miércoles, 24 de mayo de 2017

Pinto mujeres


No, no se confundan. Yo no pinto mujeres. Quién pinta mujeres, incluso desnudas, con todo lo que eso conlleva, es la pintora kazaja Munisa Gulieva que expone estos días en el Espacio de Arte Contemporáneo Aurora de Almaty, en Kazajistán. Y digo con todo lo que eso conlleva porque para los musulmanes, o para ciertos musulmanes, reproducir la figura humana es atentar contra Dios. Munisa, pese a su religión de cuna, ha sabido distinguir entre religiosidad y adoctrinamiento. "Dios no es represor, Dios es amor. Dios, ningún Dios, quiere a una mujer reprimida y sometida, los hombres que suplantan su voz son los que manipulan a la gente y buscan someter a la mujer limitando su desarrollo y rebajando, o anulando, su protagonismo social" -me explicó Munisa durante nuestra entrevista.
Munisa Gulieva pinta mujeres como forma de reivindicar sus derechos en la sociedad, tanto en la musulmana, como en la cristiana, o como en cualquier otra. La pintora, perteneciente a la etnia uigur, sabe muy bien lo que significa ser mujer y pertenecer a una minoría étnica que sufrió la represión china. Sus abuelos llegaron a Kazajistán buscando refugio, ya que este país siempre fue tierra de acogida.
Almaty, esa gran desconocida, es una ciudad cosmopolita de casi dos millones de habitantes, en la que conviven más de cien nacionalidades distintas, y disfruta, hoy en día, de una gran diversidad religiosa y una ingente actividad cultural.
En las obras de Munisa, se aprecia una gran influencia de Matisse, pero también de Munch, o de Picasso, todo ello, claro está, reinterpretado con la frescura y la emotividad de alguien que sabe de la trascendencia de su obra. Una obra que, más allá de su valor artístico, que lo tiene y mucho, reivindica los derechos de la mujer, la igualdad, y la libertad de expresión. 
Ojalá que a esta primera exposición individual les sigan muchas más. 
Enhorabuena, Munisa.

domingo, 21 de mayo de 2017

El cazador kazajo


Ibrahim nunca había aceptado el hecho de que su abuelo hubiese muerto el día antes de su nacimiento. De su abuelo heredó el nombre y la leyenda. Él nunca había sido Ibrahim como sus amigos del colegio habían disfrutado siempre siendo simplemente Omar, o Khan, o Mustafa, él siempre había sido el nieto de Ibrahim el Cazador, el Cazador, el Cazador... repetía mil veces en su cabeza como el recuerdo imborrable de una terrible pesadilla. Toda su vida, hasta ese momento, había girado en torno a la figura de su abuelo Ibrahim, héroe nacional de Kazajistán.
Al igual que la vida de su abuelo se había reducido a la hazaña de haber conseguido abatir al Leopardo de las Nieves que supuestamente se había merendado a más de una decena de personas en las montañas de Almaty, y cuya piel acabó como el regalo de estado que cambió el destino de su país; la de él se había reducido a ser el descendiente de ese fantasma que le había convertido, a él mismo, en otro fantasma sin identidad. La identidad de su abuelo muerto, hasta ese momento, había eclipsado de manera permanente a la suya.
Intentando quitarse de encima ese peso, Ibrahim se fue a estudiar medicina a Polonia. Allí se casó  y formó una familia al margen de su historia. Una familia liberada. Una familia que luchaba, como cualquier otra, por escribir su propia historia, sin héroes, sin condecoraciones, sin pleitesías, sin alabanzas, sin condolencias, sin rememoraciones oficiales ante ostentosos desfiles militares.
Ibrahim y su esposa polaca Anna vivían apaciblemente a las orillas del Vístula, ejercían ambos la medicina en un hospital público, y disfrutaban de su único hijo al que habían puesto de nombre Federico en honor del poeta español muerto a manos del gobierno fascista del General Franco.
En Varsovia, la vida transcurría en plena reconstrucción, en una especie de analogía en la que él se liberaba de su pasado mientras Varsovia lo hacía de su desdicha. Por aquel tiempo, las ciudades y las personas de media Europa no hacían otra cosa que luchar por reconstruirse, por reencontrar el camino por el que recobrar su pisoteada identidad y darle paz a sus muertos.
El ajedrez, la lectura, y un pequeño huerto en el que Ibrahim gustaba de cultivar sus propias verduras, eran las aficiones que acompañaban el devenir de una vida apacible que había conseguido dejar atrás la alargada sombra de su abuelo.
Pero toda esa tranquilidad cambió radicalmente el primer día de universidad de Federico. Uno de los profesores, que era kazajo, no tardó ni una hora en asociar el apellido de Federico con el del mítico héroe nacional cuyo certero disparo consiguió tantos privilegios para el demacrado gobierno de su país.
-Joven -le abordó el profesor en el pasillo a la salida de clase- ¿tú eres descendiente del gran Cazador Ibrahim Saldarkam?
-No señor, creo que usted se confunde -le respondió Federico, contrariado.
-¿Tu padre se llama Ibrahim? Me contaron que, hace años, se había marchado a estudiar a Polonia, pero desde entonces no he vuelto a saber más de él -le explicó el profesor.
-Le digo que no sé de qué me está usted hablando. Mi padre se llama Ibrahim, y es kazajo, pero no sé nada de la historia de ese cazador del que usted me habla. De ser así yo creo que mi padre me lo habría contado -le respondió Federico sin saber muy bien qué pensar de todo aquello que le contaba.
-Me sorprende que su padre no se sienta orgulloso de su abuelo, Dios lo tenga en su gloria de la misma manera que él trajo la gloria y restauró el orgullo de nuestro pueblo. Alá sabrá de las espurias razones de todo ese silencio y todo ese desprecio. Salam aleikum -se despidió el profesor mientras se alejaba por un pasillo cuya oscuridad se acrecentaba por momentos contagiando con ello la mente del joven Federico.
El camino de regreso a casa, ese fatídico día, a Federico se le hizo eterno. Sentía, bajo sus pies, como si la tierra hubiese parado de girar y todo alrededor hubiese perdido su significado. Al llegar, el padre disfrutaba relajadamente cuidando de su huerto como gustaba de hacer cada día después del trabajo. El clima era apacible. Los pájaros cantaban efusivamente como queriendo aprovechar al máximo cada minuto antes de la llegada del mal tiempo. Antes de las primeras nevadas.
Al ver Ibrahim acercarse a su hijo, pudo contemplar como su semblante estaba desfigurado, su tez pálida, y su mirada enrarecida.
-¿Te encuentras mal, Federico? -le preguntó el padre, mientras se limpiaba las manos en los pantalones.
-¿Por qué nunca me contaste lo de tu abuelo? -le recriminó, Federico, con severidad.
-¿Con quién has estado hablando? -le preguntó el padre visiblemente nervioso.
-¿Por qué, padre? ¿Por qué me has ocultado la historia de tu abuelo durante tanto tiempo? ¿Tan malo es sentirse orgulloso de tener un abuelo héroe nacional de su país? -le planteó Federico con lágrimas en los ojos.
-Vamos a casa hijo. Tenemos que hablar largo y tendido sobre todo eso.
Y pasando un brazo por encima del hombro de su hijo, rodeados por el verdor del huerto en el que aquel hombre plantaba sus sueños, le confesó a su hijo: tenía que habértelo contado antes. Tal vez mucho antes, pero nunca encontraba el momento.
Al llegar a casa, la madre les esperaba con la cena preparada. El hogar emanaba un delicioso olor a sopa zurek, una sopa capaz de resucitar a un muerto, como solía decir siempre Ibrahim, cada vez que Anna se la servía. Mientras cenaban no retomaron la conversación, tan sólo se trataron en ella temas cotidianos relacionados con el hospital, el clima, los progresos del huerto, o la recién estrenada condición de estudiante universitario del joven Federico.
Tras la cena, Ibrahim solicitó a su esposa que les sirviera el té junto al fuego.
El crepitar de las llamas, el olor a humo, los aromas que aún se escapaban de la cocina, junto al ruido que producía Anna mientras lavaba los platos, otorgaban a la escena un entrañable sabor hogareño.
-Mi padre me contó la verdad sobre la historia de mi abuelo, Federico. Mi padre nunca se lo perdonó. Por eso, y porque así lo quiso Dios, tú y yo estamos aquí hora, junto a tu madre, en Polonia. De no haber sido por él, ahora nuestra historia sería bien distinta.
-¿No le perdonó que matará a un leopardo asesino que tenía aterrados a todos los habitantes de las montañas de Almaty? -le preguntó el hijo sin comprender nada.
-Esa no es la verdadera historia, Ibrahim. La historia de mi abuelo fue diseñada por los poderosos, manejada por los poderosos, para entretener y manipular a la gente, para que no se supiera que el régimen estaba asesinando a los opositores, a todos valientes que alzaban su voz frente a las injusticias y los abusos del poder. Ese mítico leopardo devorador de hombres y mujeres eran, en realidad, un grupo de militares asesinos, pero alguna cabeza pensante del poder, coincidiendo con la visita de Stalin, pensó que la piel de ese hipotético leopardo, supuesto devorador de más de una decena de personas, sería el regalo perfecto para un hombre ansioso de poder y amante de la simbología.
-Sigo sin entender nada, padre -exclamó Federico con cierto nerviosismo.
-Mi abuelo Ibrahim fue un gran cazador. Sirvió al ejército en el cuerpo de fusileros y desde el primer día fue distinguido por las más altas condecoraciones por su destreza con el fusil. Al abandonar el ejército se ganó muy bien la vida como cazador de alimañas. La gente lo contrataba para proteger a su ganado y a sus propiedades cuando osos, lobos, zorros, o leopardos les amenazaban.
Los habitantes de los alrededores de Almaty lo admiraban por su abnegación y sacrificio; cuentan de él que era capaz de acechar a un leopardo durante toda una noche a treinta bajo cero, pero sobre todo la gente admiraba su gran destreza: era el mejor.
La primera visita de Stalin a Kazajistán representaba una oportunidad única para conseguir que el país consiguiera mayor relevancia en el nuevo escenario geoestratégico después de la Segunda Guerra Mundial y alguien pensó en nuestro abuelo para maquillar aquellos asesinatos que tan mala imagen estaban ofreciendo al exterior y presentarlo ante Stalin como un nuevo héroe kazajo, capaz de las más grandes hazañas, y de paso entregar al líder comunista la piel de tan feroz animal como presente, con el deseo del pueblo kazajo de enardecer su figura y fortalecer su poder.
Cuando vinieron a buscar a mi abuelo, mi padre tendría doce o trece años. Él escuchó toda la conversación desde su habitación. De hecho, el leopardo que usaron para el montaje ni tan siquiera lo cazó mi abuelo, lo cogieron del zoológico de la cuidad al día siguiente y le pegaron un tiro a bocajarro. Lo demás fue puro cuento. Fotos en la prensa. Homenajes. Medallas. Durante la visita de Stalin nuestro abuelo le ofreció la piel del mítico leopardo asesino, a la par que ofrecía la sumisión de todo nuestro pueblo al dictador ruso.
Mi abuelo, a cambio de medallas y prebendas, se dejó manejar como un títere, y en lugar de sentirse mal, se sentía orgulloso de ostentar un bochornoso papel de héroe de opereta.
Tu abuelo vivió toda su vida repudiando a su padre, y yo me vine a Polonia huyendo de aquella farsa de la que tu abuelo nunca se atrevió a escapar. ¿Lo entiendes ahora, Federico?
-Ahora ya lo entiendo todo, papá. En ocasiones, durante mi vida, descubría detalles de nuestra historia que no encajaban y ahora, de repente, todo ha encontrado su sitio -reconoció Federico.
-Hijo, como ya irás descubriendo, la historia está repleta de episodios novelados, adaptados al interés de quién los cuenta -le aclaró el padre.
-Nunca olvidaré tus palabras, papá, te lo aseguro.
Y diciendo esto, padre e hijo se fundieron en un afectuoso abrazo al que se sumo la madre que, desde hacía rato, escuchaba discretamente toda la conversación.

