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martes, 24 de julio de 2012

Días de hospital XLI



Tengo que reconocer que no sabía cómo coño poner 41 en números romanos. No tenía hoy, tampoco, en este día de dudas, ni idea de qué foto elegir de todas las que le había tirado a mi madre en su último día de hospital. No teníamos la más remota idea de a que hora vendría la ansiada ambulancia a recogerla para alejarla de ese maldito agujero negro hospitalario llamado Morales Meseguer, aunque, en realidad, me temo que todos los hospitales sean, en cierta medida, agujeros negros que conectan esta realidad con la otra que desconocemos. 
La visita de la doctora, que tanto me alegraba en los últimos días, me ha caído como un jarro de agua fría. Los resultados del TAC me han hecho entender que no entendía nada. Ha sido, la recibida, una información desinformante, dolorosa y fulminante. La bella doctora se ha transformado, por un instante, en la madrastra de la Cenicienta, con capirote y verruga en la nariz incluida. Tras esa alucinación pasajera he vuelto a mi consciencia inconsciente, y le he dicho a la doctora que no tenía más dudas, ni más preguntas, cuando en realidad lo que quería decirle era todo lo contrario: Doctora, no entiendo absolutamente nada de lo que me está diciendo. Si fuera religioso o católico de esos de golpe de pecho, me preguntaría: ¿Dios mío, qué ha hecho mi madre, tan malo, para merecerse eso? Pero como soy ateo recalcitrante y orgulloso de serlo, sólo me queda maldecir, una y mil veces, a un sistema sanitario arcaico y caótico, revestido de modernidad, que hace aguas por todos lados. 
Sé que este no es el mejor modo para concluir esta serie de relatos hospitalarios. Nunca fui un hombre demasiado diplomático. Días de hospital pretendía ser un diario donde recoger las experiencias de la estancia de mi madre en el hospital y todo cuanto sucedía a su alrededor, a través de mis ojos, soñando siempre con un final feliz. 
Hoy, que pongo fin a este cuaderno de bitácora, me he dado cuenta de que los cuentos, en la realidad, no siempre acaban con un final feliz.
Este cuento de mi madre finaliza con un nuevo comienzo. Finaliza cuando ella comienza una nueva lucha, injusta y despiadadamente desigual. Finaliza pues en falso. En una salida del hospital que nos conduce irremediablemente al hospital y al hospital y al hospital...
Como una terrible pesadilla que nunca deberíamos haber sufrido y yo nunca debería haber escrito.
Mucha suerte mamá. No te fallaré. No te fallaremos.

sábado, 21 de julio de 2012

Días de hospital XL



Esta tarde mi madre no para de hablar. Eso es buena señal. Una vez estaba ahogándose en la piscina de Archena y el socorrista que la sacó dijo que la encontró hablando debajo del agua. Así es mi madre. 
Me habla de cuando yo tenía un añito. Lavaba mis pañales -ella les llama los trapos- en la acequia que pasa por La Raya, una pedanía de Murcia en la que mis padres, por aquella época, regentaban el casino. Mi padre se daba el piro en la moto y allí se quedaba mi madre despachando cervezas conmigo en los brazos. Quizás por eso yo tengo alergia a la cerveza, pero no la extraño. Antes bebía Coca-Cola a tutiplén, pero ahora, durante las comidas, bebo más vino y, últimamente, sidra con hielo picado que en verano es una delicia. Deberían probarla. Sin embargo mi madre es más de cerveza.
La señora que tenemos ahora en la cama de al lado hace seis años que perdió el habla. Se pasa la vida de hospital en hospital, si es que a eso que tiene la pobre mujer le podemos llamar vida. Se la pasa gimiendo todo el día y toda la noche. Dice mi madre que ella no quisiera verse nunca así.
Los médicos nos echan del hospital. Nos han avisado de que el lunes nos van a dar el alta. Quizás sea lo mejor. Mi madre y los antibióticos han hecho tanta amistad que ya ni le hacen efecto. La confianza mata. Por ello, los médicos nos dicen que la saquemos de aquí cuanto antes. Los virus corren por los pasillos a la misma velocidad que se dispara nuestra prima de riesgo.
Los días de hospital, en principio, están llegando a su fin. Me da vértigo mirar hacia atrás, y no las tengo todas conmigo si miro hacia delante.
Para que haga un poco de ejercicio, con ayuda del hijo de la señora de la cama de al lado, hemos levantado a mi madre del sillón y la hemos ayudado a andar un poquito por el pasillo. Poca cosa, aunque menos da un piedra.
El enfermero, tras pincharle en el dedo, nos ha dicho que tiene 217, mientras la prima de riesgo española estaba a 617. La prima ha ganado a mi madre por 400 puntos. Si mi madre tuviera eso de azúcar no la salvaba ni Batman, aunque Batman tampoco salvó ayer a los doce espectadores que se cargaron   en EE.UU el día de su estreno. Iba a ir al cine pero estoy por no ir.


jueves, 19 de julio de 2012

Días de hospital XXXIX


La verdad que estamos alucinando con este equipo médico. Actúan con rapidez y decisión, informan con claridad y sientes el apoyo de una manera real y humana. Yo no sé si es que este equipo viene de refresco y ha disfrutado de unas merecidas y fantásticas vacaciones en Punta Cana, pero lo dicho: ¡Qué maravilla!. Trabajan como si este gobierno no les hubiera quitado la paga extra de navidad y el anterior no les hubiese rebajado el 5% el sueldo.
Por sorpresa y sobre todo por poder contar con la ayuda de mi amigo y compañero Sylvain Louison -que dicho sea de paso es el mejor peluquero del mundo- hemos ido a  cortarle el pelo, ponerle el tinte de 10 minutos de Tahe, -que le ha cubierto la cana de cuatro meses perfectamente- y ponerle un tratamiento Infusión de queratina, también de esa prestigiosa marca de cosméticos de Murcia.
-Esto no me lo hacen en la peluquería de la tercera edad -ha comentado ella, sorprendida.
-Ni en la de la cuarta, mami -le respondí.
La compañera de habitación de mi madre se ha sorprendido de que esas canas, de cuatro meses y medio, se hayan cubierto en tan sólo diez minutos.
-No me lo puedo creer - decía la señora. Mi hija es peluquera y no usa tintes de 10 minutos. La verdad, es de tontos teñir en media hora si ya hay productos, tan buenos como este, que en 10 minutos te cubren la cana y te aportan ese brillo -exclamó tan convencida.
- ¿Los productos de Tahe se fabrican en Murcia? Yo pensaba que era una marca extranjera -nos explicó la señora, insistiendo en su sorpresa por la forma de colorear y tratar el cabello de una manera tan rápida y eficaz.
- Así es, tan murcianos como los limones y se exportan a más de cuarenta países -le expliqué.
- Pues que gusto que hayan empresas así en Murcia, ojalá y hubieran muchas como esa. Ya hablaré yo con mi hija para que gaste más productos de vuestra marca. 
Mi madre, gracias a Sylvain, se quedó preciosa. Por la tarde, siguió andando por el pasillo con la ayuda del fisioterapeuta y su andador. Esta mañana, van a realizarle una biopsia en la mancha que ya descubrieron en la UCI, en uno de sus pulmones, y que no consideraron necesaria realizar pero que este equipo médico, para su tranquilidad y para la nuestra, ha decidido llevar a cabo. De sus resultados va a depender su tratamiento post-hospitalario.
Esperemos que todo salga bien y esa biopsia de negativa.
Gracias Sylvain y gracias, sobre todo, a estas doctoras. Grandes profesionales y encima guapas. Seguro que usan productos de Tahe.

