sábado, 17 de diciembre de 2011

Abrumado por mis lectores y mis compañeros



Abrumado por mis lectores y por mis compañeros, me he venido arriba y amenazo con escribir y trabajar, al menos, cuarenta años más. Pensándolo bien, no encuentro nada tan gratificante como el reconocimiento a mis palabras y a mis pensamientos, a mis locuras y a mis frustraciones, y es que, como la mayoría de las personas, necesito del aliento de los demás para sentir que vale la pena lo que hago.
El reconocimiento al esfuerzo, una palmada en la espalda o una palabra de apoyo suponen, siempre, un reforzamiento y el impulso necesario para seguir avanzando en la gigantesca lucha del día a día.
Que mis escritos, pese a sus deficiencias, sirvan de estímulo o de distracción, a propios y a extraños,  es un pequeño orgullo que me hace sentir útil y me obliga a reflexionar y ejercitar mi creatividad continuamente.
Ese gimnasio mental, abierto veinticuatro horas, en el que estoy convirtiendo a mi mente, es, sin lugar a dudas, un refugio en el que, inconscientemente, me resguardo de las cosas que no acepto de la sociedad. Soy, lo reconozco, un ser extraño y en peligro de extinción. Huyo de los tópicos y me recreo en lo cotidiano y en lo sencillo en todo momento. Adoro a las personas honestas y humildes, y rechazo, sin ambages, a las personas previsibles y estandarizadas.  
La autenticidad es y será mi objetivo.
Gracias a mis lectores, de aquí y de allá, conocidos y desconocidos, especialmente a todos aquellos, que, de vez en cuando, se dignan a escribirme sus valiosas y emotivas reflexiones.
Esta navidad, Papá Noel me ha traído de la mano la venta de mi libro en amazon:http://www.amazon.es/Momentos-ida-y-vuelta-ebook/dp/B006GGG09M/ref=sr_1_1?s=books&ie=UTF8&qid=1324161124&sr=1-1  se vende exclusivamente en formato digital, y ojalá que pueda ser leído por mucha gente, aunque, en realidad, no tengo demasiada esperanza de que se convierta en un best seller.
Mi blog -que nada me cuesta- me esta haciendo rico. Cuando lo inicié no imaginaba lo mucho que me iba a aportar.


