miércoles, 24 de mayo de 2017

Pinto mujeres


No, no se confundan. Yo no pinto mujeres. Quién pinta mujeres, incluso desnudas, con todo lo que eso conlleva, es la pintora kazaja Munisa Gulieva que expone estos días en el Espacio de Arte Contemporáneo Aurora de Almaty, en Kazajistán. Y digo con todo lo que eso conlleva porque para los musulmanes, o para ciertos musulmanes, reproducir la figura humana es atentar contra Dios. Munisa, pese a su religión de cuna, ha sabido distinguir entre religiosidad y adoctrinamiento. "Dios no es represor, Dios es amor. Dios, ningún Dios, quiere a una mujer reprimida y sometida, los hombres que suplantan su voz son los que manipulan a la gente y buscan someter a la mujer limitando su desarrollo y rebajando, o anulando, su protagonismo social" -me explicó Munisa durante nuestra entrevista.
Munisa Gulieva pinta mujeres como forma de reivindicar sus derechos en la sociedad, tanto en la musulmana, como en la cristiana, o como en cualquier otra. La pintora, perteneciente a la etnia uigur, sabe muy bien lo que significa ser mujer y pertenecer a una minoría étnica que sufrió la represión china. Sus abuelos llegaron a Kazajistán buscando refugio, ya que este país siempre fue tierra de acogida.
Almaty, esa gran desconocida, es una ciudad cosmopolita de casi dos millones de habitantes, en la que conviven más de cien nacionalidades distintas, y disfruta, hoy en día, de una gran diversidad religiosa y una ingente actividad cultural.
En las obras de Munisa, se aprecia una gran influencia de Matisse, pero también de Munch, o de Picasso, todo ello, claro está, reinterpretado con la frescura y la emotividad de alguien que sabe de la trascendencia de su obra. Una obra que, más allá de su valor artístico, que lo tiene y mucho, reivindica los derechos de la mujer, la igualdad, y la libertad de expresión. 
Ojalá que a esta primera exposición individual les sigan muchas más. 
Enhorabuena, Munisa.

