viernes, 18 de agosto de 2017

Réquiem por la cordura


Soy blanco, supuestamente católico, y heterosexual. Para algunos, serían suficientes argumentos como para sentirse el Rey del Mambo. Otros se sienten supremos por rezarle a Alá y se atribuyen el derecho de masacrar a todo hijo de vecino. Otros se atribuyen el derecho a matar a sus mujeres, o el de violar a niños, o el de dejar morir de hambre a un continente entero mirando para otro lado. 
Jesucristo dijo: “Quién esté libre de pecado que tire la primera piedra”. Yo, que fui a Maristas, me eduqué en el doble rasero de todas las religiones: “Haz lo que yo diga pero no lo que yo haga”. Evidentemente aprendí que una cosa son las religiones y otra bien distinta los religiosos.
Las religiones, en sí mismas, no son malas, lo peor es que las pervierten los hombres, las manipulan para su interés que siempre es el mismo: ostentar poder y amasar dinero.
Escribo todo esto como desahogo, cosa, por otro lado, siempre difícil de gestionar. En momentos críticos como el que nos ha tocado vivir hoy en Cataluña, es complicado no dejarse llevar por las vísceras y poner un poco de orden y concierto sobre el aluvión de sentimientos encontrados que nos inundan.
Observamos, en las redes sociales, reacciones de repulsa, de rabia, de impotencia, y de solidaridad con las víctimas, y también las manifestaciones de gente que aboga por el radicalismo frente al radicalismo. El ojo por ojo. La Ley del Talión. 
En cierta medida es normal. Es muy complejo para nosotros, los ciudadanos de a pie, entender el trasfondo de toda está barbarie que nos toca sufrir en nuestras propias carnes. Y digo nos toca porque los que la desencadenaron viven a las mil maravillas rodeados de riquezas y de seguridad. Los que nos enfrentaron, a uno y a otros, siguen ostentando privilegios, y cargos oficiales, y pensiones vitalicias, y acciones en Wall Street. 
Pero amigos míos, los que tenemos que poner la otra mejilla siempre somos los mismos.
Para finalizar este desahogo, me van a permitir parafrasear a Gandhi con dos de sus más celebres proclamas: “Ojo por ojo y todo el mundo acabará ciego” y “No hay camino para la paz, la paz es el camino”.
Descansen en paz todos los fallecidos en el terrible atentado que sacudió ayer a la maravillosa ciudad de Barcelona y ojalá se recuperen pronto y bien todos los heridos. 
No sé por qué ni para qué, pero tenía que escribir todo esto.

lunes, 14 de agosto de 2017

Mi cangrejo Tomate


Les podrá parecer un tanto extraño, pero les contaré que en mi jardín vive un cangrejo rojo que tiene los ojos saltones. Y más extraño les parecerá cuando sepan que dicho cangrejo es de goma y que era el favorito de mi pequeña Ana María para jugar en la bañera. La gran mayoría de los adultos son de la opinión de que los juguetes no pueden adquirir ni transmitir sentimientos humanos y, aunque me tomen por loco, les diré que están en un gran error. Los que piensan de esa forma se ve que no han observado la experiencia tan prodigiosa que provocan los juguetes en el interior de los niños. No han disfrutado contemplando la gran complicidad que se genera entre ellos, llegándose a forjar lazos afectivos que perduran durante años.
Los juguetes son, por tanto, mucho más que objetos inanimados; tan sólo haría falta que les prestásemos un poco de atención y de cariño para que volviera a surgir la magia que percibíamos cuando eramos niños y de ese modo tuvieran también la oportunidad de embellecer y alegrar nuestra rutinaria vida de adultos. Sé, de buena tinta, que a los juguetes les apena mucho que los adultos nos hayamos alejado tanto de ellos.
Como les contaba, el cangrejo rojo de ojos saltones de mi hija Ana María vive ahora en la rocalla que hay tras el falso platanero que tengo en el jardín. Allí lo dejó mi hija y allí vive el crustáceo a las mil maravillas. Gusta de tomar el sol en la roca que más sobresale y juguetear con las tortugas con las que se siente identificado tal vez por tener también, en cierta medida, un armazón duro que las protege. De hecho, le encanta encaramarse a ellas y pasearse así por el jardín como un sultán sobre un elefante. Le he puesto de nombre Tomate, obviamente por su color, y cuando pronuncio su nombre acude raudo y veloz, eso sí andando de soslayo, como si de un perrito con pedigrí se tratara. Gusta, Tomate, de comer trocitos de pescado que devora como yo, antaño, me zampaba los gofres de chocolate en la feria de Septiembre. 
De esto mi hija no sabe nada, ni debe saberlo, ya que si se enterara de ipso facto me quitaría al cangrejo con el egoísmo dictatorial que caracteriza a los niños de su edad. 
Yo sé que estarán diciendo que no tengo edad para andar jugando con cangrejos de goma, pero es que a ver, si me descuido un poco, ya no voy teniendo edad para casi nada.


miércoles, 9 de agosto de 2017

La calor


Mientras en Cataluña deciden su ser o no ser shakespeariano y el cadáver de Venezuela se revuelve en su propia tumba, yo ando de vacaciones. 
Rajoy, entre exhibiciones atléticas y su siempre apretada agenda internacional, ha sufrido un ataque de lumbalgía. ¡Qué por nadie pase! Tras ponerse una faja, fue a ver al Rey y este, por el retraso, ya lo esperaba con un Dry Martini en la mano y un real plato de pulpo a la gallega para hacer patria. 
Neymar tomó las de Villadiego, o si prefieren que eche mano de otro dicho: puso pies en polvorosa. 
Shakira nos pone melosos con la cancioncita que le ha dedicado a su Piquetón y los calamares a la romana están por las nubes. Así va el verano, despacito, despacito.
Según parece, las playas están haciendo su propia campaña antiturismo y ya se han tragado a un montón de gente para asustar. El clima, sin embargo, va por los suyo: hoy hace calor y mañana también. Ahora, como dirían en Valencia, es el tiempo del caloret y de la horchata de chufa ¡la de toda la vida! y no la que nos quiere meter ahora el Starbucks qué sólo Dios sabe con qué estará hecha.
Cómo les decía, ahora lo suyo es el calor, el sol, el mar, las piscinas, los bikinis, los cuerpos perfectos, las lorzas, los chiringuitos, los vigilantes de la playa y de los niños llorones.
Por cierto, ayer lloraba tanto mi hija pequeña en la playa que de no haber sido mía hubiera salido corriendo al Cuartel de la Benemérita más próximo a poner una denuncia por maltrato. Y es que mi Ana...cómo se lo explicaría yo...¡Tiene más pulmones que cuerpo!
-Joven, ¿cómo es que puede llorar tan fuerte una niña tan pequeña? -me pregunta asombrada una señora con acento de Madrid.
-Señora no lo sé, pero si lo llego yo a saber antes le juro que la devuelvo -le digo poniendo la cara de un cura dando la extremaunción.
-Vaya padre que está usted hecho. ¿No le da vergüenza decir eso de su propia hija? -me recrimina, y no sin razón, la jubilada de Madrid. 
-Vergüenza es cagarse encima en la cola del supermercado, señora -le digo.
-¡Qué asco de juventud! ¡Está el mundo perdido! -dice la señora con cara de haber encontrado una mosca en el gazpacho.
-¿Qué juventud ni qué niño muerto, señora?  Aquí donde me ve tan lustroso ya voy para los cincuenta -le comento a la madrileña.
-Eso les pasa por tener los hijos tan mayores. Eso antes, con el Caudillo, no pasaba -me explica tan convencida la turista.
-Los hijos vienen cuando tienen que venir -le replico con cierta indignación. 
-Así está la juventud como está... -sigue insistiendo la mujer como un martillo pilón.
-¿Y según usted, cómo está la juventud? -le pregunto.
-Perdida, hijo, más que perdida que nunca -responde la señora consternada.
-Eso ya lo decía mi abuela hace cuarenta años -le confieso.
-Y la mía hace setenta -exclama la señora.
-Entonces...¿en qué quedamos? -le pregunto para atizar el fuego.
-No me haga usted mucho caso, joven, es que tengo ya muchos años sin ir a bailar, sabe usted. A mí siempre me ha vuelto loca lo del baile -me dice cambiando radicalmente de tema.
-¡Y qué voy yo a saber, señora, si he venido aquí a pasar unos días de veraneo. ¿Acaso cree que soy adivino? -le pregunto.
-Tiene usted una hija preciosa. La pena que sea usted tan mayor...-me dice, volviendo por las andadas.
-¿Y eso en cristiano, qué viene a decir?
-No me haga usted mucho caso, joven, le digo que ya chocheo bastante...
-Bueno señora, me marcho que la cría se me está achicharrando y le tengo que dar su potito.
-¡Qué cría más salada que tiene usted! Por cierto, buen hombre: ¿a qué se dedica? -me pregunta la señora sin venir a cuento.
-Pues mire, lo mio es vender champús, tintes para el pelo, cremas para la cara y cosas de esas...
-¡Qué bien! Y joven, por un casual: ¿no tendría usted por ahí algunas muestras para esta pobre anciana?
-Pero señora, por el amor de Dios, no ve usted que voy en bañador y cargado con esta pobre criatura que se me está abrasando viva...
-Pues anda con Dios, que tienes cara de tacaño y encima lo eres...Pobre niña, vaya padre que le ha caído.
Y la señora se largó dejándome con la última palabra en la boca y sudando a más no poder. Menuda calor...

