domingo, 23 de abril de 2017

Me reencarnaré en tortuga


Por mucho que lo pienso, no doy crédito a la relación tan fuerte que se ha creado entre esa tortuga y yo. Bueno, en realidad debería decir tortugo, porque se trata de un macho. Permítanme aclarar que las tortugas son de los pocos animales que no tienen distinción por cuestiones de género. Me refiero a distinción lingüística, ya que físicamente sí que se diferencian con bastante facilidad. Pero no pretendo convertir ésta declaración en un tratado de biología, lo que me interesa abordar es la relación que, tras el incidente con el perro de mi hija, se ha establecido entre esa tortuga y un servidor. 
Lo primero que debo aclarar es que amo a las tortugas desde que tengo uso de razón. No a las tortugas en general, que también, amo especialmente a las de tierra, a las de mi tierra. Amo su tranquilidad, su parsimonia, su lentitud, su indefensión, su vulnerabilidad. Desde niño, he sentido que necesitaban de mi protección. Tal vez por eso, he desarrollado un instinto de protección tan grande que me lleva a proteger, inclusive, hasta mis propios enemigos, a los que presiento, erróneamente, tan indefensos como a mis tortugas. ¡Craso error!
Sé que no es normal. Sé que un hombre hecho y derecho y con pelos en el pecho, como yo, no debería andar perdiendo el tiempo en este tipo de relaciones, pero las cosas pasan porque tienen que pasar.
El perro de mi hija Yolanda, en su primera visita a mi casa, haciendo alarde de su condición de lobo, aunque externamente no lo aparente, quiso demostrar su supremacía en la cadena trófica intentando merendarse a mi tortuga. Y fue gracias a mi hija, que se percató del ataque, por lo que mi tortuga aún lo puede contar. Gracias a eso, y gracias a que, en ese momento, estaba en casa mi amigo Carlos, que para muchos es el prestigioso pintor Carlos Pardo, pero que para mí, sencillamente, es mi amigo Carlos, y que sabe tanto de pintura, como de pianos, como de pozos artesianos, como de agricultura, informática, física cuántica, mil doscientas treinta y seis cosas más... y también de veterinaria. 
La cuestión es que Carlos la curó con la misma facilidad con la que, de la nada, pinta un cuadro que te quita el hipo. A todo esto, a mi hija casi le dio un jamacuco.
Lo importante es que, tras este inesperado incidente, la tortuga está mejor que antes y la relación entre todos, incluso con el perro, se ha visto fortalecida. 
Hace un ratito, por ponerles un ejemplo, ella estaba frente a mí. Yo estaba, al sol, leyendo "Confabulación" del escritor Carlos del Amor y ella se había situado sigilosamente en frente y me miraba con ternura. Intuía que ella era feliz viéndome leer al escritor que tiene por costumbre humanizarnos el Telediario, como intuyo que se pone triste cuando agarro mi maleta y pongo tierra de por medio.
Como les decía, ella estaba frente a mí pero de tal manera que yo no la alcanzaba a ver porque, entre ambos, se interponía el libro que estaba leyendo. Me asomé a mirarla por un lado del libro y ella giró su cabecita, como hiciera un perro, para que fuera consciente de su atención. Hice lo propio por el otro lado del libro, y mi tortuga repitió de manera automática el movimiento hacia ese mismo lado. 
Disfruto mucho viéndola comer, casi tanto como disfruto viendo comer a mis hijas. Ésto evidencia que, pese a ser un reptil de sangre fría, la he aceptado plenamente como parte de la familia. Y ella lo sabe. 
Le encantan las fresas, las manzanas, los tomates, las lechugas, las judías verdes y tomar el sol, tanto como a mí los cafés con leche de soja y miel.
Lo peor, o lo mejor, que tiene mi tortuga es que no es muy habladora, pero para mí, que soy muy optimista, ésta singularidad me ofrece la posibilidad de establecer diálogos imposibles que nadie más que ella entendería.
Para mi próxima vida ya sé lo que quiero ser.

jueves, 20 de abril de 2017

La segunda oportunidad


Aquella anodina mañana, intentando huir de mi propia realidad, agarré el coche sin saber adónde ir. Salí del trabajo evitando que nadie me viera. Creo que debía de estar harto de las preguntas de todos, de las lamentaciones de todos, de los consejos de todos. Por eso evité que me vieran al salir.
Los edificios, el trasiego de la gente, el claxon de los vehículos, el hediondo olor a contaminación que lo inundaba todo, tiraban de mí como una fuerza centrífuga que me alejaba de la ciudad y me acercaban, de manera terapéutica, hacia la naturaleza.
En mi huida, atravesé cultivos de almendros en flor, eriales amarillentos entre los que destacaba el rojo pasión de las amapolas, terrenos arenosos y pobres por los que pastaban unas cabras tan exiguas como mi futuro, y monte bajo con tomillos, espartos, espinos negros y palmitos, hasta que llegué a las ruinas de aquel pueblo perdido en el que, evidentemente, no había un alma. 
De manera inconsciente, los kilómetros se habían sucedido atropellándose unos a otros, como hacen los minutos con las horas, y las horas con los días, y los días con los años, y los años habían hecho con mi vida. Como a menudo acontecen los desastres humanos, y las guerras, y las enfermedades y las sinrazones. Pensaba en todo eso mientras conducía. Pensé, también, en la sinrazón de mi propia existencia. En el enorme significado de mi insignificancia. Pensé en el fin como opción, como oportunidad, como una salida de aquel túnel en el que, en los últimos meses, se había convertido todo.
Una deforme aglomeración de argamasa y piedras, con tejados hundidos, con vigas de madera despuntando de entre las ruinas, como las costillas de un cadáver a medio devorar por las fieras, era todo lo que quedaba de lo que debió de ser, en su día, algún pueblo. Entre los derrumbes se adivinaban varias calles, o lo que en su momento pudieron ser las calles, o las venas, de aquella diminuta población en la que ahora tan sólo habitan sus fantasmas.  
Tal vez por eso estaba yo allí. Un fantasma entre los fantasmas. Un cadáver viviente en busca de su propio fantasma. Deambulé entre aquella insólita desolación que no era otra cosa que el reflejo de mi propia autodestrucción. Arrastraba los pies arrastrando de mi propia historia y de mi inesperado infortunio. Un par de cuervos saltaron graznando, de manera enfurecida, como si hubiese violado su espacio sagrado, y se adentraron volando entre el marco de una vieja puerta, cuyas maderas, aunque carcomidas, aún se mantenían milagrosamente en pie.
Y por ahí me adentré, tras la estela de aquellos córvidos de mal agüero, con el afán de encontrar el motivo de aquel inesperado viaje hacia ninguna parte.
Tras traspasar el umbral de aquella enigmática ruina, encontré una vieja y destartalada cuna. Una cuna en la que, incomprensiblemente, yacía una mugrienta muñeca de trapo compartiendo lecho con un nido con varios pollos negros, los cuales, al verme, estiraron sus cuellos y abrieron sus picos exigiéndome su codiciado alimento. 
Y tal vez fue eso lo que me hizo abandonar las sombrías intenciones que me habían arrastrado hasta allí, y recordar que era padre de una hija. Una hija que, a buen seguro, estaría esperando de mí lo mismo que esos polluelos esperaban de sus progenitores, a los que yo tanto había incordiado con lo absurdo de mi visita. 
Estuve un rato, ensimismado, mirando esos pájaros. Esos pollos hambrientos abrían unos picos enormes, para el diminuto tamaño de sus cuerpos, dejando ver con claridad unas cavidades en forma de embudo que desembocaban en sus pequeños estómagos, que a su vez conducían a sus entrañas, a sus vísceras, y a sus intestinos.
Esos pollos, gritando de manera tan ensordecedora, me habían hecho recordar que yo también era padre, marido, hermano, hijo, compañero, persona, y que no debía dejarme caer sin pelear hasta que mi boca exhalara su último aliento.
Con lágrimas en los ojos, salí de aquel escombro polvoriento intentado que  mi existencia recobrara su sentido. Al atravesar la puerta, justo en el instante en el que mi conciencia se volvía a reencarnar en mi propia piel, los cuervos entraron volando por la puerta a cumplir con lo que la naturaleza y su prole les exigía. En mi mano, la muñeca de trapo se vino para revivir. Tanto ella como yo merecíamos de una segunda oportunidad.

