viernes, 31 de mayo de 2013

Claridad


Por fin lo veo todo claro. Los escotes, los precios de los trozos de pulpo al horno en la pizarra de un bar, la foto de Leo Messi en calzoncillos...jajaja, la barba canosa de Mariano Rajoy, una lagartija que trepa por el muro de mi patio, los ojos azules de un moscardón que zumba a mi alrededor, los abejarucos que han regresado de África y ya sobrevuelan, como todos los veranos, en lo alto de mi casa. Lo veo todo claro. Media hora en una óptica, y trescientos euros de vellón, me han conseguido devolver la claridad. Lo que antes veía borroso ahora lo veo con una nitidez tridimensional. 
Las gafas me han cambiado. Me siento capaz de ver un billete de quinientos euros cayendo de un árbol a quinientos metros de distancia pero, por mucho que he esperado esta tarde frente al jardín de mi casa, no he visto caer ninguno. 
Me han dicho las chicas de mi oficina que las gafas me caen muy bien. Que me veo más interesante. ¿Más interesante que quién? -les he preguntado.
Más interesante que antes -me han respondido con diplomacia. 
He salido de la oficina con la sorpresa de entender que ayer era un hombre menos interesante de lo que soy hoy. Las gafas me están transformando en otra persona, en otro yo al que se le atribuyen otras características distintas a mi otro yo cegato. 
Miro el brillo de los coches. Los paneles de la Dirección General de Tráfico sobre la autopista. Miro las vayas publicitarias y me sorprende una en la que se ven las preciosas piernas de una chica con un tanga en los tobillos en el que se lee: "chicasdiscretasdemurcia". Y pienso: ¡Joder! ¿Muy discretas no parece que sean? 
En tan sólo veinticuatro horas siento que las gafas están cambiando profundamente mi vida. La gente me ve distinto y yo les veo distintos a ellos. Hace tiempo que necesitaba ver las cosas claras. ¡Por fin, córcholis!. Y todo eso lo he conseguido con unas simples gafas. Si lo llego a saber me las compro antes.

miércoles, 29 de mayo de 2013

Tal vez mañana


Vuelo. Pienso. Busco soluciones para todo lo que considero que tiene solución. Mantengo la capacidad de ilusionarme. No puedo dejar de pensar. Mi cabeza es un torbellino. Intento huir de mis propios pensamientos. No lo consigo. Me enmaraño en su paranoica red. Me absorben. Me canso de resistir y dejo que estos me arrastren.
Enciendo el teléfono y comienzo a escribir en el blog de notas compulsivamente sin saber para qué, mientras sobrevuelo nubes blancas como espuma de afeitar. La azafata me mira sonriente con una mueca prefabricada en algún curso low cost de atención al cliente. Entonces es cuando pienso que la vida es como la espuma de afeitar, aunque, quizás, eso no lo puedan entender los que no usan espuma por su contenido dañino de CFCs, o no se afeitan por ser imberbes, o no entienden a la vida por ser demasiado compleja para la limitada capacidad de sus entendederas.
A mi lado Sylvain bate el record mundial de Candy Crush en Facebook,  Annick dormita abrazada a su libro de Jorge Bucay, y un joven pasajero alemán, que disfruta de la vida desde su minijobs, por si las moscas, no para de presignarse.
Desde un avión de Ryanair, fantaseo con escribir un relato mágico que traslade al lector hasta el Mar de la Calma, pero choco contra el muro de mis lamentaciones.
Mas me siento incapaz. No soy tan hábil. Mis ambiciones superan nuevamente a mis capacidades. Tan sólo soy un torpe chafateclas descafeinado e insulso. Por la ventanilla compruebo como se han disipado las nubes. Me frustro y dejo que este estúpido y complejo relato se desvanezca sin pena ni gloria. Como la espuma. Como las nubes. Tal vez mañana sí. Tal vez...

domingo, 26 de mayo de 2013

Uña de gato


                                                      A mi sobrina Alba.

