miércoles, 30 de enero de 2013

¿Qué es ser el mejor?


Hace unos días tuve una conversación muy interesante con una persona. En ella, me afirmaba y me aseguraba que quería ser el mejor en su trabajo. Me decía esto para que yo le aportara ideas o soluciones a su forma de actuar, según él, estaba dispuesto a reconducir su rumbo y con ello recuperar el tiempo perdido. ¡Nunca es tarde si la dicha es buena! -pensé.
No sé a ustedes, pero si de pronto alguien a quien aprecias, te plantea una cuestión así: ¿Qué haces? ¿Qué le dices? Así que sin comérmelo ni bebérmelo me encontré de frente con este órdago recién desayunado, en plena autopista y encima era lunes.
En esas décimas de segundo que nos permite el decoro antes de que nos digan: ¿Estas ahí? ¿Me oyes o se ha cortado? Tuve que analizar si esa persona lo que me estaba preguntando, en realidad, era: ¿Cómo ser mejor? o lo que  necesitaba entender era otra cuestión de mayor calado filosófico: ¿Qué significa ser el mejor?, cosa que me llevó irremediablemente a plantearme, en otra centésima de segundo, toda mi existencia, formatear mi cerebro, regurgitar una respuesta y todo esto intentando dar la sensación de ser un Confuncio postmoderno que no se despeina ni con un huracán.
En ese momento sentí como desde mi vesícula biliar subía hacía mi boca una especie de pompa amarga que me hizo abrir la boca y articular una serie de palabras que no tenía muy claro si eran de mi propia cosecha o de huerto ajeno:
"Si nos obsesionamos con alcanzar el éxito y lo anteponemos a nuestras obligaciones diarias, nunca llegaremos a él" Querido amigo, el éxito no es una meta, es un camino. Nunca seremos suficientemente buenos, suficientemente felices, ni suficientemente sabios. Como dijo Descartes, que creo que fue un gran campeón de mús: "Daría todo lo que sé, por la mitad de lo que ignoro".
Disfruta con tu camino. La vida es sólo camino. En nuestras manos está el tomar el adecuado. Ese es el éxito. ¡Ahí está!.
Eso es lo que atiné a decirle. Pónganse en mi lugar joder, era lunes... 

lunes, 28 de enero de 2013

Rostros


En ocasiones me dejo llevar, como la hoja de un olmo centenario arrastrada por el viento, en busca de rostros. Alguien dijo -con buen criterio- que la cara es el espejo del alma. Yo diría más: la cara, el rostro, el rictus, el careto de una persona, reflejan de forma fidedigna el contenido de esa vida, de esa caja de carne y hueso animada por Dios, o por un no sé qué.
Hay religiones que dicen que el destino de cada persona esta escrito en alguna parte. Yo, humildemente, les quiero desvelar, hoy aquí, que a mí me da la sensación de que: el pasado, el presente y el futuro de cada persona lo llevamos escrito en nuestro propio rostro. 
Los espejos sentencian nuestro devenir diario. Nos avisan, asustados, de nuestras incongruencias, o nos motivan, alegres, por nuestros aciertos. Sólo con mirarnos en profundidad en él, un par de minutos al día, nos daríamos cuenta de si somos felices o infelices, si acertamos o nos equivocamos o si merece la pena que nos peinemos o para qué.
Lo peor no es que nosotros no percibamos nuestra auténtica realidad, no, no es eso, lo peor es que los demás lo ven perfectamente y, por mucho que lo intentemos, no podemos esconder nada. Nos delata nuestro rostro, nuestra mirada, nuestras muecas o nuestra tensión facial, y aunque pretendamos engañar, o se nos pone la nariz roja o nos suda el bigote o se nos hace un nudo en la garganta que nos hace tartajear. 
Hay rostros que dan miedo y otros que inspiran ternura. Hay caras que cuando las vemos por primera vez nos da la sensación de que las llevamos viendo toda la vida.
Quizás por todo esto -aunque tal vez no- salgo de vez en cuando en busca de rostros que me cuenten historias al estilo mudo, como cuando de niño me quedaba absorto viendo ese cine prehistórico en blanco y negro, casi a cámara lenta, en donde los personajes no decían nada pero lo entendíamos absolutamente todo.
Ayer el viento me arrastró hasta el Festival de las Cuadrillas de Barranda, una pedanía del municipio murciano de Caravaca de la Cruz, para asistir a una fiesta declarada de interés turístico nacional precisamente por la calidad de los rostros que allí se congregan cantando historias de antaño, historias en blanco y negro, como de otro tiempo, pero al fin y al cabo historias auténticas, verdaderas, sinceras, como tanto cuesta encontrar hoy. Menuda fiesta se montó en Barranda y menudos rostros.
Como suele decir mi amigo Lorenzo: ¿Me entienden o no? No se preocupen, yo sé que soy difícil de entender, lo veo en el espejo todos las mañanas cuando intento poner orden a los cuatro pelos que me quedan.

