viernes, 14 de junio de 2019

Pesadilla en Odessa


Podría haber estado en cualquier otro sitio pero estaba trabajando en Odessa, a orillas del Mar Negro. Hacía un calor más propio del desierto de Almería que de otra cosa, pero mis aspiraciones profesionales siempre andan ávidas de alcanzar nuevas proezas que poder contar luego a mis nietos y, a veces, no me doy cuenta de que voy alcanzando una edad en la que el cuerpo y la mente comienzan a disociarse. De cualquier modo, todo hay que decirlo, entre visita y visita y reunión y reunión siempre aparece un hueco en el que ejercer de turista a tiempo parcial. Alguien me había dicho que venir a Odessa y no subir y bajar las famosas Escalinatas de Potemkin podrían acarrear viente años de mala suerte. Así que, sin pensarlo dos veces, me lancé escaleras abajo desafiando a mi infortunio. A mitad de camino de tan colosal bajada ya sentí que algo no iba bien. Mis ojos, clavados en el azul oscuro de aquel mar en calma, repararon en un viejo carguero de la época soviética y en una anciana menuda que subía las escaleras como un triatleta dopado hasta las cejas. 
Al llegar abajo mis piernas temblaban. Una rubia espectacular de casi dos metros de altura me arrimó un micrófono a la boca mientras, a su lado, un gorila, del mismo tamaño pero de mayor grosor que la reportera, sostenía una cámara de televisión, por lo que, sin venir a cuento, me vi inmerso en una entrevista de algún canal, más que probablemente prorruso. Como ustedes imaginarán, ante mí se presentaron dos grandes inconvenientes para dar continuidad a aquel conato de entrevista con la que pretendían inmortalizarme en los ámbitos postsoviéticos: en primer lugar yo no hablo ruso, y en segundo lugar, no me quedaba resuello. 
Creo que el excesivo brillo que reflejaba aquella melena exquisitamente decolorada, junto al olor a sobaco que emanaba del camarógrafo con la apariencia de un lanzador de martillo, hizo que, sin pensarlo debidamente, comenzará a subir las escaleras como el que se quita avispas del culo.
Aún no alcanzo a entender lo que me provocó aquella inusitada estampida, pero lo que sí puedo asegurarles es que cuando me desperté, una enfermera entrada en carnes con el pelo cano y una verruga enorme con tres pelos en un lunar negro que decoraba todo el centro de su napia, y que eran del grosor de una cuerda de guitarra, me trajinaba un gotero que me habían injertado sobre el frontal de mi mano derecha. 
La señora, al ver cómo se abrían mis ojos, exclamó algo en ruso, o en ucraniano, que provocó que otra enfermera acudiera rauda y veloz a los pies de mi cama. 
Cuando levanté la mirada y me fijé en el rostro de la recién llegada, no tardé en cerciorarme de que la enfermera, o la que hacía las veces de enfermera, no era otra que la reportera que me esperaba a los pies de la Escalinata Potemkin. Pero, por cierto: ¿cómo había llegado yo hasta ese viejo hospital? Evidentemente, no conocía la respuesta.
La enfermera de tan colosal verruga y la enfermera reportera dicharachera entablaron una acalorada discusión, más propia de una verdulería que de un centro hospitalario, lo que propició la llegada de un vigilante de seguridad que, para mi asombro, no era otro que el gorila cameraman vestido de bailarina de ballet con su tutú y sus zapatillas de puntas y todo.
Y ahí fue cuando me desmayé, o me volví a desmayar, ¡yo qué sé!  Al despertar estaba en la habitación del hotel, en la televisión sonaba un viejo tema de los irlandeses Wendall, tenía trescientos mensajes de wasap, varias llamadas perdidas en el teléfono, y alguien estaba golpeando exageradamente sobre la puerta de mi habitación. 
Al abrir, la recepcionista que para colmo era la misma que la reportera reconvertida en enfermera, y un bombero, que no era otro que el camarógrafo que echaba horas extra de vigilante jurado, me volvieron a  hablar en ruso, ¿ o tal vez era ucraniano? Pero ¿qué gaitas me querría decir esa gente repetida? ¿Acaso la clonación humana es ya un hecho al otro lado del antiguo Telón de Acero? ¿Alguien pretende volverme loco? ¿O, por el contrario, ya estaré perdidamente loco?
De pronto, sonó el despertador y yo sudaba y sudaba en la habitación 307 del Hotel Alarus Luxe. El aire acondicionado, y la cena en el restaurante georgiano Kinza, me habían jugado una mala pasada.