domingo, 21 de mayo de 2017

El cazador kazajo


Ibrahim nunca había aceptado el hecho de que su abuelo hubiese muerto el día antes de su nacimiento. De su abuelo heredó el nombre y la leyenda. Él nunca había sido Ibrahim como sus amigos del colegio habían disfrutado siempre siendo simplemente Omar, o Khan, o Mustafa, él siempre había sido el nieto de Ibrahim el Cazador, el Cazador, el Cazador... repetía mil veces en su cabeza como el recuerdo imborrable de una terrible pesadilla. Toda su vida, hasta ese momento, había girado en torno a la figura de su abuelo Ibrahim, héroe nacional de Kazajistán.
Al igual que la vida de su abuelo se había reducido a la hazaña de haber conseguido abatir al Leopardo de las Nieves que supuestamente se había merendado a más de una decena de personas en las montañas de Almaty, y cuya piel acabó como el regalo de estado que cambió el destino de su país; la de él se había reducido a ser el descendiente de ese fantasma que le había convertido, a él mismo, en otro fantasma sin identidad. La identidad de su abuelo muerto, hasta ese momento, había eclipsado de manera permanente a la suya.
Intentando quitarse de encima ese peso, Ibrahim se fue a estudiar medicina a Polonia. Allí se casó  y formó una familia al margen de su historia. Una familia liberada. Una familia que luchaba, como cualquier otra, por escribir su propia historia, sin héroes, sin condecoraciones, sin pleitesías, sin alabanzas, sin condolencias, sin rememoraciones oficiales ante ostentosos desfiles militares.
Ibrahim y su esposa polaca Anna vivían apaciblemente a las orillas del Vístula, ejercían ambos la medicina en un hospital público, y disfrutaban de su único hijo al que habían puesto de nombre Federico en honor del poeta español muerto a manos del gobierno fascista del General Franco.
En Varsovia, la vida transcurría en plena reconstrucción, en una especie de analogía en la que él se liberaba de su pasado mientras Varsovia lo hacía de su desdicha. Por aquel tiempo, las ciudades y las personas de media Europa no hacían otra cosa que luchar por reconstruirse, por reencontrar el camino por el que recobrar su pisoteada identidad y darle paz a sus muertos.
El ajedrez, la lectura, y un pequeño huerto en el que Ibrahim gustaba de cultivar sus propias verduras, eran las aficiones que acompañaban el devenir de una vida apacible que había conseguido dejar atrás la alargada sombra de su abuelo.
Pero toda esa tranquilidad cambió radicalmente el primer día de universidad de Federico. Uno de los profesores, que era kazajo, no tardó ni una hora en asociar el apellido de Federico con el del mítico héroe nacional cuyo certero disparo consiguió tantos privilegios para el demacrado gobierno de su país.
-Joven -le abordó el profesor en el pasillo a la salida de clase- ¿tú eres descendiente del gran Cazador Ibrahim Saldarkam?
-No señor, creo que usted se confunde -le respondió Federico, contrariado.
-¿Tu padre se llama Ibrahim? Me contaron que, hace años, se había marchado a estudiar a Polonia, pero desde entonces no he vuelto a saber más de él -le explicó el profesor.
-Le digo que no sé de qué me está usted hablando. Mi padre se llama Ibrahim, y es kazajo, pero no sé nada de la historia de ese cazador del que usted me habla. De ser así yo creo que mi padre me lo habría contado -le respondió Federico sin saber muy bien qué pensar de todo aquello que le contaba.
-Me sorprende que su padre no se sienta orgulloso de su abuelo, Dios lo tenga en su gloria de la misma manera que él trajo la gloria y restauró el orgullo de nuestro pueblo. Alá sabrá de las espurias razones de todo ese silencio y todo ese desprecio. Salam aleikum -se despidió el profesor mientras se alejaba por un pasillo cuya oscuridad se acrecentaba por momentos contagiando con ello la mente del joven Federico.
El camino de regreso a casa, ese fatídico día, a Federico se le hizo eterno. Sentía, bajo sus pies, como si la tierra hubiese parado de girar y todo alrededor hubiese perdido su significado. Al llegar, el padre disfrutaba relajadamente cuidando de su huerto como gustaba de hacer cada día después del trabajo. El clima era apacible. Los pájaros cantaban efusivamente como queriendo aprovechar al máximo cada minuto antes de la llegada del mal tiempo. Antes de las primeras nevadas.
Al ver Ibrahim acercarse a su hijo, pudo contemplar como su semblante estaba desfigurado, su tez pálida, y su mirada enrarecida.
-¿Te encuentras mal, Federico? -le preguntó el padre, mientras se limpiaba las manos en los pantalones.
-¿Por qué nunca me contaste lo de tu abuelo? -le recriminó, Federico, con severidad.
-¿Con quién has estado hablando? -le preguntó el padre visiblemente nervioso.
-¿Por qué, padre? ¿Por qué me has ocultado la historia de tu abuelo durante tanto tiempo? ¿Tan malo es sentirse orgulloso de tener un abuelo héroe nacional de su país? -le planteó Federico con lágrimas en los ojos.
