domingo, 23 de abril de 2017

Me reencarnaré en tortuga


Por mucho que lo pienso, no doy crédito a la relación tan fuerte que se ha creado entre esa tortuga y yo. Bueno, en realidad debería decir tortugo, porque se trata de un macho. Permítanme aclarar que las tortugas son de los pocos animales que no tienen distinción por cuestiones de género. Me refiero a distinción lingüística, ya que físicamente sí que se diferencian con bastante facilidad. Pero no pretendo convertir ésta declaración en un tratado de biología, lo que me interesa abordar es la relación que, tras el incidente con el perro de mi hija, se ha establecido entre esa tortuga y un servidor. 
Lo primero que debo aclarar es que amo a las tortugas desde que tengo uso de razón. No a las tortugas en general, que también, amo especialmente a las de tierra, a las de mi tierra. Amo su tranquilidad, su parsimonia, su lentitud, su indefensión, su vulnerabilidad. Desde niño, he sentido que necesitaban de mi protección. Tal vez por eso, he desarrollado un instinto de protección tan grande que me lleva a proteger, inclusive, hasta mis propios enemigos, a los que presiento, erróneamente, tan indefensos como a mis tortugas. ¡Craso error!
Sé que no es normal. Sé que un hombre hecho y derecho y con pelos en el pecho, como yo, no debería andar perdiendo el tiempo en este tipo de relaciones, pero las cosas pasan porque tienen que pasar.
El perro de mi hija Yolanda, en su primera visita a mi casa, haciendo alarde de su condición de lobo, aunque externamente no lo aparente, quiso demostrar su supremacía en la cadena trófica intentando merendarse a mi tortuga. Y fue gracias a mi hija, que se percató del ataque, por lo que mi tortuga aún lo puede contar. Gracias a eso, y gracias a que, en ese momento, estaba en casa mi amigo Carlos, que para muchos es el prestigioso pintor Carlos Pardo, pero que para mí, sencillamente, es mi amigo Carlos, y que sabe tanto de pintura, como de pianos, como de pozos artesianos, como de agricultura, informática, física cuántica, mil doscientas treinta y seis cosas más... y también de veterinaria. 
La cuestión es que Carlos la curó con la misma facilidad con la que, de la nada, pinta un cuadro que te quita el hipo. A todo esto, a mi hija casi le dio un jamacuco.
Lo importante es que, tras este inesperado incidente, la tortuga está mejor que antes y la relación entre todos, incluso con el perro, se ha visto fortalecida. 
Hace un ratito, por ponerles un ejemplo, ella estaba frente a mí. Yo estaba, al sol, leyendo "Confabulación" del escritor Carlos del Amor y ella se había situado sigilosamente en frente y me miraba con ternura. Intuía que ella era feliz viéndome leer al escritor que tiene por costumbre humanizarnos el Telediario, como intuyo que se pone triste cuando agarro mi maleta y pongo tierra de por medio.
Como les decía, ella estaba frente a mí pero de tal manera que yo no la alcanzaba a ver porque, entre ambos, se interponía el libro que estaba leyendo. Me asomé a mirarla por un lado del libro y ella giró su cabecita, como hiciera un perro, para que fuera consciente de su atención. Hice lo propio por el otro lado del libro, y mi tortuga repitió de manera automática el movimiento hacia ese mismo lado. 
Disfruto mucho viéndola comer, casi tanto como disfruto viendo comer a mis hijas. Ésto evidencia que, pese a ser un reptil de sangre fría, la he aceptado plenamente como parte de la familia. Y ella lo sabe. 
Le encantan las fresas, las manzanas, los tomates, las lechugas, las judías verdes y tomar el sol, tanto como a mí los cafés con leche de soja y miel.
Lo peor, o lo mejor, que tiene mi tortuga es que no es muy habladora, pero para mí, que soy muy optimista, ésta singularidad me ofrece la posibilidad de establecer diálogos imposibles que nadie más que ella entendería.
Para mi próxima vida ya sé lo que quiero ser.

