domingo, 20 de octubre de 2013

Estrasburgo, el diablo y mi cabeza de ajos


Estrasburgo. LLueve. Hotel Juan Sebastian Bach. Bulevar Juan Sebastian Bach. Todas las calles de alrededor llevan nombres de grandes compositores: Wagner, Shubert, Chopin, y yo me siento como Bartolo el de la flauta con un agujero sólo. Pese a todo, en la recepción del hotel suenan los suecos de Abba, y un grupo de japoneses, pertrechados con chubasqueros y cámaras, se organizan para disfrutar una maravillosa excursión que llevará como título "Turisteando bajo la lluvia".
Esta ciudad del norte de Francia tiene firmado un pacto secreto con la lluvia, lo mismo que lo tiene con el diablo que, durante siglos, gira y gira alrededor de su catedral, generando su característica brisa, mientras intenta adentrarse en el templo para hacer la puñeta.
La gente se sorprende de que el diablo gire eternamente alrededor de la catedral sin darse cuenta de que, en cualquier momento, podría colarse por el campanario y asunto resuelto; lo que viene a demostrar que el demonio tiene el cuello dislocado, y no puede mirar hacia arriba por el collarín, o es que tiene lo mismo de tonto que de demonio. 
Toda ciudad necesita de un diablo y de un San Jorge. Un diablo tontucio al que mantener a raya con facilidad y un héroe al que elevar a los altares. El triunfo del bien sobre el mal. Buenos y malos. Mitos sobre los que construir la historia, donde, habitualmente, los que vencen siempre son los buenos y los que pierden, insécula seculórum, serán los malos.
Anoche, desafiando al diablo, y con los pelos de punta, decidí dar diez vueltas alrededor de la catedral. En el bolsillo, para protegerme, llevaba una cabeza de ajos. En la sexta vuelta una rata se cruzó en mi camino. En la séptima una lechuza se comió a la rata. Aún a riesgo de marearme, seguí dando vueltas. En la octava vuelta me pareció escuchar unos gritos extraños. Atrajo mi atención la luz tenue de una ventana de un edificio colindante que parecía entreabierta. Agarré los ajos con las dos manos y los empuñe contra la fachada del viejo edificio. De cerca, los sonidos me resultaron de procedencia menos diabólica que con anterioridad. Armándome de valor, grité hacía la ventana: 
-¡Demonio, si estás ahí, manifiéstate! -exigí desafiante. 
Temblando, agudicé el oído quitándome una bola de cera que me impedía escuchar en estéreo, y entonces fue cuando volví a escuchar esos desesperados e inquietantes gritos:
-Ahh. Ahh. Oui, oui, mon amour, ne vous arrêtez pas, allez, allez!!. No entiendo ni papa de francés, pero juraría qué, en ese momento, alguna mujer llegaba al orgasmo lo mismo que Neil Armstrong llegó a la Luna. Pero del diablo nada de nada, a no ser que esa mujer se estuviera acostando con él. Del vientecito, tampoco. Tan sólo una ligera y persistente lluvia.
No hace mucho, una cédula integrista intentó atentar contra esta imponente catedral. Ha soportado terremotos, inundaciones, varias guerras y, ahí sigue, desafiando al futuro, como un símbolo pétreo de resistencia.  
Antes de poner punto y final a esta entrada, miro la portada de El País digital en la que encuentro un titular alentador: "Los mercados auguran el inicio de la recuperación económica en España". No sé si creer al diablo. No veo yo a nuestro querido presidente Mariano Rajahoy, convertido en un San Jorge contemporáneo,  sometiendo a los fieros y despiadados mercados.
Mejor, aunque me moje, me voy de excursión con los súbditos del emperador Akihito . ¡Y qué sea lo que Dios, o el diablo, quieran!. Por si acaso, llevo conmigo los ajos.

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