jueves, 9 de mayo de 2019

Insólito homenaje al botijo


Más que al fútbol en sí, a mí me gustaba ir a ver los botijos. Había cientos de ellos perfectamente alineados, al entrar a la izquierda, de la vieja Condomina. La gente se los empinaba que daba gozo, refrescándose el gaznate, el pecho, y hasta la bragueta, tras lo cual arrojaban una peseta a un cesto de esparto que presidía una performance a la altura de las que se exhiben en la Bienal de Venecia. Es agua pura del Taibilla -decían, orgullosos, los viejos aguadores. De los futbolistas,  me encantaba un tal Cristo, más que por sus vertiginosas cabalgadas por la banda derecha, por el nombre tan pasional y religioso que ostentaba el menda. Cristo era un futbolista a lo Monty Python. Bueno, los Maristas, el colegio religioso a lo garsón, para niños ricos, al que yo iba a pasear los libros, tenía tanto de Monty como de Python. Aunque más que tenerle miedo a una pitón a lo que le teníamos verdadero pánico era al hermano pulpo. Al pervertido religioso también le gustaba beber pero chupando del pitorro. Yo jugaba en el equipo de fútbol del colegio y todos me decían que era un chupón.
No sé si esto tenga que ver con lo anterior, pero algunos de mis compañeros, años después de recibir los consagrados y consabidos masajes del hermano pulpo, entraron en política para seguir chupando.
Yo no entré porque no me sabía el credo de carrerilla ni tampoco el Cara al Sol. Así que por eso me dediqué a la hostelería y posteriormente a vender champú.
Y ya no recuerdo a cuento de qué les he soltado yo semejante monserga, si lo que yo quería era rendir un pequeño homenaje al botijo de toda la vida. Ese artilugio cerámico por antonomasia que daba un agua tan fresca y tan rica que quitaba el sentío. Y encima con sabor a anís...

viernes, 3 de mayo de 2019

¡Cucú!



Ella dijo Cucú. Sin saber muy bien el motivo, en aquel momento, esa palabra me pareció la mayor expresión de afecto jamás escuchada. ¡Cucú! Dijo ella sonriendo al iniciar una conversación en ruso de la que, evidentemente, no entendía nada. 
¿De dónde habría sacado aquel mensaje en clave? ¿De un viejo reloj de pared? ¿Acaso de una vieja novela rusa cargada de romanticismo? ¿O habría nacido de la mente de una mujer especial?
Aquella sonrisa cargada de ingenuidad me cautivó. ¿O fue la dulce sonoridad de aquella inusual palabra la que me dejó absorto por un momento? ¡Cucú!
Recuerdo que en mi primera casa familiar de la que yo conservo recuerdos, había un reloj de pared del que, en cada hora en punto, salía un cuco que decía exactamente eso: ¡Cucú!. 
Yo siempre esperaba ese momento con cierta ansiedad; anhelaba contemplar a ese pajarito que se pasaba la mayor parte del tiempo encerrado en aquella casita de madera, pero al mismo tiempo generaba en mi una inquietante curiosidad que hasta el día de hoy perdura.
El Cucú de esta dulce mujer, me ha recordado a mi más tierna infancia; tal vez por eso, o quién sabe si por algo bien distinto, me he quedado embobado cotilleado cómo la joven hablaba por teléfono.
Mientras conversaba, ella era consciente de mis indiscretas miradas, pero ello no impedía que continuara hablando en un ruso que a mí, en este caso, me parecía un idioma angelical. Me fijé en sus pestañas, que me parecieron postizas. Reparé en su media melena, decorada con unas mechas californianas realizadas con esmero. Y, todo hay que decirlo, en su vertiginoso escote, sobre el que destacaba una cruz de oro blanco con brillantes capaz de contradecir cualquier atisbo de fe que aquella valiosa joya intentará representar.
Al acabar la conversación, y cómo no podría ser de otro modo, se despidió de su interlocutor soltando otro aterciopelado ¡Cucú!. Al pasar por mi lado, muy discretamente, me guiño un ojo, y tal y como pensarán ustedes, a estas alturas del relato, me miró sonriente y me dijo: ¡Cucú!

