jueves, 31 de diciembre de 2015

Ana Maria y el piano


El piano, y los canarios, y los peces, y los cuadros. Mi pequeña Ana María abría los ojos como platos mientras mi amigo, el pintor Carlos Pardo, interpretaba, para nosotros, una pieza de Johan Sebastian Bach. En su taller, Carlos ha creado su nuevo microcosmos en el que pinta tocando y toca pintando, mientras, de fondo, cantan sus pájaros y sus peces rojos bailan un vals. 
La rotundidad de sus cuadros, la fuerza de sus pinceles, el compás de su música, y su sabia dialéctica denotan, rápidamente, que estamos ante alguien muy especial. Mi hija lo observa, atenta, como cuando mira los dibujos animados de Peppa Pig. Alguien que ha sido capaz de encontrar, en lo más profundo de su propio ser, la esencia que une a los humanos con su entorno, con su medio, con el dominio más absoluto de la creatividad, te atrapa con una invisible aureola de magnetismo. A los dos minutos de estar ante su presencia, ya giras, inconscientemente, alrededor de él, como todo satélite gira, cautivo, alrededor de su planeta.
Su relación con la naturaleza, la eterna búsqueda de los límites de sus propias capacidades, nos llevan a entender que toda dificultad es la antesala de la grandeza, y que la grandeza, más allá de convertirnos en dioses, nos debería transformar en seres especiales, humildes y sencillos, felices y generosos, a ser como es él.
Por todo eso, antes de que acabara este maravilloso año, en el que la vida me ha dado tanto, quería que mi hija hiciera su primera visita a Carlos, pese a que mi amigo anda ultimando los preparativos de su próxima gran exposición que tendrá lugar, en unos días, en el Palacio del Almudí de Murcia.
Una visita que, pese a que Ana María tan sólo tiene tres meses, no la dejó indiferente. Y mucho menos a mí.

domingo, 27 de diciembre de 2015

El hombre con suerte


Ana María se ha dormido escuchando a los Rollings Stones. No sé si eso será muy propio de la ortodoxia navideña pero a ella le ha ido genial. Pese a las fechas que estamos, el día está soleado, con un ligero dorado, tirando a rubio. Yo he aprovechado su descanso para inventarme unas pochas con magret de pato y unas judías verdes que ya tenía cocidas, una receta tanto fruto de mi imaginación como de mi aprensión a los libros de cocina.
La olla bulle, mientras les escribo y velo a Ana María. Los huecos temporales ahora adquieren más relleno, más densidad, un sentido mucho más utilitario. Y se agradecen. 
Mientras el pato y las pochas dirimen sus discrepancias, a fuego lento, otro año llega a su fin. Todo tiene un principio y un fin. Y yo velo y cocino, a fuego lento, haciendo un repaso mental al año que ahora termina. 
El pato ha terminado en mi olla. Las judias verdes, que deambulaban por el frigorífico hace varios días, han terminado maridando un guiso de pochas. Y yo he terminado criando de nuevo.
Hago balance. Sumo y resto. Errores y aciertos. Sonrisas y lágrimas. Idas y venidas. Nuevas fronteras. Nuevos sueños. Nuevos retos. 
Una collalba negra me mira desde lo alto de la valla que separa mi casa del resto del mundo. La ardilla hace semanas que ya no hace equilibrios por ahí, y tal vez esté invernando en el hueco de algún pino carrasco. Las tórtolas siguen emparejadas. Los abejarucos ya se marcharon a África. Los perros del vecino ladran para hacer acto de presencia en este relato. Por mi mente pulula la reunión general del próximo día treinta. Transita, sin control, el imaginario devenir del año próximo. De nuevos guisos inventados. De nuevos destinos. De gobiernos por descubrir.
Ana María ya se mueve y lloriquea pidiendo atención. El guiso ya huele a hecho. El año ya se termina. Todo acaba para comenzar de nuevo. Gracias a la vida y a todos los dioses que la manejan. Como decía mi madre, que ya no está entre nosotros, soy un hombre con suerte. Por lo visto, con mucha suerte...

miércoles, 23 de diciembre de 2015

Merkel Secret



En un recóndito paraje Finlandés debió de sonar un teléfono. Aunque, al parecer, no sonó.

-Oiga: ¿es ahí la oficina de Papá Noël?
-No, se ha equivocado, esto es la antigua sede de Nokia.
-¿Y ahora qué es? Si se puede saber...
-Una fabrica de fajas de señora.
-¿Y qué marca tienen esas fajas?
-Merkel Secret.
-¿En serio?
-Como lo oye.
-¿Y se venden bien?.
-Divinamente.
-¿Y no podría darme el teléfono de la oficina de Papá Noël?
-Claro, mi cuñada trabaja allí, pero: ¿no será para hacer alguna petición de última hora? La sección de peticiones ya cerró el domingo pasado.
-Es que a mi sobrina le he prometido una Barbie Letizia, pero, por esperarme tanto, ya no quedan en ningún sitio.  
-Pues yo le doy el número si quiere, pero creo que se queda usted sin su Barbie.
-No, ¡por el amor de Dios!, mi sobrina me mata. 
-¿A su sobrina no le iría bien una faja? Las tenemos en oferta: comprando una faja Merkel Secret, por cincuenta euros, le regalamos un gorrito de Papá Noël y una lata de paté de alce.
-Pero mi sobrina tiene diez años. ¿Para qué iba a necesitar ella una faja?
-¿Y su esposa? 
-Mi esposa no sé...Pero yo llamaba por lo de mi sobrina.
-Sí,sí, estamos de acuerdo, pero: ¿le ha comprado usted ya el regalo de Navidad a su esposa?
-No, aún no le he comprado nada.
-¡Me lo imaginaba! Entonces no lo piense más y regálele una Merkel Plus que deja el culo como el de la Jennifer López.
-¿En serio?
-En Merkel Secret siempre hablamos en serio, caballero. ¿Qué talla de pantalón usa su esposa?
-Creo que la cuarenta, o la cuarenta y dos.
-Ok. Entonces sería una S. ¿Me da sus datos para hacer el envío? En menos de cuarenta y ocho horas la tiene usted en casa. 
-Pero yo lo que quería era comprar la Barbie Letizia para mi sobrina. Mi esposa no usa fajas...
-¿Su esposa tiene el culo de la Jennifer López?
-¡Qué más quisiera yo!
-¿Y sabe por qué no?
-Nunca me lo he preguntado.
-Pues porque no usa la faja Merkel Secret.
-Es que no sé si le va a gustar ese regalo.
-No piense en eso. Piense en lo mucho que usted va a disfrutar, a partir de ahora, cuando la vea subir las escaleras, y lo bien que van a quedar los vestidos y los pantalones. Piense en la pasión que va a recuperar su relación. Piense en la envidia que le van a tener todos sus vecinos. Además, por diez euros más le enviamos también un picardías rojo para su fiestecita privada de Nochevieja. ¿Qué más se puede pedir?
-Perfecto, pues envíemelo. ¿Y desde Finlandia llega a Murcia en cuarenta y ocho horas?
-No señor. No estamos en Finlandia, estamos en Móstoles. ¿Ha marcado usted el prefijo de Finlandia?
-Pues ahora que lo dice...
-Tome nota, el prefijo de Finlandia es el +358.
-¿Y cree que allí me podrán ayudar con lo de mi sobrina?
-Sinceramente, yo creo que no.
-¡Me mata mi sobrina! Por cierto: ¿No me dijo que su cuñada trabajaba en la Oficina de Papá Noël? 
-Así es, mi hermano y su mujer se fueron a trabajar a Finlandia hace seis años.
-¿Y cómo les va por allí?
-Bien, ganan un buen sueldecillo, pero pasan un frío de mil demonios.
-Claro, todo no se puede pedir.
-Bueno, caballero, en cuarenta y ocho horas tiene usted su regalo en casa. Le cuelgo, que parece que se ha vuelto a equivocar otro. Saludos.

