El piano, y los canarios, y los peces, y los cuadros. Mi pequeña Ana María abría los ojos como platos mientras mi amigo, el pintor Carlos Pardo, interpretaba, para nosotros, una pieza de Johan Sebastian Bach. En su taller, Carlos ha creado su nuevo microcosmos en el que pinta tocando y toca pintando, mientras, de fondo, cantan sus pájaros y sus peces rojos bailan un vals.
La rotundidad de sus cuadros, la fuerza de sus pinceles, el compás de su música, y su sabia dialéctica denotan, rápidamente, que estamos ante alguien muy especial. Mi hija lo observa, atenta, como cuando mira los dibujos animados de Peppa Pig. Alguien que ha sido capaz de encontrar, en lo más profundo de su propio ser, la esencia que une a los humanos con su entorno, con su medio, con el dominio más absoluto de la creatividad, te atrapa con una invisible aureola de magnetismo. A los dos minutos de estar ante su presencia, ya giras, inconscientemente, alrededor de él, como todo satélite gira, cautivo, alrededor de su planeta.
Su relación con la naturaleza, la eterna búsqueda de los límites de sus propias capacidades, nos llevan a entender que toda dificultad es la antesala de la grandeza, y que la grandeza, más allá de convertirnos en dioses, nos debería transformar en seres especiales, humildes y sencillos, felices y generosos, a ser como es él.
Por todo eso, antes de que acabara este maravilloso año, en el que la vida me ha dado tanto, quería que mi hija hiciera su primera visita a Carlos, pese a que mi amigo anda ultimando los preparativos de su próxima gran exposición que tendrá lugar, en unos días, en el Palacio del Almudí de Murcia.
Una visita que, pese a que Ana María tan sólo tiene tres meses, no la dejó indiferente. Y mucho menos a mí.