lunes, 16 de julio de 2012

Días de hospital XXXVIII


Hoy, en nombre de mi madre y de toda mi familia, quiero agradecer el apoyo ofrecido por la nueva doctora que esta atendiendo a mi madre. Cuando todo apuntaba a un indeseado traslado al Hospital San Carlos, la doctora, en un acto de escucha y comprensión hacia mi madre, que le honra, nos ha permitido permanecer en el Hospital Morales Meseguer y nos ha asegurado que va a ordenar que intensifiquen su rehabilitación y sus cuidados.
No he podido evitar emocionarme por el simple hecho de sentirme escuchado y comprendido, y si, en realidad, esos cuidados se llevaran a cabo, como así parece que va ha ser, esta doctora va a conseguir que recupere cierta credibilidad y confianza hacia el sector médico.
Luego, me he ido a trabajar y me he perdido algo en lo que llevaba soñando hace mucho tiempo: los primeros pasos de mi madre.
El fisioterapeuta con ayuda de un andador la ha conseguido levantar y que diera sus primeros pasos, para nosotros de mucho más valor histórico que los que diera el mismísimo Neil Armstrong cuando pisó la Luna. 
Me los he perdido yo, pero los a disfrutado mi padre, que bien merecido se lo tenía el pobre, después de todo lo que esta apoyando desde el primer día.
Ahora tengo que aprovechar este tiempo extra, que nos ha concedido la doctora, para intentar adaptar la casa de mi madre lo antes posible a su nueva realidad. Ojalá me dé tiempo a todo.


miércoles, 11 de julio de 2012

Días de hospital XXXVII


Hoy ha sido un día incendiario. Mientras que a mi madre ya le quieren mostrar la puerta, pese a que es incapaz de valerse por sí misma ni controlar sus esfínteres, ya nos han lanzado el primer globo sonda de que su salida del hospital esta próxima. Si eso ocurría en el Hospital Morales Meseguer, al mismo tiempo, en el Hospital Reina Sofía, nos han echado literalmente al tío Ramón a la calle. Supongo que todo esto tiene que ver con el cierre programado de no sé cuántas habitaciones, por lo que los pacientes se ven abocados a un destino incierto saliendo de los hospitales estén como estén. ¡Allá las familias! Y con la música a otra parte...
Puede ser que hoy no haya sido un gran día para los funcionarios de la sanidad. Notábamos cierto nerviosismo quizás provocado porque de un tijeretazo el presidente Rajahoy (nuestro adalid de la normalidad) sacando su lengua viperina y díscola, se ha apropiado de sus pagas de navidad y se las ha donado a los banqueros. Los pobres funcionarios están que se tiran de los pelos viendo a su adorado presidente como hace todo lo que decía que no iba a hacer.
De hecho, a subido el IVA tres puntos cuando criticó duramente la anterior gobierno cuando lo subió dos. En aquel momento dijo que subir impuestos bajaría el consumo, por lo tanto, el consumo va a continuar bajando. Si sigue bajando el consumo será imposible que disminuya el desempleo y, con ello, a los funcionarios les seguirán desviando sus pagas extras en beneficio de los bancos.
Afortunadamente el tío Ramón tiene unas sobrinas que valen su peso en oro y ya han buscado soluciones para su delicada e indefensa situación.
Mi madre esta mejor día a día. Con autorización médica vamos a doblarle la fisioterapia para intentar recuperar su movilidad lo antes posible. No es nuestra intención que mi madre esté ni un día más de lo necesario en el hospital, pero creemos que ella debería salir por su pie tal y como yo la dejé en el hospital hace hoy cuatro meses y seis días.
De vez en cuando enfermeros y médicos de la UCI pasan a visitarla y eso, ella, lo agradece mucho.
Mi madre quiere volver a ser la que fue. Le quedan aún muchas coplas que bailar y muchas croquetas que freír.

lunes, 9 de julio de 2012

Días de hospital XXXVI


De seguir así me perderé con los números romanos. Lo importante es que no se pierda mi madre del camino que lleva. Hoy me ha tocado el turno de tarde. Mi padre, pese a que tiene la cabeza de aquella manera, está dando el do de pecho y quiere hacer todos los turnos, los nuestros y los suyos. Nunca es tarde si la dicha es buena.
Durante la siesta me he acomodado en el sillón poniendo los pies sobre la cama, situación que ha aprovechado mi madre para acariciarme los pies. Mientras me masajeaba me ha contado historias de su infancia: como cuando su padre, durante la siesta, descubrió a dos niños comiendo higos en lo alto de la higuera que había en la puerta de su barraca, y, en lugar de llamarles la atención, les solicitó que comieran lo que quisieran pero que llevaran cuidado de no romper ninguna rama.
La señora que acompaña a la vecina de la cama de al lado, ayer habló con mi sobrina y esta le dijo que estaba loca porque su abuela -mi madre- se pusiera buena para que le hiciera croquetas. Por eso, esta tarde, la señora viendo a mi madre muy dispuesta le ha preguntado por la receta de las croquetas:
Es muy fácil -le ha respondido. Yo las hago de merluza o de pollo. Si las haces de pollo y es poca cantidad con un caparazón de pollo puede ser suficiente y encima no cuesta casi nada. 
-Cueces el caparazón y guardas el caldo de la cocción.
-En una sartén con bastante aceite de oliva, freímos abundante cebolla.
-Cuando esta doradita añadimos la carne bien desmenuzada.
-Después añadimos el caldo del pollo.
-Una vez hierve todo, comenzamos a añadir harina y damos vueltas y vueltas para formar una masa, intentado que no se pegue.
-Una vez tenemos la masa, preparamos un platito con pan rayado y otro con uno o dos huevos batidos.
-Hacemos bolitas con las manos y las alargamos un poco.
-Las pasamos primero por el huevo y después por el pan rayado.
-Las freímos a fuego fuerte con cuidado que no se nos quemen.
Evidentemente todo ello con el toque preciso de sal, pimienta y nuez moscada.
Después de las recetas de cocina hemos realizado una sesión de cantoterapia. Mi madre tenía ganas de cantar y que le cantara. Dicho y hecho. Me he puesto a cantarle varias canciones y he tenido que cerrar la puerta de la habitación porque la gente se amontonaba en el pasillo contemplando el improvisado espectáculo y obstaculizaban el paso.
Así vamos pasando los días. Al mal tiempo, buena cara.
Cuando el español canta....