domingo, 16 de abril de 2017

La crucifixión del hígado


Ayer, de refilón, escuché en las noticias que un filipino, con motivo de la celebración de la Semana Santa, se ha crucificado en treinta y dos ocasiones. Yo tengo un vecino que se crucifica todas las noches en el bar de la esquina antes de llegar a su casa. La cuestión es crucificarnos sea por lo que sea. Lo del filipino es tan excesivo, o más, que lo de mi vecino. Pensándolo bien, la mano del filipino no podría soportar el cubata de mi vecino ya que éste se le caería por el agujero, que imagino como el de un donuts. Por el contrario, no creo que a mi vecino le vaya a dar por subirse al madero. A él nunca le fue mucho eso de la carpintería. De hecho, una vez que él andaba de viaje, su mujer vino a buscarme para que le apretara unos tornillos, y yo, muy gustosamente, le hice todos los arreglos que él le estaba negando, desde hacía algún tiempo, a su desatendida señora. 
Pero a lo que iba, que se me va el santo al cielo; no es por desmerecer a nadie, pero esto de las religiones tiene su miga. La religión de mi vecino, por poner un ejemplo cercano, requiere menos de fe y más de billetera. Por mucha fe que él tenga, los cubatas se los cobran a seis pavos. La fe, para mi vecino, es un hospital de Valencia; por el contrario, para el filipino es lo que le lleva de manera reiterada a la crucifixión. En la Seguridad Social española andan para crucificarse por razones de tesorería, o sea, están como mi vecino cada final de mes: no le queda pasta y debe dinero en el bar. Según parece, la cosa se les está yendo de las manos. Tal vez, también hayamos crucificado a la Seguridad Social, demasiadas veces, y se les haya ido toda la liquidez por los agujeros, como le pasaría al filipino con los cubatas de mi paisano. Si mi vecino supiera lo mal que están las cosas por la Seguridad Social, a buen seguro llevaría más cuidado con su hígado. Este hombre debería de saber que por muchas veces que se mande crucificar el enfervorecido asiático, o por mucha fe que se tenga, hígado no hay más que uno.
¡Uf! qué lío...Creo que no me he explicado demasiado bien. Espero que ustedes, piadosamente, no me crucifiquen por mi exceso de sátira y mi falta de elocuencia. 

viernes, 14 de abril de 2017

Apuntes inconexos del natural


El próximo viernes día 21, en Madrid, me espera un gran reto. Los retos siempre andan al acecho; para ellos siempre fui presa fácil. Kazajistán se atisba en el horizonte. Tareas: estudiar todo lo relativo a Kazajistán. Llevo a medio leer el último libro de Murakami. Acabo de terminar uno de Eduardo Halfon. Ayer fotografié un hormiguero y disfruté como un enano durante la maniobra. Un cuco me acosa desde hace varios días con su cansino cu-cu, cu-cu, no sé qué es lo que quiere de mí. Mi tortuga se está recuperando muy bien del juguetón ataque del perro de mi hija Yolanda. El perro de mi hija se llama Torso, un nombre muy escultórico para un can. Yolanda se llama así por la mítica canción del cubano Pablo Milanés. En las notas de mi Iphone leo: "Avanzamos por descartes". Tempus abire tibi est. ¿Para qué me apuntaría ésta frase en latín? Lago Blend, en Eslovenia, lugar ideal para unas buenas y tranquilas vacaciones. Rematar el relato de La llave de Sarajevo. (Hecho). El mapa de las tortugas. (En construcción) Psicoinmunología. (Ver) El lunes terminar presentación en marketing a primerísima hora. Ya he estrenado la temporada de baños en mi piscina. Mi amigo Carlos Pardo que, entre cuadro y cuadro, anda enfrascado arreglando un viejo piano, me ha dicho: "Qué daría yo porque mi piel acabara en la maquinaria de las teclas centrales de un piano romántico". Esto me ha causado una gran alegría, Carlos me ha demostrado que el romanticismo aún no ha muerto. Ana María sigue igual de incansable que cuando nació y yo algo más cansado. Hablando de todo un poco, ya peso seis kilos menos.

jueves, 13 de abril de 2017

La llamada de la naturaleza


Eran otros tiempos. Luchábamos a capa y espada por el medio ambiente. Mucha gente nos miraba raro, otros nos tildaban de iluminados, y otros sencillamente de rojos comunistas. Pese a ello, yo lideraba un grupo -alguien lo tenía que hacer- de intrépidos jóvenes decididos a darlo todo a cambio de nada. Estudiábamos a la naturaleza como un medio para entendernos a nosotros mismos. Tal vez con el afán de encontrarle un fin a nuestra insignificante existencia en un mundo cambiante y convulso en plena transición democrática. Entregarnos a los demás a través de la defensa de la naturaleza fue nuestro camino por el que salir adelante.
Campañas de concienciación ciudadana. Apoyo a colectivos afectados. Denuncias contra empresas, furtivos, instituciones, o contra cualquier hijo de vecino que se atreviera a contravenir las normas de protección medioambiental. Campañas de repoblación forestal, estudios de campo de especies amenazadas de extinción, actividades de educación ambiental en centros escolares, creación de una granja escuela, y una interminable lista de acciones, eran nuestro espacio de actuación y nuestra vía de desarrollo.
Acción Verde se llamaba nuestro grupo, un grupo que acabó fusionando sus fuerzas en lo que después sería Ecologistas en Acción en aquella histórica reunión celebrada en la Torre Alfonsina del Castillo de Lorca (Murcia).
Años preciosos entregados a la lucha conservacionista. Años que ahora vuelven a resurgir cada vez que deposito mi basura en los contenedores de reciclaje, reduzco mi consumo energético, rechazo una simple bolsa de plástico, planto mis bellotas cada temporada para regalar después los arbolitos o plantarlos en el monte, disfruto de la naturaleza de manera responsable, compro en el mercado tradicional productos procedentes de la agricultura ecológica, y oriento mi voto hacia los partidos que presentan un programa electoral más progresista y arriesgado a nivel conservacionista.
Por avatares de la vida, de nuevo siento como un ligero murmullo que me acecha: la llamada de la naturaleza. Seguro que tiene mucho que aportarme y yo aún mucho que decirle. Siempre fuimos tal para cual.

martes, 11 de abril de 2017

Saturno


El padre, nuestros padres, tienen la sombra alargada como un ciprés. Su ejemplo, su figura, su temperamento, su afectividad, para bien o para mal, nos condiciona durante toda la vida. A nuestro padre, nuestro abuelo, y nosotros a nuestros hijos. La cadena se transmite mediante una especie de corriente eléctrica que lo condiciona todo. Un ejemplo erosivo, sigiloso, a la par que excesivamente contagioso. El padre ausente, ocupado, desvirtuado y alejado de su condición, que aparece únicamente cuando le viene en gana, se requiere de su autoridad, o más bien de su autoritarismo. 
El padre banco, el padre dictador, el padre amenaza, el padre impertérrito, el padre todopoderoso, justiciero, y casi eterno. Sólo casi.
Saturno se comió a sus propios hijos. Y al igual que Goya, que a través de sus cuadros dejó buena cuenta de ello, el escritor Guatemalteco Eduardo Halfon, en su novela Saturno, nos habla de un padre así, un padre como el mío, o como el suyo, o como yo mismo, que también soy padre ausente y penitente y no llevo camino de mejorar.
Es cierto que ejercer de padre es de las cosa más complicadas a las que nos enfrentamos en la vida, y tal vez por ello, o quién sabe si por cualquier otro motivo inconfesable, incluso teniendo hijos, en ocasiones, renunciamos a ello.
Y, al final, por mucho que queramos aparentar, todo padre no deja de ser un gigante con los pies de barro. 
Emotiva y preciosa novela corta ésta que hoy les recomiendo.

sábado, 8 de abril de 2017

Crema de chirivías con peras


Ideal para torpes en la cocina y gente poco amante de las cremas de verduras. Ésta crema conquistará a tus comensales por su sabor dulzón y por su increíble olor. La consistencia la elige cada quién en función de sus gustos. Si les gusta más espesa, añadiremos menos agua de la cocción, y si, por el contrario, les gusta más líquida, añadiremos más agua.

Ingredientes para cocinar este sencillo manjar:
(2 personas)

- 4 Chirivías
- 4 Peras
- Aceite de Oliva
- Sal

Coste: 

Menos imposible.