jueves, 20 de abril de 2017

La segunda oportunidad


Aquella anodina mañana, intentando huir de mi propia realidad, agarré el coche sin saber adónde ir. Salí del trabajo evitando que nadie me viera. Creo que debía de estar harto de las preguntas de todos, de las lamentaciones de todos, de los consejos de todos. Por eso evité que me vieran al salir.
Los edificios, el trasiego de la gente, el claxon de los vehículos, el hediondo olor a contaminación que lo inundaba todo, tiraban de mí como una fuerza centrífuga que me alejaba de la ciudad y me acercaban, de manera terapéutica, hacia la naturaleza.
En mi huida, atravesé cultivos de almendros en flor, eriales amarillentos entre los que destacaba el rojo pasión de las amapolas, terrenos arenosos y pobres por los que pastaban unas cabras tan exiguas como mi futuro, y monte bajo con tomillos, espartos, espinos negros y palmitos, hasta que llegué a las ruinas de aquel pueblo perdido en el que, evidentemente, no había un alma. 
De manera inconsciente, los kilómetros se habían sucedido atropellándose unos a otros, como hacen los minutos con las horas, y las horas con los días, y los días con los años, y los años habían hecho con mi vida. Como a menudo acontecen los desastres humanos, y las guerras, y las enfermedades y las sinrazones. Pensaba en todo eso mientras conducía. Pensé, también, en la sinrazón de mi propia existencia. En el enorme significado de mi insignificancia. Pensé en el fin como opción, como oportunidad, como una salida de aquel túnel en el que, en los últimos meses, se había convertido todo.
Una deforme aglomeración de argamasa y piedras, con tejados hundidos, con vigas de madera despuntando de entre las ruinas, como las costillas de un cadáver a medio devorar por las fieras, era todo lo que quedaba de lo que debió de ser, en su día, algún pueblo. Entre los derrumbes se adivinaban varias calles, o lo que en su momento pudieron ser las calles, o las venas, de aquella diminuta población en la que ahora tan sólo habitan sus fantasmas.  
Tal vez por eso estaba yo allí. Un fantasma entre los fantasmas. Un cadáver viviente en busca de su propio fantasma. Deambulé entre aquella insólita desolación que no era otra cosa que el reflejo de mi propia autodestrucción. Arrastraba los pies arrastrando de mi propia historia y de mi inesperado infortunio. Un par de cuervos saltaron graznando, de manera enfurecida, como si hubiese violado su espacio sagrado, y se adentraron volando entre el marco de una vieja puerta, cuyas maderas, aunque carcomidas, aún se mantenían milagrosamente en pie.
Y por ahí me adentré, tras la estela de aquellos córvidos de mal agüero, con el afán de encontrar el motivo de aquel inesperado viaje hacia ninguna parte.
Tras traspasar el umbral de aquella enigmática ruina, encontré una vieja y destartalada cuna. Una cuna en la que, incomprensiblemente, yacía una mugrienta muñeca de trapo compartiendo lecho con un nido con varios pollos negros, los cuales, al verme, estiraron sus cuellos y abrieron sus picos exigiéndome su codiciado alimento. 
Y tal vez fue eso lo que me hizo abandonar las sombrías intenciones que me habían arrastrado hasta allí, y recordar que era padre de una hija. Una hija que, a buen seguro, estaría esperando de mí lo mismo que esos polluelos esperaban de sus progenitores, a los que yo tanto había incordiado con lo absurdo de mi visita. 
Estuve un rato, ensimismado, mirando esos pájaros. Esos pollos hambrientos abrían unos picos enormes, para el diminuto tamaño de sus cuerpos, dejando ver con claridad unas cavidades en forma de embudo que desembocaban en sus pequeños estómagos, que a su vez conducían a sus entrañas, a sus vísceras, y a sus intestinos.
Esos pollos, gritando de manera tan ensordecedora, me habían hecho recordar que yo también era padre, marido, hermano, hijo, compañero, persona, y que no debía dejarme caer sin pelear hasta que mi boca exhalara su último aliento.
Con lágrimas en los ojos, salí de aquel escombro polvoriento intentado que  mi existencia recobrara su sentido. Al atravesar la puerta, justo en el instante en el que mi conciencia se volvía a reencarnar en mi propia piel, los cuervos entraron volando por la puerta a cumplir con lo que la naturaleza y su prole les exigía. En mi mano, la muñeca de trapo se vino para revivir. Tanto ella como yo merecíamos de una segunda oportunidad.

