sábado, 31 de diciembre de 2016

Huevos Kinder


Ahora que sé que ha muerto el creador de los huevos Kinder, y que una parte importante de la humanidad lucirá esta noche ropa interior de color rojo, siento que tan extraña coincidencia me está produciendo cierto desasosiego.
A mi hija Yolanda, cuando era pequeña, le encantaban los huevos Kinder, y, por tanto, a buen seguro, también ella sucumbirá ésta noche ante el mágico influjo de la ropa interior de color rojo. Sin saberlo, los huevos Kinder mantienen una íntima relación con la ropa interior de color rojo, con independencia de que ésta sea de Primark o de La Perla.
Lo que nunca antes me hubiera imaginado es que un inocente huevo Kinder tuviera algo que ver con un lascivo sujetador con encajes en color rojo pasión, pero al parecer sí que la tienen. Si el conjunto erótico festivo en cuestión fuera de La Perla constaría un huevo, pero no Kinder, sino un huevo de pato que, al parecer, siempre han sido los más caros.
Por tal motivo, la ropa interior roja del Primark es a las gallinas, lo que la de La Perla es a las aves palmípedas.
Me desconcierta pensar, y no sé por qué lo pienso, que a muchos caballeros que ésta noche les van a regalar a sus parejas un salto de cama en color rojo de La Perla, para con ello intentar dar rienda suelta a sus más íntimas fantasías antes de que acabe el año, pudieran meter la pata, porque de no acertar con el modelito el fracaso les habrá costado un huevo de pato, se les pondrá la carne de gallina, y, tristemente, se tiraría por tierra el portentoso efecto del Viagra.
Así que, con ésta inclasificable monserga, pongo punto y final a los soporíferos relatos de este año, deseándoles a todas y a todos mucha salud, prosperidad, y amor para el 2017.
Aunque la fiesta nos cueste un huevo... ¡Feliz año nuevo!

lunes, 26 de diciembre de 2016

Cámara café: Fin de año


Frente a la máquina de café de cualquier empresa que tenga máquina de café por monedas, se encuentran dos compañeros con menos ganas de trabajar que un tío echándose la siesta del borrego.
-¡Paco, Paquito, Paquete! ¿Cómo se presenta el fin de año?
-Pues creo que se presenta sin llamar, viene solo...
-¿Pero qué vas a hacer? ¿Adónde lo celebrarás?
-No voy a celebrar nada. No me gustan las celebraciones. 
-¿Tú lo que eres es un anti-sistema, tío?
-Me habían llamado de todo menos eso. Eres muy original...
-¿Por qué rechazas tanto a las tradiciones?
-Eso se lleva en los genes. Nací antisocial y moriré antisocial.
-¿Y qué ganas con eso?
-Pues mira, eso es en lo único que compensa, al no socializar gasto menos que un ciego en novelas.
-Tú eres más agarrado que un chotis, eso es lo que te pasa.
-Llámalo como quieras...Pero dime, seguro que tú ya te has comprado tus calzoncillos rojos como mandan los cánones. ¿Verdad?
-Así es, y los calcetines a juego.
-De tan social que eres, pareces medio lelo.
-¡Oye! Sin faltar, que cada quién es cada cuál.
-Eso decía Joan Manuel Serrat.
-Si, cada loco con su tema, contra gustos no hay disputas. Entonces, ¿adónde pasarás la Nochevieja?.
-En casita, escuchando jazz, tomando cava bien frío, y leyendo a Murakami.
-¡Qué aburrimiento, tío! Eres un muermo. 
-Pues anda que tú, que tienes que cenar con tu suegra y con tus cuñados, y colocarte encima todas las chorradas del cotillón como si fueras un árbol de Navidad. Anda, hazme un favor, acuérdate de mandarme una foto, que la pienso imprimir y la voy a colocar con un imán en la puerta de mi frigorífico.
-Yo creo que lo que tú tienes es envidia, estás más solo que la una.
-Jajaja, envidia es la que me vas a tener tú a mí, cuando te mande mi foto para felicitarte el año nuevo.
-Ni me la mandes...¡Qué aburrimiento!
-Pues que te den...
-¡Oye, tío, que no me has pagado el café!
-Ni te lo pienso pagar que son dos cosas....¡Infeliz año nuevo, tradicionalista!
-¡Feliz año nuevo, amargao!


domingo, 25 de diciembre de 2016

¡Concon!


A mi hija Ana María le encanta que le dibuje caracoles. Ella les llama "Concon", pronunciando las ces de una manera muy gutural de tal manera que parecen ges. Los caracoles son unos seres muy curiosos. A ella le llaman la atención y a mi también. Comparten con las tortugas la obligación de llevar su casa a cuestas. Las unas reptiles y los otros moluscos, los dos arrastran su cuerpo lentamente con notables diferencias, pero con ciertas similitudes. 
Las personas somos todo lo contrario. Todos tenemos notables similitudes, pero, sin embargo, nos pasamos toda la vida tratando de agudizar nuestras diferencias.
Yo trato de enseñar a mi hija los sonidos de los animales, pero me mira con cara de tristeza cuando le digo que los caracoles son mudos, o al menos, en mi ignorancia de vendedor de champúes, eso pienso yo.
Yo trato de inculcar a mi hija que todos los animales son iguales; que todos, pese a sus diferencias anatómicas, tienen su belleza y su importancia. Los niños, necesitan mucha educación, y no mensajes confusos de buenos ni malos, ni feos ni guapos, necesitan mensajes de igualdad, de amor, y de solidaridad con todo y con todos.
Educar a nuestros hijos en el respeto y en la tolerancia es el mejor regalo que le podemos ofrecer. Curiosamente, entre todos los juguetes que tiene, ella le da un enorme valor a nuestra pequeña libreta de dibujos. Tal vez por que, pese a sus escasos quince meses de vida, se da cuenta de que la estamos creando entre los dos y es el único juguete verdaderamente nuestro.

lunes, 19 de diciembre de 2016

¡Agua va!


Llueve sin parar. A cántaros. A revientaparaguas. Llueve como en un Diluvio Universal en grado de tentativa, con la salvedad de que, como no estábamos avisados como Noé, ni hemos hecho un arca, ni testamento, ni nos hemos puesto el neopreno, ni nada por el estilo.
Es cierto que nos hacía falta agua, claro que sí. También es cierto que ya había gente pidiendo que se sacaran los santos en rogativa. Pero esto ya es pasarse de castaño oscuro. ¡Mire usted! ¡Ya está bien, hombre! ¡Por los clavos de Cristo! ¡Qué pare de llover de una puñetera vez! ¡Qué ya le hacen a uno hablar mal, joder!
Las goteras se han apoderado de mi vida. Mi casa es una réplica a escala de las Cataratas del Níagara. Los patitos de goma de mi hija deambulan enloquecidos, de un lado a otro, arrastrados por la virulencia de los improvisados cauces que transitan alegremente por mi domicilio como Perico por su casa.
Un tremendo relámpago acompañado de un trueno, que parecía la explosión de una bomba nuclear de tropecientos megatones (Por cierto, hablando de megatones, de pequeño me comía unos Megatones, de Cropan, que costaban diez duros y que estaban de rechupete)... ¿Y por qué les contaba yo esto? ¡Ah! Porque el trueno gordo y el rayo megatónico me ha dejado la planta superior de la casa sin luz. La de abajo aún la conserva. El horno, al parecer, ha reventado como el Lagarto de Jaén. Aún estoy auditando los desperfectos. A ver los del seguro qué me dicen...
Llueve, como les contaba, como si no hubiese un mañana. En Murcia, llevamos varios días con intensas lluvias y las ramblas y los cauces ya no aguantan más. Venecia es un secarral al lado de nuestra ciudad. ¡Qué indefensos estamos frente a los elementos! Frente a la madre naturaleza, a la que tanto ninguneamos, no tenemos nada que hacer.
En estos casos, tan sólo nos queda rezar hasta sacarle brillo al rosario. 
¡ Sálvese quién pueda!

