viernes, 10 de enero de 2014

Norte-Sur


Sonó el despertador. Era invierno. Enero, como hoy, para más señas. Aquella mañana Jorge se despertó aferrado a su sueño, cosa bastante rara en él, ya que, casi siempre, los olvidaba en el preciso instante en el que abría los ojos o, a lo sumo, antes de llegar a poner el pie derecho en el suelo. Sin embargo, esa mañana fue la excepción que confirmaba la regla. Recordaba, perfectamente, el compromiso que había adquirido con una multitud enfervorecida que le exigía soluciones. Se veía en un balcón, quizás municipal, ofreciendo un discurso adecuado a los oídos, necesitados de soluciones, de los allí presentes. Sentía orgullo viéndose en esa situación.
Comprometido a buscar un atajo entre en norte y el sur, se levantó de la cama. Tengo un compromiso. Tengo un compromiso con mis paisanos. Me he comprometido y cumpliré mi palabra. Le pese a quién le pese. Tengo un compromiso -se decía entre dientes-, con un pijama de rayas más propio de un presidiario que de un gestor de empresas, intentando, de ese modo, que no se evaporara el recuerdo de su sueño.
Al llegar a la cocina, lo primero que hizo fue encender su vieja cafetera. Puso una rebanada de pan en un tostador vertical que solía quemar una de cada dos tostadas. Se sirvió medio vaso de zumo de naranja de una botella en la que se podía leer "recién exprimido" y que llevaba más de dos semanas abierta en el frigorífico. Miró por la ventana de su cocina y la niebla le impidió ver la casa de los vecinos como solía hacer siempre que se tomaba el zumo. El silencio era ensordecedor. El frío, insoportable, no impedía, sin embargo, que recordara perfectamente su compromiso: juntar el norte con el sur. ¡Juntar el norte con el sur!.
Mientras meditaba en el profundo sentido filosófico de su cometido, le daba vueltas al café, intentando disolver los tres terrones de azúcar que le solía poner. Entre vuelta y vuelta, tomó conciencia de la magnitud de su mensaje: unir el norte con el sur. ¡La madre que me parió! Por lo menos que me he comprometido a poner farolas en el camino del cementerio. Ni más ni menos que juntar el norte con el sur -exclamó Jorge, con desesperación.
La ducha fue rápida. Ducha minuto le llamaba él. La planificó un día, tras comunicarle la empresa en la que trabajaba antes que le bajaban un veinte por ciento el sueldo, por culpa de la crisis, para ahorrar agua, gas, electricidad, champú y gel de baño. En los últimos meses había calculado un ahorro aproximado de noventa y cinco euros. El sistema lo había intentado patentar, sin éxito. Él nunca fue un hombre exitoso. De hecho, cuando Jorge buscaba el éxito en el norte, este, esquivo, se iba hacia el sur. Si el dinero estaba en la bolsa, cuando él llegaba a invertir la bolsa bajaba estrepitosamente. Un conocido suyo lo animó a invertir en arte, compró un cuadro de Dalí, a precio de ganga, a una supuesta viuda que no sabía lo que vendía, y luego todo resultó ser una estafa que se llevó por delante gran parte de sus ahorros.
En la calle sintió aún más frío del que pensaba. El tranvía fue puntual. Se sentó al lado de una señora generosa en carnes, y en sonrisas, ya que, desde el mismo instante en el que se sentó, la señora no paraba de echarle sonrisitas y caiditas de ojos.
Él se hizo el despistado mirando la pantalla de su teléfono, sin poder evitar que en su mente se repitiera, como un mantra, el extraño mandato de su sueño: ¡juntar el norte con el sur! ¿Pero, cómo? -se repetía Jorge, una y otra vez.
Se bajó, como siempre solía hacer, en la Estación del Norte. Caminó, por diez minutos más, hasta el edificio Sur. Subió por la escalera, ya que su empresa: Inmobiliaria Norte, se encontraba en el entresuelo. 
Al llegar a su oficina sintió algo extraño. Las miradas de sus compañeros no eran las habituales. Las percibía más cálidas. Nada que ver con el mirar plomizo y sin brillo de días anteriores. Sin duda, Jorge notaba algo distinto, pero no era capaz de identificar el motivo de tan inquietante sensación.
No había pasado ni media hora de su llegada cuando sonó el teléfono de su mesa.
-Inmobiliaria Norte, dígame -respondió Jorge.
-Pero Jorge, ¡cojones! no has visto que es una llamada interna. Ven a mi despacho un momento -le dijo su jefe, con el tono de voz enérgico que le caracterizaba. 
Jorge se levantó de su mesa y encaró un pasillo estrecho, flanqueado por imágenes antiguas de Madrid, en cuyo fondo se encontraba el despacho de su jefe.
-Da usted su permiso, don Manuel -exclamó Jorge.
-Pase, pase, Jorge. Siéntese. Como sabrá usted, nuestra expansión en la Costa del Sol está siendo, en los últimos años, el motor económico de nuestra compañía. ¿Estamos de acuerdo o no, Jorge? -le preguntó el jefe.
-Así es don Manuel, las ventas de esa zona triplican a las del resto del país, gracias, sobre todo, a los extranjeros -confirmó Jorge, con seguridad.
