sábado, 28 de septiembre de 2013

La araña danesa


La campiña danesa exhalaba clorofila por los cuatro costados. Un grupo de gansos volaba, formando una uve, por un cielo salpicado de nubes que amenazaban lluvia. Varios grupos de estas aves se encontraron sobre un punto, ancestralmente predeterminado, formando un enorme e increíble grupo de gansos, volando en forma de uve, que pronto se alejó rumbo al infinito, o quién sabe si a una multitudinaria manifestación de gansos en contra del calentamiento global del planeta.
Los puentes sobre el Mar Báltico, custodiados por contemporáneos molinos de viento, parecían no tener fin. Kilómetros y kilómetros de cemento y asfalto, de una isla a otra, hasta llegar a la Dinamarca peninsular. A lo lejos, un velero con tres mástiles decoraba un paisaje dominado por el verde y el azul. Dinamarca es así: verde y azul. 
Artur conducía. A él le gusta conducir más que a mí, aunque todavía no sé muy bien cómo me fío de subirme a un coche conducido por un polaco. 
El hotel que nos habían reservado estaba alojado en un club de golf. Una vez allí, pudimos comprobar como el jugador más joven tenía sobre los ochenta años. Alrededor de los hoyos, millones de pequeños abetos esperaban para ser travestidos en árbol de navidad, no sin antes haberlos mutilado en una especie de holocausto forestal de increíbles dimensiones y de enormes rendimientos económicos. 
Papá Noel aún no había llegado ni se le esperaba. Tampoco había renos y los únicos juguetes que encontramos eran propiedad de los hijos de los dueños del establecimiento.
Acompañado de mi traductor, salí a dar una vuelta por el club mientras se hacía la hora de la cena. En el hoyo número ocho, un cariñoso entrenador enseñaba a sacar a una rubia, quizás la única rubia de menos de ochenta años que había en ese lugar. Él profesional estaba literalmente pegado a la espalda de su abnegada alumna. Los dos agarraban el hierro sin prisas, sin saber cual de los dos hierros estaba más duro, si el que tenían entre las manos o el que sentía ella, por atrás, pegado al indecoroso lugar en donde la espalda pierde la compostura. Al darse cuenta de nuestra presencia la pareja decidió apartarse de nuestro campo de visión tras unos arbustos. Como ni Artur ni yo contamos con demasiada experiencia golfista, y somos algo inocentes, pensamos que esos entrenamientos, cuerpo a cuerpo, deben ser la forma habitual de iniciarse en ese deporte de élite.
Ya en la cena, el marido de la rubia conversaba, de manera distendida, con su esposa y su entrenador. Los tres parecían muy emocionados por los grandes avances que la señora estaba experimentado con su saque, aunque, con toda probabilidad, iba a requerir de algunas clases más intensivas durante los próximos meses.
El resto de comensales contaban historias de entreguerras. De hijos y nietos. Sobre el deshielo imparable de Groenlandia. De viajes maravillosos, allende los mares, en veleros de tres mástiles. De gansos volando en forma de uve. Y, los que menos, sobre el auge de la extrema derecha en los llamados países del bienestar.
Mi habitación era modesta. Escasamente limpia. Amueblada por Ikea. Su minibar rugía como un tren de mercancías. El edredón podría aportar valiosa información genética sobre todos los usuarios que han usado ese cuarto desde su inauguración. Intenté evadirme de la situación pensando en las hermosas vacas de un prado cercano. Luego en los millones de abetos de aquel corredor de la muerte de color verde esmeralda. Bajé la cortinilla de color gris que separaba mi puerta de cristal del patio interior que daba acceso a mi habitación y entonces fue cuando la vi. Allí estaba ella. Inmóvil. Peluda. Desafiante. En un primer momento pensé que podría tratarse de una de esa pegatinas que llevan una araña dibujada y que, en ocasiones, ponen en los urinarios públicos para que los hombres hagamos puntería y no lo pongamos todo perdido. Pero enseguida me dí cuenta de que se movía. Esa araña enorme se desplazaba, a cámara lenta, probablemente con la intención de que no la viese o, por el contrario, para hacerse la interesante. Pero la vi. De manera impulsiva busqué algún artefacto con el que propinarle un golpe mortal. Pensé en darle con el teléfono móvil que llevaba en la mano. Con el Ipad que acababa de estrenar. Con mi enorme catálogo de productos de peluquería. Nervioso y confundido me quité el zapato y le propiné un golpe seco que lo único que consiguió fue que aquella araña saltara de la cortina y se escondiera, a la velocidad de la luz, quién sabe adónde. 