martes, 1 de agosto de 2017

¡Estamos de vacaciones!


Les escribo en bermudas. Sólo uso esta pintoresca prenda tres semanas al año de tal manera de que alguna de las que tengo ya tiene más de veinte años y lucen como nuevas. En Melodía FM suena Another Day in Paradise, de Phil Collins. Sobre mi mesa, Clases de Chapín, de Eduardo Halfon, el primer libro que devoro estas vacaciones. Mi hija Ana María se mira los dedos de sus pies, recién pintados, como alguien que contemplara con asombro la octava maravilla del mundo. El mundo está repleto de pequeñas maravillas que la mayoría de las veces ignoramos. 
Como les decía, les escribo en bermudas y sin camiseta, porque han dado comienzo mis vacaciones. Estar de vacaciones es algo así como vivir por unos días en un espacio de ficción abstracto y anestésico. Las vacaciones, que se crearon para no hacer nada, se han convertido en un espacio comprimido en el que tenemos que hacer de todo. Las vacaciones son ahora, por tanto, más estresantes y vertiginosas que el propio trabajo. 
Las carreteras se inundan. Los aeropuertos se desbordan. En las playas no hay quién clave una sombrilla. Las tarjetas de crédito echan humo. Para tomarte una cerveza te tienes que encarar con los camareros. La gasolina, curiosamente, está más cara que el resto del año. La ensaladilla rusa rebosa de salmonela y la de marisco ya ni te cuento. Los mosquitos tigre, y los de toda la vida, a duras penas pueden volar de tanta sangre que nos chupan. Las medusas acechan agazapadas entre las algas para rozarnos el muslamen y enviarnos a la Cruz Roja, mientras que el sol abrasa sin piedad nuestras pieles lechosas y deshidratadas. 
Pese a todo, estamos de vacaciones. ¡Ya era hora, pijo!
De la depresión postvacacional ya les hablaré en septiembre...

sábado, 29 de julio de 2017

Tragisecuencia en diez segundos


8:45 de la mañana. Conduzco por la vieja carretera nacional que une Sevilla con Extremadura. El cielo luce azul, la tierra roja y las casas, dispersas por todos lados, blanco chillón. Los cultivos de cereal se alternan con manchas de un bosque relicto salpicado de encinas centenarias bajo cuyas sombras los cerdos, escarbando con sus hocicos, buscan las preciadas bellotas.
Dominan la carretera enormes camiones que unen España y Portugal trayendo y llevando un sinfín de mercancías.
Cronosecuencia:
1" -Frente a mí se aproxima una hilera enorme de camiones.
2" -Por el espejo retrovisor observo al camionero que me persigue hablando acaloradamente con el teléfono móvil pegado a la oreja.
3" -Un enorme pájaro aparece sobre el ángulo superior izquierdo de mi parabrisas.
4" -Reconozco al ave como un milano nervioso y zigzagueante que, de manera extraña, sobrevuela sobre mi trayectoria.
5" -Los tráileres me acosan, por delante y por detrás.
6" -Frente a mí, sobre el arcén, brillan las vísceras de un conejo recién atropellado.
7" -El gran milano y yo, con distintas intenciones, avanzamos hacia el conejo en lo que puede convertirse en una coincidencia de terribles consecuencias.
8" -El milano se lanza en barrena contra el conejo, o lo que es lo mismo, contra mi parabrisas, lo que me obliga a frenar bruscamente y dar un volantazo para evitar que la rapaz impacte contra la luna de mi coche. En esa décima de segundo tan delirante acude a mi mente la imagen de mi hija pequeña sonriéndome.
9" -El tráiler de atrás quema sus frenos y pita como si de un barco que llega a puerto se tratara. Los camiones que vienen de frente, dándose cuenta de la maniobra, consiguen ladearse sobre el arcén lo suficiente como para que la tragedia que se cernía sobre mí, quede tan sólo en un susto.
10" -Milagrosamente estoy vivo.


sábado, 22 de julio de 2017

El intruso


Abelardo siempre fue un chico distinto a todos los demás. En aquella época, eso de la psicología era cosa de ricos. Si uno era un poco raro, o si se consideraba que estaba loco, se convertía en una carga para las familias y en un problema para el pueblo. Entiéndanme, ahora suena inhumano, lo sé, pero por aquel entonces no teníamos ni para comer. Trabajábamos de sol a sol. Íbamos a la escuela hasta que cumplíamos los seis o siete años, y a los ocho o nueve nos ponían a trabajar en el campo o con los animales. Y Abelardo no valía para trabajar. O no quería. O qué sé yo. La cuestión es que, tras varias palizas que le soltó su padre, Abelardo desapareció una temporada hasta que lo descubrí viviendo escondido en el cementerio del pueblo. 
Debo aclarar que este que les escribe ejerció de sepulturero, más de tres décadas, en Santa Quiteria del Encinar. Cuando se habló en el pueblo de su desaparición, ni se me pasó por la cabeza que el chico se hubiera escondido entre los muertos de mi cementerio para huir de la contundencia del cinturón de su progenitor.
La mañana en la que lo descubrí él andaba en calzoncillos entre las tumbas. Saltaba de lápida en lápida, tras una mariposa, como si lo hiciera por un prado en los Alpes. Yo hice como que no le veía y me quedé escondido observándolo tras un ciprés. Evidentemente, no informé a nadie sobre su paradero. Aburrido de velar a los muertos, el hecho de acoger entre los muros de mi cementerio a un refugiado mental, me pareció una aventura necesaria. No quedaba mucho para mi jubilación y la presencia de aquel joven tan extraño podría hacer más llevadera la recta final de mi vida laboral. 
Me reafirmé en la idea de ignorarlo, pero tenía claro que tenía que facilitarle la estancia en el camposanto. Así que, a los pies de un San Antonio que había en el panteón de la familia Fontaneda, que era en el que él se cobijaba, yo le solía depositar comida y bebida que él devoraba con devoción mariana. 
Abelardo no sabía hablar. Nunca supo hablar o tal vez nunca quiso aprender. No habría pasado ni una semana desde su llegada, cuando lo descubrí limpiando unas tumbas. En principio pensé que limpiaba de manera indiscriminada, sin seguir ningún criterio ni ninguna lógica. Yo pensaba que el cerebro desvirtuado de Abelardo no era capaz de establecer pautas de comportamiento razonables, más allá de las innatas que usaba para sobrevivir, pero me equivoqué. Cuando se volvió a encerrar en el panteón de la familia Fontaneda, me fijé en las tumbas que había limpiado y, cuál fue mi sorpresa, las tumbas que había limpiado eran todas de niños; infantes como él a los que la vida les había jugado una mala pasada. Ese descubrimiento me llenó de ternura hacia Abelardo, una ternura que, tal vez, en cierto modo, ya sentía hacia él desde el mismo momento de su llegada.
A la mañana siguiente, durante el rato que salí al mercado semanal para realizar mis compras, varios miembros de la familia Fontaneda, llegados desde Madrid, se acercaron hasta su panteón y pusieron el grito en el cielo al encontrarse en su interior al joven Abelardo, en calzoncillos, comiéndose el bocadillo de chorizo que yo tan cariñosamente le había preparado.
Por desgracia para él, y para mí, ese fue el último bocadillo que le preparé. La Guardia Civil, acudiendo a la llamada de la familia, detuvo al joven profanador, tras lo cual fue llevado a su casa y el padre le arreó la paliza más grande de su vida, antes de enviarlo a un manicomio. 
Yo sé que Abelardo no estaba loco, tan sólo era un chico muy especial.
Y qué más les podría contar... pero así fue como, pese a mi edad, me aficioné a esto de la psicología.

