sábado, 15 de febrero de 2014

La renuncia


Cuando todo el mundo esperaba que apareciera exultante a recoger ese premio, a mí me dio por irme a la playa a caminar descalzo.
El acto de entrega estaba previsto para las seis de la tarde. A las cinco en punto aparqué mi coche, me puse una gorra, caminé unos cuantos metros por un camino hecho de maderas venidas de Suecia, tratadas químicamente para aguantar las embestidas del clima y los ataques de los insectos xilófagos, y pisé la arena.
El sol ya estaba bajito, inclinado sobre las aguas del Mediterráneo que le esperaban mansamente, como para entregarle su merecido premio, o su diario y reconfortante descanso.
En la lontananza divisé a un grupo de jóvenes, de no más de quince o veinte años, que venían corriendo hacia mí. Me puse las gafas de ver de lejos. Miré el reloj, marcaba las cinco y cuarto. A traición, un perro olisqueo mi trasero con el descaro con el que todos los perros lo suelen hacer, y ante el típico chillido de su dueña: ¡Boby estate quieto, no seas cochino!
-Disculpe, señor, es que este perro mio es un poco guarrete -dijo la mujer, como para quitar hierro al asunto.
-¡Pues póngale un bozal y no lo lleve suelto, señora! -le respondí enojado.
Tras el incidente con el perro, y su dueña, miré hacía la chicas. Las gafas de ver de lejos parecía que me estuvieran jugando una mala pasada. Las chicas corrían en topless como si de un grupo de indómitas amazonas se tratara. Me quité las gafas. Me froté los ojos con ambas manos. Me volví a poner las gafas. Sobre los turgentes senos se balanceaban unas medallas que colgaban de sus cuellos mediante unas cintas con los colores de la bandera de España. Ipso facto pensé que podría tratarse del equipo olímpico de atletismo femenino. Pensé en un entrenamiento de las militantes de FEMEN contra el ministro Gallardón. Pensé en la performance de algún artista sueco grabando un vídeo, de última hora, para ARCO 2014, para después venderlo en la feria de arte contemporáneo por un pastizal con el IVA rebajado.
Mirando fijamente esas tetas, recapacité sobre la ley de la gravedad de Newton. Yo sí estaba muy grave, aunque no sé si como Newton, o como un simple mirón de playa a poco de convertirse en un decrépito y morboso cincuentón.
De nuevo miré el reloj. Las cinco y media. Continué mi avance hacia la nada. El sol estaba más bajito. Un gavioto (¿se llamará gavioto al macho de la gaviota, o no?) se montaba sobre una gaviota que chillaba como si estuviera disfrutando del mayor orgasmo de su vida. El muy pájaro lo hizo varias veces seguidas. El perro, que minutos antes me había metido su hocico en el culo, se lanzó a comerse a las gaviotas en plena cópula, ante lo que el gavioto, heroico, se lanzó como un kamikaze a picotear la cabeza del can como si le fuera la vida en ello, y esté salió aullando con el rabo entre las piernas.
-¡Bien hecho, gavioto!, me dije entre dientes.
Retomé mi lenta caminata. Sentía tan húmeda la arena, como el hocico del perro, el sexo de la gaviota, o mi entrepierna al recordar los senos desafiantes de las vigoréxicas atletas.
Pensé en la cara que pondrían todos al ver que pasaba olímpicamente de recoger esa mierda de premio que pretendían entregarme. ¡Estoy de premios y de aduladores hasta las narices! -dije en voz alta aprovechando que no había nadie cerca de donde me encontraba.
La luz era más débil. Las olas rompían suavemente contra aquella playa de fina arena. Me entretuve cogiendo conchas y caracolas como hacía de niño y que luego mi madre siempre tiraba a la basura.
-¡Cuántos enredos y cuánta mierda pone este crío, por Dios! -exclamaba desesperada mi progenitora sin que yo entendiera el origen de su mal carácter.
Al agacharme a recoger una gran caracola, el perro oliscón me montó por detrás en un intentó desesperado por iniciarme forzosamente en la práctica de la zoofilia. 
-¡Quita hijo de perra! -le dije refiriéndome inconscientemente a su madre.
-¡Boby, estate quieto Boby! -gritó desesperada la dueña.
-¡Señora, le pienso poner una denuncia por daños morales, esto es el colmo! -le grité a la mujer con la vena del cuello hinchada, mientra observaba la salchicha roja que colgaba de la entrepierna de aquel enfermizo perro. 
-¡Le ruego que me disculpe, caballero! -me respondió la mujer poniendo cara de no haber roto un plato en su vida.
-¡Les ruego que se vayan, usted y su perro, a la mierda! -le dije fuera de mis cabales.
-¡Oiga caballero, sin insultar! -me dijo la señora tan ofendida.
-¡Anda bonita, que le folle un pez! -le respondí ofuscado.

Tras cinco minutos más de intercambio de insultos e improperios, decidí poner pies en polvorosa. Ya la luz era muy tenue. Mis nervios estaban más crispados que cuando llegué. Mientras tanto, disfrutaba pensando en la cara que habrían puesto al ver que había pasado de su maldito premio. Eran las seis y media. A lo lejos divisé un grupo de gente. Seguí caminando intentando recobrar la calma.
Ahora lo veía mejor. Aquel grupo eran las jóvenes en topless. De nuevo me inquiete. Me limpié las gafas con la camiseta. Las muchachas corrían hacia mí. Yo no veía sus caras, tan sólo el bomboleo hipnótico de sus senos. Cada vez más cerca. Y yo cada vez más húmedo. Cada segundo más tenso.
Me rodearon. A mi alrededor todo eran senos. De repente, todas se abalanzaron sobre mí y me colgaron en el cuello sus medallas. Me vi con diez o doce medallas. Me sentí como Usain Bolt en los Juegos Olímpicos de Londres. No vi por ningún lado al artista sueco. Ni tampoco a la señora ni a su vicioso perro. Ni a la pareja de gaviotas en celo. 
Mas sin embargo, allí estaba yo con las medallas. Solo. Asustado. Confundido. Laureado.
Al menos, por fin, la playa estaba desierta y el mar bañaba mis pies.

7 comentarios:

  1. No fuiste a recoger el premio y vinieron las suecas a entregartelo... El Premio Nobel lo entregan en Suecia

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  2. aunque el Nobel de la Paz lo entregan en Oslo :-)

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  3. jajajajja, es bueno a la vez de raro....

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  4. lo importante es participar en uno u en otro. Y mejor en Murcia que en Suecia no enseñan los senos

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  5. Tendrías que haber sido más benevolente con el perro , hubieras creado una amistad para toda la vida , aún que con las suecas también me quedaba

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