jueves, 30 de julio de 2026
Desesperación
Anochecía. Las sombras invadieron el valle al mismo tiempo que una cálida brisa dotaba de sinuosos movimientos a una arboleda de olmos centenarios. El imponente ulular de un búho y el aullido desesperado de un grupo de cimarrones tensaban el ambiente. Mis pisadas resonaban como si mis ochenta kilos se hubieran multiplicado por cien. En la última revisión médica me habían acusado de padecer obesidad en grado uno, cuando el año anterior pesaba un kilo menos y no me dijeron nada. La temperatura y la humedad me provocaban un sudor descontrolado. Cada paso me costaba más. Estaba perdido, sin batería en el móvil y sin pilas en la linterna. Caminar a oscuras por ese bosque, a no sé cuántos kilómetros del núcleo habitado más cercano, no me hacía ni pizca de gracia. Por mi cabeza, como un torbellino, empezaron a acudir ideas de lo más descabelladas. Los aullidos de los cimarrones comenzaron a tornarse en ladridos; unos ladridos que sentía cada vez más cerca. He de reconocer que nunca me gustaron los perros, de hecho los odio desde que Tobi, un viejo pastor alemán que se pasaba la vida amarrado en el lavadero de coches que había debajo de mi casa, me ladrara como un condenado cada vez que iba o regresaba del colegio. Volver al coche, averiado desde el inicio de aquella absurda marcha nocturna que había emprendido por puro aburrimiento, empezaba a parecerme la mejor opción. La noche se estaba echando encima. Sin cesar en la marcha, agarré una barrita de cereales que llevaba en la mochila, y la devoré en un plisplas. Y fue en ese fatídico instante en el que pisé la maldita piedra. Ipso facto sentí como mi tobillo se quebraba. Me acordé de mi sobrepeso. Me acordé de la cara del médico que me hizo la revisión. Me acordé de mi exesposa y del cabrón de su novio. Me acordé de la maldita hora en la que me dio por subirme al coche y lanzarme sin rumbo a conducir por aquel camino de montaña por el que en mi vida había transitado. Ni yo ni creo que nadie desde hacía años. Muerto de dolor, sudando a mares, sin poder caminar, y rodeado de una pasmosa oscuridad, me senté en una piedra. Los perros asilvestrados ladraban cada vez más cerca. El pánico de mi infancia, como en una especie de regresión, comenzó a invadirme. No sé de dónde saqué fuerzas para incorporarme. Con la única ayuda de mis brazos trepé a una encina justo segundos antes de que llegaran los perros. Aquellos perros asilvestrados, que intentaban recuperar al lobo ancestral que llevaban dentro, iban liderados por un perro idéntico a Tobi. El resto, pude contar hasta siete diferentes, eran perros sieteleches excepto uno que parecía un gran caniche de color marrón, y que aún conservaba un collar. La jauría ladraba mostrando sus dientes, y saltando hacia el tronco de aquella encina que, de momento, me había salvado. Del miedo que tenía, dejé de preocuparme por el calor, y por el futuro de la humanidad. El líder de la manada tenía fijación por mí y saltaba más que un canguro. De repente, me pareció ver una luz, pero pronto desapareció. Los perros seguían acosándome y yo me abrazaba a la encina como haría un naúfrago a una tabla en alta mar. De nuevo me pareció ver la luz y a mis oídos llegó nítido el sonido de un motor. Los perros ladraban y saltaban como si les fuera la vida en ello. Hacía tiempo que no me sentía tan importante para nadie. El ruido resultó ser el de una moto; un ruido que siempre había detestado y que ahora me parecía un sonido angelical. Los cimarrones, al ver aparecer por el camino la luz y ese sonido tan ensordecedor, salieron disparados hacia él. Apenas distinguía su silueta entre la oscuridad. Entonces sonó un disparo. Despúes, un aullido lastimero. Los perros salieron en estampida, a excepción de aquel pastor alemán que ya no lideraría nunca más aquella partida de canes forajidos. -¡Socorro! -grité desesperadamente. -¿Quién anda ahí? -exclamó el motorista. -Pues eso es, amigo, que no puedo andar. Tengo una pierna rota y estoy subido en una encina. Esos malditos perros me querían comer -le dije. Rápidamente, aquel joven, que resultó ser el guarda de aquella enorme finca forestal me enfocó con la linterna. -¿Es usted el dueño del coche que hay abandonado en la vaguada del abrevadero? -me preguntó. -Sí, se me rompió junto a un viejo abrevadero de ganado. -¿Y se puede saber qué diablos hace usted por aquí a estas horas? ¿No sabe que está usted dentro de una propiedad privada? ¡Anda, déjeme ayudarle a bajar de ahí!
Y así acabó la historia. Como decía mi exmujer, no sin parte de razón, voy de mal en peor.
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Menos mal que acabo así la cosa y no te pusieron una multa por meterte en una propiedad privada, porque el día estaba gafado.
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