Y, como si de un ave de paso se tratara, se marchó para siempre.

miércoles, 3 de abril de 2019

Viaje de mierda


De tanto plov con vodka mi estómago hizo ploff. La cagueta fue tremenda y me bajó por la pernera del pantalón mientras hacia cola en un aseo del aeropuerto de Bishkek. No fue eso lo peor, lo peor fue que ya había facturado mi maleta y no llevaba equipaje de mano. Parte de la cagada, líquida como un puré de calabaza pestilente, ya había caído inmisericorde hasta mis calcetines empapando mis zapatos. La mierda líquida es lo que tiene. Cuando uno caga un mojón, duro y bien definido, todo es mucho más manejable. Lo sé porque cuando mis hijas eran pequeñas cagaban unas bolas duras que, en ocasiones, rodaban simpáticamente por el suelo cuando les quitaba el pañal, a modo de canicas, y no se ensuciaba nada. Pero, qué quieren que les diga: la cagueta es la madre de todas las mierdas.
Yo antes era mucho de cagarme en misa mayor. Los médicos me decían que era a causa de mi colon irritable; decían que trabajaba demasiado, que me tomaba las cosas demasiado a pecho, y que tenía que pensar en relajarme un poco. Hacer yoga, caminar, tocar el violín, y cosas así.
No fue hasta dejarme los lácteos radicalmente, por otro historia que no viene al caso, cuando el colon irritable que padecía desde hacía varias décadas, supuestamente por mi agitada vida profesional, me desapareció por completo. Qué duda cabe que, desde ese momento, mi vida cambió radicalmente. Dejé de pasar recluido en los retretes una hora o más al día, y de ese modo, encontré una nueva hora más al día para seguir trabajando, aunque he de reconocer, para hacer honor a la verdad que, anteriormente mientras me aliviaba, respondía correos y hacia tareas laborales desde mi puesto de trabajo inseparable que no es otro que mi Iphone 7.
Creo que la cosa de los Iphone va ya por el 10 o por el 11, ya lo sé, pero yo no soy mucho de competir por el último modelo, de hecho, me da una pereza horrible cada vez que me obligan a cambiarlo. Si fuera por mí aún estaría con mi viejo Nokia.
Pero lo que les quería contar era que yo estaba allí, cagado de la cabeza a los pies, en ese recóndito aeropuerto de Asia Central, sin saber que hacer, hasta que un kirguiso, viendo mi cara de espanto, me agarró del brazo, me llevó al aseo de minusválidos, y gesticulando con la mano me dijo algo así como que me quitara la ropa, que me lavara con la manguera con la que se limpian el culo en los países musulmanes, y que me esperara allí.
Muerto de asco, me quité toda esa ropa llena de mierda: pantalones, calzoncillos, calcetines y zapatos y lo dejé todo en un rincón, sin pensar en las nefastas consecuencias que tendría todo aquello para el próximo usuario. Una vez aseado, y en pelota picada, los minutos se me hacían eternos. Pensé que mi avión se marcharía y me quedaría con el culo al aire en el Kirguistán para el resto de mis días. Me conmoví al pensar en dos boxeadores kirguisos que me habían mirado varias veces mientras facturaba mi equipaje. Me los imaginé sodomizándome detrás de un mostrador mientras intentaba escapar. Yo, instintivamente, apreté el culo, por si las moscas.
No sé si entenderán todo esto que les cuento, porque estoy seguro que ninguno de ustedes se habrán visto nunca en semejante tesitura. Ojalá que nunca se vean en una situación semejante. 
La cuestión es que yo estaba allí, desnudo de cintura para abajo, asfixiado por el olor que emanaba de aquella ropa llena de mierda que yacía arrinconada en aquel aseo, y siendo consciente de que mi destino estaba en manos de aquel señor kirguiso, que había sido capaz de darse cuenta de mi situación, tal vez ayudado, eso sí , por una enorme nariz capaz de olfatear el pedo de un Leopardo de las Nieves en las montañas nevadas que rodean a la capital del Kirguistán. 
Cuando ya pensaba en lo peor, llamaron a la puerta. Abrí con cuidado por si se trataba de algún pasajero ansioso por cagar, o por si eran los dos cariñosos boxeadores urgidos de intimidad, pero, por fortuna para mí, era él. Traía una gran bolsa en la mano y me la ofreció. Al cogerla, pude comprobar como en su interior había un pantalón, unos calzoncillos Calvin Klein, unos calcetines y unos zapatillas Converse. Me quedé atónito. No sabía que hacer, pero por la urgencia, me lo puse todo en un santiamén.
El kirguiso me miraba impertérrito, como una estatua de Lenin, que parece que mira a todo el mundo y que realmente no mira a nadie, y me sacó lo que parecía una factura. 
Para mi asombro, comprobé que aquella improcedente cagada aeroportuaría me había costado la friolera de doscientos dolorosos dólares, sin contar con la ropa casi recién estrenada que tuve que dejar abandonada en aquel aseo. 
Por fortuna, este que les escribe disponía de tal dinero en efectivo, que de lo contrario no sé como hubiese solucionado el entuerto. 
El tipo debía de ser vendedor de ropa ya que dio en el clavo con las tallas. Miré usted por dónde en Kirguistán encontré a mi ángel de la guarda. Aquella acción no se paga ni con todo el dinero del mundo. 
Al salir del baño, los dos boxeadores se me quedaron mirando nuevamente. Yo salí corriendo hacia la puerta de embarque al escuchar el grito de última llamada a los pasajeros con destino a Estambul. 