lunes, 17 de julio de 2017

El escarabajo esmeralda


Ayer recibí otra visita inesperada. Mi jardín es como unas Naciones Unidas de la naturaleza y, tal vez por ello, me acuden refugiados de todos los géneros y todas las especies. Yo no les pido pasaporte, ni visado, ni tarjetas de crédito, ni tan siquiera les pregunto cuánto efectivo traen, tan sólo les brindo mi hospitalidad y mi cobijo como todo ser vivo que venga en son de paz se merece. 
A este escarabajo esmeralda lo descubrí de pura casualidad. Él deambulaba sigiloso y esquivo, como sabiendo del peligro que corren los insectos ante la incomprensión de ciertos humanos que ante la presencia de cualquier insecto, animal o cosa, ponen el grito en el cielo y el escobazo en el suelo.
Lo agarré. Le pedí permiso para tomarle una fotografía. Lo entreviste para conocer de las razones de su viaje. Le regalé una suculenta hoja de lechuga, y, tras ese improvisado protocolo de acogida, le dí rienda suelta para que campara a sus anchas en mi jardín.
El escarabajo esmeralda, sin pretenderlo, me trajo mucho recuerdos. Me recordó unas esmeraldas, posiblemente falsas, que compré en el barrio de los esmeralderos de Bogotá. Me recordó a los colores de los colibríes que me vienen a buscar cada vez que aterrizo en México. Me recordó el tapiz verde esperanza de las praderas de Bosnia. Me recordó a los faraones del antiguo Egipto. 
Y mientras todos esos recuerdos acudían a mi mente, el escarabajo esmeralda retomó su camino sin tan siquiera despedirse.
A veces sobran las despedidas. Buen viaje amigo.

sábado, 15 de julio de 2017

El higo llorón


-Duende Sabio, Duende Sabio!
-Dime, Pepito Grillo.
-¿Por qué lloran los higos?
-Porque tienen sólo un ojo, jovenzuelo.
-¡Qué sabio eres, Duende Sabio!
-Sé más por Duende que por sabio...

miércoles, 12 de julio de 2017

Bikiniarz


El cuarto, en esta ocasión, es el 022. Está en la planta baja. Releo durante este viaje "Elocuencias de un tartamudo", de Eduardo Halfon. Se me olvidaba contar que estoy en Düsseldorf, Alemania, que hace veintidós grados centígrados y llovizna ligeramente pese a que estamos a once de julio. La habitación es amplia, adaptada para huéspedes con algún tipo de discapacidad física. El chico de recepción, un español de los que, según nuestro amado gobierno, trabaja aquí para conocer mundo, me dice que me la ha asignado por ser el único español que entraba hoy y no contar con ninguna solicitud específica para este tipo de alojamiento. 
-Es más grande y más confortable que las otras. Espero que la disfrutes -me ha dicho con cierta nostalgia en su mirada. 
-¿Viniste aquí a conocer mundo, no es así? - le pregunto.
-A conocer mundo iba a mandar yo a más de cuatro -me responde el recepcionista. 
-¿No estás a gusto en Alemania? 
-Uno está a gusto en su casa, en su pueblo, en su barrio, en su mundo…Esto es otra cosa. Estoy deseando volver, pero…¿para qué?
-Pues eso digo yo: ¿Para qué?
Ya en la habitación, y antes de refugiarme nuevamente en la lectura, vuelvo a observar la camiseta que me ha traído Artur de regalo. Es amarilla, de la talla XL, lo que supone un avance. Artur ya no me considera XXL. La camiseta en cuestión tiene un toque retro, nostálgico podríamos decir. Tampoco he explicado, a estas alturas del relato, que Artur es mi traductor. Para más señas, un polaco políglota pero que bien podría ser oriundo de la mismísima Torre de Babel por la cantidad de idiomas que domina. Y lo hace tan hábilmente que me recuerda a un lanzador de cuchillos; él lanza siempre las palabras adecuadas para que den en la diana y los clientes me entiendan como si habláramos el mismo idioma.
-La camiseta que te he conseguido rememora a la rebeldía silente que se hacía en mi país frente al comunismo en los años cincuenta -me ha explicado, Artur. Los jóvenes se juntaban para escuchar música prohibida y fumarse todo aquello que echara humo. Las chicas de ese soterrado movimiento de resistencia pasiva, en verano, iban todo el día en bikini, por lo que el colectivo en sí quedó bautizado con el nombre de “Bikiniarze” aunque a ellas, según me cuenta, las llamaban “Kociaki” que significa gatitas.
Encuentro en las mujeres de la subcultura “Bikiniarze” cierta semejanza con el actual Femen, pero las Femen con menos tela, eso sí. Eran otros tiempos. Aunque, a pesar de ello, no me imagino a ningún valiente llamando a una activista de Femen "gatita".
La rebeldía, el inconformismo, la protesta, la reivindicación, han hecho del mundo lo que es hoy. 
Aunque muchos de ustedes, mis osados y escasos lectores, podrán pensar: ¡Pues vaya mierda!
Y no les faltaría razón. Y si no que le pregunten al recepcionista.
Una de dos: o protestamos poco, o no nos toman en serio.

viernes, 7 de julio de 2017

Siete de Julio Iglesias: ¡San Fermín!


Ahora lo entiendo todo. Me encontraba desmotivado, con falta de inspiración, sin ganas de lavarme siquiera la cara, hasta que se ha hecho público que Julio Iglesias tiene un hijo secreto. Los hijos secretos de uno siempre son causa de controversia. Uno puede tener muchos secretos, como por ejemplo: tener un forúnculo purulento en el culo, un peluquero con falta de inspiración como le pasa al Líder Supremo de Corea del Norte, rezarle a Belcebú para que a tu suegra le de un mal aire y no se vaya contigo de vacaciones, disponer de una cuenta en Suiza con billetes de quinientos echando peste, disfrutar de una secretaria cariñosa y entrada en carnes, guardar bajo el colchón una revista porno pringosa, disponer de un carnet VIP de una sala de masajes, todo eso pase…pero tener un hijo secreto: ¡eso ya no! ¡Habrase visto! Eso es pasarse de castaño oscuro. Más que por el padre semental y prófugo, por la madre sufridora y por el propio hijo bastardo; que lo de llamarlo bastardo ya tiene su mala leche. ¿O no?
La cuestión es que, no sé si por ese hecho o por que la última novela de Amélie Nothomb, después de tanto esperarla, me ha defraudado un poco, yo andaba más triste que un vegano en McDonald…
Pero ahora ya no. Tras lo de Julio Iglesias y, sobre todo, después de visualizar unas fotos en bañador que han publicado por ahí del hijo de Isabel Pantoja, me he venido arriba y se han esfumado todos mis complejos. Ahora me siento capaz de afrontar el resto del verano con más valentía que los corredores de San Fermín. 
Por cierto, no sé si se habrán dado cuenta, pero ya estamos en San Fermín. ¡Viva San Fermín! ¡Gora!
¡Qué corra la sangre! ¡Qué corra!...