lunes, 21 de diciembre de 2015

El rugido de los mercados


A menos de que hayan pasado veinticuatro horas desde que el pueblo español se expresara libremente en las urnas, los mercados ya rugen ofendidos. Los mercados tienen un gusto tan exquisito que no entienden de bocatas de chorizo de Hacendado ni de patés de La Piara. Ni de bancos de alimentos. Ni de salarios de seiscientos euros por currar diez horas diarias. Mientras ellos observaban, en la lejanía, con una copa de Champán francés en la mano, o un Riesling bien fresquito, los españoles, equivocados, votábamos en busca de una vida más digna que la que proporciona un contrato laboral de una semana.
La expresión del pueblo español ha ofendido al gran hacedor. El sindicato obrero, que es España, ha cabreado a su gran Jefe "mercado". La prima de riesgo amenaza. Los prestamos ya se resienten. La caja de nuestras pensiones vuelve a temblar. Un sistema económico perverso agoniza calentando el planeta y esclavizando a los pueblos. 
La democracia y la libertad de nuestro país, para algunos, no es plato de buen gusto. La única libertad que se nos consiente es para producir barato, ahorrar en costes sociales, privatizar todo lo público, liberar de obligaciones a las grandes corporaciones supranacionales, que son las que manejan el gran mercado, y someter a las pequeñas y medianas empresas hasta que vayan sucumbiendo por su propio pie. 
El neoliberalismo salvaje ha pulverizado a la socialdemocracia hasta hacerla picadillo. Europa, ese sueño bucólico, es ahora un ente gris y maquiavélico, que presta dinero a cambio de chuparnos la sangre. 
No sé si ese proyecto común que hace unos años tanto entusiasmaba a los españoles llamado Europa, tiene remedio o es ya tan sólo papel mojado. 
Lo que sí ha quedado patente es que la gente está dispuesta a cambiar las cosas para recuperar su dignidad cuando las instituciones han dejado de ser dignas. La soberanía de los pueblos, de los ciudadanos, debería estar por encima de intereses particulares, de no ser así, los mercados podrían terminar quedándose sin clientes, y el sistema, que tan pingües beneficios está ofreciendo a unos pocos, morir de éxito. Espero que los políticos sean capaces de volver a equilibrar la balanza de la justicia social. Necesitamos políticos que gobiernen para la ciudadanía. En España siempre soñábamos con una Europa unida y justa. Los resultados de estas elecciones deberían de servir de test para el resto de la Unión Europea, los habitantes de la cuarta economía de la zona euro así lo están avisando.

sábado, 19 de diciembre de 2015

Cámara Café: Navidades electorales


-Hola Borja. ¿Cómo va todo?
-Divino. Estoy reflexionando a más no poder.
-¿Y eso? ¿Te has hecho budista?
-No, tío. ¿No sabes que hoy es la jornada de reflexión?
-¿Y sobre qué reflexionas?
-Sobre quién quiero que gobierne mi país.
-¿Qué país?
-España, ¡coño!, que pareces tonto.
-Oye, oye, sin faltar, que yo no entiendo de política.
-Pero luego bien que votas a los que votas.
-¿Quién yo? Pero si yo no he votado en mi vida.
-Pues, peor aún...y luego te andas quejando.
-¿Pero si yo no me quejo de nada? Bueno sí, cuando pierde el Atleti.
-Dicen que el Chelsea quiere fichar al Cholo Simeone.
-¡No, por el amor de Dios! Si se va el Cholo se hunde el Atleti.
-¿Lo quieres solo o cortado?
-Solo, por favor.
-¿Y tú, a quién vas a votar?
-Mis ideales políticos los guardo siempre en el ámbito de lo privado, pero nunca falto a una cita electoral. Creo que es mi deber como ciudadano. Es mi compromiso con España.
-Me estas haciendo sentir mal por no ir a votar.
-No era mi intención, pero no votar es como renunciar a un derecho.
-He oído que le han pegado un puñetazo al presidente, y, además, en su ciudad.
-Sí, parece que ha sido un joven, menor de edad, pariente lejano de su esposa.
-Joder. Nadie es profeta en su tierra.
-Ni que lo digas.
-¿Y qué le vas a pedir este año a los Reyes Magos?
-Un libro y un perfume.
-¿Algún libro en concreto?
-Cuentos completos, de Marcel Schwob.
-Creo que tú lees unas cosas muy raras.
-Puede que sí, por eso no me gusta la política. Los políticos son unos cuentistas muy malos. Me aburren. ¿Y tú que la vas a pedir, Borja?
-Un gobierno fuerte y estable, como España se merece.
-Y tú erre que erre con la política...
-Es que estoy reflexionando, joder, y tú no paras de molestar.
-Pero si yo tan sólo quería tomar mi cafelito.
-¿Sabes?: todos los que leéis mucho votáis al Coletas. 
-¿Y quién te ha dicho eso?
-O al malhablado del PSOE, que se ha pasado toda la campaña gritando muy excitado porque nadie le hacia caso.
-No voto, cómo quieres que te lo diga.
-Seguro que votas al Garzón, o al Coletas...
-Y dale..pero qué maniático. ¡Qué no voy a votar! ¿Cómo quieres que te lo diga?
-Seguro que, a última hora, te arrepientes, y vas y les votas.
-¡Qué no, Borja!. En serio, dime: ¿qué le vas a pedir a los Reyes Magos?
-Ya te lo he dicho antes: ¡Un gobierno fuerte y serio!
-¿Sólo eso?
-¿Te parece poco?
-Qué aburridos sois los tuyos...Siempre con la misma cantinela.
-Bueno, Manolo, ya hablaremos el lunes.
-Si ganáis otra vez, pagas tú el café ¿de acuerdo?
-Perfecto. ¿Y si no ganamos?
-Jajaja. Lo pago yo.
-¡Ves cómo los vas a ir a votar! Estoy seguro...
-¡Y dale Perico al torno...!

jueves, 17 de diciembre de 2015

Rueda, rueda, y rueda



Un libro se acaba y otro comienza. Falta muy poco para dar por finiquitado un año y el otro se acicala, esplendoroso, como todo lo nuevo, como todo lo que está por descubrir y mantiene el encanto de lo desconocido. 
La vida. La vida pasa a golpe de calendario Pirellí. Vueltas y vueltas infinitas de astros en el cosmos. Biología cíclica. Ruedas que no paran de rodar. Rutinas alineadas en caminos invisibles, que nos arrastran, hacia la invisibilidad. 
Ayer, en el hospital, me di cuenta de que todos somos una misma cosa. Miré nuestros rostros envejecidos, vidas en marcha, decrépitas, precipitándose al vacío.
Estar o no estar. Ser o no ser. Eternas preguntas que no han cambiado desde las cavernas a los centros comerciales. Movimientos espasmódicos, impulsivos, predeterminados, ausentes en su presencia, controlados en su descontrol. Vidas replicadas. Luchas silenciosas por la supervivencia. Pulsos constantes. Guerras lejanas y cercanas. Caminos transitados, como venas de un enorme cuerpo con millones de cabezas. Espermas bulliciosos en busca de su óvulo. Óvulos en busca de un no se qué. Soles que alumbran un nuevo día. Tránsitos que no cesan. Carreteras atascadas. Frigoríficos que se llenan. Langostinos que se descongelan. Fiestas que se preparan. Vidas empujadas por una inercia desconocida, casi nuclear, que buscan los científicos en cuevas kilométricas subterráneas con máquinas de difícil comprensión para los que no entendemos de nada. Otros rezan a sus dioses. Otros se los inventan para hacer caja. El año que termina me trajo a Ana María. Y eso supera todo lo demás. Cercano o lejano. Mundano o divino. La vida está dentro de nosotros. Todo lo que buscamos afuera está dentro de nuestra cabeza. La ceguera es lo que nos pierde, tal vez por llevar demasiado tiempo buscando respuestas mirando hacia los astros, en una especie de un brindis al sol.
Las urnas esperan sobres hambrientas de futuro. El bombo de la lotería, bien engrasado, da vueltas buscando ganadores. Los niños de San Ildefonso ya afinan sus gargantas y planchan sus trajes. El calendario anhela un nuevo estreno con una modelo sueca en topless. Todo termina y todo comienza. Rueda, rueda, y rueda.

domingo, 13 de diciembre de 2015

Para llegar al otro lado


Para llegar al otro lado, según Vladímir Lórchenkov, un moldavo que se gana la vida la mar de bien escribiendo, hace falta mucho, pero que mucho, valor. En su libro "Para llegar al otro lado", publicado por Ediciones Nevsky, ironiza sobre las peripecias que los moldavos tienen que soportar para llegar a ese otro lado del mundo, en el que la gente puede tener alguna opción de conseguir una vida digna. Ese lado del mundo es, con toda seguridad, en el que vivimos usted y yo como si no costara. 
Moldavia es uno de esos países olvidados del continente europeo, que la mayoría de la gente no sabría ni situar en el mapa, cuyos habitantes tienen que resignarse a emigrar -principalmente a Italia-, si aspiran a ganar algo más de doscientos euros al mes. Y tener una casa medianamente confortable. Y un coche utilitario de segunda mano. Y una sanidad. Y una educación. Los moldavos, como el resto de los mortales, quieren lo mejor para sus hijos y comer caliente tres veces al día.
Pensándolo bien, todos queremos llegar al otro lado. Todos tenemos ese Nirvana en nuestra mente. Ese lugar, esa situación, esa fantasía liberadora, ese espacio de conquista que se nos resiste, que se nos enquista, y que nos hace vivir a la espera de un algo que nunca llega a materializarse, y que es inherente al género humano, a nuestro inconformismo, y a nuestro instinto de supervivencia.
No hay cosa que más respete que a un inmigrante. Admiro su valentía: en la mayoría de las veces se van sin tan siquiera conocer el idioma del país de destino, caen en manos de mafias que los despluman, los engañan, los violan, los maltratan, y al final de todo ese Vía crucis consiguen llegar hasta nuestras calles para limpiar la mierda que nosotros no queremos limpiar, cuidar a nuestros ancianos a los que nosotros no queremos cuidar, servirnos de comer por unos salarios que nadie aquí estaría dispuesto a aceptar, construir nuestras viviendas, a bajo coste, para que se forren los constructores y los bancos, cultivar nuestros tomates, o hacer lo que sea, en oficial o en negro, para poder enviar un giro al mes a sus padres, los cuales se han quedado al cuidado de sus hijos, que se quedan solos sin entender muy bien los motivos de la ausencia de sus progenitores. Los niños no entienden de economía, solo de afecto.
En el libro, que les recomiendo, un tractor puede acabar convertido en un aeroplano, o en un submarino. Un Pope puede organizar dos cruzadas ortodoxas contra la hereje Italia. Cualquier idea, por rocambolesca que parezca, puede ser la definitiva para llegar al otro lado. Nada se pierde cuando todo está perdido.
En clave de humor, Vladímir Lórchenkov, nos intenta humanizar a los inmigrantes frente a esa malévola corriente ideológica que pretende deshumanizarlos y criminalizarlos. Los inmigrantes no son nuestros enemigos, son nuestros aliados. Ellos necesitan de nosotros y nosotros de ellos.