-Vamos a casa hijo. Tenemos que hablar largo y tendido sobre todo eso.
Y pasando un brazo por encima del hombro de su hijo, rodeados por el verdor del huerto en el que aquel hombre plantaba sus sueños, le confesó a su hijo: tenía que habértelo contado antes. Tal vez mucho antes, pero nunca encontraba el momento.
Al llegar a casa, la madre les esperaba con la cena preparada. El hogar emanaba un delicioso olor a sopa zurek, una sopa capaz de resucitar a un muerto, como solía decir siempre Ibrahim, cada vez que Anna se la servía. Mientras cenaban no retomaron la conversación, tan sólo se trataron en ella temas cotidianos relacionados con el hospital, el clima, los progresos del huerto, o la recién estrenada condición de estudiante universitario del joven Federico.
Tras la cena, Ibrahim solicitó a su esposa que les sirviera el té junto al fuego.
El crepitar de las llamas, el olor a humo, los aromas que aún se escapaban de la cocina, junto al ruido que producía Anna mientras lavaba los platos, otorgaban a la escena un entrañable sabor hogareño.
-Mi padre me contó la verdad sobre la historia de mi abuelo, Federico. Mi padre nunca se lo perdonó. Por eso, y porque así lo quiso Dios, tú y yo estamos aquí hora, junto a tu madre, en Polonia. De no haber sido por él, ahora nuestra historia sería bien distinta.
-¿No le perdonó que matará a un leopardo asesino que tenía aterrados a todos los habitantes de las montañas de Almaty? -le preguntó el hijo sin comprender nada.
-Esa no es la verdadera historia, Ibrahim. La historia de mi abuelo fue diseñada por los poderosos, manejada por los poderosos, para entretener y manipular a la gente, para que no se supiera que el régimen estaba asesinando a los opositores, a todos valientes que alzaban su voz frente a las injusticias y los abusos del poder. Ese mítico leopardo devorador de hombres y mujeres eran, en realidad, un grupo de militares asesinos, pero alguna cabeza pensante del poder, coincidiendo con la visita de Stalin, pensó que la piel de ese hipotético leopardo, supuesto devorador de más de una decena de personas, sería el regalo perfecto para un hombre ansioso de poder y amante de la simbología.
-Sigo sin entender nada, padre -exclamó Federico con cierto nerviosismo.
-Mi abuelo Ibrahim fue un gran cazador. Sirvió al ejército en el cuerpo de fusileros y desde el primer día fue distinguido por las más altas condecoraciones por su destreza con el fusil. Al abandonar el ejército se ganó muy bien la vida como cazador de alimañas. La gente lo contrataba para proteger a su ganado y a sus propiedades cuando osos, lobos, zorros, o leopardos les amenazaban.
Los habitantes de los alrededores de Almaty lo admiraban por su abnegación y sacrificio; cuentan de él que era capaz de acechar a un leopardo durante toda una noche a treinta bajo cero, pero sobre todo la gente admiraba su gran destreza: era el mejor.
La primera visita de Stalin a Kazajistán representaba una oportunidad única para conseguir que el país consiguiera mayor relevancia en el nuevo escenario geoestratégico después de la Segunda Guerra Mundial y alguien pensó en nuestro abuelo para maquillar aquellos asesinatos que tan mala imagen estaban ofreciendo al exterior y presentarlo ante Stalin como un nuevo héroe kazajo, capaz de las más grandes hazañas, y de paso entregar al líder comunista la piel de tan feroz animal como presente, con el deseo del pueblo kazajo de enardecer su figura y fortalecer su poder.
Cuando vinieron a buscar a mi abuelo, mi padre tendría doce o trece años. Él escuchó toda la conversación desde su habitación. De hecho, el leopardo que usaron para el montaje ni tan siquiera lo cazó mi abuelo, lo cogieron del zoológico de la cuidad al día siguiente y le pegaron un tiro a bocajarro. Lo demás fue puro cuento. Fotos en la prensa. Homenajes. Medallas. Durante la visita de Stalin nuestro abuelo le ofreció la piel del mítico leopardo asesino, a la par que ofrecía la sumisión de todo nuestro pueblo al dictador ruso.
Mi abuelo, a cambio de medallas y prebendas, se dejó manejar como un títere, y en lugar de sentirse mal, se sentía orgulloso de ostentar un bochornoso papel de héroe de opereta.
Tu abuelo vivió toda su vida repudiando a su padre, y yo me vine a Polonia huyendo de aquella farsa de la que tu abuelo nunca se atrevió a escapar. ¿Lo entiendes ahora, Federico?
-Ahora ya lo entiendo todo, papá. En ocasiones, durante mi vida, descubría detalles de nuestra historia que no encajaban y ahora, de repente, todo ha encontrado su sitio -reconoció Federico.
-Hijo, como ya irás descubriendo, la historia está repleta de episodios novelados, adaptados al interés de quién los cuenta -le aclaró el padre.
-Nunca olvidaré tus palabras, papá, te lo aseguro.
Y diciendo esto, padre e hijo se fundieron en un afectuoso abrazo al que se sumo la madre que, desde hacía rato, escuchaba discretamente toda la conversación.