sábado, 17 de diciembre de 2016

El secreto de las tortugas


Las tortugas, en su silencio, guardan un gran secreto. Sólo tendríamos que pararnos unos instantes a contemplarlas para darnos cuenta de que saben algo importante que nosotros desconocemos. 
Al igual que los noruegos entienden de salmones, los murcianos entendemos de tortugas. Tradicionalmente mantenemos con estos apacibles reptiles una estrecha y extraña relación: convivimos con ellos, los mimamos, y los cuidamos como si formaran parte de nuestras familias. Sin embargo, pese a mantener ésta singular convivencia, seguimos sin ser capaces de desentrañar el secreto que esconden las tortugas bajo la frágil dureza de su caparazón.
Tal secreto bien podría guardar relación con la ansiada longevidad, con nuestra cada vez más escasa paciencia, o con el ritmo tan calmado con el que se enfrentan a los avatares de su rastrera existencia. Las personas admiramos y envidiamos, a partes iguales, esa forma de vida tan prehistórica como efectiva, en contraposición al vertiginoso y endiablado ritmo de vida que los humanos hemos decidido otorgarnos y que nos lleva por la calle de la amargura.
Son, por tanto, las tortugas, animales que transmiten la tranquilidad y el equilibrio que nosotros hemos perdido y que tanto, de manera inconsciente, anhelamos recuperar.
En mi infancia me regalaron a Tomasa, y ahora, desde hace unos meses, tenemos a Hugo en la familia, un macho joven y con toda la vida por delante.
Mi hija Ana María y yo hemos encontrado en Hugo al medio ideal para aprender a relacionarnos con los animales y con la propia naturaleza que nos rodea.
Mientras observamos como Hugo se come el tomate, o la lechuga, o como anda, con su casa a cuestas, en busca del mejor rincón en el que guarecerse, o como se asolea relajadamente, la vida transcurre a nuestro alrededor a un ritmo distinto, atemperado, lento, casi monacal, fruto de una ancestral conexión entre los quelonios y los humanos, cuya finalidad -todo tiene una finalidad y una funcionalidad- tal vez sea la de invitarnos a reducir nuestra marcha, a que frenemos nuestra vertiginosa locura, y, de ese modo, hacernos comprender que las prisas no son buenas consejeras.
A mi pequeña Ana María le encanta que le dibuje tortugas, y yo, impregnado por ese misterioso influjo, y aún reconociendo mi torpeza para dibujar, me tomo todo el tiempo del mundo para consentirla.
No estoy seguro de haber desentrañado correctamente el mensaje que las tortugas silenciosamente nos trasmiten, pero yo juraría, sin temor a equivocarme, que se empeñan en decirnos que la vida es más sencilla de lo que parece: lo mucho puede ser nada, y lo poco puede ser mucho.

lunes, 12 de diciembre de 2016

La cola del pescado


A ver cómo les cuento esto para que me crean y, sobre todo, para que no se entere mi esposa. 
La cuestión es que allí estaba yo, como todos los sábados más o menos a la misma hora, en la cola del puesto del pescado. Llevaba el número treinta y cuatro, y una señora pinturera y entrada en años, que había a mi lado, llevaba el treinta y cinco. Tal vez no resulte demasiado importante para el adecuado entendimiento de lo que les pretendo contar, pero ella, pese a tener unos cuantos años más que yo, se conservaba mucho mejor que otras mujeres con veinte años menos.
-¡Oiga, joven!: ¿Ese pescado de ahí, cómo se llama? -me preguntó la señora, como si yo fuese pescadero o el mismísimo hijo del famoso oceanógrafo francés Jacques Cousteau, que en paz descanse.
-No me haga mucho caso, pero yo diría que, eso de ahí, es una lecha -le respondí sacando pecho.
-¿Y sabe usted cómo podría cocinarla? -continuó preguntándome la señora como si yo, ahora, le pareciese un discípulo de Ferrán Adrià.
-Yo de usted lo haría al horno con sus patatitas y eso...
-¿Me estaba usted mirando el escote, verdad? -me recriminó no sin cierta picardía.
-¿Quién, yo?
-Sí. Sí. Usted. No se haga ahora el inocente.
-Disculpe, señora, pero yo soy inocente mientras un juez no dictamine lo contrario.
-¿Y le gusta lo que ha visto?
-Pues, la verdad, no está nada mal. Se nota que usted se cuida mucho más que yo.
-Nada de eso, buen mozo. Usted está pero que muy bien -me dijo la señora subiéndome, de ese modo, la moral para los próximos diez años.
-Muchas gracias, señora -le dije mientras sentía como me sonrojaba como un jovenzuelo.
-¿Me ayudaría a llevar la compra a mi casa, joven? -me propuso la señora mientras me guiñaba un ojo.
-No es por no ir, y hacerle a usted el feo, pero es que soy casado -le respondí tajante, como para dejar zanjado tan delicado asunto.
-Prometo no contarle nada a su esposa...
-¡Es que no seeé! -dije titubeando.
-¿Cómo qué no vas a saber! ¡Ya lo creo que sabesss!
-Es que le juro que estoy muerto de cintura para abajo...
-Como a Lázaro, te haré resucitar...

Y qué quieren que les diga: la carne es débil y la gana mucha. Lo peor fue que la seductora en cuestión vivía en un quinto piso sin ascensor y que había hecho la compra para toda la Navidad y Reyes. Por lo demás, ya se pueden ustedes imaginar...


sábado, 10 de diciembre de 2016

Hommo Egopiens


Vuelo a Grecia vía Roma. Con retraso. No sé si ustedes se habrán dado cuenta, pero a mí me parece que últimamente todo lleva retraso. Yo mismo acumulo retrasos considerables en gran parte de las tareas que desempeño. Tal vez porque sean muchas, o porque el retraso sea tendencia, o porque yo, por desgracia, en adelante, vaya a ir por detrás de mis propias necesidades. 
Tal como yo, la sociedad va acumulando un retraso que nos pasará factura. La tierra se calienta y nosotros, pese a contar con alternativas, seguimos alegremente quemando combustibles fósiles. Pretendemos retrasar el inevitable cambio en el modelo económico ignorando por completo las soluciones que nos demanda, con urgencia, el calentamiento global. Cuando vayamos a reaccionar ya será demasiado tarde, para lo uno y para lo otro.
Llevamos evidente retraso frente a los populismos. Hemos retrasado tanto el tomarnos en serio este asunto que los populistas ya han llegado hasta la cima del poder. Consciente o inconscientemente ya sabemos que, como en eso, llevamos retraso en casi todo.
Hemos marginado a la cultura. Hemos pervertido el significado de la palabra democracia. Hemos borrado de nuestro diccionario la palabra solidaridad. Hemos extirpado de nuestras mentes el pensamiento crítico. Hemos convertido a la sociedad en una terrorífica máquina de consumir, cosa que hemos propiciado mediante una descomunal y despiadada forma de producir.
El hecho de haber minimizado a la persona apartándola de su yo social y haber enardecido su individualidad, reduciendo sus valores únicamente a su propia capacidad de consumo, ha creado un nuevo género: el "Hommo Egopiens", que, pese a vivir conectado a las nuevas tecnologías y a las redes sociales las veinticuatro horas del día, es incapaz de socializar ni de empatizar con nadie y tiene gran propensión a creerse el ombligo del mundo.
Como les decía, viajo a trabajar a Grecia cuestionándome en qué hemos convertido la democracia que ellos, hace siglos, impulsaron.
Quizás entre las desgastadas y viejas columnas del viejo Partenón, o entre los desgastados adoquines de la Plaka, o dibujado en los rostros de los compungidos griegos, cabezas de turco de un sistema fallido, encuentre las respuestas que, sin saber para qué, siempre ando buscando.
Iluso de mí, sigo creyendo que las hay. Sé que están ahí, dentro de la mente de alguna persona que, entre tanta ceguera, aún conserve en su interior un leve atisbo de lucidez y de cordura.

