miércoles, 31 de julio de 2013

Conversaciones con mi planta carnívora


La compre en IKEA. Allí, a parte de vender muebles, que es un coñazo montar, venden albóndigas de alce que no han visto un alce en su vida, cacharros varios de diseño contemporáneo y, entre un maremagnum de artículos y utensilios domésticos, venden también plantas carnívoras.
No es que yo fuera buscando especialmente un espécimen extraño del mundo botánico, pero, unas horas más tarde, esperaba en casa la visita de mis sobrinos y pensé qué, la plantita en cuestión, les haría gracia. 
Orgulloso, salí del almacén sueco con mi planta en ristre. Me ofrecieron una bolsa y yo, que siempre pienso que el mejor plástico es el que no se usa, la rechacé.
La acomodé en el asiento del copiloto y allí fue donde me habló por primera vez:
-¿No me pones el cinturón? Ya sabes que la multa son cien euros y dos puntos menos -escuché sin saber la procedencia de esa extraña voz.
-¿Quién anda ahí? -dije sacando de mis adentros la voz masculina de centinela de garita que fui.
-¡La planta, gilipollas! -dijo la planta con prepotencia y mala educación.
-¡Jajaja! Las plantas no hablan -dije con la voz nerviosa y dándome cuenta de lo inverosímil de la escena.
-Eso serán tus geranios. A los horteras como tú nada más que os gustan las florecitas y todas esas tonterías. Donde esté una auténtica planta carnívora que se quiten las demás. Te voy a dejar la terraza sin ningún bicho; ya verás que buena compra has hecho y lo que vas a ahorrar en insecticida -exclamó con chulería.
La verdad que sus argumentos me dejaron sin habla. Por un instante, me vi sin insectos, sin la necesidad de comprar botes y más botes de insecticida, contribuyendo a la recuperación de la capa de ozono, homenajeado por Naciones Unidas, convertido en un símbolo del ecologismo urbano y de tertuliano en programas de conservación del medio ambiente y todo, tan sólo, por seis euros con noventa y nueve céntimos. Me sentí muy orgulloso de mi compra.
Al llegar a casa, la coloqué en el centro del salón. Pretendía que ella se sintiera protagonista y que todo el mundo fuera consciente de la compra tan trascendental que acababa de efectuar.
Y, en efecto, la planta cumplió su papel. Los sobrinos se pasaron toda la tarde ofreciéndole moscas y mosquitos. Las visitas no ahorraban en elogios ante lo acertado de mi adquisición y, la planta y yo, nos sentimos abrumados por el éxito.
Al día siguiente, los dos volvimos a estar solos.
-¿Qué, cómo te sientes después del éxito de ayer, compañero? -me preguntó con ese aire de superioridad que, por lo visto, caracteriza a las plantas de ese género.
-Pues la verdad, en ocasiones he comprado cosas más costosas y sofisticadas y han pasado desapercibidas, pero contigo, tengo que reconocer que la cosa ha sido distinta. 
-Me alegro por ti. Me debes un saltamontes, pero que no sea muy grande que luego me producen acidez -me pidió la carnívora.
-Por cierto, amiga: ¿Tú entiendes de política? -le pregunté.
-Sí, me apasiona la política, pero tengo una ligera inclinación hacia la izquierda -me confesó.
-¿Y entiendes de economía?
-Esa es mi especialidad. Soy experta en economía sostenible y tengo una gran olfato para las inversiones verdes, como es fácil entender -matizó.
-¿Y de fútbol, sabes algo de fútbol? 
-Claro, el césped nos tiene siempre muy bien informadas. Me va más el Barsa por aquello de que el Madrid era el juguete del Caudillo. Y no se lo digas a nadie: pero el niño Torres me pone muy cachonda con esa carita de niño bueno de metro ochenta y cinco -me respondió a modo de confidencia.
¡Oye! me dijo, ya está bien de tanto interrogatorio: ¿Tú entiendes de insectos? -me preguntó con la agresividad de la que hacia gala desde que la compré.
-Sí amiga, siempre fui un apasionado de la entomología -le aclaré.
Entonces creo que nos vamos a llevar muy bien...
Así qué, como pueden comprender, este verano no voy a tener ni un ratito para aburrirme.

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