-Pues de eso precisamente quería hablar con usted. Hemos pensado en ampliar nuestra presencia allí, pero por motivos fiscales hemos decidido constituir una nueva empresa, con sede en Málaga, que se llamará Inmobiliaria Norte-Sur -qué le parece, don Jorge, porque, a partir de ahora, le tendremos que llamar don Jorge.
-Me parece una muy buena noticia, don Manuel. Creo que somos una de las pocas inmobiliarias del país que ha continuado creciendo en ventas, incluso en estos años de crisis -explicó Jorge, con orgullo.
-Así es Jorge, y por ello, la empresa ha decidido confiarle a usted la dirección administrativa de esa nueva compañía. Por supuesto, tendrá una mejora importante en su salario y podrá disfrutar, sin coste alguno para usted, de un maravilloso apartamento en el edificio Sur, con vistas al mar; el que acabamos de construir en la Avenida Mar del Norte. ¿Qué le parece, Jorge? -preguntó don Manuel.
-Me deja usted sin palabras, don Manuel. Es para mi un gran honor que la empresa haya contado conmigo para ese ascenso. Estoy muy agradecido, don Manuel -dijo Jorge, con lágrimas en los ojos.
-Por cierto, recursos humanos ya ha seleccionado a la secretaría que le ayudará en Málaga a poner en marcha el proyecto. Es una persona que habla dos o tres idiomas, tiene estudios superiores de administración de empresas, y una gran experiencia en el sector bancario. De hecho, está aquí en la sala de espera, le diré que venga -dijo el jefe.
Mientras que don Manuel pedía por teléfono a su adjunta que acompañara a su despacho a la nueva secretaria, Jorge no daba crédito a todo lo que le estaba aconteciendo. Se sentía tan orgulloso como en el sueño que había tenido esa misma noche. Y recordando ese sueño, se percató de que la empresa, que muy pronto comenzaría a dirigir, se llamaba Norte-Sur. Él, que nunca había creído que el contenido de los sueños tuviera conexión alguna con la vida real, se sintió desconcertado. ¿Todo esto me estará pasando en realidad, o estaré aún dormido? -se preguntaba.
Al abrirse la puerta del despacho de don Manuel, Jorge recuperó la conciencia. Sin embargo, al ver entrar por la puerta a la oronda señora que le había coqueteado en el tranvía, Jorge pegó en respingo en el sillón, que hasta don Manuel se llevó un gran susto.
-¿Le ocurre algo, Jorge? -preguntó don Manuel, preocupado por la situación.
-No, no, nada, es que, de pronto, me he acordado que es el aniversario de la muerte de mi madre y me ha dado un sentir. Siempre suelo ir a su tumba a depositar unas flores, antes de venir al trabajo, y hoy se me pasó por completo -se excusó Jorge, sorteando la incomoda situación con habilidad.
-Ven ustedes, señoritas, se dan cuenta de la calidad humana que tiene don Jorge. Eso es lo que buscamos en nuestros empleados. ¡Humanidad! Nuestros clientes son personas y necesitan calor humano -expuso don Manuel, muy efusivo. 
-Doña Ofelia, le presento a don Jorge, un gran gestor, pero sobre todo un gran ser humano -explicó don Manuel.
-Mucho gusto, Ofelía, encantado de conocerla -exclamó Jorge mientras le daba dos besos a su nueva colaboradora.
-Igualmente, don Jorge, estoy muy emocionada por esta gran oportunidad que me brindan, a nivel profesional y personal -dijo Ofelia, mirando con coquetería a Jorge.
-La empresa Inmobiliaria Norte-Sur S.L. espera mucho de ustedes dos. Así que, manos a la obra.
De ese modo, la vida de Jorge, y también la de Ofelia, pegó un giro copernicano. 
Málaga siempre fue una buena ciudad para soñar.

Y para terminar este relato, canten conmigo:

¡Para hacer bien el amor hay que venir al sur, nananana, nananana....! 
(Rafaela Carrá)

11 comentarios:

  1. Porque el color de los sueños que se van pintando por el camino que significa la vida solo dependerá si los coloreamos a color o en blanco y negro, genial tu relato José.

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  2. Que buen relato, en los sueños nada o casi nada es imposible. En la vida es al contrario, pero si uno se empeña en algo, cueste lo que cueste ese algo generalmente se puede conseguir, de hay esa gran frase, "Hace mas el que quiere, que el que puede"..... salu2

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  3. Que sería de nuestras vidas sin los sueños ?,son la máquina de la motivación diaria .
    Más sueños ,y menos pesadillas!!!!!!

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  4. Sueños hechos realidad....maravilloso...!lo imposible hecho posible!

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  5. Respuestas
    1. No anónimo, el final lo dejo en la mente de cada lector. Un abrazo y gracias por asomarte por este rinconcito a leer.

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    2. Lástima. Sería una buena lectura a la espera del siguiente capitulo de Venancio.

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  6. Los sueños son los que dan fuerza para luchar y hacer lo que parece imposible en posible. Bonito relato invita a soñar.

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