domingo, 11 de diciembre de 2011

Reuniones de fin de año


Desde que a finales de 2008 la crisis nos pegara de lleno, resulta más difícil encontrar argumentos para orientar y motivar a los equipos para que estos alcancen sus metas el año próximo. Del mismo modo, resulta complicado plantearse los mecanismos para calcular las previsiones del año próximo y esto, sin ninguna duda, supone un quebradero de cabeza que, en ocasiones, no es adecuadamente entendido por los demás.
Esta claro que los objetivos mínimos a conseguir vienen marcados por las necesidades de la propia compañía para salir adelante. No son estos, por tanto, una cifra caprichosa e improvisada, si no que viene marcada por los gastos generales de la compañía con la intención de obtener unos resultados mínimos para mantener su estructura con las mismas capacidades productivas, de innovación y desarrollo y de imagen de marca que nos mantengan a flote en este mar de tempestades que nos ha tocado navegar.
El problema interno, aunque menos ruidoso que la crisis misma, provocado por la falta de implicación de los colaboradores ante la situación actual, es un auténtico lastre que nos empuja hacia abajo, y que en ocasiones no abordamos con la suficiente rapidez y contundencia.
Muchos de nosotros, nos empeñamos en seguir trabajando con los mismos planteamientos que antes de la crisis y estos no funcionan en absoluto. Todo esta cambiando a nuestro alrededor y nosotros seguimos empeñados en no cambiar. Esperamos un golpe de suerte, un milagro o un efecto mágico que nos arregle el mes, o el balance anual, pero en el 100% de los casos, estos ya no se producen y terminamos el año con un déficit importante sobre nuestras previsiones. 
El año próximo no se vaticina mejor que este que nos encontramos finiquitando. Requerirá de nosotros más esfuerzo, si cabe, que los anteriores, ya que los clientes se encuentran agotados, desmotivados y faltos de ideas para afrontar esta crisis que se prolonga más de lo previsto y de un modo que, la mayoría de ellos, nunca había experimentado durante toda su trayectoria profesional.
Las personas cuando nos vemos inmersas en un gran banco de niebla o sumidas en la más absoluta oscuridad necesitamos una luz con la que guiarnos. Buscamos, desesperadamente, un referente para salir de esa angustiosa situación. Nuestras propuestas deben ser esos faros en la noche. Debemos convertirnos en promotores y en motivadores de nuestros clientes, aunque, desgraciadamente, eso sólo lo conseguiremos cuando seamos capaces de generar propuestas y dinámicas que avalen nuestra capacidad y nuestra credibilidad. Quizás es ahí donde fallemos. Nuestro déficit personal  nos impide convertirnos en actores principales del resurgir de nuestros clientes, y esto viene dado por nuestra inseguridad y nuestra falta de preparación, provocando, con ello, que nuestras propuestas no prosperen al no inspirar la suficiente confianza en los clientes objetivo.
La crisis de muchos de nosotros, no se deriva tan sólo de la crisis económica actual, si no es también una crisis de capacidades y de valores. La bonanza económica maquillaba nuestras imperfecciones profesionales y la dichosa crisis, a actuado como una crema limpiadora dejando, a flor de piel, todas nuestras imperfecciones.
Otro año más, buscaremos justificaciones que actúen como maquillaje temporal o efecto flash, para pasar de puntillas por esas cansinas reuniones de fin de año, y de esa manera, avanzar hacia delante, sin pena ni gloria, pero buscando salir ileso y subvencionado, nuevamente, por el esfuerzo de los demás.
Para este nuevo curso, que se nos viene encima, deberemos de seguir haciendo enormes sacrificios y titánicos esfuerzos para alcanzar nuestras metas. A estas alturas de la película ya todo el mundo conoce el guión y el argumento, lo que faltan, realmente, son actores con la talla suficiente como para conseguir un final feliz para todo este interminable drama.
Cuando, nuevamente, el teatro del 2012 levante el telón y aparezca el mago en el escenario, con toda probabilidad el conejo no salga de la chistera.

sábado, 10 de diciembre de 2011

250 entradas, 250 sueños


Llegar hasta aquí me ha costado lo suyo. Pese a ser una persona paciente y constante he sufrido, lo que no esta escrito, para superar baches emocionales que me incitaban a tirar la toalla. He tenido, en ocasiones, que sacar fuerzas de flaqueza para seguir editando entrada tras entrada, idea tras idea, parto tras parto, estos mensajes en una botella con destino incierto. El éxito me ha venido de la mano de lo menos valioso, a mi modesto entender, y ha dejado pasar casi inadvertido lo que para mi tenía, y tiene, más fundamento.
El caca, culo, pedo, pis, el porno barato,la muerte y la gastronomía ganan por goleada a mis planteamientos filosóficos, éticos, políticos o artísticos. Los lectores, a través de los buscadores, allende los mares, llegan a las orillas de mi blog en muchos casos sin querer y sin saber para qué, y me regalan sus visitas, sus comentarios y hasta, de vez en cuando, algún inesperado alistamiento que me llena de motivación y felicidad.
Estoy intentando aprender a escribir, a sabiendas de que es un oficio muy complicado. A veces las palabras fluyen y aparecen de manera casi sobrenatural, y otros muchos días el lenguaje se espesa y empalaga de tal modo que no voy ni para adelante ni para detrás.
El estado de ánimo provocado por la situación personal, el estrés, los momentos sociales y políticos, la crisis económica o el resultado de un acontecimiento deportivo o cultural son condicionantes o escusas para crear una nueva entrada. Todo me parece noticiable. De todo me gustaría hablar y con todo el mundo me gustaría compartir, si no existiera la barrera del idioma.
Tras estas doscientas cincuenta entradas quiero informar a mis queridos y escasos lectores que voy a seguir esforzándome por mejorar. Publicaré reportajes de allí donde me lleve mi trabajo y mi ocio. Aumentaré la presencia de recetas de cocina. Abordaré más temas de sexo erótico-festivo. A petición de los aficionados a mis collages, de vez en cuando y sin abusar, iré colgando los más interesantes. Y por último, en este replanteamiento público de mi línea editorial, publicaré pequeños relatos inéditos que puedan añadir valor a las visitas y las lecturas de este blog.
He facilitado la inclusión de comentarios para, de ese modo, poder mejorar la participación de los lectores y crear una mayor intercomunicación entre todos.
Gracias por vuestro apoyo y por vuestras visitas, sin duda alguna, la razón de todo este esfuerzo en solitario.