miércoles, 7 de diciembre de 2016

El Ministerio del Tiempo



Begoña Vila Costas, que es una astrofísica española que está construyendo un impresionante telescopio para la mismísima NASA, ha dicho: "La mayor parte del Universo es materia y energía que no vemos". Tal afirmación, que a priori nos pudiera parecer peccata minuta, a mí me ha llenado de tranquilidad.
Las personas intentamos ponerle nombre y apellidos a todo lo que nos rodea. Intentamos clasificar todo lo que nos sucede, todo lo que sentimos, y, hasta incluso, buscamos encontrarle un sentido a lo que soñamos.
Esa ansiosa e inquietante manía persecutoria por racionalizarlo y normalizarlo todo, sin que nos demos cuenta, le resta gran parte del encanto a nuestra azarosa existencia y nos la acaba jodiendo. Habrá quién se pueda escandalizar porque yo diga que ni Dios mismo tiene la más remota idea de para qué nos creó. En realidad, tengo claro que Dios, el pobrecito, a pesar de ser todopoderoso, le dio por crearnos de tanto que se aburría; porque aquí, entre usted y yo, ser todo poderoso tiene que ser la mar de aburrido. Es como si el Madrid no tuviese enfrente al Barsa, o el Partido Popular, toda vez descabezado el PSOE, no tuviera enfrente a Podemos. Algo parecido a lo que les ocurre a los habitantes de los países más ricos del mundo cuya tendencia al suicidio trae de cabeza a los estudiosos de la psicología.
Al final, permítanme la hipótesis, todo esto es como un círculo vicioso: Dios se aburre y nos crea, y nosotros nos creemos dioses y terminamos por aburrirnos.
La vida, bien clasificada y ordenada, termina siendo un maravilloso y colosal aburrimiento.
Cuánto daría un servidor por ver al mítico Omar Jayam, fichado por la NASA, y asomando el ojo por el telescopio de nuestra sobresaliente investigadora Begoña Vila. ¡Sería la leche!

domingo, 4 de diciembre de 2016

Pretérito imperfecto


Recuerdo a las señoras putas que puteaban en la droguería que había junto a mi bar. Recuerdo a sus maridos que venían a recogerlas, en un Seat 600, o un 1500, ya bien entrada la tarde. A los jóvenes descarriados que robaban los estéreos de los coches para comprar heroína. A los aguerridos manifestantes de la hoy desaparecida fábrica de Fraymon, entre los que se encontraba mi tío, que atrincherados entre improvisadas barricadas y prendiendo fuego a neumáticos y contenedores, se enfrentaron durante varios días a los maderos para defender el pan de sus hijos. 
Recuerdo a los presos que se encaramaron al tejado de la antigua prisión de Murcia, hoy abandonada, para exigir mejoras en las condiciones de vida en las prisiones. A los mineros asturianos que luchaban, día sí, día también, contra el cierre de sus minas de carbón. A las mujeres que morían, y por desgracia siguen muriendo, a manos de sus "queridos" esposos. Recuerdo al "Hermano Pulpo" que nos daba masajes en la sala de judo de nuestro afamado colegio religioso después de desnudarnos a todos y ponerse tibio. Recuerdo a los hombres que, para serlo, fumaban tres paquetes de tabaco al día y bebían hasta ver como reventaban literalmente por dentro. Y recuerdo a los que morían al volante intentando ser más machos que el conductor del coche que había osado adelantarlos.
De mi infancia guardo, de forma desordenada, numerosos recuerdos de la transición. Los niños formábamos en el patio del colegio, como militares, mientras nos obligaban a escuchar el himno nacional. Si nos portábamos mal, debíamos de ofrecer sumisamente la palma de la mano para que el maestro nos arreara con la regla, o pasábamos la clase, en una esquina, castigados cara la pared.
Luego, ya en casa, disfrutábamos con un buen bocata de chorizo Revilla, viendo a los Payasos de la Tele, mientras nuestras abuelas escuchan el consultorio sentimental de Elena Francis. Lo mejor venía los viernes, cuando, por la noche, después del Telediario, toda la familia al completo veíamos el mítico programa concurso Un, Dos, Tres, y nos íbamos a la cama soñando con llevarnos algún día un apartamento en Benidorm (Alicante).
Recuerdo salir junto a mi abuela al balcón para ver pasar a las caravanas de vehículos, que, desde bien temprano, hacían tronar sus altavoces y sus cláxones. Lanzaban al aire octavillas del PSOE, UCD, Alianza Popular, o del Partido Comunista como si se acabara el mundo, y lo dejaban todo perdido. Al parecer, los mayores tenían que ir a votar para que mejoraran las cosas. Todos, o casi todos, después de la muerte del Generalísimo Franco, Caudillo de España, tenían claro que las "cosas" había que mejorarlas.
¡OTAN no, Bases fuera! gritaban en las manifestaciones gentes con banderas rojas. En las paredes de las calles no cabía un cartel; todo estaba empapelado con fotos de señores muy circunspectos. Mi madre decía que el más guapo era Felipe González y por eso le votaba, pero yo los veía a todos igual de feos. No me fiaba de ellos como no me fiaba del "Hermano Pulpo".
Los atentados de ETA y los GRAPO golpeaban a diestro y siniestro sobres nuestras inocentes conciencias de niños. Los mayores hablaban de ruido de sables, mientras escondían revistas de mujeres desnudas bajo los colchones y por la noche se largaban al bingo, momentos que aprovechábamos nosotros para ver las revistas.
Los de mi generación entrabamos en la adolescencia sin entender absolutamente nada, y para sentirnos parte de algo, nos hacíamos del Barsa o del Madrid, o te definías como de izquierdas o de derechas. Si eras de derechas te ponías un suéter de pico sobre los hombros, y te comprabas una vespa, y si eras de izquierdas te dejabas el pelo largo y te ponías una parka de pana.
Hacía atrás, como ven, todo son recuerdos. Mi madre se consumió en su mecedora masticando sus recuerdos. Al fin y al cabo era lo único que le pertenecía. Los recuerdos son lo único que realmente nos pertenece. Lo único que nadie nos podrá arrebatar.

jueves, 1 de diciembre de 2016

Ya es Navidad en El Corte Inglés


Ring.Ring.Ring...(Hagan como si escucharan el sonido de un teléfono antiguo)