En ocasiones me quedo seco. Como el ojo de un tuerto. Como una rambla en agosto. Como el intelecto de nuestros políticos. Como la caja de ahorros de mi pueblo. Mi inspiración se evapora, se desvanece, se esconde, se emancipa de mí y me abandona como a un perro en una cuneta, el cual, tras el ignominioso acto, corre tras el vehículo de su despiadado dueño hasta la extenuación. 
Y cuando, ese perro abandonado y yo, nos damos cuenta de nuestra triste e inmerecida situación, la nostalgia nos inunda y, sin pretenderlo, nos vuelve la inspiración. El perro aúlla a la luna como hicieran sus ancestros los lobos y yo escribo en mi viejo portátil mensajes en clave como hicieran los nuestros en las paredes y los techos de las cavernas.
Envidio al perro abandonado, pues, en poco tiempo, ha encontrado asilo entre un grupo de cimarrones, todos ellos abandonados en la misma zona y de distintos tamaños y pedigries. Ya olismea traseros y defiende su posición en el clan, erigiéndose como un claro aspirante a liderarlo. 
Me vuelvo a sentir solo. El hipotético perro abandonado ha reconstruido, con rapidez, su yo. De ser un perro faldero y vivir en un apartamento de sesenta metros, tras el doloroso e inesperado empujón de su dueño arrojándolo del coche en marcha, se ha transformado en un temido cimarrón que intenta extraer de su atolondrada información genética unas pautas de comportamiento que le acerquen, en poco tiempo, al perro que siempre quiso ser.
Para buscar mis propias pautas, esta mañana me he tirado al monte. He subido cuestas. He escuchado la sinfonía que siempre le acompaña. He mirado las mismas plantas que siempre miro: un palmito, un espino negro, un lentisco, un pino, otro pino, otro pino, otro pino, otro palmito, una esparraguera, una lavanda, y otra y otra... Mas sin embargo, hoy me he parado a contemplar una uña de gato. Dicen que, en los tiempos del hambre, los brotes tiernos se comían de diferentes formas después de tenerlos tres días en agua y sal. Me miro la panza y veo que mi problema no es el hambre. Mi problema es la ausencia de materia gris y el excedente de materia grasa. Cuando decido apropiarme de una de estas mágicas plantas un cuervo inquietante pasa volando muy cerca de mí. Su raíz es muy poco profunda y la extraigo con suma facilidad. La acojo en mi mano y siento como, casi al instante, sus raíces, quizás por el sudor del esfuerzo, se adentran en mi piel y se fusionan con mis venas en una simbiosis hasta el momento nunca descrita por la ciencia.
He intentado, por todos los medios, desprenderme de ese irracional injerto. La he golpeado, la he intentado sacudir de la mano, pero cuanto más daño le intentaba propinar a la planta, sus ávidas raíces más rápido avanzaban en la colonización de mis vasos sanguíneos.
Al final, antes de llegar a casa, he conseguido desprenderme de su parte superficial, pero, aunque no se lo he dicho a nadie, siento como ella sigue adueñándose de mí. Mis uñas se están curvando. Mis cabellos se están engrosando. Mi lengua está adquiriendo un tono verdoso. Mi saliva se está densificando y ya tiene el característico sabor de la clorofila.
Todo esta cambiando en mí. Percibo que mi temperatura corporal está bajando. No puedo dejar de mirar hacia el jardín. Siento un gran hormigueo en mis pies. Noto como su piel se comienza a resquebrajar. Veo un hueco perfecto para mí en un parterre. Mis pies de color verde ya tienen capilares blancos con ganas de enraizarse en él. Mis últimos pasos me llevan al jardín. Inconscientemente me sitúo en el lugar deseado. Ya soy todo verde. Siento como voy encogiendo pero no siento dolor. El cuervo, situado frente a mí, observa con todo detalle mi transformación. Sigo encogiendo y mis pies se adentran en la tierra. Soy una planta. Un gato salta al jardín. El cuervo vuela espantado. El gato se acerca. Me olisquea. Levanta su pata y mea sobre mí. No siento asco. Estoy tranquilo. Me da igual no saber qué será de mí. Soy verde, como un chicle de clorofila, como una lechuga romana o como el bosque infinito en el que siempre quise vivir.
El perro que nunca vi ha llegado a ser el perro que siempre quiso ser y yo me he convertido, por la ausencia de la esquiva inspiración, en una uña de gato en un jardín. ¿Existe algo más maravilloso que escribir todo aquello que te de la gana? -le pregunté a mi sobrina Alba mientras me miraba sorprendida por el cuento con la boca abierta.
-Por cierto, Alba: ¿Qué vas a ser de mayor?
A lo que ella respondió:
-Una princesa, eso quiero ser. Una preciosa princesa.
-Lo serás. Estoy seguro.


jueves, 23 de mayo de 2013

De Valencia a Palencia


De Valencia a Palencia sólo cambia una letra y siete horas de coche. Lejos, está muy lejos, sobre todo después de acabar una actividad donde he puesto hasta el hígado y los tuétanos para provocar algún tipo de reacción en los asistentes y he acabado hecho un trapo. Una reacción con independencia de su intensidad o dirección. Una reacción que sirva para desbloquear, para motivar y para poner en valor todo aquello que sabemos hacer sin que esto no sirva para que nos conformemos y nos impida evolucionar. Evolución es sinónimo de adaptación. No podremos evolucionar sin adaptarnos. ¿Por qué nos costará tanto cambiar?
He intentado provocarlos. He intentado sorprenderles. He intentado demostrarles que todos somos buenos pero que eso no significa que podamos seguir abusando de lo que fuimos o de lo que somos. El futuro será más alentador para todos aquellos que utilicen lo que saben como plataforma para lo que les queda por aprender.
He disfrutado de la disparidad de caracteres. De los que lo veían todo fácil y de los que lo veían todo imposible. He disfrutado del trabajo. He disfrutado de Valencia.
Ahora estoy en Palencia. Curiosamente, sólo cambia una letra. A los clientes de ayer y a los clientes de hoy tan sólo los separan siete horas de carretera. Sin embargo, pese a la distancia, sus problemas, sus ansiedades y sus aspiraciones son las mismas. Todo comienza de nuevo. Continúa mi camino.


