sábado, 9 de noviembre de 2013

Venancio Mulero Cabrales, 1945


Venancio Mulero, y Cabrales por parte de madre, fue un hombre que, como muchos otros por aquella época, se crió en lo rústico. A los trece años quedó huérfano de padre y madre cuando el jumento que arrastraba al carro familiar se desbocó fruto del picotazo de un tábano en su cojón derecho. El carro se precipitó por un acantilado y Venancio sobrevivió agarrado a un arbusto mientras contemplada la apoteósica caída al vacío de sus progenitores.
Tras reponerse, en la soledad de la montaña, decidió afrontar la vida como si nada hubiera cambiado. A esa temprana edad, Venancio ya conocía, a la perfección, todas las tareas domésticas, agrícolas, silvícolas y ganaderas, así que se dedicó en cuerpo y alma al trabajo con el simple afán de demostrarle al destino que, pese a la desgracia que sobre él se cernía, saldría adelante y se convertiría en un hombre de provecho.
Antes de su muerte, la madre le había enseñado a leer y Venancio se sentía muy orgulloso de ello. De hecho, en la casucha en la que malvivía no había más de una docena de libros, alguno de los cuales Venancio recitaba de memoria. Su preferido, sin duda, era El Quijote. Esos libros suponían para Venancio el hilo conductor que le mantenía aferrado a la memoria de su madre -por la que siempre había sentido especial devoción- y le acercaban al mundo exterior. Aquel enorme valle pirenaico tan hermoso, a la par que deshabitado, se había convertido para él en una especie de isla en medio de la nada. Alejado de la civilización, soñaba algún día por alcanzarla y, al cumplir la mayoría de edad, sin perder un instante, decidió convertir su sueño en realidad. 
En una mañana primaveral decidió bajar al pueblo, por el que rara vez se le veía aparecer, y se fue directamente al bar en donde todos lo hombres, de manera habitual, jugaban al dominó mientras sus esposas sacaban adelante a sus fincas, a sus familias y a sus casas. 
Le preguntó al mesonero por el alcalde pedáneo. Le contó a este su nuevo plan de vida y su intención de vender todos los animales y marcharse a conocer mundo. El mesonero, atento, escuchaba la conversación. El pobre hombre que acababa de perder a un hijo, más o menos de su misma edad, a consecuencia de una bala perdida en el servicio militar, apiadándose de él, le compró todas sus vacas y le dio la dirección de una hermana suya que vivía Barcelona, para que esta le ayudara a reiniciar su vida en esa hermosa ciudad. Allí, a buen seguro, trabajo y futuro no le iban a faltar.
Antes de partir hacia Barcelona, Venancio Mulero se acercó hasta el precipicio por el que sus padres se marcharon al otro mundo. Arrojó unas flores. Les dejó a deber una oración, ya que Venancio no era mucho de oraciones, ni de curas, ni de credos. Su mirada, empañada por la lágrimas, apuntaba hacia el lugar en el que recordaba sus cuerpos inertes. La misma imagen que, cada noche, antes de conciliar el sueño, le aparecía en su mente una y mil veces. Sus puños estaban apretados. La congoja ahogaba su pecho. Las lágrimas afloraron con mayor intensidad. En la crudeza y la emoción de aquella solitaria despedida, tan sólo atinó a decir: ¡Padre, madre, cómo odio a los tábanos!
Y agarrando sus cosas, que no eran muchas, se marchó al encuentro de una nueva vida.

5 comentarios:

  1. Me transporta del tirón a los años 60 la historia de Venancio. Le deseo mucha suerte en Barcelona :)

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  2. Conmovedora historia la de Venacio.
    Malditos tábanos !!!,, pero no hay bien que por mal no venga

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  3. jajajajajaja ke bueno, menuda muerte la de los progenitores, un tábano y encima en el cojón ostiasss, ke dolor, pero como bien dice Mario no hay mal ke por bien no venga. Mucha suerte Venancio!!!!!

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