lunes, 5 de diciembre de 2011

La última leyenda de Córdoba




Mucha gente pensará que todo cuanto voy a relatar, a continuación, es fruto de mi desenfrenada imaginación, pero me gustaría que me brindarán un margen de confianza y, por una vez, creyeran en mí.
Todo sucedió el pasado sábado en la noche. Habíamos llegado, mi esposa y yo, al cuarto del hotel, en plena judería de la Medina de Córdoba, cuando echamos en falta mi teléfono móvil. Ya era bastante tarde. La neblina cubría la milenaria ciudad y una luz tenue, proveniente de sus típicos faroles, impregnaba de misterio las estrechas y empedradas callejuelas de la vieja ciudad árabe.
Abrigándome todo lo que pude, salí en dirección a las afueras del recinto amurallado en busca de mi coche con la intención de recuperar mi teléfono, del que, desgraciadamente, no puedo separarme nunca.
El húmedo suelo estaba formado por un sinfín de guijarros, más adecuado, quizás, para el trotar de los caballos que para el caminar de las personas. Me fijé en sus estrechos callejones, en lo sinuoso de su trazado, en sus paredes encaladas y en los portones centenarios y majestuosos que dan acceso a palacetes de familias nobles, cuya historia, en la mayoría de los casos, se remonta a la oscura y triste época de la reconquista y, tras ello, a la expulsión de los musulmanes y los judíos que cambió la historia de la ciudad para siempre.
He de reconocer, en cierto modo, que mi mente se hallaba sugestionada por el hechizo de la ciudad, embelesado en su nocturna y solitaria belleza, cuando, de entre las sombras, surgió a lo lejos, la figura de una extraña mujer que pronto comenzó a pronunciar mi nombre como si me conociese de toda la vida. Aunque no soy muy dado a tales excesos de confianza, me paré a escuchar lo que decía:
-José, José, ven por favor, necesito tu ayuda - dijo tuteándome aquella mujer que, ataviada con un vaporoso vestido, había salido del Callejón de la Luna.
Sin dudarlo, dando rienda suelta al caballero -de la oronda figura- que llevo dentro, me dirigí hacia el callejón por donde se había adentrado la misteriosa dama, cuyo vestido me resultó mucho más antiguo, si cabe, que los que se compran a precio de saldo en los modernos outlet. 
-José, José, por aquí, ven raudo, por favor - volvió a chillar la señora, mientras su silueta se difuminaba entre las sombras de una callejuela contigua.
Sin saber por qué, decidí seguirla. Por momentos me sentía más confundido y angustiado entre aquel laberíntico entramado de origen Omeya. Era poco más de la una de madrugada y me extrañó no encontrarme con nadie por aquel barrio donde los judíos vivieron sus últimos días en Córdoba antes de su forzado éxodo hacia el norte de África.
-Estoy aquiiií, síguemeeeé, ya casi llegaaaamos -dijo la misteriosa mujer adentrándose por un callejón aún más estrecho que todos los demás.
Entré, con más miedo que ganas de cenar, por aquel angosto callejón que a mitad de su trazado se estrechaba dramáticamente. Pensé, de manera espontánea, que un obeso norteamericano adicto a mcdonald´s se habría quedado allí atrapado de haber intentado perseguir a tal escurridiza fémina. Yo conseguí pasar por la estrechez, a duras penas, y continué con la persecución de aquel espectro vestido de tul. Me encontré, sin saber si tenía o no relación con aquel enigma, una zapatilla Converse de pequeño tamaño, lo que me hizo suponer que podría ser de una chica joven, pero al no encontrarle relación al objeto con mi perseguida la dejé en su sitio por si su despistada propietaria regresaba a buscarla.
