martes, 5 de abril de 2016

El árbol nuevo


El día en el que comencé a sentir los primeros síntomas me encontraba en el jardín al que ella y yo acudíamos a leer a diario. El mismo jardín botánico en el que sabía perfectamente que todo acabaría sucediendo. Me fascinaba observarla: su cabello largo y castaño, su movimientos dulces y pausados, su piel dorada, su manera tibia de caminar. 
Ella se sentaba siempre en el suelo. Despreciaba los bancos de diseño contemporáneo que recientemente había colocado el nuevo gobierno municipal, y cada día leía apoyada en un árbol distinto. Muy de vez en cuando, me regalaba una sonrisa, que conseguía que se estremeciera todo mi ser, y me alentaba para seguir adelante con mis pretensiones. A veces, el árbol elegido era un plátano, otras un roble, y otras tantas lo hacía contra un viejo magnolio grandiflora, del que ella destacaba entre sus preciosas y enormes flores blancas. Desde la distancia, yo soñaba con el día en el que pudiera oler su perfume corporal, sentir la caricia de su cabello sedoso, escuchar de cerca el latido de su corazón.
Era de noche de una recién estrenada primavera. Mis piernas comenzaron a endurecerse. Los pies me dolían a rabiar. Las uñas, de manera irreversible, se resquebrajaron. El cabello se desprendía a mechones de mi cabeza. No había duda, era la señal que tanto tiempo esperaba. Se había iniciado el proceso final. Ya no habría posibilidad de retorno, pero tampoco me importaba. La insoportable intensidad de aquel dolor dio paso a una sublime sensación de trascendencia, de levedad, de catarsis. Mi metamorfosis había activado su definitiva y trascendental cuenta atrás.
Abandoné mi casa, sin equipaje, hacia el gran viaje de mi vida. Siempre había querido ser una encina, tener las raíces de una encina, la majestuosidad de una encina, la sobriedad de una encina. Desde niño lo había deseado con todas mis fuerzas. De no haber sido por ella lo hubiera sido mucho antes. Anhelaba sentir su espalda contra la áspera e irregular superficie de mi piel arbórea. Acompañarla en sus lecturas. Hacerlo al unísono. Sentirla mía aunque fuera por un rato cada día. Aportarle sombra, tranquilidad, equilibrio. Todo lo que ella buscaba en un árbol sería yo. Esos plácidos momentos serían nuestra vida, nuestro mundo, nuestro todo.
El jardín me recibió con sus puertas cerradas y el mundo se me vino encima. La luna llena alumbraba aquella colección botánica que, por las noches, al parecer, permanecía cerrada a cal y canto y sin un ápice de luz que lo alumbrara. Los recortes en los presupuestos municipales habían provocado un evidente deterioro en su estado de conservación. De hecho, hacía semanas que un coche se había empotrado contra su valla y ésta aún permanecía sin reparar y con las cintas protectoras de la Policía Municipal señalizando el destrozo.
Entré por ahí. Me costó horrores sortear los escombros y los hierros retorcidos. Mis piernas habían perdido toda flexibilidad y mi piel se había endurecido adquiriendo la apariencia del cartón, o más bien del corcho.
Haciendo un último esfuerzo llegué al parterre de mis sueños. Junté mis piernas y mis brazos que ya no eran ni piernas ni brazos. Estiré el cuello hacía el cielo para que mis ojos conectaran con los rayos de la luna llena y, al materializarse la conexión, de mis pies brotaron unas raíces que, de inmediato, comenzaron a profundizar en la tierra. La sentía húmeda y fría, tal vez mucho más húmeda y fría de lo que habría imaginado nunca. 
A los pocos instantes de haber enraizado, mis brazos, convertidos en madera, comenzaron a elevarse, sin control, hacia el cielo, al igual que mi cuello. La savia, espesa y fría, comenzó a circular por mis venas. Era mucho más densa que la sangre que hasta hacía pocos minutos aún recorría mi cuerpo mutante. Las hojas no tardaron en brotar. Lo hicieron de una manera mucho más rápida de lo que presuponía. 
En menos de una hora mi metamorfosis había culminado con éxito. Una hora había bastado para convertirme en la encina que durante toda mi vida había soñado ser.
Ahora, sólo falta que ella se apoye en mí. Que me reconozca entre los cientos de árboles de este jardín botánico tan particular. 
Como árbol tendré la paciencia que no supe tener como hombre. Y seré suyo. Suyo para cuando ella quiera venir a acariciarme con su pelo. Suyo para que leamos juntos. Suyo para ver a los niños corretear tras las palomas. Suyo para siempre.

16 comentarios:

  1. Hermoso, tierno y original relato. ¡Me ha encantado! Un saludo.

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    1. Gracias, Mara. Me alegro que te gustara. Un abrazote.

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  2. pero que profundo y sentimental! que mejor manera de decir que los sueños ,si los deseas con todo tu corazón se pueden hacer realidad,solo hay que dejar atrás todo lo que no es indispensable,estoy fascinada , este tipo de relatos me gustan.
    saludos !!!!

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    1. Este relato, no me preguntes por qué, llevaba pululando varios días por mi cabeza. Y así aterrizó. Me alegro de que te haya gustado, Maricruz. Un beso.

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  3. Los sacrificios no tienen tiempo o espacio simplemente cuando notamos que bien vale la pena se hacen y de una forma tan fuerte como la madera de un buen árbol.

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    1. Así es, bonita reflexión la tuya, Katherine. Ya te extrañaba por aquí. Saludos

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  4. Un relato muy profundo y dulce.
    Te felicito por lo bien que expresas sentimientos a través de tus escritos.

    Un abrazo.

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    1. Tan profundo como las raíces que le salen a mi personaje. Mil gracias por tus alentadoras palabras. Un abrazo, Amalia.

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  5. Bonita historia de amor Pepe, no hay mejor regalo para un padre, jejeje, me ha gustado mucho, un abrazo

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    1. Gracias Josemi, amor forestal! Un saludo.

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  6. La romántica metarmorfosis del amor, caray! suerte.

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    1. El amor lo cambia todo y el desamor también. Saludos

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  7. Me gusta como escribes el sabor de tus oalabras es altamente dulce

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    1. Menudo piropo, mil gracias, amiga. Un abrazo

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    2. Precioso relato. Ojalá pudiéramos ser lo que quisiéramos y cuando quisiéramos, un árbol sería por donde empezaría, y seguiría con un ave, y así sin parar.
      Saludos

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    3. Sí Mario, en la vida las cosas cuestan mucho más que en un relato de cincuenta líneas..Un abrazo

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