aún en tiempos difíciles, las oportunidades siguen intactas para el que las busca y, sobre todo, para quien está dispuesto a luchar para conseguirlas.
Con recortes y reajustes es muy difícil crecer y crear empleo, los avances se lograrán mediante la ilusión y la creatividad. Lo que nos servía ayer ya es pasado y del pasado nadie puede comer.
Atrévete a cambiar. Sí se puede: ¡Vaya que sí se puede!

domingo, 18 de noviembre de 2012

Oppenheim, de nombre Dennis


Días pasados visité una exposición temporal en el Palacio del Almudí de Murcia. Mi hígado enfermizo, nada más sobrepasar el umbral de la puerta automática, se puso en estado de máxima alerta. Aquellas extrañas esculturas y esos cortos mensajes escritos sobre fotografías aéreas, de Dennis Oppenheim -que me recordaron al libro "El mapa y el territorio" del escritor francés Michel Houellebecq- provocaron que mi víscera se convulsionara como un enfermo inconsciente en la Unidad de Cuidados Intensivos, en un hospital de Katmandú, después de haber ingerido una caja de valium 10. Una vez se hubo normalizado mi situación, cosa que comprobé al no ver nada extraño en el rictus de la azafata que me saludó; decidí dejarme enganchar por el difunto yanqui -víctima de un cáncer de hígado- después de haber intentando poner bocabajo al mundo, en una estética muy personal con la que ha pasado a los anales de la historia del arte contemporáneo.
Mi mente quedó secuestrada por mensajes tan simples en inglés que hasta yo mismo podía traducir: love, kisses, forever, always... 
Todo iba relativamente bien hasta que me tropecé con tres serpientes entrelazadas que me miraban desafiantes. Las veía danzar como lo hacen las cobras cuando un indio en gayumbos toca la flauta. Como yo no tocaba la flauta, ni la gaita, ni la armónica,  ni iba en gayumbos, pensé que aquellos maléficos ofidios estaban reconociendo el olor característico de los que padecemos del hígado y aquello, con toda probabilidad, las irritaba. Les debí recordar a su difunto creador; aquel que las había hecho de plomo y les había atado, hasta la eternidad, por sus tres colas. Me retiré asustado. Pude comprobar que la azafata seguía leyendo 50 Sombras de Grey y mostrando un escote que enloquecería hasta a un castrati del Vaticano y por el que yo hubiera dado hasta el do de pecho.
Al encontrarme algo aturdido, decidí poner fin a aquella impresionante exposición. Al salir a la puerta a tomar aire fresco, me tropecé, por enésima vez, con una gorda del escultor murciano Antonio Campillo; sus gordas te las encuentras últimamente por cualquier rincón de la ciudad. La Venus en bicicleta me sonrió y movió sus piernas de bronce como para imprimir velocidad a su eterno paseo congelado. Mi hígado se inflamó, ipso facto, como un globo de gas de Bob Esponja.
Posteriormente en un acto reflejo que no pude contener, intenté volcar a la gorda para ponerla bocabajo, en un duelo que, visto desde lejos, podría haberse confundido con un combate de sumo, al igual que hacía Oppenheim con sus edificios-esculturas, y ahí fue donde sucedió lo peor. Al instante, un policía municipal de tamaño XXL Plus, salió de la sala de exposiciones e intentó reducirme para que cesara en mi empeño de voltear a la gorda de bronce, de tal modo que, en un acto reflejo, intenté voltearlo a él también.
Cuando en la Comisaría de Policía me pidieron explicaciones sobre mi  delirante comportamiento, no creyeron mis argumentos y, por suerte para mí, me dejaron por loco.
Para que luego digan que ir a los museos es muy aburrido.