miércoles, 4 de julio de 2012

Días de hospital XXXIV



Lleva mi madre dos días apoteósicos. El lunes, cumpliendo su promesa, los médicos le retiraron la traqueostomía. Al mediodía estaba todavía un poco incrédula ante su nueva situación. Respiraba ayudada por una mascarilla de oxígeno y no pudo comer ni beber nada hasta la noche.
El martes, ayer, casi cuatro meses después de haber ingresado en el hospital, ha recuperado el habla. Al llegar al box, ella me miraba contrariada y le he preguntado:
-Mamá: ¿Has hablado ya, o todavía no? -le pregunté tan serio.
Ella, en principio, me ha dicho que no, moviendo la cabeza, pero yo he insistido:
-¿Por qué no hablas, si ya puedes hacerlo? - Prueba por favor,le insistí.
-¡Pepe!¡Pepe! ha pronunciado ella con voz de niña asustada.
-Has visto como ya puedes hablar. ¡Qué alegría tan grande, mami!
Luego se ha vuelto hacia Juan, su pareja, y le ha dicho:
-¡Juan, te quiero!
Los tres nos hemos emocionado mucho. Escuchábamos la voz de una niña titubeante y miedosa. Una niña de casi sesenta y nueve años con ganas de regresar a su casa después de haber vivido una tremenda pesadilla y jugar al chinchón.
Una de las primeras cosas que me ha contado me ha dejado helado. Me ha dicho que sabía que mi abuela Mercedes había muerto. Qué lo había leído en nuestros rostros. Cuando ella nos preguntaba por mi abuela y nosotros le decíamos que seguía igual, que unos días mejor y que otros peor, que unos días no quería comer, que otros no se quería levantar, mi madre intuía que algo había pasado. Yo se lo he terminado por confirmar y se ha puesto muy triste y lloricosa.
-Yo quería mucho a la abuela, Pepico. Mientras yo me mataba a trabajar ella os crió a tu hermana y a ti -me ha dicho entre lágrimas.
Luego, al más puro estilo torero, he cambiado el tercio y le he vuelto a pedir que diga algo, pero ella ha preferido que le dé de comer.
La comida hoy, según el papel, consistía en: sustancia de arroz, arroz con ternera y manzana asada. Lo gracioso del asunto ha sido que nunca, hasta hoy, había visto un puré de arroz con ternera con semejante, olor a pescado y lleno de escamas, a no ser que, por algún desequilibrio medioambiental, las vacas estén cambiando la piel por escamas. Quizás sean vacas mutantes que se crían al borde del mar pastando restos de Poseidonia oceánica. Las algas que llevan a nuestras playas les saldrían, a los ganaderos, más baratas que el pienso compuesto y las carnes serían ricas en sales y en yodo.
Curiosamente, el arroz y pescado, le ha gustado mucho a mi madre.
A parte de todas estas anécdotas hoy ha sido un día muy feliz para todos, un paso hacia delante en su recuperación, que, ojalá, continúe por buen camino.
Me ha dejado tomarle esta foto con la idea de que cuando la visite en planta el peluquero, podamos apreciar el antes y el después.
De cualquier manera, con peluquería o sin ella, a mí me sigue pareciendo la madre más guapa del mundo.
Amor de madre.

sábado, 30 de junio de 2012

Días de hospital XXXIII


Mientras en la calle, a 45º, la gente se asfixia, mi madre mejora su respiración. Tanto es así que los médicos, entre ellos el propio Director de la Unidad de Cuidados Intensivos, nos han asegurado que en los próximos días a mi madre le retirarán la traqueostomía. 
Hoy, al llegar, me ha sorprendido una gran mucosidad sanguinolenta que había arrojado por el tubo. Tiene muchos mocos y vuelve a decir que oye menos. De hecho, tenemos que repetirle todo lo que le decimos, varias veces, porque esta más sorda que una tapia. 
Se le está cayendo mucho el cabello. Recojo muchos pelos de la almohada y de entre las sábanas.
Llevo varios días seguidos dándole lo mismo de comer:
Caldo de pollo -que se lo doy mejor con una pajilla- puré de pollo con arroz y, de postre, una manzana asada. No sé si será cosa de los recortes en la sanidad o de la escasa creatividad culinaria de la empresa de catering contratada por el hospital, pero, la pobrecita, está hasta el moño de comer siempre lo mismo. Mi madre solo atina a decir: 
-¡Otra vez lo mismo!
Y yo le respondo para consolarla: 
- Mamá, come y calla. Ya sabes que si te lo comes todo te vas pronto a casa.
Cuatro meses hospitalizada es mucho tiempo. Pero ella, como decimos en Murcia, aguanta carros, carretas y carretones. 
Ayer, al mediodía, una vivienda ardió frente al box de mi madre. Tuvieron que venir los bomberos a sofocar el incendio. Un olor a humo de lentejas con chorizo carbonizadas inundó todo el hospital. Los incendios domésticos al mediodía proceden, en su mayor parte, de las cocinas. A mi madre, que es muy chistosa, para quitarle dramatismo al asunto, le conté un viejo chiste de los suyos:
-¡Mamá, mamá! las lentejas se están pegando -le dijo el niño a su madre.
-Por mí déjalas que se maten -respondió la señora.
Como días atrás le conté la historia de Marta, La Lagarta, ahora todos los días me pregunta por ella como si fuera alguien de la familia. También me habla  y me pregunta sobre el perro de mi hija, que se llama Torso, el cual, al parecer, es un gran aficionado a los poses fotográficos. Es ver a alguien acercarse, cámara en ristre, y el can comienza a poner caritas que es un primor. Hasta guiña el ojo.
Si esto era una prueba de resistencia, mi madre la está superando con nota. A ella siempre le han gustado mucho los animales.