jueves, 16 de mayo de 2013

Aprendiz



No. No crean que yo mismo no me sorprendo de mis alocados escritos y pensamientos. Soy consciente de la inconsciencia que me inunda y, eso, reconózcanlo, algo dice de mí. ¿O no? Pero, eso sí, creo que no hay por donde cogerme. Nado con soltura – aunque a veces trague agua- en el mar profundo de las contradicciones. Soy un inculto que ama la cultura, el arte y la comunicación. No sé escribir y me devano los sesos intentando luchar contra mis limitaciones estilísticas y ortográficas. Fui un futbolista que terminó hasta las pelotas -nunca mejor dicho- del fútbol. Fui un camarero que amó servir a sus clientes y lloró cuando los abandonó. Fui un ecologista que peleó por el planeta, hasta que me di cuenta de que me había cansado de serlo tras plantar miles de árboles, salvar miles de animales, luchar por preservar cientos de espacios, neutralizar las tensiones entre radicales y moderados, y darme cuenta de que el planeta era demasiado para mí o yo muy poco para él.
De todo eso aprendí. Y aprendiendo me di cuenta de que lo mío era, precisamente eso, aprender. Ahí fue donde encontré mi verdadero camino. Pronto descubrí que admiraba a la gente sencilla y humilde, a esa que piensa que ha venido al mundo sin causa ni justificación aparente, porque observando sus luchas en su ser o no ser shakesperiano, llegó un momento en el que encontré mis propias respuestas.
Cuando me di cuenta de que en la gente sencilla, en el vecino de enfrente, en el compañero de trabajo que no sabe ni para qué trabaja, en una inmigrante sin papeles que le limpia el culo a un anciano, en una clienta de Letonia, o en mi amiga Rosi de Apaztingán se encontraban las respuestas a todas mis preguntas, sentí como mis ansiedades se relajaban y en mi mente las piezas comenzaron a encajar como si una demo del tetris se tratara.
Y en ese nuevo orden mental que afloró en mí, rechazo de plano a la gente intransigente. A los enfervorizados por esto o aquello. A los extremistas de cualquier religión o tendencia. A los violentos. A los que miran por encima del hombro a los demás. A los que rechazan al diferente por el simple hecho de ser diferente. Al que se cree con el derecho de juzgar a los demás por no sé qué concesión divina. A los que aman las armas. A los que no son capaces de sentir la maravilla que encierra el llanto de un niño, el amarillo chillón de una flor, o la calma luminosa de un precioso atardecer.
Adoro mi camino porque todo lo que encuentro a mi paso me enseña, para bien o para mal. El camino, que es mi vida, es todo cuanto necesito y lo único que realmente me pertenece. Quizás, al final me esperen las últimas respuestas, pero aún no tengo prisa por conocerlas. De momento me conformo con seguir andando. Disfrutando del camino. Saboreando la vida a tragos dulces y amargos, e intentando ser, simplemente, un aplicado aprendiz.

miércoles, 15 de mayo de 2013

Cuerpos


No sé si en alguna ocasión se habrán parado a pensar que nuestros cuerpos son nada más, y nada menos, que la cartografía de nuestra existencia. Las naciones tiene su mapa como nosotros tenemos nuestro cuerpo y mi vecina el suyo. Quizás no le vean el símil, ¿Verdad?. Me explicaré mejor: ¿Alguna vez han mirado a contraluz una radiografía? ¿Y no les recuerda a un mapa? Pues, bueno, a mi sí. Como iba diciendo: en ocasiones, pensamos que el body nos pertenece; como los países se creen, durante siglos, que son inviolables, cuando al final -la historia está ahí para comprobarlo- o revientan por dentro en mil pedazos, o los invade una horda de bárbaros y lo hacen todo un solar y no los salva ni Superperrete. 
No hay dos cuerpos iguales. (Y como el de mi vecina menos). Somos, por tanto, seres únicos e irrepetibles encerrados en los lindes de nuestra piel. La epidermis representa nuestra frontera y nuestra economía es la salud. Si disfrutamos de buena salud somos ricos y sin salud estamos en crisis y hechos una porquería. Quizás por eso, la otra mañana, un albañil le gritó a mi vecina desde un andamio: ¡Qué rica estás, te comería hasta la goma del tanga! Bueno, perdonen ustedes por lo de la goma, no venía mucho a cuento, lo que pretendía destacar era que le dijeron "rica" por lo buena de "salud" que está.
Nuestro cuerpo es nuestro mundo; un mundo celular organizado y, aunque nos pese, con fecha de caducidad. A veces, ese cuerpo-mundo nuestro es atacado por virus malignos desde el exterior y esto hace que nuestra existencia se complique. Pero, tranquilos,  que si nada ni nadie nos agrede desde el exterior y todo nos viene rodado, somos felices y comemos perdices, nuestros bancos no quiebran, y tenemos todo el sexo que nos propone el kamasutra, nuestras células se dislocan y nos tiramos desde un octavo piso como un Ícaro postmoderno. Y catapún chimpún. 
Como se suele decir en los velatorios: no somos nadie... excepto mi vecina. Esa sí que.....