sábado, 1 de julio de 2017

De legionario a santón


Jerónimo Amigo era un tipo peculiar. Pese a su apellido, desde preescolar no se le conocía amigo alguno. Era un tipo huraño, de aspecto enfermizo y más feo que pegarle a un padre. En la mili lo destinaron a regulares y, para darle alguna utilidad inherente a su aspecto físico, le encargaron la muy loable tarea de cuidar a la cabra. La muerte repentina de la cabra lo llevó a enfrentarse a una especie de consejo de guerra que lo condenó a fregar letrinas de por vida desde que sonara el "Quinto levanta tira de la manta" hasta el toque de retreta, que por cierto, a él siempre le pillaba en el retrete. 
Evidentemente, por estos motivos y por otros más inconfesables, Jerónimo Amigo se dio de baja del glorioso Ejército Español, para irse a una comunidad hippie de las Alpujarras granadinas de la que había tenido noticias escuchando Radio Nacional. 
El gurú de la comunidad, a los días de su llegada, y tras de mirarlo fijamente a la cara un par de veces, lo asignó al cuidado de las cabras, con cuya leche fabricaban un queso artesano con el que mantenían aquella comunidad en la que el sexo libre, entre otras filosofías más complejas e inexplicables, marcaban la identidad y el devenir diario de sus seguidores. 
La cuestión fue que el sexo, al fin y al cabo, no era allí tan libre como se pregonaba ya que Jerónimo Amigo no se comió un colín durante los tres meses que aguantó en aquella sierra cuidando de las cabras y haciendo queso. 
Asqueado de su desdicha, metió unas cuantas cosas en un zurrón, se apropió de un macho y varias cabras de las que más leche daban, se puso una zamarra de piel de cabra y un taparrabos que él mismo se había confeccionado como vestimenta, y con nocturnidad y alevosía se marchó a fundar la comunidad de adoradores del macho alfa junto a una sueca miope que había perdido sus gafas y no tenía dinero para comprarse otras.
En la actualidad, la comunidad creada por Jerónimo supone un modelo de desarrollo sostenible vanagloriado en toda Escandinavia, y es la envidia de toda la Alpujarra debido a las trescientas suecas miopes que le acompañan.
Según una reportera noruega que recientemente visitó la comunidad para realizar un extenso reportaje para un revista de vida alternativa, el gurú se exhibe todo el día sentado en un trono realizado con maderas de la zona, viste un taparrabos de piel de cabra, y sobre su cabeza luce un chapiri de cabo primero de la legión. 
Dicen en su pueblo que Jerónimo Amigo continúa, a día de hoy, sin tener un sólo amigo, y muchos son los que opinan que ni falta que le hace.

miércoles, 28 de junio de 2017

Medio siglo de ideas


Me ocurre últimamente con demasiada frecuencia y esto me preocupa. Les pongo en antecedentes. Estoy leyendo, cocinando, caminando, o simplemente haciendo nada, cuando de pronto, en mi mente se forja una idea extraordinaria. Hasta ahí todo bien. Entonces, inquieto por la magnitud de la inspiración divina que acaba de surgir dentro de mi cabeza, intento abandonar lo que estoy haciendo para, sin demora, ir a depositar sobre el papel, o la pantalla, tan colosal alumbramiento. Y es ahí, en ese lapso de tiempo, entre que concibo la idea y la intento plasmar, cuando surge el problema que les quiero contar a modo, claro está, de confidencia: cada vez son más las veces en las que llego tarde y la idea se difumina en mi mente sin que pueda quedar registrada de ningún modo; sin poder hacerse materia, letras, números, signos, esquemas, o meros dibujos. El problema, y no pequeño, que me acontece, es que muchas de esas ideas se me olvidan por completo.
Temo que mi creatividad se haya visto afectada por alguna especie de incontinencia de origen vírico. Los esfínteres de mi cerebro se ven ahora incapaces de retener el milagroso flujo con el que siempre me han bendecido las ideas, y estás, incontroladas, se desbordan y desaparecen en el abismo de la nada en menos de un abrir y cerrar de ojos.
Y esta situación me hace dudar. Dudo incluso sobre si la idea se había madurado lo suficiente, o simplemente era el resquicio de una idea a medio formar, o era tan sólo una mierda como un piano de cola.
Antes las ideas me venían servidas en bandeja de plata, y ahora, desconozco el motivo, ya no es lo mismo. Para bien, o para mal, el medio siglo que arrastran mis costillas no es moco de pavo.

viernes, 23 de junio de 2017

El sombrero de mi abuelo


Lo reconozco: aquella tarde hacía un calor horrible. Hasta el punto de que no sería nada aconsejable salir a caminar, pero yo salí. Salí con ganas de ir consolidando el hábito de salir. Urgía para mi subsistencia no quedarme absorto tanto tiempo tras la pantalla del ordenador. Enfrentarme con valentía al pernicioso sedentarismo, que tanto me estaba perjudicando, era mi única salida. Por eso, pese a lo adverso de la climatología, decidí ponerme en marcha.
El camino estaba reseco, polvoriento, como desértico. La maleza amarilleaba el paisaje otorgándole un colorido aún más inhóspito y deshumanizado. Mi voluntad, sin embargo, se mantenía firme. Mis pasos avanzaban a un ritmo medianamente aceptable. No me importaba tanto el reto atlético como la lucha que se libraba en mi interior. Esa lucha se había convertido en la más importante de mis luchas. Mi nuevo yo, que acababa de nacer, frente a mi yo caducado que se negaba a abandonarme. Mi enfermedad frente a mi salud. Paso a paso, metro a metro, minuto a minuto, bajo un sol injusto al que, contradictoriamente, solemos llamar de justicia. 
Las moscas tampoco mostraban ninguna benevolencia conmigo. Normal, si ni tan siquiera yo había sido capaz de mostrar justicia conmigo como lo iban a ser esos bichos chupamierdas tan asquerosos. Me perseguían con la perseverancia de un cobrador profesional ávido de comisiones. Mientras intentaba quitármelas de encima como podía, vi como una tierna mariposa era engullida, en pleno vuelo, por una romántica golondrina, hecho este que no le restó un ápice de ternura a la improvisada merienda del ave migrante.
El objetivo estaba ante mi vista. Media hora de ida, hasta esa casa roja que siempre estaba cerrada, y media hora para el regreso, era la dinámica redentora que me había planificado para esa tarde. 
Al llegar a la casa, me agaché para atarme una de mis cordoneras. En ese preciso momento fue cuando me percaté de que la puerta de la casa estaba literalmente reventada. La curiosidad del niño que todos llevamos dentro hizo que me asomara al interior de aquella casa que durante tantos años había servido como decorado y como referencia a mis bucólicos paseos.
La casa estaba vacía, con la salvedad de que en una de sus más grandes dependencias, que en su momento habría sido el salón de la vivienda, había volcado un gran baúl. A su alrededor, lucían desperdigadas numerosas prendas, revistas y algún que otro libro de texto que perteneció, según pude leer, a Juanito Peñalver, un niño que, de seguir vivo, ya no sería tan niño.
Sin embargo, mi atención se centró en una vieja guía telefónica. Compañía Telefónica Nacional. Murcia, 1961. Por esas fechas, yo aún no había nacido. La guía se encontraba tan amarilla y descolorida como el paisaje por el que acababa de transitar. Entonces, mientras ojeaba ese desfasado listado me dio por buscar el nombre de mi abuelo: Antonio Fernández Carrión. Por suerte, la parte de la guía que incluía a los apellidos que empezaban por la letra efe se encontraba aún bastante legible, ya que muchas otras, anteriores y posteriores, estaban roídas por las polillas u otros insectos aficionados al papel aderezado con tinta de imprenta.
Comencé a buscar. Me sorprendió gratamente ver a tantos Fernández juntos. Inocentemente, me sentí importante al ver que había más Fernández que Peréz o Gutiérrez. Pensé qué, tal vez, algunos de esos Fernández podrían ser familiares míos. En el listín, primero figuraba el primer apellido, posteriormente el segundo, y después el nombre de pila. Tras esa primera información, aparecía la dirección en la que se encontraba el teléfono. Eso me hizo recordar el nombre de la calle en la que se había criado mi padre: calle Madrid, y, al mismo tiempo, hizo que me diera cuenta de que desconocía el número en el que se ubicaba la vivienda.
Según avanzaba, deslizando mi dedo índice sobre el listado de los Fernández, mi nerviosismo fue en aumento. Me embargaba una sensación extraña, como si me encontrase a punto de realizar un hallazgo capaz de cambiar mi destino. Como si el hecho de tropezarme con el nombre de mi abuelo en ese listín olvidado y polvoriento pudiera ejercer en mí algún efecto milagroso que me ayudara a recobrar mi deteriorada salud. Tal vez esa casa roja, en la que tanto había reparado mi mirada en las últimas décadas, guardara en su interior algún mensaje secreto para mí. 
Cuando leí los dos apellidos de mi abuelo, junto a su nombre, sentí un tremendo escalofrío. Mis vellos se pusieron como escarpias, las manos comenzaron a sudarme y mi boca se quedó más seca que un esparto en pleno agosto. Cuando conseguí reponerme de tan inaudita sensación, proseguí con la escueta lectura que me atenazaba: calle Madrid, 2. No había duda, estaba ante los datos telefónicos de mi abuelo Antonio. Sé que es absurdo, pero sentí algo especial, fue como si, en ese preciso momento, mi abuelo Antonio y yo hubiésemos vuelto a contactar después de más de cuarenta y cinco años. Vinieron a mi mente momentos que, con toda seguridad, recuerdo más gracias a las fotografías que a la capacidad de mi propia memoria. En una de ellas, aparece mi abuelo Antonio, con un sombrero muy elegante, llevándome de la mano al colegio Andrés Baquero. Lo que más me gusta de esa fotografía es la sonrisa congelada de mi abuelo. Bueno, no sólo la sonrisa, más bien toda la expresión facial de felicidad y ternura que captó la cámara para la eternidad. Para mí, el abuelo Antonio siempre fue esa mirada, esa mano arrugada, esa mueca congelada de ternura bajo la sombra que proyectaba un sombrero al más puro estilo de las películas americanas en blanco y negro que marcó toda una época.
Y por último un número. Un número que no se diferenciaba mucho de los números telefónicos de los actuales teléfonos fijos. Lo leí varias veces como si me sonara de algo. El ocho se repetía en varias ocasiones. También el dos. Sin pensarlo dos veces, agarré mi teléfono móvil de última generación y marqué, sin saber muy bien para qué, aquel número. Sabía, perfectamente, que esa llamada en el tiempo era misión imposible; una especie de homenaje al humor absurdo o, tal vez, un primer síntoma de confusión ante una más que inminente insolación que me acuciaba.
Marqué, como les digo, y el teléfono sonó. Sonó, como diría Joaquín Sabina, como un signo de interrogación. Sonó como deben sonar los gritos de los inmigrantes minutos antes de ser tragados por el Mediterráneo y perderse en la negrura de las profundidades. Sonó hasta que se desvió la llamada a una máquina y una voz femenina en conserva dijo que el número que estaba marcando no pertenecía a ningún abonado. Evidentemente, mi abuelo Antonio ya no estaba abonado. Él hacia mucho tiempo que había dejado de ser abonado para ser abono. O, tal vez, ni eso.