domingo, 16 de abril de 2017

La crucifixión del hígado


Ayer, de refilón, escuché en las noticias que un filipino, con motivo de la celebración de la Semana Santa, se ha crucificado en treinta y dos ocasiones. Yo tengo un vecino que se crucifica todas las noches en el bar de la esquina antes de llegar a su casa. La cuestión es crucificarnos sea por lo que sea. Lo del filipino es tan excesivo, o más, que lo de mi vecino. Pensándolo bien, la mano del filipino no podría soportar el cubata de mi vecino ya que éste se le caería por el agujero, que imagino como el de un donuts. Por el contrario, no creo que a mi vecino le vaya a dar por subirse al madero. A él nunca le fue mucho eso de la carpintería. De hecho, una vez que él andaba de viaje, su mujer vino a buscarme para que le apretara unos tornillos, y yo, muy gustosamente, le hice todos los arreglos que él le estaba negando, desde hacía algún tiempo, a su desatendida señora. 
Pero a lo que iba, que se me va el santo al cielo; no es por desmerecer a nadie, pero esto de las religiones tiene su miga. La religión de mi vecino, por poner un ejemplo cercano, requiere menos de fe y más de billetera. Por mucha fe que él tenga, los cubatas se los cobran a seis pavos. La fe, para mi vecino, es un hospital de Valencia; por el contrario, para el filipino es lo que le lleva de manera reiterada a la crucifixión. En la Seguridad Social española andan para crucificarse por razones de tesorería, o sea, están como mi vecino cada final de mes: no le queda pasta y debe dinero en el bar. Según parece, la cosa se les está yendo de las manos. Tal vez, también hayamos crucificado a la Seguridad Social, demasiadas veces, y se les haya ido toda la liquidez por los agujeros, como le pasaría al filipino con los cubatas de mi paisano. Si mi vecino supiera lo mal que están las cosas por la Seguridad Social, a buen seguro llevaría más cuidado con su hígado. Este hombre debería de saber que por muchas veces que se mande crucificar el enfervorecido asiático, o por mucha fe que se tenga, hígado no hay más que uno.
¡Uf! qué lío...Creo que no me he explicado demasiado bien. Espero que ustedes, piadosamente, no me crucifiquen por mi exceso de sátira y mi falta de elocuencia. 

viernes, 14 de abril de 2017

Apuntes inconexos del natural


El próximo viernes día 21, en Madrid, me espera un gran reto. Los retos siempre andan al acecho; para ellos siempre fui presa fácil. Kazajistán se atisba en el horizonte. Tareas: estudiar todo lo relativo a Kazajistán. Llevo a medio leer el último libro de Murakami. Acabo de terminar uno de Eduardo Halfon. Ayer fotografié un hormiguero y disfruté como un enano durante la maniobra. Un cuco me acosa desde hace varios días con su cansino cu-cu, cu-cu, no sé qué es lo que quiere de mí. Mi tortuga se está recuperando muy bien del juguetón ataque del perro de mi hija Yolanda. El perro de mi hija se llama Torso, un nombre muy escultórico para un can. Yolanda se llama así por la mítica canción del cubano Pablo Milanés. En las notas de mi Iphone leo: "Avanzamos por descartes". Tempus abire tibi est. ¿Para qué me apuntaría ésta frase en latín? Lago Blend, en Eslovenia, lugar ideal para unas buenas y tranquilas vacaciones. Rematar el relato de La llave de Sarajevo. (Hecho). El mapa de las tortugas. (En construcción) Psicoinmunología. (Ver) El lunes terminar presentación en marketing a primerísima hora. Ya he estrenado la temporada de baños en mi piscina. Mi amigo Carlos Pardo que, entre cuadro y cuadro, anda enfrascado arreglando un viejo piano, me ha dicho: "Qué daría yo porque mi piel acabara en la maquinaria de las teclas centrales de un piano romántico". Esto me ha causado una gran alegría, Carlos me ha demostrado que el romanticismo aún no ha muerto. Ana María sigue igual de incansable que cuando nació y yo algo más cansado. Hablando de todo un poco, ya peso seis kilos menos.

