lunes, 18 de agosto de 2014

Muertos parlantes


Esta cava de Cinc Claus está dando mucho de sí. Lástima que no me la pueda llevar empacada en el maletero del coche. Es una cava de palabras en la que, de cada arruga del techo, surgen historias apócrifas que me inspiran. Historias que afloran de la necrópolis romana que fue. Como si los muertos de hace dos mil años aún tuvieran cosas que decir o historias que contar.
Por eso, cuando todo el mundo duerme, bajo sigiloso a escucharlos. Presiento que necesitan de alguien que les preste un poco de atención. Anhelan a personas que sepan entenderlos sin morirse del susto, o sin salir corriendo para nunca más volver, o sin llamar por teléfono de ipso facto al programa "Cuarto Milenio" para ver si les dan algo con lo que poder veranear gratis al año que viene.
A mí me gusta escucharlos relajadamente sentado en uno de los dos butacones de estilo sueco que presiden la vieja cava, alumbrado, únicamente, por la luz amarillenta que me brinda una elegante lámpara de pie. Ellos, alternativamente, con la tranquilidad que les confiere el no tener prisa para nada, comienzan a narrarme historias pretéritas mientras me voy sumergiendo en una especie de trance en el que pierdo la noción del tiempo y del espacio.
En esa especie de alucinación, sin peyote ni ayahuasca, van afluyendo en mente historias desconectadas, como secuencias de antiguas películas en blanco y negro: Aníbal, sobre un elefante enorme, seguido de miles de aguerridos cartagineses pertrechados hasta las cejas. Luchas sangrientas de gladiadores. Leones comiéndose a cristianos. Bacanales desenfrenadas regadas de vino tinto. Venta de esclavos recién traídos del norte de África. Baño y masaje en las termas. Gritos y altercados en las tabernas de la vieja Ampurias. Celos. Envidias entre patricios y centuriones. Barcos llegando a puerto cargados de noticias frescas de Roma. De todo me cuentan, pero sin prisas. Así da gusto.
He llegado a ver sus caras traslúcidas aflorar del techo curvo de la cava. Caras de aburrimiento. Caras de cansancio. Caras de desesperación. Caras de muertos sin ninguna gana de estar muertos.
Y, pese a lo que puedan pensar, no he sentido miedo. Ellos, como los perros cuando te miran, saben si sientes miedo o no. A mí me apasiona que me cuenten historias y, por fortuna, se han dado cuenta de ello.
Adiós, mis adorables difuntos, lamentablemente, mis vacaciones tocan a su fin. Con todo el dolor de mi aún activo corazón, hago mutis por el foro. Siempre os recordaré, aunque estéis muertos. Rematadamente muertos.


domingo, 17 de agosto de 2014

Rezos sin sangre


Este Eduardo Halfon, escritor Guatemalteco de origen judío, sabe lo que escribe y lo que pretende conseguir cuando lo hace.  Y no porque lo haya dicho no sé qué publicación. Y no porque haya conseguido no sé cuántos premios o reconocimientos. O lo haya recomendado la sección de cultura del diario El País. Es bueno. Muy bueno. Grande, como se dice ahora en plan esnob.
Sí este Eduardo es judío yo quiero ser judío. Si fuera árabe yo quisiera ser árabe e intentaría, junto a él, y junto a todos los que piensan como él, acabar con todos los muros de odio del planeta. Yo quisiera ser cómo este Eduardo sea lo que sea, coma lo que coma, y le rece a quién le rece. De hecho, el mundo debería de inundarse de muchos millones de Eduardos. De ese modo, el planeta sería más humano y olería menos a mierda camuflada con ambientador de pino. El Halfonismo, de existir, debería ser considerado como un movimiento universal contra la intolerancia y estar auspiciado por Naciones Unidas o, en su defecto, por el Fútbol Club Barcelona.
Es muy probable que la lectura de su último libro “Monasterio”, pueda encabritar a algunos rabinos radicales y ultraortodoxos, pero sin duda alguna, al resto de los mortales nos ayuda a comprender un poco mejor al pueblo judío.
Pero con independencia de eso, si es que es adecuado en este momento utilizar esa palabra en España, independencia, me refiero; Eduardo Halfon, en su corta novela de poco más de ciento veinte páginas, nos enseña, con naturalidad y sencillez, el peligro intrínseco que todos los radicalismos encierran, vengan de donde vengan, enarbolen la bandera que enarbolen, o pretendan lo que pretendan conseguir con su visceralidad.
Me recuerda mucho en sus tesis a mi maestro Amin Maalouf, otro gran defensor de la multiculturalidad, y de la unión de los pueblos desde el respeto y la comprensión de sus diferencias.
Monasterio es, por tanto, un canto dulce contra la intransigencia, y ese canto, hoy en día, con la que está cayendo en Gaza, en nuestro país, o en otros miles de lugares del planeta, suena a música celestial.
Si lo han nombrado entre los treinta y nueve mejores escritores latinoamericanos del momento, no quiero decir nada de cómo serán los otros treinta y ocho.
Qué bonito sería que todos pudiéramos rezar a quién nos diera la gana sin dejarlo todo perdido de sangre..