martes, 9 de mayo de 2017

El abrazo de la vida


Aquel libro, definitivamente, me abrió los ojos. En él se hacía referencia a una costumbre milenaria de una tribu africana, de nombre impronunciable, en la que los enfermos sanaban de ciertas enfermedades transmitiéndoselas, mediante un prolongado abrazo, a los árboles. La cosa, a priori, no parecía nada fácil ya que el abrazo en cuestión iba precedido de un ritual animista que el libro no explicaba suficientemente, por lo que todo, ante mí, quedaba abierto al terreno inagotable de mi imaginación.
Lo que sí quedaba patente, o al menos así lo percibí yo, era la importancia de elegir bien al árbol sanador; si el enfermo se equivocaba de árbol no habría curación posible. Según el rito ancestral, los árboles absorben la enfermedad, liberando así al enfermo de su mal, y como consecuencia de su solidaridad, al poco tiempo se acaban secando. Por el contrario, cuando el árbol no acepta la enfermedad el que sucumbe es el enfermo. Lo de elegir al árbol adecuado lo describen como un amor a primera vista, a veces fluye la química y se acierta, y otras veces no.
A todas luces, para una persona en sus cabales, esta leyenda tendría tanto de folclore como de magia, y adolecería de la mínima lógica que nos llevara a pensar en que algo así, tan ancestral, pudiera curarnos ni de un resfriado. Sin embargo, como les decía, para mí fue toda una revelación. 
Evidentemente, una persona afectada por una enfermedad incurable, abocado sin remedio a la oscura humedad de una fosa, sería capaz hasta de hacer un pacto con el diablo con tal de alargar sus días de la manera que fuera.
Así que, sin decir nada a nadie para que no me tomaran por loco, agarré mi coche en la dirección que primero se me ocurrió, y no paré hasta que me tropecé con el primer bosque delante de mis narices.
El día estaba soleado y el cielo exhibía un color azul como de cuento de niños. En aquel paraje, a parte de unas cuantas urracas, y unos pocos y nerviosos arrendajos, poco más había. Miré hacia la masa forestal como haría un jugador apostando al todo o nada en la ruleta rusa de un casino de provincias. Delante de mí, entre cientos de ejemplares de roble, al lado de un pequeño riachuelo, lucía un único y hermoso sauce llorón. Su presencia me hizo pensar en que alguien, hacia bastante tiempo, habría decidido plantarlo ahí por alguna razón, ya que ese tipo de árboles no son autóctonos de la zona y, por tanto, no suelen nacer de manera espontánea.
Tanto el sauce como yo eramos dos intrusos en aquel relicto robledal. Esa enigmática coincidencia fue la que me llevó al convencimiento de que ese árbol era el único en el mundo capaz de sanarme. 
Sin saber muy bien lo que debía de hacer, pero dejándome llevar por un instinto que afloraba incontrolable desde mi interior, me arrojé al suelo con los brazos en cruz frente a ese árbol y comencé a recitar oraciones que desde niño no había vuelto a recordar pero que, de manera sobrecogedora, se articulaban en mis labios, como si nunca las hubiera olvidado, como si permanecieran durante décadas aletargadas en mi interior, esperando el preciso momento para salvarme.
Tras un lapso de tiempo que no sabría calcular con precisión, un tanto aturdido, me levanté y me abracé con fuerza al tronco de aquel sauce. Mi cara rozaba la rugosidad de su tronco. Un olor, mezcla entre clorofila y humedad, inundó mis pulmones, lo que provocó que se abrieran de par en par. El grosor del tronco era tal que mis brazos no llegaban a abarcar la totalidad de aquella mágica circunferencia arbórea. No sé bien qué pasó. No sé si realmente yo estaba consciente o no. Tan sólo recuerdo sentir como, en un momento dado, mis venas convergían con sus xilemas y mi sangre pasaba al árbol y su savia recorría todo mi cuerpo. Aquella especie de diálisis mística me generaba un bienestar tan sólo similar al de un lactante mamando de los senos de su madre. La madre tierra, a través de aquel sauce llorón, me estaba rescatando, me estaba ofreciendo una segunda oportunidad. Eso recuerdo que sentí.
Desperté, varias horas después, a los pies de aquel sauce. Los papeles se habían cambiado y ahora el llorón era yo y el sauce parecía reír. Al menos, y no me pregunten cómo, yo lo sentía feliz.
Durante las semanas sucesivas, en las que yo no noté ningún cambio significativo en mi salud, pasé varias veces a ver cómo seguía el sauce. En realidad, deseaba verlo amarillear. Deseaba, de manera imperiosa, que comenzara a doblegarse, a rendirse. Añoraba ver como sus hojas caían, ver como la podredumbre comenzaba a destrozar su valiosa y apreciada madera. Deseaba atisbar alguna señal que me llevara a pensar que mi curación estaba en camino, pero no fue así.
De hecho, ya han pasado varios meses desde aquel suceso y tanto él como yo seguimos aquí. La verdad, no sé ustedes, pero yo no sé qué pensar.

sábado, 6 de mayo de 2017

In memoriam


En memoria de todas las madres presentes y ausentes. En memoria de los que luchan cada día por la igualdad entre las personas. En memoria de todos los que mueren a diario intentando llegar al otro lado. En memoria de Chico Mendes y todos los que dieron su vida por salvar a este planeta. En memoria de todos los muertos inocentes de todas las guerras. En memoria de Gandhi, de Martin Luther King, de John Lennon, de Miguel Ángel Blanco, de los desaparecidos de Colima... En memoria de las mujeres asesinadas a manos de sus parejas. En memoria de todas las victimas del terrorismo. En memoria de los bosques incendiados, de los ríos contaminados, de las nubes ennegrecidas, de los animales torturados, expoliados, y todos los que caen muertos por la codicia y la sinrazón de las personas. En memoria de los que luchan por la libertad y en contra de las dictaduras. En memoria de todos los niños que mueren de hambre, o de enfermedad, o son víctimas de la violencia. En memoria de todos los periodistas asesinados. En memoria de todos los represaliados, asesinados y torturados por su condición sexual, o por su religión, o por su raza, o simplemente por ser diferente. En memoria de los poetas que dejaron de escribir poesía, de los pintores que, aburridos, abandonaron sus pinceles. En memoria de la gente que deja de bailar, de cantar, de tocar, y de jugar como niños. En memoria de todos los que sufren sin que nadie les ofrezca consuelo. En memoria de todos los que se quedan sin memoria, excluyendo de este humilde homenaje a todos los que hacen como si no la tuvieran.
Ojalá no nos quedemos nunca sin memoria.