sábado, 17 de noviembre de 2012

Palabras de domingo


Cuánto me gustaría poder acariciar a las palabras. Me encantaría mimarlas como a un niño de teta y mecerlas hasta dejarlas dormidas en una relajación temporal que para mí quisiera. Les debo ese trato por puro agradecimiento -es de bien nacido ser agradecido- y yo agradezco todo lo que las infinitas palabras hacen por mí. ¿Qué sería yo sin ellas? Sin las palabras, o las palabritas, o las palabrotas, o las palabrejas... ¡bonitos palabros!.
Llevo años buscando en ellas las respuestas a mi existencia, a mis posturas e imposturas, a mi lógica y a mi locura, como un arqueólogo en busca de no sé qué. 
El otro día mi amiga Libertad, una señora de León (Guanajuato) que tiene mucha ciencia, me regaló una expresión que valoré diez veces más que si me hubiera regalado una réplica de sus famosas momias o un bote de chiles jalapeños en adobo.
Yo, tan erudito de supermercado como de costumbre, le mostraba uno de mis cursos de motivación con el mismo orgullo que un niño muestra a su padre el dibujo que acaba de pintar. 
Al finalizar mi exposición, ella me reclamó:
-¿Podríamos volver a la primera página? -escribiste una palabra de domingo que no alcanzo a comprender.
-¿Cómo dijiste, Libertad, palabra de qué? -le pregunté al intuir el significado de tan prodigiosa frase.
-¡De domingo! palabra de domingo -me repitió ella con naturalidad. Así decimos en México cuando alguien habla con palabras rebuscadas que, en ocasiones, ni él mismo entiende -matizó la del Bajío.
Sin poder remediarlo, mi mente viajó hasta mi infancia en la que mi abuela Mercedes, todos los domingos por la mañana, me bañaba, me perfumaba y me repeinaba. Después yo bajaba a la calle orgulloso y limpito, vestido de domingo y me ponía a dibujar en el portal.
Desde entonces sigo enamorado de esa dominguera expresión que me acarició el oído. 
Les doy mi palabra de honor. ¿Palabra de honor?...

sábado, 10 de noviembre de 2012

Otoño de menbrillos


Aunque haya gente que pueda pensar lo contrario, los membrillos tienen su cosa. Su sabor es áspero y muy particular. Dentro de la escala de sabores contemporáneos hasta podrían resultar desagradables a la hora de comer en crudo. El membrillo, por consiguiente, es una fruta al borde de la extinción, como un celacanto amarillento que surge cada otoño en los márgenes de las acequias, de la también denostada Huerta de Murcia, aportando una nota de color plagada de nostalgia.
Los membrillos, como Linneo, ya serían historia si no fuese por su utilidad como astringente. No, no se confundan: Carlos Linneo no fue un antidiarreico sino un botánico, como la copa de un pino, que sabía hacerse perfectamente el sueco, más que nada por ser de Suecia, aunque, por razones obvias, a mi siempre me han gustado mucho más las suecas.
Frente a las diarreas: ¡membrillo!, decían nuestras abuelas. Mucho membrillo.
Este bodegón lo encontré ayer en el Restaurante Rincón Huertano, junto a otros bodegones de calabazas de distintos tamaños y formatos.
Hoy, el membrillo tan sólo sería un recuerdo de la historia de la botánica sin el auxilio de la remolacha. A ella le debe todo lo que es y el tubérculo, humildemente, le cede con elegancia y pulcritud todo el protagonismo. 
Días pasados, coincidiendo con el día de muertos, o de todos los santos, o como quiera que le llamen a esa festividad religiosa, cuya única finalidad fue imponerse a otras anteriores de origen pagano, compré carne de membrillo. El cartel lo anunciaba así: ¡Tenemos en oferta la carne de membrillo! Arrastrado por el marketing, de manera impulsiva, compré un cuarto de kilo.
Mientras lo degustaba, pensé: ¿Qué sería hoy del membrillo sin el azúcar?
En ocasiones, es fácil confundir la realidad. Si únicamente focalizamos la atención en lo que vemos, podríamos perder la objetividad de lo que intentamos interpretar. Lo mejor de un libro o de un relato es siempre lo que no se lee.
La carne de membrillo o el dulce de membrillo, como le queramos llamar, sería una mierda insípida sin el azúcar. Como dijo Linneo: "Si ignoras el nombre de las cosas, desaparecerá también lo que sabes de ellas".
Y para que eso no suceda, ahí están ellos, chupando cámara, a tutiplén, como intentando que no nos demos cuenta de que, sin el azúcar, tendrían los días contados.

