viernes, 29 de enero de 2016

Un tipo con suerte


Acabé en esa isla como podría haber acabado en el mismísimo infierno, o en la Fosa de las Marianas. Mis manos, por fortuna, estaban literalmente pegadas a esa tabla. Mi primo Roque murió de un tablazo que le pegó su jefe el día que lo pilló acostado con su esposa. Con la de su jefe, me refiero. Le rompió la tabla de planchar en la cabeza, y, no conforme con eso, lo terminó de rematar asestándole un certero golpe con la plancha en la cara y eso fue lo peor. Sin embargo, a mí esa tabla me salvó la vida. Y es que, por lo visto, hay tablas y tablas...
El crucero por el Caribe me resultó demasiado barato, pero, a pesar de la desconfianza que me generó el precio tan escandaloso que ofertaba la agencia de viajes, tonto de mí, lo contraté. Oferta de último minuto -decía. El último minuto de navegación es lo que le quedaba a ese cascarón de mierda, más viejo que el Azor del Caudillo.
Cuando comenzó el oleaje presentí lo que iba a ocurrir. Siempre fui mucho de presentimientos. Me puse un chaleco para emergencias, que vi colgado en la puerta del personal de marinería, y me subí a un bote salvavidas sin que nadie se percatara de mi iniciativa.
La ola pasó por encima del buque. El golpe de mar lo partió en dos. Sucedió todo tan rápido que me vi en el agua dando mil vueltas y tragando más agua que los del Titanic. Y no me pregunten cómo, pero, unas cuantas horas más tarde, cuando yo mismo me daba por muerto, acabé varado en una playa desierta, de un isla desierta, convertido de ipso facto en un náufrago, aún sin barba, pero sí con la ropa hecha jirones, y asumiendo con orgullo y satisfacción mi nuevo papel de Robinson.
El oleaje aún estaba algo furioso. Yo seguía varado en la playa. La oscuridad era absoluta. Sentía mis piernas tan rígidas como mis brazos, que, por cierto, aún continuaban asidos a la tabla sin querer soltarse. Y fue en ese preciso momento, en el que intentaba recobrar mi autonomía locomotriz, cuando una ola arrojó sobre mí un cuerpo femenino. Cayó sobre mi espalda, a plomo, como si se tratara de una acróbata o una trapecista. Y yo me enojé. Tal vez porque estaba demasiado oscuro, o porque había perdido mi teléfono móvil, pero me enojé.
-Oiga señorita, con lo grande que es la playa y viene usted a subirse a mi espalda sin pedir permiso. 
-Lo siento, caballero, no le había visto. Ha sido la ola la que me ha arrojado sobre usted, como podría haberme arrojado contra las rocas -dijo ella, en un tono de voz que me hizo suponer que podría ser cubana, o venezolana, o de por ahí.
-¿Es usted cubana? -le pregunté.
-No. Soy de la República Bolivariana de Venezuela. De Caracas, concretamente. ¿ Y vos, de dónde es?
-Soy murciano. Y de Ricote, para más señas. Allí, nuestro Simón Bolivar es "Jesús el del Sordo".
-¿Y eso por dónde queda? -me preguntó, desconcertada.
-Antes de responder: ¿me haría usted el favor de apearse de mi espalda? Creo que sus tetas me están poniendo cachondo.
-¿En serio? ¿Puede usted pensar en sexo después de que nuestro barco se haya ido a pique y más de mil personas hayan podido perecer ahogadas? -me preguntó.
-Por lo visto sí. ¿Qué le parece si, en lugar de discutir, salimos del agua y buscamos ayuda?
-¿Ayuda? ¿Le he escuchado bien? ¿No se ha dado cuenta de que estamos en un cayo perdido en medio de la nada?
-Unos callos si que me comía yo ahora, con sus garbanzos y su chorizo. O mejor unos "sorditos" como los que hace Jesús. La comida del barco era una bazofia.
-Eso es cierto. Aunque, probablemente, en unos días, la echemos de menos -me comentó.
-¿Y qué le hace suponer que en esta isla no habrá un Burger King, o un Mcdonalds? Dicen que ya están abriendo uno en el Polo Norte.
-Jajaja. No me haga reír. Por cierto, yo me llamo Joselyn. ¿Vos cómo se llama?
-Alejandro. Me llamo Alejandro.
-¡Qué lindo! ¡Cómo Alejandro Sanz!.
-No, señorita, como Alejandro Magno -le rebatí.
-¿Qué canta ese?
-¿Quién?
-Alejandro Magno.
-¿Usted a qué se dedica, Joselyn?
-Era modelo. Lo dejé para casarme con el Gobernador de Toluca, iba conmigo en el crucero. Ojalá que se lo haya tragado el mar.
-No sea tonta, mujer. El Gobernador le habrá dejado una buena pensión y un buen palacete con piscina y jardín...
-Sí, pero a su esposa. A mí sólo me traía en promesas.
-Pobrecita. Ahora lo entiendo todo. Pero: ¿podría bajarse de mi espalda de una vez? Tiene usted las tetas demasiado duras, parecen de cemento.
-Claro, es lo único que me pagó el Gobernador, unos arreglitos a su gusto en una clínica colombiana. ¿Y ahora qué haré yo con estas tetas tan grandes?
-No se preocupe, Joselyn, en el mundo, a buen seguro, aún quedan muchos aficionados al tetamen.
-¿En serio? -preguntó emocionada la náufraga.
-Calculo que miles -le dije para su tranquilidad.
-Entonces no todo está perdido -exclamó la venezolana, soltando un profundo suspiro.
-Los que estamos perdidos somos nosotros, encallados en un cayo desierto en mitad del Caribe y, posiblemente, rodeados de tiburones. ¡Señorita! -le grité- ¿Podría bajarse de mi espalda de una vez? 
-Me da mucho miedo bajarme, está todo muy oscuro y le tengo fobia a las arañas. Por cierto, señor: ¿usted a qué se dedica, caballero?
- O se apea de una vez o no le respondo -le amenacé.
-¿No podría levantarme a caballito? -me propuso con descaro.
-¿Piensa que yo soy Sylvester Stallone o qué?
-Pues lo siento a usted muy masculino, capaz de eso y de más -dijo poniendo la típica voz, entre frívola y cándida, que se la levantaría a un muerto. 
Dicho y hecho. Me incorporé. La saqué del agua. La llevé debajo de un cocotero repleto de cocos y le hice el amor como nunca antes le había hecho nadie. O al menos en esa playa y debajo de ese cocotero.
Al día siguiente, no sé si por suerte o por desgracia, nos salvaron. El gobernador no se ahogó. Yo regresé a mis labores y aún estoy esperando la indemnización del consorcio de seguros.
Dicen que, muy probablemente, no cobraremos antes de seis o siete años. Por razones obvias, cuando cobre, no pienso celebrarlo en ningún crucero. Estoy yendo a terapia todos los martes. Desde aquel suceso, estoy obsesionado con tetas enormes. Mi psicóloga argentina me ha dicho que no me preocupe, que eso le sucede a la mayoría de los hombres con independencia a que hayan sufrido, o no, un naufragio.
-¿En serio que estuvo usted haciéndole el amor todo la noche a esa venezolana debajo de aquel cocotero? -me volvió a preguntar mi terapeuta por enésima vez. 
-Ya se lo he contado cientos de veces...-le respondí.
-Sí ya sé...¿Pero, dígame viejo, cómo cuantas veces lo hicieron?
-En realidad, dígame doctora: ¿esos detalles son tan importantes, o es qué usted se pone cachonda cuando se lo cuento?
Y para qué contarles, ahí, en el mismo diván, le tuve que dar lo que la freudiana quería. Siempre acabo igual. Desde bien jovencito me vienen sucediendo este tipo de cosas. Y ya me cansa todo esto, la verdad.