sábado, 12 de diciembre de 2015

Wi-Fi gratis


Para intentar conectarme gratis a la Wi-Fi del Aeropuerto de Barcelona, por lo único que no me han preguntado ha sido por la talla de mis calzoncillos. Al final de tan colosal interrogatorio, digno de la KGB, no me he podido conectar porque tenía que responder otros diez cuestionarios, esta vez de los distintos sponsors de la red.
Así que les escribo, sin Wi-Fi, como un cantante cantando a capela, observando el continuo despegue de aviones de todas las banderas y mirando la cara, de miércoles por la mañana, que tiene un tipo que está frente a mí disfrutando de la ventajas de la Wi-Fi gratuita del Aeropuerto de Barcelona, y de las ofertas que le han remitido sus sponsors de cara a la navidad.
Viajo a Minsk, con la incertidumbre por montera. La azafata de Vueling se ha percatado de que a mi DNI electrónico se le ha desprendido el chip, y me ha advertido de que sin él no me dejarán en entrar en Polonia. Le he comentado que en Varsovia, Artur me entregará mi pasaporte con el visado de Bielorrusia. Ella me ha dicho, con cara de pocos amigos, que no conoce a Artur y que nunca ha estado en Bielorrusia. Yo le he respondido, compungido, que eso era imposible. Le he explicado que a mi amigo Artur, entre otros cargos, se le conoce en todo el mundo por ser el representante del Dalai Lama para las Ex-repúblicas Impúdicas de la extinta Unión Soviética, que habla seis idiomas correctamente, y varios a medias , y se ha presentado seis veces, sin éxito, para representar a Polonia en el festival de la canción de Eurovisión.
De cualquier forma -me ha aclarado la azafata- puede ser que no le dejen entrar en territorio polaco, por mucho que su amigo Artur se relacione con asiduidad con la diplomacia cosaca, hable más idiomas que en la ONU, y cante peor que un burro en chancletas.
Así que les escribo sin Wi-Fi, y amenazado de destierro, observando el despegue continuo de aviones de todas las banderas, y mirando la cara de miércoles por la mañana que tiene un tipo que no sé por qué narices no para de sonreírme.
Ligar sin Wi-Fi, en el Aeropuerto del Prats de Barcelona, observando los aviones de todas las banderas durante su violento despegue, amenazado en un limbo aeroportuario, con un tipo cariñoso que tiene cara de miércoles por la mañana, hace que me encomiende a San Artur de Varsovia, como Curro Romero se encomendaba a la Virgen de Triana antes de salir al ruedo. Yo, al morlaco lo tengo delante y no para de hacerme carantoñas.
Los viajes, en ocasiones, comienzan de manera inesperada, como cuando por la mañana te preparas la tostada y, cuando la tienes lista, te das cuenta de que no hay mantequilla. Esos contratiempos, no se si a ustedes, a mí me ponen de los nervios, y esto afecta mucho a mi colon irritable y mi hígado graso. 
El tipo me seguía sonriendo sin importarle, lo más mínimo, mis problemas hepáticos, y mi desconexión a Internet, tal vez más interesado en mi talla de calzoncillos que el sponsor al que me remitía la Wi-Fi gratuita a la que yo no había podido acceder, por mi consabida torpeza con las nuevas tecnologías, y él sí.
El tipo de la sonrisita floja, envalentonado ante mi notorio desconcierto, me preguntó algo en inglés, con acento andaluz, por lo que dilucidé que podría tratarse de un gibraltareño dedicado al blanqueo de capitales, o quién sabe si a algo peor.
Le advertí de que soy un cateto, y que hablo tan sólo el dialecto de mi pueblo. A lo que él, como un androide, no paraba de repetir:
-¿Pueblo? ¿Pueblo?
-Sí, soy de pueblo. ¿Pasa algo?
-My gustar pueblo -dijo el ligón mañanero, como lo hacía Doña Croqueta en el  mítico Un, dos, tres.
-¿Qué pueblo? -le pregunté.
-Yes, pueblo -respondió el guiri.
-¡Pero que yes pueblo ni qué niño muerto!
-Speak English?
-¡Qué no, coño!¿Cómo quieres que te lo diga?
-Excuse me -me murmuró con el rabo entre las piernas, nunca mejor dicho.
El conquistador aeroportuario se acabó mosqueando. Creo que se dio cuenta, por fin, de que yo no era lo que él andaba buscando. Se percató de que yo soy un triste pasajero heterosexual, al borde de un ataque de nervios almodovariano, sin chip en su DNI, y que no contaba, entre mis aspiraciones más cercanas, con tener sexo salvaje en un lavabo a primera hora de la mañana. Mi única ambición, como el resto de pasajeros, era la de llegar sano y salvo a mi destino, sin Wi-Fi gratuita, contemplando el despegue incesante de aviones de todas las banderas, como un niño mira el vuelo de una cometa, o un jubilado mira ensimismado una obra en plena calle.
Cuando ya me despedía, para evitar con ello males mayores, el tipo, mirándome fijamente, me preguntó:
-You are Artur?
-¡Qué no, coño! ¡Qué no sé inglés! Es que ya le hacen hablar mal a uno, joder.



lunes, 7 de diciembre de 2015

Esmeralda Torres o el arte sinuoso


He puesto un poco de jazz para hablarles de la artista mexicana Esmeralda Torres (Santiago de Querétaro, 1978). Se lo debo a ella y al destino. Aunque pensándolo bien, todos le debemos algo al destino. Siempre debemos algo a alguien. Tener asuntos pendientes nos hace modernos, contemporáneos, como el arte que persigue Esmeralda en sus noches de insomnio, allá por su México lindo, que también es el mío. 
Enfrentarse al arte es un acto supremo de valentía. La creación, el hecho de crear, es como un parto con dolor que siempre viene de nalgas. Ella sufre con sus pinceles como yo sufro, silente, frente a mi teclado. La cuestión es sufrir. Gozar en una especie de epifanía, ensimismados, en busca de ese golpe de gracia que provoque que alguien nos entienda, que alguien disfrute de lo que hacemos, o que alguien nos rescate con su condescendencia. 
Esmeralda Torres cumplió su promesa. Me cambió una de sus obras por un collage de los míos, que, por el camino, en pleno vuelo tal vez, se clonó y llegó a México multiplicado por dos, en una especie de milagro multiplicativo como en las Bodas de Caná. Ella fue, tal vez por la edad, más rápida que yo. Al poco de haber aceptado el trueque que le propuse en este blog, dando prueba con ello de su generosidad, recibí su sobre. Un sobre enorme, lleno de sellos de México, que me trasladó, ipso facto, a mi infancia, en la que me escribía, por afición, con gentes de medio mundo. En aquella época, sin Internet, el buzón era para mí la parte más importante de mi casa. Todos mis sueños y todas mis fantasías dependían de la destreza del cartero y de la bujía de su vieja moto. El cartero era el profeta que me anunciaba la palabra de Dios sobre la grupa de una Vespa. Un Dios, diversificado en pasaportes y en religiones, cuyo nexo común era, y sigue siendo, el idioma castellano; al que doy las gracias por acercarme a tanta y tanta gente maravillosa allende los mares. 
Pero yo pretendía hoy hablarles de Esmeralda, y aprovecho desde aquí para felicitar a sus padres por ponerle un nombre tan bonito: "Esmeralda". Yo creo que a sus padres ya les debía de gustar el arte y que ella es tan sólo una extensión mejorada de ellos. 
La obra que me regaló, un pequeño lienzo de 30 x 33 cm, pertenece a la exposición que llevó por titulo "Calas" y que se expuso, en el 2005, en el Museo Regional de Querétaro. 
Qué quieren que les diga: ¡me entusiasmó!. Las calas son aquellos dibujos o marcas que afloran debajo de otros, a modo de segunda piel. En el que ella me regaló, curiosamente, aparecen las reminiscencias de dos peces. Sin saberlo, Esmeralda me mandó la representación de mi signo zodiacal. Soy piscis y dual hasta la médula. Y ella acertó en la elección en una especie de conexión metafísica, e inexplicable, pero que, a buen seguro, ha de tener algún tipo de explicación fuera de la lógica convencional.
Esmeralda Torres se atrevió a dibujar lo tapado, lo escondido, en una especie de rebeldía frente a la superficialidad que tanto nos ahoga a la sociedad actual. Sus pinceles, se enfrentan con sutileza a los problemas cotidianos, hurgan en nuestro pasado para hacer aflorar lo que escondemos tras esas poses felices con las que inundamos los muros de Facebook. En su lugar, ella escarba en los muros de los viejos edificios haciendo aflorar historias muertas, demostrando, con ello, que no lo estaban tanto; que toda muerte tiene una segunda lectura, una resurrección. Esmeralda apostó muy fuerte en esa exposición y, por experiencia puedo decir, que mucha gente no entendería demasiado bien su propuesta expositiva. Esmeralda Torres, en "Calas", intentó ir más allá de lo retórico y lo manido, más allá de lo visible para dibujar lo invisible, en una especie de reto nunca visto en la expresión plástica. 
Gracias por todo Esmeralda. Ahora, esos dos peces invisibles que me enviaste vuelven a recobrar vida. Gracias a tu osadía, vuelven a tener visibilidad y sentido. Mucho sentido...