viernes, 25 de enero de 2013

Velocidad vital



En el ritmo de vida frenético que nos hemos impuesto en la actualidad, nuestro cuerpo sufre un deterioro físico y mental que deberíamos, de algún modo, intentar adecuar a unos niveles y unos planteamientos más saludables. De no ser así nos veremos abocados a una pérdida progresiva de nuestra salud, a un envejecimiento prematuro y a una disminución de nuestra calidad de vida, sobre todo, en el último tramo de nuestra existencia.
Para poner límites a nuestro estrés, debemos de concedernos el privilegio de cambiar de marcha, aminorar el paso, y disfrutar más de nuestro tiempo de trabajo y también de nuestro tiempo de ocio. Ocurre muchísimo, y en eso los españoles nos llevamos la palma, que trabajamos muchas horas para producir lo que otros ciudadanos de los países de nuestro entorno más cercano, producen en menos tiempo. Por otro lado, y curiosamente en contra de lo que se piensa, hay gente que inclusive reduciendo su jornada de trabajo, no sólo no pierde productividad sino que hasta es capaz de mejorar sus resultados.
Por tanto, el ocio y el descanso, aunque suene a contrasentido, pueden llegar a ser las partes más productivas de nuestras vidas. Son el enchufe de nuestra batería vital y el combustible que mueve nuestra maquinaria humana. La calidad de nuestro descanso y de nuestro ocio es directamente proporcional a una mayor capacidad productiva, y no sólo productiva a nivel profesional, sino productiva a nivel intelectual, sexual…etc.
 Evidentemente, existen muchas formas de entender el ocio, y no sabemos por qué motivo, las que más se están imponiendo en la actualidad son aquellas en donde el ocio, en lugar de convertirse en algo reparador y beneficioso para nuestro organismo,  somete a este a mayores niveles de estrés que, inclusive, durante las jornadas de trabajo. Estas modas avaladas por una fuerte mentalidad de consumo, nos hacen adoptar como normales hábitos tales como salir de fiesta el viernes y regresar el domingo, realizar actividades seudodeportivas de increíble riesgo para nuestra integridad física,  pasar veladas fumando y tomando copas en ambientes cerrados e insalubres hasta el amanecer…. De hecho, normalizamos el tabaco y el alcohol como algo cotidiano, y por el contrario nos resulta extraño e incomprensible que nos propongan levantarnos temprano un domingo para salir a la montaña, a la playa o a un parque a caminar.
 El ser humano no deja de ser un animal ávido de naturaleza. Necesitamos del sol, del aire puro, sumergirnos en aguas cristalinas, retozar en la hierba, rebozarnos de arena de la playa, caminar, correr, jugar, nadar… en definitiva, aunque no seamos conscientes de ello, necesitamos entregarnos a un contacto profundo y purificador con el medio ambiente mucho más a menudo de lo que lo solemos hacer.
 Quizás todos estos entretenimientos nos puedan parecer un tanto absurdos, pero son junto con muchos otros para los que tan poco se requiere la más mínima inversión, la clave para neutralizar y rebajar nuestros, cada vez más altos, niveles de estrés. Y es quizás este hecho, el que no se requiera ninguna inversión, viviendo en la sociedad consumista en la que vivimos, el motivo fundamental por el cual estas actividades han quedado, en muchos casos, condenadas al ostracismo. Nuestro subconsciente nos juega una mala pasada cuando asociamos el valor económico de las cosas, a la capacidad de satisfacernos o aportarnos algo, de tal modo que el hecho de que no nos cueste nada hacerlas, lo interpretamos como que tampoco nos sirve de nada.
 Todas estas propuestas pese a estar al alcance de todos, somos muy pocos los que le damos cabida diaria en nuestras vidas. Una hora al día para estar dedicados plenamente a nosotros mismos y a retomar nuestra relación con la naturaleza, la lectura o nuestro propio cuerpo, puede mejorar notablemente nuestra calidad de vida y nuestra energía vital.
 Pero, sin ninguna duda, entre nosotros y esa situación idílica en la que dedicarnos sesenta minutos al día a relajarnos, caminar, trotar, nadar, tomar el sol, leer en un jardín, darnos un baño de sales, o salir a comprar y hacernos una rica y variada ensalada, existe la gran barrera de la determinación de dar un paso al frente y decir… ¡Voy a cuidarme!
Empieza a cuidarte. Recuerda siempre: ¡Tú vales mucho! 
"Mens sana in corpore sano"