lunes, 13 de mayo de 2013

Comer bichos


Un informe de la FAO, una organización dependiente de Naciones Unidades para la Alimentación y la Agricultura, dice que nos tenemos que ir haciendo a la idea de que en veinte años tendremos que comer bichos si queremos llegar a que nos coman los ídem.
Ahora me doy cuenta de donde viene mi profunda admiración por los camaleones. Siempre pensé que tenía que ver con su capacidad de mirar a dos sitios distintos al mismo tiempo. Por eso, yo soñaba con tener visión binocular y, de ese modo, poder mirar dos escotes distintos a la vez, o, lo que es lo mismo, cuatro tetas de golpe. Pero ahora resulta que esa empatía con el arbóreo reptil me venía por el lado gastronómico. Deseaba tener su lengua. No en un sentido sexual -la zoofilia no va conmigo- la deseaba en un sentido práctico para cazar moscones verdosos y peludos que, según los expertos en nutrición, tienen tantas proteínas como un solomillo al roquefort. 
La cosa tiene su miga, su pata y su antena. Yo he probado los chapulines, los gusanos del maguey y los escamoles, que, para los que no conocen demasiado la gastronomía popular mexicana, diré que son saltamontes, gusanos y larvas de hormiga respectivamente. Y sigo vivo. 
Perdonen que me tome esto un poco a guasa. Pero en resumidas cuentas, voy a proyectarme, con el permiso de todos ustedes, dentro de treinta años. 
Primero: Si sigo vivo tendré setenta y cinco años por lo que ya no sé si me  seguirá haciendo falta la visión binocular -lo mismo ya ni me gustan las tetas-.
Segundo: La temperatura global de la tierra habrá subido entre dos y tres grados centígrados. Por lo tanto el nivel del agua en el mundo habrá subido entre tres y cinco centímetros y los niños comenzarán a nacer palmípedos.
Tercero: El sistema nacional de pensiones habrá quebrado y yo no tendré pensión. Por lo tanto, creo que a eso es a lo que hace referencia el informe de la tal señora Eva Muller de la ONU y yo en mi cuarto y último punto:
Cuarto: Al no tener pensión tendré que apañármelas para comer cucarachas en escabeche y arañas en salsa de cochinilla.
El futuro es una mierda más grande que el sombrero de un picador. De comer mierdahamburguesas vamos a pasar a comer burguerchinches. Joder... ¿En esta puta vida, no habrá nada que pueda ir a mejor?

domingo, 12 de mayo de 2013

Bendito vibrato


Hacia mucho tiempo que no cantaba para un grupo tan numeroso de mujeres. Rubias, morenas, menos rubias y menos morenas, mayores, jóvenes, tres fotógrafos, un jefe con cara de jefe, dos camareros vestidos de camareros, y una señora de la limpieza ataviada con su uniforme reglamentario.
Afiné mi voz. Me subí los pantalones, pues los llevaba colganderos. Arreglé mis faldones. Limpié el sudor de mi frente para que no brillará en exceso con los flashes de las cámaras. Y canté. Canté, como siempre, plagiando a mis admirados Juan Luis Guerra y Luis Miguel, dominicano y mexicano respectivamente, y que tantas tardes de gloria me han brindado sin haberles pagado ni un euro de copyright. Eso sí, tengo que reconocer que llevo más de treinta años comprando religiosamente sus discos.
Pero como iba diciendo. Ellas y ellos estaban allí, frente a mí, esperando que de mi garganta afloraran unos acordes en un idioma totalmente desconocido y que me habilitaba para equivocarme con la letra y que la gente no se partiera el culo de la risa como suele ocurrir cuando sí entienden lo que digo.
Mi vibrato, como dice mi amiga Yolanda Huertas -cantante donde las haya y buena chica como pocas- tiene "un algo" especial. Y ha de ser cierto, ya que aunque mi voz no tiene la potencia de la de Plácido Domingo, más bien tiene la de un " Jodido Lunes" cuando comienzo a ejercitar esa mágica vibración la gente cambia el rictus de ajo porro que suele traer a los sitios donde yo suelo cantar y se les ilumina la cara.
Así es que, aunque me cueste reconocerlo, intentando ser cantante, a lo único que he conseguido llegar es a ser un gran vibrador.
Me gusta hacer vibrar tanto como detesto la indiferencia y la apatía, así que, cuando siento que hace falta un poco de conexión con el público o con la gente, decididamente me pongo a cantar. 
Y, aunque no se lo crean, ese arma secreta siempre me funciona. 
Bendito vibrato.