martes, 9 de mayo de 2017

El abrazo de la vida


Aquel libro, definitivamente, me abrió los ojos. En él se hacía referencia a una costumbre milenaria de una tribu africana, de nombre impronunciable, en la que los enfermos sanaban de ciertas enfermedades transmitiéndoselas, mediante un prolongado abrazo, a los árboles. La cosa, a priori, no parecía nada fácil ya que el abrazo en cuestión iba precedido de un ritual animista que el libro no explicaba suficientemente, por lo que todo, ante mí, quedaba abierto al terreno inagotable de mi imaginación.
Lo que sí quedaba patente, o al menos así lo percibí yo, era la importancia de elegir bien al árbol sanador; si el enfermo se equivocaba de árbol no habría curación posible. Según el rito ancestral, los árboles absorben la enfermedad, liberando así al enfermo de su mal, y como consecuencia de su solidaridad, al poco tiempo se acaban secando. Por el contrario, cuando el árbol no acepta la enfermedad el que sucumbe es el enfermo. Lo de elegir al árbol adecuado lo describen como un amor a primera vista, a veces fluye la química y se acierta, y otras veces no.
A todas luces, para una persona en sus cabales, esta leyenda tendría tanto de folclore como de magia, y adolecería de la mínima lógica que nos llevara a pensar en que algo así, tan ancestral, pudiera curarnos ni de un resfriado. Sin embargo, como les decía, para mí fue toda una revelación. 
Evidentemente, una persona afectada por una enfermedad incurable, abocado sin remedio a la oscura humedad de una fosa, sería capaz hasta de hacer un pacto con el diablo con tal de alargar sus días de la manera que fuera.
Así que, sin decir nada a nadie para que no me tomaran por loco, agarré mi coche en la dirección que primero se me ocurrió, y no paré hasta que me tropecé con el primer bosque delante de mis narices.
El día estaba soleado y el cielo exhibía un color azul como de cuento de niños. En aquel paraje, a parte de unas cuantas urracas, y unos pocos y nerviosos arrendajos, poco más había. Miré hacia la masa forestal como haría un jugador apostando al todo o nada en la ruleta rusa de un casino de provincias. Delante de mí, entre cientos de ejemplares de roble, al lado de un pequeño riachuelo, lucía un único y hermoso sauce llorón. Su presencia me hizo pensar en que alguien, hacia bastante tiempo, habría decidido plantarlo ahí por alguna razón, ya que ese tipo de árboles no son autóctonos de la zona y, por tanto, no suelen nacer de manera espontánea.
Tanto el sauce como yo eramos dos intrusos en aquel relicto robledal. Esa enigmática coincidencia fue la que me llevó al convencimiento de que ese árbol era el único en el mundo capaz de sanarme. 
Sin saber muy bien lo que debía de hacer, pero dejándome llevar por un instinto que afloraba incontrolable desde mi interior, me arrojé al suelo con los brazos en cruz frente a ese árbol y comencé a recitar oraciones que desde niño no había vuelto a recordar pero que, de manera sobrecogedora, se articulaban en mis labios, como si nunca las hubiera olvidado, como si permanecieran durante décadas aletargadas en mi interior, esperando el preciso momento para salvarme.
Tras un lapso de tiempo que no sabría calcular con precisión, un tanto aturdido, me levanté y me abracé con fuerza al tronco de aquel sauce. Mi cara rozaba la rugosidad de su tronco. Un olor, mezcla entre clorofila y humedad, inundó mis pulmones, lo que provocó que se abrieran de par en par. El grosor del tronco era tal que mis brazos no llegaban a abarcar la totalidad de aquella mágica circunferencia arbórea. No sé bien qué pasó. No sé si realmente yo estaba consciente o no. Tan sólo recuerdo sentir como, en un momento dado, mis venas convergían con sus xilemas y mi sangre pasaba al árbol y su savia recorría todo mi cuerpo. Aquella especie de diálisis mística me generaba un bienestar tan sólo similar al de un lactante mamando de los senos de su madre. La madre tierra, a través de aquel sauce llorón, me estaba rescatando, me estaba ofreciendo una segunda oportunidad. Eso recuerdo que sentí.
Desperté, varias horas después, a los pies de aquel sauce. Los papeles se habían cambiado y ahora el llorón era yo y el sauce parecía reír. Al menos, y no me pregunten cómo, yo lo sentía feliz.
Durante las semanas sucesivas, en las que yo no noté ningún cambio significativo en mi salud, pasé varias veces a ver cómo seguía el sauce. En realidad, deseaba verlo amarillear. Deseaba, de manera imperiosa, que comenzara a doblegarse, a rendirse. Añoraba ver como sus hojas caían, ver como la podredumbre comenzaba a destrozar su valiosa y apreciada madera. Deseaba atisbar alguna señal que me llevara a pensar que mi curación estaba en camino, pero no fue así.
De hecho, ya han pasado varios meses desde aquel suceso y tanto él como yo seguimos aquí. La verdad, no sé ustedes, pero yo no sé qué pensar.