jueves, 21 de junio de 2012

Días de hospital XXXII


Frente a mi casa las alcaparras ya están en flor. El termómetro superó hoy los 40º y mi hija Yolanda está, por fin, de vacaciones. En otro orden de cosas, la selección española de fútbol se batirá en duelo contra Francia el próximo sábado; la banca española espera, con ansias, el rescate europeo, mientras, mi madre continúa en el hospital.
Más de tres meses y medio hospitalizada y, hoy, todavía nos brindaba su sonrisa. Pero no todos los días sonríe. Hay muchos días en los que las paredes de su box se le vienen encima. Hay muchos días en los que todo lo ve negro, imposible y terminal. Días en los que no cree a nadie y días en los que desea, con todas sus fuerzas, volver a bailar al centro de mayores de La Flota.
Nunca hubiera imaginado la capacidad de resistencia que está demostrando mi madre. Por su fortaleza, nos hemos convertido, sin pretenderlo, en la familia más antigua de cuidados intensivos del Morales Meseguer. Ignoro si darán condecoraciones por esta hazaña tan poco mediática, pero, sin duda, mi madre se la merece.
Los médicos informan lo justo, cada cual con su particular y peculiar estilo. Ahora tenemos que ponernos batas desechables y guantes en todas las visitas. Últimamente come mejor. Todo pasadito por la turmix: pollo con verduras, pescado con arroz, lentejas con verduras, muchos purés de patata, caldo de ave y de postres: yogures y manzanas asadas, conforman los menús que se come, a diario, sin rechistar. A veces lo vomita todo y nos ponemos nerviosos. 
Nos sigue contando sus conversaciones con las enfermeras, con las limpiadoras, con los fisioterapeutas y con los médicos, y eso que continúa con su traqueostomía puesta. Para ella, que siempre ha sido de hablar mucho, el hecho de que la mitad de las veces no la entendamos, la saca de quicio.
El verano se le ha venido encima a mi madre, en el hospital, como se le ha venido encima a Rajoy toda la mierda de Bankia, su banco estrella. Hace unos años vendían a Caja Madrid como el gran logro económico y de gestión de la derecha española y ahora es el gran agujero negro que nos va a tragar a todos.
Este verano se anuncia caluroso y movido. Por desgracia, para nosotros, mi madre no podrá ir a la playa a refrescarse. Se anuncian más recortes, más bajadas salariales, privatizaciones de servicios básicos, y hasta está en riesgo la sanidad pública de la que tanto nos quejamos y a la que tanto le debemos.
Mi madre sigue viva por la sanidad pública, con sus virtudes y con sus defectos. Sigue viva y tratada por grandes profesionales que están 24 horas al día al servicio de los ciudadanos. Igual que ahora lucho por mi madre, al pie de su cama desde hace tanto tiempo, lucharé donde haga falta, por defender la sanidad pública y universal para todos los españoles y todos los ciudadanos que viven en nuestro país.
Ojalá nos emocionemos con la roja y esa misma emoción la utilicemos para defender nuestro sistema de salud. Es de lo mejorcito que tenemos en este podrido país.

jueves, 7 de junio de 2012

Días de hospital XXXI


Corriendo, corriendo he llegado -sin maleta- desde Guadalajara (México) al Hospital Morales Meseguer en un plisplás; 9628 kilómetros que se han pasado entre ronquidos de diversas notas, broncas de azafatas caducadas de Iberia y un intenso olor a humanidad. 
Mi madre sigue donde la dejé, sentadita en su cama, con su rosario en todo lo alto, y con su traqueostomía puesta. Desde el fin de semana ha estado respirando peor. Sus pulmones han vuelto a llenarse de líquido y, esta mañana, le han sacado un litro de cada uno. Lo han mandado a analizar. Los médicos están preocupados porque esta nueva recaída pulmonar no es normal, más si cabe, después de comprobar que, tras drenar ese líquido, su respuesta espontánea no ha sido tan buena como la vez anterior.
He vuelto a disfrutar dándole de comer y untándole de crema de urea todo su cuerpo; una crema especial que nuestro genial químico el Sr. D.Javier Peñalosa ha formulado especialmente para ella. La verdad es que la piel la está aceptando la mar de bien y desde aquí se lo quiero agradecer.
Ahora que mi madre ha perdido volumen, su piel se ha vuelto más flácida. Tan envejecido y flácido como yo me vi el otro día cuando mi compañero Mario Agramunt, con su polivalente Iphone me tomó una fotografía y con una despiadada y  maléfica aplicación me recreó el careto que luciré cuando ostente la edad de mi madre.
Si ahora me veo mal, el hecho de verme con esa cara de pan y atravesado por mil surcos de diferente profundidad, me ha dejado un tanto descolocado.
Me ha gustado la reacción de mi mujer que, al ver la fotografía, me ha dicho que, en la foto, me sigue viendo con cara de bueno y con mis ojos chiquitos pero lindos. Eso es amor y lo demás son tonterías.
Por si fuera poco, después de lo de mi abuela, cuyas cenizas fueron esparcidas por la mágica playa del Portús, y la grave enfermedad de mi madre, ahora veo a mi padre cada vez peor. En los últimos días a vuelto a padecer unos terribles vértigos y su cara es todo un poema.
Menos mal que tras este viaje que hago mañana a Finlandia me voy a quedar por una temporada en Murcia. Dice un antiguo refrán que las desgracias nunca vienen solas.

lunes, 28 de mayo de 2012

Días de hospital XXX


Creo que es la primera vez que escribo sobre mi madre estando a más de 9.000 kilómetros de ella. La imagino en su cama da UCI del Morales Meseguer mientras que yo estoy en el Hotel Real de Minas de León, en el mexicano estado de Guanajuato. Siempre, para todo, hay una primera vez.
Una jauría de adolescentes inunda la piscina. Pegan unos gritos tan tremendos que parece que están haciendo algún sacrificio ritual al estilo maya, aunque su inocente juego tan sólo consiste en ir arrojándose vestidos, unos a otros, a la piscina. Mis pies arden. Todo el día de pie en la Expo Inter Beauty me han dejado hecho una colilla. Me consuelo pensando en que el esfuerzo, por fin, va a merecer la pena y que las cosas, en México, van a mejorar. 
Mi madre sigue respirando mejor, pero, al parecer, no lo suficiente como para retirarle la traqueostomía. A veces come bien y otras no tiene apetito. Dice que no le saca sabor a las cosas. Ella siempre ha sido de sabores fuertes; por algo ostentó, durante décadas, el título nobiliario de Reina de La Sal.
Estos días mi hermano, que ha regresado de Edimburgo, está con mi madre y eso la hace feliz. Nos ha contado historias que recuerda de cuando se encontraba a mitad de camino entre este mundo y el otro. No tengo claro que sean del todo ciertas, pero yo las voy a relatar aquí por si sí, o por si no.
Cuenta como ella se encontraba en un pasillo oscuro en el que tan sólo podía avanzar. Notaba que le clavaban agujas por todo el cuerpo. Más adelante conseguía llegar a una gran estancia donde se encontró con dos grandes piscinas: una blanca nuclear y otra azul cielo. No sabía que hacer. Sentía miedo de regresar y de introducirse en cualquiera de las dos opciones. No la dejaban pasar, alguien, o algo, se lo impedían.
De esta historia no recuerda nada más.
En el siguiente sueño que nos contó aparece mi sobrina Zaida con una niña pequeña. Mi madre le pregunta a su nieta qué quién es la chiquitina y mi sobrina le responde que su nueva nieta.
Evidentemente, esa nueva nieta no existe. Quizás, en realidad, sea una indirecta hacia mí. Lleva mucho tiempo ilusionada con el hecho de que le haga de nuevo abuela, pero, por hache o por be, no encontramos el momento .
Sigo pensado, en la distancia, en lo duro que debe ser estar ingresado tanto tiempo en un hospital. Me pregunto cómo será tener el cuerpo secuestrado en una cama y la mente volando, incontrolada y convulsa, hacia el pasado y hacía el futuro. Lo difícil que debe ser conservar la fe, durante tanto tiempo, en los cuidadores. El miedo que se sentirá ante cada nuevo tratamiento o cada nueva manipulación. Cómo será el sentirte a merced del destino, o del acierto o del fracaso de los demás.
La psicología de los sanitarios y el apoyo que prestamos las familia son el único faro que conduce a los enfermos hacia la esperanza. La enfermedad es de las pocas cosas que nos humaniza cuando nos sentimos dioses. Del todo a la nada en cuestión de segundos. 
Mi madre sigue su lucha en el hospital, mientras yo, continúo con mi lucha en México. En el fondo somos dos afortunados. Que bonito es poder seguir luchando.

