sábado, 28 de abril de 2012

Adiós abuela, hasta siempre


En estos últimos dos meses de sobresaltos emocionales, donde todo el mundo me invita a no ser como soy, he llegado a tener ingresadas a la limón, en distintos hospitales, a mi madre y a mi abuela. La madre que me parió y la abuela que me crió. Después, mi abuelita salió del hospital y regresó a su casa, mientras que mi madre ingresaba en otro hospital para realizarse una operación que, en principio, le iba a ocupar quince días y que, a la postre, casi la borra del mapa.
Llegué a pensar, en algún momento, que me quedaría sin las dos. Luego, de manera increíble, vi como mi abuela con 98 años comenzaba a mejorar y mi madre con 68, empeoraba. Unos pocos días más tarde, las tornas cambiaron, bruscamente, y mi madre comenzó a mejorar y mi abuela nos ha dicho adiós.
Mi abuela Mercedes ha muerto, en realidad, por haberse cansado de vivir. Con su muerte he descubierto que, llegado un momento, el cuerpo humano rechaza seguir viviendo, como rechaza, en ocasiones, seguir comiendo, seguir corriendo, o seguir siendo uno mismo. Las personas, antes o después, nos encontramos con nuestras limitaciones físicas o mentales y, sobre todo, al final, nos topamos de frente con los principios elementales de la teoría de la relatividad: las energías -las personas somos energía- no se crean ni se destruyen, tan sólo se transforman. Mi abuela, de ser así, se habrá transformado en otro tipo de energía.
Curiosamente, siempre que los humanos nos enfrentamos intelectualmente al hecho irreversible de la muerte, en el sentido biológico, traspasamos una débil línea que nos conduce, de lleno, al eterno enfrentamiento científico-religioso.
Ayer el cura, en la misa de réquiem, dijo que mi abuela sigue viva, pese a su muerte física, y que está en el cielo a la espera de su resurrección. Otras religiones, incluso, hablan de reencarnaciones en otros seres vivos, o en otros cuerpos. Dependiendo si te has portado bien o mal, te puedes reencarnar en una ladilla sobaquera o en una lombriz. Si te has portado regular, en un erizo campestre o en un murciélago. Y, por el contrario, si has sido buena persona te puedes reencarnar en un atleta olímpico, o en una modelo de alta costura. De ser eso posible, me gustaría que mi abuela se reencarnara, otra vez, en ella misma, de ese modo, el mundo podría volver a disfrutar de una mujer con la sabiduría, el carácter y la bondad que ella siempre profesó hacía los demás.
Si ahora mi abuela es sólo energía es muy probable que se convierta en una estrella, o en un planeta nuevo, que algún científico loco descubrirá, en los próximos días, mirando a través de su telescopio, mientras le recortan el sueldo, o le privatizan el observatorio para que lo visiten turistas chinos.
Mi abuela era una enamorada de Pep Guardiola y del Barsa. Curiosamente, cuando hace dos semanas mi abuela le dijo a mi tía Carmen -que es una de sus hijas y gran candidata a ser tan gran mujer como lo fue su madre- que lo único que le hacía ilusión para seguir viviendo era el Barsa, es muy de entender el fatídico desenlace que ha tenido todo. Al final, de manera inconsciente, mi abuela y Pep Guardiola se han ido de la mano. Ella de una forma y él de otra, los dos esperan ya, en cierto sentido, su resurrección.
Mi abuela no ha muerto sola, en realidad, en mi familia, hemos muerto un poco todos. Algo de todos nosotros se ha ido con ella y mucho de ella se ha quedado aquí.
Gracias por todo cuanto nos diste, abuela. Ayer, no atiné a decírtelo cuando me asomé a verte en la urna de cristal, cuando estabas acostadita, descansando en tu caja, rodeada de flores entre las que sólo destacabas tú. Qué pena que te hayas marchado ahora que asomaba, por fin, la primavera.