Mi sorpresa fue mayúscula cuando, unos pocos metros más adelante, el callejón se ampliaba para acoger, caprichosamente, a un limonero que se mostraba rebosante de molludos y olorosos limones. Tras él, un soberbio muro con un vieja puerta cerrada con un oxidado candado daba por finalizado aquel laberinto, sin dama ni fauno. Enganchado a una rama del resguardado limonero, como si fuese una señal del más allá, encontré un pañuelo arabesco que al acercarme a mi prominente nariz me brindó un dulce olor a jazmín.
De esa guisa, con el enigmático pañuelo arrimado a mi napia, regresé compungido sobre mis pasos. De pronto, escuché un grito que casi me provocó un ictus:
-¡Oye colega! Hip ¿Has visto por ahí una zapatilla? Hip -me preguntó una chica  que parecía haber ingerido, al menos, una arroba de calimocho.
-Sí, joven, aquí está -le dije mientras me agachaba a cogerla del suelo.
-Pónmela, hip, colega, que si me agacho me caigo, tronco, hip -dijo la jovencita.
Tonto de mí, me puse a complacer a la adolescente, como antes me dio por perseguir a aquella misteriosa señora del vestido vaporoso de color blanco isabelino, con la desdicha de que la intoxicación etílica que llevaba la puber le provocó -mientras yo ajustaba la Converse a su apestoso y ennegrecido calcetín- un tumultuoso vómito que me impregno, completamente, con una mezcla fétida de calimocho, salmorejo y restos magros de dudosa procedencia.
Curiosamente al salir de aquel callejón, muerto de asco, leí sorprendido un letrero que ponía: Callejón del pañuelo.
Así fue como regresé al hotel, con la fortuna de que mi esposa, que tiene tan fácil el dormir como el comer, estaba ya durmiendo a pata suelta.
Aprovechando la coyuntura que me brindaba su sosiego, me desnudé a la velocidad del rayo, metí la vomitada ropa en la bolsa de la tintorería que siempre hay en los armarios de los hoteles, que todo el mundo usa para meter la ropa sucia, y, vistiéndome de nuevo a la misma velocidad, salí de  la habitación con la apestosa bolsa en la mano en dirección a un contenedor de basuras.
Cuando me hallaba levantando la tapa de aquel metálico basurero, escuché, de nuevo, la misteriosa voz femenina que me reclamaba:
-José, José, ven, ayúdame por favor -dijo insistente la mujer.
Ahí fue cuando -discúlpenme mis queridos lectores- tuve que decirle a   aquella puñetera señora, perdiendo un poco la compostura:
-¡Qué te ayude tu puta madre, mi niña! -le respondí con cierto toque andaluz.
Así fue como sucedió todo. A buen seguro que muchos lectores dirán que nada de todo esto sucedió. De cualquier manera les aconsejaría que, si vienen a pasar unos días de vacaciones a alguno de los numerosos hoteles o pensiones que hay dentro de la antigua Medina de Córdoba, lleven mucho cuidado con la Señora de las Sombras, odia tanto a los turistas  como odió, en su día, a la Santa Inquisición.

