miércoles, 23 de julio de 2014

El ascensor


Comencé a dudar de su mirada a los cinco minutos de estar encerrado en aquel viejo ascensor. De su mirada, y de su perro salchicha. Ella olía a pachulí y el perro a perro. En ese improvisado catálogo de olores me olí a mi mismo y como resultado deduje que mi chaqueta olía a naftalina. El collar de perlas de ella me gustó más que el collar de cuero de él.
-¿Cuánto tiempo llevaremos ya aquí encerrados? -me preguntó, visiblemente nerviosa.
-No mucho. Llevaremos poco más de diez minutos -respondí para tranquilizarla.
-Sabe, ahora que lo observo más de cerca, se parece usted mucho a mi difunto marido.
-¿Y eso es bueno o malo? -le pregunté sin demasiado interés.
-Depende de si me acuerdo de él de lunes a viernes o en fin de semana.
-No le entiendo, vecina -respondí.
-Durante la semana estaba fuera vendiendo sus extintores, pero los fines de semana era todo un volcán.
-¿Y?
-Pues que usted me recuerda a mi marido de fin de semana -me recalcó.
-A mí me pasa algo similar con usted. Me recuerda mucho a la abuela de mi mejor amigo de la infancia, Doña Encarna... creo recordar que se llamaba. Por cierto: ¿Cómo se llama usted?
-¿Te gustaba ver a la abuela de tu amigo? -me preguntó sin saber muy bien hacia dónde quería llevar el sentido de aquella inesperada e incómoda conversación.
-La verdad es que sí. A todos los chavales del barrio nos llamaba la atención sus grandes pechos.
-¿Eran como los míos o más grandes? -preguntó en plan competitivo.
-Creo que los suyos son algo más grandes que los de Doña Encarna.
-Todos los vecinos me los miran a pesar de tener casi setenta años. Incluso usted, no se vaya a pensar que estoy lela y no me había dado cuenta de las miraditas que me echa. Su mujer apenas tiene pecho. ¿No ha pensado en operarse?
-¿Y por qué tendría que hacerlo?
-Para darle en el gusto a usted y que no vaya por ahí mirando como va mirando hasta los escotes de las señoras de setenta años -me soltó.
-Le ruego me perdone si alguna vez le han incomodado mis miradas. No volverá a ocurrir, se lo aseguro -respondí, un tanto avergonzado, mientras sudaba sin parar y los minutos pasaban lentos como un desfile de veteranos de la Segunda Guerra Mundial.
-No, no se preocupe, no me molestan las miradas. Lo que me molesta es que son todos unos cobardes. Mucha miradita, mucha miradita, y luego ninguno me dice nada. Y sabe usted: los años se pasan, la vida se acaba y yo tengo cada vez más ganas... Ganas de estar con hombres como usted, o como el vecino del quinto, ese que es policía nacional y que está como un yogur desnatado. 
-No sé que decirle, vecina, me deja usted sin palabras. Por cierto: aún no me ha dicho usted cómo se llama.
-Ni te lo pienso decir. Seré tu nueva Doña Encarna. Vivo en el séptimo B. ¿Eres bueno con lo del bricolage? -me preguntó a bocajarro.
-Me apasiona el bricolage. Soy más feliz en el Leroy Merlin que en el Joy Eslava. Doña Encarna siempre me invitaba a merendar pan con chocolate cuando me llamaba para que le arreglara sus cosas. Su nieto era un torpe de mucho cuidado y no sabía mi apretar una tuerca.
-Pues cuando quiera pase por mi casa que allí hay tuercas que llevan más de una década sin apretar -me explicó mientras su cara hacía gestos más propios de una película de los setenta que de una mujer de esa edad.
En ese momento se escucharon voces:
Apártense de la puerta, por favor, somos los bomberos y vamos a intentar abrir.
Después, tras varios golpes, la puerta se abrió y el perro salchicha salió en estampida. A ella la sacaron después. El ascensor se había parado entre la segunda y la tercera planta. Yo no necesité ayuda y salí por mis propios medios.
-¿Están ustedes bien? -preguntó el bombero muy diligente.
-¿Y usted qué cree? -respondió la vecina con cierta picardía.
-¿Necesita que la acompañe a su vivienda, señora? -se ofreció con cortesía el uniformado.
-Pues si usted quiere... ¡por mí encantada!.
Y se fueron los dos, agarrados del brazo, en el otro ascensor.
Desde ese día, cada vez que abro mi caja de herramientas, no puedo dejar de pensar en las tuercas que hay por apretar en el séptimo B.

6 comentarios:

  1. Jajajajaj , los ascensores aparta de subir y bajar , siempre tienen muchas historias que contar............, seguro que lo as contado todo?

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    1. Siempre es bueno reservarse algo, Mario. Sobre todo para que siempre quede algo que contar. Saludos.

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  2. Jajaja, muy bueno sí señor, hay las tuercas del séptimo b. Jajaja

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    1. En la vida siempre nos quedan tuercas por apretar, Villales. Un saludo.

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    2. Jajaja yo vivo en un septimo!!! Un abrazo

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    3. Pues lleva cuidado con el ascensor...Saludos, Conchy.

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