viernes, 10 de mayo de 2013

El éxito en treinta segundos



Muchas son las ocasiones -lo tengo que reconocer- en las que desearía tener la capacidad de escribir un buen relato en treinta segundos. Me gustaría que las ideas se ordenaran solas y que fluyeran, ágiles y serviles, del cerebro a mis manos. Que mis dedos corrieran desbocados aporreando de manera certera las teclas. Que las palabras inundarán de coherencia la pantalla en blanco. Que se ordenaran los mensajes automáticamente y con el mejor estilo. Y, por fin, que el milagroso relato tuviera la mínima coherencia como para que los lectores experimentaran el ánimo y el placer de leerlo. 
A menudo pretendemos que las cosas fluyan solas. ¡Abracadabra!. Que la suerte, o el destino, nos trajeran lo que anhelamos sin la lucha que se requiere para conseguirlo. Nos creemos con el derecho de que todo se nos solucione sin mover un dedo. Repudiamos todo aquello que nos supone un mínimo esfuerzo y, entre tanto, nos quejamos de este mundo y el otro buscando culpables por doquier.
Sin embargo, las metas, los logros, las victorias o las soluciones, únicamente se consiguen tras un largo proceso de lucha interna (decisión), y lucha externa (método). La gente exitosa, lo tiene muy claro, quieren ser los mejores y saben que para llegar a serlo necesitan de un buen planteamiento y de mucha constancia. Objetivo, método, constancia y éxito.
No sé si este relato, como todos los que escribo, servirá para algo. Sin duda, no pasará a la historia de la literatura de autoayuda por su trascendencia ni por su originalidad. Ni tan siquiera por plantear un nuevo estilo de comunicación a través de un medio tan minoritario como un blog perdido en el misterioso mundo de Internet.
Qué puedo hacer yo si no se me ha ocurrido nada mejor que escribir en esos dichosos treinta segundos...

jueves, 9 de mayo de 2013

Los ronquidos de la japonesa



No es de extrañar que me sintiera desubicado surcando los cielos del norte de Francia en un avión de Finnair con destino a Helsinki,  leyendo al dominicano Junot Díaz, por mucho pulitzer de narrativa que este sea, y escuchando a mi lado a una japonesa roncar, por muy japonesa que esta fuera.
Quizás desubicado no fuese la palabra más adecuada, tal vez me sentía desconcertado. Como un soldado gringo con destino a Afganistán, o como un torero a punto de comenzar la faena, o como era yo mismo antes de ser yo mismo.
Por eso llegué a la conclusión de que no me sentía de ese modo por haber tomado ese vuelo, o por estar escuchando roncar a una japonesa;  me sentía así porque me sentía inquieto, con independencia de la altitud, la latitud o de la gente desconocida que me rodeaba.
Pensé: ¿Mucho trabajo? Quizás. ¿Muchos vuelos? Tal vez. ¿Muy cansado? Podría ser. ¿Ansioso? Sí  ¿Y para qué coño viajas a Estonia y a Letonia con esa letanía? Pues tienes razón compadre, le dije a mi propia conciencia en ese interrogatorio que no tenía ni pies ni cabeza.
Así fue como comencé aquella absurda discusión conmigo mismo. Natia y Sylvain me habían dejado solo en la fila dieciocho, al lado de aquella ruidosa japonesa, y ellos se habían sentado en la  fila veintisiete  en la que todo el mundo dormía tan plácidamente como se puede dormir en un avión finlandés surcando los cielos de Europa a novecientos kilómetros por hora.
Mientras se desarrollaba esa introspectiva conversación, la japonesa comenzó a mirar la pequeña pantalla de mi ordenador.  Se puso las gafas. Se las quitó y se las limpió. Se las volvió a poner. Se las ajustó más hacia los ojos.  Acercó su cabeza descaradamente hacia la pantalla de mi ordenador y entonces fue cuando, mirándome con cierto aire de reproche, me dijo:
-¿Ronco tanto como usted dice ahí?
-Un poco  -le respondí, un tanto desconcertado.
-Entonces: ¿Por qué enfatiza tanto en su relato sobre el supuesto hecho de que yo ronque? –me preguntó la asiática tan ofendida.
-No se enoje conmigo, esto es tan sólo un relato. Siempre mezclo en ellos la realidad con la ficción. No se lo tome usted a mal, por favor. De hecho, no tengo ni idea de que si usted, en realidad,  ronca o no ronca. ¿Me entiende? –le respondí.
-No, no entiendo nada a los occidentales. ¿Me haría usted el favor de sacarme de su absurdo y ficticio relato? –me exigió la mujer. No quiero aparecer en ningún libro, ni ser el hazmereír de nadie. Soy nieta de un gran militar japonés fallecido, con honor, en la guerra contra los americanos. Me considero una ferviente defensora de la cultura del País del Sol Naciente y de su alteza  imperial.
-De acuerdo señora. Ahora mismo cambio el personaje y en lugar de una japonesa que ronca pondré que era una finlandesa la que roncaba. ¿Le parece mejor así? –le propuse con el ánimo de consensuar una honrosa salida a tan inesperado conflicto diplomático.
-No, no, tampoco me parece bien. Aquí el único pasajero que ha roncado durante el viaje ha sido usted. ¿Por qué no lo dice en su dichoso relato y nos deja a los demás en paz? –me sugirió la japonesa.
De ahora en adelante –pensé, cuando me ponga a escribir en los aviones, llevaré más cuidado. De cualquier modo -que se fastidie la japonesa- no pienso cambiar el relato.