Con frecuencia, la gente se piensa que mis viajes son maravillosos; pues aquí les dejo el relato de este viaje de mierda.

sábado, 9 de marzo de 2019

Ni un paso atrás


Lo reconozco, me he vuelto intransigente frente a la intransigencia. No estoy dispuesto a dar ningún paso atrás frente a los que atentan contra los avances sociales que desde la transición hemos ido conquistando sobre las luchas y las demandas de tantísima gente.
Ni un paso atrás en educación, ni en sanidad, ni en pensiones, ni en los derechos de la mujer, ni en la libertad sexual, ni en la libertad religiosa. Ni un paso atrás en derechos humanos y sociales, ni un paso atrás en igualdad, ni un paso atrás en los derechos de los inmigrantes porque los inmigrantes no son un problema sino una solución. Una solución a la necesidad de mano de obra que demandan la industria y los servicios y que muchos españoles no están dispuestos a hacer por lo que las empresas están dispuestas a pagarles. Una solución al desequilibrio demográfico y por tanto la única solución al futuro de nuestras pensiones. 
Ni un paso atrás frente a la transición ecológica en el consumo, en el trasporte, en la industria, en la alimentación. La ecología por fin se percibe como algo global, urgente y prioritario, y no como un nimiedad propia de jóvenes utópicos y trasnochados como siempre nos han querido hacer ver.
En toda Europa soplan vientos de intransigencia que nos vuelven a hablar de razas arias, de enviar a las mujeres a sus labores, de enfervorizar a la juventud a base de consignas patrióticas y ondear de banderas, de atacar al diferente, de crear listas de buenos y malos. Malos por su forma de pensar, o de rezar, o por su forma de amar, o por el color de su piel.
En España aún estamos a tiempo de recobrar la cordura que en muchos lugares de Europa se está perdiendo. 
Para ello, porque creo que España es diferente, porque considero que una Europa fuerte y unida es más necesaria que nunca, no pienso dar un paso atrás frente a la intransigencia. 



sábado, 2 de marzo de 2019

Elecciones a la vista



Antes de vendedor de tintes y crecepelos fui camarero durante doce años. Por experiencia, les diré que la barra de un bar es un lugar, muy digno, del que podrían aflorar grandes tratados de psicología y sociología; universidades populares en las que todo hijo de vecino se postula como catedrático o, cuanto menos, como ponente u oponente de las más variopintas opiniones. 
Y hace un rato estaba yo ahí de nuevo, en la barra de un bar pero esta vez al otro lado, apurando un café, mientras escuchaba lo siguiente:
-Paco, capullo, entérate de una vez: ¡a mí no me interesan los partidos que adoran a las banderas sino los que respetan a las personas! -gritaba un tipo con la vena del cuello inflamada y la cara colorada como un tomate maduro.
El tal Paco miraba al disertador con la cara desencajada, como sobrepasado por la grandiosa profundidad de tan sencillo discurso. 
Pues eso es lo que les quería contar. Ni más, ni menos, ni menos, ni más.
A buen entendedor, pocas palabras bastan.