-Oficina de Papá Noel, buenas tardes ¿en qué le podemos atender?  
-Pues mire, tengo un problema...
-Nosotros aquí también tenemos muchos problemas. Imagínese, estamos empaquetando todos los regalos y nos faltan renos...
-Entiendo, pero el caso es que yo quería enviarle un regalito muy especial a mi esposa.
-Mande la carta, señor. No aceptamos peticiones por teléfono.
-¿Y por correo electrónico?
-Tampoco, caballero. Aquí es todo muy tradicional.
-¿Son ustedes de derechas?
-No estoy autorizado para hablar de política.
-¿Y de qué está autorizado a hablar usted?
-Pues ahora que lo dice, de casi nada.
-¿Entonces para qué tienen ahí un teléfono?
-Tiene usted mucha razón...
-¿En qué sentido?
-Pues eso, que es un sinsentido tener un teléfono para nada.
-¿Pero les llama alguien?
-Sí, de vez en cuando sí.
-¿Y para qué les llaman?
-Para vendernos aspiradoras, termomixes, mantas eléctricas, colchones y cosas así.
-¿Y compran algo, o no?
-No. Claro que no. Se lo pedimos a Papá Noel.
-¿Y eso no es tráfico de influencias?
-No estoy autorizado para hablar de política.
-¿Pues sabe qué le digo?
-¡Queeeeé!
-Que mejor llamo a la oficina de Los Reyes Magos.
-Pues lleve cuidado.
-¿Por qué tendría que llevar cuidado, a ver?
-Dicen las malas lenguas que ese teléfono funciona a cobro revertido y está subcontratado.
-¿En serio?
-Como lo oye.
-¿Entonces qué puedo hacer?
-¿No ha pensado en darse una vueltecita por El Corte Inglés?
-Pues sí que lo había pensado.
-¡Acabáramos!

sábado, 26 de noviembre de 2016

Morir modernos


Estoy estrenando un nuevo ordenador. El otro era del pleistoceno y ya no iba ni para atrás. De ahí el motivo de mi lentitud a la hora de publicar nuevas entradas en este blog, no se fueran a pensar que un servidor estaba enojado con ustedes, ni mucho menos. Me sentía incómodo, y aún me siento, a la hora de entregarme al difícil arte de la escritura sobre un artilugio nuevo de trinca. Lo viejo nos resulta familiar y lo nuevo incómodo. De ahí que los nostálgicos tengamos siempre en mente que cualquier tiempo, o artilugio, pasado fue mejor. Me pasa igual con la ropa vieja, siempre tengo la tentación de volver a ponérmela por muy deshilacha y descolorida que esté.
Vivimos en la eterna confrontación de lo nuevo y de lo viejo sin darnos cuenta de que, cada día que pasa, somos nosotros mismos, en primera persona, los que lo sufrimos en nuestra propia piel. 
De hecho, para combatir el paso del tiempo, pese a tener cincuenta años, nos vestimos de quinceañeros, comemos en Mcdonals, y escribimos un blog a modo de cuaderno de bitácora. Todo con la loable intención de que el tiempo no se de cuenta de la edad que vamos sumando en nuestro carnet de identidad.
Pese a no merecerlo, la vida se sigue portando bien conmigo. Mi empresa me ha cambiado mi vieja computadora por una de Lenovo, un tanto espartana, pero que es compatible con todas las modernidades que inundan la red, y que con el anterior ya no tenía acceso.
Nos guste o no, todos deberíamos de modernizarnos. La modernidad, como los años, se nos echa encima a una velocidad vertiginosa, de tal manera que ahora nos morimos luchando por aparentar que vamos a seguir eternamente vivos.
  
  

viernes, 18 de noviembre de 2016

La Capillita


-¡Doctor, doctor!
-Dígame.
-Me muerooo.
-¡Genial!
-¿Por qué, doctor?
-Porque ando hasta arriba de trabajo y muy estresado.
-¿Y no me va a echar usted una manita?
-No, si usted se muere no necesita un doctor, necesita un sepulturero.
-Pero es que no quiero morirme, doctor.
-Ah, eso ya es otro cantar. A ver, dígame qué siente...
-Asco, angustia, ansiedad...todo eso.
-¿Lee usted la prensa?
-A diario.
-¿Qué diario?
-Todos.
-¿De derechas y de izquierdas?
-¡Y de centro!
-¿Dónde queda el centro?
-En la Gran Vía o por ahí. Yo qué sé.
-¿Suele usted ir mucho al centro?
-A comprar libros, y eso...
-¿Y qué lee?
-De todo.
-Deje usted de leer tanto y haga deporte.
-¿Qué tipo de deporte?
-Haga el amor, por ejemplo.
-¿Dónde queda la federación, para ir a inscribirme?
-En el Club La Capillita, tiene luces de colores y está a la salida del pueblo.
-Pero si estamos aquí.
-Joder. ¿Y qué hora es?
-Son las siete y media de la tarde.
-Pues vamos que tengo que operar a un paciente...
-Pero si se ha tomado usted cuatro cubalibres, doctor.
-Claro, faltaría más. 
-Pobre del que vaya usted a operar.
-Venga, Manolo, que es una operación de vesícula de nada.
-Pero yo no quiero operarme, quiero morirme.
-Macho, a ti no hay quién te entienda. Entonces: ¿te opero o no te opero?
-Mejor entramos con la Juani y me operas mañana.
-Mañana tengo la agenda al completo.
-Pues al otro, que más da. Mis piedras pueden esperar.
-¿Y la Juani, no puede esperar?
-No, la Juani es muy temperamental y muy impaciente.
-Y tú eres muy mal paciente.
-Pues paciencia, doctor, paciencia...La paciencia es la madre de la ciencia.
-Lo mismo que tu elocuencia... ¡Ah! Y mañana no me vayas a buscar a la clínica que siempre me traes a lugares de perversión.
-Ya nunca más, doctor. A partir de mañana nos portaremos como Dios manda, se lo prometo.

viernes, 11 de noviembre de 2016

Majaretas


Busco. No sé qué, pero no ceso en la búsqueda. Busco respuestas a todas mis preguntas. Sin embargo, cada día suceden en el mundo más cosas que no alcanzo a comprender. Avanzo hacia todas las encrucijadas y, ante mi sorpresa, confluyen todas en un mismo punto. El mismo punto en el que todo comienza y en el que todo termina.
Mientras observo jugar a mi hija Ana Maria, recuerdo cuando era un diminuto punto luminoso en la pantalla de un monitor de la clínica Tahe Fertilidad. Un punto tan tremendamente pequeño, tan incomprensible a mi raciocinio, pero tan cargado de vida. Ana María era un punto. Un punto de vida.
En la hornacina que contenía las cenizas de mi madre no había otra cosa que un cúmulo de impresionantes pequeños puntos. Partículas de ceniza como granos de arena de una playa. Como las granos pixelados en blanco y negro de una pantalla de televisión desintonizada.
Los ordenadores, los cuales no llego a entender de la misma forma que no entiendo casi nada, son máquinas complejas que funcionan mediante un lenguaje muy básico formado por unos y ceros.
La vida se rige por elementos que creemos conocer pero que, en el fondo, desconocemos totalmente. Los límites, los parámetros, las explicaciones, las teorías, evolucionan a un ritmo tan vertiginoso, que lo que ayer era una certeza hoy vuelve a ser una pregunta.
Y todo bajo el sol se mueve en una especie de círculo orbital en el que las personas pretendemos entenderlo todo y la mayor parte de las veces terminamos no entendiendo absolutamente nada.
En la Prehistoria, nuestros ancestros se consolaban dibujando todas sus inquietudes sobre las paredes de las cavernas después de tirarse horas y horas admirando la bóveda celeste. Nuestros jóvenes pintan su desasosiego y su desconfianza sobre las paredes de nuestras infectas ciudades a modo de grafitis. Y yo escribo esta especie de jeroglífico de letras para reconocerme ante todos ustedes como un tremendo idiota.
Últimamente, tengo la sensación de que en nuestra involucionada sociedad, algunos por no preguntarse nada y otros, como en mi caso, por preguntárselo absolutamente todo, nos estamos volviendo majaretas.

