viernes, 3 de junio de 2016

El sabio Ramón


Hace unos días, en el supermercado del pueblo, me tropecé con un señor bastante pintoresco. Bueno, tampoco hay que exagerar, si lo vieran ustedes les parecería el típico santón de libro: barbudo, calvo por delante y con el pelo de atrás largo y recogido en una cola. Como atuendo lucía una especie de túnica blanca y unas sandalias antediluvianas.
Lo vi pagando en la caja y me fijé en lo que se llevaba: unas velas y un kilo de sal. 
Cuando se marchó, no me pude reprimir y le pregunté a Carmen, la señora del ultramarinos:
-¿De dónde ha salido ese elemento, Carmen? 
-¿Nunca lo has visto por aquí antes, Fulgencio? -me preguntó la tendera.
-No. Creo que es la primera vez que me tropiezo con él. 
-Pues hace unos meses que vive arriba en la cueva.
-¿En qué cueva? -me interesé.
-En la de los yesos. Antiguamente los vecinos subían ahí a por yeso y luego lo quemaban; con eso hacían las casas nuestros abuelos cuando aún no se conocía el cemento. Ramón se marchó de aquí siendo muy jovencito y, al parecer, ha dado la vuelta al mundo.
-¿En serio? -pregunté con curiosidad.
-Sí. Según dice él, ha estado casi cincuenta años, de país en país, buscando el sentido de su propia existencia -comentó la tendera como no hubiera hecho mejor un profesor de filosofía, o el propio Schopenhauer.
-¡Qué interesante! -le respondí.
-Sí, es un señor muy peculiar. Da gusto hablar con él, aunque últimamente siento que se fatiga mucho al hablar. Sabe de todo. De hecho, cada vez sube más gente a pedirle consejo - confesó Carmen.
-¿Consejo sobre qué? -pregunté sorprendido.
-Sobre cualquier cosa. Pese a que vivimos en la Era de la Información, la gente cada vez tiene más dudas. ¿Para qué nos servirá tanta información si ni tan siquiera somos capaces de entender lo que leemos? -cuestionó la mujer.
-Pareces una erudita, Carmen -comenté.
-Claro, como dijo Joaquín Sabina: ¡erudita de supermercado!, jajaja. Ramón me ha enseñado mucho, subo todo los martes, aprovechando que por las tardes tengo libre, y charlo un ratito con él. Aunque no lo quiere reconocer, está muy enfermito, el pobre. Por cierto, mañana es martes: ¿quieres subir conmigo y le hacemos un visita, Fulgencio? -me propuso Carmen.
-¡Claro! -exclamé sin pensarlo dos veces.
-Pues nos vemos mañana, aquí mismo, a eso de las seis de la tarde, ¿te parece bien?
-Perfecto, aquí estaré.
Esa noche, pregunté por él a unos vecinos y me comentaron que habían escuchado algo sobre la presencia en la zona de un viejo hippy, pero que, desde hacía años no subían a la Cueva de los Yesos. Me quedé dormido pensando en cómo sería mi vida dentro de una cueva; una cueva que, al parecer, no estaba habilitada como vivienda, no debía contar ni con las mínimas condiciones de habitabilidad y estaría llena de murciélagos.
A la hora acordada, Carmen estaba en la puerta del ultramarinos vestida como Dora la Explaradora. Yo, por mi parte, me vestí de manera habitual, o sea, como cualquier hijo de vecino que compra su ropa en las rebajas de Springfield o en las de Zara.
-¿No te has vestido de deporte para subir? -cuestionó Carmen.
-No imaginé que fuera necesario vestirme de una manera especial...
-Pues, hombre, no es que vayamos a subir al Everest, pero la cuestecita que nos espera se las trae -explicó mi amiga.
Iniciamos la marcha. Ella iba delante y yo detrás. La cuestecita tenía poco de cuestecita. Aquello era como la versión gore de la subida al Monte Calvario. Yo sudaba, si tenía que sudar y, por el contrario, Carmen iba más lozana que una adolescente de quince años en la romería.
-No pensé que la cueva estuviese tan lejos -comenté, mientras cogía resuello apoyándome al tronco de un viejo algarrobo.
-No está lejos pero el desnivel es muy pronunciado -dijo Carmen, tan fresca como una mañana de enero.
Al llegar, encontramos al santón sentado como un buda mirando la puesta de sol.
Tras saludarnos, sin demasiados parabienes, nos invitó a sentarnos.
Ni que decir tiene que las pasé canutas para sentarme a lo Buda pero al final, tras varios vergonzosos intentos, lo conseguí.
-Ramón, te presento a Fulgencio -dijo Carmen- es un vecino de las nuevas urbanizaciones que rodean al pueblo -explicó la tendera, de manera protocolaria. 
-Mucho gusto Fulgencio. ¿Es usted, en realidad, un nuevo rico, o tan sólo vive por encima de sus posibilidades? -me soltó a bocajarro el barbudo.
-¿Y, usted, es un eremita o un prófugo? -golpeé con una pregunta en defensa propia.
-Sí, se podría decir que sí. Tengo algo de las dos cosas. Pero: ¿y usted, qué es usted? -insistió.
-Un trabajador comprometido con su deber -le intenté explicar.
-¿Y debe usted mucho? ¿Casa, coche, viajes aplazados tal vez, aparatos de alta tecnología y gran eficiencia? ¿Qué debe usted? -volvió a cuestionarme, mientras se mesaba la barba.
-Me siento un tanto abrumado por tan inexplicable recibimiento. Me está resultando un poco incómodo todo esto -confesé abiertamente.
-Discúlpe, Fulgencio, pero a su llegada percibí que traía sobre sus espaldas una pesada carga -exclamó el santón.
-¿Una carga? -me interesé- ¿Cómo que una carga?...
-Dos hijos, doscientos cincuenta mil euros de hipoteca a treinta años de los que aún le quedan veinte por pagar, un coche de alta gama financiado a cinco años, un jefe impresentable y adicto a la cocaína, y una amante, de la que ya está más que aburrido, pero no sabe cómo quitarse de encima, ¿no es así? -preguntó Ramón, mirándome con cara de abogado de oficio.
-¿Y cómo sabe usted todo eso? -pregunté desencajado.
-Lo leí en su cara. Dicen, y muy bien dicho por cierto, que la cara es el espejo del alma. Cambie de camino, Fulgencio, ya es hora de que usted ponga un poco de orden en su vida -dijo mirándome fijamente a los ojos con una mirada que, por momentos, me recordaba a la de mi propio padre.