jueves, 26 de abril de 2012

Días de hospital XXI


Cuando llegamos al box mi madre levanta la mirada y nos sonríe, primero a mi hermano y después a mí. Su mirada se ilumina tras los cristales de sus gafas, que, al mediodía, por fin ha querido que se las pongamos y que aún, en el pase de la tarde, conserva puestas. Esta más guapa que cuando entró al hospital. Los nervios que tenía al despertar se le han ido transformando en resignación. Le hablamos de todo para ponerla al día y se ha alegrado mucho al saber que mí abuela, pese a sus 98 años, se está recuperando muy bien tras su neumonía. Se ríe cuando le decimos que la abuela, sin dientes, pide bocadillos y que se ha cabreado mucho por la derrota del Barsa. A mi madre eso le da igual porque ella siempre ha sido del Bilbao.
Que una madre vuelva a nacer es algo maravilloso. Llegamos a pensar en lo peor, sobre todo cuando, estando en planta el último día, antes de ingresar en la UCI, la familia recién llegada a su habitación nos aconsejó, al verla, que pidiéramos la presencia de un cura para darle la extremaunción. Después de sufrir las cuatro paradas cardíacas, mi padre y yo, nos temimos lo peor. Comentamos que todo estaba  al corriente y los recibos de Santa Lucía, la compañía aseguradora de decesos, pagados. Todo en regla por si el teléfono, que por aquellos días nos aterraba su sonido y quemaba en las manos, trasmitía la fatídica noticia. 
Hemos visto, durante este tiempo, a varias familias que perdían a algún familiar y sus consiguientes escenas de dolor. Nosotros estábamos preparados para lo que pudiera venir, si es que para una cosa así se puede estar preparado en algún momento. Pero mí madre no quería irse a ninguna parte y, ahora, espera sentadita en su cama a que lleguen las horas de visita para vernos y disfrutar de todos nosotros.
Nos reímos mucho con ella cuando intenta hablarnos y no nos enteramos. Se cabrea con nosotros, dice que parecemos tontos. Hoy nos ha comentado, con su voz muda, que los enfermeros parecen japoneses y al preguntarle el motivo nos ha respondido: ¡por la ropa que llevan!. Nos pregunta por todo el mundo. Dice que, hoy, el fisioterapeuta no le ha hecho daño y que es un chico muy guapo, a lo que su amiga Carmen a respondido que le pida el teléfono para a ver si ha ella le hace también un buen masaje, que falta le va haciendo.
Está y estamos deseando que le quiten la traqueostomía, aunque somos conscientes de que su respiración espontánea es aún insuficiente.
Ahora, cuando voy al hospital siento una alegría tremenda y cuando me marcho también. En tan poquito tiempo cómo ha cambiado el cuento. En estos templos de la salud, la vida y la muerte van de la mano, en una inquietante convivencia. Estoy convencido de que mi madre al sentir la mano fría de la muerte la soltó de golpe. Cuando pueda hablar, y esté de buen humor, se lo pienso preguntar, aunque dicen los médicos que la mayoría de los enfermos que pasan tanto tiempo en cuidados intensivos al salir no recuerdan casi nada.
Sería precioso que ella no se acordara de nada. Hay cosas en la vida que no merecen la pena recordarse.

martes, 24 de abril de 2012

¿Se dijo lucha o ducha?