Removí cielo y tierra en aquel espartano habitáculo pero no la encontré. Dudé entre pedir ayuda a Artur, o no, para capturar a aquel enorme arácnido danés. Decidí no molestarle. Tenía el presentimiento de que se había metido por debajo de aquel maldito minibar pero no había modo de comprobarlo al estar encastrado en aquel mueble de cocina que aún parecía sin estrenar. ¿Quién puede ir a cocinar un par de huevos fritos con patatas a un campo de golf? -me pregunté en calzoncillos, acojonado por aquel bicho, y con los calcetines de ejecutivo todavía puestos.
Tras el rocambolesco suceso me tumbé en la cama con la intención de continuar con la novela de Amélie Nothomb. De repente, sentí un fuerte picotazo en el pie izquierdo. Todo comenzó a dar vueltas. Sentí como mi barba crecía en un instante. Después crecieron los pelos de mis piernas y mis brazos. Cuatro patas comenzaron a salir de mi abdomen. Me fijé porque sólo llevaba calcetines de ejecutivo en dos de mis extremidades y sentí vergüenza. Se encorvó mi espalda. De un salto me subí al techo. Por una vez, desde hace muchos años, me sentí ligero. Me encaramé sobre la lámpara. Deambulé boca abajo con la misma facilidad con la que aquellos jubilados daneses jugaban al golf. Comencé a tejer una enorme tela de araña en una de las esquinas de la habitación, pero me aburrí tejiendo. Siempre fui más de corte que de confección. Pensé en salir y comerme a Artur o a la rubia de la recepción. Opte por buscar a la rubia de la recepción por considerar a mi traductor algo más indigesto que la fémina. Con una de mis ocho patas abrí la puerta y, sigilosamente, salí al exterior.
Andando por la pared, como si tal cosa, me dirigí a la casa de los dueños con como el que se dirige hambriento a un Burger King en un día de puertas abiertas. Durante el trayecto, llamó mi atención la luz encendida de uno de los cuartos de huéspedes. La ventana del baño estaba abierta. Entré. La luz provenía del dormitorio. Me asomé desde el quicio de la puerta. En la cama, el monitor de golf le estaba ofreciendo, a su aventajada alumna, una clase magistral de sexo olímpico. La clase parecía titularse: "Hierro candente en el hoyo uno". Después de apartar mis ocho ojos de las tetas de la rubia me quedé petrificado al ver que, desde un sillón frente a la cama, el marido filmaba la escena con una cámara profesional. La visión de aquellos tres cuerpos en pelotas me quitaron las ganas de volver a cenar. Salí por donde había entrado. Sentí como los pelos se caían. Corrí hacia mi cuarto. Notaba como mis recién estrenadas extremidades se encogían por momentos. Al llegar a la cama mi espalda se enderezó. Tumbado sobre ella, convulsioné como cuando, hace unos años, me intoxiqué con unas ostras compradas en un outlet después de las navidades. Eran baratas pero casi me matan. Tras las convulsiones mi cuerpo se convirtió en plomo y quedé sumido en un profundo sueño. 
Artur me despertó golpeando mi puerta con insistencia.
-¿Estás bien, Pepe?. Ya deberíamos estar desayunando -me comentó mi fiel compañero.
-Sí, estoy bien. Salgo en un momento. La cena me resultó muy pesada. ¿A ti te sentó bien, Artur? -le pregunté al polaco desde el otro lado de la puerta, mientras me vestía a la carrera.
-La cena sí, pero si llegas a ver el pedazo de araña que había en mi cuarto seguro que no duermes en toda la noche -me comentó.
-Entonces yo ni te cuento -le respondí.
-Lo bueno es que la maté de un zapatazo -exclamó Artur, orgulloso.
-Pues amigo, a mí se me escapó, y no veas que nochecita me ha dado la dichosa araña.
Y es que, por lo visto, en Dinamarca, hasta las arañas son aficionadas al golf.

4 comentarios:

  1. Alucinante, nunca llegaremos a conocer bien lo que esconden los otros mundos que nos rodean, rara experiencia a la vez que fantastica.

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  2. !!!este relato es la hostia!!!

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  3. cuando salí a dar una vuelta por el campo de golf por la mañana estaba inundado de pelotas blancas que habían dejado la rubia y su entrenador

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    1. Artur, te libraste por los pelos, estuve a punto de comerte...

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