A todo esto, Carmen no decía ni mu. A decir verdad, la sentí un poco tensa. La situación que se había generado, sin venir a cuento, no era para menos.
Pero Ramón prosiguió con sus elucubraciones.
-¿Está usted leyendo al italiano Papini, verdad? Le ha sorprendido que, en uno de sus capítulos, hiciera referencia al escritor noruego Knut Hamsun, un escritor que ganó el premio nobel en 1.920, y del que usted ha leído, recientemente, uno de sus libros: "Victoria", creo que se llama. Lo compró en el FNAC, caprichosamente, como siempre compra usted todos los libros -explicó el santón, ante la atónita mirada de Carmen.
-En realidad, Ramón, me está usted asustando. No doy crédito a todo esto. Es imposible que usted sepa tanto sobre mí -dije superado por las circunstancias.
-¿Imposible? ¿Acaso aún cree usted que hay cosas imposibles?
-¡Claro que hay cosas imposibles! - Exclamó Carmen, dando prueba con ello de que estaba bien atenta a la conversación y que recobraba el aliento.
-¿Cómo qué, a ver? -cuestionó el santón- ¿Viajar a Marte? ¿Vencer al SIDA? ¿Cambiar el corazón a una persona? ¿Erradicar el hambre en el mundo? ¿Acabar con las guerras?. Lo que no está hecho, convénzanse, es porque no interesa hacerlo -planteó el eremita con rotundidad.
-¿Sugiere usted, acaso, que el hombre puede llegar a conseguir todo lo que se proponga? -preguntó, Carmen, interesada.
-Absolutamente todo. Según dicen las escrituras: Dios creó al hombre a su imagen y semejanza. Cada uno de nosotros formamos parte de él. Cada uno de nosotros tiene, por consiguiente, tanto de Dios como de hombre. Como tenemos tanto de nuestra madre como de nuestro padre. Entre nosotros y nuestro entorno no hay diferencias, formamos parte de un todo. No somos más que un cúmulo ordenado de células conectadas a otras acumulaciones en forma humana, en forma de rana, o en forma de coliflor -explicó Ramón, no sin cierta dificultad.
-¿El hombre vencerá a la muerte? -aproveché para plantear, a esa especie de oráculo barbudo, la pregunta que tanto me atormentada desde bien pequeño.
-¿Y qué es la muerte? ¿Han reparado alguna vez en ello mis queridos visitantes? Voy a intentar explicarles mi punto de vista sobre eso: la muerte es un cambio meramente físico; una simple traslación desde nuestro estado biológico a nuestro estado químico como antesala a la vuelta irremediable a la tierra. Y esa transformación cierra el círculo de nuestra singularidad para devolvernos al medio, un medio común, a la tierra como matriz, de la que todos venimos y a la que todos, antes o después, regresaremos. Yo estoy en esta cueva matriz, una cueva que se sumerge en las entrañas de la tierra por una serie de pasadizos, para sentirme más cerca de nuestros orígenes. Sé que mi cambio está cerca; ya siento hace días la llamada de la Pachamama. La estoy sintiendo ahora....La siento muy cerca de mí. Demasiado cerca...
Diciendo esto, el santón, dio dos pasos hacia atrás, y se colocó justo enfrente de un pequeño altar, sobre el que había colocados un montón de sal y una imagen de La Virgen de La Candelaria. Las velas, que había comprado en el supermercado, crepitaban excitadas como presagio de un fatal desenlace. Ramón, ante aquella representación de sincretismo, intentó hacer una reverencia pero no lo consiguió. En ese momento, llevándose las manos al pecho, nos lanzó una última mirada, cayó postrado de rodillas, y con apenas un hilo de voz, exclamó:
-Muero para seguir vivo. A la madre tierra me debo y a la madre tierra regreso. 
Y diciendo esto, ante nuestras miradas de asombro y de estupor, al santón se le pusieron los ojos en blanco y de súbito dejó de respirar. Cayó sobre el altar, como un árbol que hubiera sido talado, y ahí quedó inmóvil.
Carmen lloraba, desconsolada, mientras yo intentaba calmarla, sin demasiado éxito. Un enorme olor a pelo chamuscado salió de improviso del cuerpo del difunto, hasta que nos dimos cuenta de que la barba del infortunado eremita estaba ardiendo al haber caído de bruces encima de una de las velas.
Una vez reducido el incendio, y aplacado el llanto de mi tendera, Carmen me comentó, entre sollozos, las últimas voluntades que Ramón le había legado apenas si hacia unas semanas. 
-Tenemos que llevarlo hasta la cámara mortuoria, que él mismo ha dejado preparada en uno de los antiguos hornos de yeso, y prenderle fuego. Eso es lo que él me había encomendado -me confesó.
Como se pueden ustedes imaginar, yo tuve muchas dudas sobre la legalidad y la idoneidad de lo Carmen me estaba proponiendo, pero, viendo la cara de mi amiga y las barbas chamuscadas del eremita, se desvanecieron todas mis dudas y me presté a colaborar en aquella especie de funeral hindú.
Y así hicimos; el humo brotó de aquella rudimentaria chimenea, casi cien años después de su último uso productivo.
Han pasado ya varios días y nadie en el pueblo ha reparado demasiado en su ausencia. A Carmen le preguntan en el supermercado y ella insinúa que Ramón se ha debido marchar. Él era un hombre del camino, en continuo tránsito, como él mismo decía - explica a sus contrariados clientes.
La vida es sólo eso: un camino. Un eterno e insospechado camino. Como dijo Platón: "Sólo los espíritus vulgares no tienen destino". 
Aún no he tenido tiempo suficiente para recapacitar sobre todo lo acontecido. Esta tarde, mi esposa, mis dos hijos y yo, hemos quedado con Carmen para subir a la cueva y disfrutar de la maravillosa puesta de sol que desde allí se contempla. Con la que no he vuelto a quedar -y no pienso volver a hacerlo-, ha sido con mi amiga Lucía. No se me va de la cabeza lo de cambiar de trabajo. Sé que, antes o después, lo tendré que hacer. Gracias a Ramón, sé que debo hacerlo.