miércoles, 23 de enero de 2013

Emociones


¿Qué sería de la vida sin las emociones? ¿Imagináis que no sintiéramos la capacidad de emocionarnos?: ¿Qué sientes cuando ves a un bebé? ¿Eres capaz de llorar en el cine viendo una película? ¿Te emocionas cuando desde lo alto de una montaña observas la grandeza y el espectáculo de un hermoso valle? ¿Te emocionas cuando alguien te mira a los ojos y te da las gracias? ¿Te emociona la sonrisa de un desconocido? ¿Sientes solidaridad cuando ves por la mañana,en pleno invierno, a un barrendero limpiando las calles? ¿Eres capaz de emocionarte viendo un cuadro en una exposición? ¿Te da un vuelco el corazón cuando escuchas la cifra de personas que no tienen trabajo? ¿Te emocionas aún, después de tanto tiempo, cuando por la mañana abres la persiana de tu negocio?
Podríamos enumerar millones y millones de preguntas para que entendiéramos lo importantes que son las emociones en nuestra vida y en nuestro trabajo. 
Posiblemente mucha gente no opine lo mismo, pero yo soy de los que cree que no tenemos dos realidades: mi vida y mi trabajo son la misma realidad y por lo tanto, la gestiono y la disfruto con la misma intensidad y con la misma carga emocional.
Me apasiona mi vida tanto como mi trabajo. Me apasionan mis clientes y me apasionan mis problemas. Cada problema, que nos cae encima, es un reto que pone a prueba nuestra capacidad de reacción. En ocasiones, nuestra respuesta es aguantar el problema como en la carretera cuando pinchamos una rueda y decidimos continuar hasta la próxima gasolinera o área de servicio. Por norma general el problema del pinchazo se puede agudizar y el eje de la rueda se puede dañar, por lo que el daño, y por tanto el costo de la reparación, se amplifica enormemente. Cuanto antes seamos capaces de abordar un problema, mucho mejor. Pero, por el contrario, nunca nos pongamos a solucionar un problema sin haberlo meditado lo suficiente. 
Los clientes buscan tanto nuestra oferta como nuestras emociones. Un mismo producto o servicio, vendido con emoción y con pasión, se vende mucho más. Eso lo comprobamos cuando analizando los resultados de grandes equipos de ventas observamos como las personas que sienten y viven con pasión su trabajo y se implican emocionalmente con sus clientes son capaces obtener unos resultados que, en algunos casos, duplican o triplican a la del resto de sus compañeros.
A todos nos encantan las personas apasionadas. Todos disfrutamos cuando el camarero, el carnicero, la chica de la tienda de ropa, o nuestra peluquera de confianza nos atiende con cariño, destreza y profesionalidad. A todos nos encanta que nos sonrían. 
Bebamos Coca-cola o no, pongámosle emoción a vuestra vida.