domingo, 18 de junio de 2017

Seyran Ates y el nuevo islam europeo



Si días atrás, tras regresar de mi reciente viaje de trabajo a Kazajistán, les hablaba de la pintora kazaja de origen uigur Munisa Gulieva, y de su artística lucha para dar visibilidad a la realidad de las mujeres musulmanes; hoy les quiero hablar de otra mujer: Seyran Ates, escritora feminista de origen turco que, con admirable valentía, está exigiendo una profunda renovación dentro del mundo y el pensamiento islámicos. 
Seyran Ates, aún a riesgo de poner en peligro su vida, está proponiendo, desde Berlín, un "renacimiento" ideológico para adaptar el islam a los nuevos tiempos y a la nueva realidad de sus fieles. Entre otras muchas cosas, Seyran Ates propone una nueva forma de participar en la mezquita en la que hombres, mujeres y niños puedan disfrutar conjuntamente de la oración. Propugna la igualdad de género como piedra angular de esa renovación y la adaptación lingüística a cada país, de tal manera que se pueda predicar en español, inglés, francés, o en arameo si fuera el caso.
También propugna Seyran Ates, en ese renacimiento musulmán, la libertad sexual y la abolición del uso del burka, niqab, o de cualquier otro elemento o indumentaria que limite o condicione la necesaria igualdad entre hombres y mujeres. 
Que la renovación del mundo musulmán venga de la mano de las mujeres, y más en concreto de las mujeres musulmanas arraigadas en Europa, levantará ampollas en un mundo machista, radicalizado por culpa de intereses económicos y geoestratégicos, que ha dado lugar, en las últimas décadas, a un conflicto internacional que poco o nada tiene que ver con la religión.
La mezquita Ibn-Rushd-Goethe de Berlín es, ante todo, un espacio de tolerancia e integración, y su impulsora, Seyran Ates, una mujer que pasará a la historia por atreverse a promover un cambio que, a buen seguro, millones de musulmanes, hombres y mujeres de todo el mundo, estaban deseando calladamente que se planteara.
Aunque el primer paso ya está dado, mucho me temo que no se lo pondrán nada fácil. 
Muchos ánimos Seyran. Enhorabuena por tan encomiable iniciativa.

jueves, 15 de junio de 2017

La flor de la berenjena


La vida avanza desbocada bajo la bóveda celeste mientras mi berenjena me regala unas preciosas flores de color violeta. La naturaleza no entiende de aritmética, adonde antes tenía tres huevos ahora tengo sólo dos pollitos. Rajoy, pese al rosario interminable de corrupción que le rodea, continúa tan campante en el gobierno. Amélie Nothomb, mi escritora favorita, ha publicado un nuevo libro en España. Y mientras todo eso sucede, un día atropella al siguiente como si no hubiese guerra en Siria ni hambre en el mundo. Igual que hace un mes con otro mes y un año con otro año. 
Hay gente que se cruza en nuestro camino para aportarnos luz, mientras otros, por el contrario, se nos acercan de manera sibilina para eclipsarnos, o para robarnos las berenjenas. Unos y otros nos influyen alterándonos el ritmo y el rumbo. 
Algunos, en paralelo, nos acompañan durante un trecho de nuestra existencia mientras el calendario avanza inexorablemente sin reparar en nosotros, ni en nuestras intenciones, ni en la sutíl floración de las berenjenas. Sin saber ni cómo ni por qué, muchas de esas personas, de un día para otro, dejan de tener influencia en nuestras vidas. Desvaneciéndose, salen de nuestra órbita gravitacional y nuestro camino prosigue expedito, invariable, constante, tal y como gira la tierra en torno al sol. Pese a lo que pensamos, avanzamos de manera inconsciente alardeando de controlar nuestro destino. La luna aparece y desaparece de nuestras noches. De vez en cuando, por desgracia las menos, reparamos en la Estrella Polar que habita en la cola de la Osa Menor. Nuevas personas-planeta entran en nuestra órbita vital y nos vuelven a condicionar nuestra marcha. Meteoros. Cometas. Estrella fugaces que se acercan y se van. Sale el sol. Se hace la oscuridad. Seguimos avanzando mecánicamente mientras pensamos, ilusos, que nosotros trazamos el rumbo. Tan grandes y ostentosos en nuestra insignificancia. Lo que hoy es una preciosa flor violácea mañana será una jugosa berenjena y poco después un detritus. Todo es lo mismo. Absolutamente todo.