jueves, 13 de abril de 2017

La llamada de la naturaleza


Eran otros tiempos. Luchábamos a capa y espada por el medio ambiente. Mucha gente nos miraba raro, otros nos tildaban de iluminados, y otros sencillamente de rojos comunistas. Pese a ello, yo lideraba un grupo -alguien lo tenía que hacer- de intrépidos jóvenes decididos a darlo todo a cambio de nada. Estudiábamos a la naturaleza como un medio para entendernos a nosotros mismos. Tal vez con el afán de encontrarle un fin a nuestra insignificante existencia en un mundo cambiante y convulso en plena transición democrática. Entregarnos a los demás a través de la defensa de la naturaleza fue nuestro camino por el que salir adelante.
Campañas de concienciación ciudadana. Apoyo a colectivos afectados. Denuncias contra empresas, furtivos, instituciones, o contra cualquier hijo de vecino que se atreviera a contravenir las normas de protección medioambiental. Campañas de repoblación forestal, estudios de campo de especies amenazadas de extinción, actividades de educación ambiental en centros escolares, creación de una granja escuela, y una interminable lista de acciones, eran nuestro espacio de actuación y nuestra vía de desarrollo.
Acción Verde se llamaba nuestro grupo, un grupo que acabó fusionando sus fuerzas en lo que después sería Ecologistas en Acción en aquella histórica reunión celebrada en la Torre Alfonsina del Castillo de Lorca (Murcia).
Años preciosos entregados a la lucha conservacionista. Años que ahora vuelven a resurgir cada vez que deposito mi basura en los contenedores de reciclaje, reduzco mi consumo energético, rechazo una simple bolsa de plástico, planto mis bellotas cada temporada para regalar después los arbolitos o plantarlos en el monte, disfruto de la naturaleza de manera responsable, compro en el mercado tradicional productos procedentes de la agricultura ecológica, y oriento mi voto hacia los partidos que presentan un programa electoral más progresista y arriesgado a nivel conservacionista.
Por avatares de la vida, de nuevo siento como un ligero murmullo que me acecha: la llamada de la naturaleza. Seguro que tiene mucho que aportarme y yo aún mucho que decirle. Siempre fuimos tal para cual.

martes, 11 de abril de 2017

Saturno


El padre, nuestros padres, tienen la sombra alargada como un ciprés. Su ejemplo, su figura, su temperamento, su afectividad, para bien o para mal, nos condiciona durante toda la vida. A nuestro padre, nuestro abuelo, y nosotros a nuestros hijos. La cadena se transmite mediante una especie de corriente eléctrica que lo condiciona todo. Un ejemplo erosivo, sigiloso, a la par que excesivamente contagioso. El padre ausente, ocupado, desvirtuado y alejado de su condición, que aparece únicamente cuando le viene en gana, se requiere de su autoridad, o más bien de su autoritarismo. 
El padre banco, el padre dictador, el padre amenaza, el padre impertérrito, el padre todopoderoso, justiciero, y casi eterno. Sólo casi.
Saturno se comió a sus propios hijos. Y al igual que Goya, que a través de sus cuadros dejó buena cuenta de ello, el escritor Guatemalteco Eduardo Halfon, en su novela Saturno, nos habla de un padre así, un padre como el mío, o como el suyo, o como yo mismo, que también soy padre ausente y penitente y no llevo camino de mejorar.
Es cierto que ejercer de padre es de las cosa más complicadas a las que nos enfrentamos en la vida, y tal vez por ello, o quién sabe si por cualquier otro motivo inconfesable, incluso teniendo hijos, en ocasiones, renunciamos a ello.
Y, al final, por mucho que queramos aparentar, todo padre no deja de ser un gigante con los pies de barro. 
Emotiva y preciosa novela corta ésta que hoy les recomiendo.

sábado, 8 de abril de 2017

Crema de chirivías con peras


Ideal para torpes en la cocina y gente poco amante de las cremas de verduras. Ésta crema conquistará a tus comensales por su sabor dulzón y por su increíble olor. La consistencia la elige cada quién en función de sus gustos. Si les gusta más espesa, añadiremos menos agua de la cocción, y si, por el contrario, les gusta más líquida, añadiremos más agua.

Ingredientes para cocinar este sencillo manjar:
(2 personas)

- 4 Chirivías
- 4 Peras
- Aceite de Oliva
- Sal

Coste: 

Menos imposible.

Preparación:

Se pelan las peras y las chirivías y se ponen a cocer en abundante agua.
Una vez cocidas, las ponemos en el vaso de la Turmix, le agregamos un chorrito de aceite de oliva y sal al gusto y vamos añadiendo el agua de la cocción hasta conseguir la consistencia que nos apetezca.
Salud y sabor al máximo nivel y con el mínimo esfuerzo.
¿Ustedes gustan?