Lo prometo: no vuelvo a probar el vodka. Si me ven por ahí, recuérdenmelo.

viernes, 7 de junio de 2019

Muerte en la estepa


Tras apurar un último trago de vodka, Sergei Molkov se fue a la cama aquella noche con un extraño presentimiento. Fuera, la estepa emitía su gélido y perpetuo susurro y un buho ululaba frenéticamente. Una vieja estufa, única herencia de sus padres, apenas si daba para elevar sobre cero aquella lúgubre y maloliente estancia en la que sobrevivía.
Ya en la cama, bajo un viejo y mugriento edredón de pluma de oca, Sergei le daba vueltas sin sentido a una reflexión; una reflexión que le perseguía desde hacía varios días como un mantra: "Solo hay dos formas de vida humana sobre la tierra, la de los que viven felices y orgullosos de su propio éxito y la de los que vivimos, o malvivimos, del éxito de los demás". 
-¿Qué ha sido de mi vida? -Se preguntaba. ¿Habrá servido para algo esta maldita revolución?
En esa fría noche sin luna, tras envenenarse la combustión de aquella oxidada estufa, Sergei se hundió para siempre en el terrible mar de las contradicciones.

jueves, 23 de mayo de 2019

Móviles


Escribir un relato, por pequeño que este sea, sobre el teclado de un teléfono móvil, es una experiencia religiosa, más si cabe si los dedos, como en mi caso, tienen más de croquetas de cocido que de falanges de pianista.
Con asiduidad me tropiezo, sin sufrir el hecho físico de tropezar, con gente que escribe tan rápido sobre los teclados de sus móviles que, víctima de un ataque de empatía, me entristezco al pensar en lo mucho que se está perdiendo el mundo de la música al no poder contar con unas manos tan prodigiosas como esas para tocar la guitarra eléctrica, el piano, o la mismísima zambomba. Yo, como seguro que estarán pensando, soy más de zambomba que de otra cosa.
De hecho, pienso, porque mi pensamientos se estiran como un chicle: asqueroso invento el chicle, jodido invento el chicle, puto chicle el que se me pegó ayer en la suela impoluta de mis zapatos nuevos... Como les decía, que se me va el traque, en las próximas décadas, la música, las ciencias, las humanidades, inclusive el punto de cruz, por citar solo algunas importantes disciplinas, se van a perder a grandes personas que se están dejando la vida inmersos entre los misteriosos circuitos de sus teléfonos móviles.
Y esto sin citar a los que, como una chica  ayer en no sé dónde, se convirtió en un whopper sin queso poco hecho, al cruzar un paso a nivel abducida por una frenética conversación que mantenía por wasap con el novio de su prima, que es entrenador personal y eterno aspirante a bombero de una Comunidad Autónoma muy propensa a los incendios forestales.

Y discúlpenme que me lo tome a guasa, pero es que la tiene.