domingo, 5 de mayo de 2013

Terrores íntimos


Su primera visita a un psicólogo la tuvo inquieta durante varios días. Aunque ella, la verdad, siempre vivía inquieta. Le pesaban, como una losa, unos miedos tan grandes y profundos que su quehacer cotidiano se parecía, cada vez más, a una ascensión al Himalaya sin oxígeno. Últimamente todo le suponía un esfuerzo: desde el simple hecho de levantarse cada mañana de la cama para ir al trabajo, salir a una cena con sus amigos, ver las noticias en la televisión, pensar en la maternidad o en ir al gimnasio. Cada jornada se le hacía más cuesta arriba.
Cuando Marta se sentó frente a aquel profesional de la mente, sin ninguna razón que le pareciera lógica, se sintió tranquila. La química fluyó entre ambos de manera espontánea. A ella le pareció percibir un resplandor áureo alrededor del cuerpo de aquel terapeuta al que miraba sin pestañear. Se detuvo en contemplar su barba perfectamente delineada, sus ojos redondos e infantiles, sus manos suaves como recién salidas de la manicura, sus labios carnosos y rosados, y su piel, sensiblemente tostada por el sol, destacaba sobre una camisa blanca de lino.
Inicialmente, como suele ser habitual en esas dinámicas, el psicólogo se interesó por su infancia, su adolescencia, la relación con sus hermanos y sus padres, sus aficiones, sus anhelos, sus frustraciones y sus aspiraciones. Ella respondía con la verborrea que le caracterizaba. Marta tenía la singular habilidad de poner en palabras hasta el más insignificante de sus sentimientos y eso, al terapeuta, le vino muy bien.
Los minutos corrían al galope en aquel viejo reloj de pared. La conversación se derivó hacia sus pesadillas. Marta llevaba toda la vida padeciendo unas despiadadas pesadillas que ni tan siquiera la medicación conseguían atenuar.
-Cuéntame la que tuviste anoche -le pidió el doctor Cabrera. 
-Anoche soñé que estaba velando a mi tío Paco. De repente me vi sola con el difunto. Todo el mundo, inexplicablemente, había desaparecido a mi alrededor. Mi tío abrió los ojos y me miró extrañado por la situación. Sus ojos centelleaban. Se veían rojos como los que salen en las fotografías con flash. Se levantó de su féretro y me tendió la mano para que le ayudara a incorporarse. Cogió uno de los ramos de flores que habían en la habitación. Yo lo hacía todo muerta de miedo y de incredulidad. Una vez se hubo incorporado, se atusó el cabello y se sacudió el traje impecable que siempre llevaba y que le habíamos puesto para su descanso eterno. Me pidió que fuéramos a su casa a darle ese ramo de flores a su esposa. Yo le intentaba explicar que mi tía llevaba muerta varios años y que él lo sabía perfectamente.  Él me decía que no, que eso era imposible y que, por favor, le llevara a casa en un taxi. Tu tía nos espera. Verás como nos está esperando sentada en su mecedora -me insistió.
Luego, recuerdo que cogíamos un taxi. El tráfico estaba imposible y mi tío le pidió al taxista que tomara una ruta alternativa, a lo que el taxista respondió que no conocía esa ruta. Mi tío se alteraba y sus ojos enrojecían aún más.
Más adelante, en un semáforo, mi tío Paco me agarró la mano y la sentí fría. Tan fría que un escalofrío me recorrió todo el cuerpo como si me hubiesen dado un latigazo. Cuando el taxi arrancó vi como una oreja de mi tío se desgajaba de su rostro. Él, al darse cuenta de que yo lo había visto todo, cogió la oreja que había caído sobre el asiento del taxi y se la guardó en el bolsillo de la chaqueta diciéndome que no le dijera nada de esto a mi tía.
Cuando llegamos a su casa mi tío me pidió que abriera la puerta. Al entrar mi tía estaba sentada viendo la televisión y al vernos entrar nos echó la bronca por llegar tarde.
-¿Dónde te habías metido, Paco? Llevó esperándote desde las ocho con la cena preparada. El partido de fútbol acaba de comenzar. Siéntate tú también Marta que os voy a servir la cena.
Mientras mi tía trasteaba en la cocina, mi tío Paco me pidió que no le dijera a mí tía que estaba muerto. No quiero que sufra más por mi culpa -me decía.
Yo no podía parar de llorar. Mi tía apareció en el salón con una enorme bandeja de sardinas crudas -No he tenido muchas ganas de cocinar hoy y como he escuchado en la televisión que el pescado azul fresco es muy bueno para la osteoporosis he pensado que lo mejor sería que nos las comiéramos así. Mi tío Paco enloqueció y le tiró a mi tía la bandeja de sardinas por el suelo. Las sardinas salían volando por la ventana del salón hacia la calle. ¡Ves Paco! ¡Por tu culpa se han escapado las sardinas! ¿Qué vamos a cenar ahora, dime?
Yo no podía dejar de llorar. Un sentimiento de impotencia y de ansiedad me inundaba toda, doctor. En ese momento me desperté. 
-¿Qué le parece doctor Cabrera?- preguntó Marta al especialista.
-Una historia bastante surrealista, pero muy interesante -contestó. ¿Sabes una cosa Marta? Antes de marcharte te voy a pedir que realices un pequeño ejercicio en el despacho que hay aquí al lado. ¿Te parece bien? -le preguntó el psicólogo.
-Claro. ¿Qué es lo que tengo que hacer? -preguntó ella con interés.
-En esta grabadora está registrada toda la conversación que hemos mantenido. Me gustaría que trascribieras sobre un papel la pesadilla que me acabas de contar. ¿Te parece bien? -dijo el doctor.
-Lo haré, aunque no me hace falta la grabadora, desgraciadamente, por mucho que quiero, nunca me olvido de esas pesadilla -le comentó Marta.
-Cuando acabes la dejas ahí y te puedes marchar. Yo estaré en la consulta con otro paciente. Nos vemos la semana que viene a la misma hora y si necesitas algo no dudes en llamarme.