domingo, 6 de noviembre de 2016

Modesto ensayo sobre el trabajo


Las cosas no se hacen solas. Alguien las sueña, las crea, las inventa, las experimenta, las perfecciona, las ejecuta, y muchos otros son los que recogen los frutos o se cuelgan las medallas. Esa es la parte en la que el trabajo, en sí mismo, es una entrega generosa y solidaria hacia los demás. El trabajo, aunque en ocasiones no seamos conscientes de ello, consiste en eso, en buscar y aportar soluciones para que los demás las disfruten sin apenas reparar en toda la grandeza que hay detrás.
Cuando hoy día subimos a un avión, ya nadie se acuerda de los miles de pilotos que dieron su vida, en los orígenes de la aviación, para que hoy volar sea el sistema de transporte más seguro que podamos utilizar.
Hay personas que necesitan encarecidamente que se les reconozca todo lo que hacen. Esperan una reacción causa-efecto que, de no producirse, provoca en ellos frustración y ansiedad. Viven el trabajo como una mera competición en la que irremediablemente tienen que colgarse una medalla, obtener un incentivo, o, peor aún, pegar un pelotazo que lo eleve a la órbita de los nuevos ricos.
La abnegación, la humildad, el placer de servir a los demás, el sentido del deber, han dejado de formar parte de los cimientos del trabajo. Y así, de ese modo, despojado de su trascendencia, el trabajo se ha convertido, para muchas personas, en algo superficial y obligatorio, en una especie de cadena perpetua de la que no pueden librarse.
El trabajo jaula mata lentamente a su huésped.
Por el contrario, están aquellos que trabajan silenciosamente, sin alharacas, buscando soluciones para todo sin que nadie les obligue a ello. Lo hacen porque valoran a los demás, y ese valorar a los demás, el respetarlos, les aporta valor así mismos y, con ello, le dan valor y sentido a todo lo que hacen. No aspiran tanto al reconocimiento externo, que les suele llegar por sí sólo, como a sentirse satisfechos y disfrutar con lo que hacen. No tanto por cuánto ganan sino por cómo lo ganan.
En las últimas décadas, en nuestro país, hemos pervertido el sentido del trabajo. Hemos trasladado a la juventud, y a ello han contribuido en gran medida los medios de comunicación y los grandes grupos de poder, un sentido negativo del trabajo y por ende del esfuerzo. Estamos hartos de ver programas en televisión que ofrecen a nuestros jóvenes modelos de gente absurda, sin cultura, vestida de moderna, que a la postre terminan por normalizar e interiorizar por pura asimilación. Lo que vemos todos los días se termina convirtiendo en algo cotidiano.
Si a eso sumamos el terrible hecho de que el trabajo es cada vez más precario, o en algunas zonas inexistente, y que estudiar una carrera ya no es condición sine qua non para conseguir un buen trabajo: ¿qué futuro estamos construyendo para nuestros hijos?
Y mientras tanto, nuestros adorados y ejemplares políticos, en lugar de aportarnos soluciones, se llevan nuestro dinero a manos llenas.
No estamos sólo ante una indescifrable crisis económica, estamos ante una profunda crisis de valores y ante la agonía de un sistema económico y social que, desde hace algún tiempo, se anda desmoronando ante nuestras ciegas miradas.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Homenaje a Los Roper


-¡Mildred!
-¿Queeeeé?
-No, nada, es que no sabía si estabas ahí.
-¿Y adónde coño iba a estar, a ver, dime?
-No sé, con las cacatúas de tus amigas...
-¿Cacatúas? ¡Tú sí que eres un loro! Eso es lo que pareces... un viejo loro desplumado.
-¿Pero por qué tenemos que estar discutiendo todo el día?
-Porque nunca has servido para otra casa, George. ¿O es que aún no lo sabes?
-¡Desagradecida! He trabajado toda mi vida como un esclavo para que no te faltara de nada.
-Pues hijo, me ha faltado de todo...Pero sobre todo, me ha faltado un marido como Dios manda.
-¡Desagradecida! Eso es lo que tú eres. ¡Desgraciada!¡Bruja! ¡Más que bruja!
-¿Conque bruja, eh? Pues te vas a enterar de lo que vale un peine.

Y diciendo eso, Mildred, agarró una vaso con agua y se la arrojó a la cara.

-¿Ves? ¿Y ya con eso te quedas tranquila?
-No, no. Me quedaré más tranquila cuando te mueras y cobre la pensión. Entonces iré a hacer yoga todos los días y me ligaré al profesor, que me han dicho mis amigas que está como un tren.
-¿Pero qué vas a ligar tú ya con la edad que tienes, Mildred? Cada día estas peor...
-Mira quién fue a hablar, que ya hasta te da miedo quedarte solo en casa y por eso me llamas cada cinco minutos.
-¿Miedo yo, que combatí contra los nazis en la Segunda Guerra Mundial?
-Tú luchaste? Pero si fuiste enfermero y lo más cerca que estuviste del campo de batalla fue a cien kilómetros.
-¡Y las medallas! ¿Qué me dices de las medallas?
-Pero pedazo de idiota, si las compraste en un mercadillo de antigüedades. ¿No lo recuerdas? Fue en el mismo mercadillo en el que yo te quise vender, pero no aceptaban momias. ¿Te acuerdas, o no, cariño?
-¡Tú sí que pareces una momia! ¿Por cierto, Mildred, qué hay para cenar?
-¡Verdura hervida!
-¿Otra vez verdura hervida? Con razón dicen mis amigos que cada vez me estoy quedando más flaco...
-¡Más te tendrías que quedar! jajaja.

Y así, entre semejante batalla dialéctica, en aquel dulce hogar británico, se improvisó una pequeña tregua, durante la que George, puso en la radio su programa de deportes favorito.
Al rato...

-¡Mildred! ¿Estás ahí?
-Siiií. ¿Qué quieres ahora, viejo cascarrabias?
-¡Tengo hambre!
-Pues vamos a cenar, viejo loro desplumado. Jajaja.
-Es que te tengo que querer, Mildred.
-Yo también te quiero. ¡Pero que te mueras!
-Jajaja. Sabes perfectamente que no puedes estar sin mí. Por cierto, Mildred, mañana prepara algo mejor para cenar que he comprado una botellita de champán francés para celebrar nuestro cincuenta aniversario de bodas.
-¿En serio, George? ¿Aún te acuerdas de nuestro aniversario?
-Cada día, mi amor. Cada día. ¡Cómo para no acordarme!...

lunes, 31 de octubre de 2016

Hagan cola, por favor


Las estadísticas son odiosas. Una de las muchas que circulan por ahí dice que cada vez son menos las personas que leen un libro al año. ¡Un libro al año! Sí, han leído bien, menos de un libro al año. Ni una miserable página al día. ¿Qué digo una página? ¡ni tan siquiera media!.
Por el contrario, se han multiplicado por cien mil, o quién sabe si por más veces, las personas que publican selfies en Facebook zampándose una hamburguesa de fabulosas dimensiones poniendo cara de no haber roto un plato en su vida. 
Si relacionáramos estas dos informaciones como haría un supercomputador nuclear, en el hipotético caso de que los hubiera, arrojaría como resultado que la humanidad terminará por convertirse en una especie de gigantesco BigMac, justo antes de reventar como reventó El Lagarto de Jaén.
Y después del reventón, vendría el tan anunciado Juicio Final, que sería el reventazo de todos los reventazos. Mucho más incluso que Gran Hermano y Sálvame juntos. Y digo que sería un reventazo no por mi condición de ateo recalcitrante, sino porque si ahora son largas las colas del desempleo, o las de los ilusos que compran lotería de navidad en Doña Manolita, imagínense ustedes la cola que se liaría para juzgarnos a todos de uno en uno.  
Claro que, pensándolo bien, ya no tendríamos prisa y nos daría igual ocho que ochenta. 