Preparación:

Se pelan las peras y las chirivías y se ponen a cocer en abundante agua.
Una vez cocidas, las ponemos en el vaso de la Turmix, le agregamos un chorrito de aceite de oliva y sal al gusto y vamos añadiendo el agua de la cocción hasta conseguir la consistencia que nos apetezca.
Salud y sabor al máximo nivel y con el mínimo esfuerzo.
¿Ustedes gustan?

miércoles, 5 de abril de 2017

De Girona a Sarajevo


Lo que les pretendo contar hoy es una historia que se remonta a más de cinco siglos atrás. Cinco siglos cargados de guerras e injusticias, como si el tiempo tan sólo de dignara a brindarnos dolor, contradicciones y olvidos, pero, antes de nada, quiero que sepan que soy plenamente consciente de las grandes limitaciones que tengo para enfrentarme a este reto al que, de manera voluntaria, me presento.
El comienzo de ésta historia se remontaría al Edicto de Granada promulgado por los Reyes Católicos el 31 de marzo de 1492, en el que se ordenaba la expulsión de los judíos, aunque, en lo que a mí respecta, la máquina del tiempo tan sólo comenzó a moverse unos pocos años atrás.
La necesidad de aumentar nuestras exportaciones me llevó hasta Bosnia, más concretamente hasta su capital, Sarajevo, encrucijada de la historia reciente de Europa, plagada de iglesias ortodoxas y minaretes musulmanes, donde la convivencia se percibe con una tensión que nunca cesa, en una especie de tolerancia intolerable, como una herida mal curada que aún sutura, en un ambiente apaciblemente enrarecido. Tal vez por todo ello, Sarajevo no deja indiferente a nadie, y mucho menos a mí.
Pese a su evidente complejidad, allí me planté con mi inseparable Artur, traductor y amigo, mi Pepito Grillo, para intentar cambiar mi destino, o, al menos, intentar sumar un mercado más en mi ansiosa lucha por la supervivencia.
Entramos a Sarajevo por la conocida como Avenida de los Francotiradores -su nombre real es Mese Selimovica- flanqueada por edificios de la antigua época comunista, en los que se encaramaron los serbios contrarios a la recién proclamada Bosnia-Herzegovina con la intención de truncar sus deseos de independencia, favorecer a los defensores de la Gran Serbia, y matar a toda persona que por allí transitara.
De todo esto hablábamos Artur y yo, en pleno casco antiguo de Sarajevo -que se conoce con el nombre de Bascarsija- tomándonos una boza, una bebida típica realizada mediante la fermentación del mijo o el trigo, a la que añaden azúcar, canela y jengibre al gusto, y que sirven bien fresquita con un ramita de menta. Ni les cuento de los dulces... Unos dulces que relacioné con la repostería árabe, pero que rápidamente un joven, que estaba sentado frente a nosotros escuchándonos, no tardó en corregirme: no son árabes, son judíos -me dijo en una especie de idioma que yo alcanzaba a comprender a duras penas -este local es de unos judíos amigos míos -matizó.
El chico hablaba y yo intuía lo que decía, aunque, en realidad, gracias a Artur -que domina siete idiomas- pudimos acabar de comprender toda la historia que ese joven tan misterioso estaba deseoso de contarnos en un idioma tan antiguo como nuestra propia historia. El hecho de que dominara también el inglés nos lo puso todo más fácil.
El joven, que dijo llamarse Etgar, era de origen sefardí. Nos comentó que su sueño era regresar a la Girona de sus ancestros, pisar sus calles, y sus plazas, respirar su aire aunque fuera una sola vez en su vida. Etgar se ofreció muy amablemente a acompañarnos a la gran sinagoga Ashkenazi, que comparten los pocos judíos ashkenazíes y sefardíes que aún viven en Sarajevo, y durante el trayecto nos fue contando su historia.
Nosotros, por nuestra parte, le explicamos a Etgar los motivos que nos habían traído hasta Sarajevo, que no eran otros que los de intentar vender cosméticos, a lo que él replicó que tenía un amigo que tal vez pudiera estar interesado en nuestros productos; por tal motivo le regalamos una de mis tarjetas y ahí quedó la cosa. Proseguimos el paseo por la capital de Bosnia y nos paramos a contemplar una partida de ajedrez gigante en un jardín. Al parecer, según nos contó Etgar, ese tipo de partidas son una costumbre muy arraigada en Sarajevo, y, en no pocas ocasiones, son seguidas muy animosamente por multitud de espectadores. Posteriormente, el joven nos llevó hasta el Museo Nacional para invitarnos a contemplar el famoso Haggadah de Pesaj, un libro sagrado que narra secuencias del éxodo del pueblo judío. Un libro precioso con dibujos decorados con láminas de cobre y oro, y que, según nos contó Etgar, fue un antecesor suyo quien lo logró sacar de Barcelona hacia Perpiñán, y de ahí prosiguió viaje rumbo a Italia, hasta recalar por fin en Sarajevo.
Después de la visita al museo, fuimos a comer al restaurante Buregdzinica Sac en el que, según nos dijeron, se come el mejor burek de todo Sarajevo, y la verdad sea dicha, aquella especie de empanada estaba deliciosa. Etgar, en todo momento, se mostró muy interesado por conocer más cosas sobre la delicada situación por la que atraviesa Cataluña y, sobre todo, por conocer algo más de la ciudad de Girona. De pequeño -nos contó- siempre soñaba que viajaba a Girona, pero ese sueño siempre acababa en un gran incendio. A veces eran grandes piras de libros ardiendo. En otras, alguien le arrebataba unos libros de las manos y los quemaba en una gran hoguera. Esas pesadillas me persiguieron como un mantra durante años -nos explicó Etgar.
Después de tan inesperado encuentro, los días posteriores estuvieron cargados de trabajo y no tuvimos oportunidad de hacer más turismo ni de volver a encontrarnos con el misterioso joven.
Habrían pasado ya varios meses, cuando recibí un correo electrónico de un tal ebenevist que se había alojado en mi buzón de no deseados. Al abrirlo, pude comprobar como el correo lo remitía Etgar Benevist, el cual resultó ser el joven que Artur y yo conocimos durante el pasado viaje a Bosnia.
En su correo me hacía referencia a que, en el próximo mes, visitaría Girona y me pedía una serie de consejos prácticos relativos a transportes públicos, alojamientos económicos, y seguridad. Sin demorarme demasiado, recabé toda la información que el joven me requería y le respondí, dejando la puerta abierta a pedirme un par de días libres para encontrarme con él en Girona. A lo que él, a vuelta de correo, me respondió que era la mejor noticia que le podían haber dado, y que tenía el firme convencimiento de que todo eso no era tan sólo fruto de la casualidad. En ese viaje a Girona, algo importante nos espera, amigo -aseguró.
En otro correo posterior, en el que concretábamos vernos en el hotel Carlemany, para posteriormente desplazarnos a pie hacia la judería, me aseguró que su español había mejorado mucho gracias a un curso intensivo que había tomado en el Centro de Estudios Hispánicos de la capital bosniaca.
Durante los días en los que esperaba la llegada de Etgar, estudié todo lo relativo a la expulsión de los judíos de España y especialmente de la ciudad de Girona, sobre lo que tengo que reconocer que no sabía absolutamente nada. Sin embargo, tras dedicar unas cuantas horas a investigar por Google, mi interés por el tema se había disparado.
El día de autos, a la hora acordada, nos encontramos en la cafetería del hotel. Él traía, como presente, unos dulces como los que comí junto a Artur en Sarajevo. Tras los protocolarios saludos, y comprobar que, efectivamente, su español se había hecho mucho más comprensible que el ladino con el que nos habló en nuestro primer encuentro, decidimos emprender camino hacia la judería. En principio, su objetivo era pasar un día en Girona, viajar posteriormente a Barcelona, para visitar el legado de Gaudí, y de ahí viajar a Madrid para visitar el Museo Reina Sofía, ya que me contó de su enorme ilusión por ponerse delante del Guernica y de su pasión por la obra del universal artista malagueño Pablo Picasso.
Nada más llegar al laberinto que conforman las calles empedradas del Call de Girona, los ojos de Etgar se llenaron de lágrimas. Su llanto era mudo, sin un suspiro, sin ningún lamento. Sus lágrimas manaban sin control como una fina lluvia que brotara desde lo más profundo de su ser. Yo caminaba a su lado, sin saber muy bien qué papel asumir ante tan delicada situación, por lo que decidí continuar en silencio sin interrumpir el caudal por el que se estaban precipitando sus emociones. Esas callejuelas, impregnadas de humedad y misterio, sin duda, tenían algo de mágicas. 
En un momento dado, Etgar metió la mano al bolsillo de su chaqueta y sacó una llave. Mira, Pepe -me dijo- ésta es la llave de la casa de mis ancestros, lleva siglos en nuestra familia pasando de padres a hijos. Siempre soñé que algún día encontraría esa casa y aquí estoy, por fin, para intentarlo. Ni que decir tiene que, al contemplar esa antigua llave, sentí cómo un escalofrío recorría todo mi cuerpo. Durante el trayecto, entre callejuelas sombrías y escaleras empinadas, majestuosas casas de piedra adornadas con arcos y columnas, y preciosos jardines interiores con hiedras trepadoras, Etgar escrutaba minuciosamente todas las puertas, muy especialmente sus cerraduras. Descartaba las puertas modernas y tan sólo reparaba en aquellas de apariencia antigua. Lo sentí excitado en un par de ocasiones, en los que las puertas, pese a contar con una nueva cerradura,  conservaban aún la antigua. Pero en ninguno de los casos su llave se ceñía a las proporciones de esos cerrojos. Calle tras calle, callejón tras callejón, escalera arriba y escalera abajo, el barrio judío habría cambiado tanto en los últimos quinientos años que era casi una quimera pensar en la remota posibilidad de que pudiéramos hallar la casa de sus ancestros.