jueves, 3 de diciembre de 2015

Cuento navideño del caganer


Tengo ganas de escribir un cuento navideño, pero no tengo ni idea de cómo hacerlo. Hace unos años, en otro de estos relatos de poca monta que escribo, me cargué de un tiro a Papá Noel. El blanco niveo de mi pantalla me abruma y daña mis pupilas. El silencio me corroe. La soledad me abraza como el forzudo abusón que habita en cada patio de colegio. La navidad me pisa los talones, y yo sigo sin saber cómo arrancar este luminoso cuento. La escritura, para mí, es un ejercicio liberador, pero esa libertad la consigo cuando dejo volar mi imaginación, y suelto el músculo baboso de mi cerebro, como Nadal suelta el brazo cuando está en racha y Novac Djokovic tiene paperas.
Nunca tengo suficiente con lo que mi cerebro me ofrece. Por ello, lo provoco, lo contorsiono, lo fuerzo, lo arrastro hacia espacios nuevos, casi abisales, pero que andan ocultos entre nuestra cotidianidad, o entre los escaparates de unos grandes almacenes. Frente a nosotros están, pues, las soluciones. Todas ellas. En fila, como la gente frente a la puerta de Doña Manolita, anhelando ese décimo grandioso que los saque de pobres y, como por arte de magia, haga que la Navidad, por fin, se convierta en la Navidad que siempre hemos soñado y que nunca hemos vivido.
Frente a mí, en este preciso y precioso momento de recogimiento, está la mejor pantalla del mundo sobre la que escribir el mejor relato navideño que jamás se haya escrito, y en los escasos cuarenta centímetros que separan mi nariz del frío cristal iluminado sobre el que escribo, en lo que para los antiguos sería una pizarra infernal, podría escribir algo tan grandioso que mis descendientes vivieran del cuento, nunca mejor dicho, durante toda su vida.
¿Y por qué no lo hago? ¿Qué es lo que me impide alcanzar semejante proeza? Pues, muy fácil: esto es tan sólo un cuento, que ni tan siquiera llega a la altura del que me contaba mi abuela de una tal María Sarmiento, que se fue a cagar y se la llevó el viento. Y me daba mucha rabia que mi abuela Mercedes me dijera eso, aunque, en ocasiones, tengo que reconocerlo, este que les escribe, ponía a la pobre señora para tomar un camino. 
Aún no sé la razón, pero ya me ha sucedido en varias ocasiones, que cuando no sé de qué zambombas escribir me acuerdo de mi abuela, y de mi madre, y de todos aquellos que ya no están. O tal vez sea el hecho de que ya se acerca la navidad, y que no me gusta nada todo este cuento de la felicidad sobrevenida a golpe de tarjeta Visa. Y de regalar por regalar. Y de comer por comer. Y de cantar por cantar.
Esto, que pretendía ser un cuento navideño, es, en realidad, una gran cagada como la del caganer. Y, fíjense por donde, a mi abuela y a mí, esa era la figura del belén que más nos gustaba. Porque en Murcia somos mucho de belenes.

martes, 1 de diciembre de 2015

Gran Vía de Madrid


La habitación en el Sterling es tan estrecha que les escribo con la espalda pegada a la puerta. La wifi va y viene como una marea caprichosa e imprevisible. En la televisión venden máquinas de gimnasia para no hacer gimnasia y adelgazar diez kilos en un mes. Tras la puerta, las maletas suenan histéricas camino hacia mil sitios y a hacia ninguno. Escucho risas y voces nerviosas. Una mexicana quiere ver el Guernica, en el Reina Sofía, y su joven esposo quiere ir al Bernabéu, en lo que podría considerarse como su primer gran conflicto matrimonial. Anoche, el frío estiraba las pieles, y la contaminación nos ennegrecía los pulmones, en una agresión paralela y gratuita en plena Gran Vía de Madrid. 
La vida en la Gran Vía siempre es la misma. Turistas. Compras. Pedigüeños. Tráfico. Paisanos autistas. Colas para ver lo nunca visto. Todo fluye a un ritmo vertiginoso a caballo entre la autenticidad y la ficción. Entre los carteles de grandes musicales al estilo Broadway. My fair lady y El Rey León. En los cines, arrasa Ocho Apellidos Catalanes. En las grandes tiendas lo hace el novedoso Black Friday, que a mí me suena como una gran "fritada" contra nuestras demacradas y estériles tarjetas Visa. Los turistas buscan Primark como los conquistadores españoles buscaban El Dorado. Y yo no sé ni qué busco.
La cuestión es buscar. De niños escarbábamos en la arena como si fuera lo único verdadero y de mayores seguimos escarbando en nuestra rutina con la ambición de encontrar ese no se qué que no tiene ni forma ni contenido. Ese no sé qué etéreo que agudiza nuestra ansiedad y nos hace sentir que no sentimos y que no vivimos lo suficiente. Que no tenemos lo suficiente. Que no compramos lo suficiente. Que no amamos lo suficiente. La vida, nuestra vida, es como esta Gran Vía madrileña, llena de luces y sombras, un escenario cambiante que siempre es el mismo y cuya verdadera diosa es La Cibeles, o el Gernica, o el Bernabéu, o un Big Mac con doble queso.

