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jueves, 27 de agosto de 2026

A veces me da por pensar

Soy un hombre plagado de contradicciones. En ocasiones me fustigo cuando debato conmigo mismo sobre lo que soñaba ser y en lo que, en realidad, me he ido convirtiendo. En una escala de 0 a 100, yo diría que soy el cero por ciento de lo que anhelaba ser en mi juventud. La vida me ha ido arrastrando y yo me he dejado llevar. Tal vez por comodidad, por egoísmo, por inconsciencia y por quién sabe qué. Sin embargo, en muchas de esas conversaciones en las que me siento al fresco —lo de «al fresco» en Murcia es un decir— a hablar conmigo mismo, le doy valor a lo que soy, aunque sienta cierta nostalgia por lo que dejé de ser. A eso me refería con lo de mis contradicciones. Me consuelo al pensar que, en el fondo, pese a esas colosales diferencias, encuentro un poso común, unos rescoldos de inocencia e inconformismo que todavía me caracterizan. Soy, por tanto, un hombre tan contradictorio como el tiempo en el que nos ha tocado vivir, con los pies en el pasado, henchido de nostalgia y la cabeza pelada de tanto pensar. Puede que ya quede menos para encontrarme y para aceptarme.

lunes, 29 de junio de 2026

La vida que no es tan vida

La vida a la carrera. Sin tiempo para lo importante y de sobra para lo superfluo. Creando enemigos de ficción para ocultar la raíz de los problemas. Aparentado vidas de ensueño que nos quitan el sueño. Sin tiempo para una lectura, una partida de cartas, un abrazo chillao, un momento de calma, mientras nos dejamos la vida en pantallas infinitas cargadas de mentiras y de sesgos malintencionados. Existe un mundo al margen de las tendencias, de lo que se supone que hay que hacer. Un mundo propio, único, sin alaracas, sin exhibicionismo, sin likes, sin inversiones, sin famosos de mediopelo. Un mundo real, de carne y hueso, con risas y llantos, con esfuerzos y con siestas de baba. Con colas en la carnicería, con charlas en la peluquería, con vecinas que comparten recetas y que llaman al mediodía pidiendo un poco de perejil. Un mundo sin raiders, sin Amazon, sin comida prefabricada, sin Bitcoin, sin salvapatrias, sin tipos duros, sin todólogos que no saben de nada. Existe una vida distinta al alcance de todos. Tan solo hay que atreverse a buscarla entre la abundante maleza de lo irreal.

jueves, 19 de junio de 2025

Estoico por naturaleza

Ahora que nos quemamos los pies sobre las ascuas candentes del neoliberalismo salvaje me doy cuenta del valor de las propuestas y de los planteamientos estóicos. A veces me veo como Zenón de Citio, o Séneca, en lo alto de un púlpito, pidiendo sosiego y moderación en un mundo en el que todos se dan de palos sin lástima ninguna. Me veo en riesgo de ser quemado en las hogueras que los radicales prenden, día sí y día también, para todo aquel que muestra su rechazo a la dispersión del odio y del caos que determinados líderes están intentando inocular por tierra, mar y aire. La globalización, tal y como presagiaban muchas voces visionarias, ha traido el caos. Caos que necesita más caos, porque el combustible del que se nutre es el propio caos. Estoy preocupado y desconcertado. Escribo temeroso pero, pese a ello, no pienso acallar mi voz ni bloquear mis manos. Escribiré sembrando templaza, sosiego, mesura, respeto, y coherencia. Continuaré escribiendo con coraje dando voz a los necesitados, denunciando injusticias, y defendiendo un mundo justo basado en los Derechos Humanos. Para atrás ni para coger impulso.

