Reconozco que mis gustos no están de moda. En ocasiones necesito retirarme a lugares recónditos y tranquilos para reencontrarme conmigo mismo y con la naturaleza.
Allí me rehabilito, y me reconstruyo de manera formidable como un ave fénix, para continuar con la batalla constante de la vida y hacerme fuerte.
La Isla Graciosa es uno de esos lugares mágicos a los que regresaría definitivamente para jubilarme, con la única pretensión de tomar el sol, pasear, bañarme, escribir, leer, hacer esculturas, comer pescado e ir apagándome, poco a poco, al plácido son de las olas.
En la Graciosa, la más pequeña de todas las Islas Canarias, habita la grandeza de la sencillez.
Sólo necesito eso.
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