Siete días después, Marta acudió a la cita un tanto más relajada. Sus pesadillas y sus miedos seguían intactos, pero algo le hacía presagiar que aquella terapia le iba a beneficiar.
El doctor Cabrera la recibió con una enorme sonrisa televisiva. Su camisa, pese a no ser la misma de la vez anterior, era del mismo color y de un corte muy similar. Lo encontró más moreno e incluso, si cabe, un poco más guapo que días atrás.
El terapeuta se interesó, con premura, sobre las pesadillas que le habían asediado durante la semana y le pidió que se centrara en la que recordaba con más claridad. Ella comenzó el relato de lo acontecido en aquella pesadilla mientras que él la observaba con una mirada tan balsámica que Marta, en lugar de volver a sentir miedo o tensión durante la exposición, lo que experimentó fue una extraña sensación de alivio.
En esta nueva pesadilla ella se encontraba desnuda dentro de una enorme esfera de cristal. Su más reciente enamorado, también desnudo, era incapaz de acceder a dónde ella se encontraba. Su anterior pareja también llegó al lugar y, del mismo modo, intentó romper la enorme pecera en la que Marta estaba encerrada. Uno tras otro fueron apareciendo desnudos todos los hombres de su vida y todos y cada uno de ellos intentaban, ansiosamente, romper el cristal que les separaba de Marta. 
Sin poder evitarlo, Marta comenzó a fijarse en sus penes. Algunos parecían estar erectos. De hecho, en un momento dado, todos comenzaron a frotarse contra el cristal y sus miembros no paraban de crecer hasta convertirse en penes descomunales. El sueño avanzó con una fuerte pelea entre todos que, a los pocos minutos, acabó convertida en una gran orgía homosexual. 
Ahí me desperté, doctor, espantada y recubierta de sudor por todo el cuerpo -le explicó la paciente.
-Tu subconsciente es infinitamente creativo Marta. ¿Nunca has pensado en escribir? Me sorprende mucho tu capacidad narrativa -le comentó el terapeuta.
-En ocasiones lo he pensado, pero siempre acabo preguntándome: ¿Para qué voy a escribir?, ¿A quién le podrían interesar mis historias?. Quizás, tan sólo sean escusas, ya lo sé, pero al final vence mi conformismo y mi resignación a las ganas de escribir y me quedo ahí, bloqueada y perdida sobre la pantalla en blanco del procesador de textos y le doy a salir. Siempre le doy a salir sin haber escrito ni tres líneas seguidas -le comentó Marta.
-Hoy te voy a pedir que realices otro pequeño ejercicio. Mira Marta, esta es mi dirección personal de correo electrónico. Cuando llegues a casa intenta escribir esta pesadilla que me acabas de contar, y si te apetece, sólo si te apetece, durante esta semana me escribes las pesadillas que vas teniendo. No es una obligación, no quiero que lo veas como tal. ¿Te parece bien? -le planteó el doctor Cabrera.
-Claro, lo voy a intentar. Si viera que sufro demasiado reviviendo esas pesadillas dejaría de hacerlo y ya está -le respondió Marta.

Las visitas al psicólogo se fueron sucediendo conforme a lo previsto. Una vez por semana, durante los últimos seis meses, habían conseguido que Marta se sintiese un poco mejor y, sobre todo, más segura de sí misma. Su actividad diaria se estaba haciendo mucho más llevadera. Su capacidad de socializar se había normalizado por completo y Marta ya se planteaba que había llegado el momento de ahorrarse los cincuenta euros semanales que le costaba cada consulta y, con ese dinero, reservarse unas modestas vacaciones, para el próximo verano, en alguna aldea de montaña en Portugal.

