Les escribo a medias de todo. A medias de desayunar. A medias de hacer mi equipaje. A medias de leer un libro de Ray Loriga. A medias de escuchar un viejo bolero de los Panchos cantado por no sé quién. A medias de escribir este relato. A medias de curarme de mi enfermedad o quién sabe si de volver a enfermar. En el punto medio de todo y de nada. En ese punto indeterminado en el que uno no sabe si va hacia adelante o hacia atrás. Pero, no sin cierta incertidumbre, intuyo que estoy a medias.
El invierno está por entrar. Las lluvias están por venir. Mi nuevo libro ya huele a imprenta. En algún hangar, oscuro y húmedo, ya ajustan los tornillos de un viejo avión que mañana me llevará a Kutaisi. El Mar Negro me espera tan negro como siempre, o tal vez más negro que nunca. A medias de acabar con este año de medianías, ando enzarzado preparando el próximo. Las periodos no dejan de ser una eterna continuidad por mucho que los acotemos con todo tipo de calendarios. La vida es tan lineal y tan efímera como un disparo. Tras el estruendo, tan sólo queda tiempo para emitir un sutil y desgarrador suspiro. Vivimos la vida a medias condenados a muerte por un disparo a bocajarro, impredecible, y siempre a destiempo.
Pretendemos controlar el tiempo y nuestro destino; craso error. Los humanos, entre nuestras atribuciones, no fuimos dotados para esos menesteres. Somos vulgares dioses a medio cocer. Barro blandengue con infames aspiraciones marmóreas. Polvo que se cree roca.
Como dijo Platón: "El tiempo es la imagen de la eternidad en movimiento". Tal vez por eso, yo me muevo más que los precios.
Como dijo Platón: "El tiempo es la imagen de la eternidad en movimiento". Tal vez por eso, yo me muevo más que los precios.