martes, 29 de noviembre de 2011

La venda de los ojos


La diosa de la justicia lleva una venda en los ojos, aunque no es la única. Las personas tenemos el defecto de no querer ver las cosas. Esa ceguera parcial nos relativiza todo aquello que queremos asumir, y nos hace rechazar todo aquello que pensamos que no nos conviene. Nuestro cerebro interpreta la partitura de la vida bajo un prisma mediatizado por la comodidad. Constantemente nos hace huir del esfuerzo lo que viene a reflejarse en hechos tan simples como que algunas personas sólo corren cuando temen quemarse en un incendio o les persigue un doberman. 
La venda en los ojos nos impide dejar de fumar, nos impide dejar el alcohol o hacer deporte, nos impide estudiar, nos impide limpiar,  nos impide hacer tantas cosas que, al final, vamos limitando nuestra vida. Esta se va haciendo pequeña, mínima, apenas si disfrutamos con nada y nuestra existencia acaba por no tener sentido.
La vida sería maravillosa si fuésemos capaces de quitarnos la venda de los ojos, abrirnos al mundo: a los demás, a la naturaleza, a la creatividad y asumir nuestro rol de seres normales y sociales.

Todos somos seres humanos, no hay nadie por encima de nadie. Todo el mundo tiene que aprender y que enseñar algo a los demás. El valor más olvidado y en desuso es la humildad, que la sociedad, equivocadamente, a sustituido por la apariencia y el culto al ego. La victoria del YO sobre el NOSOTROS esta provocando una sociedad individualista y débil, en lugar de construir -entre todos- una sociedad unida y solidaria.
La crisis actual es un ejemplo de deriva moral. Una crisis provocada por una gran ausencia de valores y auspiciada, a la par, por la ostentación y la apariencia.
La difícil situación que vivimos presenta dos caras bien diferenciadas: por un lado, los que están conservando su estatus y se aferran a esa venda en los ojos, y por otro lado, a los que han perdido sus trabajos y están sufriendo un fuerte revés emocional y económico.
Esas dos caras de la moneda son dos visiones de una misma sociedad, una sociedad, que queramos o no, esta abocada a cambiar por estar cimentada sobre un modelo insostenible. Lo que prima es la obtención de recursos de manera individual, sea cual sea el método, con el convencimiento de que los recursos son ilimitados; frente a una necesaria regulación de los recursos por parte de los estados y las instituciones que, democráticamente, hayamos elegido.
Las sociedades nunca se han regulado solas. La naturaleza, sí. El neo-liberalismo ha fracasado por que abogaba por una regulación natural de los mercados, comparando al mercado como un gran ecosistema, cuando lo que debería de haber tenido como referencia era los modelos de convivencia humana que hemos tenido a lo largo de nuestra dilatada historia.
Esa cambio social que se vislumbra como necesario y urgente -para todos aquellos que no llevan una venda en los ojos- debería basarse en el convencimiento de que los recursos son limitados, de que el planeta es un ser vivo y tenemos que cuidarlo. Un modelo social donde la igualdad de las personas sea una realidad y no una simple declaración de intenciones. Donde haya unos límites adecuados y lógicos para acceder a los recursos financieros. Donde la cultura y la educación sean la base sólida de la sociedad. Donde en las empresas privadas prime la organización y la productividad con criterios sociales y morales, frente a métodos consistentes en la especulación y el abuso.
Cuanto más nos alejemos del camino adecuado, más trabajo nos costará el  retorno.
La sociedad anda buscando ese cambio de dirección, ese golpe de timón que nos lleve al Mar de la Calma, un viaje necesario y urgente, donde lo verdaderamente imprescindible será que seamos capaces de quitarnos la venda de los ojos y busquemos un modelo más humanizado de sociedad.
La situación requiere, al menos, una reflexión. Los grandes cambios sociales se fundamentan en millones de cambios individuales. Solamente tenemos que animarnos a dar un primer paso y este sería, bajo mi punto de vista, comenzar a ver la vida con menos rigidez y tratar, desde la empatía, de flexibilizar nuestros planteamientos.
Siempre me he postulado, frente a los que lo ven todo blanco o negro, como un defensor a ultranza de los grises. El día que me quité la venda de mis ojos, me di cuenta de que el gris, pese a ser, a priori, un color poco llamativo me aportó muchas de las respuestas que andaba buscando.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Che Guevara vive en Ucrania


