Este año la primavera ha llegado envenenada. Me ha traído de la mano un libro de Juan Goytisolo y una quimioterapia para mi madre cuando hubiéramos preferido el gordo del Euromillón.
He tenido la fortuna -o la desventura- de acompañarla al hospital en el momento en el que el doctor pronunciaba la siguiente frase:
-Vamos a tener que ponerle un tratamiento muy suave. ¡Ni se va a enterar!, -ya verá Dolores, le ha dicho el oncólogo con la mejor intención del mundo.
Ella, al instante, ha saltado como un resorte:
-¿Se me va a caer el pelo?
-No, Dolores, este tratamiento no suele provocar la caída del cabello - le ha respondido el especialista.
Como decía antes, la fortuna la extraigo -siempre intento buscar el lado positivo de las cosas- de la reacción de mi madre. Ella se ha preocupado más de su estética que de su problema físico. Dos o tres veces ha hecho el amago de llorar pero lo ha aguantado estoicamente para no hacerlo delante de mí.
Al día siguiente, o lo que es lo mismo: al segundo día de esta ansiada y ansiosa primavera, le han dado la primera sesión por vena. Mi madre ha estado como siempre, hablando de su reinado y de sus penas. Ella tiene la capacidad de hablar al unísono de que se acaba el mundo y de que mañana se va al bingo con su amiga Carmen sin que apenas le cambie el rictus.
Yo, sin embargo, para poder avanzar en esta escritura de mierda primaveral, he tenido que repudiar a Johann Sebastian Bach, después a Beethoven y buscar refugio en el grandioso Ennio Morricone con su versión orquestal de "La Misión" la banda sonora que me gustaría que acompañara a mi féretro cuando me llamen a filas junto a mi abuela Mercedes y el resto de mis difuntos. Sólo Ennio, ese gran genio de la música, ha sabido sacarme las lágrimas, que tanto necesitaban expulsar mis ojos, esta mañana.
Siento esta primavera como una prolongación del invierno. Como una circulación a contrapelo en la que esperas darte un porrazo o que te detenga la policía.
Avanzamos, mi madre y yo, en dirección contraria sin saber el destino de tanto sufrimiento.
Me gustaría ser mejor hijo en esta amarga primavera.