sábado, 6 de mayo de 2017

In memoriam


En memoria de todas las madres presentes y ausentes. En memoria de los que luchan cada día por la igualdad entre las personas. En memoria de todos los que mueren a diario intentando llegar al otro lado. En memoria de Chico Mendes y todos los que dieron su vida por salvar a este planeta. En memoria de todos los muertos inocentes de todas las guerras. En memoria de Gandhi, de Martin Luther King, de John Lennon, de Miguel Ángel Blanco, de los desaparecidos de Colima... En memoria de las mujeres asesinadas a manos de sus parejas. En memoria de todas las victimas del terrorismo. En memoria de los bosques incendiados, de los ríos contaminados, de las nubes ennegrecidas, de los animales torturados, expoliados, y todos los que caen muertos por la codicia y la sinrazón de las personas. En memoria de los que luchan por la libertad y en contra de las dictaduras. En memoria de todos los niños que mueren de hambre, o de enfermedad, o son víctimas de la violencia. En memoria de todos los periodistas asesinados. En memoria de todos los represaliados, asesinados y torturados por su condición sexual, o por su religión, o por su raza, o simplemente por ser diferente. En memoria de los poetas que dejaron de escribir poesía, de los pintores que, aburridos, abandonaron sus pinceles. En memoria de la gente que deja de bailar, de cantar, de tocar, y de jugar como niños. En memoria de todos los que sufren sin que nadie les ofrezca consuelo. En memoria de todos los que se quedan sin memoria, excluyendo de este humilde homenaje a todos los que hacen como si no la tuvieran.
Ojalá no nos quedemos nunca sin memoria.

jueves, 4 de mayo de 2017

Cementerio de elefantes


He pensado en multitud de ocasiones que este blog acabará convertido, si en parte no lo es ya, en un cementerio de elefantes. También he pensado en mí como en un elefante, pero ahora que he adelgazado más de siete kilos ya me siento menos elefante que antes. Por extensión, he pensado en la leyenda africana que habla sobre la misteriosa existencia de cementerios de paquidermos. Y por ende, ya puestos, he pensado en Tarzán, en Jane, en las arenas movedizas que de niños tanto nos aterraban, y en la mona Chita. De niños, todos queríamos ser como Tarzán y tener una mona Chita y luego, ya de mayores, hemos pretendido cambiar a la mona por una Jane, aunque fuera abandonando al primate en una  triste gasolinera de carretera secundaria.
Posiblemente una gran parte de nosotros no llegue a alcanzar los ochenta años a los que llegó Johnny Weissmüller, curiosamente la misma edad que alcanzó su inseparable mona Chita. Probablemente, ni usted ni yo gocemos de un retiro dorado en Acapulco como del que gozó el nadador austriaco en sus últimos años, ni tan siquiera gocemos de los privilegios que disfrutó Chita, pero sean como sean nuestros últimos días lo importante es llegar.
Y llegados a este punto, a ese punto y final al que todos llegaremos algún día, nuestros blogs, nuestros Facebook, nuestras miserías y nuestros restos arqueinformáticos serán algo así como un cementerio de elefantes a los que, como buitres, acudirán los expoliadores a repelar.
Cuando miro hacia atrás y veo las primeras entradas de este blog las siento fosilizadas, como huesos de elefante, como ceniza, como polvo, como nada.
¿Acaso todos nuestros desvelos, nuestros miedos, nuestros prejuicios, nuestras metas, nuestras fantasías no acaban en eso?
Pobres elefantes estamos hechos...