sábado, 10 de junio de 2017

Catorce noticias de aupa


Una monja pierde la fe en la sección de lencería de unos grandes almacenes y la cajera ingresa en un convento de clausura. Todo fue visto y no visto -declaró la ilusionada novicia. Se sigue buscando a la religiosa tránsfuga.
Pintor, sin inspiración desde la Guerra Civil, deja de pagar el autónomo de artista y le embargan el caballete. Total para lo que me queda en el convento -exclamó ante los circunspectos agentes de la Agencia Tributaria.
3º Científicos estadounidenses, tras un ataque alienígena, acuden a la Universidad de Harvard disfrazados de mariachis, y cantando la Internacional, alegando haber conseguido la vacuna contra la intolerancia. A día de hoy se desconoce su paradero.
Le toca la lotería y desaparece sin dejar rastro. Su mujer, sus diez hijos, una cuñada embarazada de mellizos, la suegra que había ligado con un joven surfero noruego y lo había acogido también en la casa que todos compartían, lanzan un llamamiento a través de Interpol para localizarlo.  Según las últimas pesquisas de la policía, el afortunado ha pedido asilo político en Cuba alegando persecución religiosa. Según unas declaraciones efectuadas a la televisión cubana, y a las que ha tenido acceso la agencia de noticias EPE, el español declaró que lo habían obligado a integrarse en una secta religiosa y a reproducirse intensamente sin su consentimiento, con nocturnidad y alevosía. Mientras espera la resolución de su expediente de asilo, el afortunado prófugo, haciendo gala de su afortunado infortunio, descansa en Varadero rodeado de un séquito de ex-bailarinas del Tropicana. 
Aldo Chaparro, jugador del Club Deportivo Malpiernense se rompió la tibia y el peroné al lanzar un penalti. Lo peor del asunto es que no llegó ni a golpear al balón. ¡Se me fue la pierna! ¡Se me fue la pierna! -gritaba desesperado el pelotero desde la camilla mientras lo sacaban de la cancha ante la carcajada general del graderío.
Un repartidor de Cocacola despedido tras ser sorprendido en su camión bebiendo tinto de verano Don Simón. En el acto de reconciliación el conductor alegó: ¡Soy murciano, joder!.
Sorprenden, en las duchas de un gimnasio low cost, a rubia de bote con el chochete morenote. Al ver todo aquello me dio mucha impresión -declaró el fontanero de mantenimiento a Radio Nacional antes de entrar a la consulta de su psicólogo.
Adolescente ingresado en cuidados intensivos tras sufrir un brote alérgico al agarrar el libro que algún malintencionado había depositado sobre el asiento de su moto. Sentí como un calambrazo -confesó el joven.
En Hollywood, rechazan un guión para la próxima película de Sylvestre Hastalostallones porque en él moría hasta el apuntador. 
10º Zombie se muere de susto al tropezarse en un parque infantil con un globo de Bob Esponja sin que la Patrulla Canina pueda hacer nada por su vida. Ryder ha declarado: lo siento mucho. Me he equivocado. No volverá a ocurrir.
11º Belén Esteban Post anuncia una nueva operación para parecerse a Belén Esteban Pre. Según fuentes cercanas a la ex del torero, y madre de su hija, ésta declaró en petit comité: cuando consiga de nuevo parecerme a mí misma me presentaré a las próximas elecciones generales. Las encuestas me son favorables -matizó. ¿A la Pre o a la Post? -le preguntarón. No me líes, no me líes, que yo por mi hija ¡MA-TOO!. No sé si lo sabes...-amenazó la tertuliana.
12º Camisa de fuerza, por falta de uso, se queda sin fuerza.
13º Peppa Pig sorprendida en Walmart comprando cuarto y mitad de jamón de Jabugo. Caí en la tentación, lo reconozco -declaró la famosa gorrina ante los cegadores flases de los reporteros.
14º Se descubre que el titular de estos titulares carece de título.

viernes, 9 de junio de 2017

Cámara café: La vecinita


-Hola Onofre, hoy pago yo el café que te veo un poco desmejorado. ¿Lo tomas solo o cortado?
-Mejor cortado, Eleuterio, pero descafeinado, que ando atacado de los nervios.
-Y eso por qué, si tú siempre has sido un hombre muy tranquilo.
-Por culpa de mi vecina de arriba.
-¿Qué le pasa a tu vecina?
-Esa mujer me quiere buscar la ruina.
-Explícate, Onofre: ¿qué te está pasando con esa vecina?.
-Pues Eleuterio, está muy claro. Como tú bien sabes, la carne es débil. 
-¿Y?
-Consiguió mi número de móvil, al ostentar este mes la presidencia de la comunidad, y desde ese mismo momento comenzó a enviarme mensajitos....
-¿Qué tipo de mensajes te envía, Onofre? ¿Tienes por ahí alguno para verlo?
-Tú estás loco o qué. Los borro al instante. ¿Te imaginas que mi mujer los leyera? No quiero ni imaginármelo.
-Pues tú no le hagas ni caso y terminará por aburrirse.
-Eleuterio, el otro día, su marido, que es forense, fue a una convención organizada por Funerarias La Eternidad, y me invitó a subir a su casa para verificar unos apuntes de la contabilidad de la comunidad, ya que yo hacia las tareas de secretario en la directiva saliente.
-¿Y qué pasó?
-Me contó que su marido estaba muerto de cintura para abajo y que ella sufría en silencio sus ansiedades, pero que no aguantaba más...
-¿Entonces?
-Pues entonces, se abalanzó sobre mí y se quitó de un plumazo varios meses de ansiedades.
-Estás hecho un campeón, Onofre. Lo que daría yo por tener una vecina así como la tuya.
-No digas tonterías, Eleuterio. Yo amo a mi esposa. Estoy loco por juntar el valor para contárselo todo y pedirle disculpas.
-¿En serio qué se lo vas a contar?
-¿Acaso no es lo mejor que puedo hacer?
-Yo tengo una idea mejor...¿Me pasas el teléfono de tu vecina? Creo que le voy a tener que revisar las cuentas de la comunidad en una especie de auditoria express.
-¿En serio que harías eso por mí?
-Por un amigo como tú hago yo eso y mucho más...Por cierto, ¿qué edad tiene tu vecinita? 
-Sesenta y tantos años, o por ahí.
-¡Me cago en la leche, Onofre! No cuentes conmigo, tío. Apáñate como puedas, que ya eres mayorcito.
-¿Adónde vas Eleuterio, con tanta prisa?
-Llego tarde a una reunión...Ya me irás contando cómo te va, amigo. ¡Suerte y al toro!

miércoles, 31 de mayo de 2017

Calzoncillos


Ahora, en esta nueva vida mía que me ha concedido mi hígado, y con el cuerpo de torero que se me está quedando, he recibido una oferta de la prestigiosa firma Tommy Hilfiger para sustituir a Rafa Nadal en los anuncios de calzoncillos.
Ya me veo en todas las marquesinas, marcando paquete, bien bronceado, rociado de aceite, depiladito, y deleitando la vista de los transeúntes con falta de renovar el parque móvil de calzoncillos que, en la mayoría de los casos, siempre anda con mucha falta de renovación.
Sé que provocaré algún accidente de tráfico, alguna que otra discusión conyugal, y muy probablemente, después de lucir cuerpazo, me ofrezcan alguna portada en Interviú, o participaré en algún reality show en el que tenga que estar todo el día en taparrabos. 
Estar bueno, como yo estoy ahora, es un arma de doble filo. Te miras al espejo y te pones cachondo sólo de pensar en todo lo que este cuerpo, con disfunciones hepáticas, puede aún dar de sí. 
Ahora con diez kilos menos, y haciendo una hora y media al día de caminata y natación, habiéndome convertido en flexivegetariano, y estar más guapo que cuando hice la comunión, no tengo ganas de morirme nunca.
Más que nada porque creo que sería una grave pérdida para la humanidad. 
¿O no?

domingo, 28 de mayo de 2017

Tengo tres huevos


¡Menudo descubrimiento! Tengo tres huevos y la cabeza de chorlito. Pero los huevos no son de chorlito sino de mirlo, aunque no de mirlo blanco, que esos siempre escasean, de mirlo negro, un mirlo tan negro como una noche sin luna y tan voraz que me levanta todas las macetas en busca de sus anhelados bichillos. 
Descubrir que soy propietario de tres huevos como Dios manda no fue cosa fácil, tuve que meter la mano a tientas, palpar a ciegas, y ¡eureka! grité. ¡Tengo tres huevos! Exabrupto que soliviantó a mi vecina. 
Ipso facto, pensé en meter el teléfono entre el follaje y sacar una instantánea como prueba inequívoca de tan trascendental descubrimiento biológico. Y ahí fue cuando me dí cuenta de que mis huevos eran verdes. Tan verdes como los extraterrestres. Tan verdes como el sobaco del increíble Hulk. Tan verdes como los mocos de mi hija. Tan verdes como los batidos de espinacas que me tomo para no morirme nunca. Así que ya saben: tengo tres huevos verdes, mucho follaje, y la cabeza de chorlito. ¡Menudo peligro!
Cuando salgan los polluelos ya les iré contando...

