sábado, 25 de julio de 2015

Vuela, vuela, mi colibrí


Siempre fui amante de heroicidades. De guerras sin cuartel. De causas perdidas. De utopías. De sueños. Y vuelo. Vuelo nuevamente sobre un océano empequeñecido por el uso y la costumbre. Cada día todo me parece más pequeño. Cada día la vida me aporta menos asombro y más lucidez. Mi clarividencia avanza en función de mi edad, y a los kilómetros que recorro, y a las batallas que hago frente. 
Heridas tengo hasta en la vísceras. En cada rincón de mi cuerpo, y de mi alma, acumulo cicatrices y secuelas que, en lugar de perjudicarme, me hacen más fuerte, a pesar de que mi cuerpo se debilita y encoje por el inevitable paso del tiempo. 
Y vuelo. Vuelo hacia mis sueños. Vuelo hacia lo imposible y hacia lo maravilloso. México me espera atrincherado en su grandeza, y yo me lanzo al ataque con la inconsciente consciencia de mi calma. A grandes retos, grandes calmas. Pienso. Planifico. Construyo. Remuevo. Invento. Arriesgo.
Estoy volando en un albatros de acero. Llegaré en unas horas al Aeropuerto Internacional Benito Juárez. Mas sin embargo, mi cabeza hace semanas que habita entre el Zócalo, la Zona Rosa, y el Bosque de Chapultepec. Por Guanajuato y por Morelia. Por Pátzcuaro y por Catemaco. Por la selva Lacandona y por el Cerro de la Silla. Por Salamanca y por León. Por los cenotes de Yucatán y por las blancas e infinitas arenas de Cancún o de Playa del Carmen. Por el horno encendido de Villahermosa. Por la malinche Puebla y su eterno vigía el Popocatepetl. O por las vallas envenenadas de Tijuana. Personas. Momentos. Historias comprimidas vividas a la carrera en un país vertiginoso e irrepetible que siempre me acoge como no merezco.
Balas de Plata, chiles, aguacates, cocaína, mariachis, gazpachos, aguas, tequilas, enchiladas, sincronizadas, tortas, cabrito, marimbas, tacos, chelas, Lupitas, zócalos, ceviches, cuadras, carros, bochos, pesos, guaruras, cuartos vacíos, salas repletas de gente a la espera de que les brinde lo mejor de mí.
Como siempre, desde hace dieciséis años, vengo a entregarme. A darlo todo. A ser uno más de entre los mexicanos de afuera que regresa. Viajo, por unos días, a reencontrarme con mi efímera dualidad. Vuelo, para reactivar la parte de mí que se queda latente en México cada vez que regreso a España.
Vivir doble. Soñar doble. Amar doble. Sufrir doble.
Siempre que viajo a México, la noche antes, un pequeño colibrí quiebra mi sueño. Revolotea dulcemente a mi alrededor como anunciándome un nuevo reencuentro con mi otra realidad, con mi otro pasaporte que no tengo.
Ya vuelo. Escribo y vuelo en penumbra, en este vuelo de Iberia, escuchando "Ghost Stories" de Coldplay. En la intimidad compartida de la repleta cabina de este enorme pájaro de acero, me ha parecido verlo de nuevo. El colibrí, ese pequeño y precioso colibrí, que siempre me acompaña para recordarme a México y a todo lo que allí he vivido. 
Según dice una vieja leyenda, que le leí al incomparable escritor uruguayo Eduardo Galeano, un pequeño colibrí salvó al mundo pinchando con su fino pico a las nubes que amenazaban con aplastarlo. Tal vez por eso, siempre que viene a verme me trae buena suerte.
Viviré unos días, nuevamente, en una especie de triángulo amoroso en el que yo soy la parte doliente, débil, e intermitente. Tan sólo puedo decir, como un Pancho Villa de falsete: ¡Viva México!
Soy un extraño mojado que regresa al llamado de su colibrí.

4 comentarios:

  1. Me alegra que tu trabajo te proporcione sensasiones tan bonitas. Disfrútalas. Un abrazo.

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  2. ¿Eres de Mexico y de España? ah, que lindo presagio el del colibrí. También yo quiero volver a Michoacán donde residen los colibríes más bellos.

    Saludos y que disfrute de esa dualidad.

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  3. me hiciste sonreir! es verdad ; Mexico enamora!

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