jueves, 4 de mayo de 2017

Cementerio de elefantes


He pensado en multitud de ocasiones que este blog acabará convertido, si en parte no lo es ya, en un cementerio de elefantes. También he pensado en mí como en un elefante, pero ahora que he adelgazado más de siete kilos ya me siento menos elefante que antes. Por extensión, he pensado en la leyenda africana que habla sobre la misteriosa existencia de cementerios de paquidermos. Y por ende, ya puestos, he pensado en Tarzán, en Jane, en las arenas movedizas que de niños tanto nos aterraban, y en la mona Chita. De niños, todos queríamos ser como Tarzán y tener una mona Chita y luego, ya de mayores, hemos pretendido cambiar a la mona por una Jane, aunque fuera abandonando al primate en una  triste gasolinera de carretera secundaria.
Posiblemente una gran parte de nosotros no llegue a alcanzar los ochenta años a los que llegó Johnny Weissmüller, curiosamente la misma edad que alcanzó su inseparable mona Chita. Probablemente, ni usted ni yo gocemos de un retiro dorado en Acapulco como del que gozó el nadador austriaco en sus últimos años, ni tan siquiera gocemos de los privilegios que disfrutó Chita, pero sean como sean nuestros últimos días lo importante es llegar.
Y llegados a este punto, a ese punto y final al que todos llegaremos algún día, nuestros blogs, nuestros Facebook, nuestras miserías y nuestros restos arqueinformáticos serán algo así como un cementerio de elefantes a los que, como buitres, acudirán los expoliadores a repelar.
Cuando miro hacia atrás y veo las primeras entradas de este blog las siento fosilizadas, como huesos de elefante, como ceniza, como polvo, como nada.
¿Acaso todos nuestros desvelos, nuestros miedos, nuestros prejuicios, nuestras metas, nuestras fantasías no acaban en eso?
Pobres elefantes estamos hechos...

miércoles, 3 de mayo de 2017

La vegetariana


Siguiendo el consejo de Juan José Millás, que, para los que no le conozcan, diré que es uno de mis escritores de cabecera, compré "La vegetariana", un libro excepcional de una escritora surcoreana llamada Han Kang que con esta obra se abre al mundo y lo hace por la puerta grande. 
En determinados pasajes de esta brillante novela, he de reconocer que me ha recordado mucho a Murakami, lo mismo que me sucede cuando leo a Millás. Esa mágica conjugación entre realidad y ficción con matices profundamente psicológicos y filosóficos, esa capacidad para introducir al lector en la obra como si estuviera bañándose en una cálida piscina, y que, como un niño en verano no quisiera salir de ella, convierte a esta escritora en un referente imprescindible de la literatura actual.
Evidentemente a ustedes les gustaría, y a la :Rata_, que es la editorial que ha publicado el libro en España seguro que no, que les contara al menos una parte de la magistral trama que, a modo de tríptico, sobre la vida de la joven Yeonghye, ha desarrollado Han Kang, pero no lo haré. Prefiero que ustedes lo descubran por sí mismos.
Ya me contarán...lo mismo se hacen vegetarianos o les da por atiborrarse a carne como si no hubiese un mañana. Indiferentes seguro que no les va a dejar.


lunes, 1 de mayo de 2017

Ensalada de calabacín con tomate rallado y aguacate


En mes y medio, y gracias a mi nuevo plan de vida, ya he rebajado más de siete kilos. Lo bueno no es que me vea más joven, lo bueno es que me siento más fuerte y más dinámico. El ejercicio, cada vez más, le está ganando la partida a mi sedentarismo. He dejado los lácteos en todas sus versiones, he abandonado los dulces, galletas, postres, repostería y todo aquello que se le parece, he dejado los refrescos y el poco alcohol que bebía, he dejado los embutidos, y he reducido al máximo la ingesta de carne y de pescado, y hete aquí la solución: aumentado de manera exponencial el consumo de frutas y verduras.
No paso hambre y me siento distinto. 
Una cosa que me ha ayudado mucho ha sido sustituir mi vicio del café con leche con miel acompañado con algo de repostería, por el café con leche mezclando leche de soja y avena a partes iguales, y añadiendo miel, y en lugar de repostería añadir sopas de un pan muy rico integral y ecológico.
No me he convertido en vegetariano, ni en ovolacteo, ni en vegano, no es algo que me planteo, tan sólo estoy buscando mi propio punto de equilibrio y esto me hace sentir bien.
Las ensaladas son un mundo apasionante, ideal para las cenas.
Os dejo una receta sencilla y diferente a lo que estamos acostumbrados.

En la base de la ensalada, colocaremos el calabacín cortado en láminas muy finas. Todo lo iremos colocando como por capas.
Después rayaremos dos tomates maduros medianos y lo añadiremos encima de las láminas de calabacín. Salpimentaremos al gusto y añadiremos un chorrito de aceite de oliva virgen extra.
Seguidamente añadiremos encima un aguacate madurito mediano cortado a láminas también muy finas, y una cebollita mediana también cortada a láminas muy finas.
Por último, y para rematar, cortaremos un champiñon crudo igualmente en láminas muy finas y añadiremos unos cuantos piñones y un toque de hierbas de provenza. 
A la ensalada le podemos añadir un poco de vinagre de vino o un chorrito de limón.
Y a disfrutar. ¡Salud!


viernes, 28 de abril de 2017

El diez de picas


Llevo algunos días sufriendo un cierto desapego hacia las letras. Tal vez lo pudiera llamar hartazgo, o saturación, o tal vez esté generando hacia ellas algún tipo de intolerancia, como a la lactosa o así. La cuestión es que por esa razón, o quién sabe si por cualquier otra, sufro una incontrolable regresión hacia el collage. Siento que mi pasión al corta y pega aflora de nuevo con una fuerza renovada, con aire fresco y un sedimento nuevo.
De ese modo, casi sin saber cómo, a mi mesa de trabajo han regresado, con sigilo, las tijeras y el pegamento. Y todos los papeles que me salen al encuentro me inspiran historias susceptibles de adquirir forma, visibilidad y protagonismo. Como es el caso de éste diez de picas que me encontré el otro día tirado por el suelo mientras caminaba. Y del suelo, como ven, al cielo.
El collage siempre fue mi salida natural hacia la plástica, hacia el mundo del arte que tanto me fascina. Sé que soy un intruso, un absurdo y engreído aprendiz de todo, y un delirante maestro de nada. Sé que ustedes, que me sufren, sabrán perdonarme. De no ser así, sé que el tiempo me absolverá.
Todos tenemos nuestros defectos.

miércoles, 26 de abril de 2017

Una nueva vida


Una nueva vida es posible. No hace falta que la busquemos en las antípodas de la anterior, ni en la Cuenca del Amazonas, ni en el Tibet. Delante de nosotros, como mariposas, las soluciones han estado siempre ahí, revoloteando a nuestro alrededor, pero la rutina, la inconsciencia, y el modelo de vida que erróneamente nos hemos concedido, nos ha llevado de manera reiterada a descartarlas. 
Nuestro cuerpo y nuestra mente conforman un todo con tendencia a separarse. Nuestra mente suele envejecer a un ritmo mucho menor que nuestra parte física, de tal manera que, en ocasiones, sometemos a nuestro cuerpo a situaciones y estilos de vida que para nada nos benefician. 
La toma de conciencia es el punto de inflexión. Esa toma de conciencia puede venir propiciada de un shock físico o emocional, o, las menos veces, por convencimiento propio.
Equilibrar nuestra dualidad personal es una tarea a la que todos, antes o después, nos tendremos que enfrentar.
Yo pretendo escribirles, en lo sucesivo, sobre mi propia maniobra. Una maniobra de acción que pretendo mantener hasta que las ranas críen pelo o yo críe malvas.
Bajo los principios de "somos lo que comemos" y "somos lo que sentimos", me transformaré en mi propio guía, en mi propio médico, y, por extensión, en mi propia solución.
Si yo solo caminé por la senda del deterioro, también seré capaz de encontrar la senda que me conduzca a recobrar la salud.
Para éste segundo medio siglo de vida, ya les aseguro, me espera un viaje apasionante.

