jueves, 17 de julio de 2014

La caracola


Se oía el mar, sí, pero también se oían muchas más cosas en aquella enorme caracola que encontré en un puesto del mercadillo de San Carles de la Rápita. Me la compró mi padre tras mucho rogar, y para que lo dejara tranquilo, mientras escuchaba en la radio algún partido del mundial de fútbol de Brasil.  
La gente, cuando acercaba su oreja a ella, tan sólo alcanzaba a escuchar el sonido del mar.

-¿Qué oyes? -Preguntaba yo, expectante. 
-Se oye como el romper de las olas -me decía mi madre.
-¿Nada más que eso? -insistía yo, alterada.
-Sí, hija, sólo escucho el sonido del mar.
-¿Y tú, papá, qué oyes?
-Yo sólo un zumbido -dijo tan metido en sus cosas como de costumbre.
-¿No oyes el mar? -insistí.
-No sé oye el mar, Marisa, tan sólo es el efecto del sonido adentrándose en el hueco de la caracola -me aclaró.

Pero yo, mi amor, dentro de aquella enorme y nacarada caracola, a parte del sonido del mar que mi padre no escuchaba, oía voces. En principio, no acertaba a entender las palabras. Me resultaban extrañas. Como si usaran otro idioma. Aunque después, con el paso de los días, esos extraños sonidos fueron adquiriendo forma y conseguí interpretar claramente sus mensajes.
Recuerdo que era el mes de Julio. Yo acababa de aprobar cuarto de primaria. Mario, el chico que me volvía loca, se había encaprichado de mi amiga Ana y yo me sentía fea y gorda. Día tras día anidaba más en mí la idea de que nunca le gustaría a ningún chico. Tal vez por eso, montar en bicicleta era la única forma que encontraba para evadirme. Cada pedalada me acercaba más a la posibilidad de que Mario, algún día, quisiera volver conmigo. Salía cada tarde de mi casa en Poblenou del Delta en dirección a la Playa de los Eucaliptos en plena siesta. La carretera atravesaba unos arrozales inmensamente verdes plagados de mosquitos -que impactaban contra mi rostro-, patos de todos los tamaños y colores, y de garzas reales cuyo aspecto sigiloso, desde bien pequeña, me atemorizaba. Siempre con una camiseta negra para sudar más. Eso y mi caracola. Cada cierto tiempo paraba y la acercaba a mi oído. No sé muy bien por qué, en algunos lugares, el sonido era mucho más nítido y las voces se escuchaban tan perfectas como la del locutor de la radio que escuchaba mi padre sin descanso.
¡Estamos aquí!- decían unas voces provenientes del interior de la caracola.
¿Adónde? -me preguntaba yo en voz alta como si alguien me pudiera escuchar.
Lo peor era que ellos respondían: Estamos aquí abajo atrapados, Marisa, tienes que venir a ayudarnos. Por favor, ven, ¡ayúdanos!. Abre la puerta del camarote para que podamos salir. ¡Tú puedes hacerlo! Ven, Marisa, ven -decían una y otra vez cuando me acercaba a la Playa de los Eucaliptos.
Inexplicablemente, aquellas voces, en lugar de asustarme, misteriosamente me atraían. Tanto es así que, al no despegarme nunca de mi caracola, mi madre comenzó a inquietarse.
-Cariño: ¿qué haces siempre con esa caracola en la mano? -me preguntó.
-Papá siempre tiene su radio en la mano y no le dices nada -repliqué.
-¡Él está en su mundo! -me explicó, sin que yo lo entendiera demasiado.
-Y mis amigos de la caracola están en el suyo, mamá -le respondí sin conocer la profundidad de mis palabras.
-No hay gente dentro de las caracolas, mi amor -contestó con ternura mi madre.
-Pues yo hablo a diario con ellos, mamá -respondí con inocencia.
-¿Con ellos, quiénes son ellos? - preguntó asustada.
-Creo que son unas personas que están encerradas en el interior de un barco hundido cerca de la Playa de los Eucaliptos -le contesté.
-¡Marisa, no digas tonterías!. Ya eres mayorcita como para decir tantas bobadas. Así que, a partir de mañana, no saldrás más a montar en bicicleta tú sola. A la playa sólo irás cuando yo vaya. ¿Has entendido? -me ordenó mi progenitora muy enojada.
Todo aquello, más que apaciguarme, me sirvió de acicate para que aumentara mi interés en averiguar qué había de verdad en aquellos mensajes de ayuda que solamente yo escuchaba a través de esa enigmática caracola.
Recordé que mi padre guardaba en un armario un viejo equipo de buceo, del que tomé prestadas las gafas y un tubo para respirar, que yo no había usado nunca, y lo escondí bajo mi cama.
