domingo, 22 de junio de 2014

Mariana


Creo recordar que se llamaba Mariana. Yo andaba atrapado por la belleza del Malecón de La Habana. A mi derecha, el océano me traía a la memoria historias de balseros y de sueños, y, a mi izquierda, La Habana se despertaba, como cada mañana, anclada en tiempos pretéritos, a caballo entre la revolución verde-oliva y la frustración permanente. 
Al principio, me distraje observando el continuo pasar de vehículos antiguos. Aquellas antiguallas, para cualquier aficionado a los automóviles, supondrían lo equivalente a la isla de Parque Jurásico para un paleontólogo.
¿Cómo podrían seguir funcionando esos viejos vehículos, de manera utilitaria, cuando en el resto del mundo solamente se ven en los museos?
Hace mucho tiempo que anhelaba ese romántico momento; un paseo intimista en el que confrontar, a cada paso, mis sentimientos y mis fantasías juveniles a una situación tan singular y anacrónica como contradictoria. Una realidad -como todas las demás-, construida sobre verdades y mentiras, con héroes y villanos, y con luces y sombras. 
A cada paso iba sumando reflexiones, evidencias, pruebas de cargo, preguntas, y, por supuesto, también esperanzas. 
La gente que no andaba se asomaba al mar como el que mira un cuadro de Munch. Me senté, como el Viejo de Hemingway, al lado de unos pescadores. Como no podía ser de otra forma, hablaban de su cotidianidad. De tirar la caña por allá o por acá. De dónde mordían más y por dónde no había nada que sacar. Del tamaño del pez que sacaron ayer debajo del Morro. Del calor. De su bro (su hermano), que está en Miami, y ha cambiado de trabajo para ganar doscientos dólares más al mes. De dónde conseguir jabón para lavar la ropa.
A lo lejos, tocando la trompeta frente al océano, vi a Mariana. Por un instante, pensé que el motivo de su música no era otro que conseguir unos cuantos dólares, pero, conforme me acercaba a ella, me di cuenta de que sus motivos eran bastante más trascendentales.
Inesperadamente, la plástica y la mística se encarnaron en Mariana dando forma, de ese modo, a una improvisada performance con mucha más fuerza y mensaje que la mayoría de las que se llevan a cabo, de manera premeditada, por reputados artistas contemporáneos y que tanto celebra la prensa especializada.
La conjugación de aquellos tres elementos: océano, mujer, y música, junto al incomparable marco que suponía El Malecón de La Habana, me atrajeron como abeja al panal.
Me fui acercando a ella, de manera progresiva, con la idea de secuestrar, en una fotografía, aquel poema visual. De cerca, entre el ruido de los coches y el batir de las olas sobre las rocas del malecón, comencé a escuchar el sonido de su trompeta. 
La música, desafiando a los elementos, se escuchaba a modo de banda sonora, como un flujo etéreo de acordes, perfectamente coordinados, que me atraían irresistiblemente como a un ratoncito en el cuento del Flautista de Hamelin.
Ella comenzó a mirarme con desconfianza. La insistencia de mi cámara le inquietaba.
-¡Te molesta si te tomo una fotografía? -le pregunté.
-¿Otra más?. ¿No me has tomado ya bastantes?.
-¿Te molesta qué te tome fotos?.
-No. No hay problema -me respondió.
-¿Eres portuguesa? -le pregunté por su acento.
-No, soy brasileña. Estoy aquí estudiando música.
-¿Y por qué tocas la trompeta mirando hacia el mar?
-Para practicar y no molestar a los vecinos -me aclaró Mariana.
-¿Y por qué has venido a estudiar música a La Habana?
-¿Conoces algún sitio dónde se sienta más la música que en Cuba? -me preguntó.
-Creo que no.
-Por eso vine a estudiar a La Habana. En Cuba, la música no es una materia, no es una carrera, no es una profesión, es una forma de vida. Vine a Cuba a vivir la música y a aprender a vivir -me aclaró, Mariana.
-No te molesto más. Te dejo para que sigas tocando -le dije.
-Mándame unas fotos -me pidió.
-Sabes -le comenté-, yo también vine a aprender a La Habana. Siempre que vengo a Cuba aprendo a valorar todo lo que tengo y todo lo que soy.
-¿Y qué eres? -me preguntó.
-Eso vine a descubrir, Mariana. Voy a seguir buscándome por el malecón -le dije retomando mi caminata.
-¡Mándame esas fotos, por favor, no te olvides!
Hoy, después de varias semanas, he cumplido mi palabra.

7 comentarios:

  1. Bonito relato, José. Nada más.
    Cuentón.

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    1. Gracias Cuentón, por tus visitas y por dejar la huella de tu paso.

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  2. Quien no busca todo el tiempo aprender de lo que aun no ha vivido como de lo que ya vivió, quien no quiere interpretar su propia melodía bien sea un trompeta o un saxofón, cualquiera que fuere la manera de escuchar la melodía de la vida algo es cierto unas veces escucharemos un magnifico concierto y otras los acordes desafinados de quienes apenas juegan a ser músicos en esta vida............................kathy

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  3. Muy interesante relato, amigo! Un cálido saludo desde Buenos Aires. Sofia.

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    1. Me alegro de que te haya gustado, Sofía. Un abrazo.

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  4. yo me enamoré de esta flaquita estando en la Habana... me quedé atrapado por su belleza simple e instantánea...por su naturalidad... esa foto no le hace justicia, si tienes más, pon otra compañero.. es tremenda pianista además.. mucha suerte pa ella.. un beso esté donde esté

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