domingo, 4 de noviembre de 2012

Ojo que cae


Huyendo de las palabras me he vuelto a refugiar en las imágenes. En esta mañana lluviosa mi lado plástico se ha impuesto al literario. Otro arrebato me ha empujado nuevamente, a las tijeras y al pegamento, como si las olas arrastraran de mí, cual naufrago, hacia una desconocida orilla.
Días atrás, un taxista de México D.F. me dijo que los jóvenes siguen inhalando pegamento: "van con su mona". Quizás se ven un poco menos que antes, pero vaya que sí se ven. A mí "la mona" que es mi ansiedad, me da por recortar y pegar, aunque después, de forma incontrolable, recurro a las palabras como un recurso plástico en una fusión artística, angustiosa y muy particular, que produce como resultado un microrelato visual.
En realidad, muchos de mis collages son auténticos jeroglíficos, mensajes en clave que, en ocasiones, ni yo mismo alcanzo a comprender. Surgen, espontáneos, sin premeditación, como en los montes surgen las setas en otoño, o como regresan las golondrinas cada año en los balcones sus nidos a colgar, como apuntaría Bécquer, si el enfermizo poeta levantara la cabeza.
Hace tiempo que no recurría al collage como medicina para atenuar mi ansiedad, pero hete aquí que, una vez acabado y leído el mensaje que, inconscientemente, mis manos han depositado sobre esa cartulina negra, mi ansiedad se ha multiplicado exponencialmente.
Ojo que cae. ¿Qué es lo que cae?: ¿El ojo?, ¿Unos caballos expulsan a otro caballo?, ¿La caída del caballo?, ¿Se cae España?, ¿Se cae el sistema financiero? o, quizás,más fácil aún: ¿Me estaré cayendo yo...? 
Mi último psicoanalista se suicido clavándose unas tijeras después de haberse comido los collages que le llevé a su consulta. En la autopsia los encontraron todos en su estómago. No es para menos. Durante el sepelio, mientras todos lloraban, yo me sentí orgulloso. Miré a los familiares con la supremacía con la que un verdugo mira a la concurrencia de una ejecución. Me vine arriba y pensé en visitar, el próximo lunes, a otro psicoanalista llevando conmigo, bajo el brazo, un buen montón de estos malditos collages. Mientras me veía como un gran asesino en serie, pasando a los anales de la historia policial, escuché, entre sollozos y suspiros, a una anciana que decía:
-Se lo dije una y mil veces y no me hizo caso. Manolo, Manolin, no compres tantos apartamentos, por favor. Pero nada: como el que oye llover. ¡Ay, mi Manolin! ¿Qué necesidad tenías tú, con el buen dinero que ganabas con tus loquitos?
Eso es lo que menos me gustó. Ni tan siquiera fui el culpable del suicidio de mi psicólogo con la ilusión que me había hecho.
¡Uff! Lo mio va a peor. Por si las moscas, no miren mucho el collage. Al parecer, no es recomendable para la salud.