domingo, 23 de abril de 2017

Me reencarnaré en tortuga


Por mucho que lo pienso, no doy crédito a la relación tan fuerte que se ha creado entre esa tortuga y yo. Bueno, en realidad debería decir tortugo, porque se trata de un macho. Permítanme aclarar que las tortugas son de los pocos animales que no tienen distinción por cuestiones de género. Me refiero a distinción lingüística, ya que físicamente sí que se diferencian con bastante facilidad. Pero no pretendo convertir ésta declaración en un tratado de biología, lo que me interesa abordar es la relación que, tras el incidente con el perro de mi hija, se ha establecido entre esa tortuga y un servidor. 
Lo primero que debo aclarar es que amo a las tortugas desde que tengo uso de razón. No a las tortugas en general, que también, amo especialmente a las de tierra, a las de mi tierra. Amo su tranquilidad, su parsimonia, su lentitud, su indefensión, su vulnerabilidad. Desde niño, he sentido que necesitaban de mi protección. Tal vez por eso, he desarrollado un instinto de protección tan grande que me lleva a proteger, inclusive, hasta mis propios enemigos, a los que presiento, erróneamente, tan indefensos como a mis tortugas. ¡Craso error!
Sé que no es normal. Sé que un hombre hecho y derecho y con pelos en el pecho, como yo, no debería andar perdiendo el tiempo en este tipo de relaciones, pero las cosas pasan porque tienen que pasar.
El perro de mi hija Yolanda, en su primera visita a mi casa, haciendo alarde de su condición de lobo, aunque externamente no lo aparente, quiso demostrar su supremacía en la cadena trófica intentando merendarse a mi tortuga. Y fue gracias a mi hija, que se percató del ataque, por lo que mi tortuga aún lo puede contar. Gracias a eso, y gracias a que, en ese momento, estaba en casa mi amigo Carlos, que para muchos es el prestigioso pintor Carlos Pardo, pero que para mí, sencillamente, es mi amigo Carlos, y que sabe tanto de pintura, como de pianos, como de pozos artesianos, como de agricultura, informática, física cuántica, mil doscientas treinta y seis cosas más... y también de veterinaria. 
La cuestión es que Carlos la curó con la misma facilidad con la que, de la nada, pinta un cuadro que te quita el hipo. A todo esto, a mi hija casi le dio un jamacuco.
Lo importante es que, tras este inesperado incidente, la tortuga está mejor que antes y la relación entre todos, incluso con el perro, se ha visto fortalecida. 
Hace un ratito, por ponerles un ejemplo, ella estaba frente a mí. Yo estaba, al sol, leyendo "Confabulación" del escritor Carlos del Amor y ella se había situado sigilosamente en frente y me miraba con ternura. Intuía que ella era feliz viéndome leer al escritor que tiene por costumbre humanizarnos el Telediario, como intuyo que se pone triste cuando agarro mi maleta y pongo tierra de por medio.
Como les decía, ella estaba frente a mí pero de tal manera que yo no la alcanzaba a ver porque, entre ambos, se interponía el libro que estaba leyendo. Me asomé a mirarla por un lado del libro y ella giró su cabecita, como hiciera un perro, para que fuera consciente de su atención. Hice lo propio por el otro lado del libro, y mi tortuga repitió de manera automática el movimiento hacia ese mismo lado. 
Disfruto mucho viéndola comer, casi tanto como disfruto viendo comer a mis hijas. Ésto evidencia que, pese a ser un reptil de sangre fría, la he aceptado plenamente como parte de la familia. Y ella lo sabe. 
Le encantan las fresas, las manzanas, los tomates, las lechugas, las judías verdes y tomar el sol, tanto como a mí los cafés con leche de soja y miel.
Lo peor, o lo mejor, que tiene mi tortuga es que no es muy habladora, pero para mí, que soy muy optimista, ésta singularidad me ofrece la posibilidad de establecer diálogos imposibles que nadie más que ella entendería.
Para mi próxima vida ya sé lo que quiero ser.

jueves, 20 de abril de 2017

La segunda oportunidad


Aquella anodina mañana, intentando huir de mi propia realidad, agarré el coche sin saber adónde ir. Salí del trabajo evitando que nadie me viera. Creo que debía de estar harto de las preguntas de todos, de las lamentaciones de todos, de los consejos de todos. Por eso evité que me vieran al salir.
Los edificios, el trasiego de la gente, el claxon de los vehículos, el hediondo olor a contaminación que lo inundaba todo, tiraban de mí como una fuerza centrífuga que me alejaba de la ciudad y me acercaban, de manera terapéutica, hacia la naturaleza.
En mi huida, atravesé cultivos de almendros en flor, eriales amarillentos entre los que destacaba el rojo pasión de las amapolas, terrenos arenosos y pobres por los que pastaban unas cabras tan exiguas como mi futuro, y monte bajo con tomillos, espartos, espinos negros y palmitos, hasta que llegué a las ruinas de aquel pueblo perdido en el que, evidentemente, no había un alma. 
De manera inconsciente, los kilómetros se habían sucedido atropellándose unos a otros, como hacen los minutos con las horas, y las horas con los días, y los días con los años, y los años habían hecho con mi vida. Como a menudo acontecen los desastres humanos, y las guerras, y las enfermedades y las sinrazones. Pensaba en todo eso mientras conducía. Pensé, también, en la sinrazón de mi propia existencia. En el enorme significado de mi insignificancia. Pensé en el fin como opción, como oportunidad, como una salida de aquel túnel en el que, en los últimos meses, se había convertido todo.
Una deforme aglomeración de argamasa y piedras, con tejados hundidos, con vigas de madera despuntando de entre las ruinas, como las costillas de un cadáver a medio devorar por las fieras, era todo lo que quedaba de lo que debió de ser, en su día, algún pueblo. Entre los derrumbes se adivinaban varias calles, o lo que en su momento pudieron ser las calles, o las venas, de aquella diminuta población en la que ahora tan sólo habitan sus fantasmas.  
Tal vez por eso estaba yo allí. Un fantasma entre los fantasmas. Un cadáver viviente en busca de su propio fantasma. Deambulé entre aquella insólita desolación que no era otra cosa que el reflejo de mi propia autodestrucción. Arrastraba los pies arrastrando de mi propia historia y de mi inesperado infortunio. Un par de cuervos saltaron graznando, de manera enfurecida, como si hubiese violado su espacio sagrado, y se adentraron volando entre el marco de una vieja puerta, cuyas maderas, aunque carcomidas, aún se mantenían milagrosamente en pie.
Y por ahí me adentré, tras la estela de aquellos córvidos de mal agüero, con el afán de encontrar el motivo de aquel inesperado viaje hacia ninguna parte.
Tras traspasar el umbral de aquella enigmática ruina, encontré una vieja y destartalada cuna. Una cuna en la que, incomprensiblemente, yacía una mugrienta muñeca de trapo compartiendo lecho con un nido con varios pollos negros, los cuales, al verme, estiraron sus cuellos y abrieron sus picos exigiéndome su codiciado alimento. 
Y tal vez fue eso lo que me hizo abandonar las sombrías intenciones que me habían arrastrado hasta allí, y recordar que era padre de una hija. Una hija que, a buen seguro, estaría esperando de mí lo mismo que esos polluelos esperaban de sus progenitores, a los que yo tanto había incordiado con lo absurdo de mi visita. 
Estuve un rato, ensimismado, mirando esos pájaros. Esos pollos hambrientos abrían unos picos enormes, para el diminuto tamaño de sus cuerpos, dejando ver con claridad unas cavidades en forma de embudo que desembocaban en sus pequeños estómagos, que a su vez conducían a sus entrañas, a sus vísceras, y a sus intestinos.
Esos pollos, gritando de manera tan ensordecedora, me habían hecho recordar que yo también era padre, marido, hermano, hijo, compañero, persona, y que no debía dejarme caer sin pelear hasta que mi boca exhalara su último aliento.
Con lágrimas en los ojos, salí de aquel escombro polvoriento intentado que  mi existencia recobrara su sentido. Al atravesar la puerta, justo en el instante en el que mi conciencia se volvía a reencarnar en mi propia piel, los cuervos entraron volando por la puerta a cumplir con lo que la naturaleza y su prole les exigía. En mi mano, la muñeca de trapo se vino para revivir. Tanto ella como yo merecíamos de una segunda oportunidad.

domingo, 16 de abril de 2017

La crucifixión del hígado


Ayer, de refilón, escuché en las noticias que un filipino, con motivo de la celebración de la Semana Santa, se ha crucificado en treinta y dos ocasiones. Yo tengo un vecino que se crucifica todas las noches en el bar de la esquina antes de llegar a su casa. La cuestión es crucificarnos sea por lo que sea. Lo del filipino es tan excesivo, o más, que lo de mi vecino. Pensándolo bien, la mano del filipino no podría soportar el cubata de mi vecino ya que éste se le caería por el agujero, que imagino como el de un donuts. Por el contrario, no creo que a mi vecino le vaya a dar por subirse al madero. A él nunca le fue mucho eso de la carpintería. De hecho, una vez que él andaba de viaje, su mujer vino a buscarme para que le apretara unos tornillos, y yo, muy gustosamente, le hice todos los arreglos que él le estaba negando, desde hacía algún tiempo, a su desatendida señora. 
Pero a lo que iba, que se me va el santo al cielo; no es por desmerecer a nadie, pero esto de las religiones tiene su miga. La religión de mi vecino, por poner un ejemplo cercano, requiere menos de fe y más de billetera. Por mucha fe que él tenga, los cubatas se los cobran a seis pavos. La fe, para mi vecino, es un hospital de Valencia; por el contrario, para el filipino es lo que le lleva de manera reiterada a la crucifixión. En la Seguridad Social española andan para crucificarse por razones de tesorería, o sea, están como mi vecino cada final de mes: no le queda pasta y debe dinero en el bar. Según parece, la cosa se les está yendo de las manos. Tal vez, también hayamos crucificado a la Seguridad Social, demasiadas veces, y se les haya ido toda la liquidez por los agujeros, como le pasaría al filipino con los cubatas de mi paisano. Si mi vecino supiera lo mal que están las cosas por la Seguridad Social, a buen seguro llevaría más cuidado con su hígado. Este hombre debería de saber que por muchas veces que se mande crucificar el enfervorecido asiático, o por mucha fe que se tenga, hígado no hay más que uno.
¡Uf! qué lío...Creo que no me he explicado demasiado bien. Espero que ustedes, piadosamente, no me crucifiquen por mi exceso de sátira y mi falta de elocuencia. 

