Aquella
mañana, nada más despertarme, como de costumbre, supe que no era mi día.
Al
intentar apagar el odioso despertador suizo -fabricado en China- que me
regalaron el lluvioso y desapacible día de mi comunión, -que sonaba esa mañana
como si se hubiese vuelto loco-; arrojé sobre mis zapatillas de andar por casa,
el vaso de agua que cada noche coloco en la mesilla por si me da sed.
Me
levanté y me dirigí hacia el lavadero para poner a secar las zapatillas. Al
pasar por la cocina tuve la desgracia de pisar un tapón de cerveza, que, por mi
innata gandulería, estaba por el suelo de la cocina varios días de un lugar a
otro. Me lo clavé hasta el alma. Sangré abundantemente y, como pude, me dirigí
hacia el baño a meter el pie en el bidet.
El
agua enrojecida empezó a marearme. No recuerdo nada más.
Cuando
llegó Luisa, la limpiadora, yo yacía pálido y desnudo en el suelo. Me despertó
su grito, que casi consigue rematarme del susto.
Avergonzado,
sobresaltado y mareado me incorporé con la ayuda de Luisa, que me curó el pie,
que ya apenas sangraba.
Cuando
me di cuenta de la hora que era, me imaginé firmando mi finiquito, ya que me
habían apercibido en varias ocasiones por llegar tarde a la oficina.
Y
así fue. Nada más llegar mi jefe me llamó a su despacho y me comunicó el fin de
mis días en Administración de Fincas Gil y Gil, S.A.
Por
mucho que intenté explicarle lo sucedido, no me creyó. Como tan poco le dio
credibilidad al retraso del pasado lunes cuando, casi ya en la misma entrada de
la oficina pise un abundante excremento canino que hizo que diera con todos mis
huesos en el suelo, llenándome el pantalón de detritus, por lo que tuve que
volver a casa, llegando más de una hora tarde al curro.
Claro
que tampoco me creyó cuando, la semana anterior, estuve encerrado en el viejo
ascensor de mi edificio, durante más de una hora, hasta que los de Otis me
sacaron de allí más colorado que un salmonete.
No
me quiero enfadar, ni deprimir, ni desesperar, pero no puedo entender como se
acumulan todas las desgracias del universo en mi haber. ¿No habrá posibilidad
de llegar a un pacto con el Altísimo- o con el mismísimo diablo si fuera
menester- para que algunas de las desgracias absurdas que me persiguen le
toquen a algún otro mortal? ¿Qué pecado tan grande habré cometido para
merecerme este castigo tan ridículo? ¿Por qué?, ¡Coño! ¡Si es que todo lo que
me ocurre son chorradas!, ¡Pero me están quitando las ganas de vivir!
No
me ha atropellado un autobús. No me han desvalijado unos atracadores en un
cajero automático al ir a sacar uno de los cuatro chavos que tengo en mi cuenta
de ahorro.
No
me he estrellado en la M-30
en un Mercedes, porque, por no tener, no tengo ni coche, y voy al trabajo a diario en el metro.
Soy
un desgraciado sin glamour, un ridículo, un chiquilicuatre, un mequetrefe y
ahora encima sin trabajo.
Tendré
que despedir a Luisa después de todo lo que hizo por mí. Tendré que dejar el apartamento y pedirles asilo a mis padres, por lo que ya no podré seguir intentando
subirme al piso a ninguna cajera del Mercadona. ¡Total!... en dos años no he
conseguido que suba ninguna ni a tomar café.
Y
yo me pregunto… ¿Es normal que a mis cuarenta y dos años siga siendo virgen, y
que mi único futuro pase por regresar a casa de mis padres?
Mi
abuela minutos antes de morir ya me lo advertía… ¡Lleva mucho cuidado, Pedrín, que viniste al mundo de culo y casi matas a tu madre al nacer! ¿No te has dado
cuenta de que cuando todos van para adelante tu vas para atrás? …
En
su lecho de muerte mi abuela, cavó parte de mi tumba. Creo que lo que quería
era llevarme con ella, pero no le di en el gusto.
Mientras
contaba todo esto a un señor que me escuchaba atentamente en un banco del
Parque del Retiro, se acercó una señora que me dijo:
- No se preocupe caballero, a mi
marido hace dos años que le dio una embolia y no puede hablar, de hecho no
entiende nada de lo que se le dice.
Aquello
me terminó de noquear. Por una vez que sentía que alguien me escuchaba resultó
ser un triste enfermo sin conciencia.
Me
levanté cabreado y me fui con mi mal fario a otra parte.
En verdad, que hay días en los que deberíamos contemplar la imperiosa necesidad de quedarnos en la cama. Pero tan de buenas se es que justo ese día una de las patas de la cama se parte, en fin esos son los días que hacen que añoremos los buenos.
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