jueves, 1 de noviembre de 2012

Efecto smog


No sé si alguno de ustedes habrá sufrido, en alguna ocasión, los efectos alucinógenos del smog. Yo sí. Fue ayer en el taxi. Iba desde el Holiday Inn Suites al Centro de Convenciones Banamex. La Ciudad de México se había despertado como siempre, caótica. El tráfico estaba como todos los días, imposible. Un olor a tubo de escape inundaba el aire hasta el punto de sentir su sabor. Como diría un sumiller: "entra fácil y dulzón por la nariz, pica en lengua y deja un fuerte y característico regusto carbónico en boca".
Mis intestinos se retorcían incontrolados. Me sentí mareado. Pensé que era el desayuno. Bajé la ventanilla en busca de aire fresco y lo único que conseguí fue tragarme una colosal bocanada de humo procedente de un camión de los años sesenta que transportaba basura contemporánea de redomado estilo hiperrealista. Ahí fue donde, al parecer, perdí el control de mi conciencia, si es que alguna vez la tuve.
-Oiga jovenazo -le dije al taxista que debería contar con más de setenta años ¿Usted cree que el smog es tan alucinógeno como la marihuana?
-Claro que sí. Yo ando drogado todo el día, pero no me parece mal. Creo que eso nos hace aguantar mejor la chambeada, mi jefe -dijo el chófer.
-Pues no sé si será el smog, o la altura a la que está esta ciudad, lo que no me deja dormir. Todos los días a las cinco de la mañana me despierto y luego paso todo el día hecho un perro -le comenté al taxista, sin poder contener mi compulsiva conversación con aquel septuagenario al que acababa de conocer.
-¿Y qué hace despierto a esas horas? -me preguntó el taxista.
-Primero respondo todos los correos que llegan a mi BlackBerry. Cuando termino de agilizar el trabajo, siento la horrible duda entre si avanzar con mi novela, escribir un relato o ponerme a leer -le expliqué al señor.
-Eso no es un problema, mi jefecito. El problema lo tengo yo. Me despierto a las cinco de la mañana, veo a mi esposa en la cama de ladito y me dan unas ganas locas de levantar el camisón, hacerle el amor y no puedo mi cuate -me confesó apesadumbrado el taxista.
-¿Por qué no? Si no es mucha indiscreción -le pregunté, profundizando en aquella reveladora conversación.
-¡Ay mi patrón! Si me arrimo no más un tantito mi vieja me mata. Desde que descubrió que andaba con una chamaca jovencita no me deja ni que la toque wey -exclamó el taxista visiblemente afectado.
-Es normal, su señora debe estar bien enojada. Tiene suerte si aún le deja dormir en la misma cama -le contesté.
-Claro que es normal, por eso, cuando salgo de la casa, antes de ponerme a manejar todo el día, paso por mi capillita mientras que anda clausurada mi catedral. ¿Usted no haría lo mismo? -preguntó el señor a la espera de mi conformidad.
-Sin duda joven. Eso no hay santo varón que lo aguante -le respondí demostrándole mi apoyo incondicional. Debe estar usted sufriendo mucho.
-Mucho mijo, ni se imagina. ¡Llegamos al Banamex, señor! Por cierto ¿De qué va la expo? -preguntó el buen señor.
-De belleza, caballero. Trabajo para una compañía española de cosméticos -le expliqué.
-¡Orale! Usted se la debe pasar siempre rodeado de lindas chamaconas. Pues deje usted la escritura, mi jefe. Total si ya nadie lee. Aproveche el tiempo, que la vida son dos días. Si yo estuviera en su lugar no abriría ni un libro -comentó el taxista mientras sacaba mis pertrechos del maletero.
-Ya quisiera yo llegar a su edad con la vitalidad que tiene usted -le dije por agradar, mientras le pagaba ciento ochenta pesos por el transporte más veinte de propina.
-Muchas gracias. Si tiene un minuto le contaré mi secreto -me dijo al oído agarrándome por el brazo.
-Si es sólo uno sí, tengo algo de prisa -le respondí.
-El secreto es familiar. Mi abuelo, que era de Tabasco, se lo confió a mi padre y mi padre a mí. Ojalá y los tenga diosito en la gloria a los dos. La cuestión es que me bebo un vasito de mi propia orina todas las mañanas en ayunas. ¡Mano de santo! Pruebe usted y verá como llega a mi edad hecho un chamaquito. Se acordará de mí toda su vida -me aseguró mientras se despedía.
Después, mientras subía por unas interminables escaleras mecánicas rumbo a mi stand, no dejé de preguntarme si todo esto no habría sido, tan sólo, una alucinación por golpe de smog.
Tengo mis serias dudas.