miércoles, 3 de mayo de 2017

La vegetariana


Siguiendo el consejo de Juan José Millás, que, para los que no le conozcan, diré que es uno de mis escritores de cabecera, compré "La vegetariana", un libro excepcional de una escritora surcoreana llamada Han Kang que con esta obra se abre al mundo y lo hace por la puerta grande. 
En determinados pasajes de esta brillante novela, he de reconocer que me ha recordado mucho a Murakami, lo mismo que me sucede cuando leo a Millás. Esa mágica conjugación entre realidad y ficción con matices profundamente psicológicos y filosóficos, esa capacidad para introducir al lector en la obra como si estuviera bañándose en una cálida piscina, y que, como un niño en verano no quisiera salir de ella, convierte a esta escritora en un referente imprescindible de la literatura actual.
Evidentemente a ustedes les gustaría, y a la :Rata_, que es la editorial que ha publicado el libro en España seguro que no, que les contara al menos una parte de la magistral trama que, a modo de tríptico, sobre la vida de la joven Yeonghye, ha desarrollado Han Kang, pero no lo haré. Prefiero que ustedes lo descubran por sí mismos.
Ya me contarán...lo mismo se hacen vegetarianos o les da por atiborrarse a carne como si no hubiese un mañana. Indiferentes seguro que no les va a dejar.


lunes, 1 de mayo de 2017

Ensalada de calabacín con tomate rallado y aguacate


En mes y medio, y gracias a mi nuevo plan de vida, ya he rebajado más de siete kilos. Lo bueno no es que me vea más joven, lo bueno es que me siento más fuerte y más dinámico. El ejercicio, cada vez más, le está ganando la partida a mi sedentarismo. He dejado los lácteos en todas sus versiones, he abandonado los dulces, galletas, postres, repostería y todo aquello que se le parece, he dejado los refrescos y el poco alcohol que bebía, he dejado los embutidos, y he reducido al máximo la ingesta de carne y de pescado, y hete aquí la solución: aumentado de manera exponencial el consumo de frutas y verduras.
No paso hambre y me siento distinto. 
Una cosa que me ha ayudado mucho ha sido sustituir mi vicio del café con leche con miel acompañado con algo de repostería, por el café con leche mezclando leche de soja y avena a partes iguales, y añadiendo miel, y en lugar de repostería añadir sopas de un pan muy rico integral y ecológico.
No me he convertido en vegetariano, ni en ovolacteo, ni en vegano, no es algo que me planteo, tan sólo estoy buscando mi propio punto de equilibrio y esto me hace sentir bien.
Las ensaladas son un mundo apasionante, ideal para las cenas.
Os dejo una receta sencilla y diferente a lo que estamos acostumbrados.

En la base de la ensalada, colocaremos el calabacín cortado en láminas muy finas. Todo lo iremos colocando como por capas.
Después rayaremos dos tomates maduros medianos y lo añadiremos encima de las láminas de calabacín. Salpimentaremos al gusto y añadiremos un chorrito de aceite de oliva virgen extra.
Seguidamente añadiremos encima un aguacate madurito mediano cortado a láminas también muy finas, y una cebollita mediana también cortada a láminas muy finas.
Por último, y para rematar, cortaremos un champiñon crudo igualmente en láminas muy finas y añadiremos unos cuantos piñones y un toque de hierbas de provenza. 
A la ensalada le podemos añadir un poco de vinagre de vino o un chorrito de limón.
Y a disfrutar. ¡Salud!