sábado, 29 de octubre de 2016

Hispanomexicano


Regreso. Vuelvo a buscarme. Cruzo el océano, nuevamente, dentro de la barriga de un gigantesco albatros de lata, para reencontrarme con la huérfana copia de mí que se queda en México cada vez que regreso a España. Espero encontrarla -a mi otra mitad me refiero-, aturdida, como siempre, a causa del smog, y de tanto dormitar en el armario ropero que utiliza a modo de sarcófago, ante mi justificada, pero no por ello menos desconsolada, ausencia.
Sé, como tantas otra veces ha ocurrido, que mi otra mitad me anda esperando ahí, cual voyeur metido en un armario, pero sin ganas de nada. Le da igual el espectáculo que ofrece el teatrillo en el que cada día, o mejor dicho cada noche, se convierte su habitación. Con el tiempo, ha desarrollado una intolerancia al morbo, como la que yo mismo he desarrollado a los frutos secos, a la cerveza, o a la gente que vive de aparentar.
Lo que más nos duele en cada nuevo reencuentro, los cuales se vienen produciendo con cierta regularidad desde hace más de diecisiete años, es la reencarnación de nuestra propia dualidad, en la que la parte corpórea debe aceptar y asumir nuevamente a su parte tránsfuga, y hacerlo en una horma que ya no es exactamente igual a la que la abandonó la última vez, lo que hace más difícil aún el anhelado acoplamiento.
Para los que nunca hayan experimentado semejante epifanía, les diré que viene a ser algo así como si le diéramos un abrazo a la imagen que de nosotros refleja el espejo. Y, en ese trascendental momento, que últimamente se viene produciendo en el Hotel Holiday Inn Suite de la calle Londres del Distrito Federal, mis dos mitades se enzarzan efusivamente en una especie de baile agarrado en el que, tras cuatro o cinco compases, las dos partes de tan esotérica como inexplicable danza, sumidas en una especie de trance, vuelven a unificarse como lo hicieron las dos Alemanias.
Y, dicho esto, mientras a mi alrededor la gente ve películas, o leen los libros que todo el mundo lee, o ronca a pata suelta con el culo acartonado tras tantas horas de vuelo, espero nervioso para volver a ser completamente yo.
¿O, acaso, debería decir nosotros?

sábado, 15 de octubre de 2016

Minuto de gloria


De Seix Barral a Seix Barral. "Del camino del perro", de Sam Savage, a "Qué vergüenza", de Paulina Flores. Desde los Estados Unidos de América, hasta Chile. 
Sin pretenderlo, deambulo de acá para allá como un hoja más de las muchas que arrastra el destemplado viento del otoño. Nado entre la caldosa densidad de una endiablada sopas de letras. Caldo caliente de ideas, de experiencias ajenas, que aportan orden al caos, sentido a lo indescifrable, y algo de coherencia a mi arduo y tortuoso devenir. 
Uso a los libros como faros, como antídotos, como medicinas, como brújulas, como combustible, como caminos, como principio y como fin. Y tras esos libros que inundan mi existencia y mis estantes, y vacían mis bolsillos, intento leer en la mente de las personas que los escribieron, en un vano intento por arrebatarles todo aquello que, por las razones más inconfesables, o tal vez tan sólo por su torpeza, dejaron de escribir. Me debato entre el sentido o la incoherencia que descubro entre sus líneas. El blanco sucio, ligeramente ocre, de las hojas, sustenta y da cobijo a todo un compendio de vocales y consonantes que, debidamente ordenadas bajo el criterio del artista, buscan, con ansia viva, una trascendencia que la mayor parte de las veces se les termina resistiendo. 
Abundan en todos ellos: descripciones, diálogos, historias, opiniones, reflexiones, sugerencias, remembranzas, denuncias, hipótesis, dilemas, sospechas, elocuencias, ofuscaciones, insultos, verdades, mentiras, misterios, desvelos, anhelos, añoranzas, indecisiones, miedos, excesos, amores, flirteos, infidelidades, conspiraciones, y dolor. Dolor e inquietud para generar en el lector la curiosidad suficiente para que siga avanzando, para que siga intentando descubrir el sentido de lo allí escrito, y todo únicamente para que el escritor, ese famoso o insignificante escritor, se salga con la suya.
Un libro, trescientos mil caracteres de media, miles de horas hilvanado una historia que, como todas las demás, acaba en un final que da paso a un nuevo comienzo, a un nuevo libro, a un nuevo autor en busca de su obra maestra, en busca de una intrascendente trascendencia que le ayude a saciar su ego, y a disfrutar de ese minuto de gloria que, antes o después, escribiendo o sin escribir, todos deberíamos de alcanzar. 
Y ya, después, uno se muere y ya está. ¡A criar malvas!

miércoles, 12 de octubre de 2016

Crónica de una muerte anunciada


La realidad era bien distinta de la que yo imaginaba. Yo ya había observado en él un sinfín de justificaciones y prejuicios que me generaban inquietud. Estoy pasando por un mal momento -me dijo. Y yo me lo creí. No sé por qué, pero siempre tiendo a ver las cosas de la manera más optimista y, al final, me llegan los desengaños. Los que actuamos siempre desde la buena fe chocamos con demasiada frecuencia con gente sin escrúpulos que no sienten el más mínimo remordimiento por las consecuencias de lo que hacen o de lo que dejan de hacer.
Cuando él me dijo que lo ayudara, yo le creí. Pensé que lo decía desde la sinceridad y me puse manos a la obra. Siempre he tenido la necesidad de ayudar a los demás, aún a sabiendas de que, en muchas ocasiones, la gente que te pide ayuda lo hace para reafirmarse, y demostrarle al mundo que ni con tu ayuda, esos planteamientos, o esos objetivos, se pueden alcanzar.
Como decía, yo lo apoyé. Le dediqué todo mi tiempo y mi conocimiento. Le hice participe de nuestras fortalezas y de nuestras debilidades. Le facilité opciones más favorables que a otros compañeros para impulsarlo hacia adelante. Y todo para que él, al final, se dedicara mucho más tiempo a desgastar la tapicería de su sofá y a sembrar dudas sobre nuestros planteamientos al resto de compañeros.
Luego, para su defensa, proclamó a los cuatro vientos que él, en todo momento, había seguido las pautas que yo había establecido, pero que ni con esas. Por tanto, por haberme dejado la piel para sacarlo de su lamentable situación, yo mismo me encontraba inmerso en un tremendo barrizal.
Entonces tuve que tomar la determinación que a priori tenía que haber tomado si hubiera dejado los sentimientos al margen y hubiera valorado los datos de una manera mucho más objetiva de lo que lo hice. 
No hay nada más peligroso que acercarse a alguien que se está ahogando. Y él, por desgracia, hacía mucho tiempo que se estaba ahogando en sus propias miserias.
De los errores siempre se aprende, pero hay que ver cuánto nos cuesta...