Junto a una terraza, en la que paramos para tomar un café y replantear la situación, vimos una librería judía. Tras un breve descanso, durante el que Etgar se prodigó poco en palabras, decidimos visitarla. En la librería nos recibió un señor con barba y kipá. Etgar volvió a utilizar ese extraño idioma con el que nos sorprendió en aquella cafetería de Sarajevo, y el librero le respondió con total normalidad. Yo permanecía expectante tratando de seguir la conversación, de la que únicamente podía entender palabras sueltas. Me recordaban al idioma en el que está escrito El Cantar de Mio Cid, o el Quijote, y que tanto me atraían de pequeño. Mientras ellos charlaban amistosamente, yo me puse a hojear varios libros escritos en hebreo, de los que me sorprendieron sus magníficas ilustraciones. A mi alrededor, habían varios jóvenes judíos que lucían la bandera de Israel en una acreditación que colgaba de sus cuellos, a los que Etgar también saludo de manera afectuosa.
Después de aquel emotivo encuentro, Etgar y yo salimos de la librería. En la cara del joven vi algo distinto. Sus ojos habían adquirido un brillo especial después de aquella amistosa conversación con el librero. Vamos a ver una tienda de antigüedades que hay a la vuelta de la esquina -me dijo- según Amos, el librero, aunque parezca mentira, en ella aún podríamos encontrar objetos y enseres originales de aquella época.
Durante el corto trayecto, sentí a Etgar más relajado, de hecho, la conversación versó sobre su viaje en tren hasta Barcelona, su posterior traslado a Madrid, y, si le quedaba tiempo y dinero, tal vez podría incluir un viaje a Toledo, de la que algunos conocidos suyos de Sarajevo procedían.
Al llegar a la tienda el semblante de Etgar cambió radicalmente. Era una de esas típicas tiendas de antigüedades en las que todo está amontonado en una especie de orden caótico, en el que con independencia de su origen, época o estilo, todo convive en un desacierto expositivo pero que tanto gusta a los amantes de las antigüedades y de la estética vintage. 
La tienda la regentaba una mujer que desafiaba con suma elegancia a la jubilación. Una mujer enjuta y menuda, con el pelo cano recogido en un moño, y dueña de una mirada tan penetrante que sería capaz de hacernos la prueba del ADN de un simple vistazo. Daba la sensación de que aquella señora fuera la guardiana de algún secreto, un secreto que bien podría esconder entre ese sinfín de cachivaches dominado por el polvo y la penumbra.
-Buenos días: en qué les podría ayudar -nos saludo con una voz tan profunda como los confines del universo. Buscamos objetos originales del barrio judío de la ciudad -le expliqué. Pues para ser sincera, les diré que lo que me queda de esa época es nada. Todo lo que había se lo han ido llevando, durante las últimas décadas, judíos llegados de los cinco continentes. Ésta menorá y ésta torá de aquí -dijo señalando a una vitrina- son reproducciones de mucha calidad pero no dejan de ser copias como las que se pueden encontrar en miles de lugares turísticos con un pasado de presencia hebrea y destinados a ser vendidos como souvenirs, aunque no dudo que habrá desaprensivos que los vendan como buenos -nos explicó. ¿Entonces no tiene absolutamente nada original del viejo barrio judío? Mi amigo Etgar ha venido expresamente desde Sarajevo con la ilusión de encontrar algo de aquella época -le expliqué a la buena señora. Ella, haciendo una revisión mental de todo ese infinito catálogo de despojos que representaba su modo de vida, nos regaló una mirada complaciente y nos dijo: en un patio interior, que tenemos como trastero, mi padre guardaba tejas, rejas, ventanas y unas puertas que, según nos explicó en más de una ocasión, provenían de unos derribos del siglo pasado. Él contaba que esas casas aún eran auténticamente judías, y que, tras la expulsión, habían pasado a manos de allegados a la iglesia. Sí quieren le podemos echar un vistazo, hace tiempo que no entro a ese patio...Ese patio, no sé muy bien el motivo, siempre me ha sido ajeno, como un apéndice que no me perteneciera. De hecho, creo que tras la muerte de mi padre no habré entrado ahí más de dos o tres veces. 
En contra de lo que imaginaba, al abrir una puerta de madera que bien podría contar con un par de siglos en sus tableros, nos quedamos asombrados al descubrir que una luz multicolor inundaba toda la estancia. Al mirar hacia arriba pude contemplar una claraboya espectacular que bien podría valer, por sí misma, más que todo el contenido de aquella decrépita tienda. El dibujo de sus cristales representaba un árbol. Es el Árbol de la Vida -dijo Edgar. Nadie sabe quién lo puso ahí -explico la señora- mi abuelo ya contaba historias sobre esa claraboya y ese árbol sagrado. Este edificio es tan viejo como la famosa casa de Lleó Avinay.
Creo que le tengo manía a este patio desde que de niña me quedé encerrada toda una noche aquí adentro, una noche de la que se me quedó grabada una pesadilla que me ha perseguido durante años -explicó la señora. ¿De un incendio? -preguntó Etgar, visiblemente alterado. Así es, joven ¿cómo lo ha sabido?. Los tres nos miramos como si hubiéramos escuchado algo inaudito, como si hubiéramos descubierto algo que no sabíamos muy bien cómo encajar en toda ésta historia.
En ese patio, en contra de lo que imaginábamos, habían muy pocas cosas: un gran montón de tejas, muy bien apiladas, por cierto, un par de rejas de hierro forjado, y un grupo de tres o cuatro puertas viejas apoyadas contra la pared. Ésto es todo lo que tengo -dijo la dueña, apesadumbrada. Ya quisiera yo tener más cosas de esa época...
Etgar, sacando la llave de su bolsillo, se acercó a la puerta como si lo hiciera en otra dimensión, como si la dueña de la tienda y yo hubiésemos desaparecido por completo de su campo de visión. La señora, que no sabía nada de esa llave, se quedó perpleja al comprobar cómo Etgar intentaba introducirla por la cerradura, pero en esa primera puerta la llave no encajaba, de hecho ni tan siquiera la alcanzó a introducir. Al parecer, era ligeramente más grande que la cerradura. 
-¿Qué hace ese joven? -me preguntó la señora, en voz baja, visiblemente sorprendida. Es la llave de la casa de sus ancestros; sus antepasados, tras la expulsión, salieron de Girona hasta recabar definitivamente en Sarajevo -le expliqué. 
Mientras conversábamos, Etgar ya había descartado una segunda puerta, y se disponía a probar con la tercera y última de esa pila de puertas, pero, para su desgracia, el resultado fue el mismo que con las dos anteriores. La cara de Etgar era todo un poema. Con los ojos repletos de lágrimas y la voz quebrada por la desesperación alcanzó a decirnos: la puerta no está aquí. A lo que la señora, haciendo una mueca facial como si acabara de recordar algo importante, dijo: creo recordar que debajo de esas tres puertas, en el suelo, había un trozo de una puerta que estaba casi totalmente quemada, pero que mantenía indemne la zona de la cerradura.
Entre Etgar y yo apartamos las tres puertas, y, efectivamente, ese trozo literalmente abrasado de lo que algún día fuera una puerta estaba en el suelo justo en el lugar en el que la señora lo recordaba. Siempre me he preguntado el motivo por el cuál ni mi abuelo, ni mi padre, ni yo misma, en todos estos años que regento el negocio, habríamos tomado la decisión de tirar a la basura algo tan inútil y tan invendible -comentó la señora cargada de razones. Una cosa es ser anticuario y otra bien distinta es padecer el Síndrome de Diógenes... -nos explicó, regalándonos una balsámica sonrisa.
Entre tanto, Etgar había agarrado ese trozo de puerta, tiznándose ambas manos, y lo había depositado en el centro del patio justo en donde la luz proyectaba un precioso tono rojizo. Ante nuestra expectación y, tras fallar en un primer intento, esa vieja llave consiguió accionar aquellos oxidados mecanismos de los que se separara hacía más de quinientos años. Etgar, alzó sus brazos hacia aquella mágica claraboya y gritó algo en ladino, algo que, más allá de su significado, sentimos como un grito desgarrador, un grito al que, a buen seguro, se sumaron las almas de todos sus ancestros mancillados, humillados, y expulsados de la que, hasta ese momento, era su tierra, una tierra que les pertenecía tanto como nos pertenecía a nosotros, y de la que nunca, nunca se olvidaron. 
Tras ese grito, que hizo temblar hasta los cimientos de aquella casa centenaria, Etgar se dejó caer sobre aquella puerta mutilada, sobre aquella puerta abrasada por el odio y la injusticia. Y lloró. Lloró como lloraron sus antepasados huyendo de sus tierras, y de sus propiedades, y las que siempre soñaron regresar. 
La señora y yo, agarrándonos de la mano, decidimos salir de aquel patio. Ese momento únicamente le pertenecía a Etgar. La imagen de ese hombre desolado, llorando quedamente abrazado a ese pedazo de madera carbonizada, sobre aquel suelo de piedra tapizado de luz multicolor, por mucho tiempo que pase, creo nunca se borrara de mi mente.
Lo que aún no tengo muy claro es cómo le voy a contar todo esto a Artur. Lo mismo pensará que le estoy contando otra de mis historias.