miércoles, 24 de mayo de 2017

Pinto mujeres


No, no se confundan. Yo no pinto mujeres. Quién pinta mujeres, incluso desnudas, con todo lo que eso conlleva, es la pintora kazaja Munisa Gulieva que expone estos días en el Espacio de Arte Contemporáneo Aurora de Almaty, en Kazajistán. Y digo con todo lo que eso conlleva porque para los musulmanes, o para ciertos musulmanes, reproducir la figura humana es atentar contra Dios. Munisa, pese a su religión de cuna, ha sabido distinguir entre religiosidad y adoctrinamiento. "Dios no es represor, Dios es amor. Dios, ningún Dios, quiere a una mujer reprimida y sometida, los hombres que suplantan su voz son los que manipulan a la gente y buscan someter a la mujer limitando su desarrollo y rebajando, o anulando, su protagonismo social" -me explicó Munisa durante nuestra entrevista.
Munisa Gulieva pinta mujeres como forma de reivindicar sus derechos en la sociedad, tanto en la musulmana, como en la cristiana, o como en cualquier otra. La pintora, perteneciente a la etnia uigur, sabe muy bien lo que significa ser mujer y pertenecer a una minoría étnica que sufrió la represión china. Sus abuelos llegaron a Kazajistán buscando refugio, ya que este país siempre fue tierra de acogida.
Almaty, esa gran desconocida, es una ciudad cosmopolita de casi dos millones de habitantes, en la que conviven más de cien nacionalidades distintas, y disfruta, hoy en día, de una gran diversidad religiosa y una ingente actividad cultural.
En las obras de Munisa, se aprecia una gran influencia de Matisse, pero también de Munch, o de Picasso, todo ello, claro está, reinterpretado con la frescura y la emotividad de alguien que sabe de la trascendencia de su obra. Una obra que, más allá de su valor artístico, que lo tiene y mucho, reivindica los derechos de la mujer, la igualdad, y la libertad de expresión. 
Ojalá que a esta primera exposición individual les sigan muchas más. 
Enhorabuena, Munisa.

domingo, 21 de mayo de 2017

El cazador kazajo


Ibrahim nunca había aceptado el hecho de que su abuelo hubiese muerto el día antes de su nacimiento. De su abuelo heredó el nombre y la leyenda. Él nunca había sido Ibrahim como sus amigos del colegio habían disfrutado siempre siendo simplemente Omar, o Khan, o Mustafa, él siempre había sido el nieto de Ibrahim el Cazador, el Cazador, el Cazador... repetía mil veces en su cabeza como el recuerdo imborrable de una terrible pesadilla. Toda su vida, hasta ese momento, había girado en torno a la figura de su abuelo Ibrahim, héroe nacional de Kazajistán.
Al igual que la vida de su abuelo se había reducido a la hazaña de haber conseguido abatir al Leopardo de las Nieves que supuestamente se había merendado a más de una decena de personas en las montañas de Almaty, y cuya piel acabó como el regalo de estado que cambió el destino de su país; la de él se había reducido a ser el descendiente de ese fantasma que le había convertido, a él mismo, en otro fantasma sin identidad. La identidad de su abuelo muerto, hasta ese momento, había eclipsado de manera permanente a la suya.
Intentando quitarse de encima ese peso, Ibrahim se fue a estudiar medicina a Polonia. Allí se casó  y formó una familia al margen de su historia. Una familia liberada. Una familia que luchaba, como cualquier otra, por escribir su propia historia, sin héroes, sin condecoraciones, sin pleitesías, sin alabanzas, sin condolencias, sin rememoraciones oficiales ante ostentosos desfiles militares.
Ibrahim y su esposa polaca Anna vivían apaciblemente a las orillas del Vístula, ejercían ambos la medicina en un hospital público, y disfrutaban de su único hijo al que habían puesto de nombre Federico en honor del poeta español muerto a manos del gobierno fascista del General Franco.
En Varsovia, la vida transcurría en plena reconstrucción, en una especie de analogía en la que él se liberaba de su pasado mientras Varsovia lo hacía de su desdicha. Por aquel tiempo, las ciudades y las personas de media Europa no hacían otra cosa que luchar por reconstruirse, por reencontrar el camino por el que recobrar su pisoteada identidad y darle paz a sus muertos.
El ajedrez, la lectura, y un pequeño huerto en el que Ibrahim gustaba de cultivar sus propias verduras, eran las aficiones que acompañaban el devenir de una vida apacible que había conseguido dejar atrás la alargada sombra de su abuelo.
Pero toda esa tranquilidad cambió radicalmente el primer día de universidad de Federico. Uno de los profesores, que era kazajo, no tardó ni una hora en asociar el apellido de Federico con el del mítico héroe nacional cuyo certero disparo consiguió tantos privilegios para el demacrado gobierno de su país.
-Joven -le abordó el profesor en el pasillo a la salida de clase- ¿tú eres descendiente del gran Cazador Ibrahim Saldarkam?
-No señor, creo que usted se confunde -le respondió Federico, contrariado.
-¿Tu padre se llama Ibrahim? Me contaron que, hace años, se había marchado a estudiar a Polonia, pero desde entonces no he vuelto a saber más de él -le explicó el profesor.
-Le digo que no sé de qué me está usted hablando. Mi padre se llama Ibrahim, y es kazajo, pero no sé nada de la historia de ese cazador del que usted me habla. De ser así yo creo que mi padre me lo habría contado -le respondió Federico sin saber muy bien qué pensar de todo aquello que le contaba.
-Me sorprende que su padre no se sienta orgulloso de su abuelo, Dios lo tenga en su gloria de la misma manera que él trajo la gloria y restauró el orgullo de nuestro pueblo. Alá sabrá de las espurias razones de todo ese silencio y todo ese desprecio. Salam aleikum -se despidió el profesor mientras se alejaba por un pasillo cuya oscuridad se acrecentaba por momentos contagiando con ello la mente del joven Federico.
El camino de regreso a casa, ese fatídico día, a Federico se le hizo eterno. Sentía, bajo sus pies, como si la tierra hubiese parado de girar y todo alrededor hubiese perdido su significado. Al llegar, el padre disfrutaba relajadamente cuidando de su huerto como gustaba de hacer cada día después del trabajo. El clima era apacible. Los pájaros cantaban efusivamente como queriendo aprovechar al máximo cada minuto antes de la llegada del mal tiempo. Antes de las primeras nevadas.
Al ver Ibrahim acercarse a su hijo, pudo contemplar como su semblante estaba desfigurado, su tez pálida, y su mirada enrarecida.
-¿Te encuentras mal, Federico? -le preguntó el padre, mientras se limpiaba las manos en los pantalones.
-¿Por qué nunca me contaste lo de tu abuelo? -le recriminó, Federico, con severidad.
-¿Con quién has estado hablando? -le preguntó el padre visiblemente nervioso.
-¿Por qué, padre? ¿Por qué me has ocultado la historia de tu abuelo durante tanto tiempo? ¿Tan malo es sentirse orgulloso de tener un abuelo héroe nacional de su país? -le planteó Federico con lágrimas en los ojos.
-Vamos a casa hijo. Tenemos que hablar largo y tendido sobre todo eso.
Y pasando un brazo por encima del hombro de su hijo, rodeados por el verdor del huerto en el que aquel hombre plantaba sus sueños, le confesó a su hijo: tenía que habértelo contado antes. Tal vez mucho antes, pero nunca encontraba el momento.
Al llegar a casa, la madre les esperaba con la cena preparada. El hogar emanaba un delicioso olor a sopa zurek, una sopa capaz de resucitar a un muerto, como solía decir siempre Ibrahim, cada vez que Anna se la servía. Mientras cenaban no retomaron la conversación, tan sólo se trataron en ella temas cotidianos relacionados con el hospital, el clima, los progresos del huerto, o la recién estrenada condición de estudiante universitario del joven Federico.
Tras la cena, Ibrahim solicitó a su esposa que les sirviera el té junto al fuego.
El crepitar de las llamas, el olor a humo, los aromas que aún se escapaban de la cocina, junto al ruido que producía Anna mientras lavaba los platos, otorgaban a la escena un entrañable sabor hogareño.
-Mi padre me contó la verdad sobre la historia de mi abuelo, Federico. Mi padre nunca se lo perdonó. Por eso, y porque así lo quiso Dios, tú y yo estamos aquí hora, junto a tu madre, en Polonia. De no haber sido por él, ahora nuestra historia sería bien distinta.
-¿No le perdonó que matará a un leopardo asesino que tenía aterrados a todos los habitantes de las montañas de Almaty? -le preguntó el hijo sin comprender nada.
-Esa no es la verdadera historia, Ibrahim. La historia de mi abuelo fue diseñada por los poderosos, manejada por los poderosos, para entretener y manipular a la gente, para que no se supiera que el régimen estaba asesinando a los opositores, a todos valientes que alzaban su voz frente a las injusticias y los abusos del poder. Ese mítico leopardo devorador de hombres y mujeres eran, en realidad, un grupo de militares asesinos, pero alguna cabeza pensante del poder, coincidiendo con la visita de Stalin, pensó que la piel de ese hipotético leopardo, supuesto devorador de más de una decena de personas, sería el regalo perfecto para un hombre ansioso de poder y amante de la simbología.
-Sigo sin entender nada, padre -exclamó Federico con cierto nerviosismo.
-Mi abuelo Ibrahim fue un gran cazador. Sirvió al ejército en el cuerpo de fusileros y desde el primer día fue distinguido por las más altas condecoraciones por su destreza con el fusil. Al abandonar el ejército se ganó muy bien la vida como cazador de alimañas. La gente lo contrataba para proteger a su ganado y a sus propiedades cuando osos, lobos, zorros, o leopardos les amenazaban.
Los habitantes de los alrededores de Almaty lo admiraban por su abnegación y sacrificio; cuentan de él que era capaz de acechar a un leopardo durante toda una noche a treinta bajo cero, pero sobre todo la gente admiraba su gran destreza: era el mejor.
La primera visita de Stalin a Kazajistán representaba una oportunidad única para conseguir que el país consiguiera mayor relevancia en el nuevo escenario geoestratégico después de la Segunda Guerra Mundial y alguien pensó en nuestro abuelo para maquillar aquellos asesinatos que tan mala imagen estaban ofreciendo al exterior y presentarlo ante Stalin como un nuevo héroe kazajo, capaz de las más grandes hazañas, y de paso entregar al líder comunista la piel de tan feroz animal como presente, con el deseo del pueblo kazajo de enardecer su figura y fortalecer su poder.
Cuando vinieron a buscar a mi abuelo, mi padre tendría doce o trece años. Él escuchó toda la conversación desde su habitación. De hecho, el leopardo que usaron para el montaje ni tan siquiera lo cazó mi abuelo, lo cogieron del zoológico de la cuidad al día siguiente y le pegaron un tiro a bocajarro. Lo demás fue puro cuento. Fotos en la prensa. Homenajes. Medallas. Durante la visita de Stalin nuestro abuelo le ofreció la piel del mítico leopardo asesino, a la par que ofrecía la sumisión de todo nuestro pueblo al dictador ruso.
Mi abuelo, a cambio de medallas y prebendas, se dejó manejar como un títere, y en lugar de sentirse mal, se sentía orgulloso de ostentar un bochornoso papel de héroe de opereta.
Tu abuelo vivió toda su vida repudiando a su padre, y yo me vine a Polonia huyendo de aquella farsa de la que tu abuelo nunca se atrevió a escapar. ¿Lo entiendes ahora, Federico?
-Ahora ya lo entiendo todo, papá. En ocasiones, durante mi vida, descubría detalles de nuestra historia que no encajaban y ahora, de repente, todo ha encontrado su sitio -reconoció Federico.
-Hijo, como ya irás descubriendo, la historia está repleta de episodios novelados, adaptados al interés de quién los cuenta -le aclaró el padre.
-Nunca olvidaré tus palabras, papá, te lo aseguro.
Y diciendo esto, padre e hijo se fundieron en un afectuoso abrazo al que se sumo la madre que, desde hacía rato, escuchaba discretamente toda la conversación.