http://www.youtube.com/watch?v=9ejzK7kSseQ

lunes, 21 de enero de 2013

Expectativas


Si miráramos a nuestro alrededor, o más allá de nuestras narices de vez en cuando, nos daríamos cuenta como la gente: nuestra familia, nuestros colaboradores, nuestros clientes, etc, tienen expectativas sobre nosotros. Bueno, no seré presuntuoso, pongamos mejor aquí que deberían tenerlas. Malo si no las tuvieran.
En muchas ocasiones, nos hacemos los suecos, miramos para otro lado y decimos: ¡virgencica que me quede como estoy! apretamos los dientes e intentamos seguir avanzando sin cambiar un ápice nuestro discurso. ¡Craso error! Cuando sentimos en el cogote, o en la cuenta bancaria, que tenemos que cambiar, es porque tenemos que cambiar.
Nuestros clientes y especialmente nuestros colaboradores -que no olvidemos nunca que deberían ser nuestros principales clientes- siempre esperan de nosotros nuevas tomas de decisión, cambios de estrategia que eleven tanto nuestra moral como nuestros resultados. A nadie le gusta trabajar en una empresa mediocre. He escuchado miles de veces este lamento: ¡Es que mi equipo está muy acomodado! Cuando en realidad, me daba toda la sensación de que el auténtico acomodado era él.
Los nuevos proyectos -por pequeños que estos sean- deben estar suficientemente argumentados, entrenados e incentivados, si queremos que surtan su efecto. Implicar al equipo para su adecuada implantación siempre será una decisión acertada. Como todos sabemos: diez ojos ven más que dos. Los proyectos no deben convertirse en imposiciones, más bien deberían considerarse como lo que son: "proyectos", que definitivamente se implantarán en nuestro trabajo cuando demuestren su valía y, lo que más nos interesa, su rentabilidad. 
Los cambios profundos se consolidan cuando se comienzan a realizar poco a poco. No hay que ser bruscos. Las personas que conviven con nosotros necesitan tiempo para aceptar y comprender esos cambios. Necesitan ser conscientes de nuestras razones y nuestro trabajo debe consistir en implicarles y darles parte del protagonismo en las reformas que pretendamos llevar a cabo.
Liderar un proyecto es muy bonito, siempre y cuando seamos capaces de generar buenas expectativas a nuestro alrededor. Los jefes -los que dirigimos nos guste o no lo somos- tenemos que sentir el respeto y la implicación de nuestros equipos, de lo contrario, dirigir se convierte en un suplicio y nuestro trabajo carece de sentido.
Disfrutemos trabajando y hagamos disfrutar a nuestro equipo. Trabajar no es sufrir, trabajar es disfrutar.


domingo, 20 de enero de 2013

Ciclogénesis explosiva


Porque usted y yo sabemos lo que es una ciclogénesis explosiva porque si no yo diría que hace un mal tiempo de cojones. Lo de la ciclogénesis queda como más apocalíptico. Yo no sé a usted, pero a mí, nada más escucharlo por la televisión me han dado ganas de hacer el testamento; aunque luego lo he pensado mejor y he dicho: ¡Lo mio no es un testamento es una putada! Mejor no.
Mientras nosotros sufrimos en nuestras carnes la ciclogénesis, o como se llame este vendaval que nos tiene locos, los del gobierno andan liados con unos cuantos millones de euros que han aparecido en un banco en Suiza y con unos supuestos sobresueldos que se repartían, en dinero negro, por la calle Génova, a troche y moche, para gomina y otras necesidades particulares relacionadas con la buena imagen y el decoro. 
¡Manda güevos! ¿Dan o no dan ganas de mandarlos al quinto pino! Como diría alguno.
Lo de la ciclogénesis explosiva del gobierno, que sepan ustedes, es una campaña para conseguir que en todos los carnavales -que ya están a poco de comenzar- se hable y se parodie sólo sobre ellos. Puro marketing. Todos conocemos el dicho: "que se hable de ti, aunque sea mal, pero que se hable". 
Pero yo no pretendía hablar aquí de política, ni de charcutería, sino del clima, o mejor dicho, del viento. Nunca me ha gustado el viento. Sí, lo reconozco, es una manía, pero cada uno tiene las suyas. 
Quizás sea porque tengo las orejas grandes y de pequeño me decían: ¿Qué es el viento? Y mis primos respondían riéndose de mi: ¡Las orejas del Pepico en movimiento!
Odio al viento tanto como a mis orejas y a mis primos. A mis pabellones auditivos ya me he acostumbrado. A los chorizos repeinados con traje de Armani, por desgracia, también nos hemos acostumbrado, pero lo que me sigue jodiendo mucho es el viento, y más si es en fin de semana.
¿No podría venir un vendaval explosivo de estos y que se llevara por delante a tanto corrupto más allá de las Islas Caimán?
Como soy ateo recalcitrante y no se mucho de esas cosas, díganme ustedes: ¿A qué santo tengo que rezarle?