martes, 15 de mayo de 2012

Días de hospital XXIX


Si Pedro Almodovar hizo la película: "Todo sobre mi madre", yo estoy escribiendo el guión de un culebrón murciano que podría llevar por título: "La Loli remenber, historia de la típica madre sufridora". No creo que le interesara el guión ni al ruinoso Canal 7, pero yo lo estoy escribiendo por si sí, o por si no.
Hoy, mucho tiempo después de su ingreso en el hospital, allá por el seis de marzo pasado, mi madre tiene un aspecto formidable. La sangre que le metieron ayer se le nota bastante. Debió pertenecer a un donante energético y vigoroso porque, hoy, mi madre tenía ganas de salir corriendo en bicicleta  de la UCI y subir el Puerto de La Cadena.
Los donantes de sangre están siendo, durante todo su ingreso hospitalario, sus ángeles de la guarda. Donar sangre es un gran acto de solidaridad, aunque tengo que reconocer que las veces que yo he donado sangre, más allá de ejercerlo como un acto altruista, tenía como finalidad comerme un bocata de jamón y un refresco por la patilla.
Hace tiempo que no dono sangre. No tengo muy claro que mi sangre sirva para mucho, ya que las transaminasas me fluctúan, incontroladas, como la prima de riesgo española o el indice nikkei.
En el Bar Josepe teníamos un cliente al que amigablemente llamábamos "El champules" al que le pasaba algo y no sabíamos qué. El buen señor venía siempre en una bicicleta que desplazaba tan despacio que siempre parecía que se iba a caer. Cuando se bajaba de la bici los clientes salían corriendo a ayudarle porque daba la sensación de que iba a volcar y pegarse un trompazo con el suelo. Después entraba al bar arrastrando lo pies y su fatiga crónica sólo se veía aliviada con un buen chato de vino -al que él llamaba champú- y una croqueta de merluza como Dios manda.
Por medio de otro cliente nos enteramos, por fin, de qué era lo que le sucedía al pobre señor. "El champules", en sus años mozos, vendió tanta sangre, para poder comer, que estuvo a punto de morirse. Hoy día, esa historia, en España, nos parece increíble. Estos días en los que mi madre se ha beneficiado de tantas y tantas bolsas de sangre, me han hecho recordar que estas situaciones, como las de este pobre señor, se pueden estar repitiendo en muchos lugares del planeta. 
Pero volviendo a los donantes altruistas de sangre, quiero agradecer públicamente, en nombre de mi familia, a todas aquellas personas que, en un derroche de generosidad hacia los demás, aportan su sangre para salvar, de manera anónima y poco reconocida, a miles y miles de personas. Ese acto de solidaridad tiene mucho mérito. Y si no que se lo digan a mi madre.

domingo, 13 de mayo de 2012

Días de hospital XXVIII


Esta mañana le he dado un repaso a los números romanos. Son muchos días los que han pasado, y los que quedan, y he necesitado recurrir a la wikipedia para no meter la pata con tan elegante numeración.
Aunque estudié en los Maristas -un colegio de ricos al que me llevaron mis padres, para que fuera un hombre de provecho y no un piltrafilla- el único título que alcancé fue el de paseante de libros, por lo que estoy condenado, de por vida, a ser aprendiz de todo y maestro de nada.
El recurrir a la wikipedia viene al hilo de que mi madre, nuevamente, ha sufrido una recaída. La fiebre ha vuelto a hacer acto de presencia, así que, una nueva oleada infecciosa ha venido a visitarla. 
Cuando intenté ser agente forestal estudié las plagas del bosque y la forma de combatirlas. Recuerdo que una estrategia era dejar algunos árboles caídos para que en ellos se cebaran las plagas y luego prenderles fuego. Al débil le acude todo. El refranero popular se refiere a esto mismo diciendo: A perro flaco son todo pulgas. Mi madre es una diana perfecta para las infecciones y esto nos provoca estupor. 
Durante días ha llevado la vía del cuello sangrándole, pero, al parecer, eso estaba dentro de la normalidad. Nosotros, que no hemos estudiado medicina, ni enfermería, ni hemos hecho cursos de intensivistas, sentíamos temor por el aspecto que estaba adquiriendo la zona del cuello, y hete aquí el resultado.
Supongo, que nuestro papel en esta historia debe ser el mismo que el de mi madre. Aguantar, aguantar y aguantar.
El temor que invade a nuestra madre es nuestro temor y su impotencia nuestra impotencia y nuestra desesperación. Somos una familia en pleno naufragio y el timón de la nave no responde. Hemos perdido el norte y las olas nos golpean. Nos sentimos, más que nunca, en manos del destino. A merced de un océano de olas y oscuridad. No sabemos si la próxima ola que nos acometa será la definitiva.
Siento miedo por lo que me pueda encontrar este mediodía en el hospital. Ayer de nuevo falleció otra persona. La familia lloraba desconsolada y yo miraba perplejo y sin palabras, como si, por momentos, yo también me sintiera traqueostomizado como mi madre.
Recuerdo un comentario que hizo una señora gitana, que iba toda vestida de negro, en la sala de espera: "Con los médicos hay que estar vivos como una culebra",decía.
Como todos estos días atrás, el futuro, para ella y para nosotros, empieza hoy. Ójala que no sea nada, mamá. Nos encomendaremos a Fleming.

