miércoles, 28 de octubre de 2026

La canasta

Fue la canasta, como podría haber sido cualquier otra cosa. Podría haber sido un gallo correteando junto a la puerta de un canuco. Podría haber sido una niña con una mochila caminando hacia el colegio, de la mano de su hermana pequeña. Podría haber sido un haitiano de cuerpo perfecto, intentando ganarse la vida en Samaná tras huir de la violencia de Puerto Príncipe. Mis ojos no paraban de buscar referencias que me ayudaran a comprender su realidad, sus ansias, sus sueños, sus necesidades. Mi empatía se desborda en entornos habitados por personas desfavorecidas. Me asaltan mil preguntas. Preguntas hacia fuera y hacia dentro. Hacia el pasado y hacia el presente. Y, en esa búsqueda de respuestas imposibles, me pierdo lo mejor. Soy un mal turista, lo reconozco. Todo en mí son contradicciones. Es imposible vivir sin ellas, y quien no lo reconozca sencillamente es porque mira hacia otro lado. Sin embargo, en República Dominicana he encontrado algo que me ha conectado con miradas mexicanas, uzbekas, mongolas, hondureñas, georgianas: sonrisas. Sonrisas que me conectan con la parte más inocente de mi ser. Sus sonrisas reabren la puerta de mi infancia y, entonces, quisiera agarrar un balón y lanzarlo contra esa caja que, a modo de canasta, veo clavada en el tronco de un cocotero. Quisiera lanzar un sedal con un anzuelo y pescar junto a un hombre que intenta llevar la cena a casa; una casa de tablones y chapas, pero que es su casa. Una casa que tal vez se levante sobre un suelo que no es suyo, como tampoco es suyo el futuro. Por eso digo que no soy un buen turista, porque miro siempre demasiado. Mis ojos escrutan miles de cosas que quizá sería más fácil no ver. Millones y millones de personas aspiran a una vida con lo mínimo, mientras otros, unos cuantos, las ignoran como si no existieran y aspiran a quedarse con todo. Libre mercado le llaman.

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