sábado, 8 de octubre de 2016

Sabelotodo Espress



Ring, ring, ring. Suena un teléfono. Más concretamente tres timbrazos excesivamente estridentes. Alguien, que no sabemos cómo es, ni falta que nos hace para encauzar este relato, descuelga el teléfono.
-Sabelotodo Express: ¿En qué le podemos ayudar?
-Si lo supieran todo, sabrían el motivo de mi llamada.
-Lo sabemos. Claro que lo sabemos. Usted está en la barra de un bar, leyendo el periódico, más concretamente la sección de anuncios por palabras, cuando, cachondo perdido por los anuncios de chicas que se ofrecen antes que el nuestro, o tal vez mirando el escote de alguna clienta del establecimiento, se ha dicho: voy a llamar a ver qué coño es eso del Sabelotodo Espress. ¿O acaso me equivoco?
-Me deja usted de piedra.
-Suele pasar.
-¿Dejar de piedra a los que llaman a su teléfono?
-Sí, y más aún cuando, ese mes, les llega la factura del móvil.
-¿Cobran mucho?
-Tres con sesenta y nueve euros por minuto.
-Eso no es nada. Me había usted asustado.
-¿Le parece barato?
-Me saldría más caro si llamara al de las chicas. ¿No es así?
-Depende.
-¿De qué depende?
-Del nivel del servicio que usted elija.
-¡Ah! ¿Hay niveles en ese tipo de servicios?
-En todo en la vida hay niveles. Al igual que hay tontucios, antontaos, y tontos del culo. 
-Entiendo. Y dígame: ¿Cuál es el servicio más caro que podría contratar suponiendo que llamara a uno de esos teléfonos tan sugerentes?
-Espere usted un momento, que pasa por aquí la encargada de nuestro teléfono erótico y se lo pregunto. Ella está mucho mejor informada que yo sobre esos menesteres. Es que yo nunca llamo...¿sabe usted?
-¿Ustedes mismos son los que ofrecen esos servicios?
-Claro, la mitad de los anuncios que está usted viendo en ese diario los gestionamos nosotros directamente desde nuestro Call Center. Todo forma parte de nuestra política estratégica de diversificación subvencionada con los fondos FEDER de la Comunidad Europea.
-¿Están ustedes en alguna zona rural?
-Así es. Estamos en Manglanilla del Fresnedo, provincia de Maciascoque.
-Y dígame: ¿La gente ya no llama para saber lo que no sabe?
-Ahora con Google y eso llaman menos. Pero sí, sí siguen llamando. Antes llamaban mucho para saber quién iba a gobernar este país, o si iba a ganar el Madrid, o si era buen momento para vender las acciones de Iberdrola, lo que ocurre es que, al igual que usted, la mayoría de las preguntas que nos plantean ahora van relacionadas con los anuncios por palabras anteriores al nuestro. Se están cansando de política, de fútbol, y no se fían de hacer inversiones.
-¿Y, entonces, sobre qué les preguntan ahora?
-Si sabemos cuál de todos esos números eróticos, o de citas, es el mejor, cuál es el más guarro, o cosas así. De ahí que decidiéramos crear nuestra propia línea caliente. Y mire usted por dónde, eso nos ha salvado de la crisis.
-Parece una muy buena idea. Les felicito por el ingenio.
-Claro. ¿Y ve usted el anuncio que hay justo debajo del número del Sabelotodo Espress?
-¿Uno en el que una chica rubia pregunta qué si su marido la engaña?
-Sí, ese es.
-Sí, aquí lo estoy viendo. ¿Y qué pasa con ese anuncio?
-Pues ese es uno de los que ahora nos está funcionado mejor.
-¿En serio? Pues cualquiera lo diría...¿Y por qué si no es mucha indiscreción?
-Muchas de las personas que llaman son las esposas de nuestros clientes de las líneas calientes. Nos llaman al encontrar el número en la factura del teléfono.
-¿Y se chivan?
-Entiéndame, no piense usted mal. Le decimos a la señora que llame en un par de días y, mientras tanto, localizamos al esposo calenturiento y le pedimos una generosa donación para la Fundación de Niños Huérfanos de las Teleoperadoras. Si colabora el señor le decimos a la esposa que todo ha sido un error y le reintegramos el importe cargado en el recibo del teléfono.
-Lo tienen ustedes todo muy bien estudiado..
-Es que en Manglanilla del Fresnedo no hay mucha diversión y estamos todo el tiempo pensando en el negocio.
-Me deja usted de piedra.
-Pues espere a que le llegue su factura.
-Pues cuelgo.
-Pues ale.


miércoles, 5 de octubre de 2016

El enigma del bloc de notas


Me sirvo agua con mucho hielo a la que le añado un buen chorro de anís Machaquito. Bebida de viejos. Pienso, con demasiada frecuencia, que estoy viejo. Cada vez me agoto antes. Me cuesta concentrarme. Se me olvidan las cosas. 
¿Qué les andaba diciendo?
Últimamente hago uso del bloc de notas del móvil para anotar todo aquello que temo que se me olvide. Lo peor es que, a menudo, se me olvida mirar esas notas y cuando las miro, muchas de las veces, no sé qué significan las anotaciones, ni para qué las anoté.
Abro el bloc de notas y leo: 
George Era. ¿Qué era?
2826 NA. 
Idus de Marzo. 
Comiendo Erizos, película de Luis Buñuel encontrada en una caja de galletas. 
"La vida está repleta de cosas que no se deben hacer; cuando esté muerto les diré a mis gusanos que no las hice".
¿Os habéis fijado en cuánto les gusta escarbar a los niños? Tal vez, por ese instinto, nos pasamos la vida buscando. Buscar un no sé qué hasta que la muerte nos encuentra sin necesidad de buscarnos. En todo momento ella, sabihonda, sabe adónde encontrarnos; hasta que un día, caprichosamente, llamamos su atención y ¡zas! se acabó lo que se daba.
Leivmotiv. Leivmotiv... Hay que ver cuánto me gusta esa palabra.
De oca a oca, o de un país a otro vendiendo champú.
Vasil Bikov. El Signo de la Desgracia. Planeta.
Los Palimpsestos. Aleksandra Lun. Editorial Minúscula.
Dry Bar 1862. Calle del Pez. Madrid.
Plaza de los Refinadores. Sevilla.
Parking zona E, plata O, plaza 404.
"El pasado es un bonito lugar para visitar pero un mal sitio para quedarse"
Gala Kraemer Madrid 26-27 de junio.
Sangrador de Anguilas. Saliendo de Pliego hacia Sierra Espuña.
Reina Grande, escritora mexicana que tengo pendiente.
Hotel Paris. Erevan. Armenia. Salía de Erevan cuando el Papa Francisco llegaba.
Iasha, el organillero de Kutaisi. Georgia. Escribir relato.
Cuando tenga un rato de lugar...
Sólo amanece si estás despierto.
Pensé nuevamente en mi colibrí.

Leo y releo estas notas que me resultan ajenas pero que tengo claro que son mías. Y creo que son mías porque están en mi móvil y nadie, excepto yo, escribe notas en mi bloc de notas. Nadie toca mi móvil.
Encuentro más notas pendientes:
Tono y cavitación.
Siempre miro más allá.
Para la reunión de Castellón. Claves: Amor y Cultura. ¡+Empuje!
Management Inside Out. Casi acabado.
Enviar correo de motivación a mi equipo. ¡Urge!
Qué verguenza. Paulina Flores. Seix Barral.
Preparar caminata Tahe Shopping. (ver si mejor café)
Comprobar vuelos a México.
Ver con Marcel si ya tiene arreglado su pasaporte.