sábado, 27 de octubre de 2012

El péndulo


Bonito y sonoro nombre: El péndulo. El torbellino que es mi vida hoy me arrastró hasta aquí. Me duele comprobar como la hostelería, en cada viaje que hago a México D.F., le gana más terreno a la librería. La cultura vende menos que los huevos estrellados con café americano.
Pero yo, como soy más raro que un perro verde, me he comprado un libro de un portugués titulado: La máquina de hacer españoles. Suena bien.
Salgo de este templo de los libros y, a dos pasitos, en la misma calle Londres, pido un cortado en un Starbucks y se me quedan mirando como si hubiese nombrado al diablo.
Al final, mientras decido si comenzar el libro o escribir algo en la BlackBerry, saboreo el café y reflexiono, sobre este mundo y el otro, sin llegar a ninguna conclusión que sea capaz de cambiar el rumbo de la historia. Ni tan siquiera de la mía. Como el señor que pasa una fregona ennegrecida por el piso, o el aparcacoches que ruega por un pesito a una señora de fotonovela que acaba de aparcar en la acera de enfrente, o la joven chilanga que me ha servido el café.
Todos iguales y, sin embargo, todos nos sentimos distintos. Todos tan diferentes y, al mismo tiempo, tan parecidos.
Al otro lado del charco me espera mi mundo, mi familia, mi casa y mi máquina de café. Mi vieja Saeco sí me entiende, y me agradece cada día que no la abandone por una moderna pastillera de Nespresso. No lo haré, vieja amiga, no tengas miedo, soy un hombre con principios.
Valter Hugo Máe me ha acompañado esta mañana a tomar un cafecito y ni tan siquiera se habrá enterado, tal vez seguirá haciendo españoles con su máquina.
Son las cosas que tiene la literatura. Magia. 

viernes, 26 de octubre de 2012

Maldito sea Dostoievski


No tengo muy clara la razón por la que casi siempre me gustan más los escritores que reciben el Goncourt que los que se trincan el Cervantes. Nunca había leído a un afgano y bendita la hora en la que se me ocurrió hacerlo.
Los afganos viven el siglo XXI anclados en la Edad Media, de eso ya nos llegan, de vez en cuando, noticias a occidente, casi siempre marcadas por la violencia de la guerra y de unas leyes religiosas que no tienen problema alguno en lapidar, amputar, ahorcar, o dar cincuenta latigazos en la plaza del pueblo. Y de las mujeres y los burkas mejor ni hablar.
A toro pasado a nosotros nos suena algo extraño y salvaje que los religiosos impartan la justicia y el tormento, cuando la Santa Inquisición, por estos lares, no jugaba un papel muy distinto a esto. Lo bueno -en nuestro caso- es que la Iglesia ya no nos puede juzgar, ni torturar, ni quemar en la hoguera, tan sólo nos puede criticar desde sus pulpitos -con muy escasa audiencia, por cierto- y ponernos tibios en sus medios de comunicación.
Las religiones son tan peligrosas como las banderas.
Pero, perdónenme mis queridos y escasos lectores, los que tuvimos la desgracia de que nos llevaran a un colegio de curas pagamos nuestros traumas de por vida y, de algún modo, nos tenemos que desahogar. Qué necesidad tenía un niño de nueve o diez años de realizarse las siguientes preguntas: ¿Por qué los curas hacen todo lo contrario de lo que dice la Biblia? ¿Por qué Jesucristo era tan bueno y estos cabrones son tan malos? Como niño inocente que era, no entendía absolutamente nada. Pero me desengañaba.
¡Vaya que sí me desengañé!
Maldito sea Dostoievski, del escritor Atiq Rahimi y editado por Siruela, es un libro inquietante y reflexivo que sabe trasladar, entre sus páginas, la esencia del pensamiento oriental y la cruda realidad de un país eternamente en guerra. En su relato, el amor convive entre obuses, y lo absurdo se contrapone con una visión contemporánea y crítica de su protagonista hacia una sociedad a la que rechaza tanto como ama.
El libro merece la pena y es fácil de leer.

sábado, 20 de octubre de 2012

Lluvia


Cuando llueve me resulta más fácil escribir. La inspiración fluye por mis dedos a la misma velocidad que el agua, que cae del cielo, se pierde por lúgubres desagües. Mis venas, sin poder evitarlo, se conectan a esa precipitación divina y misteriosa de agua que da vida por pura generosidad. Hoy llueve a un ritmo pausado y elegante. Las gotas, al caer, dibujan en el suelo ondas expansivas cuya tenue vibración, al parecer, sólo percibimos unos cuantos elegidos. Y cuando esto sucede, los dedos se convierten en atletas olímpicos y se lanzan sobre la superficie infecta del teclado a componer mensajes en clave, que, en ocasiones, inclusive el propietario de esas falanges es incapaz de interpretar con la debida solvencia.
La mágica conexión perdura durante la llovizna, como un orgasmo, como un éxtasis o como una levitación. Sensaciones de difícil descripción, donde se conjuga lo divino con lo humano. Ese místico hilo conductor que une cielo y tierra es la lluvia.
Pero la lluvia es más que romanticismo porque es vida y, en la vida, todo no es de color de rosa. La lluvia, como nuestra propia existencia, es dulce y amarga; ofrece vida a borbotones o la arrebata de cuajo sin ningún remordimiento.
Hoy, por fortuna, el agua cae despacio, tranquila, predecible y sin violencia. Inspiradora y no ejecutora. Benefactora y no castigadora. Solemne y no terrible.
Cuando llueve, no soy yo quien escribe. Quizás, la conexión con el más allá, entrega mis débiles manos a escritores que, olvidados por el tiempo, ansían escribir como una forma desconocida de resucitar mientras cae la lluvia. 
Fruto de esa ansiedad, hoy nacen estos párrafos de difícil comprensión y muy dudosa calidad. Alguien ha pretendido hablar a través de mí, y yo, con toda seguridad, no habré sabido trasmitir su soledad.