sábado, 16 de agosto de 2014

Imagínense por un momento


Imagínense por un momento, mis osados y queridos fans, que se encuentran dentro de una vieja cava del siglo XVII. Imagínense, también -ya puestos a imaginar-, que parte los muros de esta espectacular Masía, en la que se encuentra esta singular cava, están construidos sobre las viejas ruinas de la casa de un patricio romano del Siglo II después de Cristo. La cosa no podría sonar mejor, ¿verdad?, pero les diré más.  Imagínense que la casa en la que me encuentro está dentro de un espacio natural protegido y a escasamente tres kilómetros de las ruinas de la impresionante ciudad griega y romana de Ampurias, frente a las mejores playas de la Costa Brava y que el entorno, en pleno verano, mantiene una temperatura privilegiada. ¿Se lo están imaginando, a qué sí?
Lo único que delata un poco mi presencia en Cinc Claus es la limusina. El chofer no pudo meterla en la finca de Mas Peraquintana y se ha tenido que quedar afuera con la consiguiente expectación que el vehículo está generando entre los turistas que se acercan hasta aquí, a caballo o en bicicleta, y entre los doce habitantes de la aldea, los cuales ya no están ni para lo uno ni para lo otro.
Si han imaginado todo ese bucólico escenario, imagínenme a mí ahora, sentado en esa vieja cava, sobre un butacón de diseño sueco, escuchando música clásica, ataviado únicamente con un albornoz de seda china, bebiendo un té de jazmín y escribiendo esta descripción sobre el lugar en el que me hallo escondido del mundo y, sobre todo, del acoso de esos paparazzis, a los que odio más que a nada en este mundo.
Esta mañana, bien temprano, para no ir más lejos, mi equipo de seguridad le ha pegado un buen susto a un fotógrafo freelance que estaba encaramado a un árbol, frente a la casa, vestido de camuflaje.  Con su frustrado, y ahora maltrecho, teleobjetivo, pretendía filmarme con mi nueva amante y fastidiar las exclusivas que la revista Interviuti y el programa de televisión Sálvate publicarán en los próximos días. Para su información, mi actual compañera es una jovencísima modelo de origen venezolano que promete mucho, a la que voy a promocionar durante la próxima campaña. Con ella ya estamos preparando, de mutuo acuerdo, una dolorosa ruptura, por un supuesto engaño, y yo fingiré, tras otro buen reportaje que venderemos  a la revista Love, estar destrozado y buscando consuelo en los brazos de una joven promesa del cine polaco que ya tengo apalabrada.
Como ando un poco justo de liquidez –la Viagra, el caviar iraní y el champán francés están por las nubes- he pensado en organizar un “supuesto” ataque a la limusina por parte de unos radicales antisistema. Vamos a tantear a los representantes de varias revistas a ver a cuál de ellas le puede interesar que montemos el tinglado. Todo dependerá de cómo anden de carnaza los medios de comunicación este verano
Comprenderán fácilmente, tras la lectura de esta narración, que resulta muy duro y difícil mantenerse, durante tantos años, en el candelero. Los famosos estamos siempre expuestos ante las miradas insaciables de los consumidores de prensa del corazón. Con agujetas en los brazos y en las manos de tanto firmar autógrafos. Con dolor de cara de tanto posar con nuestro lado bueno y fingir sonrisas perfectas de anuncio de dentífrico. No tenemos ni pizca de intimidad. Esto es un asco, en serio.
Se lo digo sin acritud: si aún están a tiempo, elijan otra profesión, ya que esta de ser famosillo de vodevil y papel cuché, con esta interminable crisis que nos ha caído encima, no merece la pena. Se lo aseguro.
Ya no sé qué coño inventarme para hacer cash.