miércoles, 5 de abril de 2017

De Girona a Sarajevo


Lo que les pretendo contar hoy es una historia que se remonta a más de cinco siglos atrás. Cinco siglos cargados de guerras e injusticias, como si el tiempo tan sólo de dignara a brindarnos dolor, contradicciones y olvidos, pero, antes de nada, quiero que sepan que soy plenamente consciente de las grandes limitaciones que tengo para enfrentarme a este reto al que, de manera voluntaria, me presento.
El comienzo de ésta historia se remontaría al Edicto de Granada promulgado por los Reyes Católicos el 31 de marzo de 1492, en el que se ordenaba la expulsión de los judíos, aunque, en lo que a mí respecta, la máquina del tiempo tan sólo comenzó a moverse unos pocos años atrás.
La necesidad de aumentar nuestras exportaciones me llevó hasta Bosnia, más concretamente hasta su capital, Sarajevo, encrucijada de la historia reciente de Europa, plagada de iglesias ortodoxas y minaretes musulmanes, donde la convivencia se percibe con una tensión que nunca cesa, en una especie de tolerancia intolerable, como una herida mal curada que aún sutura, en un ambiente apaciblemente enrarecido. Tal vez por todo ello, Sarajevo no deja indiferente a nadie, y mucho menos a mí.
Pese a su evidente complejidad, allí me planté con mi inseparable Artur, traductor y amigo, mi Pepito Grillo, para intentar cambiar mi destino, o, al menos, intentar sumar un mercado más en mi ansiosa lucha por la supervivencia.
Entramos a Sarajevo por la conocida como Avenida de los Francotiradores -su nombre real es Mese Selimovica- flanqueada por edificios de la antigua época comunista, en los que se encaramaron los serbios contrarios a la recién proclamada Bosnia-Herzegovina con la intención de truncar sus deseos de independencia, favorecer a los defensores de la Gran Serbia, y matar a toda persona que por allí transitara.
De todo esto hablábamos Artur y yo, en pleno casco antiguo de Sarajevo -que se conoce con el nombre de Bascarsija- tomándonos una boza, una bebida típica realizada mediante la fermentación del mijo o el trigo, a la que añaden azúcar, canela y jengibre al gusto, y que sirven bien fresquita con un ramita de menta. Ni les cuento de los dulces... Unos dulces que relacioné con la repostería árabe, pero que rápidamente un joven, que estaba sentado frente a nosotros escuchándonos, no tardó en corregirme: no son árabes, son judíos -me dijo en una especie de idioma que yo alcanzaba a comprender a duras penas -este local es de unos judíos amigos míos -matizó.
El chico hablaba y yo intuía lo que decía, aunque, en realidad, gracias a Artur -que domina siete idiomas- pudimos acabar de comprender toda la historia que ese joven tan misterioso estaba deseoso de contarnos en un idioma tan antiguo como nuestra propia historia. El hecho de que dominara también el inglés nos lo puso todo más fácil.
El joven, que dijo llamarse Etgar, era de origen sefardí. Nos comentó que su sueño era regresar a la Girona de sus ancestros, pisar sus calles, y sus plazas, respirar su aire aunque fuera una sola vez en su vida. Etgar se ofreció muy amablemente a acompañarnos a la gran sinagoga Ashkenazi, que comparten los pocos judíos ashkenazíes y sefardíes que aún viven en Sarajevo, y durante el trayecto nos fue contando su historia.
Nosotros, por nuestra parte, le explicamos a Etgar los motivos que nos habían traído hasta Sarajevo, que no eran otros que los de intentar vender cosméticos, a lo que él replicó que tenía un amigo que tal vez pudiera estar interesado en nuestros productos; por tal motivo le regalamos una de mis tarjetas y ahí quedó la cosa. Proseguimos el paseo por la capital de Bosnia y nos paramos a contemplar una partida de ajedrez gigante en un jardín. Al parecer, según nos contó Etgar, ese tipo de partidas son una costumbre muy arraigada en Sarajevo, y, en no pocas ocasiones, son seguidas muy animosamente por multitud de espectadores. Posteriormente, el joven nos llevó hasta el Museo Nacional para invitarnos a contemplar el famoso Haggadah de Pesaj, un libro sagrado que narra secuencias del éxodo del pueblo judío. Un libro precioso con dibujos decorados con láminas de cobre y oro, y que, según nos contó Etgar, fue un antecesor suyo quien lo logró sacar de Barcelona hacia Perpiñán, y de ahí prosiguió viaje rumbo a Italia, hasta recalar por fin en Sarajevo.