lunes, 24 de marzo de 2025

Palabras primaverales

La primavera ha venido. Siempre acude a la cita. Me avisan los abejarucos con su inconfundible canto. También los renacuajos de sapo en las charcas, fruto de tres semanas de lluvias ininterrumpidas. Esta privamera se espera intensa, cargada de humedad y de vida. Una primavera que reivindica el cese de todas las guerras y de todas las injusticias, pero que, a buen seguro, y como siempre, nadie hará caso. El romanticismo de la primeravera inspira a los poetas pero no supone nada para los odiadores. La gente que odia no entiende de cambios de estación, ni de las coreografías de los abejarucos en el cielo, ni de renacuajos de batracios, ni de buenos deseos. Pese a todo, para mí, la llegada de la primavera es algo muy especial. Festejo cada primavera como una oportunidad para seguir mejorando, para hacer cosas nuevas, para escribir otro libro, para plantar otro árbol, para ayudar a más y más personas en todo aquello que este en mi mano. Pese a los que odian, a los que matan, pese a los que miran para otro lado, ha llegado la primavera. Tras las bombas, tras las muertes inocentes, tras los locos trasnochados que dominan el mundo, siempre surgirá una nueva y luminosa primavera. Y habrá poesías, y flores, y alegrías.

viernes, 21 de marzo de 2025

La prisa

La prisa me muerde el culo. Como un perro de presa. Como un tren que amenaza con marcharse mientras corres hacia él por un andén atestado de viajeros. Como un novio el día de su estreno carnal. Siempre tengo algo pendiente: una reunión, una videollamada, cien correos electrónicos, la planificación de mi próximo viaje de trabajo a Uzbekistán, alguna entrevista, algún curso de motivación a medio terminar y que urge para la semana que viene. Siempre tengo prisa pero voy despacio. La prisa ya no me apremia, ni me irrita, ni me incomoda. La prisa es una sombra benóvola con la que converso sobre Kant, o sobre el próximo Barsa-Madrid, o sobre como afecta la gripe aviar a las exiguas poblaciones de ornitorrinco. La prisa me da risa, lo reconozco. La prisa mató a Marisa. Bueno, corto el rollo que llevo prisa.

miércoles, 11 de septiembre de 2024

Derrotas

No fui el estudiante que pude ser. No fui el futbolista que tanto soñé. No he llegado a ser como Félix Rodríguez de La Fuente, ni como Jacques Cousteau. Ni, tras cuatro intentos, aprobar las oposiciones a guardabosques. Deserté de mi propio negocio de hostelería cuando mi futuro ya estaba escrito. Abandoné mi trayectoria como ecologista y renuncié a meterme en política. Me dejarón en la estacada los que me usaron en el proyecto de acuario municipal. Me fallaron unos compañeros que me metieron en una empresa de mantenimiento de núcleos zoológicos ilógicos, y les doy las gracias por ello. Le fallé a mi madre cuando más lo necesitaba. Mi padre traspasó nuestro bar harto de esperarme. No he llegado a nada como pintor, ni como escultor, ni como escritor, ni como nada. Vendo champú para llegar a fin de mes, por los pelos. Me preocupo, y me desvivo, intentando que mi equipo piense como yo y que nuestros clientes crezcan hasta donde ellos quieran. Llevo 29 años entregado a una causa ajena, que he hecho propia, mientras intento recomponer los restos del naufragio de mis derrotas. Soy, lo quiera o no, el resultado de innumerables e inconfesables derrotas.