Marta llegó ese día a la consulta con el firme convencimiento de que, por el momento, las terapias semanales debían dar paso a consultas más espaciadas en el tiempo, siempre y cuando al doctor Cabrera le pareciera adecuado el planteamiento. Así que, Marta, nada más llegar, se lo contó al psicólogo.
-Creo que estamos sincronizados. Precisamente hoy te iba a hablar de eso y de una sorpresa que tengo para ti. Marta: ¿Has escuchado alguna vez sobre los portales de autoedición de libros que hay en Internet? -le preguntó el psicólogo.
-Sí doctor. Al comenzar las visitas, cuando usted me intentó animar para que escribiese, estuve visitando un par de ellas, pero la verdad, no insistí demasiado y abandoné la idea. Quizás no fue el momento adecuado -le respondió Marta.
-Pues, precisamente de eso te quería hablar -dijo el doctor.
Y diciendo eso, el doctor Cabrera metió la mano en su cajón y le ofreció un libro. 
-Espero que te guste -le dijo.
Cuando ella leyó el título: "Terrores íntimos" y el nombre de su autora: Marta Fernández Del Toro, no podía dar crédito a lo que estaba viviendo.
-¿Qué es esto, doctor? -preguntó la paciente visiblemente emocionada.
-Tu primer libro, Marta. Entre otras cosas, me he tomado la libertad de escribirte el prólogo, sacar el depósito legal, el ISBN, realizar las correcciones, maquetarlo y enviarlo a la editora. Por cierto, en los veinte días que lleva a la venta en Internet se han vendido trescientos ejemplares y una editorial está interesada en adquirir los derechos de la obra para hacer una primera tirada impresa. ¿Qué te parece, Marta? -le planteó el doctor.
Pero Marta, pese su enorme habilidad para expresarse, no pudo articular palabra alguna. Un llanto de emoción comenzó a brotar de sus ojos y, doctor y paciente, se fundieron en un largo y fraternal abrazo.

miércoles, 1 de mayo de 2013

En busca del poeta Miguel Hernández


Comenzó mayo. Salió el sol. Caminé por la mota del río Segura, en las proximidades de Orihuela, en busca del alma frustrada del poeta Miguel Hernández. Su alma, sin embargo, no aparecía. Quizás intuyendo que no soy poeta y que nunca lo fui. Sentí una débil presencia al pasar junto a un rebaño de cabras y ovejas. Una suave brisa meció los cañaverales y una pareja de ánades sobrevoló mi cabeza. Una cabra no paraba de balar y me miraba con tristeza, como pidiéndome algo. Se olía a cabra y a azahar. Del poeta, aún nada.
Mucha gente pasaba en bicicleta. Otros caminando. Una joven cogía, erróneamente, hojas de almez en lugar de coger hojas de morera. ¡Pobres gusanos!, no creo que le perdonen a su dueña su escasa cultura botánica, o su miopía. Nunca vi a un gusano de seda comer hojas de almez.
Continué buscando al poeta, o a su alma, o, al menos, algo que me lo recordara. Busqué su poesía en los bancales, en las acequias, en las moreras, en los establos, en los rostros de la gente, en el verde esmeralda del cuello del ánade macho, en el relinchar de un joven burro sin capar, en un muro lleno de graffitis, en el amarillo de un limón, en las alas blancas de una mariposa, en las nubes de mosquitos, en un huerto de cebollas. 
En ausencia del poeta busqué la poesía. Y cuando ya no apostaba nada por encontrarla, un niño salió de un carril con un manojo de cebollas en la mano. Le seguía su padre con alpargatas, los pantalones remangados y la azada al hombro. Un grupo de jilgueros parecía acompañarles revoloteando a su alrededor. Yo observaba atónito la escena. Intuía que la poesía había adquirido forma, saltando del papel a la carne y recobrando vida. 
Detrás de mi algo se movía. Me asusté. A mi lado, como si yo no existiese, pasó la cabra que, hacía un rato, no había cesado de balar a mi paso. Se fue directamente hacia el niño, al que se le acababa de posar un mirlo en el hombro. Ellos parecían no verme. Pasaron a mi lado casi rozándome. Pensé, por un momento, que la poesía se había apoderado de mi transformándome  en un ser invisible.
Noté como alguien me tocaba el hombro. Me dí la vuelta.
-Oye, perdona: ¿Te encuentras bien? -me preguntó una chica vestida de atleta olímpica.
-Sí, sí, tan sólo me sentía un poco mareado, pero ya estoy bien -le dije un tanto aturdido por lo inesperado de la situación.
-¿Necesitas algo? - se ofreció la muchacha.
-No, nada gracias. ¿Estoy muy lejos de Orihuela? -le pregunté.
-Si sigues por aquí en cinco minutos estarás en el pueblo- me aclaró.
Después de que la amable joven se marchara, a la carrera, comencé el regreso hasta la entrada a la población donde había aparcado mi coche. Junto a él, observé carteles que invitaban a participar en las clásicas manifestaciones del Día del Trabajo. Con razón- dije para mis adentros. 
Al cerrar la puerta, me fijé en un gran cuchillo que había en el suelo. Era un cuchillo antiguo, de mango de madera y aspecto rústico. Lo miré con sorpresa. Estaba manchado de sangre. No lo toqué. De nuevo recordé los poemas del infortunado maestro oriholano.
¿Cómo se me habrá ocurrido salir a buscar el alma de Miguel Hernández un día como el de hoy? De estar por aquí, su alma estará en alguna manifestación apoyando a los más necesitados -pensé.
Ya en el vehículo, de camino a casa, recordé uno de sus eternos poemas:

                          "Me duele este niño hambriento
                           como una grandiosa espina,
                           y su vivir ceniciento
                           revuelve mi alma de encina".

¡Qué pena que a estos políticos no se les revuelva nada!