Después de la visita al museo, fuimos a comer al restaurante Buregdzinica Sac en el que, según nos dijeron, se come el mejor burek de todo Sarajevo, y la verdad sea dicha, aquella especie de empanada estaba deliciosa. Etgar, en todo momento, se mostró muy interesado por conocer más cosas sobre la delicada situación por la que atraviesa Cataluña y, sobre todo, por conocer algo más de la ciudad de Girona. De pequeño -nos contó- siempre soñaba que viajaba a Girona, pero ese sueño siempre acababa en un gran incendio. A veces eran grandes piras de libros ardiendo. En otras, alguien le arrebataba unos libros de las manos y los quemaba en una gran hoguera. Esas pesadillas me persiguieron como un mantra durante años -nos explicó Etgar.
Después de tan inesperado encuentro, los días posteriores estuvieron cargados de trabajo y no tuvimos oportunidad de hacer más turismo ni de volver a encontrarnos con el misterioso joven.
Habrían pasado ya varios meses, cuando recibí un correo electrónico de un tal ebenevist que se había alojado en mi buzón de no deseados. Al abrirlo, pude comprobar como el correo lo remitía Etgar Benevist, el cual resultó ser el joven que Artur y yo conocimos durante el pasado viaje a Bosnia.
En su correo me hacía referencia a que, en el próximo mes, visitaría Girona y me pedía una serie de consejos prácticos relativos a transportes públicos, alojamientos económicos, y seguridad. Sin demorarme demasiado, recabé toda la información que el joven me requería y le respondí, dejando la puerta abierta a pedirme un par de días libres para encontrarme con él en Girona. A lo que él, a vuelta de correo, me respondió que era la mejor noticia que le podían haber dado, y que tenía el firme convencimiento de que todo eso no era tan sólo fruto de la casualidad. En ese viaje a Girona, algo importante nos espera, amigo -aseguró.
En otro correo posterior, en el que concretábamos vernos en el hotel Carlemany, para posteriormente desplazarnos a pie hacia la judería, me aseguró que su español había mejorado mucho gracias a un curso intensivo que había tomado en el Centro de Estudios Hispánicos de la capital bosniaca.
Durante los días en los que esperaba la llegada de Etgar, estudié todo lo relativo a la expulsión de los judíos de España y especialmente de la ciudad de Girona, sobre lo que tengo que reconocer que no sabía absolutamente nada. Sin embargo, tras dedicar unas cuantas horas a investigar por Google, mi interés por el tema se había disparado.
El día de autos, a la hora acordada, nos encontramos en la cafetería del hotel. Él traía, como presente, unos dulces como los que comí junto a Artur en Sarajevo. Tras los protocolarios saludos, y comprobar que, efectivamente, su español se había hecho mucho más comprensible que el ladino con el que nos habló en nuestro primer encuentro, decidimos emprender camino hacia la judería. En principio, su objetivo era pasar un día en Girona, viajar posteriormente a Barcelona, para visitar el legado de Gaudí, y de ahí viajar a Madrid para visitar el Museo Reina Sofía, ya que me contó de su enorme ilusión por ponerse delante del Guernica y de su pasión por la obra del universal artista malagueño Pablo Picasso.
Nada más llegar al laberinto que conforman las calles empedradas del Call de Girona, los ojos de Etgar se llenaron de lágrimas. Su llanto era mudo, sin un suspiro, sin ningún lamento. Sus lágrimas manaban sin control como una fina lluvia que brotara desde lo más profundo de su ser. Yo caminaba a su lado, sin saber muy bien qué papel asumir ante tan delicada situación, por lo que decidí continuar en silencio sin interrumpir el caudal por el que se estaban precipitando sus emociones. Esas callejuelas, impregnadas de humedad y misterio, sin duda, tenían algo de mágicas. 
En un momento dado, Etgar metió la mano al bolsillo de su chaqueta y sacó una llave. Mira, Pepe -me dijo- ésta es la llave de la casa de mis ancestros, lleva siglos en nuestra familia pasando de padres a hijos. Siempre soñé que algún día encontraría esa casa y aquí estoy, por fin, para intentarlo. Ni que decir tiene que, al contemplar esa antigua llave, sentí cómo un escalofrío recorría todo mi cuerpo. Durante el trayecto, entre callejuelas sombrías y escaleras empinadas, majestuosas casas de piedra adornadas con arcos y columnas, y preciosos jardines interiores con hiedras trepadoras, Etgar escrutaba minuciosamente todas las puertas, muy especialmente sus cerraduras. Descartaba las puertas modernas y tan sólo reparaba en aquellas de apariencia antigua. Lo sentí excitado en un par de ocasiones, en los que las puertas, pese a contar con una nueva cerradura,  conservaban aún la antigua. Pero en ninguno de los casos su llave se ceñía a las proporciones de esos cerrojos. Calle tras calle, callejón tras callejón, escalera arriba y escalera abajo, el barrio judío habría cambiado tanto en los últimos quinientos años que era casi una quimera pensar en la remota posibilidad de que pudiéramos hallar la casa de sus ancestros.