jueves, 1 de septiembre de 2022

40 años no son nada

Si no me fallan las cuentas, cosa por otro lado bastante probable, tal día como hoy de hace cuarenta años, un jovencito inadaptado de catorce años, comenzó a trabajar en el Bar Josepe, del murciano barrio de Vistalegre. En la zigzagueante barra de ese bar fue donde realmente comenzaron mis estudios. Eruditos de todas las profesiones, de todas las confesiones e inconfesiones, de todas las edades, de todos los sexos (casi siempre insatisfechos), de todos los continentes (alguno de ellos incontenidos), de todas las variables políticas y apocalípticas; para abreviar: gentes de toda clase y condición que llegaban a la orilla de nuestro bar como náufragos hambrientos y sedientos a una playa desierta, para enseñarme algo. Pero, por suerte, no estaba desierta porque allí que estaba yo para aliviarles de todas sus ansiedades. Ansiedades alimenticias y ansiedades más inconfesables. Y ahí fue donde me doctoré en pseudopsícología aplicada a la realidad de la irrealidad en la que vivimos. La vida como oxímoron. La vida como una representación continua de nuestras frustraciones. La vida como un carajillo detrás de otro. La vida como un régimen carcelario en semilibertad. La vida como un viciado itinerario: casa, trabajo, bar, bar, casa, trabajo. -¡Medio de tortilla de patatas, Bruce! -me pedía mi pelirroja favorita, refiriéndose a mi parecido con el cantante americano. Porque uno, en la vida, siempre tiene sus favoritismos. -¡Josepín, ponme un "equipaje pa´Archena", que no era otra cosa que un envenanado whisky Dic con cocacola; los mismos "equipajes" que, por reiteración, se lo llevaron por delante bastante antes de cumplir los sesenta. Eran muchos equipajes para un solo pasajero. En navidad cantábamos a coro un villancico inconcluso, y de nuevo cuño, que tenía como única letra en bucle la célebre frasecita de: "En la puerta de Orihuelaaaa, en la puerta de Orihuelaaa, en la Puerta de Orihuelaaaa, en la Puerta de Orihuelaaa...., y así cambiando únicamente la entonación en cada repetición. Sí, el mundo del Bar Josepe era un gran submundo en el que los personajes acudían mayoritariamente a nuestro escenario haciendo gala de su cara B. De hecho, muchos de ellos y ellas, cuando acudían al bar con sus familiares parecían personas distintas, correctas y comedidas como los niños antes de comulgar. En cierto modo, yo también les daba la comunión, una comunión pagana, y digo pagana porque había que pagar. Ahí pasé doce años. Años tan irrepetibles como inolvidables. Después de los carajillos, y de los trozos de pulpo, y de las marineras, y de las cañas de cerveza, y de haber aprendido las mil y una formas de preparar un café, me pasé al mundo de la belleza. Tal vez, de manera inconsciente, yo pretendía cambiar la brutalidad por la sutileza. El mundo macho por el mundo femenino. Y lo hice. Y la belleza me embelleció. Y el mundo, visto desde el otro lado, oliendo a perfume y a carmín, aliendo a mujer que lucha por ser mujer en un mundo diseñado para hombres, me hizo entender la cartografía del otro lado de la Luna. No quiero enrollarme más porque, en el fondo, cuarenta años no son nada, y todavía me quedan algunos años más en los que demostrar, y demostrarme, que trabajar, cuando se hace con el corazón, merece la pena. Como pena es no poder festejarlo, aunque fuera por un ratito, con todos vosotros. Os debo una.

jueves, 25 de agosto de 2022

Axioma

Gracias a Miguel Delibes, sabemos que la sombra del ciprés es alargada. Más alargada conforme el sol se va replegando hacia la línea del horizonte para dejarnos en la inquietud de la nocturnidad. De noche todos los gatos son pardos. Hay quien dice que la noche le confunde y quien va confundido con independencia de la posición del astro rey. Todos tenemos una sombra, un rastro, una huella, un sambenito, un anverso y un reverso. Somos lo que proyectamos aunque en el fondo seamos otra cosa. Menguantes y crecientes. Luz y oscuridad. Ángeles y demonios. Andamos por la vida proyectando sombras, esas sombras tan inquietantes que nos persiguen, que nos acompañan ejerciendo como prueba evidente de la dualidad que somos. Si fueramos trinidad seríamos dioses. Hete aquí el axioma de hoy.