sábado, 18 de mayo de 2019

La meada


Iba por la calle meándome, y cargado con las bolsas de la compra de Mercadona rumbo a mi casa, cuando, de repente, me paró un señor con cara de conocerme de toda la vida:
—¡Agustín, coño, cuánto tiempo sin verte! —dijo arreándome un abrazo de oso polar que casi me desvía la columna.
Como últimamente dudo mucho, por un momento dudé de mi propio nombre. ¿Me llamaré Agustín? Pero al instante, recobré el conocimiento y me dije a mí mismo, con autoridad: yo no me llamo Agustin. Pero decidí, no sé muy bien el motivo, seguirle la corriente.
—¡Coño, cuánto tiempo!  ¿Cómo te ha ido? —le pregunté al desconocido, como si fuesemos más amigos que cochinos.
—Acabo de enterrar a mi suegra y ando como pollo sin cabeza —exclamó desolado. 
—Cuánto lo siento, amigo, habrá sido muy duro para tu esposa —le dije por decir algo.
—Mi esposa murió hace doce años. Desde ese momento nuestra vida cambió por completo —me comentó con lágrimas en los ojos. 
—¿La vida de quién? —le pregunté, mientras bailaba algo parecido al claqué para aguantar el orín.
—La de mi suegra y la mía. Como sabrás, ella vivía con nosotros desde que mi hija se ahogó en la piscina. Tras la muerte de mi esposa, al quedarnos solos cargados de tanta desgracia, encontramos el uno en el otro el calor y el cariño que tanto necesitábamos. 
Yo me quedé perplejo al entender el trasfondo de aquella inesperada revelación, mientras intentaba no mearme en mis pantalones, pero aquella historia era lo suficientemente interesante como para dejarla así, en plena calle y sin un final que le diera sentido. Así que le volví a preguntar a aquel desconocido, ya más por morbo que por otra cosa.
—¿Te estabas beneficiando a tu suegra? —le dije abriendo mis ojos de par en par para trasmitirle mi estupor.
—Sí, Agustín, desde la misma noche que enterramos a Ramona, mi suegra vino a mi cama y me dijo que estaba harta de dormir sola, y sin dejarme tiempo a reacionar se metió en mi cama, y ya te puedes imaginar… En realidad yo no tenía intención de nada, pero me abracé a ella en busca de consuelo y lo encontré. Nadie sabe esto excepto tú, Agustin. Te lo he contado porque desde chico he confiado plenamente en ti —me confesó.
—Y ahora: ¿adónde vas? —le pregunté al desconocido, con mi vejiga a punto de estallar.
—A la óptica. Ayer perdí mis gafas y no veo a tres en un burro. Tengo más de diez dioptrias en cada ojo…
Y justo cuando lo entendí todo, me meé. 


jueves, 9 de mayo de 2019

Insólito homenaje al botijo


Más que al fútbol en sí, a mí me gustaba ir a ver los botijos. Había cientos de ellos perfectamente alineados, al entrar a la izquierda, de la vieja Condomina. La gente se los empinaba que daba gozo, refrescándose el gaznate, el pecho, y hasta la bragueta, tras lo cual arrojaban una peseta a un cesto de esparto que presidía una performance a la altura de las que se exhiben en la Bienal de Venecia. Es agua pura del Taibilla -decían, orgullosos, los viejos aguadores. De los futbolistas,  me encantaba un tal Cristo, más que por sus vertiginosas cabalgadas por la banda derecha, por el nombre tan pasional y religioso que ostentaba el menda. Cristo era un futbolista a lo Monty Python. Bueno, los Maristas, el colegio religioso a lo garsón, para niños ricos, al que yo iba a pasear los libros, tenía tanto de Monty como de Python. Aunque más que tenerle miedo a una pitón a lo que le teníamos verdadero pánico era al hermano pulpo. Al pervertido religioso también le gustaba beber pero chupando del pitorro. Yo jugaba en el equipo de fútbol del colegio y todos me decían que era un chupón.
No sé si esto tenga que ver con lo anterior, pero algunos de mis compañeros, años después de recibir los consagrados y consabidos masajes del hermano pulpo, entraron en política para seguir chupando.
Yo no entré porque no me sabía el credo de carrerilla ni tampoco el Cara al Sol. Así que por eso me dediqué a la hostelería y posteriormente a vender champú.
Y ya no recuerdo a cuento de qué les he soltado yo semejante monserga, si lo que yo quería era rendir un pequeño homenaje al botijo de toda la vida. Ese artilugio cerámico por antonomasia que daba un agua tan fresca y tan rica que quitaba el sentío. Y encima con sabor a anís...

viernes, 3 de mayo de 2019

¡Cucú!