viernes, 11 de mayo de 2012

Días de hospital XXVI



Recuperar la respiración es la máxima prioridad que tiene mi madre, en este momento, pero le da mucho miedo. Sólo pensarlo hace que se bloquee, de tal manera, que el ejercicio se le convierte en algo así como si a usted que esta leyendo, o a mí,que estoy intentando escribir esto, me diera, que no me va a dar, por subir en bicicleta a la Cresta del Gallo.
Por lo demás, todo continúa en franca mejoría, aunque no sabemos nada de la biopsia que le practicaron tras su operación, a pesar de que lo hemos solicitado por activa y por pasiva.  
Mi madre tiene miedo y yo también. Ella por su respiración y yo por los próximos viajes de trabajo que tengo a Polonia, México y Finlandia que me van a tener alejado de ella casi veinte días. Soñaba con que, para esas fechas, ella ya pudiera estar en planta, pero me temo que no va ha ser así.
Le he informado, pizarra en mano, de que su Atletic de Bilbao sucumbió en Bucarest ante el tigre Falcao, un señor de Colombia que tiene olfato de gol hasta cuando tiene gripe. Me recuerda en sus movimientos al mexicano jubilado Hugo Sánchez que también vistió la elástica del Atlético de Madrid antes de fichar por el Real Madrid. Mi madre es menos futbolera que mi recientemente fallecida abuela Mercedes. Así que me ha dicho que le da igual lo del Bilbao, y lo de Falcao y lo de Hugo Sánchez. Lo que ella quiere es irse a su casa y punto.
Si yo estuviera en su lugar no se que haría. Mis estancias hospitalarias nunca fueron más largas de tres o cuatro jornadas, así que no tengo experiencia suficiente como para aconsejarle. Pero si pudiera leer, leería y si pudiera escribir, escribiría. Pero mi madre solamente puede mirar a la pared azul y pensar. 
Sus pensamientos, en ocasiones, según nos ha comentado, le traen, inconscientemente, a la cabeza, un perro blanco que había en una finca, frente a la casa de mi hermano cuando vivía en Barcelona, y que siempre estaba solo y encerrado. Aquellos ojos perrunos lastimeros se le clavaron en el subconsciente y ahora se le aparecen, sin control, estando despierta o dormida. Quizás esa empatía supina, con ese perro, sea el reflejo de su propia realidad. El perro encerrado en su vallado y mi madre prisionera del Box número 11. El perro sujeto por una cadena infinita de hierro galvanizado y mi madre conectada a casi una decena de gomas y de cables. Mi madre mirando, a lo lejos, los tejados decrépitos de un barrio que envejece y, el perro, tras la valla, mirándola a ella con resignación y ansiedad. Quizás por eso, se acuerda tanto de él. En el fondo, los dos tienen algo en común.

martes, 8 de mayo de 2012

Días de hospital XXV


Lo que menos le gusta a mi madre son los ejercicios de agudeza visual que le hago todas las noches. En una pizarra, que le compró mi hermano, le dibujo, a mi manera, cosas tan variadas como: un orinal, unas gafas, una bombilla, un bocata de jamón, etc, y ella lo resuelve con agilidad, al estilo mudo, hasta que se cansa y me manda a tocarme la chorra. Siempre que se cabrea conmigo me dice lo mismo. ¡Tócate la chorra, nenico! A pesar de su traqueostomía  ya la entendemos muy bien, sobre todo si desde el principio no perdemos el ripio de la conversación.
Esos ejercicios visuales, no sirven de mucho, pero yo la entretengo un ratito, y en ocasiones, mientras no se cansa, nos reímos juntos. 
Intento contarle cosas: noticias de actualidad, chismes de la familia real, o información relativa al Atlético de Bilbao. Lastima que se vaya a perder la final de la Liga Europa. Hubiera disfrutado mucho viendo el partido y comiendo pasteles de carne, pero no importa, yo le haré un resumen y, si gana el equipo vasco, le dibujaré la copa en la pizarra, con el resultado, y yo me comeré su pastel y el mío.
La radio que le compró mi hija, no la quiere. Dice que se oye muy mal, y tiene mucha razón, se oye más ruido que otra cosa. Sintonizas una emisora y a los dos minutos se pierde y vuelve el ruido, así que ella dice, cuando le pregunto si quiere la radio, que me toque la chorra.
La antigüedad en la unidad de los intensivistas le ha dado derecho a enfundarse un camisón. Eso la ha hecho un poquito más feliz, ya que, ella, desde un principio, se sentía incómoda emulando a Eva todo el día. No por falta de Adán, ya que, al mediodía, vienen su novio y su ex-marido -que es mi padre- a verla. 
Cada uno de ellos se coloca a un lado de la cama y se ponen tan ricamente a charlar. Según parece, ninguno de los dos es capaz de leerle los labios a mi madre. Así que ella, entre sus dos hombres, se aburre como una ostra. Dice que se queda descansando cuando se van, aunque yo creo que, en el fondo, se siente muy a gusto, viéndolos ahí, todos los días, por muy mendrugos que sean.
Los días van pasando y mayo va adquiriendo personalidad. El calor húmedo de Murcia comienza a hacer acto de presencia y el termómetro ya se acerca, a menudo, a los treinta grados. 
Todas las noches, al regresar del hospital, me reciben en casa con alegría: la salamanquesa Teresa y el autillo Pedrillo. La salamanquesa zigzaguea en el forjado de la entrada, a velocidad de vértigo, y el autillo ulula con su cadencia infinita y parsimoniosa preguntándome por mi madre.
Yo les informo de que todo va bien y cierro la puerta. Tras de mí dejo una jornada más, repleta de esfuerzos, luchas e ilusiones. Ahora me estoy dando cuenta de que tener madre es una de ellas. Más vale tarde que nunca.

sábado, 5 de mayo de 2012

Días de hospital XXIV



He dejado de tener audiencia, en este blog, cuando he moderado el sonido de mis gritos ante la situación agónica que padeció mi madre. Ahora no me lee ni el tato. Los días pasan a galope tendido para nosotros, y lentos como una tortuga mora en los campos de Lorca, para mi madre.
Navegando en este Mar Menor murciano de la tranquilidad, me gustaría que mis dedos sobrevolaran, sutiles como el vuelo de un charrán, sobre  el teclado de mi portátil y transcribieran, mágicamente, todos mis sentimientos. Que fueran capaces de hacer fluir, como el agua fresca que fluye del manantial, allá por la inmensa Sierra de Moratalla, al ritmo estrepitoso y compulsivo de los tambores, las palabras acertadas para engrandecer, como se merece, la sencilla vida de mi madre.
La belleza de mi tierra es la belleza de mi madre. Cada vez que llego a su box, su cara se ilumina impregnada de esperanza y en su boca se dibuja una sonrisa, tan grande y bonita, como el arcoíris después de una tormenta en  las neveras de Sierra Espuña entre las que corretean los arruis.
Mi madre, mezcla de andaluza y murciano, procede del costón del Río Segura. Antes, los pobres más pobres de Murcia malvivían allí, sobre lo que hoy es un enorme y casi decrépito hipermercado Eroski, en el Polígono Infante Don Juan Manuel, antigua carretera de Beniaján. Se crió entre acequias, huertos de patatas, coles, lechugas, alcachofas, limoneros y naranjos. El río aún era un río. Mi abuelo, en las noches de crecida velaba. Con una caña larga medía la subida de las aguas, vigilando que el río no se llevara a su familia por delante. Mientras tanto, miraba los aparejos por si alguna anguila picaba y, con un poco de suerte, el día siguiente amanecía con más esperanzas de que su familia comiera algo decente.
Los pies de mi madre proceden del barro huertano y la reseca tierra almeriense, por eso, o por su prótesis de rodilla, los arrastra un poco. Hoy, al mediodía, la han encaramado en lo alto de una grúa y la han sentado en un sillón,durante una hora, como a una reina. La respiración también a mejorado un poco (una miaja)* y hoy la he encontrado (encontrao)* menos alterada (trabiscorneá)* que días pasados. Su resistencia se está venciendo, como vencida esta su huerta, y se muestra tan resignada ante su situación, como los "resignados" con la suya. 
Nos ha pedido que reguemos sus plantas, que arreglemos una persiana que  tiene rota, que le quitemos la bañera y que le pongamos un pié de ducha para que ella, cuando salga del hospital, pueda asearse, en su casa, con más comodidad. También nos ha pedido que le compremos un chándal, tipo Fidel Castro y Hugo Chávez, que son los dos dirigentes mundiales que marcan tendencia en la moda posthospitalaria. Mi madre no quiere ser menos que esos trasnochados mandamases. El chandal y las zapatillas de deporte los ha pedido porque ella quiere tomarse en serio, de una vez por todas, lo de salir a caminar. 
Todo esto, sin duda, para nosotros son buenas noticias. Su mente comienza a proyectarse hacía el futuro, por tanto, comienza a darse cuenta de que vuelve a tenerlo. Quizás ese sea el camino que debe seguir. Tras dos meses de hospital, su mente ya se siente capaz de volver a reconquistar su normalidad. 
Muchos ánimos, mamá, estamos siempre contigo. Si tu sueñas con pasear con tu chándal y tus gafas de sol, yo sueño con el día en el que pueda llevarte, de nuevo, a tu casa.