martes, 24 de noviembre de 2015

Hacia la luz, siempre hacia la luz


Caminaba Etgar. Solo. No había querido contar con nadie. Implicar a nadie. Arriesgar a nadie. Caminaba y silbaba. Silbar le atenuaba el miedo, aunque su silbido era interior y no salía sonido alguno de su boca. Etgar caminaba, silbaba, y sentía un pánico tan profundo que le helaba hasta los huesos. A lo lejos ladraban los perros. Los mismos perros, tal vez, que ladraban en todas sus pesadillas. El frío era mucho. La noche infinitamente oscura. El ambiente húmedo y lúgubre. Y Etgar caminaba como alma en pena, errático, débil, inseguro, pero de alguna manera sabía que no le quedaba otra opción. Todo estaba oscuro, frío, húmedo, pero esa luz, pese a estar en algún lugar muy lejano, era la única luz y, por tanto, representaba la única esperanza de continuar con vida. 
Su vida se helaba bajo la ropa. Las pulgas que sentía pulular por sus axilas, más que un problema, ahora le hacían compañía. La oscuridad de la noche le cegaba la razón, pero era su aliada. Su única aliada. El miedo ya hacía tiempo que formaba parte de él. Habitaba en él. La luz, esa mínima luz de esperanza, era todo lo que le mantenía en pie. Pero, en esa desesperada marcha sin retorno, ya no sentía los pies. Sus pies habían abandonado su condición de extremidades para convertirse en elementos insensibles, deformes, e inertes. Como recordaba los zancos de madera que llevaba su primo Amos, que de niño sufrió parálisis infantil. 
El lujo de estar vivo le estaba pasando factura. En ocasiones, la luz era tenue e intermitente. La intermitencia, con una cadencia indefinida, se alargaba de tal manera que Etgar perdía el rumbo. Un búho ululó varias veces advirtiendo de su presencia.
Retomar el camino era casi para él una misión imposible. Sin fuerzas, su vista se nublaba. Y, de repente, se sintió caer. La ladera estaba helada, recubierta de una fina capa de hielo aguado, que le empapaba su viejo y roído abrigo de prisionero. El hielo derretido salpicaba en su rostro mezclado con barro. La caída libre continuaba hacia la libertad, o hacia la muerte. Eso era lo de menos. Sus piernas por delante, sus brazos hacia atrás. Chillaba. Chillaba como cuando matan a un cerdo por San Martín. Chillaba y se orinaba en la caída. Se golpeó contra una roca. Su rodilla, destrozada, comenzó a sangrar. Lo supo porque sentía el cálido líquido cayendo por su espinilla, hasta empapar el calcetín e inundar su bota, si a aquello se le podía llamar bota. La caída continuó con un rotundo y peligroso cambio de postura. Ahora caía de espaldas, ladera abajo, en una caída hacía el fin de sus días. Hasta el fin de todo. Ya no había luz, ni norte, ni sur, ni futuro, ni gueto, ni nazis, ni nada. Pensó que nada había merecido la pena. Caía a la espera del golpe final, como tantas otras veces había esperado. Una rama le atravesó una nalga como una lanza atravesó el costado de Jesucristo en el monte Calvario. Pero él no se permitió el lujo de gritar. Tal vez ya no le quedaban gritos. O fue un grito congelado y mudo como en el cuadro de  Edvard Munch. El desgarro le hizo variar de posición y ahora caía de lado, dando volteretas, hasta que su cuerpo se sumergió en el agua más fría del planeta. Pensó, por un instante, que ese agua congelada era en realidad la muerte. La muerte -pensó-, es un río congelado que arrastra a los cuerpos hasta los confines del universo. Hacia la gran catarata que se tragaba a los barcos al pasar por Finisterre. Pero, pesé a todo, río abajo, flotaba y respiraba. Estaba vivo. Con el culo desgarrado. Su rodilla destrozada. Todo el cuerpo magullado. Delgado como un cadáver. Comido de piojos. Pero vivo. Río abajo, el caudal lo arrastraba por el centro del cauce y él se dejaba llevar como un tronco camino del aserradero. Por un instante, volvió a ver la luz. La luz se encontraba cada vez más cerca. Y más cerca. Y más cerca. 
Hasta que sintió como algo se enganchaba a su viejo y destrozado abrigo. Y luego sintió otro enganchón. Y otro. Y un señor gritaba desesperado desde la orilla del río, palabras incomprensibles pero cargadas de rabia.
Las cañas de pescar habían salido disparadas, excepto una. El pescador tiraba fuerte, para no perderla. Se aferraba a su caña como si hubiera enganchado al gran pez que todo pescador sueña, como en El viejo y el Mar, de Hemingway. El trofeo de su vida se batía en duelo, con una potera que le había enganchado de la manga del abrigo, y que se había convertido, inesperadamente, en la conexión con su salvación. La luz, esa luz tras la que andaba durante horas, era la que emanaba de la vieja y oxidada lámpara de gas del pescador. 
En un ultimo intento, tal vez con el último resuello que Etgar albergaba en su pecho, se impulsó hacia el tiro del anzuelo que lo arrastraba, y por lo tanto hacia la orilla. Sus pies notaron el cieno del fondo. La orilla estaba tan cerca como la luz. Notó pasos en el agua. Escuchó palabras en un idioma que le resultó familiar. Le estaban hablando en polaco, un idioma, que a sus oídos de judío checo huido de Auswiztch, le planteó muchas dudas. El anzuelo se había enganchado de la estrella amarilla que engalanaba su brazo. El pescador polaco, rápidamente se dio cuenta de todo y lo arrastró, con todas sus fuerzas, hacia afuera del agua. 
Etgar le habló en inglés, y nada. Le habló en checo, y tampoco. Le habló en ladino, y aún menos. 
El polaco, poniendo el dedo en vertical sobre sus labios, y emitiendo un shh muy prolongado y cómplice, le mando callar. Y mirándolo fijamente a los ojos, apagó la luz.

sábado, 21 de noviembre de 2015

Cuando Janne Teller escribió "Nada"


O todo tiene un significado o nada lo tiene. Para muchas personas una bandera tiene mucho significado y para otras es un mero combustible, o un áspero tejido con el que limpiarse el culo. El fútbol es una religión o un absurdo. Los libros no son nada o lo son todo. La vida, en sí misma, es una nada en la que nuestro todo, si lo pensáramos fríamente, es una pura insignificancia. 
Mi paso por Dinamarca, hace unos años, fue mucho menos fructífero que leer este pequeño librito escrito por Janne Teller, una danesa que me ha trasladado, con elegancia, a mi adolescencia, a través de los ojos de un grupo de adolescentes que buscan el significado de las cosas por la provocación de uno de ellos. Entre los jóvenes, por fortuna, siempre hay uno llamado a remover el avispero. 
Pierre Anthon ejerce de Pepito Grillo, sobre nuestras conciencias, desde lo alto de un ciruelo. Sobre él se construye toda ésta rocambolesca historia. Sobre él y sobre un enconado ataque de nihilismo que lo convierte en una especie de rara avis a ojos de sus compañeros. El "montón de significado" que van acumulando los jóvenes desprendiéndose de cosas que para ellos tienen un gran valor, en una vieja y abandonada serrería, intentando con ello rebatir los contundentes argumentos de su amigo díscolo, representa una metáfora llena de belleza, hasta el punto de que su comparación con una obra de arte, y la intención de ser adquirido por un museo de New York, le confieren la plasticidad y la fuerza de una instalación conceptual como las que podemos tropezarnos en muchos de esos palacios-museo que casi nadie visita, y casi nadie comprende. 
Que sea un libro polémico por cómo trata algunos símbolos, y, sobre todo, por cómo retrata a ese grupo de jóvenes en toda su crudeza, le ha convertido en un libro de referencia, a caballo entre la provocación y la autoayuda, entre la novela y el cuento, entre el todo y la "Nada".
Sé que alguno de vosotros lo leeréis y sé que otros, sin embargo, no haréis "Nada".
Publicado por Seix Barral en su colección Biblioteca furtiva.

jueves, 19 de noviembre de 2015

Llega la navidad...


El año avanza a galope tendido. Ya se huele a turrón. Las luces navideñas comienzan a colocarse en las calles. Los loteros apuran sus ventas. Los restaurantes cuelgan el cartel de "completo" ante las inminentes cenas de empresa. En las peluquerías se esperan estas fechas como agua de mayo. Cataluña sigue inmersa en la oscuridad de sus gobernantes. El mundo abatido por el duelo francés. Las pateras siguen llegando, las que llegan...
Las guerras siguen enconadas, ávidas de sangre, y de petróleo, y de poder.
Llega la navidad, con sabor a mazapán, cantaban mis añorados payasos televisivos. Ahora los payasos estamos al otro lado de la pantalla, acomodados en un sofá italiano, pagado a plazos, con un pijama de Mickye Mouse, comprado en Primark, y mirando a nuestro futuro con las mismas esperanzas con las que adquirimos nuestro décimo de lotería.
La vida es una suerte, una especie de sorteo, en el que mueven el bombo personajes siniestros que hacen todo lo contrario de lo que dicen y son todo lo contrario de lo que aparentan ser. 
Por fortuna, a mí siempre me toca lo mejor, pero no por ello dejo de pensar, en ningún momento, en los que no corren con mi misma suerte. Y mucho menos en esta época, en los que la opulencia y la ostentación marcan, todavía más si cabe, las grandes diferencias entre unos y otros.
Siempre es el mismo cuento. Año tras año.

