miércoles, 2 de septiembre de 2026
El bar de la vida
Escribir le resultaba cada día más tedioso. Su cerebro, seco como un espartal de Mazarrón en pleno agosto, no daba más de sí. El que había sido considerado, en los círculos culturales de la región, una joven promesa de la literatura, se encontraba perdido entre un mar embravecido de letras. Nada de lo que escribía le convencía. Las palabras en su mente no encontraban acomodo, ni orden, ni camino. Su cerebro amontonaba ideas que no encontraban recorrido alguno.
Su elevada autoestima, su imagen de triunfador, el apoyo de los medios de comunicación y de la crítica comenzaron a desvanecerse. Y él sintió vértigo. El suelo de la intrascendencia se abría bajo sus pies. Su futuro exitoso se desvanecía. Se sentía solo, como un niño perdido en un bosque al anochecer.
Solo. Vacío. Fracasado.
Apremiado por la escasez de recursos, decidió aparcar las letras por una temporada. Muy a su pesar, aceptó un trabajo de camarero en un bar. El local le quedaba cerca, tan solo a dos manzanas de la casa que compartía con Nuria, una joven promesa de la pintura —que ya ni era tan joven ni tan promesa—, y con Juan Carlos, un eterno aspirante a funcionario de prisiones que, para mantenerse, trabajaba en Burger King y, por las noches, de segurata en un antro de mala muerte.
Él no había trabajado nunca de cara al público y aquella experiencia, desde el primer momento, le sorprendió. Se dio cuenta de que cada cliente le regalaba un personaje, una historia, un contenido, una posibilidad.
Día tras día, su cerebro, machacado por la teoría y por la ortodoxia, se fue oxigenando de realidad. La señora que se escondía para vaciar su monedero en las tragaperras. El maestro jubilado que le contaba historias de su juventud en el Sidi Ifni. El albañil que fardaba de las putas que visitaba cada semana. Las acaloradas conversaciones sobre política, fútbol, la Agenda 2030, los putos incendios, los unos contra los otros.
A veces llegaba al piso oliendo todavía a fritanga y, sin ducharse, se lanzaba a escribir todas aquellas historias. Historias reales que superaban cualquier ficción.
Aquel bar de barrio, en tan solo unos meses, le había enseñado más que cinco años de universidad.
Y Alfredo Cifuentes volvió a brillar. Su libro "El bar de la vida" fue reconocido por la crítica como más maduro, más auténtico y, sobre todo, más humano.
martes, 1 de septiembre de 2026
La Pintada será un libro
Hace un momento, en la tienda de mi pueblo, acabo de comprar el diario La Opinión de Murcia. Raudo y veloz, cual liebre en campo abierto, miro detrás de la portada y, ¡zas!, aparece otro de mis dibujos: el número 73.
Sonrío, casi ruborizado, mientras, aún en mi coche y rumbo al trabajo, pienso en lo mucho que me ilusiona este proyecto.
Todas esas «Pintadas», y algún otro trabajo que no se ha publicado en el periódico, formarán parte de un libro que llevará por título Nadie ve lo mismo. En el libro, que pronto enviaré a la editorial Tirano Banderas, los dibujos aparecerán comentados por personas de lo más variopintas y de diferentes nacionalidades: escritores, pintores, escultores, arquitectos, periodistas, peluqueras...
Diferentes miradas y diferentes formas de interpretar un dibujo. Miradas tan dispares como los miles de lectores que cada día se asoman a las páginas del diario La Opinión de Murcia y que, por un instante, reparan en ese dibujo tan extraño que aparece entre columnas de opinión, sin tener nada que ver con ellas, pero que pretende transmitir una idea, una reflexión, una crítica o, simplemente, provocar una sonrisa.
Y es que me meto en cada lío que no veas...
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