viernes, 14 de abril de 2017

Apuntes inconexos del natural


El próximo viernes día 21, en Madrid, me espera un gran reto. Los retos siempre andan al acecho; para ellos siempre fui presa fácil. Kazajistán se atisba en el horizonte. Tareas: estudiar todo lo relativo a Kazajistán. Llevo a medio leer el último libro de Murakami. Acabo de terminar uno de Eduardo Halfon. Ayer fotografié un hormiguero y disfruté como un enano durante la maniobra. Un cuco me acosa desde hace varios días con su cansino cu-cu, cu-cu, no sé qué es lo que quiere de mí. Mi tortuga se está recuperando muy bien del juguetón ataque del perro de mi hija Yolanda. El perro de mi hija se llama Torso, un nombre muy escultórico para un can. Yolanda se llama así por la mítica canción del cubano Pablo Milanés. En las notas de mi Iphone leo: "Avanzamos por descartes". Tempus abire tibi est. ¿Para qué me apuntaría ésta frase en latín? Lago Blend, en Eslovenia, lugar ideal para unas buenas y tranquilas vacaciones. Rematar el relato de La llave de Sarajevo. (Hecho). El mapa de las tortugas. (En construcción) Psicoinmunología. (Ver) El lunes terminar presentación en marketing a primerísima hora. Ya he estrenado la temporada de baños en mi piscina. Mi amigo Carlos Pardo que, entre cuadro y cuadro, anda enfrascado arreglando un viejo piano, me ha dicho: "Qué daría yo porque mi piel acabara en la maquinaria de las teclas centrales de un piano romántico". Esto me ha causado una gran alegría, Carlos me ha demostrado que el romanticismo aún no ha muerto. Ana María sigue igual de incansable que cuando nació y yo algo más cansado. Hablando de todo un poco, ya peso seis kilos menos.

jueves, 13 de abril de 2017

La llamada de la naturaleza


Eran otros tiempos. Luchábamos a capa y espada por el medio ambiente. Mucha gente nos miraba raro, otros nos tildaban de iluminados, y otros sencillamente de rojos comunistas. Pese a ello, yo lideraba un grupo -alguien lo tenía que hacer- de intrépidos jóvenes decididos a darlo todo a cambio de nada. Estudiábamos a la naturaleza como un medio para entendernos a nosotros mismos. Tal vez con el afán de encontrarle un fin a nuestra insignificante existencia en un mundo cambiante y convulso en plena transición democrática. Entregarnos a los demás a través de la defensa de la naturaleza fue nuestro camino por el que salir adelante.
Campañas de concienciación ciudadana. Apoyo a colectivos afectados. Denuncias contra empresas, furtivos, instituciones, o contra cualquier hijo de vecino que se atreviera a contravenir las normas de protección medioambiental. Campañas de repoblación forestal, estudios de campo de especies amenazadas de extinción, actividades de educación ambiental en centros escolares, creación de una granja escuela, y una interminable lista de acciones, eran nuestro espacio de actuación y nuestra vía de desarrollo.
Acción Verde se llamaba nuestro grupo, un grupo que acabó fusionando sus fuerzas en lo que después sería Ecologistas en Acción en aquella histórica reunión celebrada en la Torre Alfonsina del Castillo de Lorca (Murcia).
Años preciosos entregados a la lucha conservacionista. Años que ahora vuelven a resurgir cada vez que deposito mi basura en los contenedores de reciclaje, reduzco mi consumo energético, rechazo una simple bolsa de plástico, planto mis bellotas cada temporada para regalar después los arbolitos o plantarlos en el monte, disfruto de la naturaleza de manera responsable, compro en el mercado tradicional productos procedentes de la agricultura ecológica, y oriento mi voto hacia los partidos que presentan un programa electoral más progresista y arriesgado a nivel conservacionista.
Por avatares de la vida, de nuevo siento como un ligero murmullo que me acecha: la llamada de la naturaleza. Seguro que tiene mucho que aportarme y yo aún mucho que decirle. Siempre fuimos tal para cual.

martes, 11 de abril de 2017

Saturno


El padre, nuestros padres, tienen la sombra alargada como un ciprés. Su ejemplo, su figura, su temperamento, su afectividad, para bien o para mal, nos condiciona durante toda la vida. A nuestro padre, nuestro abuelo, y nosotros a nuestros hijos. La cadena se transmite mediante una especie de corriente eléctrica que lo condiciona todo. Un ejemplo erosivo, sigiloso, a la par que excesivamente contagioso. El padre ausente, ocupado, desvirtuado y alejado de su condición, que aparece únicamente cuando le viene en gana, se requiere de su autoridad, o más bien de su autoritarismo. 
El padre banco, el padre dictador, el padre amenaza, el padre impertérrito, el padre todopoderoso, justiciero, y casi eterno. Sólo casi.
Saturno se comió a sus propios hijos. Y al igual que Goya, que a través de sus cuadros dejó buena cuenta de ello, el escritor Guatemalteco Eduardo Halfon, en su novela Saturno, nos habla de un padre así, un padre como el mío, o como el suyo, o como yo mismo, que también soy padre ausente y penitente y no llevo camino de mejorar.
Es cierto que ejercer de padre es de las cosa más complicadas a las que nos enfrentamos en la vida, y tal vez por ello, o quién sabe si por cualquier otro motivo inconfesable, incluso teniendo hijos, en ocasiones, renunciamos a ello.
Y, al final, por mucho que queramos aparentar, todo padre no deja de ser un gigante con los pies de barro. 
Emotiva y preciosa novela corta ésta que hoy les recomiendo.

sábado, 8 de abril de 2017

Crema de chirivías con peras


Ideal para torpes en la cocina y gente poco amante de las cremas de verduras. Ésta crema conquistará a tus comensales por su sabor dulzón y por su increíble olor. La consistencia la elige cada quién en función de sus gustos. Si les gusta más espesa, añadiremos menos agua de la cocción, y si, por el contrario, les gusta más líquida, añadiremos más agua.

Ingredientes para cocinar este sencillo manjar:
(2 personas)

- 4 Chirivías
- 4 Peras
- Aceite de Oliva
- Sal

Coste: 

Menos imposible.

Preparación:

Se pelan las peras y las chirivías y se ponen a cocer en abundante agua.
Una vez cocidas, las ponemos en el vaso de la Turmix, le agregamos un chorrito de aceite de oliva y sal al gusto y vamos añadiendo el agua de la cocción hasta conseguir la consistencia que nos apetezca.
Salud y sabor al máximo nivel y con el mínimo esfuerzo.
¿Ustedes gustan?

