Domingo. Sumamos domingos. Domingos tranquilos. Domingos de frigorífico lleno, o medio lleno, o un cuarto de lleno. Domingos de gente durmiendo hasta el mediodía. Domingos de paseos, de relajo, de televisión, de cine, de periódico en papel, de regar las plantas, de andar en pijama, de paella, de asado, de vermut, de todo y de nada.
Domingo que desembocará en un atípico lunes de incertidumbre, de lunes de desasosiego, de lunes de crispación, de rabia, de impotencia. De lunes desesperado por inmerecido, de lunes a destiempo, fuera de juego, inapropiado para los tiempos que corren.
Tiempos de utópicas independencias en un mundo plenamente dependiente. Tiempos de revoluciones caducadas, de repúblicas anárquicas auspiciadas por hijos de la democracia. El mundo al revés.
La estética desaliñada y rebelde se lleva mucho mejor con el frigorífico lleno. Nuestros revolucionarios de salón no dan risa, son simplemente un esperpento, fruto del bienestar propiciado por unos padres luchadores, unos padres que aspiraban a disfrutar de un domingo como hoy, tranquilo, sereno, de pijama.
Y tras ello, de un lunes para ir al trabajo, mirar la tabla de la liga, y charlar con los compañeros de trabajo sobre lo mal que va todo. Hablar en un idioma o en dos o en tres o en veinte.
No son tiempos de revoluciones. Son tiempos para, entre todos, cuidar lo mucho que nos hemos dado. Son muchos los enemigos de nuestro bienestar pero todos están fuera y sabemos que nombre tienen.
Los que dieron su sangre y su sudor para que hoy disfrutemos de este plácido domingo desde el que les escribo a media luz, sin duda alguna, se lo merecen.
Ojalá que este lunes impere la cordura.