Bueno, les dejo, que nos sirven el almuerzo y, como todos ustedes comprenderán, sería una pena que el faisán a la naranja se me enfriara. 

viernes, 8 de agosto de 2014

¡Benditas vacaciones!


En estos días de asueto estoy que me escribo encima. Mis dedos se lanzan al teclado como un clavadista olímpico desde un trampolín de diez metros. Imparables. Hiperactivos. Desesperados.
Ansioso, rebusco, entre los posos del café mañanero -con restos de galletas de chocolate-, argumentos para historias inverosímiles. Relatos que nacen con la intención de ocupar unos minutos a todo aquel que se atreva a intentar desenmarañarlos. No lo intenten, es imposible. Hasta ni yo mismo, en ocasiones, los llego a comprender.
Son vómitos de inconformismo mezclados con bicarbonato sódico. Enjuagues mentales con restos de agua de piscina y masa gris. Ideas con arena de playa en los pies. Escrituras con protección solar. Pesadillas de siestas sudorosas. Proyectos esquematizados sobre un mantel de papel, en un chiringuito de playa, junto a manchas de aceite de la ensalada y migajas del rebozado de los calamares a la romana.
La cultura es una fiel compañera que no ladra. No estorba. No gasta. No exige. Sólo da.
El verano -las vacaciones- me permiten afinar mis dedos sobre el viejo teclado de mi pc. Mirar con ojos nuevos las mismas cosas. Sacar historias de la bolsa de playa y cocinarlas con energía solar, sin prisas, con mesura, con templanza, con dedicación.
Escribir sobre las vacaciones es algo hermoso. No quiero pensar en su lado efímero. En la cara B del vínilo cuya canción lleva por título "El regreso".
Aún no. Larga vida a las vacaciones. Qué pena que nadie le haya dedicado una estatua, aunque fuera en una rotonda, al que las inventó. A otros, por menos, se las han puesto.

jueves, 7 de agosto de 2014

El constructor y la cigarra


No entiendo este blog sin Sabina sonando de fondo. Sin el sonido cáustico de las cigarras que presagian un día en el que el termómetro rozará los cuarenta. Sin estar desnudo frente al teclado y frente a mis limitaciones. No concibo este ejercicio de balbuceante escritura sin la libertad de cambiar el blanco del fondo de la pantalla, por letras que vuelen, sin perpunte ni corsé, hacia quién sabe adónde.
Si el hábito no hace al monje, este blog, que construyo a diario, sí está haciendo de mí otra persona distinta al que lo comenzó hace ya casi cinco años.
Construyo, por tanto, el blog y mi propia vida a la misma velocidad, entrada tras entrada, como una única unidad. Con rumbo incierto pero con la constancia de un enfermo paciente que cree en su curación.
La paciencia forma parte inequívoca de toda gran travesía. Paciencia y atención a todo lo que acecha alrededor. Con el sentido común como bandera. Paso a paso. Letra a letra. Bache tras bache. Café con leche tras café con leche.
Por tanto, no podría existir este blog sin la convicción firme de que lo imposible se puede alcanzar. De que la fantasía vale tanto, o más, que la propia realidad. De que hay que darle la batalla a los sueños hasta que estos se toquen con la mano y pasen a formar parte de nuestro fondo de armario.
Soy constructor sin cobrar en negro. Sin sobornar a nadie. Arriesgando el alma, y el físico, en todo lo que construyo. Abriendo puertas. Provocando a la vida. Haciendo acrobacias sin red. Disfrutando del vuelo de un colibrí. Arrastrando maletas de penitencia. Sacudiendo conciencias. Hablando o callando.
Construyo, incluso, hasta cuando pretendo descansar. Todos los días son buenos para construir, aunque, como hoy, canten desesperadas las cigarras.

miércoles, 6 de agosto de 2014

Horchata con Gressy


Un poco trastocado por las continuas peticiones para que este verano escriba cosas frescas y me deje de historias tan retorcidas como un sarmiento, abrí el frigorífico para tomar una horchata con Gressy después de una copiosa comilona a pie de chiringuito, y mi MiniYoo refrigerado estaba allí.
En principio me quedé tan congelado como una croqueta de jamón sin jamón, pero después, una vez repuesto del susto, le pregunté:

-¿Quién coño eres tú? 
-Pues: ¿acaso no me ves? ¡soy tu MiniYoo!
-¿Y eso qué coño es y cómo has entrado ahí?
-Eh, tío, sin avasallar, que preguntas más que un psicólogo argentino. 
-¿Qué haces ahí metido en el frigorífico?
-Tomar el fresco y beber horchata con Gressy. ¿No lo ves o qué?
-Pero si eso sólo lo tomo yo. ¿Cómo conoces mis gustos?
-Macho, ¿no lo pillas verdad? ¡Soy tu MiniYoo!. Mírame bien: ¿ves o no ves que soy como tú pero más pequeño?.
-¡Eso es imposible! ¿Cómo voy a tener un MiniYoo?
-Pues, no lo estas viendo, chiquillo. Ahora ya lo sabes.
-Creo que estoy perdiendo la cabeza.
-No. No, amigo, tranquilo; todos tenemos un MiniYoo y un SuperYoo. Hasta yo mismo tengo un MiniYoo.
-¿Entonces hay otro MiniYoo mío más pequeño que tú?
-Jajaja. ¿Tuyo dices? Ahora sí que me troncho de la risa. Tú eres el MiniYoo de otro más grande que tú. ¿O te has creído el ombligo del mundo?
-Debo estar sufriendo una terrible pesadilla. 
-¡Eh, tío, sin insultar!
-No te insulto, hablo conmigo mismo.
-Pero yo soy tú mismo. Tu MasterYoo es quién habla y piensa por ti. Ni tú ni yo somos libres de actuar ni de decidir por nosotros mismos, tan sólo somos marionetas del MasterYoo.
-O sea, ¿somos como unas matrioskas infinitas o algo así?
-Algo así...sí, algo así.

El claxon de un vehículo me despertó. Sudaba como un sueco en una sauna finlandesa. Me incorporé como pude y fui con temor hasta el frigorífico. Abrí sigilosamente la puerta y, por fortuna, ese pequeñajo regordete no estaba allí.
Ahora, como pueden comprender, cada vez que me apetece tomar una horchata de chufas con Gressy, me da un miedo atroz abrir el frigorífico. 
¡Será posible ese monicaco que quiere joderme el verano! 

lunes, 4 de agosto de 2014

Vacaciones


Aquí estamos todos chupando señal como los toxicómanos su metadona. La recepción del hotel es el único lugar al que llega la señal wifi gratuita. Todos enganchados a los aparatos. Todos mirando pantallas luminosas que nos trasladan a otros lugares y nos conectan con otras personas. 
Bueno, no todos. También hay una señora que hace sudokus. Y otra que está vendiendo, a grito pelado, un curso de maquillaje a una chica que está en Madrid, y que quiere ser maquilladora profesional como yo quería ser futbolista. Una pareja de enamorados ve una película de vampiros en su Ipad. Y yo escribo.
Entre tanto, se produce un ir y venir continuo de gente. De la recepción a los ascensores. Suben y bajan. Familias con niños. Chicas en bikini. Abuelos con andador.  
Me voy haciendo a la idea de que estoy de vacaciones. Me siento extraño. Aunque todo a mi alrededor, de alguna manera, me parece extraño.
En el hilo musical ponen a los Bee Gees y eso me alivia, en cierta medida, esta angustia vacacional. Los Bee Gees siempre suenan en el momento oportuno. Siempre aparecen a rescatarme como un vigilante de la playa, o un afther sun después de haberme achicharrado la mitad de mi panza que se exhibía, subversiva, fuera de la sombrilla.
Estar de vacaciones tiene, como todo, sus contraindicaciones.
Al liberarnos en el trabajo, después de once meses, nos deberían hacer firmar un documento en Recursos Humanos advirtiéndonos de sus terribles consecuencias. 
A este desfile veraniego también se ha apuntado un cura de negro riguroso con su alzacuellos, un cocinero vestido a lo Master Cheff,  un grupo de extranjeros -tal vez ingleses- colorados como gambas, y un señor que al que le falta una pierna y que se maneja como si tuviera las dos.
Ya estamos todos de vacaciones. ¡Esto es la hostia!