miércoles, 5 de abril de 2017

De Girona a Sarajevo


Lo que les pretendo contar hoy es una historia que se remonta a más de cinco siglos atrás. Cinco siglos cargados de guerras e injusticias, como si el tiempo tan sólo de dignara a brindarnos dolor, contradicciones y olvidos, pero, antes de nada, quiero que sepan que soy plenamente consciente de las grandes limitaciones que tengo para enfrentarme a este reto al que, de manera voluntaria, me presento.
El comienzo de ésta historia se remontaría al Edicto de Granada promulgado por los Reyes Católicos el 31 de marzo de 1492, en el que se ordenaba la expulsión de los judíos, aunque, en lo que a mí respecta, la máquina del tiempo tan sólo comenzó a moverse unos pocos años atrás.
La necesidad de aumentar nuestras exportaciones me llevó hasta Bosnia, más concretamente hasta su capital, Sarajevo, encrucijada de la historia reciente de Europa, plagada de iglesias ortodoxas y minaretes musulmanes, donde la convivencia se percibe con una tensión que nunca cesa, en una especie de tolerancia intolerable, como una herida mal curada que aún sutura, en un ambiente apaciblemente enrarecido. Tal vez por todo ello, Sarajevo no deja indiferente a nadie, y mucho menos a mí.
Pese a su evidente complejidad, allí me planté con mi inseparable Artur, traductor y amigo, mi Pepito Grillo, para intentar cambiar mi destino, o, al menos, intentar sumar un mercado más en mi ansiosa lucha por la supervivencia.
Entramos a Sarajevo por la conocida como Avenida de los Francotiradores -su nombre real es Mese Selimovica- flanqueada por edificios de la antigua época comunista, en los que se encaramaron los serbios contrarios a la recién proclamada Bosnia-Herzegovina con la intención de truncar sus deseos de independencia, favorecer a los defensores de la Gran Serbia, y matar a toda persona que por allí transitara.
De todo esto hablábamos Artur y yo, en pleno casco antiguo de Sarajevo -que se conoce con el nombre de Bascarsija- tomándonos una boza, una bebida típica realizada mediante la fermentación del mijo o el trigo, a la que añaden azúcar, canela y jengibre al gusto, y que sirven bien fresquita con un ramita de menta. Ni les cuento de los dulces... Unos dulces que relacioné con la repostería árabe, pero que rápidamente un joven, que estaba sentado frente a nosotros escuchándonos, no tardó en corregirme: no son árabes, son judíos -me dijo en una especie de idioma que yo alcanzaba a comprender a duras penas -este local es de unos judíos amigos míos -matizó.
El chico hablaba y yo intuía lo que decía, aunque, en realidad, gracias a Artur -que domina siete idiomas- pudimos acabar de comprender toda la historia que ese joven tan misterioso estaba deseoso de contarnos en un idioma tan antiguo como nuestra propia historia. El hecho de que dominara también el inglés nos lo puso todo más fácil.
El joven, que dijo llamarse Etgar, era de origen sefardí. Nos comentó que su sueño era regresar a la Girona de sus ancestros, pisar sus calles, y sus plazas, respirar su aire aunque fuera una sola vez en su vida. Etgar se ofreció muy amablemente a acompañarnos a la gran sinagoga Ashkenazi, que comparten los pocos judíos ashkenazíes y sefardíes que aún viven en Sarajevo, y durante el trayecto nos fue contando su historia.
Nosotros, por nuestra parte, le explicamos a Etgar los motivos que nos habían traído hasta Sarajevo, que no eran otros que los de intentar vender cosméticos, a lo que él replicó que tenía un amigo que tal vez pudiera estar interesado en nuestros productos; por tal motivo le regalamos una de mis tarjetas y ahí quedó la cosa. Proseguimos el paseo por la capital de Bosnia y nos paramos a contemplar una partida de ajedrez gigante en un jardín. Al parecer, según nos contó Etgar, ese tipo de partidas son una costumbre muy arraigada en Sarajevo, y, en no pocas ocasiones, son seguidas muy animosamente por multitud de espectadores. Posteriormente, el joven nos llevó hasta el Museo Nacional para invitarnos a contemplar el famoso Haggadah de Pesaj, un libro sagrado que narra secuencias del éxodo del pueblo judío. Un libro precioso con dibujos decorados con láminas de cobre y oro, y que, según nos contó Etgar, fue un antecesor suyo quien lo logró sacar de Barcelona hacia Perpiñán, y de ahí prosiguió viaje rumbo a Italia, hasta recalar por fin en Sarajevo.
Después de la visita al museo, fuimos a comer al restaurante Buregdzinica Sac en el que, según nos dijeron, se come el mejor burek de todo Sarajevo, y la verdad sea dicha, aquella especie de empanada estaba deliciosa. Etgar, en todo momento, se mostró muy interesado por conocer más cosas sobre la delicada situación por la que atraviesa Cataluña y, sobre todo, por conocer algo más de la ciudad de Girona. De pequeño -nos contó- siempre soñaba que viajaba a Girona, pero ese sueño siempre acababa en un gran incendio. A veces eran grandes piras de libros ardiendo. En otras, alguien le arrebataba unos libros de las manos y los quemaba en una gran hoguera. Esas pesadillas me persiguieron como un mantra durante años -nos explicó Etgar.
Después de tan inesperado encuentro, los días posteriores estuvieron cargados de trabajo y no tuvimos oportunidad de hacer más turismo ni de volver a encontrarnos con el misterioso joven.
Habrían pasado ya varios meses, cuando recibí un correo electrónico de un tal ebenevist que se había alojado en mi buzón de no deseados. Al abrirlo, pude comprobar como el correo lo remitía Etgar Benevist, el cual resultó ser el joven que Artur y yo conocimos durante el pasado viaje a Bosnia.
En su correo me hacía referencia a que, en el próximo mes, visitaría Girona y me pedía una serie de consejos prácticos relativos a transportes públicos, alojamientos económicos, y seguridad. Sin demorarme demasiado, recabé toda la información que el joven me requería y le respondí, dejando la puerta abierta a pedirme un par de días libres para encontrarme con él en Girona. A lo que él, a vuelta de correo, me respondió que era la mejor noticia que le podían haber dado, y que tenía el firme convencimiento de que todo eso no era tan sólo fruto de la casualidad. En ese viaje a Girona, algo importante nos espera, amigo -aseguró.
En otro correo posterior, en el que concretábamos vernos en el hotel Carlemany, para posteriormente desplazarnos a pie hacia la judería, me aseguró que su español había mejorado mucho gracias a un curso intensivo que había tomado en el Centro de Estudios Hispánicos de la capital bosniaca.
Durante los días en los que esperaba la llegada de Etgar, estudié todo lo relativo a la expulsión de los judíos de España y especialmente de la ciudad de Girona, sobre lo que tengo que reconocer que no sabía absolutamente nada. Sin embargo, tras dedicar unas cuantas horas a investigar por Google, mi interés por el tema se había disparado.
El día de autos, a la hora acordada, nos encontramos en la cafetería del hotel. Él traía, como presente, unos dulces como los que comí junto a Artur en Sarajevo. Tras los protocolarios saludos, y comprobar que, efectivamente, su español se había hecho mucho más comprensible que el ladino con el que nos habló en nuestro primer encuentro, decidimos emprender camino hacia la judería. En principio, su objetivo era pasar un día en Girona, viajar posteriormente a Barcelona, para visitar el legado de Gaudí, y de ahí viajar a Madrid para visitar el Museo Reina Sofía, ya que me contó de su enorme ilusión por ponerse delante del Guernica y de su pasión por la obra del universal artista malagueño Pablo Picasso.
Nada más llegar al laberinto que conforman las calles empedradas del Call de Girona, los ojos de Etgar se llenaron de lágrimas. Su llanto era mudo, sin un suspiro, sin ningún lamento. Sus lágrimas manaban sin control como una fina lluvia que brotara desde lo más profundo de su ser. Yo caminaba a su lado, sin saber muy bien qué papel asumir ante tan delicada situación, por lo que decidí continuar en silencio sin interrumpir el caudal por el que se estaban precipitando sus emociones. Esas callejuelas, impregnadas de humedad y misterio, sin duda, tenían algo de mágicas. 
En un momento dado, Etgar metió la mano al bolsillo de su chaqueta y sacó una llave. Mira, Pepe -me dijo- ésta es la llave de la casa de mis ancestros, lleva siglos en nuestra familia pasando de padres a hijos. Siempre soñé que algún día encontraría esa casa y aquí estoy, por fin, para intentarlo. Ni que decir tiene que, al contemplar esa antigua llave, sentí cómo un escalofrío recorría todo mi cuerpo. Durante el trayecto, entre callejuelas sombrías y escaleras empinadas, majestuosas casas de piedra adornadas con arcos y columnas, y preciosos jardines interiores con hiedras trepadoras, Etgar escrutaba minuciosamente todas las puertas, muy especialmente sus cerraduras. Descartaba las puertas modernas y tan sólo reparaba en aquellas de apariencia antigua. Lo sentí excitado en un par de ocasiones, en los que las puertas, pese a contar con una nueva cerradura,  conservaban aún la antigua. Pero en ninguno de los casos su llave se ceñía a las proporciones de esos cerrojos. Calle tras calle, callejón tras callejón, escalera arriba y escalera abajo, el barrio judío habría cambiado tanto en los últimos quinientos años que era casi una quimera pensar en la remota posibilidad de que pudiéramos hallar la casa de sus ancestros.
Junto a una terraza, en la que paramos para tomar un café y replantear la situación, vimos una librería judía. Tras un breve descanso, durante el que Etgar se prodigó poco en palabras, decidimos visitarla. En la librería nos recibió un señor con barba y kipá. Etgar volvió a utilizar ese extraño idioma con el que nos sorprendió en aquella cafetería de Sarajevo, y el librero le respondió con total normalidad. Yo permanecía expectante tratando de seguir la conversación, de la que únicamente podía entender palabras sueltas. Me recordaban al idioma en el que está escrito El Cantar de Mio Cid, o el Quijote, y que tanto me atraían de pequeño. Mientras ellos charlaban amistosamente, yo me puse a hojear varios libros escritos en hebreo, de los que me sorprendieron sus magníficas ilustraciones. A mi alrededor, habían varios jóvenes judíos que lucían la bandera de Israel en una acreditación que colgaba de sus cuellos, a los que Etgar también saludo de manera afectuosa.
Después de aquel emotivo encuentro, Etgar y yo salimos de la librería. En la cara del joven vi algo distinto. Sus ojos habían adquirido un brillo especial después de aquella amistosa conversación con el librero. Vamos a ver una tienda de antigüedades que hay a la vuelta de la esquina -me dijo- según Amos, el librero, aunque parezca mentira, en ella aún podríamos encontrar objetos y enseres originales de aquella época.
Durante el corto trayecto, sentí a Etgar más relajado, de hecho, la conversación versó sobre su viaje en tren hasta Barcelona, su posterior traslado a Madrid, y, si le quedaba tiempo y dinero, tal vez podría incluir un viaje a Toledo, de la que algunos conocidos suyos de Sarajevo procedían.
Al llegar a la tienda el semblante de Etgar cambió radicalmente. Era una de esas típicas tiendas de antigüedades en las que todo está amontonado en una especie de orden caótico, en el que con independencia de su origen, época o estilo, todo convive en un desacierto expositivo pero que tanto gusta a los amantes de las antigüedades y de la estética vintage. 
La tienda la regentaba una mujer que desafiaba con suma elegancia a la jubilación. Una mujer enjuta y menuda, con el pelo cano recogido en un moño, y dueña de una mirada tan penetrante que sería capaz de hacernos la prueba del ADN de un simple vistazo. Daba la sensación de que aquella señora fuera la guardiana de algún secreto, un secreto que bien podría esconder entre ese sinfín de cachivaches dominado por el polvo y la penumbra.
-Buenos días: en qué les podría ayudar -nos saludo con una voz tan profunda como los confines del universo. Buscamos objetos originales del barrio judío de la ciudad -le expliqué. Pues para ser sincera, les diré que lo que me queda de esa época es nada. Todo lo que había se lo han ido llevando, durante las últimas décadas, judíos llegados de los cinco continentes. Ésta menorá y ésta torá de aquí -dijo señalando a una vitrina- son reproducciones de mucha calidad pero no dejan de ser copias como las que se pueden encontrar en miles de lugares turísticos con un pasado de presencia hebrea y destinados a ser vendidos como souvenirs, aunque no dudo que habrá desaprensivos que los vendan como buenos -nos explicó. ¿Entonces no tiene absolutamente nada original del viejo barrio judío? Mi amigo Etgar ha venido expresamente desde Sarajevo con la ilusión de encontrar algo de aquella época -le expliqué a la buena señora. Ella, haciendo una revisión mental de todo ese infinito catálogo de despojos que representaba su modo de vida, nos regaló una mirada complaciente y nos dijo: en un patio interior, que tenemos como trastero, mi padre guardaba tejas, rejas, ventanas y unas puertas que, según nos explicó en más de una ocasión, provenían de unos derribos del siglo pasado. Él contaba que esas casas aún eran auténticamente judías, y que, tras la expulsión, habían pasado a manos de allegados a la iglesia. Sí quieren le podemos echar un vistazo, hace tiempo que no entro a ese patio...Ese patio, no sé muy bien el motivo, siempre me ha sido ajeno, como un apéndice que no me perteneciera. De hecho, creo que tras la muerte de mi padre no habré entrado ahí más de dos o tres veces. 
En contra de lo que imaginaba, al abrir una puerta de madera que bien podría contar con un par de siglos en sus tableros, nos quedamos asombrados al descubrir que una luz multicolor inundaba toda la estancia. Al mirar hacia arriba pude contemplar una claraboya espectacular que bien podría valer, por sí misma, más que todo el contenido de aquella decrépita tienda. El dibujo de sus cristales representaba un árbol. Es el Árbol de la Vida -dijo Edgar. Nadie sabe quién lo puso ahí -explico la señora- mi abuelo ya contaba historias sobre esa claraboya y ese árbol sagrado. Este edificio es tan viejo como la famosa casa de Lleó Avinay.
Creo que le tengo manía a este patio desde que de niña me quedé encerrada toda una noche aquí adentro, una noche de la que se me quedó grabada una pesadilla que me ha perseguido durante años -explicó la señora. ¿De un incendio? -preguntó Etgar, visiblemente alterado. Así es, joven ¿cómo lo ha sabido?. Los tres nos miramos como si hubiéramos escuchado algo inaudito, como si hubiéramos descubierto algo que no sabíamos muy bien cómo encajar en toda ésta historia.
En ese patio, en contra de lo que imaginábamos, habían muy pocas cosas: un gran montón de tejas, muy bien apiladas, por cierto, un par de rejas de hierro forjado, y un grupo de tres o cuatro puertas viejas apoyadas contra la pared. Ésto es todo lo que tengo -dijo la dueña, apesadumbrada. Ya quisiera yo tener más cosas de esa época...
Etgar, sacando la llave de su bolsillo, se acercó a la puerta como si lo hiciera en otra dimensión, como si la dueña de la tienda y yo hubiésemos desaparecido por completo de su campo de visión. La señora, que no sabía nada de esa llave, se quedó perpleja al comprobar cómo Etgar intentaba introducirla por la cerradura, pero en esa primera puerta la llave no encajaba, de hecho ni tan siquiera la alcanzó a introducir. Al parecer, era ligeramente más grande que la cerradura. 
-¿Qué hace ese joven? -me preguntó la señora, en voz baja, visiblemente sorprendida. Es la llave de la casa de sus ancestros; sus antepasados, tras la expulsión, salieron de Girona hasta recabar definitivamente en Sarajevo -le expliqué. 
Mientras conversábamos, Etgar ya había descartado una segunda puerta, y se disponía a probar con la tercera y última de esa pila de puertas, pero, para su desgracia, el resultado fue el mismo que con las dos anteriores. La cara de Etgar era todo un poema. Con los ojos repletos de lágrimas y la voz quebrada por la desesperación alcanzó a decirnos: la puerta no está aquí. A lo que la señora, haciendo una mueca facial como si acabara de recordar algo importante, dijo: creo recordar que debajo de esas tres puertas, en el suelo, había un trozo de una puerta que estaba casi totalmente quemada, pero que mantenía indemne la zona de la cerradura.
Entre Etgar y yo apartamos las tres puertas, y, efectivamente, ese trozo literalmente abrasado de lo que algún día fuera una puerta estaba en el suelo justo en el lugar en el que la señora lo recordaba. Siempre me he preguntado el motivo por el cuál ni mi abuelo, ni mi padre, ni yo misma, en todos estos años que regento el negocio, habríamos tomado la decisión de tirar a la basura algo tan inútil y tan invendible -comentó la señora cargada de razones. Una cosa es ser anticuario y otra bien distinta es padecer el Síndrome de Diógenes... -nos explicó, regalándonos una balsámica sonrisa.
Entre tanto, Etgar había agarrado ese trozo de puerta, tiznándose ambas manos, y lo había depositado en el centro del patio justo en donde la luz proyectaba un precioso tono rojizo. Ante nuestra expectación y, tras fallar en un primer intento, esa vieja llave consiguió accionar aquellos oxidados mecanismos de los que se separara hacía más de quinientos años. Etgar, alzó sus brazos hacia aquella mágica claraboya y gritó algo en ladino, algo que, más allá de su significado, sentimos como un grito desgarrador, un grito al que, a buen seguro, se sumaron las almas de todos sus ancestros mancillados, humillados, y expulsados de la que, hasta ese momento, era su tierra, una tierra que les pertenecía tanto como nos pertenecía a nosotros, y de la que nunca, nunca se olvidaron. 
Tras ese grito, que hizo temblar hasta los cimientos de aquella casa centenaria, Etgar se dejó caer sobre aquella puerta mutilada, sobre aquella puerta abrasada por el odio y la injusticia. Y lloró. Lloró como lloraron sus antepasados huyendo de sus tierras, y de sus propiedades, y las que siempre soñaron regresar. 
La señora y yo, agarrándonos de la mano, decidimos salir de aquel patio. Ese momento únicamente le pertenecía a Etgar. La imagen de ese hombre desolado, llorando quedamente abrazado a ese pedazo de madera carbonizada, sobre aquel suelo de piedra tapizado de luz multicolor, por mucho tiempo que pase, creo nunca se borrara de mi mente.
Lo que aún no tengo muy claro es cómo le voy a contar todo esto a Artur. Lo mismo pensará que le estoy contando otra de mis historias.