lunes, 16 de noviembre de 2015

Million Rublos Baby


Dejo Minsk. Vuelo sobre los helados campos bielorrusos, en dirección a Ámsterdam, aún con la mente plagada de banderas rojiverdes, en un Embraer 175 de Belavia Airlines. Ayer gritaban las jugadoras griegas del equipo de voleibol del AEK: ¡pame!¡pame!, -que imagínense cómo se escribirá en griego- que según parece significa: ¡vamos!¡vamos!. Pero no fueron. No fueron lo suficientemente buenas y sucumbieron ante el envite de las del Minsk. Perdieron el partido, pero ganaron la experiencia de jugar en Bielorrusia, que no es moco de pavo. Lo que hubiera dado yo, a su edad, por jugar contra el Minsk aunque se me hubieran helado las canillas. Las lágrimas griegas desataron la euforia de las rubias y espigadas bielorrusas. La vida es un continuo perder y ganar. Yo no sé aún el resultado del partido que he venido a jugar aquí.
En la recepción del hotel había una meretriz rubia, con unas botas rojas muy altas, que me hacía gestos obscenos para provocar mi masculinidad y debilitar mi economía doméstica. Los tres días me ha estado tentando como la serpiente tentó a Eva, y Eva a Adán, y Adán a todos nosotros. La tentación bíblica nos acecha todos los días, en muy distintas formas, como una hidra de siete cabezas.
Anoche las griegas lloraban en el hotel mientras veían en la televisión bielorrusa la repetición de las mejores jugadas del partido que, curiosamente para ellas, eran las peores, ya que todo depende del cristal con que se mire. Los culos de la griegas eran mucho más provocadores que los gestos de la puta oficial del hotel.
Pero yo estoy viejo para todo eso. Lo mio ya es únicamente una cuestión mental. La vida dentro de mi cabeza bulle con más precisión y recorrido que de mi calva para afuera.
Minsk sorprende por su sobriedad soviética. Resulta contradictorio que su biblioteca nacional, que debe pasar por ser unas de las más sorprendentes del mundo, no esté celebrando a bombo y platillo que la escritora bielorrusa Svetlana Alexievich ha ganado el Nobel de Literatura. Se ve que lo que escribe no es del gusto de los que dirigen el país. Yo no sé si por eso, o por el simple hecho de que me gusta leer a escritores de todos los países que voy descubriendo merced a mi trabajo, voy a comprar alguno de sus libros para ver lo qué se cuenta esa buena señora.
Los policías llevan unos gorros de plato, muy altos, de color caqui, que los hace todavía más altos de lo que son. El idioma ruso se impone al bielorruso que queda relegado a un papel segundón y devaluado. Cambio cincuenta euros y casi me dan un millón de rublos, por lo que me animo a cambiar cinco euros más, ante la poco comprensiva mirada de la señora de la casa de cambio, y ya soy millonario. Creo que nunca había tenido un millón de nada en el bolsillo y uno se siente importante teniendo un millón. Aquí, una lavadora económica fabricada en Rusia cuesta poco más de cuatro millones. En algunas zonas del país, la gente trabaja por un salario mensual inferior a doscientos euros, sin embargo, por las calles de Minsk abundan los Mercedes y los BMW y la ropa de marca, pero de verdad, no de mercadillo. A uno y a otro lado del antiguo, pero renovado, Telón de Acero, las diferencias de clase se siguen acrecentando, de manera imparable, como un mantra. El poder sigue siendo el mismo, y actuando de la misma forma, con independencia del signo ideológico de los gobernantes.
La vida es un sálvese quién pueda en todas partes. Un ¡pame! ¡pame! a la desesperada en el que los débiles siempre tenemos las de perder por mucho que nos arenguen. Como las griegas. Pobrecitas, cómo lloraban las griegas...

sábado, 14 de noviembre de 2015

Escuché la canción del viento


Para variar, estoy dentro de un avión. Vuelo. Afuera todo está oscuro, pero si me esfuerzo llego a divisar las luces de alguna población a caballo entre Alemania y Polonia. Tengo muchos mocos. Tantos que he gastado todos lo pañuelos de papel que llevaba, y casi todo el contingente de papel higiénico del aeropuerto de Berlín. Entre tanto, he leído la primera novela que escribió Murakami y que recientemente se ha publicado en España. En "Escucha la canción del viento" he encontrado resumido todo el universo murakamiano. Y, en cierto modo, el mío.
Tengo más mocos. No sé de dónde puedan salir tantos mocos si ayer me encontraba mejor que un forense en el depósito de cadáveres.
Los aviones, los aeropuertos, y las azafatas, siempre son para mí una gran fuente de inspiración. Las azafatas, tal vez, por motivos menos metafísicos pero no por ello menos interesantes para la literatura universal.
Leer a Murakami ha cambiado mi forma de entender la vida y la literatura. Viajar tanto me ha hecho un hombre de mundo. Amar tanto me ha enseñado a desprenderme de todo. Amo lo que hago. Amo a mi gente. Amo a las azafatas. Amo al vino de Jumilla. Y al de Bullas. Y lo mismo que espero de las azafatas, que es nada, espero de todos los demás. El no esperar nada de los demás me ha hecho libre. Vivir para los demás, sin esperar nada de nadie, como un dogma teológico. Entregarlo todo. Hasta el resuello. Sin embargo, del vino lo espero todo.
En el prólogo de esa novela, que viene junto a otra que lleva por título "Pinball 1.973", en una especie de dos por uno, Murakami describe sus inicios como escritor. Comenzó a escribir en japonés a mano. Luego decidió mecanizarse y, para ello, utilizó una vieja máquina de escribir con caracteres ingleses. Escribir en inglés, le obligaba a sintetizar muchos sus exposiciones, de tal manera que su forma de escribir nació condicionada por una cuestión meramente logística. Otra casualidad fue enfrentarse a un concurso de escritores noveles y ganarlo. De no haberlo ganado, probablemente, esa novela, de la que no se había quedado ni con una copia -palabras textuales del autor-, "Escucha la canción del viento" ahora dormiría el sueño de los justos en algún cajón, y Murakami seguiría regentando un café, pinchando discos de jazz, y leyendo como un malvivo.
Yo escribía mucho, en la vieja barra de acero inoxidable del Bar Josepe, ante las absortas miradas de unos clientes que, en su mayoría, jamás habían visto escribir a nadie salvo cuando un policía municipal les ponía una multa. Allí comencé a reescribir mi propia historia que, a la postre, me llevaría a abandonar al Bar Josepe para siempre.
En los bares, suene jazz, o no, como música de fondo, todo puede cambiar en un instante por el simple hecho de que a cada minuto entra una persona con una historia bajo el brazo que se confronta con la tuya, y esa confrontación espontánea lo puede cambiar todo. Los bares son estaciones con destino incierto en los que se cuece más energía que en una central nuclear. Tan inciertos como este vuelo, o como este viaje, o como este relato.
El avión comienza a bajar. Miro por la ventana y veo las luces de Varsovia. Guardo el libro de Murakami en mi bolso de mano. Todo en la vida es incertidumbre y camino. Me sueno por enésima vez los mocos. Pongo punto y final. 

viernes, 13 de noviembre de 2015

Chili Pepper


Esta mañana, de manera inesperada, he conocido a Chili Pepper en la cola de facturación del aeropuerto de Alicante. Chili Pepper, para su información, es una perrita de color blanco que llevaba un lacito rosa en la cabeza. Su dueña, una alemana entrada en años, y achicharrada por el incomparable sol de Benidorm, iba, también, toda vestidita de blanco y luciendo otro lacito rosa en la cabeza. Eran tal para cual. Mientras esperaba pacientemente mi turno, una espectacular señorita me abordó para hacerme una encuesta de satisfacción que me dejó insatisfecho. Las encuestas son un coñazo aunque te las haga una modelo de alta costura como esa. Chili Pepper ladraba a la encuestadora como ladran los perros de mi vecino a los Testigos de Jehová cuando vienen a nuestra urbanización a vender La Atalaya. Es lo que tienen en común las estadísticas, los Testigos de Jehová vendiendo La Atalaya los domingos por la mañana cuando estás en la ducha, y los animales de compañía, aunque de distinto modo, las tres molestan que no veas.
Los políticos en campaña echan mano de las estadísticas, o de los perros del partido, o de los Testigos de Jehová, según lo requiera la ocasión.
-¿Viaja usted con mucha frecuencia a Berlín, caballero? -me preguntó la modelo venida a menos, o quién sabe si a más.
-En realidad voy a Varsovia, señorita -le respondí toscamente para demostrarle mi total desinterés por su tarea, su metro ochenta y cinco de estatura, su noventa y cinco de caderas, su ciento diez de busto, y sus labios carnosos repletos de silicona.
-¿Sabe? yo hice el Erasmus en Cracovia, y tuve un novio polaco que practicaba halterofilia -me dijo con cierta nostalgia.
-Yo tuve una compañera rumana que era una apasionada de la filatelia -le comenté, no sin cierta guasa.
-¿Y qué tiene que ver la filatelia con la halterofilia? -me preguntó contrariada.
-Su sello favorito era uno de los Juegos Olímpicos de Moscú en el que aparecía un levantador de peso polaco -dije en un gran alarde de imaginación.
-¡Ese era el padre de mi novio! -exclamó- Ganó la medalla de oro de su categoría en esa olimpiada. ¡Qué casualidad! Si me pinchan ahora mismo no me sacan sangre -me explicó la encuestadora fuera de sí.
-Es cierto -dijo la jubilada alemana con Chili Pepper en los brazos- Yo conocí a ese señor en Berlín durante los Campeonatos de Europa. Tras las olimpiadas, me mando una carta con un ejemplar de ese sello, que guardo como un tesoro. Él se sentía muy orgulloso de eso y de los días tan inolvidables que pasamos juntos aquel verano.
-¿En serio? Tenemos que hablar...-exclamó la encuestadora como si le hubieran anunciado la resurrección de Elvis Presley.
Yo las dejé a las dos charlando efusivamente en la cola mientras facturaban mi equipaje. Nunca tuve una compañera rumana, y no me pregunten el motivo, a la jubilada alemana, por mucho que miré y miré, no la volví a ver en el avión.
A veces me iría mejor si me callara y no me metiera en estos líos que me meto.