Aquella noche no pude pegar ojo. De mi caracola sólo salían sonidos indescifrables y extraños. Como palabras deformes ávidas de adquirir sentido sin lograrlo. Toda la noche soñé con un grupo de hombres y mujeres atrapados en un camarote qué me pedían ayuda llamándome por mi nombre.
Mi madre me despertó a medianoche agarrándome del brazo. 
-¿Qué te sucede, pequeña? No paras de hablar y de chillar.
-Son ellos mami. Quieren que los saque de ahí -le dije entre sollozos.
-Déjame sitio, Marisa. Está noche dormiré contigo. 
Eso me tranquilizó.
Al despertar me llevé un gran disgusto. Mi madre había decidido que aquella caracola era la culpable de mi ansiedad y la hizo desaparecer. Por mucho que le rogué tan sólo me decía que no sabía nada de eso y que era yo quien la habría perdido. Después de aquello, pasé toda la mañana enojada.
Recuerdo perfectamente aquella siesta. Mi padre estaba trabajando. Mi madre dormía en su cama. Agarré mi mochila, metí en ella las gafas de bucear, e intentando no hacer ruido, saqué la bicicleta y me lancé a toda velocidad hacia la playa.
El camino se me hizo eterno. El asfalto hervía. Los pájaros renunciaban al vuelo y permanecían guarecidos bajo alguna modesta sombra. El sudor caía de mi frente hasta mis piernas como una lluvia termal. La playa estaba casi desierta.
Paré la bicicleta en el punto en el que las voces se solían escuchar con más claridad. Me quité las zapatillas y la camiseta y, agarrando las gafas de bucear y el tubo para respirar que nunca había usado, me lancé al mar.
En mi cabeza seguían retumbando las voces que me llamaban por mi nombre. Enfrente, un grupo de charranes se lanzaba en picado al agua en busca de su anhelado sustento. El agua estaba más caliente que de costumbre. Nadaba sin un estilo ortodoxo, mitad crol mitad braza, intentando en todo momento que el tubo de mis gafas quedará por encima de la superficie del agua. Al poco dejé de hacer pie. Esa sensación de profundidad provocó que comenzará a sentirme nerviosa. Los nervios me llevaban a respirar frenéticamente. Respirar así me llevó a tragar agua. Recuerdo que me atraganté y pegué varios tragos de agua salada de tal magnitud que inundaron mi pecho. Ahí fue cuando sentí que mis extremidades me habían dejado de obedecer y me vi precipitándome hasta el fondo con las piernas y los brazos abiertos, como si mi cuerpo se hubiese convertido en plomo. Mis ojos, como a cámara lenta, veían, a través del cristal de las gafas, hasta lo más profundo de aquel mundo azul.
Y entonces, mi pequeña, es cuando apareció tu abuela. Como una sirena llegó buceando hasta mi con sus ojos abiertos, me agarró de un abrazo, tiró de mi hacía arriba y me devolvió a la vida.
Si no llega a ser por ella, mi pequeña, tú no estarías aquí. La abuela era mucha abuela. Me dio la vida dos veces para que tú nacieras, mi amor.
-¡Cuéntamelo otra vez, mamá, por fa!.¡Cuéntamelo otra vez!

8 comentarios:

  1. Despues de leer vienen a mi memoria las veces que mi madre me salvó a mi... espero estar haciendolo igual con mis hijos. Un abrazo.

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    1. Seguro que lo estás haciendo, Conchy. Mil gracias por el apoyo que le ofreces a este humilde blog.

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  2. Pero que buen relato, sin duda de los que mas me ha gustado, con mucha profundidad. S

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    1. Gracias S, me esfuerzo mucho en cada texto y llego hasta donde llego. Con comentarios como el tuyo me ánimo a seguir en la lucha contra mi pereza y contra mi torpeza. Un abrazo

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  3. Tercer intento...

    Te decía que la sonrisa ya me la tienes ganada, incluso alguna carcajada de vez en cuando. Pero con este relato has logrado remover emociones que suelen estar más ocultas... gracias.

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    1. Gracias Carlos, tengo que entrenarme en todos los estilos y registros, poco a poco... Un abrazo

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  4. Wow..!!no esperaba este final..!me gusta!

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    1. Me alegro de que te haya gustado, Soñadora. Un abrazo estés donde estés.

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