domingo, 26 de marzo de 2017

Soy gilipollas


Como bien explica Elvira Lindo, en su magistral artículo en el diario El País del día veinticuatro de Marzo, que lleva por título: Buenistas Sin Fronteras, yo, como unos cuantos ilusos más, soy un gilipollas, un buenista que se abraza a los árboles y que aún cree en la bondad de las personas. De hecho, yo diría más, de nos ser el buenista que soy sería un reaccionista militarizado al más puro estilo ramboide, me vestiría de camuflaje, me pintaría con mierda la cara y me tiraría al monte para hacerlo todo polvo como hicieron los bandoleros o los maquis en su tiempo.
Pero no, yo soy simplemente un buenista "abrazaárboles" y como gilipollas innato que soy, recojo la mierda que otros tiran, planto los árboles que otros queman, y pierdo mi tiempo de gilipollas perdido reciclando basura o yendo a denunciar a cazadores furtivos en lugar de estar en las terrazas de moda luciendo palmito y tomando gin-tonic cargados de semillas exóticas.
Dicen por ahí, que los "abrazaárboles", son una lacra más de la sociedad, un tumor, un virus, algo que urge extirpar antes de que puedan seguir agilipollando al resto de consumidores, porque los "abrazaárboles" se supone que están en contra del progreso y del consumo, pretenden que regresemos a las cavernas y, de paso, convertir a la sociedad en una especie de comuna de ocupas perrofláuticos, o quién sabe si en algo peor.
Los que siempre hacen las cosas bien, alegan que los buenistas son gente utópica que piensa que otro mundo es posible, un mundo en el que, según ellos, podríamos caber todos, comer todos, disfrutar todos de una sanidad y una educación pública de calidad, y no sólo unos pocos ricos de color blanco. El buenista piensa que el hombre y la mujer, con sus diferencias, deben ser iguales ante la ley y ante la sociedad. El buenista no entiende de diferencias por cuestiones de género, ni de supremacías raciales, ni de religiones, ni de pasaportes, ni de muros. Esos lunáticos dicen entender exclusivamente de personas y de respeto. 
Como podrán apreciar ustedes mismos, los buenistas son gente rara a la que hay que enmendar la plana y dejarlos por los que son:¡Gilipollas!
Pues qué quieren que les diga: aquí el que les escribe es un auténtico gilipollas. Un gilipollas de libro.

jueves, 23 de marzo de 2017

Piscis


Quién sabe si acuciado por mi infortunio, o simplemente por haberme pasado de la raya con los antidepresivos, aquella mañana plomiza de primavera, en la que el invierno se resistía a marcharse, decidí arrojarme nuevamente a los salvadores brazos del horóscopo. Hacia décadas que no leía el horóscopo, casi lo mismo que no leía el Marca, o el As, o que no tomaba psicotrópicos, pero debido a la gravedad de la situación por la que atravesaba, en los últimos meses, la astrología se había convertido para mí en una especie de tabla de salvación.
Para su información les diré que soy piscis. Sí, piscis, piensen lo que quieran, pero soy piscis. De hecho, los peces siempre fueron mi devoción, y de los peces de acuario tropicales pase al pescado, y del pescado al marisco, y del marisco al sushi. De hecho, creo que mi pasión por el sushi viene dada por mi condición de piscis con inclinación a acuario.
Siempre agua. Si se dan cuenta, toda mi existencia gira en torno al agua. 
En el momento que, a continuación, les paso a describir, sentía mucha sed, ya que la noche anterior me había pasado con el jamón. Entré a la cafetería Acuario, situada en la calle Mar de Cristal, del barrio de Entremares, y pedí un agua de Vichy a un camarero con ojos de pescado fresco. El agua de Vichy siempre me produce flatulencias pero me viene muy bien para prevenir la astenia primaveral, los devastadores efectos del jamón serrano de a seis euros el kilo y para los uñeros. 
El agua me la sirvió el encargado, el cual lucía una cara, un tanto picassiana, que me recordó a la de tiburón mellado con estreñimiento.
Alguien entró al establecimiento comentando que había comenzado a llover. El señor que leía la prensa a mi lado pagó su carajillo de ron y se marchó, momento que aproveché para abalanzarme sobre el periódico justo un segundo antes de que otro candidato, que se acercaba sigiloso con las mismas intenciones, lo enganchara.
El efecto de la lluvia hizo que la cafetería Acuario se llenara. Una señora septuagenaria se jugaba los pelos en las tragaperras. Dos mastodontes con paperas discutían a grito pelado sobre el próximo enfrentamiento del Barsa y el Madrid. Una pareja de novios se metía mano, como si no hubiese un mañana, mientras yo sentía la arrebatadora necesidad de leer el horóscopo.
Y allí, al lado de la página de anuncios por palabras en la que nada más que ofrecían sexo y masajes con final feliz a cambio de un puñado de euros, estaba el horóscopo. Busqué piscis. No me interesaba en lo absoluto lo que le pudieran vaticinar a los leos, capricornios, o al resto de los signos del zodiaco.
Antes de leerlo apuré la Vichy, a la par que un alcohólico que había a mi lado apuraba su copa de Ponche Caballero, y con gusto les paso a compartir lo que allí ponía: "Hoy será un día para olvidar. No salgas. No viajes. No emprendas. No apuestes. No tomes decisiones. Los astros no están contigo. Hoy no será tu día"
Así que, aterrado, pegué media vuelta, fui corriendo hasta mi casa y me metí en la cama sin quitarme la ropa ni nada.
Lo peor vino después cuando me despidieron. Ciertamente no fue mi día. No sé ustedes, pero yo, cada día que pasa, creo más en esto del horóscopo. ¡Es que me lo está acertando todo!