Hace unos días solicité a mis responsables de zona un informe para poder analizar mejor los resultados cosechados, por los diferentes equipos de trabajo, durante este primer trimestre del año, y la verdad sea dicha, algunos de estos informes desinforman más que informan. Parece que están escritos para despistar más que para aportar.
Conforme iban llegando a mi correo me fui aprovisionando de kleenex, ya que soy muy propenso a moquear y tengo la lágrima fácil. 
Aún a riesgo de generalizar, la mayoría de los informes me resultaron tan monótonos y tan vacíos de contenidos y de sensaciones como la pintura de  Sean Scully que estos días se expone en el palacio imperial de Carlos V de Granada. Sí, alguno de ellos, fuera el vendedor que atiende mi negocio no le compraría ni el palo de una escoba.
Tras leer y releer los tristes y vacuos informes estuve, por un momento, barajando la posibilidad de tirar la toalla, pedir asilo político en Costa Rica y dedicarme a promocionar el turismo ecológico a gran escala (por lo que dejaría de ser ecológico). También barajé la posibilidad de quemarme a lo bonzo, pero desistí de inmediato porque padezco cierto grado de pirofobia, desde que, siendo niño, en Vistalegre, mi barrio de toda la vida, un niño hijodeputa tres años mayor que yo, al que llamaban Antoñito Bar, me apagara una colilla en el cuello.
Puede que me sienta extraño. Esperaba mucho más de mi equipo directivo. Estos simples informes evidencian mi incapacidad para mejorar los resultados y las capacidades de estos líderes, que, al parecer, en algunos casos, lideran más por rutina que por devoción. Mi estrategia no sirve de mucho, o de nada, con gente insensible a la ilusión y a las metas.
Nunca he conseguido nada que no me ilusionara conseguir. Nunca he querido nada que me dieran hecho. La gente que no disfruta con los retos es más apropiada para hacer bulto, pedir mejoras y poner excusas que para liderar equipos de trabajo.
En esa lectura surrealista, me confundí entre los que escribían lo que yo quería leer, los que escribían lo que no se podían callar y los que directamente, por no disimular, hacían escribir a los demás para escurrir el bulto hasta el último momento. 
Algo falla. Tengo clarísimo que algo está fallando en todo este engranaje que he intentado construir en todo este tiempo. Las líneas maestras que tanto trabajo me han costado trazar se desdibujan, en un plis plas, entre esos informes escritos al despiste con premeditación y alevosía.
¿No nos importa nuestro trabajo? ¿No somos suficientemente conscientes de la gran responsabilidad que tenemos en este momento? ¿Pensamos que esto es un juego de niños? ¿Donde queda la dignidad, cuando somos capaces de entregar un informe que no serviría ni como papel higiénico?
Si los directivos somos así:¿Cómo serán y como pensarán nuestros comerciales?¿Cuales serán sus motivaciones?
Una y mil veces hemos hablado de la necesidad de trazarnos un plan, un camino por el que transitar cuyo único objetivo sea alcanzar nuestras metas.
Pero esos informes evidencian, de manera clamorosa, una falta de planes y una enorme apatía hacía la movilización y hacía la lucha.
En los momentos que corren de nada sirven los paños calientes, de nada sirven las sempiternas justificaciones, lo único válido, hoy, es la entrega y la lucha al cien por cien. De lo contrario, nuestro esfuerzo de tantos años, se puede quedar en nada. Como en nada se pueden quedar nuestros sueños.
Queridos compañeros o salimos a comernos el mundo cada mañana o el mundo, despiadadamente, nos comerá a nosotros. Aunque no os lo creáis,  a alguno se lo puede tragar con el sofá y todo, como aquellas anacondas gigantes que se tragaban a los caballeros españoles hasta con el caballo sin necesidad de sal de frutas.
La solución está escrita: programa, programa y programa. Si no lo tenéis claro os lo volveré a explicar. 

domingo, 22 de abril de 2012

Días de hospital XX


El despertar es un fenómeno de la biología que está impregnado de un enorme romanticismo. Pero, sin duda, el despertar de una madre después de estar un mes inconsciente, en cuidados intensivos, es algo muy difícil de describir por mucha maña que se de uno, como dijo el director de la unidad en relación a este blog, en estos menesteres de la narración. Hasta este momento, aunque este feo decirlo, nunca había reparado en el color ámbar, tan precioso, de los ojos de mi madre. Su despertar esta siendo lento y tortuoso como un camino que asciende por un monte vertiginoso y accidentado. En ocasiones, parece que no va a poder y en otras parece que sí. Abre sus ojos de miel, sobresaltados, fijando sus pupilas en el infinito y, al instante, vuelve a cerrarlos como renunciando a ver lo esta viendo, quizás como consecuencia de su desesperación. Sus movimientos reflejos también nos provocan ilusiones. Sus brazos, sus piernas, su cuello y sus hombros han comenzado a ejercitarse como prueba inequívoca de que su funcionamiento coordinado será sólo cuestión de tiempo. Nos recuerdan estos movimientos a los de un bebe en su cunita a los pocos días de nacer.
Para demostrarnos que es la que es, y no otra, la que ha regresado del más allá, ya nos está aleccionando con discursos mudos pero elocuentes. La traqueostomía no la deja hablar, pero ella pronuncia discursos sin sonidos para justificarnos su ausencia durante tantas semanas. Creo que nos quiere decir que se fue a comprar tabaco, y se le torció el camino, como el del chiste. Mi madre es una apasionada de los chistes. Sus chistes siempre han sido un poco picarones. Uno de los más tontos que ella nos ha contado millones de veces -y seguro que nos seguirá contando- es uno muy viejo que, a buen seguro, casi todos los lectores conocerán:
"Esto era una señora que tenía un perra que se llamaba miss tetas. A la pobre señora se le perdió la perrita y fue a un policía municipal que había por allí y le preguntó: ¿ Oiga señor, ha visto usted a miss tetas? y el agente le respondió tan cortés, no señora, pero me gustaría verlas.
En la familia tenemos disparidad de criterios sobre si mi madre nos reconoce o no. Yo soy de los que no lo tienen muy claro, aunque reconozco que, en ocasiones, parece que nos responde con sus gestos afirmativos o negativos ante nuestras preguntas.
Por la tarde estaba muy dormida. Las enfermeras nos dijeron que intentáramos despertarla y hablar con ella. Mi hermano y yo erre que erre y ella nones. Así que, en una arrebato de improvisación, le grité al oído:
-¡Mamá, hazme la leche, que se me hace tarde!.
Y para nuestra sorpresa ella abrió los ojos de par en par y se puso a hablar con el sonido al cero, como la comentarista de un informativo en una televisión donde el sonido se hubiese estropeado.
Aún no puedo creerme que sea verdad que Loli, mi madre, haya vuelto para quedarse. Se nota que todavía vivo inmerso en el mundo de la incredulidad.