domingo, 27 de octubre de 2019

El payaso triste


A menudo escribo desde donde no estoy. Me evado de mi cuerpo y escribo desde cualquier lugar de mi historia, o desde cualquiera de mis incontables huellas de carbono. Podría hacerlo desde Uzbekistán, hasta Bosnia-Hezergovina, o Estonia, o Ucrania, o desde Marruecos, o desde México, o Cuba, o Ecuador, o Guatemala o desde la mismísima China. Parte de mí se encuentra en cualquier parte del mundo y, al mismo tiempo, en ninguna parte, ya que, al igual que puedo realizar el mágico ejercicio de escribirles desde cualquiera de esos recónditos lugares, les podría escribir desde la nada. 
Pensándolo bien, tal vez lo mejor sería escribir desde la nada y no escribir nada. Dejar de machacar teclas para intentar decirle al mundo que aún existo y adueñarme de mis silencios en una especie de clausura de desintoxicación. 
El cansancio esta haciendo mella en mis dedos lo mismo que sacudiento cada una de mis escasas neuronas. Me siento abatido por el tiempo y las circunstancias. Doblegado como un árbol viejo tumbado en una cuneta y con sus raíces tostándose al sol. Me siento asfixiado como el Mar Menor, o como la Selva Lacandona, o como un viejo Orangután al que le han talado su bosque autóctono para producir más y más barato aceite de palma. 
Escribo cansado sin tener que estarlo. Reparto sonrisas y consejos que no tengo para mí. Motivo sin motivo. Trabajo sinfín para llegar al fin. 
Tal vez mi pesimismo provenga de ser lo que no soy, de luchar en otras luchas, de pensar en lo que no pienso. De haber dejado de hacer lo que siempre quise hacer.
Hoy me gustaría escribirles desde Samarcanda, o desde México, o desde la Cuesta de San Andrés en Kiev, pero impulsivamente les he escrito desde mi tormenta interior. No hagan nunca esto.
Como ven, soy un payaso triste con sus zapatones gastados. 

viernes, 21 de junio de 2019

El gran regalo



De buscar en mi juventud un mundo perfecto, en la incertimbre habito. Camino sin la seguridad plena pero siendo cada vez más consciente de mis limitaciones. El final es una utópia, como una estrella que me marca el camino hacia un sueño cada vez más irreconocible. Sigo, sin saber muy bien hacia adónde voy, pero siendo consciente de que debo seguir caminando. Pararme o retroceder no me aportaría nada. La acción requiere de movimiento; movimiento relativamente incierto pero que me acerca a nuevos destinos. Cada paso, cada peldaño, cada visita, cada viaje, cada libro, cada abrazo, cada beso, cada mirada, cada olor, cada pequeño detalle a nuestro alrededor forma parte indivisible de ese increible itinerario al que llamamos vida. 
Nadie tiene el control por muchos controles que ponga. Nadie sabe con certeza lo que nos espera al final del camino, ni tan siquiera lo que nos espera si torcemos a mano izquierda. Nadie, absolutamente nadie, sabe cuánto tiempo nos falta para llegar al misterioso final del trayecto. La vida, por tanto, es hoy. ¿Quién sabe qué nos deparará el mañana?
Disfruta y haz disfrutar. Vive y deja vivir. Respeta para ser respetado. Ama si lo que pretendes es ser amado. Y ayuda al prójimo como te gustaría que te ayudarán. 
No esperes nada de nadie. La vida, nuestra propia vida, es el GRAN REGALO; ese que tan generosamente nos ofrecieron nuestros padres. La existencia es, ante todo, una maravillosa contradicción que se pasa en un suspiro. 
Sigamos caminando y, si nos encontramos, abrázame cada vez que quieras, incluso, sin pedirme permiso. 