sábado, 23 de febrero de 2019

Permítanme la duda


En sueños, he recibido una queja formal de este blog protestado por mis injustificadas ausencias. Al pobre, lo tengo desnutrido de palabras y emociones. Abandonado a su suerte como un perro en una gasolinera. Naufrago de un barco que navegaba a la deriva desde hacía algún tiempo. 
Una década de desahogos que no han servido para desahogarme. Una década de reclamaciones pidiendo justicia que han caído en saco roto. Una década de luchas que tan sólo me han llevado a seguir luchando. 
Languidece este blog mientras se asoma la primavera. Una época que debería de servir de estímulo y de inspiración y que tan sólo me lleva a darme cuenta, una vez más, del fétido olor a podrido que lo impregna todo. 
Mi novela me llama atrapada desde un documento word. Mis collages claman por su libertad encerrados en un sombrío cajón. Mis esculturas lloran inmóviles por su aburrida existencia. Los libros, ya leídos, me miran reclamándome nuevas caricias y atenciones que hace tiempo que no les brindo. 
Nuestras obsesiones y nuestros mundos paralelos nos reclaman continuamente atención mientras que nuestra mente huye en dirección contraria. Cada paso nos aleja del paso anterior y nos acerca a ninguna parte. Transitamos por un camino misterioso e incierto plagado de sueños que se desvanecen como una neblina cuando nos acercamos demasiado a ellos.
Nunca llegamos a ningún sitio porque nuestra mente ansía una utopía tras otra, como nuestro estómago no se cansa de digerir por muchos manjares o bazofias que le aportemos. 
Para subsistir, nos abrazamos a nuestros sueños mientras lo que poseemos, como este blog, languidece en un cajón. Catalogado o sin catalogar. Usado o sin usar. Acumulaciones continuas con tendencia a la desaparición. Como nosotros. O como todas las utopías que perseguimos o que, por suerte o por desgracia, aún nos quedan por perseguir. 


lunes, 4 de febrero de 2019

Ningún sitio


Dicen que los alpinistas, al llegar a la cima, sienten una sensación de desconsuelo. Una sensación agridulce mezcla entre el sabor de la hazaña alcanzada y el desconcierto del y ahora qué. 
Yo estoy un poco así, en la cima de mil relatos y haciéndome cientos de preguntas con complejas respuestas; respuestas que nadie, absolutamente nadie puede responder por mí.
La vida esta formada por incontables e inesperados momentos en los cuales nos lo cuestionados todo. ¿Será suficiente? ¿Servirá de algo? ¿Tendrá sentido seguir por el mismo camino?
Las letras, los relatos, la literatura, me han ofrecido, y me ofrecen tanto, que me siento en deuda con ellas; una deuda que soy incapaz de pagar por sentirme incapaz de ofrecerles a cambio algo mínimamente aceptable. 
Creo que está llegando el momento de dejar de intentar hacer algo para lo que no estoy preparado y dedicarme a disfrutar plenamente de los que realmente saben hacer esto. 
Quería llegar a mil y he llegado a mil. Siento que está cercano el momento en el que este blog ponga su punto y final y pase a dormir el sueño de los justos. Con el paso de los años se convertirá en arqueología informática. Imagino que dentro de cientos de años la arqueología será digital y los Indiana Jones serán unos frikis con almorranas escrutando archivos desfasados en lenguas muertas que nadie entenderá. 
Yo, en estos mil relatos, he intentado explicarme. En ocasiones, mis letras, estando vivas, parecían estar muertas. 
Es curioso, pero pese a haber llegado a mil, no he llegado a ningún sitio.