Cuando todo el mundo lo daba por muerto y enterrado, yo estoy en condiciones para demostrar que Ernesto Guevara, más conocido como Che Guevara, sigue vivito y coleando. Todo lo que sucedió en La Higuera, una pequeña población de Bolivia, allá por el año 67, fue un montaje urdido, posiblemente, entre la CIA y el KGB.
Aturdido con un cóctel de psicotrópicos, esposado y metido en un saco de dormir que olía a pies, en el vientre de un viejo Antónov, voló rumbo a Ucrania donde le esperaban para curarle el catálogo de heridas que traía por  toda su admirada anatomía.
Después, sufrió las consecuencias de un experimento secreto que consistía en someterlo a descargas de corriente galvánica al mismo tiempo que le hacían ingerir grandes cantidades de caviar y vodka de garrafón.
Para aliviarle la ansiedad que le provocaba no tener un kalashnikov en las manos, el terapeuta decidió ponerle, en su lugar, una guitarra flamenca que había traído a Ucrania un chico español republicano antes de morir congelado una noche que salió del barracón a hacer de vientre sin percatarse de que fuera hacía 29º bajo cero. Como estaba estreñido, murió congelado dando apretones.
Tras las descargas y las terapias contrarrevolucionarias, por las que los corruptos dirigentes comunistas ucranianos recibieron un maletín de piel relleno de billetes de cien dólares y unos negativos con los mejores desnudos de Marilyn Monroe, el Che, de manera autodidacta, se convirtió en un virtuoso de la guitarra española y obtuvo gran reconocimiento dando grandes recitales en plena calle bajo la estatua de Lenin. Los boleros y las rumbas le daban, al menos, para comer todos los días una salchicha a la Kiev o una patata rellena, hasta que se casó con la viuda de un general del Ejército Rojo tras darse cuenta de que no era normal que, día tras día, le depositara en su boina negra, con la típica estrella de cinco puntas, un billete de 5.000 rublos.
La viuda, como no estaba para tirar cohetes, pronto fue víctima de tumultuosas infidelidades por parte del apuesto rebelde argentino, que siempre andaba rodeado de una corte de rubias que nunca aprendían a tocar la guitarra, pero se licenciaban, perfectamente, en el arte de tocar la zambomba.
La esposa, alertada por un viejo cosaco experto en ligarse a señoras con recursos, sorprendió al Che con las manos en la masa dando un Concierto de Aranjuez en pleno Allegro gentile, con dos hermanas gemelas cuyas trenzas de oro bajaban desde la cama hasta el suelo, y cuyos senos, tersos y erguidos, desafiaban la fuerza de la gravedad, confrontando, de ese modo, a las teorías de Einstein y Newton.
Luego, todo le fue a peor. Acabó dando clases particulares de guitarra española a razón de 1.000 rublos la hora y, a veces, hasta por menos. Lo mejor para él fue que las corrientes galvánicas, o el caviar y el vodka de garrafón, le quitaron la desazón por liberar de tiranos las tierras del mundo, sirviendo en bandeja a Fidel Castro el gobierno cubano hasta nuestros días.
La CIA y el KGB firmaron su alianza junto a Castro para quitarse de en medio al Che. De no haber surgido esta entente otro gallo cantaría.
Don Ernesto, a pesar de su edad, sigue dando clases en Kiev. Dicen que no lo hace mal, pero que no entiende nada de política.