10 comentarios:

  1. Sabio Ramón y estupenda tu manera de narrar un relato profundo y, sin duda, muy reflexivo.

    Te deseo un feliz fin de semana.
    Un abrazo

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    1. Gracias, Amalia, tu siempre tan cariñosa con tus comentarios. Un abrazo.

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  2. El santón tenía razón. Todos volvemos a la Madre Tierra, pero está bien que antes demos varias vueltas al mundo que nos rodea. ¡Me ha encantado el relato! Saludos.

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    1. Yo ya llevo unas pocas, pero quiero hacer esperar a la tierra por lo menos 50 años más. Saludos.

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  3. Polvo éramos y en polvo nos convertiremos. Todos necesitamos un Ramón en nuestra vida.
    Saludos

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    1. A nuestro alrededor hay muchos ramones, Mario, pero estamos enfermos de ceguera y de sordina; ensimismados con bobadas y dando la espalda a la realidad. No hay más ciego que el que no quiere ver. Saludos.

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  4. Qué buen relato Pepe me ha sorprendido gratamente, que verdades más auténticas....saludos...

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    1. Nunca tenemos que perder de vista el factor sorpresa...Saludos, Villales.

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  5. Me ha enganchado desde el principio....y eso que no me gusta leer entradas tan largas, eh????? bueno, es que a veces no tengo pacienciaaaaaaaaaaaaaaa!

    Me gustó mucho! =))))

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    1. Entonces el tamaño parece que sí importa...Saludos

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