jueves, 18 de octubre de 2012

Un perezoso en el Aeropuerto del Prats


Mientras aterriza un avión de Air France y despega otro de Vueling, vampirizo la corriente de un enchufe para poder seguir escribiendo. A decir verdad, últimamente escribo impregnado de escepticismo y mis lectores me exigen más acción, más humor, más sexo, más chispa, y yo, como un perezoso agarrado en lo alto de un guayabo, los miro con incredulidad y parsimonia.
Siento el mundo ralentizado mientras corro, de aquí para allá, como un pollo sin cabeza. 
Otro avión de Vueling despega mientras mi BlackBerry se inunda, nuevamente, de correos procedentes de los más recónditos lugares, que me exigen alternativas, respuestas, propuestas, y yo, como un perezoso agarrado en lo alto de un guayabo, los veo caer en la bandeja de entrada con la incredulidad y la parsimonia que nos caracteriza a los de nuestra especie.
Ahora el avión que despega es de Ryanair y al hacerlo se cruza con uno de Lufthansa, mientras mi madre espera que solucione, como por arte de magia, los problemas familiares, y yo, como un perezoso agarrado en lo alto de un guayabo, me quedo atónito ante la encrucijada sin saber a qué santo poner la vela.
Desde que me siento un perezoso agarrado en lo alto de un guayabo, acumulo en mi haber más y más quehaceres que me obligan a transformarme en un leopardo. He escuchado de un brujo experto en esas trasformaciones; será cuestión de encontrarlo y pedir presupuesto.
No sé que habrá visto la gente en mí. Quizás no se habrán dado cuenta de que tan sólo soy un folívoro viajero que hago equilibrios con tres dedos sobre ramas de dudosa consistencia.
Oscurece la pista y ya no alcanzo a leer los letreros de los aviones. Ahora todos son iguales. Siguen subiendo y bajando sin cesar mientras un pequeñajo, con unas gafas a lo Harry Potter, me mira como preguntándose qué coño haré aquí sentado escribiendo en el suelo sin parar.
A veces sueño con selvas recónditas. Me veo féliz en húmedos parajes rodeado de insectos de prominentes antenas y patas de palo. Veo volar coloridas mariposas y eléctricos colibríes. Pero cuando despierto, estoy rodeado de gente desconocida, en un avión desconocido, rumbo a otro destino que me reclama soluciones.
Harry Potter me enseña la lengua en un infantil ejercicio de provocación. Yo le guiño el ojo izquierdo y el niño corre como un cohete en dirección a la multitud que espera sentada, cual perezosos agarrados en lo alto de un guayabo, a que un avión los lleve a ninguna parte.
Cuando estoy recogiendo mis pertenencias de perezoso, para ponerme en marcha, el inocente Harry, sonriendo, me tira de la pernera del pantalón y me ofrece un plátano. El niño es la única persona de todo el aeropuerto que se ha dado cuenta de mi mágica condición. Comiéndome el plátano me siento como un mono en la jaula de un zoo. 
A la par que mastico con parsimonia, Harry me mira asombrado a lo lejos. El subidón de potasio me hace reflexionar y llego a la conclusión de que, al final, queramos o no, la jungla lo inundará todo de uniformidad.
Es lo que nos pasa a los perezosos cuando comemos plátanos.