domingo, 26 de marzo de 2017

Soy gilipollas


Como bien explica Elvira Lindo, en su magistral artículo en el diario El País del día veinticuatro de Marzo, que lleva por título: Buenistas Sin Fronteras, yo, como unos cuantos ilusos más, soy un gilipollas, un buenista que se abraza a los árboles y que aún cree en la bondad de las personas. De hecho, yo diría más, de nos ser el buenista que soy sería un reaccionista militarizado al más puro estilo ramboide, me vestiría de camuflaje, me pintaría con mierda la cara y me tiraría al monte para hacerlo todo polvo como hicieron los bandoleros o los maquis en su tiempo.
Pero no, yo soy simplemente un buenista "abrazaárboles" y como gilipollas innato que soy, recojo la mierda que otros tiran, planto los árboles que otros queman, y pierdo mi tiempo de gilipollas perdido reciclando basura o yendo a denunciar a cazadores furtivos en lugar de estar en las terrazas de moda luciendo palmito y tomando gin-tonic cargados de semillas exóticas.
Dicen por ahí, que los "abrazaárboles", son una lacra más de la sociedad, un tumor, un virus, algo que urge extirpar antes de que puedan seguir agilipollando al resto de consumidores, porque los "abrazaárboles" se supone que están en contra del progreso y del consumo, pretenden que regresemos a las cavernas y, de paso, convertir a la sociedad en una especie de comuna de ocupas perrofláuticos, o quién sabe si en algo peor.
Los que siempre hacen las cosas bien, alegan que los buenistas son gente utópica que piensa que otro mundo es posible, un mundo en el que, según ellos, podríamos caber todos, comer todos, disfrutar todos de una sanidad y una educación pública de calidad, y no sólo unos pocos ricos de color blanco. El buenista piensa que el hombre y la mujer, con sus diferencias, deben ser iguales ante la ley y ante la sociedad. El buenista no entiende de diferencias por cuestiones de género, ni de supremacías raciales, ni de religiones, ni de pasaportes, ni de muros. Esos lunáticos dicen entender exclusivamente de personas y de respeto. 
Como podrán apreciar ustedes mismos, los buenistas son gente rara a la que hay que enmendar la plana y dejarlos por los que son:¡Gilipollas!
Pues qué quieren que les diga: aquí el que les escribe es un auténtico gilipollas. Un gilipollas de libro.

jueves, 23 de marzo de 2017

Piscis


Quién sabe si acuciado por mi infortunio, o simplemente por haberme pasado de la raya con los antidepresivos, aquella mañana plomiza de primavera, en la que el invierno se resistía a marcharse, decidí arrojarme nuevamente a los salvadores brazos del horóscopo. Hacia décadas que no leía el horóscopo, casi lo mismo que no leía el Marca, o el As, o que no tomaba psicotrópicos, pero debido a la gravedad de la situación por la que atravesaba, en los últimos meses, la astrología se había convertido para mí en una especie de tabla de salvación.
Para su información les diré que soy piscis. Sí, piscis, piensen lo que quieran, pero soy piscis. De hecho, los peces siempre fueron mi devoción, y de los peces de acuario tropicales pase al pescado, y del pescado al marisco, y del marisco al sushi. De hecho, creo que mi pasión por el sushi viene dada por mi condición de piscis con inclinación a acuario.
Siempre agua. Si se dan cuenta, toda mi existencia gira en torno al agua. 
En el momento que, a continuación, les paso a describir, sentía mucha sed, ya que la noche anterior me había pasado con el jamón. Entré a la cafetería Acuario, situada en la calle Mar de Cristal, del barrio de Entremares, y pedí un agua de Vichy a un camarero con ojos de pescado fresco. El agua de Vichy siempre me produce flatulencias pero me viene muy bien para prevenir la astenia primaveral, los devastadores efectos del jamón serrano de a seis euros el kilo y para los uñeros. 
El agua me la sirvió el encargado, el cual lucía una cara, un tanto picassiana, que me recordó a la de tiburón mellado con estreñimiento.
Alguien entró al establecimiento comentando que había comenzado a llover. El señor que leía la prensa a mi lado pagó su carajillo de ron y se marchó, momento que aproveché para abalanzarme sobre el periódico justo un segundo antes de que otro candidato, que se acercaba sigiloso con las mismas intenciones, lo enganchara.
El efecto de la lluvia hizo que la cafetería Acuario se llenara. Una señora septuagenaria se jugaba los pelos en las tragaperras. Dos mastodontes con paperas discutían a grito pelado sobre el próximo enfrentamiento del Barsa y el Madrid. Una pareja de novios se metía mano, como si no hubiese un mañana, mientras yo sentía la arrebatadora necesidad de leer el horóscopo.
Y allí, al lado de la página de anuncios por palabras en la que nada más que ofrecían sexo y masajes con final feliz a cambio de un puñado de euros, estaba el horóscopo. Busqué piscis. No me interesaba en lo absoluto lo que le pudieran vaticinar a los leos, capricornios, o al resto de los signos del zodiaco.
Antes de leerlo apuré la Vichy, a la par que un alcohólico que había a mi lado apuraba su copa de Ponche Caballero, y con gusto les paso a compartir lo que allí ponía: "Hoy será un día para olvidar. No salgas. No viajes. No emprendas. No apuestes. No tomes decisiones. Los astros no están contigo. Hoy no será tu día"
Así que, aterrado, pegué media vuelta, fui corriendo hasta mi casa y me metí en la cama sin quitarme la ropa ni nada.
Lo peor vino después cuando me despidieron. Ciertamente no fue mi día. No sé ustedes, pero yo, cada día que pasa, creo más en esto del horóscopo. ¡Es que me lo está acertando todo!