Cada vez tiene menos sentido lo que les escribo.
Creo que mi agenda, y mi bloc de notas, me están ganando la partida.
Ustedes disculpen.

sábado, 1 de octubre de 2016

Discurso para el primer cumpleaños de Ana Maria


Últimamente escribo mucho. Cuánto más escribo más utilizo la escritura como elemento de comunicación, como un modus vivendi con el que proyectarme hacia los demás sin ninguna causa aparente que lo justifique. Hoy, obviamente, tenía que escribir sobre mi pequeñaja, ya que ella ha sido la que nos ha convocado a todos aquí, centrando mi discurso en ella, en esa pequeña bichita, que tiene la energía de seis gigantes, intentando abstraerme de todo lo demás. Y la verdad, es muy difícil escribir o pensar en un hijo, sin que, automáticamente la mente se disperse también hacia nuestros otros hijos. Y, por fortuna para nosotros, también está aquí, hecha ya toda una mujer, mi hija Yolanda, la misma que desde los ocho o nueve años, y ya tiene veintiuno, nos venía demandando una hermanita.
Yo podría enumerar muchas cosas preciosas que ha generado en mí esta inesperada paternidad, casi in extremis, pero lo que me ha pedido Gloria es que hable sobre Ana Maria y me deje de monsergas. Pero, ¿cómo hablar de Ana Maria, esa pequeñaja que tiene la energía de seis gigantes, y la sonrisa más dulce que un bombón de chocolate, sin hablar de ella?
Por que fue Gloria, y no yo, quién decidió dar ese paso y lanzarse con todas sus fuerzas a buscarla. Y, como creo que todos los aquí presentes sabréis, no fue cosa fácil. La naturaleza es caprichosa, y, en ocasiones, le da hijos a quién no los quiere y les niega la mayor a los que andan como locos por tenerlos. Y, claro, de no haber sido por nuestros compañeros de Tahe Fertilidad, nuestros deseos, casi con toda probabilidad, hubieran caído en saco roto.
Y es en ese punto, por si no hubieran ya suficientes puntos de fusión entre lo que somos y lo que vivimos, en el que se personalizan y cobran vida todos nuestros esfuerzos. Luchamos, casi sin saber muy bien para qué, ya que podríamos haber optado por otros trescientos proyectos alternativos, por poner en marcha la mejor clínica de fertilidad de este país, y hete aquí la razón de esa inconsciente necesidad. Para nosotros, y para miles de parejas como la nuestra, ese esfuerzo se ha materializado en su razón de ser, en el eje principal de la convivencia de las parejas, y en una fábrica maravillosa de vida.
Si pienso en mi pequeña Ana María, intentando abstraerme de todo lo anterior, y sólo pienso en esa pequeñaja que tiene la energía de seis gigantes, la sonrisa más dulce que un bombón de chocolate, y las pestañas más largas que el Puente de Los Peligros, os diré, os diremos, que tanto a Gloria, como a Yolanda, como a mí, ésta loquita de culo inquieto nos ha cambiado la vida. 
Por eso agradeceré a mi esposa durante toda mi vida que supiera entender el mensaje que la vida le enviaba, que tal vez nuestra pequeñaja Ana María, desde ese otro lado desconocido en el que habitan las personitas que quieren venir a este mundo le enviaba, y que a la postre, hizo que llegara hasta aquí. 
Y ella ha venido, y vosotros habéis venido hasta aquí, para que disfrutemos juntos de su primer cumpleaños.
¡Feliz cumpleaños, Ana María!¡Gracias, Gloria!

domingo, 25 de septiembre de 2016

Colmenas de cemento


Reparo, en mi lento caminar, en un edificio de corte vanguardista que me recuerda a una enorme colmena. Varsovia es la ciudad por la que hoy me ha tocado deambular. Por fortuna, aún no ha entrado el frío. El crepúsculo confiere al edificio que observo con inquietud, y que para mi posteridad fotografío, un aire un tanto nostálgico. Las luces de las viviendas proyectan hacia el exterior una luz ambarina, casi pálida, que acrecienta la sensación de desasosiego que ya de por sí trasmite. ¿O seré yo el único que lo percibe de ese modo?
Miro hacia el edificio, intentando leer en su fachada, como si de un libro abierto se tratara. ¿Cuántas historias habitarán tras cada uno de sus ventanales?
Artur, como buen anfitrión, me adentra con orgullo en su mundo varsoviano. Varsovia es suya tanto como él es de Varsovia. Y yo, en éste juego dialéctico de pertenencias, también me siento un poco de Varsovia, y de Artur, y sin pretenderlo, también de esas historias que habitan escondidas tras las ventanas y de las que ya, inequívocamente, formo parte.
El edificio que protagoniza ésta irreflexiva reflexión, representa a todos y a cada uno de los edificios que, absorto, contemplo durante mis viajes. Edificios que se atascan en mi memoria como exigiendo su protagonismo. Protagonismo como el que disfrutó este peculiar edificio el día en el que su arquitecto-dios lo imaginó, y volcó la idea sobre unos planos, para, posteriormente, enraizarse para siempre al suelo de ésta maravillosa ciudad, y ofrecer su cobijo a los sueños de todos sus ocupantes.
Más adelante, en un jardín maltratado por una adelantada ráfaga del otoño, unos viejos árboles yacen derribados. Cientos de años de verticalidad contemplando vida y muerte, nazis ocupantes, judíos huyendo del holocausto, y polacos resistentes, para acabar derribado por una inclemencia meteorológica. Sobrevivió, desde su altura, a bombardeos, incendios, a la cara más terrible del género humano, para sucumbir, inocentemente, ante una tormenta cuando ya el verano estaba por marcharse.
Tras el árbol caído, sobre una pared, alcanzo a ver una pintada en homenaje a los niños que lucharon en la resistencia polaca. A los niños de esa ignominiosa guerra, que son los niños inocentes de todas las guerras. Varsovia está salpicada de homenajes a sus muertos para proclamar a los cuatro vientos que, pese a todo, Varsovia sigue más viva que nunca.
En unas modernas instalaciones deportivas, los niños del Legia alimentan sus sueños futboleros sin percatarse del árbol caído, ni en los edificios que hablan silenciosos, y sin ya apenas reparar en los cientos de monolitos que, a pie de calle, homenajean a los que dieron su vida para que ellos puedan soñar con llegar a ser, algún día, como Lewandowski.
Los edificios, como Varsovia misma, siguen en pie, entremezclados, para cobijar vidas, desafiar a las adversidades, y acaparar nuestras miradas. De antes de la guerra quedan pocos, muy pocos. De la sórdida época comunista, muchos. De nueva construcción, cada vez más.
La improvisada caminata nos acerca a la biblioteca pública Dzielnicy Sródmiescie, en cuyos locales, un grupo de personas se han congregado para cantar sin más pretensiones que compartir sus voces. Unir sus voces en un cántico a favor de la comunicación real en una era, mal llamada de la comunicación, en la que, paradójicamente, se está generando más incomunicación y aislamiento social que en toda la historia de la humanidad. Tal vez, bajo el pretexto de cantar, pretendan compartir momentos de convivencia con gente de su entorno que desconocen, que habitan en otras colmenas de cemento que hay junto a la suya, que también proyectan al exterior luces ambarinas, casi pálidas, y, de esa forma, acercarse a las historias que guardan celosamente en su interior.
Avanzamos, Artur y yo, mientras la luz intenta evadirse de nuestra presencia. El vigilante del Parque Lazienki, desde la penumbra en la que se guarece, estudia metódicamente la sombra recortada de nuestras siluetas. Un grupo de jóvenes, chicos y chicas, corren, entre la oscuridad, huyendo tanto de los peligros del sedentarismo como atraídos por la fiebre del running.
Los restaurante, bulliciosos, acogen en su cálido seno el beneficio del crecimiento económico de un país que duda entre la integración europea y la endogamia ultraconservadora.
Me tienen que disculpar, pero, en todos mis viajes, últimamente siempre acabo atascado entre miles de preguntas sin respuesta.
Y da lo mismo que sea observando, ensimismado, la fachada de un edificio, o el comportamiento de un vagabundo pidiendo limosna en plena calle, o el de un viejo verde, en una quedada por internet, a las puertas del Palacio sobre el Agua de Varsovia para cazar Pokémon. Observo, y observo, intentando analizar, iluso de mí, toda la realidad de un país al que, con mejor o peor fortuna, acudo con la loable intención de vender mis tintes.
Por mucho que, allá adónde viajo, intento integrarme, nunca dejo de sentirme un simple turista meditabundo, más raro que un perro verde, o un nostálgico inmigrante a tiempo parcial. O quién sabe si las dos cosas.
Gracias, Artur, por acercarme un poco más a tu mundo.