viernes, 18 de enero de 2013

Typical spanish


Nuestro país, como todos los demás, está cargado de tópicos. Arrastramos un sinfín de ellos, aunque a mí nunca me han gustado demasiado. No creo que se pueda definir a un colectivo con algo concreto. Usamos tanto los tópicos que nuestra mente sería capaz de asociar, en un momento, distintos colectivos a estos calificativos: gandules, tacaños, cerrados, chulos... Sin embargo, todos somos diferentes a pesar de vivir puerta con puerta. Me apasiona observar los hábitos de las personas. Me sorprenden sus costumbres y sus rutinas, esto es algo que siempre me invita a la reflexión. ¿Por qué narices me gustará tanto reflexionar?. 
Pero a lo que iba. Esta semana manchega -si a caso un poco más quijotesca que todas las demás- he aprendido mucho. Una semana no tendría sentido sin aprendizaje. Estuve en Toledo capital y también deambulé por Torrijos y Fuensalida. El clima bien. La ciudad imperial se lucía radiante, como siempre. El campo excelso y los churros con chocolate, magistrales. 
Mi compañera Yolanda, conocedora de mis gustos gastronómicos, me llevó a una pequeña churrería de toda la vida. ¿Churros o porras? Fue la primera duda que me asaltó. Ella eligió porras y yo churros. Los dos chocolatito caliente. El pequeño local olía a aceite requemado y a ese costumbrismo castellano plagado de referencias culturales y exhibicionismo ideológico. 
En él, las señoras se juntan, cada mañana, a cargarse de calorías para, después, salir a caminar por la ruta del colesterol, tal y como les aconseja el médico de familia y los hipocondríacos programas matinales de televisión. Entre churro y churro hablaban y hablaban sobre sus quehaceres cotidianos, sus maridos, los programas de marujeo, sus maridos, las vecinas díscolas y sus maridos. 
La cabeza disecada del toro, que presidía la churrería, en España representa el súmmun del costumbrismo. Aquí somos de toros por imposición. Si esta foto la vieran en Dinamarca fliparían en colores. Unos para bien y otros para mal. Unos dirian: ¡Qué bárbaros! y otros dirían: ¡Qué pasada! ¿Cómo se dirá qué pasada en danés? Mejor ni lo pongo en el traductor de google, que luego traduce unos casas que te partes el culo.
En una ocasión, hace muchos años, un amigo antitaurino fue a un restaurante que estaba decorado con un montón de cabezas de toros, como esta de la foto. Él, por ideología, no quería entrar y fueron el resto de sus amigos los que lo convencieron para que, por un día, dejara a un lado sus convicciones y se tomará la vida un poco menos en serio de lo que se la solía tomar.
En resumidas cuentas, como eran muchos contra él, decidió ceder y sentarse a la mesa relajadamente a compartir aquella velada que apuntaba maneras. 
Comenzaron a correr las botellas de vino, las chuletas de cordero y las patatas asada con ajo, cuando, entre bromas y risas, sucedió lo peor:
Una de aquellas enormes cabezas disecadas se desprendió de la pared y, por desgracia, vino a caer sobre el pobre activista pro-derechos de los animales. La cornada que recibió fue de "pronóstico reservado". Bueno, a decir verdad, no tan reservado, uno de los pitones se le clavó en la clavícula, con una trayectoria de más de cinco centímetros y le rompió el hueso por dos sitios.
Siempre se ha dicho: De lo que más huyes, más te acomete.
Spanish is different. ¡Vaya que sí! Veis, no quería y al final siempre acabo usando algún tópico aunque sea en otro idioma ¡Qué rabia me da eso, córcholis!.