Junto a una terraza, en la que paramos para tomar un café y replantear la situación, vimos una librería judía. Tras un breve descanso, durante el que Etgar se prodigó poco en palabras, decidimos visitarla. En la librería nos recibió un señor con barba y kipá. Etgar volvió a utilizar ese extraño idioma con el que nos sorprendió en aquella cafetería de Sarajevo, y el librero le respondió con total normalidad. Yo permanecía expectante tratando de seguir la conversación, de la que únicamente podía entender palabras sueltas. Me recordaban al idioma en el que está escrito El Cantar de Mio Cid, o el Quijote, y que tanto me atraían de pequeño. Mientras ellos charlaban amistosamente, yo me puse a hojear varios libros escritos en hebreo, de los que me sorprendieron sus magníficas ilustraciones. A mi alrededor, habían varios jóvenes judíos que lucían la bandera de Israel en una acreditación que colgaba de sus cuellos, a los que Etgar también saludo de manera afectuosa.
Después de aquel emotivo encuentro, Etgar y yo salimos de la librería. En la cara del joven vi algo distinto. Sus ojos habían adquirido un brillo especial después de aquella amistosa conversación con el librero. Vamos a ver una tienda de antigüedades que hay a la vuelta de la esquina -me dijo- según Amos, el librero, aunque parezca mentira, en ella aún podríamos encontrar objetos y enseres originales de aquella época.
Durante el corto trayecto, sentí a Etgar más relajado, de hecho, la conversación versó sobre su viaje en tren hasta Barcelona, su posterior traslado a Madrid, y, si le quedaba tiempo y dinero, tal vez podría incluir un viaje a Toledo, de la que algunos conocidos suyos de Sarajevo procedían.
Al llegar a la tienda el semblante de Etgar cambió radicalmente. Era una de esas típicas tiendas de antigüedades en las que todo está amontonado en una especie de orden caótico, en el que con independencia de su origen, época o estilo, todo convive en un desacierto expositivo pero que tanto gusta a los amantes de las antigüedades y de la estética vintage. 
La tienda la regentaba una mujer que desafiaba con suma elegancia a la jubilación. Una mujer enjuta y menuda, con el pelo cano recogido en un moño, y dueña de una mirada tan penetrante que sería capaz de hacernos la prueba del ADN de un simple vistazo. Daba la sensación de que aquella señora fuera la guardiana de algún secreto, un secreto que bien podría esconder entre ese sinfín de cachivaches dominado por el polvo y la penumbra.
-Buenos días: en qué les podría ayudar -nos saludo con una voz tan profunda como los confines del universo. Buscamos objetos originales del barrio judío de la ciudad -le expliqué. Pues para ser sincera, les diré que lo que me queda de esa época es nada. Todo lo que había se lo han ido llevando, durante las últimas décadas, judíos llegados de los cinco continentes. Ésta menorá y ésta torá de aquí -dijo señalando a una vitrina- son reproducciones de mucha calidad pero no dejan de ser copias como las que se pueden encontrar en miles de lugares turísticos con un pasado de presencia hebrea y destinados a ser vendidos como souvenirs, aunque no dudo que habrá desaprensivos que los vendan como buenos -nos explicó. ¿Entonces no tiene absolutamente nada original del viejo barrio judío? Mi amigo Etgar ha venido expresamente desde Sarajevo con la ilusión de encontrar algo de aquella época -le expliqué a la buena señora. Ella, haciendo una revisión mental de todo ese infinito catálogo de despojos que representaba su modo de vida, nos regaló una mirada complaciente y nos dijo: en un patio interior, que tenemos como trastero, mi padre guardaba tejas, rejas, ventanas y unas puertas que, según nos explicó en más de una ocasión, provenían de unos derribos del siglo pasado. Él contaba que esas casas aún eran auténticamente judías, y que, tras la expulsión, habían pasado a manos de allegados a la iglesia. Sí quieren le podemos echar un vistazo, hace tiempo que no entro a ese patio...Ese patio, no sé muy bien el motivo, siempre me ha sido ajeno, como un apéndice que no me perteneciera. De hecho, creo que tras la muerte de mi padre no habré entrado ahí más de dos o tres veces. 
En contra de lo que imaginaba, al abrir una puerta de madera que bien podría contar con un par de siglos en sus tableros, nos quedamos asombrados al descubrir que una luz multicolor inundaba toda la estancia. Al mirar hacia arriba pude contemplar una claraboya espectacular que bien podría valer, por sí misma, más que todo el contenido de aquella decrépita tienda. El dibujo de sus cristales representaba un árbol. Es el Árbol de la Vida -dijo Edgar. Nadie sabe quién lo puso ahí -explico la señora- mi abuelo ya contaba historias sobre esa claraboya y ese árbol sagrado. Este edificio es tan viejo como la famosa casa de Lleó Avinay.
