lunes, 11 de septiembre de 2017

La fábula de la tortuga y el erizo


En las afueras del milenario bazar de Taskent un viejo mercader gordo, medio borracho, y con una barba que, a buen seguro, debería representar un peligroso foco infeccioso para la población uzbeka, vendía diferentes tipos de aves: canarios, periquitos, agapornis, una cotorra chillona, y al pie de todos ellos, en una caja de madera se encontraban un tortuga rusa y una pequeña jaula con barrotes de alambre, en cuyo interior, un erizo se dejaba la dentadura mordiendo desesperadamente con la intención de escapar de una muerte que daba por segura. 
—Señor, señor, me dijo el mercader ¿no querría usted comprarme este erizo?. 
—No, caballero, de ningún modo ¿qué podría hacer yo con ese erizo? Además, a ese animal lo debería usted liberar ahora mismo, no ve que está enloquecido dentro de esa minúscula ratonera -dije mostrando mi enfado.
—Si se lo come, tendrá más mucha virilidad y mejorará en todas aquellas enfermedades que laten en su interior. Aquí mismo, en el bar del bazar, se lo pueden cocinar de varias formas diferentes. Anímese y cómpreme este erizo para su salud. No se arrepentirá -me explicó el señor, en un ruso rudimentario que Artur, mi traductor, apenas si podía descifrar. 
Yo me quedé apesadumbrado observando a los animales, mientras que Artur iniciaba con el mercader una conversación en ruso sobre su Polonia natal, de lo que el vendedor se había percatado tal vez por la gorra que Artur suele utilizar cuando andamos de turistas. Una gorra con los colores de su bandera nacional y su escudo, y sobre la que el vendedor mostraba una gran nostalgia debido a que, en su juventud, había trabajado durante algunos años en la reconstrucción de la ciudad de Varsovia, tras el desastre al que todos conocemos como Segunda Guerra Mundial.
Entre el murmullo de tan emotiva conversación de la que, claro está, yo no entendía absolutamente nada, me pareció escuchar unas extrañas vocecitas. Unas vocecitas que, por mucho que me resistía a aceptar, intuía que procedían del erizo y de la tortuga.
-Estoy intentando que el señor libere al erizo -interrumpió la magia el polaco- A ver si me lo meto en el bote con las historias de Polonia y lo acabo convenciendo -me dijo, Artur, en un receso, mientras que el mercader atendía a una señora que quería comprar un periquito para su nieta.
Al reanudar ambos la conversación, yo agarré la tortuga y ésta, amigablemente, me saludo:
—Hola amigo: tu compañero es muy amable intentando la liberación del pobre erizo. Él es más impaciente y lo está pasando peor que yo. Yo le digo que nuestro destino está escrito, pero los erizos son mucho de revelarse contra el destino —me explicó el simpático quelonio.
Yo había pensado la respuesta pero no la había formulado, sin embargo, la tortuga era capaz de escuchar mi voz interior sin necesidad de que yo pronunciara palabra alguna. Por un instante pensé que todo aquello era fruto de mi imaginación, o tal vez de mi indignación, pero esa vocecita seguía hablándome y respondiendo a mis pensamientos en una misteriosa conexión telepática en la que las palabras sobraban.
De repente, el embriagado mercader, ante la insistencia de Artur sobre la liberación de aquel pobre erizo y la constante presión de mi mirada inquisidora, agarró la jaula sin la debida precaución y recibió un colosal mordisco en uno de sus dedos que hizo que la jaula saliera despedida por los aires. Al mismo tiempo, y debido al sobresalto que el viejo comerciante se llevó, piso la caja de madera en la que se hallaba la tortuga y está volcó lo que dio lugar a que la tortuga iniciara una lenta y sigilosa huida mientras que el mercader centraba toda su atención en la jaula del enrabietado erizo. 
Por fortuna, la tapa de pequeña jaula se abrió y el erizo, antes de que el vendedor pudiera agarrarlo nuevamente, emprendió una veloz carrera hacia una vertiginosa ladera que desembocaba en una rambla tan seca y polvorienta como el suelo de aquel milenario mercado. 
Al darse la vuelta, el señor pudo comprobar como la caja en la que se encontraba la tortuga estaba volcada. Con la mirada, y visiblemente ofuscado, rebuscó alrededor mientras yo con mi cuerpo tapaba la lenta pero persistente huida del reptil, señalando con el dedo hacia el lado contrario, con la intención de confundirlo y con ello dar tiempo a que la tortuga pudiera ganar unos minutos con los escabullirse entre la maleza, como así sucedió.
Antes de que se diera cuenta el odioso comerciante, Artur y yo, nos alejamos escabulléndonos entre la multitud que a diario frecuenta ese milenario mercado de la capital uzbeka.

