Tengo que reconocer que no sabía cómo coño poner 41 en números romanos. No tenía hoy, tampoco, en este día de dudas, ni idea de qué foto elegir de todas las que le había tirado a mi madre en su último día de hospital. No teníamos la más remota idea de a que hora vendría la ansiada ambulancia a recogerla para alejarla de ese maldito agujero negro hospitalario llamado Morales Meseguer, aunque, en realidad, me temo que todos los hospitales sean, en cierta medida, agujeros negros que conectan esta realidad con la otra que desconocemos.
La visita de la doctora, que tanto me alegraba en los últimos días, me ha caído como un jarro de agua fría. Los resultados del TAC me han hecho entender que no entendía nada. Ha sido, la recibida, una información desinformante, dolorosa y fulminante. La bella doctora se ha transformado, por un instante, en la madrastra de la Cenicienta, con capirote y verruga en la nariz incluida. Tras esa alucinación pasajera he vuelto a mi consciencia inconsciente, y le he dicho a la doctora que no tenía más dudas, ni más preguntas, cuando en realidad lo que quería decirle era todo lo contrario: Doctora, no entiendo absolutamente nada de lo que me está diciendo. Si fuera religioso o católico de esos de golpe de pecho, me preguntaría: ¿Dios mío, qué ha hecho mi madre, tan malo, para merecerse eso? Pero como soy ateo recalcitrante y orgulloso de serlo, sólo me queda maldecir, una y mil veces, a un sistema sanitario arcaico y caótico, revestido de modernidad, que hace aguas por todos lados.
Sé que este no es el mejor modo para concluir esta serie de relatos hospitalarios. Nunca fui un hombre demasiado diplomático. Días de hospital pretendía ser un diario donde recoger las experiencias de la estancia de mi madre en el hospital y todo cuanto sucedía a su alrededor, a través de mis ojos, soñando siempre con un final feliz.
Hoy, que pongo fin a este cuaderno de bitácora, me he dado cuenta de que los cuentos, en la realidad, no siempre acaban con un final feliz.
Este cuento de mi madre finaliza con un nuevo comienzo. Finaliza cuando ella comienza una nueva lucha, injusta y despiadadamente desigual. Finaliza pues en falso. En una salida del hospital que nos conduce irremediablemente al hospital y al hospital y al hospital...
Como una terrible pesadilla que nunca deberíamos haber sufrido y yo nunca debería haber escrito.
Mucha suerte mamá. No te fallaré. No te fallaremos.