viernes, 6 de noviembre de 2015

Mazinger Z


-¿Y desde cuándo dice usted, señor Martínez, que se siente Mazinger Z? -le preguntó el terapeuta.
-Uff, ya ni recuerdo...
-Más o menos... tampoco hace falta que sea tan preciso.
-Pues por lo menos desde hace veinticinco o treinta años.
-¿Cuántos tiene ahora?
-Casi cincuenta.
-¿Y qué es lo que más le preocupa de sentirse Mazinger Z?
-Que estoy todo el día buscando a Afrodita A.
-Todos los hombres buscamos a nuestra Afrodita.
-Sí, pero yo me fijo únicamente en su pectorales.
-No se preocupe, eso nos pasa a todos.
-Sí, lo sé, pero yo los palpo para ver si están duros, y eso me trae muchos problemas.
-¿De qué tipo? -describa eso.
-Los maridos, o los novios, se ponen violentos y tienden a agredirme.
-¿Y usted qué hace en esos casos?
-¡Puños fuera!
-¿Los macea?
-Sí.
-¿Y cómo se siente después de golpearlos?
-Inquieto.
-¿Cómo que inquieto? ¿A qué se refiere con inquieto?
-Me acuerdo de mi madre.
-¿De su madre?
-Sí, de mi madre. ¿Le sorprende?
-No. No, para nada. Es normal que nos acordemos de nuestras madres. ¿Pero qué recuerda en concreto de su madre?
-Pues que ella siempre me regañaba cuando le pegaba a los vecinos.
-¿De pequeño le pegaba usted mucho a los niños?
-Sí. Y a sus padres.
-¿Cómo a sus padres?
-Sí, con doce o trece años medía un metro noventa y pesaba cien kilos.
-¿En serio?
-¿Qué ganaría con engañarle?
-¡Era todo un Mazinger!
-¡Puños fuera! -dijo de repente el paciente, mientras le atestaba al psicólogo tremendo puñetazo en la nariz.
-¿Y eso a qué ha venido? -me lo puede explicar.
-No lo sé, por eso estoy aquí. Si lo supiera no hubiera venido a su consulta.
-No sé qué decirle, nunca había tratado antes a alguien con el Síndrome de Mazinger Z. Creo que se describió algún caso hace algún tiempo en Japón, pero jamás en España.
-¡Planeador abajo! -exclamó el paciente, mientras arrancaba la lámpara de la consulta y la esclafaba sobre la cabeza del doctor.
Medio aturdido, el psicólogo, con la lámpara puesta a modo de collar, le recordó al paciente: 
-Señor Mazinger son cien euros, déselos a mi enfermera al salir, por favor.
-Claro, no hay problema. ¿Cuándo regreso, doctor? -preguntó el paciente, un tanto contrariado por la situación.
-No señor. No hace falta que regrese. Usted está perfectamente, señor Mazinger. Con la factura la enfermera le entregará el alta.
-No puede ser, doctor, no me funciona el fuego de pecho -exclamó enojado el señor Martínez.
-Entonces lo que usted necesita no es un psicólogo es un ingeniero de la NASA.
-Pues podía haberlo dicho usted antes. Disculpe las molestias. 
-No se preocupe. Mi obligación es atender a los pacientes. 
-Es usted un santo, eso es lo que es.
-¡Y usted un Mazinger!
Desde aquel día, y por razones obvias, en la clínica del Doctor Jadoroski no atienden a superheroes.



martes, 3 de noviembre de 2015

Escribo para Mario


Escribo para Mario. Nunca pretendí escribir sólo para él, pero él se está convirtiendo en el último Mohicano de este blog. 
El otro día leí que se había representado una obra de teatro para un sólo espectador. Del teatro a pequeña escala, del que soy aficionado, al teatro cuerpo a cuerpo. Actor frente espectador. La vida representada en una obra individualizada, irrepetible, y mínima. 
Ayer subí en un ascensor junto a un señor con bigote que pesaba más de ciento cincuenta kilos, lo que me dio mucho que pensar. Pensé en la capacidad de resistencia del elevador. Pensé en el color de la última caca de mi hija. Pensé en mi próximo viaje a Bielorrusia. Y, no me pregunten la razón, pensé en crear un Teatro de ascensor. En esa hipotética compañía los ascensores tendrían una doble función: subir y bajar gente, mientras el ascensorista ejercería de actor para evitar, de una vez por todas, que en los ascensores se corte el ambiente con un cuchillo, o se hable únicamente de meteorología. 
Si en un anuncio televisivo se condensa un mensaje capaz de hacer saltar la bolsa de Madrid o de New York y dura veinte segundos, por qué no se puede hacer una obra de teatro con un único actor en un minuto. De hecho, en la antigüedad, en cada ascensor había un ascensorista disfrazado de ascensorista, que era el único con carnet de ascensorista, y, por tanto, el único capaz de manejar esa modernidad que provocó que nuestras ciudades se elevaran hacia el cielo, que era mucho más barato que continuar creciendo en superficie. La especulación inmobiliaria comenzó tras el infernal invento del elevador. El ascensorista en cuestión vivía de las propinas de los usuarios. El actor de mi teatro de ascensor iría disfrazado de actor de ascensor -tarea esta que ya le voy a encomendar a Agatha Ruiz de la Prada- y viviría de pasar la gorra como un músico en el metro, que por cierto, es otro artista de lo mínimo. 
Yo soy un escritor de lo mínimo y de lo nimio. Un escritor con un único lector al que cuido como si estuviera en peligro de extinción. 
Pero, pensándolo fríamente, no es él quien está en peligro de extinguirse, quien está en peligro soy yo. Así que esta triste historia bien podría servir como título de una novela: "Mario ya no tiene quien le escriba". 
A la espera de la llegada de una legión de ávidos lectores, continuemos con este bis a bis. Espero que este hábito no me lleve al óbito.

sábado, 31 de octubre de 2015

Creo en la cultura


Otro mes más, me siento orgulloso de las personas que trabajan a mi lado. El orgullo por lo conseguido y por lo que aún nos queda por conseguir. Orgulloso de su actitud, de su espíritu de lucha, de su cada vez más valioso compañerismo, de su entrega hacia los demás, y de su altura de miras. 
Sé que la cultura es el único camino válido para todos ellos. Sé que muchos otros aspiran a arrebatarnos nuestros logros y nos darán la batalla con y sin dignidad. La vida es una sucesión maravillosa y emocionante de hostilidades. Lo importante es que seamos capaces de salir de ellas airosos y con ganas de más.
Otro mes, como les decía, me siento emocionado por lo que todos ellos me han aportado y por lo que entre todos juntos estamos aportando a los demás. La entrega, la pasión, la constancia, y la autenticidad cimientan nuestras fortalezas y dan forma a nuestras aspiraciones. 
Somos un equipo que aspira a lo máximo. Valiente ante grandes gestas y ante grandes enemigos. Humilde en el devenir del día a día. Humano para tender la mano. Alerta para escuchar a todos aquellos que nos demandan apoyo, e inclusive, a todos aquellos que no se atreven a pedirlo. 
Estoy orgulloso y feliz de formar parte de ellos y que ellos sean parte de mí. Tengo, como asignatura pendiente, ser capaz de transmitirles, con la debida intensidad, que en la cultura están todas las respuestas que, sin saberlo, andan buscando. Que en un libro, en cualquier libro, se abren caminos por los que continuar transitando hacia nuestro crecimiento personal. Vivir alejado de la cultura es como conducir por una autopista en dirección contraria, y la luz apagada, en plena noche. La sociedad nos alejó de la cultura y yo lucho por provocar en mi equipo un cambio determinante en ese sentido. No es tarea fácil pero no voy a cesar en el empeño. Creo en la cultura por encima de todas las cosas. Creo en el Dios todopoderoso que habita en los libros. La cultura nos hace libres. Y siendo libres todo lo podemos conseguir.