sábado, 18 de marzo de 2017

El libro de Olga


Aquel apartamento perteneciente a la compañía Aparton situado en la calle Carlos Marx, de la ciudad de Minsk, para mi desgracia, no era nada parecido a lo que esperabamos. La entrada del edificio parecía la boca de una mina de carbón tras una semana de huelga. Ya me había pasado esto en alguna ocasión en otros países de Europa del Este. Mientras en las zonas comunitarias el edificio se cae a pedazos, tras las puertas, contra todo pronóstico, puede habitar el lujo y la ostentación. Nuestro apartamento, el número quince, olía a cañerías, los muebles se mantenían en pie de puro milagro, la ropa de cama ofrecía un catálogo completo de ácaros que haría las delicias del mismísimo Linneo y causarían la muerte de cualquier alérgico al polvo.
Calculé, a ojo, que su jacuzzi podría acoger perfectamente de entre tres a cuatro personas, aunque llegué a la conclusión de que perecerían asfixiados por el olor a retrete que emanaba de sus desagües. En el armario de mi habitación no había ninguna puerta que cerrara, ningún cajón que uno estuviera descolgado, y cada percha lucía distinta a la otra. En el mueble del salón encontré varios libros en ruso que bien podrían haberse comprado en algún rastro al peso, o ser fruto del olvido de algún huésped que hubiera abandonado a la carrera el apartamento asustado por su lamentable estado de conservación.
Hojeé con curiosidad uno de esos libros. Averigüé después que, aquel libro, lo había escrito un húngaro llamado Istvan Nemere y llevaba por título "Mercancía Peligrosa". Tras pasar varias páginas exquisitamente escritas en cirílico, para deleite de los que entienden ese idioma, reparé en una de sus ilustraciones. En la imagen aparecía un guerrillero vestido totalmente de negro en el que destacaba un cinturón blanco, un pasamontañas que le confería cierto parecido con un luchador mexicano, y un Kaláshnikov. En ese momento, me di cuenta de que, en la página contigua a la imagen, había una nota manuscrita en ruso que despertó mi curiosidad; aunque, llegados a este punto, he de reconocer que a mi curiosidad no hay que hacerle palmas para que despierte. Le tomé una foto y se la envié, por wasap, a mi amigo Artur para que me la tradujera. A los pocos minutos ya tenía en mi pantalla la traducción: "Me estoy asfixiando" firmado por una tal Olga.
Me senté en un sofá de falso terciopelo, con más manchas que el lomo de un dálmata, para seguir curioseando ese libro. En el fondo, subyacía en mí la intención de encontrar alguna otra nota, alguna otra pista que me ayudara a recabar más información sobre el motivo de la asfixia de esa misteriosa Olga. ¿Quién sería esa tal Olga y por qué sentiría esa asfixia? ¿Sería una asfixia física o emocional? ¿O sería consecuencia del ecosistema infectado de ácaros en el que Aparton había convertido ese apartamento de alquiler? ¿Por qué una joven llamada Olga, quién sabe si bielorrusa o no, posiblemente rubia ceniza, con la piel blanca casi nívea, ojos azul cielo, con toda la vida por delante, se habría de sentir de esa forma?
Mientras, sobre ese infecto sofá, daba rienda suelta a mi imaginación, un tanto adormilado por lo cansado del viaje, sonó el timbre. Me extrañó porque mis compañeros andaban a la caza y captura de souvenir y no los esperaba hasta varias horas más tarde.
Al abrir la puerta, una rubia sonriente me dijo algo que me sonó a ruso, aunque pensándolo bien, a mí todos los idiomas de esa zona me suenan igual, y no porque suenen igual sino por mi falta de oído. De todo ese jeroglífico de sonidos que me regaló esa belleza de las nieves, tan sólo creí entender la palabra Olga, aunque también podría haberse referido al Volga, el río ruso por antonomasia. Con toda naturalidad, y como si pudiera entenderme, le dije a la buena mujer que esperara un momento. Delante de aquella Diosa de Minks, que llevaba una carpeta apoyada en el costado y un bolígrafo en la mano, llamé a Artur. En este tipo de situaciones mi amigo Artur, con pasaporte polaco pero originario de la Torre de Babel, esté dónde esté, siempre me saca de apuros.
Tras darle las explicaciones pertinentes, Artur habló con la chica, que resultó ser una inspectora del gas que pretendía realizar una revisión rutinaria de la instalación. Según contó a Artur, en ese edificio, hacía unos meses, se había producido un escape de gas y tuvo que ser desalojado a la carrera.
Mientras la rubia de ensueño realizaba su inspección, le pedía a Artur que le preguntara a la chica si sabía qué le pasó a Olga. ¿Qué Olga? -me preguntó Artur. La que escribió esa nota desesperada sobre ese libro. Tal vez se asfixiaba mientras lo leía...o tal vez murió asfixiada durante ese escape de gas. No, Pepe, la gente que muere por asfixia en un escape de gas se duerme y no se entera de nada, de haber sucedido así a esa Olga no le hubiera dado tiempo a escribir esa nota, a no ser, claro está, que lo hiciera de una forma premeditada -me explicó mi fiel amigo polaco, haciendo alarde de unas dotes detectivescas que hasta ese momento no le atribuía.
Da igual, Artur, de cualquier modo, pregúntale si sabe algo sobre una tal Olga que vivió en este apartamento. Pero, Pepe, recuerda que estás en un apartamento de alquiler, no creo que tengan ninguna relación entre sí esos hechos -me explicó el polaco. Te lo ruego, le insistí, pregúntale a la rubia del gas  si sabe algo más sobre esa Olga, tengo el presentimiento de que sabe algo. Lo leo en sus ojos.
De nuevo, le pasé el teléfono a la chica. Ella me regaló otra sonrisa de anuncio y escuchó con atención la explicación de mi colega, mientras me miraba, no sin cierto escepticismo. Ellos hablaban en ruso y yo esperaba impaciente las deliberaciones de aquel improvisado interrogatorio. 
Lo que te decía, Pepe, debe ser pura coincidencia; como en España María o Carmen, aquí en Bielorrusia la mayoría de las mujeres se llaman Olga. Sin embargo, pese a ello, algo me decía que esa mujer sabía algo más...Por favor, Artur, insíste, dile que sabes que nos está mintiendo. Dile que soy psicólogo forense y que sé que nos está ocultando algo -le insistí a mi amigo Artur, que tiene más paciencia conmigo que el santo Job. 
Ellos hablaron de nuevo, pero esta vez de una forma bastante más acalorada que la vez anterior. Olga, la inspectora de la compañía del gas, se puso más roja que un noruego en Cancún. Sus venas se hincharon como el cuello de un cantaor de flamenco en la final del Festival del Cante de las Minas de La Unión. Y, tras una fuerte discusión, Olga me devolvió el teléfono, me arreo un portazo en las narices, y se marchó sin dar ni las buenas tardes.
Artur, Artur, sigues ahí -dije visiblemente alterado. Sí, Pepe, aquí sigo -me respondió. Dime, Artur: ¿Te dijo quién era nuestra Olga? -le pregunté.
Sí, Pepe, al final se lo he sacado. Esa Olga formaba parte de una célula terrorista que se desplazó hasta la capital bielorrusa para atentar contra el Presidente. El grupo, que para no levantar sospechas estaba compuesto por dos parejas, estaba iniciando los preparativos de su ataque, cuando tres de ellos fueron detenidos. Olga, nuestra Olga, al enterarse de la detención de sus compañeros decidió suicidarse abriendo el gas de la cocina, no sin antes, haber colocado en la puerta una bomba que tendría que haber explotado a la llegada de la policía.
¿Y no llegó a explotar? -le pregunté a Artur. Evidentemente, Pepe, de haber explotado no hubiera quedado nada de ese edificio en el que ahora te alojas.
Aunque nunca me llevo nada de los hoteles, ni de los apartamentos en los que me alojo, esta vez me vi ante la necesidad de hacer una excepción. 

sábado, 11 de marzo de 2017

Frontera


En un aeropuerto cualquiera, a una hora cualquiera, con un policía con bigote cualquiera.
-Su nombre, por favor.
-Le digo mi nombre.
-Su edad, por favor.
-Le digo mi edad.
-Su nacionalidad.
-Le digo la nacionalidad que acredita mi pasaporte.
-Su raza, por favor.
-¿Mi raza? No sabía que yo tuviera una raza.
-Todos pertenecemos a una raza.
-Híbrido -le respondo.
-Híbrido no es una raza tipificada en mi computadora.
-¿Tiene tipificada mestizo?
-Usted no es mestizo, es blanco.
-¿Soy blanco?
-Evidentemente.
-¿Y cómo puede usted estar tan seguro?
-No hay más que verle señor.
-Pues le puedo asegurar que soy mestizo, mezcla de romanos, griegos, árabes, Pelayos del norte, y no sé cuántas mezclas más.
-No sé de qué me estad usted hablando. Le voy a poner blanco. Ante la duda, la normativa dice que yo soy quién decide.
-Pues ponga usted lo que le convenga, por mí no hay ningún problema. ¿Alguna cosa más?
-Para finalizar: ¿me podría usted decir su religión?
-No profeso ninguna religión.
-Tengo que poner aquí una religión. Esta casilla no se puede dejar en blanco.
-Pero me parece absurdo. No tengo ninguna religión, ni la pienso tener...
-Dígame una, por favor, está usted retrasando mucho la fila, mis superiores se pueden enfadar y eso no sería bueno para usted.
-Ponga Hare Krisna.
-Usted no pasa por Hare Krisna. Ni va rapado ni lleva la túnica anaranjada.
-Pero podría ser del departamento de administración de los Hare Krisna, ¿o no?
-No me haga usted perder el tiempo, por favor.
-¿Cuál cree que casaría mejor con mi perfil de viajero?
-Protestante le iría bien.
-Perfecto. Ponga usted ahí protestante. Siempre me gustó la canción protesta.
-Muy bien, ya puede usted pasar.
-Muchas gracias, caballero -le dije al emperador de las aduanas. 
Cuando me alejada, pensando en lo inhumano de esas clasificaciones, mascullé: ¡cuánto odio a estas malditas fronteras!