sábado, 24 de marzo de 2018

Comida basura


Hace unos días arrojé parte de mi historia a un contenedor. En la sociedad contemporánea nos pasamos la vida tirando cosas. Tirando cosas que, en el fondo, forman parte de nuestra propia vida, una vida arrojadiza que todo lo que vive lo convierte en basura, millones y millones de toneladas de basura que se acumulan en vertederos, tan grandes como ciudades, en alguno de los cuales habitan personas que la sociedad ha convertido en basura sin ningún remordimiento.
Recuerdo, cuando de niño me tocaba bajar la basura, que reparaba en las bolsas que bajaban los vecinos del edificio Prosol II —así se llamaba mi edificio— Veía bolsas enormes. Vecinos con varias bolsas. Vecinos y vecinas que bajaban en zapatillas y bata de franela, en una especie de desfile, obligado y nocturno, en homenaje al consumismo que ya, por aquel entonces, empezaba a ocupar el epicentro de nuestra existencia. 
Hace unos días, como les decía, arrojé mi vestimenta de gordo a un contenedor de ropa usada. Tras ese solidario gesto; tras ese premeditado y utilitario acto, me sentí liberado. En aquel contenedor, pensándolo bien, acabada de depositar miles de horas de masticación, de comida mal comida, comida equivocada que me estaba envenenando lentamente y generando en mi cuerpo kilos y kilos de insalubridad que yo asimilaba y enfundaba mecánicamente dentro de una talla más.
Y así, talla tras talla: de la cuarenta, a la cuarenta y dos, de la cuarenta y dos a la cuarenta y cuatro, de la cuarenta y cuatro a la cuarenta y seis, mi organismo se inflamaba mientras mi boca rumiaba su ansiedad y su condena.
En este último año, he descargado a mis armarios de más de treinta kilos de ropa vieja y a mi cuerpo de quince kilos de grasa inmunda que no me servía para nada. Bueno, para nada no, me estaban asfixiando el hígado, que no es poco.
El engaño en el que caemos con mayor asiduidad es que comemos para satisfacer al paladar, organismo facilón que se deja influenciar por modas y tendencias pensadas para sacarnos el dinero, por activa y por pasiva, en lugar de comer para alimentarnos bien, para cuidar nuestra salud y sentirnos mejor. Pero claro, los niveles de ansiedad con los que vivimos han acabado convirtiendo a la comida en una especie de droga repleta de grasa y azúcar de la que, sin darnos cuenta, nos hacemos plenamente dependientes.
De hecho, si en este momento nos subiéramos a nuestro coche, no recorreríamos ni un par de kilómetros sin encontrarnos frente a nuestros ojos con una envenenada hamburguesa impresa a un tamaño de tres por tres metros.
¿Entienden ahora mejor el término de “Comida basura”?

miércoles, 26 de abril de 2017

Una nueva vida


Una nueva vida es posible. No hace falta que la busquemos en las antípodas de la anterior, ni en la Cuenca del Amazonas, ni en el Tibet. Delante de nosotros, como mariposas, las soluciones han estado siempre ahí, revoloteando a nuestro alrededor, pero la rutina, la inconsciencia, y el modelo de vida que erróneamente nos hemos concedido, nos ha llevado de manera reiterada a descartarlas. 
Nuestro cuerpo y nuestra mente conforman un todo con tendencia a separarse. Nuestra mente suele envejecer a un ritmo mucho menor que nuestra parte física, de tal manera que, en ocasiones, sometemos a nuestro cuerpo a situaciones y estilos de vida que para nada nos benefician. 
La toma de conciencia es el punto de inflexión. Esa toma de conciencia puede venir propiciada de un shock físico o emocional, o, las menos veces, por convencimiento propio.
Equilibrar nuestra dualidad personal es una tarea a la que todos, antes o después, nos tendremos que enfrentar.
Yo pretendo escribirles, en lo sucesivo, sobre mi propia maniobra. Una maniobra de acción que pretendo mantener hasta que las ranas críen pelo o yo críe malvas.
Bajo los principios de "somos lo que comemos" y "somos lo que sentimos", me transformaré en mi propio guía, en mi propio médico, y, por extensión, en mi propia solución.
Si yo solo caminé por la senda del deterioro, también seré capaz de encontrar la senda que me conduzca a recobrar la salud.
Para éste segundo medio siglo de vida, ya les aseguro, me espera un viaje apasionante.