miércoles, 15 de enero de 2025
El juego de la vida
La vida es un juego muy serio, aunque a veces no lo parezca. Hay gente que a la mínima dificultad se enroca. Otros, no pocos, que van de farol. Fanfarrones que se comen una y cuentan veinte. Aficionados de por vida al escondite o al corre corre que te pillo. Ricachones aburridos obsesionados con el Monopoly. Sabios frustrados por perder al Trivial. Parejas que se casan de penalti. Gente que nada sin guardar la ropa. Pacientes impacientes que juegan a los médicos. En fin, como creo que dijo un primo segundo de Calderón: "la vida es un juego y los juegos, juegos son".
viernes, 27 de diciembre de 2024
lunes, 16 de diciembre de 2024
Las lágrimas de la churrera
Mientras la tradicional masa se fríe en aceite hirviendo la mente de la churrera, tal vez miméticamente, también hierve. Hierve pensando en el incierto futuro de sus hijos. Hierve preocupada por la salud de su madre. Hierve agobiada por la ludopatía de su esposo que los está llevando a la ruina... Los churros ya no se venden como antes: los impuestos, la subida imparable de las materias primas, sobre todo del aceite, las dietas y la dichosa vida saludable. La gente ya no quiere hacer cola para comprar churros. Todo eso hierve en su cabeza... La churrera da la vuelta a su rueda de churros intentando, mentalmente, dar la vuelta a su desdichada situación. Piensa, cada vez de manera más recurrente, en dedicarse a la limpieza de oficinas, en cambiar de vida, en separarse de su marido al que ya no soporta ni un día más. Los churros ya están en su punto. Cruzando los palos, y haciendo un enérgico gesto que ha repetido miles de veces, saca los churros del aceite, los deposita sobre una rejilla metálica, y procede a cortarlos.
-¿Cúantos quería usted? -pregunta a un señor que hace años que peina canas.
-Quería solo dos euros -le responde.
La churrera corta, milimétricamente, con la intención de sacar algún churro adicional a cada rueda, buscando con ello ganar un poquito más. -¡Tú barre siempre para la casa! -le aconsejaba su madre, que también fue churrera antes de jubilarse, y traspasarle el puesto a la hija.
-¿Y cuántos quería usted, buen hombre? -le pregunta a un señor que, de tan bajito, obliga a la churrera a asomarse por encima del mostrador.
-Yo quiero tres eurillos. Me pone dos en un cartucho y el resto en otro, que son para mi suegra -le requiere el cliente.
Tras servir a los dos clientes, de nuevo se queda sola en el puesto. El aceite humea y le baja el fuego. El frio arrecia. Un gato negro cruza la carretera maullando su mal fario. La mujer pone la radio y en su emisora favorita suenan los Bee Gees. Inesperadamente, las lágrimas brotan de sus ojos y una de ellas se precipita sobre el aceite. Al observarlo, masculla entre dientes: ¡Se acabó!, no pienso freír más lágrimas.
miércoles, 11 de diciembre de 2024
Soy un llorón
Hay dos cosas que me caracterizan: la eterna sonrisa y la lágrima fácil. Lo sé, lo mío es para acostarse en el diván y hacer terapia a mansalva. Sonrío y lloro con la misma facilidad con la que un ultra, de lo que sea, se caga en tus muertos, o en los míos. Vivimos en una eterna y cansina confrontación sin darnos cuenta de que eso no nos conduce a nada bueno. O sin querer ver la dimensión del riesgo que estamos asumiendo. Recuerdo cuando hace catorce o quince años fui a Colombia a trabajar. Allí, en la Plaza de Bolívar, a pocos días de unas elecciones generales, un grupo de niños, acompañados de sus maestros, enarbolaban una bandera de Colombia, y respondían ante las preguntas de sus maestros: -¿Qué le pedimos al gobierno? y los niños gritaban emocionados: ¡PAZ! -¿Qué le pedimos a las FARC? y los alumnos gritaban desgañitándose: ¡PAZ! -¿Qué le pedimos a los paramilitares?: y todos chillaban como si se acabara el mundo: ¡PAZ! -¿Mis niños, qué le pedimos a los narcos? -¡PAZ, PAZ, y PAZ!
Y yo como soy llorón por naturaleza, lloraba a moco tendido, en aquella momumental plaza, mientras mi cuerpo era recorrido por un tremendo escalofrío y todos y cada uno de los pelos de mi cuerpo se erizaban.
Hoy, tantos años después, en mi cabeza, siguen retumbando las voces inocentes de esos niños colombianos pidiendo PAZ. Pienso, en la distancia, y con el paso de los años, en la lucha inmensa y admirable de esos maestros por seguir insuflando ilusión en los niños de un país acosado por las guerras y los intereses más espurios. ¿Qué será de aquellos niños? ¿Habrán perdido ya toda esperanza de alcanzar la paz? ¿Y qué será de nosotros? ¿Hasta cuando tendremos paz?
viernes, 29 de noviembre de 2024
Mariam, la niña poeta
En la pasada fería del libro de Cartagena tuve una experiencia maravillosa. Yo estaba en el stand, dando a conocer mi último libro "De Samarcanda a La Raya" cuando se me acercó una niña acompañada de su madre y de su hermana mayor. -¿Es usted el escritor? -me preguntó. Así es, soy un escritor de brocha gorda, pero algo escribo...le dije. -Pues yo soy poetisa, ¿le puedo leer una de mis poesías? me propuso la pequeña Mariam, de poco más de seis años. -¡Claro que sí! le respondí. La niña me recitó un poema dedicado a la ciudad de Cartagena, que me llenó de emoción. Las lágrimas brotaron de mis ojos, y sin pensarlo demasiado, le di un abrazo, y le regalé mi libro. -Toma, pequeña, te regalo mi libro con todo mi corazón. La niña se emocinó tanto como yo.
Al lunes siguiente, al parecer, la niña le contó todo a su profesora, y esta, de manera admirable, que demuestra el grado de implicación que un docente puede llegar a tener con sus alumnos, me buscó en Facebook y me escribió por privado, para agradecerme el gesto y decirme lo emocionada que estaba la niña. A partir de ahí, la maestra comenzó a seguirme en redes sociales. Dias antes de la presentación de mi libro me pidió el número de teléfono, y se lo pasé.
Ayer, minutos antes de comenzar la presentación oficial de mi libro, su madre me envió este video.
Como decía mi madre, en paz descanse, soy un hombre con suerte.
¡Gracias Mariam!
lunes, 25 de noviembre de 2024
lunes, 11 de noviembre de 2024
Danas y ausencias
Hoy es un día de dolor, otro día más...El dolor de mis compañeros, de mis amigos, de mis clientes y de cientos de miles de personas. Un dolor que desgarra por dentro, que te corroe, que te inunda de rabia y de impotencia. Dolor que no encuentra alivio ni en la distancia. Dolor de ausencias y desesperación. Dolor en todas sus formas y en su máxima expresión. Hoy es otro día de dolor, de tumbas sin flores, de héroes anónimos, de vidas con barro, y de muertes inocentes. Agua que da vida y nos la arrebata. Escribo para atenuar mi dolor, para aplacar la rabia de sentirme incapaz de aportar consuelo. La silla del dibujo es una silla de ausencias de las personas que ya nunca volverán a sentarse a nuestro lado. Y lloro. A cientos de kilómetros lloro, en estado de shock, como un damnificado más, al que el agua, inmisericorde, le hubiera arrebatado algo por dentro.
Valencia y Letur en mi corazón.
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