Ella dijo Cucú. Sin saber muy bien el motivo, en aquel momento, esa palabra me pareció la mayor expresión de afecto jamás escuchada. ¡Cucú! Dijo ella sonriendo al iniciar una conversación en ruso de la que, evidentemente, no entendía nada. 
¿De dónde habría sacado aquel mensaje en clave? ¿De un viejo reloj de pared? ¿Acaso de una vieja novela rusa cargada de romanticismo? ¿O habría nacido de la mente de una mujer especial?
Aquella sonrisa cargada de ingenuidad me cautivó. ¿O fue la dulce sonoridad de aquella inusual palabra la que me dejó absorto por un momento? ¡Cucú!
Recuerdo que en mi primera casa familiar de la que yo conservo recuerdos, había un reloj de pared del que, en cada hora en punto, salía un cuco que decía exactamente eso: ¡Cucú!. 
Yo siempre esperaba ese momento con cierta ansiedad; anhelaba contemplar a ese pajarito que se pasaba la mayor parte del tiempo encerrado en aquella casita de madera, pero al mismo tiempo generaba en mi una inquietante curiosidad que hasta el día de hoy perdura.
El Cucú de esta dulce mujer, me ha recordado a mi más tierna infancia; tal vez por eso, o quién sabe si por algo bien distinto, me he quedado embobado cotilleado cómo la joven hablaba por teléfono.
Mientras conversaba, ella era consciente de mis indiscretas miradas, pero ello no impedía que continuara hablando en un ruso que a mí, en este caso, me parecía un idioma angelical. Me fijé en sus pestañas, que me parecieron postizas. Reparé en su media melena, decorada con unas mechas californianas realizadas con esmero. Y, todo hay que decirlo, en su vertiginoso escote, sobre el que destacaba una cruz de oro blanco con brillantes capaz de contradecir cualquier atisbo de fe que aquella valiosa joya intentará representar.
Al acabar la conversación, y cómo no podría ser de otro modo, se despidió de su interlocutor soltando otro aterciopelado ¡Cucú!. Al pasar por mi lado, muy discretamente, me guiño un ojo, y tal y como pensarán ustedes, a estas alturas del relato, me miró sonriente y me dijo: ¡Cucú!

Y, como si de un ave de paso se tratara, se marchó para siempre.