10 comentarios:

  1. Jajaja, es buenísimo...vivan ese tipo de náufragos. Se hinchan, los rescatan y siguen hinchándose....espectacular Viva Ricote....salu2

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  2. vaya si le dio la vuelta al mundo ese tipo y sin moverse de donde estaba, quizás sepas las razones de porque los europeos las prefieren latinas?

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  3. Si cojiera un crucero?, cuántas posibilidades tendría de que me sucediera lo mismo?. Creo que me la voy ha jugar, pásame la ruta que comiste.
    Muy buen relato y divertido¡¡¡. Por cierto pásame el teléfono también de la psiquiatra de Alejandro

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  4. Gran humor tiene este relato,pero ya sabes si vas a Ricote posiblemente no te caigan encima de la espalda dos tetas como la amiga del Gobernador,pero yo puedo corroborar que si te "toca la loteria".Un beso viajero del mundo.

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    1. Lola, más o menos, tendría el mismo índice de probabilidades...Un abrazo.

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  5. ?Pepe, tienes el teléfono de la venezolana?

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    1. Sí, toma nota, anónimus...009877***6543**. Mejor haz la llamada a cobro revertido. Saludos

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    2. Me ha contestado el Gobernador y se puso a gritar que si yo era el murciano del Cocote(ro). Colgué pero creo que ya me tienen localizado... Y encima no he sido yo... ?Que hago?

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    3. Tampoco tengo su teléfono... Vaya lío en el que me he metido.

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