jueves, 19 de abril de 2012

Días de hospital XIX


Abril se precipita impasible hacía su recta final. Un día bueno y otro regular. El dios Eolo ha rugido este mes reclamando protagonismo entre santos de madera policromada y huertanos de falsete alcoholizados. Hoy, el día amanece plácidamente y los mirlos canturrean, exhibiéndose sin temor, delante de las hembras con ansias reproductivas. Siempre soñé con poder encontrarme con un mirlo blanco, pero ni yo, ni nadie de las personas aficionadas a la ornitología que he consultado, lo hemos visto nunca. Quizás Eolo y el mirlo blanco pertenezcan, únicamente, al mundo de la fantasía.
El despertar de mi madre forma parte de nuestras fantasías cotidianas, del despertar de esta primavera efervescente y convulsa, de esta nueva vuelta de tuerca que nos está auditando la resistencia emocional. 
Somos, por consiguiente, una familia a prueba.  Una familia más, como miles y miles que atiborran hospitales en busca de su mirlo blanco, de ese golpe de suerte que nos saque de las garras del crudo invierno de la incertidumbre y nos arroje a las orillas de una primavera de sueños y esperanza.
Mi madre intenta despertar de un sueño muy profundo. Sus ojos se abren y se vuelven a cerrar. Te miran y te dejan de mirar. Sus oídos te escuchan y te dejan de escuchar. Sus brazos se mueven y se dejan de mover, en una intermitencia incontrolable e impredecible. Nosotros sólo podemos esperar y darnos ánimos o desánimos. Avanzamos o retrocedemos en base a la capacidad de interpretación, que nos concede nuestro nivel de ansiedad, a la hora de escuchar el informe médico del día. La intermitencia en el despertar de mi madre nos ha impregnado a todos de intermitencia emocional, en un mimetismo hospitalario digno de estudio.
Hoy me he dado cuenta de que soy una extensión de mi madre, una continuidad extracorpórea de su ser, del que nací y del que mamé, y ahora, su cuerpo vuelve a conectarse al mío como un vehículo roto, en plena autopista, se engancha a la grúa de la Mutua Madrileña, reclamándome, suplicándome ayuda para despertar. Ayuda para volver a casa. Ayuda para ser la Loli que es. 
Pero ante sus suplicas, sólo puedo agarrar su mano, sólo puedo besar su cara con su boca abierta, sólo puedo visitarla dos veces al día, decirle que la quiero mucho y seguir escribiendo, incongruencias, un día más. 
Aguanta mamí, aguanta. Tú y yo sabemos que lo tuyo siempre ha sido aguantar. Ojalá  que Eolo se aliara con nosotros y soplara, de una vez por todas, a tú favor.