jueves, 9 de marzo de 2017

Árboles


Encinas, robles, olmos, pinos, algarrobos, palmitos, madroños... Siempre. Digo siempre, pero bien podría contar tan sólo desde mi adolescencia hasta mi actual dolencia. Siempre he sentido la arrebatadora necesidad de plantar árboles. Necesitamos árboles. La tierra necesita más árboles. Mis hijas necesitan más árboles. Los niños del mundo necesitan más árboles. Las generaciones venideras necesitarán de más y de más árboles. Yo planto árboles tanto para saciar mi romanticismo, como para redimir mis pecados de consumidor en un mundo en el que no cabe ser de otra forma. Planto con la misma contradicción y escepticismo con el que lo vivo todo. El mundo en sí mismo es una eterna contradicción en donde lo único verdaderamente auténtico que nos queda son los árboles.

sábado, 4 de marzo de 2017

La bicicleta


Ring-Ring. En un exuberante rancho de un recóndito paraje de Colombia suena un teléfono.
-Dígame...
-Hola, Carlos, ¿cómo vives?, soy la Shaki.
-Sí, aquí Carlos Vives. ¿Con quién tengo el gusto?
-¡Qué soy la Shakiiii!
-Ah, ya te escucho. No hace falta que chilles. Todo bien por aquí, mi güera, pero ando un tanto cabreado porque nos han robado la bicicleta.
-¿Pero qué me estás contando, Carlitos?
-Lo que oyes, mi amor. La dejé anoche amarradita en el porche de la casa y algún hijo de su madre nos la ha birlado.
-No puedo creerlo, para una cosa que te encargo y mira tú por dónde...
-No digas eso que del cabreo que traigo me ha salido un orzuelo.
-Perdona, Carlos, pero: ¿qué narices haremos ahora sin la bicicleta?
-Pues creo que tendremos que ir andando despacito.
-Pero qué despacito, ni qué niño muerto, Carlos. Despacito es la canción que nos está dando en la torre.
-Ni la he escuchado mi amor. He andado muy ocupado buscando al caimán.
-¿De qué caimán me estás hablando, Carlos?
-Del que se fue por la Barranquilla.
-Pues más vale que buscaras la bicicleta, so bobo. Y peínate, mi niño, que siempre andas despelucado.
-Ay, mamita, cuanto estrés tenéis por Barcelona; con razón Luis Enrique ha tomado las de Villadiego.

viernes, 3 de marzo de 2017

Oda primaveral


Una nueva primavera llega pidiendo paso. Lo dicen las brevas que despuntan en la higuera y las flores rosas que han surgido de las ramas secas que hasta hace unos días desmerecían al melocotonero. Pretendo vivir rodeado de árboles y los planto hasta en macetas. Al igual que un canario enjaulado no está libre pero canta, mi higuera está en un tiesto y me regala brevas riquísimas que tal vez no merezco por someterla a semejante acotamiento. Las tórtolas revolotean emparejadas entre acrobacias y cantos. El monte se exhibe frondoso tras un buen invierno de lluvias. Los pinos comienzan a arrojar su nube amarilla de polen que lo deja todo como impregnado de azufre. Las temperaturas ya recuperan su cara más amable para que la vida fluya desaforada, para que reviente todo inundado de aromas, luz, y color.
No sé si como consecuencia de la edad que ya voy teniendo, o por las fuerzas que estoy perdiendo, la llegada de la primavera se ha convirtiendo para mi en una especie de indulto.
A veces, le concedemos demasiada relevancia a milagros impredecibles e improbables, o a cosas materiales insignificantes por muy alto que sea su coste, y, sin embargo, muy poca a los milagros que la naturaleza nos regala a cada instante.
La vida, generosa, nos ofrece experiencias grandiosas que no sabemos apreciar.
Como escribiera, quién sabe si un día como hoy hace no sé cuántos años, Antonio Machado: "La primavera ha venido, nadie sabe como ha sido".
Aunque con menos pelo que una rana, que afortunado me siento de seguir sumando primaveras.

domingo, 26 de febrero de 2017

Sueño con manos


De un tiempo a esta parte, al levantarme, recuerdo todo lo que he soñado. Supongo que esto no será una novedad para muchos de ustedes, pero para mí sí que lo es. Hasta ese momento, al despertar, no recordaba nada de mis sueños. De hecho, ni podría asegurarles si por ese tiempo soñaba o no. De pequeño sí que sufría pesadillas; todas ellas la mar de recurrentes: qué si me caía por un balcón, qué si el Cristo se bajaba de su crucifijo y me perseguía por la casa, o si la Virgen me miraba con mala cara, cosas así. En mi etapa de futbolista el sueño recurrente era que siempre fallaba un remate, o que no llegaba a un balón. Muchas eran las veces en las que me despertaba dando patadas intentando alcanzar una pelota y ésta se marchaba, expedita, para regocijo del contrario y engrosamiento de mis frustraciones.
Cuando era camarero soñaba que estaba sólo y el bar se llenaba de clientes, todos pidiendo cafés con tostadas, que era lo que más aborrecíamos: ¡las dichosas tostadas! ¿No podría esa gente tomarse un croasán o un bollo? ¡Pues no! Todos tostadas...y a la misma hora. Unos con tomate y aceite. Otros con mantequilla y mermelada. Otros tan sólo con aceite y sal. Me despertaba muerto de ansiedad y odiando a las malditas tostadas. En ocasiones, para vengarme, llegué a decirle a algún cliente que se había roto el tostador.
Ahora, como les decía, tras un lapso de tiempo en el que no recordaba los sueños, para mi desgracia, vuelvo a recordarlos. 
Y lo más jodido de todo esto es que sueño con las manos de mi hija pequeña. La primera vez soñé que mi hija tenía las manos de mi madre. Recuerdo las manos de mi madre en el hospital, con el gotero, arrugadas, con su manchas, sus lunares, sus uñas con falta de manicura. Pues mi hija tenía esas manos. Las manos de su difunta abuela a la que no llegó a conocer. El del otro día fue aún peor, soñé que a mi pequeña le habían desaparecido varios dedos de una mano. 
Así que, ya saben, si me ven mala cara, no es por nada, es por culpa de estas malditas pesadillas. Estoy por meterle mano a los lexatines.

sábado, 25 de febrero de 2017

Esto me suena


Han aparecido, no lejos de aquí, cien cerdos muertos tirados en una cuneta. En muchas cunetas resplandece el hormigón sobrante de las edificaciones ilegales, recubierto de basura que arrojan los desaprensivos que tratan a la naturaleza como a una mierda porque sus vidas son, en si mismas, una gran mierda, y, por consiguiente, todo les importa una mierda.
La vida, convertida en detritus, es una vida sin límites de ningún tipo. Es la vida del todo vale y el sálvese quién pueda. Es la vida del todo el mundo lo hace, todo el mundo roba, todo el mundo defrauda, y todo es una puta mierda. En este contexto de retrete todo da igual.
Mucha gente, cada vez más, piensa que el fin justifica los medios, como un programa que ponían hace años en televisión y que llevaba por título: "Todo por la pasta". Que el respeto es algo de otra época, que la educación no es necesaria, que si le ha pasado eso es porque algo habrá hecho, los españoles primero, me cago en lo políticamente correcto, yo digo lo que pienso y punto...¿les suena este tole tole?
Ya hemos visto lo que ha pasado en el país de la devaluada Estatua de la Libertad. Ya hemos visto el Brexit. Ya estamos contemplando el avance de la ultraderecha en muchos países de la empequeñecida Comunidad Europea.
Se habla de muros, extradiciones masivas, de puros e impuros, de guetos, de repudiar a los homosexuales, de acallar a los medios de comunicación y a los jueces. En serio les pregunto: ¿Todo esto no les suena de algo?
Si las cunetas hablaran...