Creo que le tengo manía a este patio desde que de niña me quedé encerrada toda una noche aquí adentro, una noche de la que se me quedó grabada una pesadilla que me ha perseguido durante años -explicó la señora. ¿De un incendio? -preguntó Etgar, visiblemente alterado. Así es, joven ¿cómo lo ha sabido?. Los tres nos miramos como si hubiéramos escuchado algo inaudito, como si hubiéramos descubierto algo que no sabíamos muy bien cómo encajar en toda ésta historia.
En ese patio, en contra de lo que imaginábamos, habían muy pocas cosas: un gran montón de tejas, muy bien apiladas, por cierto, un par de rejas de hierro forjado, y un grupo de tres o cuatro puertas viejas apoyadas contra la pared. Ésto es todo lo que tengo -dijo la dueña, apesadumbrada. Ya quisiera yo tener más cosas de esa época...
Etgar, sacando la llave de su bolsillo, se acercó a la puerta como si lo hiciera en otra dimensión, como si la dueña de la tienda y yo hubiésemos desaparecido por completo de su campo de visión. La señora, que no sabía nada de esa llave, se quedó perpleja al comprobar cómo Etgar intentaba introducirla por la cerradura, pero en esa primera puerta la llave no encajaba, de hecho ni tan siquiera la alcanzó a introducir. Al parecer, era ligeramente más grande que la cerradura. 
-¿Qué hace ese joven? -me preguntó la señora, en voz baja, visiblemente sorprendida. Es la llave de la casa de sus ancestros; sus antepasados, tras la expulsión, salieron de Girona hasta recabar definitivamente en Sarajevo -le expliqué. 
Mientras conversábamos, Etgar ya había descartado una segunda puerta, y se disponía a probar con la tercera y última de esa pila de puertas, pero, para su desgracia, el resultado fue el mismo que con las dos anteriores. La cara de Etgar era todo un poema. Con los ojos repletos de lágrimas y la voz quebrada por la desesperación alcanzó a decirnos: la puerta no está aquí. A lo que la señora, haciendo una mueca facial como si acabara de recordar algo importante, dijo: creo recordar que debajo de esas tres puertas, en el suelo, había un trozo de una puerta que estaba casi totalmente quemada, pero que mantenía indemne la zona de la cerradura.
Entre Etgar y yo apartamos las tres puertas, y, efectivamente, ese trozo literalmente abrasado de lo que algún día fuera una puerta estaba en el suelo justo en el lugar en el que la señora lo recordaba. Siempre me he preguntado el motivo por el cuál ni mi abuelo, ni mi padre, ni yo misma, en todos estos años que regento el negocio, habríamos tomado la decisión de tirar a la basura algo tan inútil y tan invendible -comentó la señora cargada de razones. Una cosa es ser anticuario y otra bien distinta es padecer el Síndrome de Diógenes... -nos explicó, regalándonos una balsámica sonrisa.
Entre tanto, Etgar había agarrado ese trozo de puerta, tiznándose ambas manos, y lo había depositado en el centro del patio justo en donde la luz proyectaba un precioso tono rojizo. Ante nuestra expectación y, tras fallar en un primer intento, esa vieja llave consiguió accionar aquellos oxidados mecanismos de los que se separara hacía más de quinientos años. Etgar, alzó sus brazos hacia aquella mágica claraboya y gritó algo en ladino, algo que, más allá de su significado, sentimos como un grito desgarrador, un grito al que, a buen seguro, se sumaron las almas de todos sus ancestros mancillados, humillados, y expulsados de la que, hasta ese momento, era su tierra, una tierra que les pertenecía tanto como nos pertenecía a nosotros, y de la que nunca, nunca se olvidaron. 
Tras ese grito, que hizo temblar hasta los cimientos de aquella casa centenaria, Etgar se dejó caer sobre aquella puerta mutilada, sobre aquella puerta abrasada por el odio y la injusticia. Y lloró. Lloró como lloraron sus antepasados huyendo de sus tierras, y de sus propiedades, y las que siempre soñaron regresar. 
La señora y yo, agarrándonos de la mano, decidimos salir de aquel patio. Ese momento únicamente le pertenecía a Etgar. La imagen de ese hombre desolado, llorando quedamente abrazado a ese pedazo de madera carbonizada, sobre aquel suelo de piedra tapizado de luz multicolor, por mucho tiempo que pase, creo nunca se borrara de mi mente.
Lo que aún no tengo muy claro es cómo le voy a contar todo esto a Artur. Lo mismo pensará que le estoy contando otra de mis historias.