miércoles, 18 de abril de 2012

Días de hospital XVIII


Cuando mi madre leyó la teoría Gaia del inglés James Lovelock no se enteró de nada. A ella le gustan mucho más la chilena Isabel Allende y el catalán Ruiz Zafón que ese científico visionario dando la matraca. Las teorías seudocientíficas siempre la terminan aburriendo como a una ostra. Lovelock,  nos plantea la tierra como un gigantesco ser vivo del que todos formamos parte como grupos de células. Por tanto, yo soy un grupo celular, mi madre otro, y el policía municipal que multó el otro día a mi padre, otro. La porra y la pistola no cuentan como células. 
Como seres vivos, o agrupaciones celulares, vivimos siete mil millones de personas en contínua competencia por los recursos. Cada uno vive su vida como la más importante, sin que, en la mayoría de los casos, nos interese, lo más mínimo, lo que le pasa al vecino de al lado. De ese modo, esta mañana, en el singular puerto de Silla, en la Albufera de Valencia, un señor reparaba una vieja barcaza, mientras un cliente me enseñaba, orgulloso, su pueblo, Cristina Kirchner expropiaba REPSOL y a mí madre le realizaban una traqueostomía.
La rueda de la vida gira infinita, hacia ningún destino aparente, sin que ninguno de nosotros quiere apearse en marcha por mucha crisis que nos esté cayendo encima y por muchos elefantes que se maten en Botsuana. El instinto de supervivencia es algo increíble y mi madre nos viene dando prueba de ello desde que llegó al hospital. 
Mi brazo está entrenado para firmar autorizaciones sin pisar un gimnasio. He firmado más consentimientos informados en mes y medio que en toda mi vida. Sólo firmé más, a los diecinueve años, cuando me compré mi primer coche. Las letras de cambio nunca se acababan y el brazo me dolía. Ahora no me duele tanto el brazo como el pecho por la ansiedad.
Me ha llamado mucho la atención, esta noche, al llegar de Valencia, el gesto facial que se le ha quedado a mi madre después de haberle retirado los tubos. Su boca abierta y su lengua ladeada, tendrán que volver a su lugar con el paso de los días. Yo sólo de imaginarme en su lugar me pongo enfermo. 
No puedo dejar de imaginarme cómo estará mi madre cuando vuelva a su lugar. No puedo dejar de preguntarme, durante todo el día, si será capaz de salir de esta pesadilla a la que le invitaron sin pedirnos autorización. Para dejarla ahogándose durante tres días en la tercera planta, no me dieron a firmar ningún documento. Tan sólo nos ofrecieron un inhalador contra el asma, y tonto de mí, se lo aplicaba, metódicamente, cada ocho horas.
¿Qué le podría decir a mi madre, si pudiera escucharme?:
Mamá, cariño, sólo se me ocurre decirte que tú no te merecías esto. Nadie se puede merecer algo así.
Sigue luchando por favor. No desesperes. Esta Semana Santa no has podido ir a la playa como tú querías, pero este verano, te lo vas a pasar allí, verás como sí. La gente que te está cuidando lo va ha conseguir. Tenemos que volver a confiar. Quiero que sepas que estamos muy orgullosos de ti. Cierra la boca cuando puedas, no se te vayan a escapar, por ahí,  las dichosas células.

domingo, 15 de abril de 2012

Días de hospital XVII


Mi madre estará orgullosa de mí cuando se entere de que dos de mis relatos están situados en el top10 de Canal Literatura, del que el diario La Verdad forma parte. Lo que no van tan bien son las ventas de mi libro: Momentos de ida y vuelta (www.bubok.es.) Si me dedicara a escribir pasaría más hambre que el perro de un ciego. De lo que no estará tan orgullosa será del malestar que he generado entre sus médicos. Me va a caer, seguro, una bronca cuando se despierte y más aún cuando lea mi nuevo libro "Días de hospital" que le estoy preparando y en el que se incluirán, entre otras cosas, esta serie de relatos hospitalarios.
Mi madre estaría contenta si supiera que, pese al clima tan desapacible que hemos tenido esta semana, tanto el Bando de La Huerta como el Entierro de La Sardina han desfilado por las calles de Murcia para deleite de propios y extraños. Como no he ido, no se si este año las brasileñas habrán exhibido sus exiguos senos y sus impresionantes culos, pero seguro que sí, ya que un entierro sin brasileñas es como un jardín sin flores. Ahora ya no se tiran a morderles las nalgas como antes. El macho ibérico está de capa caída como el IBEX35. Hemos perdido fuelle en todo. Hasta el pito sardinero ya no pita como antes.
Los médicos nos dan esperanzas. Estos días han sido un impasse, con la salvedad de una pequeña reacción alérgica, que ha tratado el dermatólogo y una nueva bajada de hemoglobina que se resolvió con una bolsa más de sangre.
Su función renal sigue aumentando y, al parecer, ya ha mejorado su tolerancia a la alimentación que le suministran por una sonda, directamente al estómago, a través de su nariz.
Sus ojos comienzan a abrirse con frecuencia con una mirada ausente y perdida. Nosotros le hablamos pero ella sigue sin escucharnos, aunque todos los que la conocemos sabemos que Loli es más de hablar que de escuchar.
En el box número once de la unidad de cuidados intensivos del hospital Morales Meseguer nuestra Virreina de La Sal, como se le conocía en el Bar Josepe, y del  Centro de Mayores de la Flota, lucha por salir adelante como el Rey Don Juan Carlos lo hace en el hospital USP de Sán José, y Felipe Juan Froilán de Todos los Santos lo hace en la clínica Quirón de Madrid. La realeza española está de hospitales y mi madre no iba a ser menos.
Lo de mi madre, la gente lo puede entender mejor, pero lo del viaje a Botsuana del Rey a matar elefantes a sesenta mil euros la pieza más los viáticos, con la que nos esta cayendo encima, puede ser que mucha gente no lo entienda.
Vamos, es que no hay cojones a entenderlo.