sábado, 2 de abril de 2016

Monstruo mediático


Cabalgaba hacia abril entre Ajuar funerario, de Fernando Iwasaki, y Pétronille, de Amélie Nothomb. Entre un escritor peruano, con apellido japonés, y una incorregible escritora belga, con el corazoncito nipón. Entre Perú y Bélgica. Entre América Latina y la vieja Europa.
Adoro a la gente de mundo que lo escruta todo con ojos de camaleón y no bajo la rigidez de la visión frontal que tiene un burro con anteojeras.
Me entretuve ese día guardando la ropa de invierno y sacando de los armarios las ropas de entretiempo. 
Y en los descansos leía. Leo mucho. Cada vez más. Sufro de una preocupante adicción a la lectura.
Ayer me sucedió algo curioso. La verdad, no sé muy bien el motivo, pero últimamente mi vida está repleta de curiosidades, de anécdotas, y de accidentes. Por ello, aunque no soy supersticioso, me he puesto un lazo rojo en los calzoncillos, por si las moscas. Justo en el centro de la panza, debajo del ombligo. Y no se rían, no me queda nada mal como complemento a mi tosca lencería.
A lo que iba. Necesitaba un nuevo cargamento de libros y fui a mi librería de cabecera. Nada más entrar se me iluminó la cara. Sentí algo extraño. Algo que nunca antes había sentido, salvo en aquella ocasión en la que una chica, que había concertado una cita a ciegas con un tipo que no era yo, me confundió con él, y, por un instante, vino a mi mente todo el argumento de Lolita, la más conocida de las novelas del ruso Nabokov.
Me fijé en un libro, en la textura de su portada, en su colorido, en su ilustración, en su grosor, en su precio. No lo agarré, tan sólo atiné a acariciar su portada, como haría con la carita de un bebé. Fue una caricia tímida pero sincera. Y en ese preciso momento fue cuando escuché la voz:
-Hola. ¿Qué buscas tanto por aquí? Vienes dos veces por semana ¿no te parece demasiado? -escuché perfectamente como si me hablara alguien. 
Sentí un escalofrío. La voz era intensa, nítida, atractiva como la de Iñaki Gabilondo, pero sonaba como un eco lejano. Miré, confundido, hacia todos lados, pero no había nadie lo suficientemente cerca, ni tan poco estaba Iñaki. Así que, en voz baja, pregunté:
-¿Con quién tengo el gusto? 
-Con el espíritu de los libros -resonó de nuevo esa voz tan misteriosa.
-¿De todos? -pregunté con interés.
-Así es, soy la voz de todos los libros -aseguró con firmeza.
-¿Los libros son como una asociación, o un sindicato, y usted es algo así como su portavoz o su presidente en funciones? -cuestioné al supuesto espíritu de los libros.
-Cada conjunto de libros tiene su propio portavoz -me explicó.
-¡Ah! O sea, ¿yo en casa tengo un portavoz mudo de mi extravagante colección de libros? -pregunté un tanto inquieto por la trascendencia de la respuesta que esperaba.
-Estoy seguro de ello. No me cabe la menor duda -confirmó esa voz.
-Pues nunca se ha dirigido a mí -comenté.
-Tal vez sea tímido, o consideré que usted no está preparado para entendernos -cuestionó la voz que representaba a todos los libros de aquella librería que solía frecuentar lo menos dos veces por semana.
-¿Usted cree que estoy preparado, o no? -le interrogué.
-Yo creo que sí, pero eso no significa que el portavoz de su biblioteca doméstica sea de mi misma opinión. Lo nuestro no es como una secta, ni tiene jerarquías orgánicas. Es más como Podemos -me aclaró la voz, dando muestras evidentes de estar al corriente de la actualidad política.
-Entonces: ¿cómo se organizan? -pregunté, interesado por esos menesteres.
-Hacemos elecciones cada cuatro años -respondió.
-¿Y, sí hay un empate, o una reclamación, quién lo resuelve? -proseguí con mi interrogatorio a esa rotunda y desconocida voz.
-El tribunal de los libros buenos -me explicó.
-¿Los hay malos? Libros malos -me refiero.
-Muchos, la mayoría no valen ni para una fogata. Son tan malos que ni arderían, pero como casi nadie los lee tampoco importa mucho - respondió la voz, con cierta resignación.
-¿Y qué piensa de Amélie Nothomb? -le planteé de sopetón, para comparar mis gustos literarios con los suyos.
-Me encanta esa loca del sombrero -exclamó con cierta euforia.
-¿Y de Fernando Iwasaki? 
-Bocatto di cardinale. Ese peruano es tremendo -confirmó la voz.
-Me quita usted un enorme peso de encima -respondí a esa voz venida del más allá, o de la Cadena Ser, o, al menos, de la parte de atrás de la estantería.
Efectivamente, al darme la vuelta para salir de la zona de escritores latinoamericanos y dirigirme hacia la de novela histórica, un grupo de jóvenes, cámara en ristre y micrófono en mano, me confirmaron que acababa de ser víctima de un programa televisivo de cámara oculta y me ofrecieron un ramo de flores. 
Hecho un energúmeno, y casi cegado por una inesperada lluvia de flases, les dije que me cagaba en sus muelas -por no decir en sus muertos que siempre queda más grosero-, y que no les permitiría, bajo ningún concepto, que nada de eso se emitiera. El más arreglado de todos ellos me agarró por el hombro -le traía un aire a Pedro Sánchez del PSOE-, me condujo hacia un lado, y me susurró al oído que la participación en aquel programa se gratificaba con mil euros. Dicho lo cuál, y ante mi inequívoca cara de satisfacción, me expidió un documento para que se lo firmara, a modo de conformidad, y me extendió un cheque al portador por la cantidad acordada.
No todo iba a ser malo. Además, me explicó que en el hipotético caso de que llegase a la final cobraría tres mil euros más, y de ganarla me llevaría a casa un premio de seis mil eurazos.
Ya me veo en la tele. Si me pinchan no me sacan sangre. ¿Habrá cambiado mi suerte por el lacito rojo de los cojones?
Desearme suerte, por favor. No ganaré, pero ¿y si gano?.

5 comentarios:

  1. A mí me encanta leer y ya me gustaría poder hablar con el espíritu de los libros. Quién sabe si lo conseguiré algún día!!.
    Y, por supuesto, te deseo mucha suerte.

    Un abrazo. Feliz semana.
    Y, por supuesto, te deseo mucha suerte.

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  2. Perdona, pues me ha fallado el comentario.

    Otro abrazo.

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    1. Es tan sólo cuestión de proponérselo. De hecho cada vez que leemos, en realidad, hablamos con ellos. Un abrazo.

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  3. Jajajajajaja un lasito rojo y en semejante lugar? Vaya por ahí dicen que la suerte llega de donde menos se espera y en donde menos se imagina.jejeje

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    1. Uno también tiene su coquetería...Saludos.

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