*Palabras procedentes del Panocho el idioma de mi tierra.

jueves, 3 de mayo de 2012

Días de hospital XXIII



Marzo airoso, abril lluvioso, sacan a Mayo florido y hermoso. Mi madre dice mucho este refrán .Bueno, lo de dice es un decir,vamos que le gusta mucho.
Curiosamente, el aire de marzo y las lluvias de abril ya se le han pasado en el hospital, y las flores de mayo, al ritmo que vamos, también.
Las enfermedades son una prueba de fondo para las que nunca estamos suficientemente preparados. Pero el dolor hace callo.
Ahora soy, lo reconozco, menos sensible al dolor ajeno que cuando mi madre ingresó en el hospital. Observo, como un zombie, cuando los familiares, en la puerta de cuidados intensivos, se abrazan desesperados ante las malas noticias y estos lloran y se desesperan, y yo, como el que oye llover.
Mi madre no cree nada de lo que le decimos. Nos sigue preguntado cosas tan básicas o existenciales como:¿Volveré a hablar?¿Podré caminar?¿Dejaré, alguna vez, de tener diarrea?¿Qué dicen los médicos? Ante lo que yo le respondo que dicen que va mucho mejor y ella se cabrea mucho. ¿Pero cómo que estoy mejor, si estoy desesperada?
Mi madre tiene falta de recargar su paciencia. Si la paciencia fuera como un teléfono móvil sería fácil recargarla, pero que pena que no sea así.
Hemos intentado que escriba en una pizarra, para mejorar nuestra comunicación, pero el intento ha sido tan infructuoso como el de las manifestaciones que, el día primero de mayo, desfilaron por la calles de Murcia y que mi madre no alcanzó a escuchar al tener los oídos llenos de mocos.
Nosotros nos sentimos tan ridículos con nuestra pizarra, como los sindicalistas se debieron sentir con sus pancartas y sus banderas.
Nuestra Loli siempre nos pregunta, a todos los que vamos a visitarla, qué y dónde hemos comido. A ella, por ser cocinera, siempre le ha interesado mucho la gastronomía. Su ternera en salsa, su tortilla de patatas, su pulpo con tomate, su ensaladilla rusa, y un incontable número de tapas más que hicieron, durante años, las delicias de promociones de estudiantes de Ciencias Empresariales, del Instituto Alfonso X El Sabio, de la Escuela de Artes y Oficios, de empleados de la Seat, cuando aún era una empresa estatal antes de ser mal vendida a los alemanes de Volkswagen, de los trabajadores de la compañía telefónica de España, ahora Movistar, de los médicos y los enfermeros de la Arrixaca Vieja, ahora conocido como hospital Morales Meseguer, y de los agentes de la Guardia Civil.
Mi madre, sin que nadie se lo reconozca, a contribuido con su abnegado esfuerzo, entre los modestos fogones del Bar Josepe, a salir adelante a generaciones de profesionales de todos los ámbitos y de todas las valías. Sin embargo, a ella, muy poca gente ha venido a agradecerle su entrega y su dedicación. Su único reconocimiento le venía de la mano de aquellos que, tímidamente, se acercaban a la puerta de su minúscula e insalubre cocina y le decían: ¡Loli que manos tienes, no hay nadie que hagas las tortillas como tú!
Ella, como le sucede ahora, no sabía si creérselo o no.

martes, 1 de mayo de 2012

Días de hospital XXII


Ayer disfrute mucho de la risa de mi madre. Puede sonar a pedantería pero ver a una madre sonreír, en cuidados intensivos, es algo maravilloso. Sólo es comparable a escuchar el primer llanto de tu hijo, o a que te toque el gordo de la lotería de navidad. La vida es tan maravillosa que, en cuestión de días, puedes pasar de desconfiar en los médicos a amarlos y venerarlos tanto como un mexicano venera a la Virgen de Guadalupe o los madridistas a Cristiano Ronaldo.
La mejoría de mi madre es nuestra propia mejoría. Lo único triste de todo esto, especialmente para ella, es que mi hermano ha tenido que regresar a Edimburgo, para trabajar, y eso la invade de nostalgia.
Ayer los médicos le autorizaron a tomar su primera manzanilla, y al principio sintió temor a beber, pero luego lo aceptó con resignación. Nunca me había planteado el hecho de que tomar una manzanilla pudiera tener tanta trascendencia ni provocar un rechazo de esa naturaleza. Lo que para unos es una cagada para otros puede suponer toda una proeza.
Estoy descubriendo, estos días, que el submundo hospitalario es un misterioso caldo de cultivo de virus, contradicciones emocionales y replanteamientos morales de difícil entendimiento. Tengo que reconocer que, al igual que mi madre no volverá a ser la misma cuando, por fin, salga del hospital, yo tampoco seré el mismo que la trajo al sanatorio. Algo habrá cambiado para siempre. En mi caso, esta situación tan agónica, me ha servido para encontrarle más sentido y más valor a la relación con mi madre. 
He vuelto a disfrutar besándola, acariciándola, velándola o llorándole mientras dormía su inconsciencia y, a través de una mágica reacción, yo recobraba la mía.
Mi familia desunida a encontrado, de nuevo, la razón para apretar nuestro nudo gordiano, con la unánime ilusión de ver a nuestra madre recuperada en su casa, lo antes posible, para poder seguir escuchándola recitar su lista de la compra, de sus tareas domésticas o historias diversas de gente que nunca hemos conocido y, probablemente, nunca lleguemos a conocer. 
Con sus defectos y sus virtudes, hemos redescubierto cuánto la queremos y la necesitamos. Mucho más de lo que nosotros mismos, en un principio, pensábamos. Siempre he escuchado, que no le damos valor a las cosas hasta que las perdemos, y aún estando de acuerdo con este planteamiento, yo añadiría, no nos damos cuenta de cuanto queremos a alguien hasta que nos lo quieren arrebatar.
Mi madre, es mi madre y quiero que lo siga siendo por mucho tiempo. Soy un egoísta, lo reconozco, pero no quiero perderla por nada del mundo.
Muchos ánimos, mamá, después de todo lo que has pasado, esto lo tienes  chupao.