miércoles, 28 de octubre de 2015

Los Payasos de la Tele



No es algo habitual poner en YouTube a los Payasos de la Tele a las seis y media de la mañana, lo sé, pero cuando, a la desesperada, buscas alguna artimaña para que se duerma tu bebé cualquier cosa es válida, sobre todo si consigue provocar el ansiado efecto somnífero en la criatura.
Y, ahí estábamos, Ana María y yo, a esa hora tan temprana, sin saber qué camino tomar, entre llanto y llanto; y tras rechazar dos tetinas diferentes en el biberón, cuando de pronto, no me pregunten el motivo, me dio por poner a los viejos Payasos de la Tele, junto a los que muchos de mi generación nos hemos criado.
Y nada más han comenzado a sonar esas viejas melodías y en mi hija se ha producido un efecto mágico, cuasi sobrenatural, que ha cortado en seco su llanto y ha hecho que sus ojos se habrán como platos. Con sus ojos abiertos, y medio pasmada, ha encontrado la calma que no tenía y me ha mirado sorprendida como diciendo: ¡equilicuá!
De "Susanita tiene un Ratón", a "Don Pepito". Del "Auto de Papá" a "Había una vez un Circo", pasando por "La Gallina Turuleca" sus lágrimas se han secado para dar paso a las mías. 
Lloraba a moco tendido mientras mi hija, plácidamente, se dormía. Lloraba, sin saber muy bien el motivo de mi llanto, recordando el entorno y los momentos en los que esas canciones estaban grabadas en mi subconsciente. De pronto, mi abuela recobró vida, y también mi madre, y mi padre nos llevaba a la playa en su flamante Citröen GS Palas, y yo quería ser futbolista de los de verdad, y me peleaba con mi hermana que, como es mayor que yo, siempre me podía. Mi barrio era un mundo maravilloso, entre el asfalto y la huerta, y mis amigos, cómo no, los mejores amigos del mundo. Y cada semana, cuando daban en la primera cadena de televisión, aún en blanco y negro, a los Payasos de la Tele, la casa era una fiesta para toda la familia, no tan sólo para los niños. Los Payasos de la Tele encarnaban el espíritu familiar de otra época en la que todos estábamos mezclados: bebés, niños, adolescentes, adultos y viejos. Las casas, lo contrario que sucede ahora, estaban llenas de gente, y de risas, y de llantos, y de problemas, y de tortillas de patatas, y de arroz con leche, y de vida por todos lados. Y los Payasos de la Tele, estaban ahí, cada semana, como telón de fondo y banda sonora de la parte de nuestra historia más íntima e imborrable.
Escribo y lloro, mientra mi hija duerme como un angelito, gracias a los irrepetibles Gaby, Fofó, Miliki y Fofito. 
Aún recuerdo el día en el que anunciaron la muerte de Fofó como un acontecimiento terrible. Para mí la muerte de Fofó fue más importante que la muerte de Franco. Representó el primer defecto de forma que encontré en mi mundo perfecto. Toda la ciudad, incluido nosotros que eramos muy poco sociables y casi nunca íbamos a ningún sitio al que fueran el resto de los mortales, fuimos a la inauguración del Jardín que la ciudad de Murcia dedicó en homenanje al celebré Payaso y que aún, hoy en día, todos conocemos aquí como el Jardín de Fofó.
Cuánta grandeza se oculta en cosas de apariencia tan sencilla.

sábado, 24 de octubre de 2015

Mi abuela y sus trolas


Onofre Villatuercas fue un tipo marcado por la desgracia. Cojo de nacimiento, al poco de nacer, contó mi abuela que en paz descanse, le cagó la moscarda. A los pocos meses de venir al mundo pasó la meningitis, las cagarrias del lactante, le cayó agua hirviendo encima, y hasta le picó una avispa en un ojo. El pobre nació para sufrir como Induráin nació para montar en bicicleta, o Nadal para jugar al tenis. Pero él no se amilanaba, y a pesar de tener una cadera más alta que otra, y un ojo mirando para Cuenca, jugaba al fútbol en el patio como todos los demás y le pegaba con el taco que no veas.
Con su zapatón de madera era un peligro, sobre todo cuando nos daba con él en las espinillas, o nos pisaba sin darse cuenta. Todos nos fijábamos en ese zapato ortopédico, y en su ojo a la virulé, como el que se fija en un relicario. Onofre no se lamentaba, lo más mínimo, de sus aparentes limitaciones y pronto creo la legendaria "Banda del cojo". 
Pese a su cojera, y vivir siempre guiñando un ojo, Onofre creció inesperadamente hasta casi los dos metros de altura, cosa poco propia de los niños que de pequeños sufren ese tipo de enfermedades, pero que le venía muy bien para coger brevas y mirar por encima de las tapias. La Banda del cojo se hizo famosa en la zona por agrupar a lo mejor de cada casa. Otro de sus integrantes, el Vivancos, pesaba casi cien kilos con trece años y tenía la cara perdida de granos, y del Patri, que perdió un brazo en un accidente de ferrocarril en el que su padre y su madre no lo contaron. 
Onofre, el Vivancos y el Patri, siempre iban acompañados de seis perros callejeros que habían ido incorporando al grupo conforme se iban cruzando en su camino. Para reafirmar su identidad grupal decidieron abandonar a sus familias y en un huerto abandonado a las afueras del pueblo construyeron una cabaña, a la que pronto se unió un burro abandonado que tenía más años que la momia de Tutankamón, y un gallo de pelea que habían encontrado medio muerto después de una pelea en la que los promotores tuvieron que salir corriendo ante la inesperada llegada de la Guardia Civil. 
La cabaña, y su territorio circular protegido por una bardiza de cañas, era su mundo. Un universo marginal en el que imperaba la imperfección y la desgracia, y cuya bandera, negra con una tibia y una calavera, era temida en la zona sin que nadie, en realidad, supiera muy bien el motivo. 
A la banda pronto se unió un mozo desertor de la mili, una monja que se escapó del convento de clausura saltando la tapia, y que estaba embarazada de cinco meses, una niña huérfana maltratada por su padre, una vieja a la que habían abandonado en un descampado, y un loco que caminaba agachado porque lo habían criado en un gallinero a base de amasijo y, de vez en cuando, hasta cacareaba. 
Los problemas vinieron por lo que siempre vienen: por hambre y por acumulación de pobres. Toda concentración de pobres con hambre siempre es vista como una revolución impropia de sociedades civilizadas. Pronto, para comer, se vieron obligados a robar de los huertos cercanos, de la tienda de ultramarinos de la esquina, y a apropiarse de todo aquello que pudiera ser ingerido por aquellos estómagos tan vacíos y desventurados como los de los que volvieron de Cuba.
La orden de desalojo la dio el alcalde a petición del cura párroco de la localidad. Les denunció por escándalo público y por la supuesta realización de actos sacrílegos a la luz de la hoguera. Otra denuncia fue la de los comerciantes de la zona que se quejaban de los hurtos. Otra de la Concejala de Sanidad que alegaba cuestiones de salubridad pública. Y por último, la del propietario del huerto, que aunque estaba abandonado desde hace años, decía que el huerto era suyo y que... ¡afuera todo el mundo, coño!. 
El desalojo de la comuna revolucionaria fue llevado a cabo por la Benemérita - los seis efectivos de la pequeña Casa Cuartel y su sargento-, una ambulancia de la Cruz Roja, junto a dos policías municipales que acudieron, nadie sabe por qué, con el traje de paseo, y el cura, que no quería perderse tan histórico momento contra el avance bolchevique y el ateísmo.
El desojo del campamento fue pacífico, dentro de lo que cabe. Caía un ligero calabobos. A penas si quedaba fuego en la lumbre. El cuco cantaba y las ranas de una balsa cercana, también. El Vivancos y el Patri salieron acompañados del "Agachado" que salió cacareando y moviendo los brazos como si quisiera alzar el vuelo para escaparse de allí, y para siempre. A la vieja abandonada la sacaron unos camilleros de la Cruz Roja, porque no se podía levantar, y de la que no se despegaba ni un milímetro la niña maltratada que por fin había encontrado algo de calor familiar. El soldado desertor quiso hacer alarde de su uniforme, y su prófuga bravura, y se abalanzó contra las fuerzas del orden, pero fue reducido por el sargento de un sopapo ante el regocijo de su tropa, y del cura, y de la concejala de festejos que, como suele ser habitual, acababa de llegar para no perderse la fiesta.
-Falta el Onofre y la monja, -dijo el cura, como un soplón de tres al cuarto.
-¡Guardias!: mirad en esa chabola de ahí -ordenó el sargento atusándose el bigote con chulería.
Dos guardias abrieron una especie de puerta y, ante sus ojos, bajo la luz tenue de un candil de aceite, se encontraron con un pesebre. Un recién nacido ocupaba el centro de la estancia en una improvisada cunita hecha con paja y una sábana robada del tendedero de la casa de la Señora Paca. A su lado estaba Onofre y, al otro, la monja, que, al parecer, ya se había aliviado y tenía una teta fuera de la que goteaba leche como para hacer un queso. El burro viejo estaba en la parte de atrás y, sobre su lomo, se encontraba el gallo de pelea, que pareció no ver con buenos ojos la llegada de los intrusos y se abalanzó sobre ellos con la ofensiva intención de clavarles el garrón. El burro comenzó a rebuznar y el niño a llorar porque le habían quitado su teta. El cura, al intentar entrar en aquella chabola, recibió el inesperado ataque de una bandada de palomas que habitualmente vivía en el campanario de la iglesia, y el impacto de un gran destello de luz que emanó de la cunita cegando la vista momentáneamente de todas las autoridades allí presentes.
Y así fue como nació la leyenda del Santo Niño de las Palomas. Así, o algo parecido me contó mi abuela. Aunque mi abuela tenía mucha imaginación y contaba cada trola...