martes, 22 de noviembre de 2011

La llave premonitoria de Kharkov


Dormía, plácidamente, bajo un edredón que olía a nuevo, en aquel apartamento ucraniano después de una paliza de tren de más de seis horas, que es lo que tarda el recorrido desde Kiev hasta la ciudad de Kharkov. Ese tren es conocido como el Expresso de Kharkov y el billete cuesta menos de diez euros. Como iba diciendo, yo roncaba a pata suelta, necesitado de descanso y calor, cuando en lo mejor del asunto escuché un fuerte golpe metálico proveniente del balcón.
Me desperté, súbitamente, como si el mundo se acabara por un ataque alienígena,  o de rubias ucranianas, que en ese momento de desconcierto, y haber tenido opción de elegir, hubiese preferido sucumbir bajo el ataque de las rubias -aunque fueran de bote- que en manos de unos adefesios mocosos y fétidos de color verde esmeralda.
Ni una cosa ni otra. Corrí la cortina, sobresaltado, sin encontrar a nada ni a nadie en aquel diminuto balcón. Ni una maceta con geranios, ni un bicho verdoso, ni una rubia despampanante, ni Papá Noel que se hubiese equivocado de fecha.
Muy confundido, corrí de nuevo la cortina buscando evitar la claridad que entraba de la calle e intenté recobrar el sueño y el calor perdido.
Me molestó el tic-tac incansable de un reloj de pared que curiosamente marcaba la hora de Moscú y de Nueva York. Me pregunté: ¿Para qué coño querrían saber los dueños de ese apartamento la hora que hay en esas dos ciudades al mismo tiempo? ¿Acaso serán antiguos espías del KGB? 
Decidí, para evitar el ruidoso tic-tac, descolgar el reloj y guardarlo en el armario ropero con espejos que había frente a la cama. Mientras, caí en la cuenta de que Artur dormía en la habitación de al lado y ni se había inmutado, lo que me hizo pensar que aquel estruendo metálico, que casi me provoca un infarto, había sido sólo fruto de una terrible pesadilla.
A la mañana siguiente me despertó, a la limón, el odioso sonido del despertador de mi vieja BlackBerry, y el trajín que Artur emitía haciendo gárgaras en el baño. Me levanté y corrí la cortina para favorecer la entrada al cuarto de luz natural y me quedé congelado, no por el hecho de que hiciese cuatro grados bajo cero, tras aquel cristal, no. No fue ese el motivo de mi soponcio mañanero; lo que me dejó petrificado, como un fósil del jurásico inferior, fue el hecho de encontrar una enorme llave de hierro sobre un felpudo de goma en aquel minúsculo balcón.
Tan sólo ataviado con una camiseta de dormir y un braslip abrí la puerta que me separaba de Siberia y de aquella enigmática llave. Tonto de mí, intenté coger la oxidada herramienta con una mano y casi se me quedó pegada en ella. Lo intenté de nuevo con ambas manos, soportando estoicamente su glaciar temperatura, de tal modo que pude calcular, no sé para qué, que aquella herramienta de la época comunista debía de pesar, por lo menos, entre tres y cuatro kilos.
Con ella en las manos, como si llevara una brasa ardiente, me dirigí al cuarto de baño, justo en el preciso momento en el que Artur abría la puerta. El grito que pegó fue impresionante.  Yo me asusté tanto como él y la llave me cayó sobre un pie, por lo que solté otro alarido que entraba en competencia directa con el que Artur acababa de emitir.
- ¡Hostias, Pepe, que susto me has pegado! pensé que me ibas a atizar con la llave -dijo Artur.
-¿Tú viste anoche esta llave en la terraza? -le pregunté a mi compañero polaco.
-Juraría que ahí tan sólo había un felpudo de color gris -respondió Artur.
-Pues yo creo que esta llave cayó anoche sobre el balcón. Me despertó el ruidazo tremendo que provocó al caer. Creo que eran las cuatro de la madrugada, ya que, al levantarme, aproveché para quitar el reloj de la pared que me estaba amargando la noche con su dichoso tic-tac y lo metí en el armario.
-Pepe, yo creo que eso es imposible, estamos en el quinto y último piso. Debes de haberlo soñado. Date prisa, si quieres desayunar, que se nos hace tarde para la primera visita.
Durante todo el día, visita tras visita y reunión tras reunión, no pude dejar de acordarme de aquel fenómeno paranormal. Aquella hercúlea y oxidada herramienta se había apoderado de mi subconsciente como un algoritmo en bucle o como una rueda de churros infinita de la que no tuvieras forma de comerte la porra.
Ya de regreso al apartamento de Kiev, cuya escalera se asemeja a boca de lobo, pese a estar el edificio a la espalda de un concesionario de coches de lujo y el más prestigioso puticlub de la ciudad, Artur  se tomó un té antes de irse a la cama y yo degusté un rico y refrescante kéfir  que siempre le hace bien a mi delicado aparato digestivo y me ayuda a dormir mejor.
El nórdico me cobijaba aportándome la tranquilidad necesaria para agarrar un plácido sueño. Y así fue. Dormí y dormí como un angelito hasta que, de entre unas nubes blancas, apareció Mariano Rajoy sentado en un gran trono. Observé cómo varios arcángeles se acercaban a él para entregarle una gran llave que traían sobre un cojín de terciopelo de color rojo chillón. Rajoy, con la sonrisa cáustica que le caracteriza y sacando su lengua díscola como siempre que se pone de los nervios, cogió con sus dos manos la llave de Kharkov y la alzó mostrándola a un montón de ángeles, arcángeles, santos, y monaguillos de más humilde condición, a lo que estos respondieron enarbolando banderas de España con la silueta de un toro de Osborne y poniendo, a todo volumen, la conocida melodía del Waka Waka de la escultural y satisfecha Shakira.
A la mañana siguiente, por razones que podrán entender mis lectores, no le dije ni media a Artur.
Dos días después de estos extraños acontecimientos, Mariano Rajoy, al tercer intento, ganó las elecciones generales en España.
Ahora que por fin tiene la llave, esperemos, por el bien de todos, que sepa cómo usarla.