sábado, 18 de marzo de 2017

El libro de Olga


Aquel apartamento perteneciente a la compañía Aparton situado en la calle Carlos Marx, de la ciudad de Minsk, para mi desgracia, no era nada parecido a lo que esperabamos. La entrada del edificio parecía la boca de una mina de carbón tras una semana de huelga. Ya me había pasado esto en alguna ocasión en otros países de Europa del Este. Mientras en las zonas comunitarias el edificio se cae a pedazos, tras las puertas, contra todo pronóstico, puede habitar el lujo y la ostentación. Nuestro apartamento, el número quince, olía a cañerías, los muebles se mantenían en pie de puro milagro, la ropa de cama ofrecía un catálogo completo de ácaros que haría las delicias del mismísimo Linneo y causarían la muerte de cualquier alérgico al polvo.
Calculé, a ojo, que su jacuzzi podría acoger perfectamente de entre tres a cuatro personas, aunque llegué a la conclusión de que perecerían asfixiados por el olor a retrete que emanaba de sus desagües. En el armario de mi habitación no había ninguna puerta que cerrara, ningún cajón que uno estuviera descolgado, y cada percha lucía distinta a la otra. En el mueble del salón encontré varios libros en ruso que bien podrían haberse comprado en algún rastro al peso, o ser fruto del olvido de algún huésped que hubiera abandonado a la carrera el apartamento asustado por su lamentable estado de conservación.
Hojeé con curiosidad uno de esos libros. Averigüé después que, aquel libro, lo había escrito un húngaro llamado Istvan Nemere y llevaba por título "Mercancía Peligrosa". Tras pasar varias páginas exquisitamente escritas en cirílico, para deleite de los que entienden ese idioma, reparé en una de sus ilustraciones. En la imagen aparecía un guerrillero vestido totalmente de negro en el que destacaba un cinturón blanco, un pasamontañas que le confería cierto parecido con un luchador mexicano, y un Kaláshnikov. En ese momento, me di cuenta de que, en la página contigua a la imagen, había una nota manuscrita en ruso que despertó mi curiosidad; aunque, llegados a este punto, he de reconocer que a mi curiosidad no hay que hacerle palmas para que despierte. Le tomé una foto y se la envié, por wasap, a mi amigo Artur para que me la tradujera. A los pocos minutos ya tenía en mi pantalla la traducción: "Me estoy asfixiando" firmado por una tal Olga.
Me senté en un sofá de falso terciopelo, con más manchas que el lomo de un dálmata, para seguir curioseando ese libro. En el fondo, subyacía en mí la intención de encontrar alguna otra nota, alguna otra pista que me ayudara a recabar más información sobre el motivo de la asfixia de esa misteriosa Olga. ¿Quién sería esa tal Olga y por qué sentiría esa asfixia? ¿Sería una asfixia física o emocional? ¿O sería consecuencia del ecosistema infectado de ácaros en el que Aparton había convertido ese apartamento de alquiler? ¿Por qué una joven llamada Olga, quién sabe si bielorrusa o no, posiblemente rubia ceniza, con la piel blanca casi nívea, ojos azul cielo, con toda la vida por delante, se habría de sentir de esa forma?
Mientras, sobre ese infecto sofá, daba rienda suelta a mi imaginación, un tanto adormilado por lo cansado del viaje, sonó el timbre. Me extrañó porque mis compañeros andaban a la caza y captura de souvenir y no los esperaba hasta varias horas más tarde.
Al abrir la puerta, una rubia sonriente me dijo algo que me sonó a ruso, aunque pensándolo bien, a mí todos los idiomas de esa zona me suenan igual, y no porque suenen igual sino por mi falta de oído. De todo ese jeroglífico de sonidos que me regaló esa belleza de las nieves, tan sólo creí entender la palabra Olga, aunque también podría haberse referido al Volga, el río ruso por antonomasia. Con toda naturalidad, y como si pudiera entenderme, le dije a la buena mujer que esperara un momento. Delante de aquella Diosa de Minks, que llevaba una carpeta apoyada en el costado y un bolígrafo en la mano, llamé a Artur. En este tipo de situaciones mi amigo Artur, con pasaporte polaco pero originario de la Torre de Babel, esté dónde esté, siempre me saca de apuros.
Tras darle las explicaciones pertinentes, Artur habló con la chica, que resultó ser una inspectora del gas que pretendía realizar una revisión rutinaria de la instalación. Según contó a Artur, en ese edificio, hacía unos meses, se había producido un escape de gas y tuvo que ser desalojado a la carrera.
Mientras la rubia de ensueño realizaba su inspección, le pedía a Artur que le preguntara a la chica si sabía qué le pasó a Olga. ¿Qué Olga? -me preguntó Artur. La que escribió esa nota desesperada sobre ese libro. Tal vez se asfixiaba mientras lo leía...o tal vez murió asfixiada durante ese escape de gas. No, Pepe, la gente que muere por asfixia en un escape de gas se duerme y no se entera de nada, de haber sucedido así a esa Olga no le hubiera dado tiempo a escribir esa nota, a no ser, claro está, que lo hiciera de una forma premeditada -me explicó mi fiel amigo polaco, haciendo alarde de unas dotes detectivescas que hasta ese momento no le atribuía.
Da igual, Artur, de cualquier modo, pregúntale si sabe algo sobre una tal Olga que vivió en este apartamento. Pero, Pepe, recuerda que estás en un apartamento de alquiler, no creo que tengan ninguna relación entre sí esos hechos -me explicó el polaco. Te lo ruego, le insistí, pregúntale a la rubia del gas  si sabe algo más sobre esa Olga, tengo el presentimiento de que sabe algo. Lo leo en sus ojos.
De nuevo, le pasé el teléfono a la chica. Ella me regaló otra sonrisa de anuncio y escuchó con atención la explicación de mi colega, mientras me miraba, no sin cierto escepticismo. Ellos hablaban en ruso y yo esperaba impaciente las deliberaciones de aquel improvisado interrogatorio. 
Lo que te decía, Pepe, debe ser pura coincidencia; como en España María o Carmen, aquí en Bielorrusia la mayoría de las mujeres se llaman Olga. Sin embargo, pese a ello, algo me decía que esa mujer sabía algo más...Por favor, Artur, insíste, dile que sabes que nos está mintiendo. Dile que soy psicólogo forense y que sé que nos está ocultando algo -le insistí a mi amigo Artur, que tiene más paciencia conmigo que el santo Job. 
Ellos hablaron de nuevo, pero esta vez de una forma bastante más acalorada que la vez anterior. Olga, la inspectora de la compañía del gas, se puso más roja que un noruego en Cancún. Sus venas se hincharon como el cuello de un cantaor de flamenco en la final del Festival del Cante de las Minas de La Unión. Y, tras una fuerte discusión, Olga me devolvió el teléfono, me arreo un portazo en las narices, y se marchó sin dar ni las buenas tardes.
Artur, Artur, sigues ahí -dije visiblemente alterado. Sí, Pepe, aquí sigo -me respondió. Dime, Artur: ¿Te dijo quién era nuestra Olga? -le pregunté.
Sí, Pepe, al final se lo he sacado. Esa Olga formaba parte de una célula terrorista que se desplazó hasta la capital bielorrusa para atentar contra el Presidente. El grupo, que para no levantar sospechas estaba compuesto por dos parejas, estaba iniciando los preparativos de su ataque, cuando tres de ellos fueron detenidos. Olga, nuestra Olga, al enterarse de la detención de sus compañeros decidió suicidarse abriendo el gas de la cocina, no sin antes, haber colocado en la puerta una bomba que tendría que haber explotado a la llegada de la policía.
¿Y no llegó a explotar? -le pregunté a Artur. Evidentemente, Pepe, de haber explotado no hubiera quedado nada de ese edificio en el que ahora te alojas.
Aunque nunca me llevo nada de los hoteles, ni de los apartamentos en los que me alojo, esta vez me vi ante la necesidad de hacer una excepción.