jueves, 26 de abril de 2012

Días de hospital XXI


Cuando llegamos al box mi madre levanta la mirada y nos sonríe, primero a mi hermano y después a mí. Su mirada se ilumina tras los cristales de sus gafas, que, al mediodía, por fin ha querido que se las pongamos y que aún, en el pase de la tarde, conserva puestas. Esta más guapa que cuando entró al hospital. Los nervios que tenía al despertar se le han ido transformando en resignación. Le hablamos de todo para ponerla al día y se ha alegrado mucho al saber que mí abuela, pese a sus 98 años, se está recuperando muy bien tras su neumonía. Se ríe cuando le decimos que la abuela, sin dientes, pide bocadillos y que se ha cabreado mucho por la derrota del Barsa. A mi madre eso le da igual porque ella siempre ha sido del Bilbao.
Que una madre vuelva a nacer es algo maravilloso. Llegamos a pensar en lo peor, sobre todo cuando, estando en planta el último día, antes de ingresar en la UCI, la familia recién llegada a su habitación nos aconsejó, al verla, que pidiéramos la presencia de un cura para darle la extremaunción. Después de sufrir las cuatro paradas cardíacas, mi padre y yo, nos temimos lo peor. Comentamos que todo estaba  al corriente y los recibos de Santa Lucía, la compañía aseguradora de decesos, pagados. Todo en regla por si el teléfono, que por aquellos días nos aterraba su sonido y quemaba en las manos, trasmitía la fatídica noticia. 
Hemos visto, durante este tiempo, a varias familias que perdían a algún familiar y sus consiguientes escenas de dolor. Nosotros estábamos preparados para lo que pudiera venir, si es que para una cosa así se puede estar preparado en algún momento. Pero mí madre no quería irse a ninguna parte y, ahora, espera sentadita en su cama a que lleguen las horas de visita para vernos y disfrutar de todos nosotros.
Nos reímos mucho con ella cuando intenta hablarnos y no nos enteramos. Se cabrea con nosotros, dice que parecemos tontos. Hoy nos ha comentado, con su voz muda, que los enfermeros parecen japoneses y al preguntarle el motivo nos ha respondido: ¡por la ropa que llevan!. Nos pregunta por todo el mundo. Dice que, hoy, el fisioterapeuta no le ha hecho daño y que es un chico muy guapo, a lo que su amiga Carmen a respondido que le pida el teléfono para a ver si ha ella le hace también un buen masaje, que falta le va haciendo.
Está y estamos deseando que le quiten la traqueostomía, aunque somos conscientes de que su respiración espontánea es aún insuficiente.
Ahora, cuando voy al hospital siento una alegría tremenda y cuando me marcho también. En tan poquito tiempo cómo ha cambiado el cuento. En estos templos de la salud, la vida y la muerte van de la mano, en una inquietante convivencia. Estoy convencido de que mi madre al sentir la mano fría de la muerte la soltó de golpe. Cuando pueda hablar, y esté de buen humor, se lo pienso preguntar, aunque dicen los médicos que la mayoría de los enfermos que pasan tanto tiempo en cuidados intensivos al salir no recuerdan casi nada.
Sería precioso que ella no se acordara de nada. Hay cosas en la vida que no merecen la pena recordarse.

domingo, 22 de abril de 2012

Días de hospital XX


El despertar es un fenómeno de la biología que está impregnado de un enorme romanticismo. Pero, sin duda, el despertar de una madre después de estar un mes inconsciente, en cuidados intensivos, es algo muy difícil de describir por mucha maña que se de uno, como dijo el director de la unidad en relación a este blog, en estos menesteres de la narración. Hasta este momento, aunque este feo decirlo, nunca había reparado en el color ámbar, tan precioso, de los ojos de mi madre. Su despertar esta siendo lento y tortuoso como un camino que asciende por un monte vertiginoso y accidentado. En ocasiones, parece que no va a poder y en otras parece que sí. Abre sus ojos de miel, sobresaltados, fijando sus pupilas en el infinito y, al instante, vuelve a cerrarlos como renunciando a ver lo esta viendo, quizás como consecuencia de su desesperación. Sus movimientos reflejos también nos provocan ilusiones. Sus brazos, sus piernas, su cuello y sus hombros han comenzado a ejercitarse como prueba inequívoca de que su funcionamiento coordinado será sólo cuestión de tiempo. Nos recuerdan estos movimientos a los de un bebe en su cunita a los pocos días de nacer.
Para demostrarnos que es la que es, y no otra, la que ha regresado del más allá, ya nos está aleccionando con discursos mudos pero elocuentes. La traqueostomía no la deja hablar, pero ella pronuncia discursos sin sonidos para justificarnos su ausencia durante tantas semanas. Creo que nos quiere decir que se fue a comprar tabaco, y se le torció el camino, como el del chiste. Mi madre es una apasionada de los chistes. Sus chistes siempre han sido un poco picarones. Uno de los más tontos que ella nos ha contado millones de veces -y seguro que nos seguirá contando- es uno muy viejo que, a buen seguro, casi todos los lectores conocerán:
"Esto era una señora que tenía un perra que se llamaba miss tetas. A la pobre señora se le perdió la perrita y fue a un policía municipal que había por allí y le preguntó: ¿ Oiga señor, ha visto usted a miss tetas? y el agente le respondió tan cortés, no señora, pero me gustaría verlas.
En la familia tenemos disparidad de criterios sobre si mi madre nos reconoce o no. Yo soy de los que no lo tienen muy claro, aunque reconozco que, en ocasiones, parece que nos responde con sus gestos afirmativos o negativos ante nuestras preguntas.
Por la tarde estaba muy dormida. Las enfermeras nos dijeron que intentáramos despertarla y hablar con ella. Mi hermano y yo erre que erre y ella nones. Así que, en una arrebato de improvisación, le grité al oído:
-¡Mamá, hazme la leche, que se me hace tarde!.
Y para nuestra sorpresa ella abrió los ojos de par en par y se puso a hablar con el sonido al cero, como la comentarista de un informativo en una televisión donde el sonido se hubiese estropeado.
Aún no puedo creerme que sea verdad que Loli, mi madre, haya vuelto para quedarse. Se nota que todavía vivo inmerso en el mundo de la incredulidad.