sábado, 20 de noviembre de 2010

Mano de pedir


Esta escultura, que ahí ven, la hice hace más de diez años. Usé como molde un guante desechable de látex, que rellené con resina de poliéster. Una vez secó el experimento, lo desmoldé, le añadí un enchufe y le pegué unas monedas mexicanas. Así compuse esta obra olvidada, que dormía, junto a otras muchas, en el sótano de mi casa.

Por aquel entonces andaba yo en la búsqueda de nuevos caminos. Sufría una efervescencia vital y un inconformismo artístico y existencial que aún me atenaza y me corroe sin compasión.

Iniciaba mis viajes a México. Mi conciencia, en cada uno de ellos, quedaba impregnada irremediablemente con miles de historias, de ojos clavados en los míos pidiéndome explicaciones que yo no podía, ni aún hoy puedo, dar. Cada ir y venir era un paso hacia una imparable metamorfosis ideológica, una lucha sin freno entre el todo y el nada, entre la realidad y la ficción.

Llegué a pensar, en muchas ocasiones, que la ficción era nuestro mundo y que la realidad era aquel otro que habita a diez mil kilometros de distancia, dentro de un húmedo y sombrío jacalito, en un banco del colorista Zócalo de Oaxaca, en el cadáver acribillado a balazos en una cuneta de la supercarretera o en las mareas humanas del bullicioso metro de México D.F.

Sufría -y sufro a diario- el dolor del necesitado, del indefenso y del débil. Por ese motivo, hice esta escultura, en homenaje a los que pedían, en homenaje a todos los que piden.

Curiosamente, diez años después, las cañas se han tornado lanzas, y los que pedimos ahora somos todos: gobiernos, bancos, empresas y personas... millones de personas. Ahora todos, sin complejos, enarbolamos por bandera la limosna, como el que, equivocadamente, hubiese tomado un autobús o un tren y, al llegar al destino, dándose cuenta de su equivocación, se encontrara sin dinero para regresar. En esa esperpéntica estación estamos todos varados sin tickets de regreso.

Al parecer, la sociedad, cebándose en la codicia, erró su rumbo. Después de fotografiarla, la guardaré de nuevo en su vieja caja de zapatos, envuelta en las páginas de economía de El País. Me han parecido mucho más apropiadas para esta obra por ser de color salmón.
La escultura es una mierda, y esta, además, es una mierda premonitoria.

jueves, 18 de noviembre de 2010

La máscara


Hace tiempo que me regalaron esta máscara y otra más pequeñita a mi hija Yolanda. No se vayan a pensar ustedes que son unas máscaras de tres al cuarto, ni mucho menos, son unas máscaras realizadas por un gran artista contemporáneo que no me quiere ver ni en pintura. La verdad -tengo que reconocerlo- este hombre conmigo no se pierde nada del otro mundo, pero, visto lo visto, tampoco me pierdo yo nada con su ausencia, cosa que he podido resistir muy bien, sin refugiarme en la bebida ni en otras drogas más snobs.

La afición por las máscaras es algo más cotidiano de lo que a priori nos podríamos imaginar. De hecho, cada vez nos mostramos menos tal como somos y lo que solemos hacer, para agradar, es mostrarnos de una forma socialmente aceptable. He conocido a gente tan camaleónica, que lo mismo eran capaces de mimetizarse en una reunión catecumenal, que, al día siguiente, liarse a romper cajeros del BBVA en una manifestación anti-sistema.
Elegimos una máscara adaptada a nuestras necesidades y detrás de ella nos consumimos con el beneplácito de la audiencia.
Luego, en la nocturnidad y con alevosía, nos cagamos en los muertos del robot y la pagamos con el que menos culpa tiene. La máscara se ha convertido en el complemento de moda para los frustrados de todo oficio y condición.
Corren tiempos de aparentar, de prótesis...y de máscaras.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Más de Casablanca
















Merece la pena colocar algunas foticos más de Casablanca, ciudad de la diversidad y de los cláxones. Del gentío y el bullicio. De debates abiertos en canal, entre tradición y modernidad, entre el yugo de la religión y la libertad confesional. Toda esta realidad, llamada Casablanca, te golpea la mente y la conciencia, aliviando únicamente el paradigma (qué bonitas palabras griegas nos regala nuestro idioma) con incomparables dulces árabes y té magrebí.

Es recomendable sentarse en una terraza frente a la Medina y dejar volar nuestra mente viendo la gente pasar, aunque cuesta trabajo relajarse sabiendo que, un poco más al sur, en el Sáhara, se están dando mandanga sin lástima ninguna.