martes, 9 de mayo de 2017

El abrazo de la vida


Aquel libro, definitivamente, me abrió los ojos. En él se hacía referencia a una costumbre milenaria de una tribu africana, de nombre impronunciable, en la que los enfermos sanaban de ciertas enfermedades transmitiéndoselas, mediante un prolongado abrazo, a los árboles. La cosa, a priori, no parecía nada fácil ya que el abrazo en cuestión iba precedido de un ritual animista que el libro no explicaba suficientemente, por lo que todo, ante mí, quedaba abierto al terreno inagotable de mi imaginación.
Lo que sí quedaba patente, o al menos así lo percibí yo, era la importancia de elegir bien al árbol sanador; si el enfermo se equivocaba de árbol no habría curación posible. Según el rito ancestral, los árboles absorben la enfermedad, liberando así al enfermo de su mal, y como consecuencia de su solidaridad, al poco tiempo se acaban secando. Por el contrario, cuando el árbol no acepta la enfermedad el que sucumbe es el enfermo. Lo de elegir al árbol adecuado lo describen como un amor a primera vista, a veces fluye la química y se acierta, y otras veces no.
A todas luces, para una persona en sus cabales, esta leyenda tendría tanto de folclore como de magia, y adolecería de la mínima lógica que nos llevara a pensar en que algo así, tan ancestral, pudiera curarnos ni de un resfriado. Sin embargo, como les decía, para mí fue toda una revelación. 
Evidentemente, una persona afectada por una enfermedad incurable, abocado sin remedio a la oscura humedad de una fosa, sería capaz hasta de hacer un pacto con el diablo con tal de alargar sus días de la manera que fuera.
Así que, sin decir nada a nadie para que no me tomaran por loco, agarré mi coche en la dirección que primero se me ocurrió, y no paré hasta que me tropecé con el primer bosque delante de mis narices.
El día estaba soleado y el cielo exhibía un color azul como de cuento de niños. En aquel paraje, a parte de unas cuantas urracas, y unos pocos y nerviosos arrendajos, poco más había. Miré hacia la masa forestal como haría un jugador apostando al todo o nada en la ruleta rusa de un casino de provincias. Delante de mí, entre cientos de ejemplares de roble, al lado de un pequeño riachuelo, lucía un único y hermoso sauce llorón. Su presencia me hizo pensar en que alguien, hacia bastante tiempo, habría decidido plantarlo ahí por alguna razón, ya que ese tipo de árboles no son autóctonos de la zona y, por tanto, no suelen nacer de manera espontánea.
Tanto el sauce como yo eramos dos intrusos en aquel relicto robledal. Esa enigmática coincidencia fue la que me llevó al convencimiento de que ese árbol era el único en el mundo capaz de sanarme. 
Sin saber muy bien lo que debía de hacer, pero dejándome llevar por un instinto que afloraba incontrolable desde mi interior, me arrojé al suelo con los brazos en cruz frente a ese árbol y comencé a recitar oraciones que desde niño no había vuelto a recordar pero que, de manera sobrecogedora, se articulaban en mis labios, como si nunca las hubiera olvidado, como si permanecieran durante décadas aletargadas en mi interior, esperando el preciso momento para salvarme.
Tras un lapso de tiempo que no sabría calcular con precisión, un tanto aturdido, me levanté y me abracé con fuerza al tronco de aquel sauce. Mi cara rozaba la rugosidad de su tronco. Un olor, mezcla entre clorofila y humedad, inundó mis pulmones, lo que provocó que se abrieran de par en par. El grosor del tronco era tal que mis brazos no llegaban a abarcar la totalidad de aquella mágica circunferencia arbórea. No sé bien qué pasó. No sé si realmente yo estaba consciente o no. Tan sólo recuerdo sentir como, en un momento dado, mis venas convergían con sus xilemas y mi sangre pasaba al árbol y su savia recorría todo mi cuerpo. Aquella especie de diálisis mística me generaba un bienestar tan sólo similar al de un lactante mamando de los senos de su madre. La madre tierra, a través de aquel sauce llorón, me estaba rescatando, me estaba ofreciendo una segunda oportunidad. Eso recuerdo que sentí.
Desperté, varias horas después, a los pies de aquel sauce. Los papeles se habían cambiado y ahora el llorón era yo y el sauce parecía reír. Al menos, y no me pregunten cómo, yo lo sentía feliz.
Durante las semanas sucesivas, en las que yo no noté ningún cambio significativo en mi salud, pasé varias veces a ver cómo seguía el sauce. En realidad, deseaba verlo amarillear. Deseaba, de manera imperiosa, que comenzara a doblegarse, a rendirse. Añoraba ver como sus hojas caían, ver como la podredumbre comenzaba a destrozar su valiosa y apreciada madera. Deseaba atisbar alguna señal que me llevara a pensar que mi curación estaba en camino, pero no fue así.
De hecho, ya han pasado varios meses desde aquel suceso y tanto él como yo seguimos aquí. La verdad, no sé ustedes, pero yo no sé qué pensar.