Moraleja: Sólo se consigue lo que se intenta.

15 comentarios:

  1. De modo que la hiciste de San Francisco de Asís....!

    Bien =)))

    saludos :D

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  2. Desconocía esta fábula, gracias por compartirla, sirve de lección, como bien dice la moraleja, y es que lo que no se intenta no se puede conseguir.

    Besos y feliz tarde.

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  3. Hola josé , no conocía está moraleja me a gustado mucho , sabes yo también he tenido tortugas de agua y de tierra , lo malo es que las mías eran muy timidas y no hablaban mucho , besos de flor .

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  4. Desde luego, nadie consigue nada viendolas venir.

    Besitos ;)

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  5. Con alguna triquiñuela más podrías haber liberado el resto de animales. Pero bueno, el que hace lo que puede, no está obligado a mas.

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  6. Con esto viene a pasar como decía mi padre: "ve a buscar trabajo, que a casa nadie te lo lleva".

    Salud.

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  7. Gozo compartido con el escape de ese par de animales.
    Saludos.

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  8. El animal que llevamos dentro no sabe de vocabulario ni de idiomas que se aprenden. Daría lo que fuera para conquistar a mi corazón y que el me hablara de amor, de lo sencillo y de tantos poderes que encerramos sin dscubrir por falta de educación...Somos animales parlantes dando un valor a la palabra que es necesario pero que, nos impide conocer directamente la esencia del silencio; de ese mundo interior plagado de verdades que nos esperan. Los animales nacen a la vida viviéndola con la ley que heredaron de sus padres para sobrevivir. Nosotros, tristemente, no podemos prescindir de nuestros propios inventos como es la palabra o la ropa con la que nos protegemos. Sin duda la felicidad nos la dá nuestro corazón cuando comprendemos y aprendemos cosas que quizá jamás le demos un calificativo. Somos animales y nuestra mente con sus posibilidades no lleva años luz. La gente que es espiritual clama al cielo si creyéramos desde su experiencia la maravilla que encierra nuestro corazón...

    Un saludo amigo.

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  9. Jaja imposible que esta historia tenga un final más feliz (y más justo) para los animales mencionados.

    Lo mismo habría que repetir para los pájaros que encierran en jaulas. Otra muestra más, categórica, de nuestra insensibilidad.

    Saludos y saludes.

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  10. Si todos queremos libertad ¿por qué ese empeño en enjaular a los animales?

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  11. Uma história interessante com um final muito feliz - a liberdade da tartaruga e do ouriço.
    A Liberdade é fundamental para uma vida feliz.

    Continuação de boa semana.
    Beijinhos
    MARIAZITA / A CASA DA MARIQUINHAS

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  12. Pero que suerte tuvieron esos 2!!! ojalá se replique en tantos animalitos en cautiverio
    Saludos

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  13. Una bonita historia...Que bueno que fueron liberados!!!

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  14. amigo llegue un poco tarde a este suceso pero ¿en serio lograron escapar esos animalitos? o solo nos darías un placebo ante la enorme impotencia que se siente tan solo pensarlo.

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