Maroc is not typical.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Patada en el Nábor


En la República Checa se dice así, no es que lo diga yo. Me tropecé cientos de veces, en tres días, con esta pegatina. La podías encontrar en un buzón de correos, en una papelera, sobre una fachada o en la espalda de algún despistado transeúnte.

Siempre he pensado que la defensa personal es algo muy valioso, pero desconocía totalmente este arte marcial de origen checo: el "Nábor". Como su propio nombre indica, al igual que el kamasutra tiene cientos de posturas para hacer el amor, el "Nábor" tiene infinitas fórmulas para acabar pegando semejante patada en el "nabo-r" del adversario y dejarlo inhábil para el resto de sus días. Se sabe de varios practicantes que, habiendo sufrido algún golpe más fuerte de lo reglamentario, han acabado contando en el coro de la catedral de Praga.

Muchas veces me han dado ganas de adquirir esa habilidad checa, pero debido a mi escasa flexibilidad, similar a la de un cañon de artillería del siglo XVII, he desistido del intento y, cuando surge un conflicto donde la fuerza bruta tiene que hacer acto de presencia, utilizo esta para poner pies en polvorosa.

Si van a Praga, por si las moscas, pónganse sobre sus atributos varoniles un protector tipo "huevera", los pueden adquirir en tiendas de deportes especializadas en hockey o fútbol americano. Nunca se sabe.


martes, 9 de noviembre de 2010

¡Menuda Mezquita!











Realmente es impresionante. Imponente sería la palabra. A las religiones les da por realizar construcciones que abrumen a los fieles y a los infieles. Este es el caso de la gran mezquita de Casablanca, a orillas del océano Atlántico. Aquí, la religión le ganó al deporte, sacrificando la construcción de la piscina municipal por cuestiones más espirituales.




Hoy La Corniche estaba siendo maltratada por un enfurecido oleaje que, como siempre en estos casos, atraía a curiosos que son capaces de perder la vida, tan solo por ver romper las olas de cerca.




Las parejas de novios paseaban acarameladas, ante la mirada vigilante de los policías, que no permiten mucha euforía amorosa en la vía pública, que aquí debería llamarse vía púdica.




En la gran mezquita, mi amigo Vladi me tomó una foto. Me he visto en ella cierto parecido con Tintín, por los cuatro pelos que me asoman por arriba. Los dientes parecen de conejo y los demás comentarios los dejo para mis escasos lectores.




De nuevo en Casablanca a sembrar ilusiones. Me siento como agricultor plantando sus habichuelitas.

domingo, 7 de noviembre de 2010

¿Siempre llueve en París?




No siempre, pero casi. El sol parisino es excesivamente tímido, parece que quisiera esconderse de las abalanchas humanas, que contínuamente regurgitan de sus entrañas de acero los aviones que llegan de todos los confines del mundo; de los que afloran riadas de japoneses, chinos, alemanes, ingleses, españoles, gringos y demás familia.


El sol, que se ausenta de su cielo durante largas temporadas, cede su lugar a una dominante lluvia que se afianza, se envalentona y se apodera de la mitológica ciudad de la cigüeña. Por cierto, yo ni la ví.


La Torre Infiel, los Inválidos, la Ubre... son nombres de lugares muy visitados, pero que aún no he conseguido ver. Eso sí, estuve en el cabaret Cracy Horse, donde viendo el espectáculo, agarré una cogorza con champán de pronóstico reservado. Al final, veía piernas y tetas por todos lados. Pero con estilo, como debe ser en París.


Vi, desde el metro aéreo, una gran torre puntiaguda que me resultó muy simpática y le tomé una foto, espero que os guste y el postre parisien... ¡tres jolie!




jueves, 4 de noviembre de 2010

Dudas desde Praga




Ya he regresado de Praga, muy a mi pesar, y antes de ponerme melancólico por haber dejado atrás las experiencias vividas a orillas del Moldava, tengo que intentar solucionar dos grandes dudas existenciales que me están afectando más de lo que debería.
La primera de ellas es: ¿Qué coño pondrá en esa pintada? ¿Será otro de los millones de alegatos contra la telebasura?
La segunda, quizás todavía más enigmática que la primera pregunta: ¿Cuántos gramos de carne se comió José Gálvez, de una sentada, en el restaurante Olympia de Praga?
Les rogaría que me ayudarán escribiendo aquí sus respuestas.