miércoles, 3 de abril de 2019

Viaje de mierda


De tanto plov con vodka mi estómago hizo ploff. La cagueta fue tremenda y me bajó por la pernera del pantalón mientras hacia cola en un aseo del aeropuerto de Bishkek. No fue eso lo peor, lo peor fue que ya había facturado mi maleta y no llevaba equipaje de mano. Parte de la cagada, líquida como un puré de calabaza pestilente, ya había caído inmisericorde hasta mis calcetines empapando mis zapatos. La mierda líquida es lo que tiene. Cuando uno caga un mojón, duro y bien definido, todo es mucho más manejable. Lo sé porque cuando mis hijas eran pequeñas cagaban unas bolas duras que, en ocasiones, rodaban simpáticamente por el suelo cuando les quitaba el pañal, a modo de canicas, y no se ensuciaba nada. Pero, qué quieren que les diga: la cagueta es la madre de todas las mierdas.
Yo antes era mucho de cagarme en misa mayor. Los médicos me decían que era a causa de mi colon irritable; decían que trabajaba demasiado, que me tomaba las cosas demasiado a pecho, y que tenía que pensar en relajarme un poco. Hacer yoga, caminar, tocar el violín, y cosas así.
No fue hasta dejarme los lácteos radicalmente, por otro historia que no viene al caso, cuando el colon irritable que padecía desde hacía varias décadas, supuestamente por mi agitada vida profesional, me desapareció por completo. Qué duda cabe que, desde ese momento, mi vida cambió radicalmente. Dejé de pasar recluido en los retretes una hora o más al día, y de ese modo, encontré una nueva hora más al día para seguir trabajando, aunque he de reconocer, para hacer honor a la verdad que, anteriormente mientras me aliviaba, respondía correos y hacia tareas laborales desde mi puesto de trabajo inseparable que no es otro que mi Iphone 7.
Creo que la cosa de los Iphone va ya por el 10 o por el 11, ya lo sé, pero yo no soy mucho de competir por el último modelo, de hecho, me da una pereza horrible cada vez que me obligan a cambiarlo. Si fuera por mí aún estaría con mi viejo Nokia.
Pero lo que les quería contar era que yo estaba allí, cagado de la cabeza a los pies, en ese recóndito aeropuerto de Asia Central, sin saber que hacer, hasta que un kirguiso, viendo mi cara de espanto, me agarró del brazo, me llevó al aseo de minusválidos, y gesticulando con la mano me dijo algo así como que me quitara la ropa, que me lavara con la manguera con la que se limpian el culo en los países musulmanes, y que me esperara allí.
Muerto de asco, me quité toda esa ropa llena de mierda: pantalones, calzoncillos, calcetines y zapatos y lo dejé todo en un rincón, sin pensar en las nefastas consecuencias que tendría todo aquello para el próximo usuario. Una vez aseado, y en pelota picada, los minutos se me hacían eternos. Pensé que mi avión se marcharía y me quedaría con el culo al aire en el Kirguistán para el resto de mis días. Me conmoví al pensar en dos boxeadores kirguisos que me habían mirado varias veces mientras facturaba mi equipaje. Me los imaginé sodomizándome detrás de un mostrador mientras intentaba escapar. Yo, instintivamente, apreté el culo, por si las moscas.
No sé si entenderán todo esto que les cuento, porque estoy seguro que ninguno de ustedes se habrán visto nunca en semejante tesitura. Ojalá que nunca se vean en una situación semejante. 
La cuestión es que yo estaba allí, desnudo de cintura para abajo, asfixiado por el olor que emanaba de aquella ropa llena de mierda que yacía arrinconada en aquel aseo, y siendo consciente de que mi destino estaba en manos de aquel señor kirguiso, que había sido capaz de darse cuenta de mi situación, tal vez ayudado, eso sí , por una enorme nariz capaz de olfatear el pedo de un Leopardo de las Nieves en las montañas nevadas que rodean a la capital del Kirguistán. 
Cuando ya pensaba en lo peor, llamaron a la puerta. Abrí con cuidado por si se trataba de algún pasajero ansioso por cagar, o por si eran los dos cariñosos boxeadores urgidos de intimidad, pero, por fortuna para mí, era él. Traía una gran bolsa en la mano y me la ofreció. Al cogerla, pude comprobar como en su interior había un pantalón, unos calzoncillos Calvin Klein, unos calcetines y unos zapatillas Converse. Me quedé atónito. No sabía que hacer, pero por la urgencia, me lo puse todo en un santiamén.
El kirguiso me miraba impertérrito, como una estatua de Lenin, que parece que mira a todo el mundo y que realmente no mira a nadie, y me sacó lo que parecía una factura. 
Para mi asombro, comprobé que aquella improcedente cagada aeroportuaría me había costado la friolera de doscientos dolorosos dólares, sin contar con la ropa casi recién estrenada que tuve que dejar abandonada en aquel aseo. 
Por fortuna, este que les escribe disponía de tal dinero en efectivo, que de lo contrario no sé como hubiese solucionado el entuerto. 
El tipo debía de ser vendedor de ropa ya que dio en el clavo con las tallas. Miré usted por dónde en Kirguistán encontré a mi ángel de la guarda. Aquella acción no se paga ni con todo el dinero del mundo. 
Al salir del baño, los dos boxeadores se me quedaron mirando nuevamente. Yo salí corriendo hacia la puerta de embarque al escuchar el grito de última llamada a los pasajeros con destino a Estambul. 

Con frecuencia, la gente se piensa que mis viajes son maravillosos; pues aquí les dejo el relato de este viaje de mierda.