viernes, 17 de febrero de 2017

La bochornosa historia de un tal Poncio Pilates


Ni soñando se me había pasado nunca por la cabeza entrar a un gimnasio. Un gimnasio había sido siempre para mí algo así como un matadero para una vaca. Pero la cuestión es que esa vecinita me traía de cabeza, y aquella tarde, sin poder contenerme, salí tras ella. Estoy seguro de que la chica, hasta ese momento, no había reparado demasiado en mí, ni en mí nombre: Poncio, con el que mi padre, gran aficionado a la cosa bíblica, me condenó de por vida el muy cabrón, antes de que lo atropellara un autobús de línea y me dejará huérfano de por vida. Mi progenitor se llamada Herodes por obra y gracia de su padre que, según pude averiguar, había fallecido víctima de una coz que le había soltado el burro de su suegro.
Pero a lo que iba. Aquella diosa Afrodita se contoneaba delante de mí, como una mulata en un carnaval, sin percatarse en lo más mínimo de lo obsesivo de mi persecución. Yo miraba su trasero como un pirómano mira un bosque relicto, o un bebé hambriento a su biberón. Caminamos un buen rato. Durante el trayecto, no era capaz de discernir si caminaba sobre la tierra o sobre las nubes. Aquel culo superlativo se había apoderado de mi mente y llegué a sentir que mi futuro pendía de la goma de aquel tanga; porque ese culo, ese apoteósico trasero, debía lucir un tanga como el Reina Sofía luce al Guernica, aunque, de exhibirse públicamente como aquel, yo creo que le hubiese ganado la partida.
Cuando pude reponerme un poco de aquel hipnótico paseo, me encontré en la puerta de un gimnasio. Me quedé meditabundo sin saber muy bien qué hacer. A mi derecha un cartel anunciaba que hoy, precisamente hoy, no ayer, ni anteayer, ni mañana, sino precisamente hoy, para ser más exactos media hora más tarde, se celebraba una jornada de puertas abiertas para disfrutar de una clase de pilates. Me quedé pensativo, ese nombre me recordaba a algo pero no sabía muy bien a qué. Leí de nuevo el cartel y la única condición para poder disfrutar de esa clase iniciática era realizar una inscripción previa, con la que avasallarte a publicidad, y la propia capacidad del aforo. Sin más dilación, me abalancé sobre la recepcionista y le pregunté si todavía podía inscribirme a esa jornada de piernas abiertas. A lo que la buena señora me respondió que no me entendía. De inmediato, dándome cuenta de que el subconsciente me había jugado un mala pasada, rectifiqué. Aquella Venus de Urbino, haciéndose la interesante, me dijo que tenía que revisar, ante lo que yo, insinuante, me ofrecí a invitarla a un Big Mac con doble queso en el engordadero de la esquina. De ipso facto, me guiñó un ojo y me aseguró que contara con una plaza y con todo cuanto fuera menester.
Salí corriendo de allí como el que se quita avispas del culo. ¿He dicho culo? Justo al otro lado de la calle se encontraba una tienda de deportes. Por poco más de cien euros, me hice con todo lo necesario para meterme en esa clase de pilates, con la ilusión de que me abriría las puertas del paraíso.
Al regresar, la Venus se había pintado los labios de rojo pasión. Tomó mis datos, sin sorprenderse de mi nombre de pila, mi número de teléfono y mi correo electrónico, y me volvió a guiñar un ojo pero esta vez acompañado de un beso al aire que me arrojó un tufillo a chorizo de Cantimpalos.
Y allí estaba ella. Pletórica. Radiante. Luciendo el culo más grandioso del globo terráqueo embutido en unas mallas de lycra. Me coloqué de tras de ella para disfrutar de su proximidad. Creo que en ese momento me reconoció, pero se hizo la sueca. La monitora iba vestida como la protagonista de Flashdance pero tenía la cara de haber liquidado el IVA. Todo comenzó bien. Los ejercicios era suaves y yo me sentí el rey del mambo. El ritmo de los ejercicios iba avanzando progresivamente exigiendo cada vez de más flexibilidad. Yo que siempre fui un holgazán, y no me doblo ni al dominó, empecé a pasar las de Caín. Y fue al hacer el arco cuando se me soltó aquella ristra de pedos en la cara de mi vecina, cuando me sentí morir. Todo el mundo se me quedó mirando con la misma cara de asco con la que mirarían al vómito de un borracho en la puerta de un after a las siete de la mañana.
De hecho pude observar como a mi culo, digo a mi vecina, le daban arcadas.
Así que, sin mediar palabra desaparecí de ahí, como desapareció la Atlántida.
Estuve varios días en los que no me atrevía ni a poner un pie en la puerta de casa, pero tuve que salir porque se me acabó el papel higiénico.
Bajé sigiloso por la escalera y al llegar al portal me tropecé con ella que se encontraba olismeando en los buzones, juraría que más concretamente en el mio. 
Así que, armándome de valor, o tal vez porque me cagaba encima, pasé a su lado. Entonces fue cuando me gritó aquello de: ¡Poncio, Pilates!, soltando una sonora carcajada, que se me ha quedado grabada en el alma. 
Y ahí se me escapó el punto. Lo único bueno de todo esto que les he contado, es que la Venus de Urbino viene todas las noches a quitarme las penas. No hay mal que por bien no venga.

sábado, 11 de febrero de 2017

Pobres daneses...


Reconozco que me quedé muy sensibilizado tras haber leído un artículo en la prensa y más aún cuando, horas después, vi el vídeo de la campaña promovida por el gobierno danés contra el cáncer de piel. Si ustedes lo vieran, cosa que recomiendo, verían como en él se pide, de manera explícita a los españoles, ayuda para evitar que sus nacionales se achicharren al sol y con ello evitar la alta incidencia que ese tipo de cáncer está teniendo entre los daneses que vienen al sur ávidos del sol que anhelan en su país durante el resto del año.
La cuestión es que, para orearme y rebajar mi habitual nivel de estrés, me escapé de mis quehaceres y me largué a la playa en solitario sin decir ni mu.
Yo, como en esos casos, iba pensando en las musarañas y disfrutando de algún que otro topless, cuando, de pronto, delante de mí, aparecieron dos guiris, más rojos que dos tomates maduros, que estaban tumbados bocabajo sin sombrilla ni nada.
En seguida mis débiles circuitos neuronales conectaron esa imagen con la súplica del gobierno danés, y ya mi vi condecorado con la Gran Cruz Danesa al Mérito Civil. Así que, con ese ímpetu, eché mano de un protector solar con pantalla total, de la prestigiosa marca Tahe, y les arrojé, de manera preventiva, dos chufletazos de tan magistral ungüento en la espalda, tras lo cual me lancé sobre ellos en plancha para poder distribuir bien el producto y que así la profilaxis quedara plenamente asegurada.
Y eso fue lo peor. No recuerdo muy bien lo que sucedió, pero lo que sí recuerdo es que aquellos dos mastodontes no hablaban danés, ni ruso, ni ningún otro idioma de más allá de los Pirineos, eran dos tipos de Alpedrete con una mala hostia tremenda y que me dieron una somanta de palos que de tan sólo recordarlo se me descomponen los intestinos. 
Don Quijote vio gigantes donde yo vi a dos daneses en apuros. Y lo dos, por ilusos, acabamos que ni te cuento...


miércoles, 8 de febrero de 2017

Cámara Café: La dichosa foto


-Salvador: ¿lo tomas solo o cortado?
-Cortado, por favor.
-Tienes mala cara Salvador...
-¿Te has visto la tuya en el espejo, Manolo?
-¿Qué le pasa a la mía?
-No sé...te veo algo pálido y ojeroso.
-Es que desde hace varios días duermo en el cuarto de los invitados...
-¿Y eso por qué, Manolo?
-Mi mujer me tiene castigado.
-¡Algo habrás hecho, pillín!
-Eso es lo peor, que soy inocente de toda culpa. Mientras estaba en la ducha, ella agarró el teléfono y me miró el wasap...
-¿Y qué tenías en el wasap?
-Pues una foto que me envío mi primo Alberto, en la que aparecemos con dos chicas en su despedida de soltero.
-¿Dos chicas? 
-Sí, coño, ¡dos putas!, que hay que decirlo todo...
-Pero si eso ya está pasado de moda, tío.
-Ya lo sé, gilipollas. Eso mismo les dije yo, pero me hicieron caso omiso.
-Pero le habrás dicho que no hiciste nada con ellas.
-Claro, se lo juré y perjuré hasta de rodillas, pero ni con esas me levanta el arresto.
-¿Y cuántos días te ha impuesto como penitencia?
-De momento cuarenta días con sus cuarenta noches.
-Si te ha puesto en cuarentena es porque está convencida de que hiciste algo más que tomarte esa foto.
-¿Tú crees?
-Está clarísimo.
-¿Y qué me aconsejas?
-Envíale flores al trabajo, invítala a cenar a un japonés, haz una declaración jurada ante un notario en la que asegures que saliste indemne de ese antro de perversión. ¡Haz algo!
-Lo haré, estoy desesperado. Llevo varios días sin pegar ojo, de tanto darle vueltas al asunto.
-Por cierto, lo que te quería decir antes es que el próximo jueves salimos todos los de la oficina a celebrar el cumpleaños de Juan Carlos.
-¡Pues no contéis conmigo! 
-¡Eres un flojeras, Manolo!
-Pensad lo que queráis, pero lo primero es lo primero...